viernes, 29 de mayo de 2020

Volumen 25 de «Mi hija y la ópera»


24

   Hasta este pasado mes de noviembre nunca había visto a mi padre acudir al médico, sin embargo, en una misma semana visitó el centro de salud del pueblo en dos ocasiones. Marisa nunca le dejaba ir solo, yo les acompañé en la segunda cita, cuando lo derivaron al Hospital Comarcal del Noroeste, en Caravaca de la Cruz. Los médicos nos tranquilizaron sobre su estado informándonos de que su deterioro físico podría responder a un virus del sistema digestivo. Marisa y yo nos encontrábamos ante varias situaciones que debíamos resolver, una de ellas era la del viaje a Nueva York. Mi pretensión en principio era cedérselo a ellos. Esa alternativa era ahora imposible, mi padre no se hallaba con la salud necesaria para realizar un desplazamiento de tanta distancia a dos semanas vista. Tampoco podría acompañarme ella, que debería de estar a su lado. La única opción posible era la de buscar en mi entorno más próximo una compañía para mi marcha a Estados Unidos. El principal candidato no era otro que Pedro. Casualmente, el amigo de mi padre quería regalarle a él y a Marisa dos entradas para el Romea, en la capital murciana, que coincidían con la fecha de mi desplazamiento a la Gran Manzana. Parecía un inopinado intercambio de regalos: él les obsequiaba con entradas para el Teatro Romea, y yo le invitaría al Metropolitan Opera de Nueva York como mi acompañante. Una especie de agradecimientos recíprocos, este a mi padre por su desprendida amistad, y yo con Pedro porque, al fin y al cabo, conseguí el premio gracias a que él me sugirió que participase en el concurso radiofónico.
   ¿Quién me hubiera dicho hace tan solo unos meses que aquel tipo cincuentón que había dedicado toda una vida a escribir una novela, todavía inacabada, y que subsistía gracias a las rentas de unas patentes de su progenitor, iba a ser, ahora, la persona con quién compartiría habitación de hotel? Los médicos que atendían a mi padre en Caravaca nos dijeron que debía acudir al Hospital Virgen de la Arrixaca, cercano a la ciudad de Murcia. El doctor que lideraba aquel grupo de facultativos encargados de sanarle se reunió conmigo y con Marisa a solas.
   —¿Son familiares de Andrés Rosique? —preguntó con gesto atareado mientras buscaba el expediente en una maraña de documentos que se hallaban sobre la mesa de su despacho.
   Ambas afirmamos sin pronunciar palabra, temerosas de lo que se nos podría revelar.
  —Su marido —expuso dirigiéndose a Marisa— parece que está un poquito mal, pero queremos hacer otras pruebas.
   —¿Qué le pasa? —preguntó ella con una valentía que yo no encontraba.
   —Por lo visto, el paciente manifiesta un cuadro de síntomas que se asemeja a la cirrosis, y en los análisis de sangre no parece haber evidencias de hepatitis. ¿Ha tenido alguna enfermedad importante en los últimos años?
   Marisa titubeó.
   —No que yo sepa —contesté—. Nunca va al médico.
   —Claro —argumentó el doctor—, por eso pasa lo que pasa. No voy a confirmar nada, vamos a esperar los resultados de La Arrixaca, los tendremos en unas semanas. Pero para empezar, cualquier mal hábito alimenticio que tenga nuestro paciente tiene que ser corregido. Debe reducir la grasa abdominal, así que dieta y nada de alcohol.
   El médico recibió una llamada de teléfono, parecía una urgencia porque salió a toda prisa, casi sin despedirse, dejándonos solas en su consulta. Marisa y yo nos miramos y, sin expresar nada, nos abrazamos entre lágrimas. Entrambas sabíamos que el facultativo, con una semántica bien elaborada para estos casos, nos estaba informando sin emplear palabras comprometedoras de la gravedad del asunto. Desoladas nos fuimos en su búsqueda ocultando la preocupación. Él permanecía sentado en la butaca de uno de los muchos bancos que se extendían a cada lado del pasillo, observando con curiosidad alienígena a una máquina expendedora de café. Aquel hombre que exhibía ahora una inconmensurable paciencia, tanto que parecía que «esperaba su turno», era el mismo que había podido caminar durante horas por el monte y que era capaz de enfrentarse en solitario a varios delincuentes. El dilema sobre con quién me iría de viaje —si es que al final lo llegase a realizar— era tan nimio que durante días aparté mi preocupación de aquello. Por fortuna, no tardó en apreciarse en él una mejoría, «solo con dejar de consumir alcohol y una dieta rica en frutas y verduras se pondrá de nuevo como un toro» —nos congratulábamos en privado las dos mujeres de la casa—.

