domingo, 31 de mayo de 2015

Fragmento del capítulo 22, segundo acto de "Mi hija y la ópera"

«Y por supuesto que acudió a cada una de aquellas vespertinas sesiones dominicales, casi siempre acompañado de una tal Soledad, una mujer de una pedantería tan extrema que no me extrañaría que acabara su existencia haciendo honor a su nombre. No era ni guapa, ni fea, aparentaba estar en el ecuador de entre cuarenta y cincuenta, de pelo corto, gafas cuadradas y un sempiterno pañuelo en el cuello, de fuertes ideales que a mi parecer es donde residía su mayor atractivo, aunque algunas veces su radicalismo era desquiciante, era una acérrima vegetariana, yo creo que por un inconmensurable amor que profesaba a los animales más que por un cuidado nutricional. Su manera sublime de argumentar desmontaba hasta al mismísimo Pedro (deduzco que eran pareja por los gestos cariñosos que se regalaban cuando no discutían). Recuerdo nítidamente una conversación que mantuvieron sobre la tauromaquia; tanto, que ahora puedo transcribirla de memoria sin cambiar ninguna palabra de las que pronunciaron.»


viernes, 29 de mayo de 2015

Párrafo del Capítulo 21, Acto II de «Mi hija y la ópera»

«Sin decirme nada se abalanzó sobre mí, reclinó con destreza el asiento donde me encontraba y empezó a besarme el cuello, poseído. Intenté defenderme, pero mi esquelético cuerpo poco podía hacer ante su corpulenta complexión. Colérico y desbordado de incontenible energía levantó mi falda mientras sujetaba mi cintura con su otro brazo. De inmediato se bajó la cremallera de su pantalón y deslizó sus calzoncillos para agarrar su miembro con los dedos. Era imposible que pudiera sucederme esto —pensaba aterrada—, jamás imaginé que fuera a perder mi inocencia de aquella manera. Desplazó mis bragas hacia un lado tratando de introducir su órgano genital en mi interior, consiguiéndolo después de atroces intentos. Nunca había tenido un coito hasta entonces, pero conocía lo suficiente de sexualidad como para saber que su falo no estaba completamente erecto a pesar de la ominosa excitación que revelaba su rostro. Anquilosada por el pánico y el estupor, sólo pude corresponder con un fugaz beso en su hombro por miedo de que aquella agresión sexual empeorase e incluso peligrara mi integridad física. Después ya no sentí fricción en mi vagina pues le sobrevino el orgasmo a los pocos segundos de haber comenzado —que en aquel momento los consideré eternos—. Inició un sonido agudo que emitía con sus dientes y su lengua a la vez que me miraba con ojos endemoniados, su cuerpo se sacudía sobre el mío mientras eyaculaba con una expresión final que se hallaba entre la rabia y la frustración.»

jueves, 28 de mayo de 2015

Fragmento del capítulo 20, segundo acto de "Mi hija y la ópera"

«Una estentórea ovación cerró la actuación. Realicé una pausa y levanté con ímpetu la bolsa que me cubría, todos elogiaron la interpretación de mi composición y la del músico griego. Isabel, tan conmovida como su madre, casi lloraba. Supe después que aquella banda sonora se encontraba entre sus favoritas. Nunca se me olvidará el atónito rostro de Antonio que jamás me había escuchado tocar el piano, sus palabras hacia lo que había presenciado era una mezcolanza de asombro y admiración. Si alguna vez él estuvo enamorado de mí, fue en ese preciso instante.»

miércoles, 27 de mayo de 2015

Pasaje del Acto II de Mi hija y la ópera

«Me abracé con mi padre como en los viejos tiempos, recordando las noches de tormenta cuando me acostaba en la misma cama que él, incluso siendo púber. De inmediato sentí mis palpitaciones y me aparté súbitamente con el deseo de que no se percatara del acelerado pulso de los latidos de mi corazón. El sonido de una música discotequera indicaba la presencia de un vehículo que descendía, vertiginoso, la carretera del santuario. Se escuchaban gritos, eran las voces eufóricas de Juan el Chapicas, Manuel el Nazi y el Negro entre otros, en búsqueda de diversión, jaleo y bronca. Estoy convencida de que se trataba de ellos.»

martes, 26 de mayo de 2015

Fragmento del capítulo 18, segundo acto de "Mi hija y la ópera".

