martes, 7 de febrero de 2017

Capítulo 9, Acto III, de «Mi hija y la ópera»

Final del Acto III, de Mi hija y la ópera:


«Una vez me contó mi padre que la insuperable melodía de Nessun dorma de Turandot fue el fragmento que lo atrajo al fascinante mundo operístico, casualmente, entretanto finalizo con las últimas palabras de esta autobiografía escucho de fondo Diecimila anni al nostro imperatore, el coro con el que concluye la ópera postrera de Giacomo Puccini y que tiene claras evocaciones al celebérrimo aria. Esta pieza del final probablemente fuese compuesta por Franco Alfano, discípulo del maestro italiano, ya que el gran compositor falleció dejando inconclusa una de sus grandes obras.
   No quisiera, dicho sea de paso, dejar inacabado mi relato, por lo que he de ponerle fin sin más dilación. Todo esto es lo que ha ocurrido en estos años, la historia de mi vida no ha sido otra cosa que lo que aquí se ha contado, podría haber tenido mejor final, o haber finalizado tramas que se han quedado a medias, pero es así, carece de los desenlaces novelescos propios de autores con imaginación, el manuscrito es el que es, porque no es otra cosa que un resumen de mi existencia. ¿Qué le vamos a hacer?
   A propósito, de los cuantiosos correos electrónicos que recibo de mis viejos conocidos, extraigo el siguiente fragmento, me lo envió Pedro, y es realmente fantástico:


   Querida Violeta, ¿cómo van las cosas por la costa? Aquí poco ha cambiado. Marisa y yo nos hemos mudado de casa, ahora residimos en una urbanización cercana al lugar donde vivíais. A ver si un día te acercas con Isabel, con la que sé que has reanudado la amistad, y regresas a tu pueblo aunque sea para constatar personalmente de que todo sigue igual. En ocasiones salimos a andar por las sendas que recorríamos contigo y con tu padre. Hay un rumor por toda la comarca que cuenta que un señor con espesa barba blanca, ayuda a los caminantes extraviados o necesitados de auxilio. Sabes que soy la persona más escéptica del mundo, pero cuando han llegado a mis oídos todas esas historias no he podido evitar esbozar una sonrisa creyendo que se trataba del "Siddartha calasparreño", un alma que siempre deseó encontrarse con su verdad existencial. Tú ya sabes a quién me estoy refiriendo.»


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domingo, 5 de febrero de 2017

Capítulo 8, Acto III, «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 8, Acto III, de Mi hija y la ópera:

«Sin embargo, ninguno de los sucesos contados hasta ahora, de los transcurridos en estos últimos años, ha sido el verdadero causante de que haya reanudado la historia de mi vida. De hecho, el relato cobra sentido por un acontecimiento ocurrido hace escasamente unos días. Pero será mejor que comience por el principio:
   Podía haber sido una jornada cualquiera de nuestra vida solitaria, mi hijo ondeaba una cometa cerca de casa, correteaba por nuestra diminuta playa sosteniendo los mandos con bastante pericia para un niño que todavía no ha cumplido los cinco. Era nuestra actividad preferida de los sábados, yo le contemplaba sosteniendo unas sandalias en la mano y caminando descalza de un lado al otro de la orilla emulando a mi madre cuando la avisté en el sueño que tuve cuando mi padre murió. Al llegar a casa me encontré con el preludio de lo que iba a ser el día más impensado de toda mi existencia.»


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miércoles, 1 de febrero de 2017

Capítulo 7, Acto III de «Mi hija y la ópera»

Final del Capítulo 7, Acto III, de Mi hija y la ópera:

«Los años han transcurrido inexorables desde entonces, la profundidad del mar que puedo avistar desde el balcón de casa me ha evocado miles de remembranzas con la misma sintonía con que las olas rompen con las rocas. De los más remotos recuerdos, en la suntuosa casa de Cartagena, pasando a mi primer día de Colegio en Calasparra, de aquel beso con Antonio, y la inevitable melancolía que me originaba la reminiscencia de Isabel, con el momento más dulce de todos los imaginables, cuando en la intimidad de la habitación neoyorquina me obsequió con la mirada de mayor frenesí que unos ojos pueden proyectar. Me acordaba a menudo de Andrew, el progenitor de mi hijo, que seguiría tocando el piano en su local de Manhattan ignorando que un ser que llevaba sus genes crecía en un lugar que no sabría ubicar en un mapamundi.
   Pero mis memorias más nostálgicas tenían a mi padre como protagonista, su singular personalidad, de sus largas historias que ingeniaba para infundirme sentimientos como miedo, tristeza, alegría, etcétera; y de cómo procuraba convencerme de que toda acción tiene su eco en la eternidad. Él disfrutaría contemplando el paisaje que yo diviso cada día, y admirar la infinitud del mar mezclándose con el cielo. Nunca me olvidaré de aquel precioso sueño, junto a la playa, donde aparecía mi madre a darle la bienvenida, justo en el instante en que él me dejó. Aquello debía significar algo y lo he descifrado ahora.»


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