   Cuando quedaba una semana para partir hacia Estados Unidos ya dábamos por sentado de que iría con Pedro que ya había aceptado la invitación. Mejor que viajar sola —pensaba—, en definitiva, el amigo de mi padre era un hombre de mundo que sabría desenvolverse con el inglés, con los protocolos de las terminales de los aero­puertos y con las costumbres urbanitas de los neoyorquinos. Lo de compartir la habitación lo sobrellevaba con pasmosa indiferencia, pero mentiría si no evoqué en aquellos días el recuerdo de aquel maduro intelectual metiéndose en mi cama con la evasiva de abrigarse junto a mí como en las libidinosas ensoñaciones de mi adolescencia. No obstante, Marisa, desde casa y con el teléfono como única herramienta, orquestó una solución que satisfaría el mayor de mis anhelos. Sin ella proponérselo, aquellas llamadas que realizó durante esa mañana cambiarían el curso de mi vida, y puede que de la suya.
   —Voy a plantearte una cosa —dijo mientras cerraba la tapadera de su móvil.
   —Dime.
   —Es sobre tu viaje. He pensado que en vez de irte con Pedro, que te vayas con Isabel, se lo he preguntado y ella estaría encantada.
   —¿Qué? —pregunté no dando crédito a lo que escuchaba, mientras procuraba esconder mi regocijo.
   —Sí, Violeta, yo creo que sería mejor que fueses con ella a que hicieras el viaje con Pedro, digo yo que te debe resultar violento compartir dormitorio con un hombre. Y con mi hija compaginarás mucho más, a pesar de que os veáis muy poco.
   —Dile que también estoy encantada de que venga conmigo a Nueva York. ¿Qué piensa su novio? —pregunté sin reparar demasiado en cómo reaccionaría Pedro en cuanto supiera que iba a ser sustituido como acompañante.
   —¿Carlos?, ese chico ya es historia. Y fíjate que me alegro, no me gustaba. Con lo buena chica que es mi Isabel y se fue del piso que compartían de la noche a la mañana. Por eso creo que le vendrá bien este viaje, para despejarse un poco, que falta le hace. Te puedo asegurar que se maneja muy bien con el inglés.
   El contentamiento no podía ser mayor, por un lado mi padre recobraba poco a poco la robustez y, por otro, las expectativas que se presentaban en mi inminente marcha a Estados Unidos lo habían redimido de la indolencia. Unos días antes de tomar el primero de los vuelos que nos llevaría a América mantuve una pequeña conversación con mi progenitor:
   —Hija, cuando vengas de Nueva York tenemos que hablar de algunos asuntos.
   —Sí, pero no será porque ahora piensas que te vas a morir.
   —No, pero tenemos que dejar las cosas claras sobre el testamento y, también, que me cuentes qué tal el Metropolitan.
   —Claro, aunque tú me tendrás que contar qué tal en el Romea, porque no serás capaz de rechazar la invitación de tu amigo.
   —Por supuesto, un regalo así hay que aprovecharlo.
   —Papá, una pregunta: ¿lo que tenemos en las cuentas bancarias, es para preocuparse? —indagué sin tapujos sobre una cuestión que me inquietaba desde hacía tiempo.
   —En absoluto. Hemos vivido sin grandes lujos, pero en realidad, la casa de Cartagena está tasada en más de medio millón de euros, los locales que tenemos alquilados a la empresa de los hermanos Rivas tienen un valor en la actualidad de otro medio millón y en las cuentas bancarias hay una cantidad considerable.
  Aquella mañana de primeros de este mes de diciembre caí en la cuenta de que nuestro sobrio estilo de vida se apartaba de las verdaderas posibilidades con las que contábamos. Que, sin ser ricos, al menos podíamos haber disfrutado de ciertas comodidades. Nunca se ha escatimado en comida, pero tenemos un vehículo para los dos, residimos en una vieja vivienda de paredes húmedas que apenas han sido restauradas durante estas dos décadas. Reparé en que mi padre, a sus cincuenta y un años, nunca había subido a un avión y que jamás ha rebasado las fronteras de España. Y yo estaba a punto de hacerlo por primera vez.
   —Papá, ¿por qué nunca hemos viajado lejos y la gente que vive acomodada sí?, ¿por qué no poseemos una casa en la playa o un chalé con piscina?
   —Violeta, la felicidad no está en ir a una playa y estar rodeados de gente, en hacer cola para ir a un restaurante de moda, o ir a donde está todo el mundo porque es lo que se tiene que hacer. Desde luego, no es para gente como nosotros. ¿Crees que una cerveza en un bar de Roma está mejor que una del Mejorano? Yo no necesito viajar, ni siquiera para presenciar una ópera, la puedo ver en casa, tranquilo, sin tener que aguantar los pedantes comentarios del personal. Incluso puedo detenerla si necesito ir al baño.
   —¿Te he dicho alguna vez que estás loco, papi?
   —Muchas.
   —Porque… tú eres consciente de que lo estás, ¿verdad?
   —Sí, hija, loco por ti.



jueves, 28 de mayo de 2020

Volumen 24 de «Mi hija y la ópera»