«Únicamente necesitábamos alcanzar nuestro vehículo antes que ellos, mi amigo no tendría problema alguno, era corredor en los encierros, el reto se centraba en que yo llegase a tiempo. Al poco, retrocedí la vista y en la oscuridad sólo aprecié un leve jadeo, el ruido a mis espaldas de una lata de refresco producido por un involuntario puntapié delataba su proximidad. Me detuve para hacer frente a mis perseguidores, no como acto de valentía sino por ahogamiento y fatiga, el deporte nunca ha sido mi especialidad y ya había pulverizado los músculos caminando por la mañana. Se acercaba solamente Juan, sorprendentemente venía andando, y aunque mi cabeza no estaba para estúpidas distracciones me acordé de las películas de zombis en las que los muertos, marchando lentamente y con torpeza, atrapaban a los vivos que corrían despavoridos. Su mirada mantenía una expresión serena, cosa que no me invitaba a la tranquilidad. Por fortuna, el resto del grupo perma­necía a metros de distancia, ajenos a nosotros, retomando sus actividades insalubres y sus majaderas risas. Antonio retrocedió cuando se percató que recorría el camino en solitario y ante la presencia desafiante de Juan, que ya estaba junto a mí, se puso en guardia alzando los puños como un boxeador antes de que sonase la campana.»

lunes, 25 de mayo de 2015

Final del capítulo 17, segundo acto de "Mi hija y la ópera"

«Desvelada, pude oírles minutos después cuando mutuamente se silenciaban retozones y risueños con la tonta creencia de que pasarían inadvertidos mientras subían las escaleras en dirección a su dormitorio. No fueron ellos nada cuidadosos más tarde en las manifestaciones que, en la intimidad de su cuarto, dejaron escapar. Con la curiosidad que me caracteriza, aguanté el aliento para poder escuchar con total claridad los gemidos de Marisa intercalados con algún «te quiero» al otro lado de la pared. Aquella pareja que rozaba el medio siglo me hizo sentir esa noche terriblemente desdichada y patética.»

domingo, 24 de mayo de 2015

Párrafo del Capítulo 16, Acto II de "Mi hija y la ópera".

«A las dos de la tarde escuché la aproximación de un vehículo, supuse que mi progenitor habría bajado al pueblo en la bicicleta cuyo uso compartíamos, ya que yo me había adueñado del automóvil en los últimos días. Pero no, él iba de copiloto en el Renault Megane que conducía Marisa. Algo sorprendido por mi adelantada vuelta a casa, no le dolieron prendas en informarme que él y su acompañante habían decidido vivir juntos los fines de semana y que lo estaban haciendo desde el día siguiente a mi partida hacia Cartagena.»

sábado, 23 de mayo de 2015

Pasaje del Capítulo 15, Acto II de "Mi hija y la ópera"

