«La soledad,
sumada a una perpetua resaca, le hacía reflexionar de manera diaria sobre su existencia.
La tarde de un soleado domingo de agosto de 1975, después de varias noches de
ajetreo, asomado en el balcón de su casa, escuchó una melodía que provenía de
un piso cercano. Sonaba el aria de Nessun
dorma de la ópera Turandot.»
Página 95 de «Mi hija y la ópera»
8 Dani se convirtió a partir de aquel momento en la única persona que entraba en nuestro hogar. Un vendedor ambulante, cuyo nombre era Domingo, también se acercaba cada mañana a casa, pero nunca sobrepasaba la valla que delimita la parcela. Tocaba la bocina muy temprano anunciando su llegada y nos traía los pedidos de todo tipo de productos y tomaba nota de los siguientes. Siempre lo atendía mi padre desde la verja, que abría para que el viejo pudiera dar la vuelta sin demasiadas maniobras. Yo nunca trataba con él, por eso apenas si conocí a ese señor hasta poco antes de jubilarse. El tiempo que mi padre y yo dedicábamos a Yako en aquellos meses de oscuridad nos sirvió para domesticarle. Una pelota de tenis era su juguete preferido, nunca se hartaba de perseguirla. Qué diferencia con los humanos, que enseguida acabamos aburriéndonos de lo mismo. Bueno, todas las personas exceptuando al maniático de mi progenitor. Repetitivo hasta la enajenación; la narración de un día cualquiera d...
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