23

   A mis veintitrés abriles solo hay dos cosas de las que puedo hacer gala: mi talento frente al piano y mis conocimientos de música clásica, pero nunca he creído que pudiera exhibirlas fuera de mi círculo más próximo. Ha sido en este último año cuando he conseguido realizarme con mis dos grandes pasiones. Gracias a los consejos de Marisa me desprendí de la losa de timidez que tanto me atenazaba. Empecé a tocar el piano en el mismo local donde Daniel interpretaba su repertorio de melodías cuando, años atrás, dejó de ser mi profesor. El miedo escénico pude superarlo sin demasiadas dificultades ya que me vi arropada por mi padre y Marisa, y también por Pedro y Soledad que no se perdieron ninguna de mis actuaciones. Sé que Antonio estuvo en el primero de aquellos recitales, medio a escondidas, confundido con la clientela de la barra. Tal vez quiso comprobar con sus ojos lo que vería anunciado en los muchos carteles de publicidad del establecimiento que se colocaron por el pueblo: «Velada amenizada por la pianista Violeta Rosique».
   Por otro lado, Pedro me informó en cierta ocasión, hace unos pocos meses, que había escuchado en Radio Nacional de España que se iba a celebrar un concurso en el que podían participar los oyentes del programa Clásicos populares junto con los de otras emisoras europeas. Era una especie de congreso anual donde se reu­nían musicólogos y melómanos cuyo colofón consistía en una competición sobre los conocimientos de música clásica, en el cual se otorgaba un premio al ganador. El evento se llevaría a cabo en el mes de noviembre y en una ciudad española (por lo visto, cada año se efectuaba en un lugar distinto del viejo continente). Recuerdo que cuando me lo dijo practicábamos senderismo, una afición que solíamos efectuar los domingos por la mañana y casi siempre íbamos los cuatro: Marisa, mi padre, Pedro y yo.
   —Violeta —demandó Pedro con tono circunspecto—, deberías ir a Madrid y demostrar lo que sabes de música.
   —Mi padre entiende mucho más que yo —respondí con modestia.
   —No, hija, puede que yo tenga obsesión por la ópera, pero tú sabes mucho más y no solo de ese género, sino de la música clásica por extensión. Conoces muy bien las biografías de los autores y te has pasado la vida leyendo y releyendo los libros de historia del arte que tenemos en casa. Eres una enciclopedia andante.
   —Eso que dice tu padre es verdad —terció Marisa, secándose la frente con la muñequera.
   —Bueno, un poco de calma —dije—. Allí concursarán personas de gran conocimiento musical.
   —Pedro —dijo mi padre en tono imperativo—, cuéntanos en qué consiste.
   Todos paramos. Usamos las rocas cercanas para tomar asiento y escucharle con atención.
   —Vamos a ver, por lo que he podido oír en Clásicos populares, cada año se realiza un concurso relacionado con los conocimientos en música clásica. Es como Saber y ganar, pero en la radio, y se ciñe a la música y a la vida de los compositores. Este año es en Madrid, el pasado no recuerdo bien si dijeron en Londres o Roma, da igual. Por lo que sé son varias emisoras las que promocionan dicho concurso y unas cuantas las empresas que participan con el patrocinio. El premio es un viaje a Nueva York para el ganador, y si no me equivoco la estancia en Madrid durante el concurso también está sufragada, supongo que antes deberías pasar una prueba, porque digo yo que lo de acudir a la ciudad, así, de buenas a primeras, no será accesible para todo el mundo, sino para los que lleguen a esa fase final. Yo creo, Violeta, que debes inscribirte y cuando tengas que ir a Madrid que te acompañe tu padre.
   —Yo no iré —interrumpió este—, que vaya ella sola o acompañada de quien quiera que ya es mayorcita.
   Marisa y Pedro se miraron sobresaltados, extrañados por la impetuosa contestación. Yo sin embargo no la interpreté como impertinente.
   —No deis por sentado que vaya a concursar. Voy a mirar primero por Internet a ver si tienen por ahí las bases del concurso y escucharé a partir de ahora el programa por si dicen algo. No obstante, en el caso de que participase, debería prepararme mucho si pretendo estar a la altura.
   Retornamos a casa con las camisetas mojadas aquella mañana calurosa de octubre tras haber andado unos cuantos kilómetros de cuestas escoltados por pinos, matorrales y piedras. Mi padre caminaba con una gruesa rama que utilizaba para ayudarse a subir, o para evitar resbalarse a la hora de afrontar un desnivel de un palmo escaso. Incluso a veces solicitaba una mano de apoyo cuando el sendero se inclinaba demasiado. Exhausto, rogó a Marisa que le llevase la mochila que contenía un par de botellas de agua ya casi vacías. Ahí me percaté por primera vez de su débil estado.
   Escuché por fin en el programa la convocatoria del famoso concurso. Deján­dome llevar por la inexplicable intuición de que mi vida cambiaría a partir de entonces decidí participar. Tal como se indicaba en las bases, envié un correo electrónico y me inscribí. En un mensaje de respuesta automática me comunicaron que pronto recibiría una llamada donde se evaluarían mis conocimientos. Si esta prueba era superada podría ir a Madrid para medirme con otros participantes europeos en el mes de noviembre. Aquellas largas jornadas las pasé escuchando clásicos: sinfonías, cuartetos, conciertos, oratorios… Salvo ópera, en este género estaba sobrada. También leí las biografías de Puccini, Verdi, Mozart, Wagner, Donizetti, Bellini, Rossini, Monteverdi, Bizet, Masenet, Häendel, Bach, Gounod, Strauss —con este apellido, los más significativos—, y un largo etcétera. El concurso se había convertido en un reto personal, no por el viaje, sino para demostrarme que toda una existencia mortificada por la incesante música confería ahora un sentido a mi vida.
   A los pocos días atendí la llamada telefónica procedente de la dirección del concurso, era la primera criba a superar, me imaginé pronto en la capital de España cuando comenzaron a preguntarme cada una de las diez cuestiones, cuyas respuestas hacederas eran del tipo: «¿En qué ciudad centroeuropea nació Mozart?» o «¿Cuántas sinfonías compuso el compositor alemán Ludwig van Beethoven?». Llegué a Barajas sola desde el aeropuerto de Alicante donde mi padre y Marisa me dejaron. Por aquellos días se representaba Rigoletto en el Teatro del Bosque, en Móstoles, aproveché el viaje para presenciar un gran ópera en directo. En mi maleta dos o tres pantalones, algunas camisetas, mi nuevo portátil (el mismo con el que comencé hace unos días a escribir esta historia) y un libro de biografías de compositores célebres que era para mí como una Biblia para un sacerdote.
   La segunda prueba era una convocatoria presencial, nos reunimos un par de decenas de participantes de todas las nacionalidades: italianos, austriacos, franceses, alemanes… Aquella pequeña competición tenía la finalidad de dejar el grupo de concursantes en cinco. Los que acabarían como finalistas. Las preguntas eran de tipo test, casi todas con las opciones «Sí» o «No», concediéndonos muy poco tiempo para contestarlas. Ahí estribaba tal vez la dificultad junto con las impertinentes miradas con que los jueces nos examinaban. Una de las preguntas que recuerdo, por ejemplo, era: «¿Tosca es anterior a Madama Butterfly?», cuya respuesta es afirmativa —ahora conozco la biografía de Puccini más que la mía propia—, otra de las que me acuerdo consistía en aclarar si la última sinfonía de Haydn era la 94 o la 104, sin duda escogí la segunda opción, la también conocida como Sinfonía Londres (aunque numerosos musicólogos sugieren que habría que añadir hasta cuatro obras al colosal número de sinfonías de este autor). Desconozco si logré acertarlas todas puesto que dudé en un par de preguntas, pero no importó demasiado ya que, sin especificar los resultados, me comunicaron que había pasado a la final.
   Aquella noche me dirigí a la ciudad de Móstoles para ver Rigoletto. Me habría acercado al Teatro Real o al de la Zarzuela, recorrido que incluso podía haber hecho caminando desde mi hotel. Sin embargo, prefería desplazarme un poco más lejos y asistir a una ópera que me fascinaba. Durante toda la tarde procuré contactar con mi padre para comunicarle que había alcanzado la última etapa del concurso y que debía esperar un par de días para poder escuchar el desenlace en una retransmisión que se efectuaría simultáneamente para varias emisoras europeas, pero estaba con el móvil apagado. Envié un mensaje corto al dispositivo de Marisa ya que ella tampoco me lo descolgaba. Ni siquiera atendían el teléfono de casa, cosa que comenzó a inquietarme.
   Antes de pedir un taxi que me llevase hasta el Teatro del Bosque me fui a cenar a un establecimiento perteneciente a una cadena de hamburgueserías (lo cual ya se estaba convirtiendo en una tradición en mis visitas a Madrid). El trayecto a Móstoles me sirvió para reparar en el ignoto miedo que poseía a la gran ciudad, el pánico enardecido que sentía a la hora de entablar la más breve conversación con cualquier desconocido era algo a lo que jamás me acostumbraría. Desasosiegos inducidos por la intranquilidad originada al no poder contactar ni con mi padre ni con Marisa durante toda la tarde. Apagué el móvil en cuanto tomé asiento en la butaca. Junto a mí, a sendos lados, dos parejas de enamorados de edades dispares, entusiasmados por la inminente representación se besuqueaban sin tapujos: ¡qué violenta me sentí! Me quedé petrificada, con la vista puesta en el telón hasta que el comienzo de la Obertura lo replegó. A las tres horas, después de la ópera de Verdi y sus respectivas pausas en los entreactos, salí encendiendo el teléfono antes incluso de buscar un taxi que me trasladase al hotel. Descubrí varías llamadas perdidas de los números de mi padre y Marisa; a pesar de la intempestiva hora marqué el contacto que iba asociado a la palabra «Papá». Dio tono como seis o siete veces, y, casi a punto de que interrumpiese la conexión y optara por marcar el de su pareja, fue descolgado. Ella saludó en tono apático.
   —¿Qué ha pasado?, llevo desde las seis llamándoos para anunciaros que he pasado a la final, y que por tanto, estaré dos días más en Madrid.
  En ese instante un taxi se acercó hacia mi ubicación y se detuvo.
  —Al Hotel Atlántico, en Gran Vía —indiqué al conductor.
  —¿Qué? —preguntó Marisa al otro lado del auricular.
  —No, Marisa, estaba hablando con el taxista, resulta que el teatro adonde me he dirigido está un poco lejos.
   —Perdona que no te haya cogido el móvil. Hemos tenido un día de infarto.
   —No pasa nada, estaba preocupada; he dejado varios mensajes en el contestador y te he escrito un SMS.
   —Sabes que de esas cosas yo no entiendo, me aparecen varias figuritas en la pantalla, pero no sé, hija. En fin, me alegro mucho de que hayas pasado a la final, cuando despierte tu padre se lo contaré.
   La alegría por haber alcanzado la final del concurso, y la emoción de la ópera, eclipsó la intranquilidad sentida antes por aquel desencuentro telefónico. Supuse que mi progenitor se había quedado traspuesto como muchas otras noches, luego supe que no, que entretanto yo estaba en la capital, en Calasparra las cosas no acontecían como siempre.