"Con el agotamiento derivado de una noche sin descanso llegué a mi domicilio cierta mañana, creo recordar que la penúltima de las fiestas de septiembre. Me desconcertó encontrarme con la verja abierta en vez de entornada. Preocupada por una posible escapada de Yako, introduje mi automóvil en la finca con toda la prudencia que me permitía mi estado de alarma que procuraba avistar a mi perro que no me recibía como de costumbre. Pisé un reguero de sangre que se dirigía hacia la puerta de la entrada de la vivienda que, para mayor angustia, se hallaba abierta. La franqueé corriendo mientras gritaba «papá» y mentaba a los santos. No le encontré en la primera estancia de nuestro hogar, nadie respondía a mi llamamiento, las cortinas ondeaban en el salón con arrebato rompiendo levemente el silencio con el zarandeo de la tela en la pared. Deseando que mi progenitor estuviera dormido ascendí deprisa la escalera y accedí a su dormitorio, estaba vacío. Escuché una voz que repetía en susurro: «Hijo de perra». No la identifiqué y un escalofrío me sobrevino, lentamente me aproximé hacia mi dormitorio adentrándome —con un coraje que todavía hoy me asombra— sin lograr descubrir nada de relevancia. Con sigilo, y a una distancia considerable para evitar ser sorprendida, me arrodillé para comprobar que debajo de mi cama no se encontraba nadie."

viernes, 22 de mayo de 2015

Párrafo del capítulo 14, segundo acto de "Mi hija y la ópera"

«No se demoraron mucho y al poco reanudaron su marcha, ni mi padre ni Juan me saludaron. Entonces, seguramente por estar algo achispada, me dejé llevar por la introspección y abandoné mentalmente la mesa. Reparé en las notables diferencias entre mi progenitor y su acompañante, y sin embargo amigos. Al uno le llamaban el Leñador, barbiespeso de vello níveo que parecía manado de un cuento, robusto, de tez morena y luciendo aquellas camisas de cuadros declarando visiblemente no estar a la última moda; el otro, el hijo del Chapas, un enclenque casi imberbe con perilla de varios días, exhibiendo camiseta de tirantes, colgantes y tatuajes cuyos pigmentos contrastaban con su piel blancuzca y velluda en lugares donde casi ningún varón tiene pelo, como en los hombros. Ambos, carcajeaban con vehemencia, haciéndose muestras de cariño masculino simulando, con sus bromas alegres, puñetazos en el pecho y abrazos colmados de frenesí. Percibí que el resto del bar también reía de irreprimible júbilo cuando aquel recuerdo de mi padre y su amigo se esfumaba de mi memoria a la par que regresaba de mi ensimismamiento. Para alinearme al estado de ánimo del lugar, arranqué con una risotada que no estuvo bien vista por ninguno de los comensales que me acompañaban: Fran estaba relatando la muerte por ahogamiento de su progenitor en una de las playas de Santa Pola.»

jueves, 21 de mayo de 2015

Extracto del capítulo 13, segundo acto de "Mi hija y la ópera"

«El sigilo se apoderó de aquel trío. Inquieta por la precisión de la historia y de cómo mi padre pormenorizó los detalles de aquel crimen, subí el único peldaño que había descendido de la escalera y me dirigí cautelosa al dormitorio, una vez allí, pulsé el interruptor de la luz con fuerza, realicé un sonoro bostezo y acudí al baño a beber agua: pretendía que notaran mi presencia e impedir con ello que intercambiasen juicios de valor al respecto. Me acosté con el estómago anegado de líquido y no conseguí conciliar el sueño, aprecié en los susurros de Juan y Pedro una evidente conmoción, conforme transcurrieron los minutos, el asunto fue reemplazado por temas menos desagradables. Doy fe, apenas pude dormir hasta la alborada.»

miércoles, 20 de mayo de 2015

Fragmento del Capítulo 12, Acto II de "Mi hija y la ópera"