   El día de la finalísima se presentó sin que apenas hubiese tenido contacto con el exterior del hotel. Estuve encerrada en la habitación leyendo y escuchando mús­i­ca, con el único descanso de las comidas y las pausas obligadas que me tomaba para tumbarme en la cama y repasar toda la información que releía. Nos reunieron a las diez de la mañana, el concurso se emitiría en directo a partir de las doce. Una ingente comitiva de profesionales de la radio se entremezclaba con traductores, fotógrafos, etcétera. Abrumaba presenciar aquel enjambre humano dedicados en cuerpo y alma a nosotros. De mis cuatro contrincantes, un dato curioso: el más joven duplicaba con creces mi edad. Me llamó la atención el rostro y la pintoresca vestimenta de uno de ellos; era un periodista austriaco —para muchos, el gran favorito—. Fue en cualquier caso un alivio tener la sensación de que para mí, el mero hecho de estar en la final, era ya de por sí un privilegio, por lo que los nervios se fueron apaciguando porque no me encontraba presionada por lograr la victoria. Era todo un honor competir y codearme con aquellos melómanos, expertos en el género, críticos de prensa especializada y escritores de eruditos libros de historia de la música.
   Llegamos todos con las mismas opciones de victoria cuando nos encontramos con la última fase del concurso. Consistía en una prueba donde debíamos demostrar nuestra rapidez a la hora de reconocer una melodía. Tan solo se trataba de apretar un botón al escuchar un fragmento determinado y, en menos de cinco segundos, responder con el nombre del autor y la obra, no hacía falta entrar en más detalles. Ganaría el primero en alcanzar los tres puntos, uno por acierto. Sin embargo, apretar el pulsador y fallar la contestación supondría descontar un punto. Aguardábamos ansiosos la primera pregunta cada uno de los cinco finalistas que, frente a nuestro respectivo atril, formábamos un leve arco de circunferencia, como una media luna, sobre el escenario en dirección al salón de actos en cuyas butacas se podían divisar numerosos espectadores. Pocos, en relación a los radioyentes que se encontrarían al otro lado de las ondas. Desalentando a sus rivales, las dos primeras fracciones musicales las acertó quien gozaba de la predilección de buena parte del público: el viejo de barba amarilla, crítico de un diario vienés. Conocía aquellas piezas que sonaron, pero no tuve la celeridad de aquel adversario. Sé que sus respuestas fueron: «Beethoven: Cuarta Sinfonía» y «Dvořák: Sinfonía del Nuevo Mundo».
   Todos dábamos por ganador al versado concursante austriaco cuando en la tercera pieza tuve suerte en reconocer, antes que nadie, que oíamos un fragmento perteneciente a L’Orfeo de Monteverdi. El siguiente retazo musical correspondía a Mahler, el vienés apretó al pulsador de su atril una centésima después que un compañero alemán de bigote y bastón que por suerte para mis intereses acertó. Detecté que la estrategia del participante austriaco consistía en pulsar el botón justo al cesar la música, para él y para mí, con aquellos cinco segundos que concedían para contestar, nos bastaba para encontrar la respuesta en nuestro archivo neuronal. Apliqué este método con el fragmento que le sucedía y… et voilà!, a los tres o cuatro segundos de haber pulsado contesté: «Esto es de Carmen, de Bizet, unas notas que conciernen al tercer acto».
   Estaba empatada con aquel conocido crítico que contaba con el aplauso de un público cada vez más contrariado. Para la reputación del concurso el ganador debía de ser él, un hombre que por su trabajo y estilo de vida habría visitado numerosas veces la ciudad de Nueva York y otras grandes urbes del planeta. Yo, sin embargo, jamás había traspasado la frontera de España. Con aquel pensamiento atraje a la suerte que, por primera vez en mi vida, estuvo de mi parte. Comenzó a sonar una pieza que había sido una especie de leitmotiv de mi existencia y que en décimas de segundo averigüé; ya antes había apretado el pulsador rojo para impedir que se adelantase el pedante periodista. Era la voz de un tenor que cantaba: «Contessa perdono…». Eufórica y trémula respondí convencida:
   —Esto es de Mozart, de Las Bodas de Fígaro, en el cuarto acto, es el instante donde el conde pide perdón a la Condesa de Almaviva…
   La agitación del momento me animó a que alardease de mis conocimientos sobrepasando con creces el requisito mínimo de obra y autor de las respuestas. No necesitaban tantos datos. Interrumpieron mi discurso con un aplauso que fue seguido por una voz de megafonía que decía lo siguiente: «¡Correcto! Y La ganadora del concurso de 2004 sobre música clásica es: doña Violeta Rosique Domín­guez, de Murcia, España». Lloré desbordada por la emoción con el único reparo de que no mencionaran Calasparra, la localidad que me ha visto crecer. Me acordé entonces de que el final de la ópera preferida de mi padre era de los pocos que le conmovían de verdad. Como si de un mal presentimiento se tratara empecé a pensar en él y no me liberé de su recuerdo hasta la vuelta a casa.
   No en vano, acababa de ganar un viaje a Nueva York con alojamiento incluido y dos entradas para la representación de Aida de las 7:30 PM para el 8 de diciembre de 2004 (cuyos resguardos todavía conservo en algún bolsillo de mi abrigo). Poco era aquel fabuloso premio comparado con la inyección de autoestima que recibí aquella jornada. Aterricé en el aeropuerto de Alicante a las dos de la tarde del día siguiente, no había podido conversar con mi padre desde que llegué a Madrid días atrás, siempre lo había hecho con Marisa, la única persona que acudió a recogerme. No le había concedido hasta entonces demasiada relevancia a ese hecho a sabiendas de lo poco hablador que es mi progenitor por teléfono.
   —Tu padre está enfermo, apenas se ha movido de la cama en estos días —me dijo Marisa nada más recibirme.
   —¿Está grave? —pregunté asustada como si ya supiera que la respuesta fuera afirmativa.
   —Esperemos que no, aunque está muy cansado. Se pasa el día acostado o tumbado en el sofá, si acaso balanceándose en su mecedora. Los médicos dicen que puede que se deba a la carencia de alguna vitamina. Yo creo que la preocupación de estar sin ti le pone enfermo. Se curará en pocos días. Por cierto, ¡enhorabuena por el premio!



martes, 26 de mayo de 2020

Volumen 23 de «Mi hija y la ópera»


22

   Durante semanas evité presentarme en la tienda de Antonio. Él, sin embargo, no desistió en llamarme a todas horas, incluso con números de teléfono que no eran el suyo, en cuanto escuchaba su voz yo cortaba la comunicación. Suplicó mi indulgencia de todas las formas posibles, ofreciéndome solo amistad que era lo único que podía proporcionarme desde el principio. Pero en verdad, durante la madrugada del día de Navidad ocurrieron varios acontecimientos que me cos­tarían olvidar de Antonio: el primero fue no tener la valentía para poner remedio a las constantes burlas de sus primos; el segundo, la utilización irresponsable y vehemente de drogas; y el tercero, y sin duda el más importante, el de la consumación de un acto sexual que en su momento interpreté que rayaba lo inadmisible y que con el tiempo he considerado con certitud de que se trató de una violación. Era algo que jamás repetiría con él, me producía náuseas la sola idea de imaginarme su cuerpo sobre el mío. Según transcurrieron los meses, el rencor se fue convirtiendo en compasión hacia aquel individuo de actitud contumaz y terminé por devolverle el saludo, tan escueto como indefectible, evitando al no negarme en las salutaciones que me siguiera atosigando a súplicas.
   Abandonar la compañía de Antonio supuso renunciar a la consolidada relación que mantenía con mucha gente del pueblo y, en concreto, con la Peña de los Glóbulos Rojos. Personas a las que había cogido cariño y confianza cuyo apego sacrifiqué por impedir toparme con él gracias a los numerosos eventos a los que asistía. Dejé de salir por las noches y una sábana de tristeza recubrió mi desolada existencia, al punto de que estuve un año sin escribir el diario que me ha servido de guía para acometer este relato. No sería en todo caso por falta de tiempo.
   Marisa me convenció para que la ayudase en su negocio. Decía que mi talento para el arte no debía ceñirse al piano. Un sueldo que, al fin y al cabo, ella pagaba a alguien que vivía en casa. Con el dinero que obtuve en el primer trimestre, una buena cantidad que tenía ahorrada y lo poco que nos dieron por el viejo automóvil de mi padre, me compré un coche. A mi progenitor le pareció buena idea, raro en él, tal vez no comprendía muy bien el cambio de pesetas a euros que nos confundía a todos por aquel entonces o quizá comenzó a restar relevancia al valor económico de las cosas. El uso del vehículo sería, en principio, para compartirlo con mi padre, si bien él solía conducir el turismo de Marisa. Casi nunca salía de casa sin ella. En ocasiones yo cogía mi nuevo Ford verde para dar vueltas por el pueblo sin itinerario establecido. Decía que había quedado con amigos de la peña, era mentira, no quería que se preocuparan en casa. Deambulaba sin salir del automóvil para matar las horas, consumiendo combustible sin necesidad, como una perturbada serpenteando las bulliciosas calles de la localidad durante los fines de semana. Si me detenía en algún lugar era siempre en una zona poco concurrida y para comprar cigarrillos. Había adquirido el mal hábito de fumar como una estú­pida intentona para combatir la soledad y lo único que conseguí, además de engancharme al tabaco, fue tener un quehacer cuando conducía y de esta manera desocupar del volante alguna de las manos, creyendo así que aparentaría más naturalidad y no la estampa de una trastornada que callejeaba sin rumbo fijo por las travesías calasparreñas.
   Solo las tardes de domingo me mantenían en casa, mi padre había confeccionado un particular programa de óperas que abarcaba todo el verano. Seleccionó una docena de sus obras preferidas para disfrutarlas junto a sus amistades y acompa­ñadas de café, whisky, cerveza, palomitas… Conviene aclarar que la única amistad que mi padre y yo teníamos entonces era Pedro, el listo. Y por supuesto que acudió a cada una de aquellas vespertinas sesiones dominicales, casi siempre acompañado de una tal Soledad, una mujer de una pedantería tan extrema que no me extrañaría que acabara su existencia haciendo honor a su nombre. No era ni guapa ni fea, aparentaba estar en el ecuador de entre cuarenta y cincuenta, de pelo corto, gafas cuadradas y un sempiterno pañuelo en el cuello. De fuertes ideales, que a mi parecer es donde residía su mayor atractivo, aunque algunas veces su radicalismo era desquiciante. Era una acérrima vegetariana, yo creo que por un inconmensurable amor que profesaba a los animales más que por un cuidado nutricional. Su manera sublime de argumentar desmontaba hasta al mismísimo Pedro (deduzco que eran pareja por los gestos cariñosos que se regalaban cuando no discutían). Recuerdo con nitidez una conversación que mantuvieron sobre la tauromaquia; tanto, que ahora puedo transcribirla de memoria sin cambiar ninguna palabra de las que pronunciaron.
   —Es una salvajada —contaba Soledad— lo que llegan a hacer a un ser vivo con la infame excusa de ser una tradición en nuestra cultura. Es como si, por ser un rito ancestral, deja de ser abominable la ablación en algunos países africanos.
   —No me irás a comparar los toros con seres humanos —dijo Pedro creyendo que con eso iba a zanjar el debate.
   —Un animal no hace un espectáculo con la muerte de otro. La inteligencia de nuestra especie debería manifestarse en otras vías, justo en el campo contrario: preservar a todas las criaturas de la Tierra.
   —Los toros de lidia no existirían si no fuera por el hombre —rebatió—, además, hay que tener en cuenta que la vida de un ser humano se pone en peligro para exhibir con valentía todo el arte que lleva en sus venas.
   —¿Y para qué sirve que salven al toro de lidia?, ¿para que muchos nos avergoncemos de ser españoles por ser este, el espectáculo de la muerte de un toro, el estereotipo más famoso que tenemos en el mundo? Y no me hables de arte, porque nada se puede considerarse artístico si con ello va ligado el sufrimiento de un ser viviente. Arte es esto que acabamos de presenciar —dijo señalando a la pantalla que rotulaba el título de Carmen.
   No está de más decir que el diálogo solo se permitió porque ya había terminado la ópera y que tal vez fuese originado por el argumento de la obra. Mi padre, Marisa y yo, enmudecimos admirados por la vehemencia de aquella mujer que no le dolían prendas en adoptar un tono beligerante si la ocasión lo merecía. Ahora, con el tiempo, comulgo más que nunca con la opinión de Soledad, y creo que si hay que defender algo con pasión que sea por salvar una vida más que de lo contrario. Algunas veces Pedro venía a casa solo, bromeaba con que yo era su pareja, todavía tenía el recuerdo, aun habiendo transcurridos dos largos años, de lo que me había contado en el bar, respecto a lo que de joven sentía por Marisa y de las quiméricas pretensiones hacia Isabel, su hija. No le culpaba por aspirar a tal galardón, por utópico que fuese.