«Aquella experiencia contribuyó a subsanar mi autoconfianza perdida con los años, con el tiempo conseguir llevar una vida algo más independiente. Conocí por aquel entonces a Maruja, la dueña de la tienda de ultramarinos que comencé a visitar cuando el señor Domingo se jubiló, aquella mujer hacía honor a su nombre, una chismosa que disparaba preguntas del tipo: «¿Tú de quién eres?» o «¿Cuánto tiempo llevas aquí?» en las primeras ocasiones, después me interrogaba pretendiendo sonsacar información, por ejemplo, sobre las personas que conocía del pueblo y todo tipo de impertinencias similares. No obstante, era una señora simpática, lo cual era lógico, dado que mi padre y yo adquiríamos casi de todo en su comercio. Mostraba un aspecto excesivamente descuidado, seguramente duplicaba en kilos su peso ideal. A menudo despachaba en bata, zapatillas y rulos sobre un cabello pobre y plateado, desaliño fomentado por residir en la misma trastienda del local. Usaba gafas con cristales de culo de vaso y poseía una elocuencia tirando a torpe que le confería un inevitable halo de ignorancia. Su marido había fallecido recientemente por cáncer de pulmón, las lenguas maledicentes del pueblo aludían a un lento suicidio causado por el tabaco, alegando que éste, fumaba para no soportar a su esposa por muchos años. Su hijo Antonio era afable conmigo, por lo que decían muy popular y querido en Calasparra, años después sería uno de los más famosos corredores de los encierros de septiembre. Corporalmente no era nada del otro mundo, pelo castaño y la mandíbula inferior muy pronunciada. Un bruto a la hora de articular palabras, no paraba de blasfemar y de realizar expresiones simplonas cargadas de muletillas, pero escribía aún peor, sus notas y tiques eran todo un insulto a la ortografía. Se lo podía perdonar gracias a su comportamiento risueño. Me complacía su modo de atenderme y, por primera vez, alguien de mi generación no realizaba muecas o comentarios despectivos sobre mi apariencia física.»

Párrafo del Capítulo 11, Acto II de "Mi hija y la ópera"

«Mi padre se marchó besándome antes en la frente, escuchaba el alboroto que mi tía y a Alberto producían al recoger sus bártulos, preparaban su marcha a Cartagena. Abrí cada una de las dos ventanas que tenía la habitación, la que apuntaba al Sur, y la que se hallaba situada en el Este, observé cómo la corriente de aire ondeaba las cortinas, aunque todavía no me había despojado del pijama, la brisa fresca no impidió que me asomara a curiosear la panorámica que me brindaban las nuevas vistas. Giré la mirada hacia la casa de nuestros únicos vecinos y, nuevamente, algo me llamó la atención de lo que ocurría en dicha vivienda. A cien metros no pueden apreciarse con exactitud los rostros, pero con el resplandor del sol en la cara y el viento que apartó su cortina, logré avistar una cabeza monstruosa, gigante, que a lo lejos advirtió mi presencia retrocediendo para diluir en la penumbra sus horripilantes facciones. Tras unos segundos titubeando, pensé que era una ilusión óptica de la luz solar fulgurada en unos cristales, tal vez translúcidos, que distorsionaban su cara, quizá un espejismo fomentado por sus extrañas conductas y rarezas.»

lunes, 18 de mayo de 2015

Pasaje del décimo capítulo, segundo acto de "Mi hija y la ópera"

«Avisté desde la ventana la llegada de un espectacular vehículo deportivo junto a la verja de nuestra parcela. Eran las doce del mediodía de un frío y soleado 14 de diciembre cuando volví a abrazarme con mi tía. Le acompañaba Alberto, que tardó un rato en abandonar el interior de aquel precioso Porsche azul oscuro. Ha­bían dejado a mi abuela bajo los cuidados de una hermana suya en Las Torres de Cotillas, a mitad de camino entre Cartagena y Calasparra. Mi tía parecía otra, se había alisado el pelo y lucía elegantes prendas de diseñadores de prestigio. Mantenía la misma figura delgada, aunque se me antojaba que el noviazgo le había realzado su silueta, embelleciéndola más si cabe. De soslayo ojeó a mi padre cuando nos presentó a su novio pudiéndose entrever un revoltijo de serenidad y melancolía en su expresión. Alberto pertenecía a una familia acomodada, trabajaba como Jefe de Planta en General Electric, una fábrica situada en Cartagena. De casi dos metros de altura, bastante delgado, pelo muy corto y una apreciable coronilla que, vertiginosa, apuntaba a despojar de cabello la parte superior de la cabeza. Unas grandes cejas le conferían una bella mirada a sus treinta y seis años, muy bien llevados en comparación con los cuarenta y tres de mi progenitor. Parco en palabras, y de apariencia culta y educada, apenas se escuchaba su grave voz cuando se le preguntaba cualquier cosa.»