   La temporada operística casera se prolongó con una decena de títulos en otras tantas semanas. Fue en una de esas tardes de domingo, la del 5 de octubre de 2003, cuando recibí en el móvil una llamada de mi tía Laura. Noté cómo mi padre se sulfuraba cuando atendí el teléfono ahogando la armonía de la música de Häendel.
   —Violeta, tu abuela ha muerto —dijo mi tía como saludo.
   —¡Vaya! —respondí levantándome presurosa del sofá.
   Mi padre, Marisa y Pedro apartaron la vista del televisor para prestarme atención a mí.
   —De acuerdo, ahora hablo con mi padre y te llamamos en un rato para decirte a qué hora vamos —concluí antes de colgar.
   —¿Qué pasa? —preguntó mi padre preocupado ante mi grave expresión.
   —La abuela.
   Él no dijo nada, agarró el mando del televisor y bajó el volumen al aria Lascia ch’io pianga de la ópera Rinaldo que sonaba en aquel instante.
   —No sabía que estuviera tan mal —dijo Marisa llevándose las manos a la boca.
   —Siento mucho lo de tu suegra —expresó Pedro. Desconozco si «suegra» se pronunció con una pizca de malicia por estar la compañera sentimental de mi padre presente—. Perdón, la abuela de tu hija.
   —No te preocupes, amigo —contestó mi padre aceptando el lapsus línguae—. María tenía alzhéimer desde hacía mucho tiempo, era lo mejor que le podía pasar. Vivía ausente del mundo.
   —¿Qué hacemos, Andrés? —preguntó Marisa.
   —Nos iremos en un rato, nos quedaremos en un hotel porque la casa de Cartagena no está para que nadie pase la noche. Lo que tengo que hacer es venderla.
   —¿Y yo qué hago? —me dije ante las dudas de cómo proceder ante aquella situación.
   —Lo mejor será que vengas con nosotros en el mismo coche, pero si quieres te quedas en casa de tu tía al cuidado de tu primo.
   Diecisiete días le faltaban a mi padre para cumplir cincuenta. Parecía de más edad, el bienestar que le proporcionaba Marisa no ocultaba su cada vez más fatigado rostro. Siempre conducía él, no obstante, nos fuimos en el Ford Focus que yo consideraba como propio. A las nueve de la noche llegamos al Tanatorio Estavesa de Cartagena, el mismo donde se veló el cadáver de mi abuelo Emilio hacía más de una década. Durante el camino Marisa trató de animarnos, mi padre condujo más pensativo que de costumbre, yo creo que bombardeándose a preguntas. Nosotros ya hacía tiempo que habíamos perdido todo contacto con mi abuela, muchos años en los que la única información que teníamos de ella era suministrada por mi tía, nada relevante por lo general. En verdad solo vivía el cuerpo, ella murió paso a paso sin que nunca se supiera muy bien cuándo su cerebro se desconectó del mundo terrenal para siempre. Como por arte de magia, solo recordaba los escasos buenos momentos que me hizo pasar la madre de mi madre. En aquel instante tuve la convicción de que si no obró bien conmigo fue porque estaba muerta en vida, ya no solo por la enfermedad que había padecido durante décadas, sino por haber sobrevivido al fallecimiento de dos de sus descendientes en trági­cas circunstancias.
   La sala cuatro del tanatorio estaba abarrotada, nos costó acceder a aquel lugar atestado de desconocidos. Muchos de aquellos serían sin duda antiguos camaradas de mi abuelo que acudieron a dar el último adiós a la mujer de su amigo. El resto de personas inexpresivas que levantaban la vista cada vez que alguien se adentraba en la sala parecían ser profesores de Maristas compañeros de mi tía y subordinados de la multinacional donde trabajaba Alberto. Dominaba en cualquier caso una atmósfera distendida, protocolaria y sin ninguna manifestación de dolor, salvo en el caso de mi tía Laura que vestía de negro y tenía el rostro abatido. Su marido, del que dudo que conociera a mi abuela con lucidez, le infundía aliento envolviéndola con sus brazos. Me interesé por mi primo, se encontraba en casa con sus tíos paternos, a sus dos años y medio de edad ya era todo un energúmeno —comentó mi tía—. Alejandro no iría al velatorio: «Él no comprendería todo esto, por eso no queremos que esté aquí», alegaban con aquella frase que parecía estar convenida antes de que fuera pronunciada indistintamente por cada uno de sus progenitores.
   Observé que mi padre se dirigió a la cristalera que lindaba con el pequeño cuarto donde se encontraba el ataúd abierto que mostraba a mi abuela durmiendo en un sueño eterno. Noté que la contemplaba con extraordinario detenimiento, apreciando cómo se empañaba el cristal. Movía sus labios, mi padre le estaba diciendo algo en voz baja. Marisa y yo nos acercamos a él, nunca he sabido si advirtió nuestra presencia.
   —María —susurró retomando esa especie de plegaria—, ahí estás, yacente, descansando de este mundo para siempre, ya te habrás reunido con tu marido, tu hija y tu nieta. Ellas te esperan desde hace mucho tiempo. Dile a tu Patricia que, a pesar de lo que ocurra ahora en este mundo, la quiero para la eternidad; tiene que comprenderme, me dejó muy joven. Ojalá nunca se hubiera ido, o me hubiese llevado con ella. ¡La quiero tanto! Cuida también de Susana, mi dulce amorcito chiquitín.
   A mi padre, del que sé que no le tuvo demasiada estima, le brotaron dos lágri­mas; las mismas que a mí y a Marisa, aunque por motivos distintos. Con un beso a su mano que arrimó al cerco de su propio vaho se despidió para siempre de la imagen de mi abuela y abandonó cabizbajo la sala. Marisa y yo realizamos una leve reverencia hacia el féretro y le seguimos hacia el exterior para fumar un cigarrillo con tranquilidad. Laura y Alberto nos acompañaron.
   —¿A qué hora es el entierro? —preguntó mi padre a mis tíos.
   —Sobre las doce —contestó Laura aludiendo al día siguiente—. Se hará una misa aquí a las once.
   —Marisa y yo nos quedaremos en el Alfonso XIII —indicó mi padre refirién­dose al hotel—. Violeta quiere ver a su primo, como hemos venido en el mismo coche, la llevamos a casa y que ella se quede cuidando de Alejandro, porque seguro que estaréis toda la noche aquí.
   —Sí, Andrés —intervino Alberto—, de aquí no nos moveremos, por eso, si tú y Marisa queréis dormir en casa lo podéis hacer. Es lo menos que podría hacer por vosotros, acuérdate de cuando nos dejaste tu propia cama a mí y a Laura cuando éramos novios y a mí no me conocías de nada.
   —Gracias, Alberto, pero no nos quedaremos, quiero aprovechar esta visita a Cartagena para enseñarle la ciudad que me vio nacer a mi amada.
   Marisa, al lado, rechazó la mano de mi padre que buscaba la suya. Supe entonces que le habían apesadumbrado las palabras que este lanzó frente al cuerpo inerte de mi abuela.
   —Gracias por venir —dijo Laura a Marisa con ojos de gratitud.
   —No hay de qué. A fin de cuentas fue la suegra de mi pareja y la abuela de Violeta —explicó abrochándose una fina chaqueta de color oscuro para después apagar el cigarro en uno de los pivotes junto a la puerta que hacía las veces de cenicero.
   El aire húmedo de la ciudad de Cartagena nos hostigó de camino al Ford. Mi padre, como siempre, caminaba deprisa y un par de pasos por delante nuestra. Marisa y yo nos resguardábamos de las frías ráfagas de viento asidas la una de la otra. Me pidió que me sentara en el asiento del copiloto, ella prefería estar detrás. De camino a casa de mi tía, oí a Marisa sonarse la mucosidad con un pañuelo, bien podría ser por la humedad de aquella desapacible noche o por la temporada de resfriados que todas las personas que fumamos solemos iniciar con el otoño. No osé a echar la vista atrás y averiguar cuál podría ser la causa de aquellos sorbidos nasales por miedo a encontrármela entre lágrimas y no saber cómo consolarla, máxime, cuando el principal candidato de haber inducido aquel llanto era el que conducía el automóvil y que a veces se comportaba como un cretino.
   Tras un largo trayecto donde atravesamos buena parte del municipio llegamos a la majestuosa residencia donde vivía mi tía. Allí se encontraba uno de los hermanos de Alberto y su mujer que estaban al cuidado de Alejandro, un niño que ya sabría hablar y que apenas recordaría a su prima veinte años mayor que él. Me apeé del coche sin recrearme demasiado en la despedida, la controversia que pronto se iba a cernir en el interior del vehículo era palpable. No en vano, Marisa no flaqueó en su angelical actitud hacia mí y me dijo adiós regalándome una sonrisa mientras abandonaba el asiento trasero y se sentaba junto a mi padre.
   Como una forastera franqueé la puerta de la mansión. Los cuñados de Laura ya sabían de mi visita, solo los había visto en la boda de mis tíos. Me sentía extraña pretendiendo pernoctar en un domicilio que apenas conocía. Mi primo ya había sucumbido al sueño cuando llegué, no era demasiado tarde pero decidí preguntar por mis aposentos para descansar. Hasta la habitación de invitados —o mejor dicho, una de las muchas estancias que tenía la vivienda para tal fin— tenía cuarto de baño propio. Con las prisas no me traje muda de repuesto en el bolso de viaje, lo cual no fue óbice para tomarme un baño caliente. Me acosté imaginando el propósito de mi padre de mostrarle la ciudad a Marisa: el Submarino de Isaac Peral, la ensenada portuaria, la fachada de El Arsenal (cuartel donde hizo la mili), el Teatro Romano… Tal vez se adentrarían a la mañana siguiente en la casa de mi abuelo Pepe para enseñarle el lugar donde creció y un sinfín de planes ahora truncados por haber sido un bocazas, de pensar en voz alta sin evaluar las consecuencias. Yo, que nunca conocí a mi madre, y sin embargo quería a la persona que ocupaba el corazón de mi progenitor, no deseaba ni por asomo que un distanciamiento entre ambos pudiera suceder. Preocupada por esta idea acabé durmién­dome, arrasada por el cansancio.
   Al día siguiente llamé a mi padre para que no viniera a recogerme, ya me acercaría al tanatorio el hermano de Alberto que quería asistir a la misa. Cuando me encontré frente a Marisa me pareció distinta, de mirada renovada y sin ninguna mueca de rencor. ¿Habría conversado con mi padre?, ¿estarían reconciliados? Desconozco qué pudo haber pasado durante las horas que estuvieron a solas, pero estoy casi segura de que abordaron el asunto. Por nimia que pudiera resultar la cuestión, si Marisa le hubiera preguntado a su amado que si en una hipotética vida después de la muerte tuviera que elegir entre Patricia y ella, él no se lo hubiera pensado ni un instante. Yo no albergo la más mínima duda de que se decantaría por mi progenitora. Y no es baladí el asunto porque mi padre, a pesar de su declarado ateísmo, en sus ensoñaciones que jamás ocultó anhelaba una vida posterior con mi madre y con mi hermana, algo que el destino le sesgó un fatídico sábado de 1981. Y nadie, ni siquiera aquella sofisticada mujer de cabello rizado que había transformado a mi padre, mi casa y mis ideales, podía ocupar ese puesto en la eternidad.