domingo, 17 de mayo de 2015

Extracto del Capitulo 9, Acto II de "Mi hija y la ópera"

«El fiasco que supuso la derrota de España contra Italia en cuartos no impidió que se celebrase en casa otras de las fiestas de mi progenitor y sus secuaces. Aquella noche me fui a la cama más por el aburrimiento que por la insistencia de mi padre a eso de las dos de la madrugada. No podía conciliar el sueño, imaginé, en estado de semiinconsciencia, que Guardiola, Salinas, Goikoetxea y el resto de los jugadores de la selección irrumpían violentamente en mi dormitorio con deseo; Pedro, lascivo, aprovechaba un descuido de mi padre y subía también, uniéndose a aquel grupo de sementales que me forzaban sin que yo ejerciese demasiada resistencia. Los dedos: índice y corazón de mi mano derecha fueron abriéndose paso entre mi ropa interior y la línea recóndita de mi más profunda intimidad.»

sábado, 16 de mayo de 2015

Párrafo del Capítulo 8, Acto II de "Mi hija y la ópera"

Ya en la provincia de Albacete comenzó a llover, yo no podía conciliar el sueño a pesar del cansancio y del traqueteo del automóvil. Mi mente insomne cavilaba analizando mis complejos, en los comentarios insultantes y en las expresiones prejuiciosas de todas las personas que trataban conmigo, como si diesen por sentado que tras mi fachada se escondía un ser con cierto retraso mental, como si yo hubiera elegido los genes que componen mi rostro y que, por ello, fuera culpable de haber nacido así. Lloré en silencio, no quería que mi padre se distrajera de la conducción por el caprichoso anhelo de no ver cumplido el lejano deseo de mi niñez de ser normal. El ruido de los coches que se cruzaban a toda velocidad por aquella carretera mojada y la melodía de Inneggiamo de Cavalleria Rusticana (que mi padre, por ventura, elevó de volumen) atenuaron el sonido de mis amargos suspiros. Lágrimas de lluvia caían desde el cristal del coche compartiendo mi pena. ¿Podría pasar alguna vez desapercibida?, ¿por qué se me otorgaba una personalidad determinada por tener un aspecto concreto? Aún hoy sigo sin encontrar respuesta a todas aquellas reflexiones.

Extracto del capítulo siete, segundo acto de "Mi hija y la ópera"

«Ya había anochecido cuando íbamos de vuelta a casa por la avenida Juan Ramón Jiménez, las farolas iluminaban intermitentemente a Yako, ambos estábamos en el asiento trasero, en silencio me miraba con ojos cansados y creo que agradecidos. Lastimado y con medio cuerpo vendado apenas se movía dentro de la caja de cartón de un vídeo Panasonic adquirido años atrás para poder ver óperas en formato VHS. Pensé que la afición de mi padre de almacenar hasta los embalajes de un electrodoméstico se justificaba en situaciones como aquélla. Giramos por la calle del Teniente Flomesta, una de las entradas a Calasparra, para enseguida torcer hacia la calle Ordóñez, la cual desembocaba a la estrecha carretera que su­bía al santuario. Sabía que mi perro no era un asesino, que me defendió de aquel diminuto intruso de ojos saltones que atendía al nombre de Cuqui. Yo salvé a Yako de una muerte casi segura, pero a él le debía mi alegría y las ganas de levantarme cada mañana. Mi padre, aunque conducía lentamente, iba enfurecido, no paraba de repetirse que el perro era un peligro y que lo iba a enseñar a hostias. Cuando alcanzamos al camino de gravilla que concluye en nuestra casa distinguimos un Ford plateado en la puerta junto a la verja, era el automóvil de Paco.»

jueves, 14 de mayo de 2015

Fragmento del Capítulo 6, Acto II de "Mi hija y la ópera"

«Ambos bebieron vino, yo diría que demasiado, Teresa y mi padre salieron al jardín sin retirar la vajilla de la mesa con el pretexto de fumar un cigarrillo y tomar una copa disfrutando de la calidez de la noche colmada de estrellas y el suave canto de los grillos. Cuando conversaban a solas me pareció escuchar en ella lo mucho que sentía lo acontecido aquel fatídico día de septiembre de 1981, también hablaron de un tal Manuel, amigo común por lo que deduje, que poseía una prole de cierta consideración. Desde la ventana de la cocina, simulando recoger los enredos, presté toda mi atención a sus gestos cuando callaron, la mano de mi padre fue a parar suavemente sobre el hombro de Teresa, ella torció su cabeza para rozar con la mejilla sus dedos, se penetraban con la mirada, mi padre deslizó los dedos de su otra mano a la parte del rostro que ella había dejado al descubierto, aquella mujer se contoneaba con expresión pícara al son de las caricias que recibía, sus caras comenzaron a acercarse y, ¡de repente!, se cayó un plato que no tuve la pericia de situar sobre el fregador.»

miércoles, 13 de mayo de 2015

Extracto del quinto capítulo, cuarto acto de "Mi hija y la ópera"

«La casa de mi abuelo Pepe se encontraba tal como se la dejó hacía ya un lustro, en todo ese tiempo mi padre había entrado sólo en un par de ocasiones. La vivienda mostraba lobreguez hasta que levantamos las persianas, descorrimos las cortinas y abrimos las ventanas, procurando eliminar aquel olor a vacío y olvido. Los tabiques estaban descascarillados por la humedad, una lámina de polvo cubría los muebles, un marco del Real Madrid que rezaba «Un equipo para la historia» colgaba de la pared más amplia del salón, en la imagen, un gran número de jugadores de los años cincuenta que posaban con unos cuantos trofeos sobre el césped del estadio de fútbol. Las otras paredes exhibían fotografías en blanco y negro, una, con mi padre en pantalón corto y tirantes devorando un muslo de pollo frente al objetivo de la cámara; en otra instantánea, mi abuela con un vestido negro de época; y en otra imagen, un niño pequeño, intuyo que de cuatro años de edad, con un trajecito y con los ojos cerrados, debía ser mi tío Antonio. De soslayo observé a mi padre, mirándolas con detenimiento y la emoción contenida.»

Pasaje del Acto II (La hija del leñador) de "Mi hija y la ópera"

«Las nubes dibujaban líneas naranjas en el cielo, yo jugaba con Yako en aquel magnífico atardecer, era el único amigo que no me juzgaba por mi aspecto. Mi padre cortaba leña, una tarea que habitualmente realizaba por la mañana. Sonaba una ópera de Puccini que provenía de nuestro hogar y que se escucharía con creces fuera de los límites de nuestra finca. Un viejo Renault verde oliva se acercó a casa y aparcó en la puerta, acto seguido sonó una bocina. Nunca había visto al tipo que conducía aquel turismo, pero enseguida deduje que era el padre de Manuel, era una réplica de su hijo a doble escala, con una cara tan ancha que parecía un gigantesco emoticono enfadado reposando sobre el asiento. Hasta que abrió la puerta de su vehículo y aprecié que era más alto y corpulento incluso que mi padre. Él había sido matarife en una empresa cárnica del pueblo, decían que acabó perdiendo el empleo porque amenazó a su jefe con un cuchillo, también tenía fama de putero, alcohólico y de haber propinado multitud de palizas a su mujer e hijos; tal vez aquello explicase por qué Manuel era tan agresivo y por qué su hija, de nombre Isabel, tan asustadiza. Mi padre salió a recibirlo a la verja de la casa sin soltar el hacha, sabedor de quién podría ser el hombre que se acercaba, con el sigilo característico del que va a retarse en un duelo.»