Andrés, X

   Eran las diez de la mañana, del sábado 12 de septiembre, cuando el timbre del teléfono quebró el silencio del hogar. Llamaba el fotógrafo.
   —El marco lo tienes listo, puedes pasar cuando quieras.
   —A lo mejor vamos esta mañana —respondió Andrés—, ¿hasta qué hora estás?
   —Los sábados cierro a las dos. Por cierto, el retrato ha quedado precioso, parecéis una familia de postín.
   —No me extraña, con el tiempo que estuvimos posando hasta que pudiste sacar una foto decente… Esta mañana tengo un pequeño acontecimiento en casa, a ver si me da tiempo a recogerla y puede ser vista por toda la familia.
   La idea de celebrar una barbacoa aquel día, propuesta semanas atrás, no había sido del todo acertada, los preparativos no estaban ultimados y la ausencia de Lily durante los fines de semana se notaba. En pocas horas irían llegando a casa los invitados: el padre de Andrés, los de Patricia junto a su hermana Laura y los amigos del ma­trimonio, Paco y Consuelo.
   —Tenemos que comprar la carne y la leña —dijo Patricia.
   —¡Maldita sea! —exclamó Andrés— Con todos los árboles que tenemos aquí nunca más nos quedaremos sin leña. A propósito, ha llamado Ginés, ya tiene enmarcada la foto familiar que nos hicimos la semana pasada.
   —Muy bien, a mis padres les gustará verla.
   El diálogo fue interrumpido por Violeta que se despertó llorando. Después de amamantarla, y tras varios minutos tratando de sere­narla sin éxito, tomaron una decisión.
   —Uno de los dos se tiene que quedar con las niñas, vete y compra la carne y la leña —dijo Patricia.
   —Es que la carne no será de tu gusto, siempre que vengo de un mandado de este tipo, tú o tu madre me ponéis pegas, ¿por qué no vas tú y yo me quedo con las pequeñas? —el sollozo de Violeta arrastró a su hermana al llanto.
   —Con las dos así no me quedo —prosiguió Andrés—, llévate a Susana, que se porta mejor.
   Patricia aceptó marcharse con su hija mayor a Cartagena para recoger los encargos.
   —Enseguida venimos —dijo sacando el vehículo de la cochera con lentitud.
   —Ten cuidado con el coche que cuando tengamos el Mercedes este se quedará para tu uso, y  recuérdale a Susana que no debe levantarse de su asiento.
   —A ver si cuando venga ha dejado de llorar Violeta. Te quiero, mi amor —dijo Patricia elevando el cristal con la manivela.
   Andrés extendió las dos puertas de la verja. El llanto del bebé le enfureció tanto que no pudo despedirse de su mujer ni de su hija mayor.
   —¡Cállate ya! —gritó el padre a su pequeña.
   Estuvo mirando al automóvil hasta que salió de la finca, advirtió cómo Susana, desde el asiento trasero, siguiendo las instrucciones de su madre, se despedía con la mano mientras sonreía.
   —¡Adiós! —balbuceó risueña su primogénita.
   —Hasta ahora, amores —susurró él—. Hasta ahora.