lunes, 11 de mayo de 2015

Pasaje del tercer capítulo, acto segundo de "Mi hija y la ópera"

«En el final de aquel verano no me despedí de mi tía llorando como en los anteriores, el viento y las nubes anunciaban tormenta aquella tarde de domingo, el camino de gravilla, que otrora corría persiguiendo el vehículo de Laura, lo anduve hasta la mitad, ya disponía de Dani para mí sola. Alcé la vista a la única vivienda que se encontraba entre la carretera y nuestra casa, unos vecinos que, a pesar de los escasos cien metros que nos separaban, eran unos desconocidos a los que únicamente distinguíamos tras las cortinas de sus ventanas en las noches o días oscuros, en los cuales encendían las luces del interior que en ocasiones titilaban como si el resplandor fuera producido por velas. Aquella tarde descubrí la silueta de una mujer oronda. Noté que me observaba, como si no supiera que su figura se recortase tras la ventana, procedí con lo que solía hacer mi padre cada vez que pasábamos por la puerta de su destartalada residencia: saludar con la mano. Tras el gesto, la sombra se apartó con brusquedad agitando la cortina, para volver segundos después.»

domingo, 10 de mayo de 2015

Párrafo del final del Capítulo 2, Acto II de "Mi hija y la ópera"

«Todos dijimos que sí. Estaba tan acostumbrada a contestar cada pregunta que escuchaba que me sentí estúpida afirmando que yo también me quedaría a cenar en mi propia casa, ante la afable sonrisa de mi tía Laura, la inexcusable risa de mi abuelo y la execrable carcajada de mi abuela.»

sábado, 9 de mayo de 2015

Párrafo del Capítulo 1, Acto II de "Mi hija y la ópera"

«En el mes de julio, mi abuelo que apenas contaba sesenta años enfermó, se dijo que no soportó ver otro mundial de fútbol en solitario, sin la compañía de su hijo con el que compartía únicamente la afición por la selección española. Una vez escuché que el exceso de trabajo y las interminables noches de soledad con el vino como único camarada acabaron consumiéndolo.»

viernes, 8 de mayo de 2015

Final del Acto I

«Con esto concluye por ahora mi contribución a esta obra. Tras estas palabras, dará comienzo el manuscrito narrado por Violeta, el relato que me ha obligado a escribir este largo prólogo. Puede que esta historia no se publique nunca, pero eso en reali­dad poco importa, yo nunca me acordaré de ella.»

Final del capítulo 9, Acto I de "Mi hija y la ópera"

«El abuelo realizó una instantánea cuando Patricia le entregaba el regalo a Susana, ambas se miraban sonrientes, Andrés aparecía tras ellas con la alegría propia del momento, con una mano sobre la espalda de su mujer, y con la otra, abrazando desde atrás a su hija de dos años y medio que, rebosante de felicidad, aceptaba la caja envuelta en un papel festivo. Violeta, a la izquierda de su hermana, sorprendida por el flash, fue la única de todo el salón que miró de frente a la cámara.»

miércoles, 6 de mayo de 2015

Extracto del Capítulo 8, Acto I de "Mi hija y la ópera"

«La sala de espera del Hospital Virgen del Rosell se convirtió en una expectante reu­nión familiar la Nochebuena de 1978. Sentado junto a Andrés se hallaba su padre, y a su lado algunos parientes de Patricia incluyendo su prima Asun­ción. La mañana del 25 de diciembre, con tres kilogramos de peso, vino al mundo Su­sana, nombre elegido como recuerdo al personaje homónimo de Las Bodas de Fígaro, la ópera preferida de su padre por aquel entonces.»

FUGITIVO: Párrafo del Capítulo 7, Acto I de "Mi hija y la óp...