   A la una y media de la tarde llegaron a la casa los padres de Patricia y su hermana. Andrés acababa de prender la barbacoa con la poca leña que disponía y dejó sonando el tocadiscos con un vinilo de populares fragmentos de ópera que escogía para los días que recibían visita. Su hija menor dormía en el cochecito, bajo el porche.
   —Está empezando a chispear —anunció Emilio tras salir del coche y encenderse un puro—, seguro que se nos fastidia la barbacoa. Menuda mañana llevamos, hemos es­tado una hora para entrar a la carretera de Tentegorra, había un accidente, un camión, me parece, que había explotado allá abajo, en el cruce. Entre guardias civiles, bomberos, ambulancias, curiosos… el tráfico era imposible.
   —Bueno, cae alguna gota, pero no creo que apague la barbacoa, tendremos suerte y no lloverá —dijo Andrés elevando la vista al cielo—, al menos sé que la tardanza de mi mujer y mi hija es por la retención del accidente, ya me estaba enfadando.
   —¿Dónde están mi hija y mi otra nieta? —preguntó María que observaba junto a Laura el plácido rostro de Violeta cuando dormitaba.
   —Eso le decía a su marido, que se han ido a comprar a Cartagena la carne y la leña, y de paso, a recoger la foto familiar que nos hizo mi amigo Ginés. Debería haber vuelto hace rato, pero sabiendo lo que se ha formado en el cruce… no me extraña que tarden.
   —¿Por qué ha ido mi hija que apenas sabe conducir?, y encima con la cría.
   —No sabe usted cómo se ha puesto Violeta. Ya que su hija sabía lo que había que comprar de carne, hemos decidido que fuera ella. Susana no se levanta del asiento hasta que el coche se detiene, es muy obe­diente.
   —La carne la podríamos haber traído nosotros —dijo María—, ¿ha ido a la carni­cería de Paco?
   —¿Paco es el de la calle General Mola?
   —Sí, ¡madre mía!, podría haberla comprado yo y traerla para acá, que vivimos al lado de la carnicería.
   —De todas maneras había que bajar a Cartagena, su hija siempre dice que nunca conduce —dijo Andrés nervioso ante los reproches de su suegra—. Alguna vez tenía que empezar a coger el coche.
   —Pero no con la criaturica atrás que puede distraerla.
   —Venga, María, déjalo ya —dijo Emilio creyendo que podría desencadenarse una discusión.
   —¡Mirad qué nube de humo se ve por ahí! —exclamó Laura señalando hacia el Este.
   Todos elevaron la vista a aquel punto y se dirigieron hacia la verja de la entrada debido a que los árboles de la finca impedían la visibilidad de aquella humareda que emergía a unos tres kilómetros de distancia. Un Seat 127 amarillo se aproximaba len­tamente a la puerta de la parcela.
   —Menudo accidente hemos visto —dijo Paco desde su vehículo con expresión consternada—. Un camión con un coche, que según han dicho algunos, se ha saltado un stop. El camión lo ha arrastrado a unos cincuenta metros del cruce y se ha quedado bajo la cisterna, después explotó, dicen que hay muertos, todavía estoy temblando. Sacadme una cerveza que se me pasen los nervios.
   —Mira que si le ha pasado algo a mi hija… —dijo entre dientes María con aparente in­quietud.
   —¿Qué pasa? —preguntó Consuelo que ya había comenzado a besar a todos los presentes.
   —Nada —explicó Emilio—, que estamos empezando a preocuparnos porque mi hija ha cogido el coche esta mañana temprano y todavía no ha venido. Seguro que no tiene nada que ver con el accidente, pero…
   —Paco —interrumpió Andrés—, ¿qué coche era, has visto algo?, ¿qué color te­nía?
   —No sé, estaba calcinado debajo del camión, había demasiada gente ahí, no se po­día ver mucho.
   —Voy a llamar a Ginés —anunció Andrés con rostro intranquilo—, a ver si han estado allí.
   —¿A qué Ginés? —preguntaron varios.
   —Al fotógrafo.
   —Si tuviera aquí el teléfono de Paco —lamentó María refiriéndose al carnicero—, le llamaría para ver a qué hora ha estado mi hija.
   —Voy a buscar el teléfono de la carnicería en la guía, mamá —dijo Laura.
   —No ha estado —comunicó al rato Andrés, saliendo agitado de su casa—, ¡que alguien me lleve al cruce!
   En ese instante de desasosiego colectivo apareció el vehículo de Pepe que se intro­ducía en la finca tocando el claxon. En su rostro atemorizado pudo distinguirse un resoplido de alivio al ver a Andrés en el exterior de la vivienda.
   —¡Llevo el susto metido en el cuerpo, hijo mío!, ha habido en el cruce de la carretera de Canteras un accidente gravísimo, con muertos, cuando me han dicho que el coche era un Seat 131 blanco pensé que podía ser el tuyo. No te puedes imaginar la alegría que me da verte. ¿Qué te pasa?... ¡Estás pálido!...
   Laura se asomaba desde la puerta de la casa sosteniendo la guía te­lefónica e informando que había encontrado el número de la carnicería. Se le des­plomó de sus manos al avistar un vehículo patrulla de la Guardia Civil que estacionaba junto a la verja. Dos hombres uniformados de verde oscuro cerraban las puertas del automóvil y se adentraron en la finca con palpable consternación. Ambos se cuadraron en cuanto advirtieron la presencia de Andrés que, amilanado por una fatídica noticia, apenas podía mantenerse erguido. La familia, expectante y atemorizada, enmudeció dejando que se apreciara la melodía proveniente desde el salón, el fragmento llamado Ebben, ne andrò lontana, de Catalani.
   —¿Es usted familiar de don Andrés Rosique Marín?
   —Soy yo —asintió temblando con un hilo de voz.
   —¿Es propietario de un Seat 131 blanco, con matrícula de Murcia, tres, uno…?
   Los últimos números de la matrícula fueron imperceptibles debido a las maldiciones y lamentos de los familiares y amigos que escuchaban a los miembros de la Benemérita. Él afirmó derrotado.
   —¿Quién conducía el coche? —preguntó el mismo agente.
   —Iban mi hija y mi nieta —musitó Emilio, advirtiendo cómo su yerno se arrodillaba sobre el césped del jardín.
   Los dos guardias civiles se miraron y asintieron con expresión de gravedad: «lo sentimos». La inefable secuencia que vino a continuación queda libre a la imaginación de cada uno. Con esto concluye, por ahora, mi contribución a esta obra. Estas palabras, insertadas en La hija del leñador, han pretendido arrojar algo de luz y dar sentido al fatídico pasado de la vida del padre de la autora. Aunque puede que esta historia no se publique nunca, pero eso en reali­dad poco importa: yo nunca me acordaré de ella.