FUGITIVO: Párrafo del Capítulo 7, Acto I de "Mi hija y la óp...: «Ella le abrazó durante unos segundos, después, Andrés se dirigió en si­lencio frente al piano pegado a una de las paredes del salón. Comen...

Párrafo del Capítulo 7, Acto I de "Mi hija y la ópera"

«Ella le abrazó durante unos segundos, después, Andrés se dirigió en si­lencio frente al piano pegado a una de las paredes del salón. Comenzó a pulsar algu­nas teclas, de forma inconexa, sin melodía alguna. Su único propósito era esconder su rostro del campo de visión de su mujer. Unas lágrimas se precipitaron sobre el teclado.»

lunes, 4 de mayo de 2015

Extracto del Capítulo 6, Acto I de "Mi hija y la ópera"

«Distinguió, en el otro extremo de la playa, a una mujer que caminaba sobre la orilla en la dirección donde Andrés se encontraba; lucía un largo vestido blanco que ondeaba al viento al igual que su cabello, con una mano elevaba parte del atuendo, aunque no dedicaba demasiado esfuerzo en preservarlo de la humedad; en la otra, unas san­dalias. Fascinado por aquella imagen se fue aproximando hasta descubrir que se tra­taba de Patricia que paseaba abstraída, con su pensamiento lejos de allí. El sol en la cara impidió que ella advirtiera la silueta de Andrés que se acercaba corriendo hacia su posición. A pocos metros para encontrarse, él aminoró la carrera y fue entonces cuando ella le reconoció no pudiendo disimular su sonrisa por aquella sorpresa.»

domingo, 3 de mayo de 2015

Pasaje del Capítulo 5, Acto I de "Mi hija y la ópera".

«El final de la actuación fue dando paso a la música disco que retumbaba en toda la sala, Víctor, que era un joven bien parecido y seguro de sí mismo, cogió de la mano a Susana y la guio hacia la pista de baile con discutible sentido del ritmo. Andrés agarró el paquete de tabaco de Paco, encendió un cigarrillo y se dirigió en dirección a la te­rraza con un vaso de tubo de whisky con cola en la mano, dejando a Paco y a su her­mana sentados en rededor de la mesa contemplándose mutuamente con semblante abu­rrido. En el mirador de la discoteca el volumen de la música del interior era impercepti­ble, la suave brisa marina aliviaba el calor e invitaba apoyarse en la balaustrada blanca para admirar las estrellas y la luna reflejadas en el mar, pensó que tal vez estaba perdiendo el tiempo con Susana y el recuerdo nostálgico de Teresa le sobrevino.»

sábado, 2 de mayo de 2015

Fragmento del Capítulo 4, Acto I de Mi hija y la ópera

Lo que sucedió a continuación podría considerarse como una casualidad, aunque Andrés lo interpretó como una increíble y deliciosa coincidencia de las que ocurren una vez en la vida y a la cual hay que atribuirle un significado. Alzó la vista y distin­guió a lo lejos cómo la joven de cabello moreno que conoció el verano ante­rior se acercaba con distinción a la heladería. Venía acompañada de una señora mayor, ambas se acomodaron a la única mesa que quedaba libre. La observó con detenimiento, calibrando los pequeños cambios físicos que le había producido el último año, llegando a la conclusión de que sólo su piel es­taba más pálida; por lo demás, seguía irradiando el mismo glamour y belleza que en sus recuerdos.»

viernes, 1 de mayo de 2015

«La soledad, sumada a una perpetua resaca, le hacía reflexionar de manera diaria sobre su existencia. La tarde de un soleado domingo de agosto de 1975, después de varias noches de ajetreo, asomado en el balcón de su casa, escuchó una melodía que pro­venía de un piso cercano. Sonaba el aria de Nessun dorma de la ópera Turandot

Fragmento del Capítulo 3, Acto I de Mi hija y la ópera.