jueves, 30 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 21



20

   Ana, la menor de las hijas de Marisa, tenía previsto irse en septiembre, justo después de los encierros, a Murcia para vivir junto a su hermana Isabel. Se había matriculado en la universidad de la capital y, como cabría esperar, permanecería grandes temporadas lejos de Calasparra. La mayor estaba comprometida sentimentalmente con un joven murciano, por eso apenas venía al pueblo salvo algún esporádico fin de semana. La pequeña aprovecharía esa circunstancia y la libertad que le brindaba no estar tutelada por su progenitora. Además, al carecer de vehículo propio para poder desplazarse con total independencia le obligaría a quedarse en la ciudad y, con ello, desligarse cautamente de su relación con un chico de la localidad; un romance —según contaba su madre— no tan consolidado como el de su hermana Isabel.
   Mi padre y Marisa establecieron que, a partir de dicho momento, vivirían juntos permanentemente y no sólo durante los fines de semana, como se estaba haciendo hasta entonces. Acogí la idea con entusiasmo, mi progenitor escalaría un peldaño en su camino hacia la felicidad y la casa ganaría en limpieza. Admito que las labores del hogar no han sido nunca mi especialidad, excusa que no puedo atribuirle a la falta de tiempo.
   Quisieron celebrar dicho acontecimiento con una comida donde las hijas de Marisa, acompañadas de sus respectivos pretendientes, vendrían a casa a conocer la nueva  residencia de su madre y de paso a sus viejos moradores.
   —Violeta, dile a tu amigo que venga también —dijo mi padre refiriéndose a Antonio.
   —El sábado, 15, ¿no?
   —Sí, el sábado después de los encierros. Porque antes, con las fiestas, algunos puede que no quieran venir.
   —Ya sabes que Antonio hasta las tres de la tarde no acaba.
   —Pues cuando salga que se venga para casa, le estaremos esperando. Además, ¿no decías que quería conocerme? —preguntó creyendo que mis observaciones sobre el horario se trataban de objeciones a la cita.
   —Sí, papá, él te conoce remotamente y la reputación que te precede en el pueblo es bastante injusta.
   Marisa, que se encontraba en el otro lado del salón, afirmaba con la cabeza declarando estar de acuerdo con mi comentario.
   —Pues díselo, que no me gustaría que faltase nadie —nos indicó mi padre a ambas.
   Aquella conversación se había efectuado a finales de agosto, el estío había transcurrido fugaz inducido por los últimos acontecimientos: la perfidia de la que ostentaba Juan hacia mi progenitor, los encuentros casuales con un Pedro beodo en los bares del pueblo, esa especie de idilio que estaba viviendo con Antonio que yo mantenía a raya en la fase de los besos en los labios impidiendo que alcanzara un grado más libidinoso… Para bien o para mal, aquel verano me hizo tener conciencia de que existía un mundo fuera de estas cuatro paredes y aunque no estaba a la altura de mis expectativas: Vivía.

   Se acercaba el vigésimo aniversario de la tragedia que marcó nuestra existencia acaecida un 12 de septiembre, mi padre y yo nunca hablábamos de eso cuando la fecha estaba cerca, pero sé que él tenía muy presente aquella dolorosa efeméride. Aunque procuraba disimularlo no concediendo a esa jornada nada de particular actuando como si fuera otro día cualquiera. En la víspera de tan temida fecha, un suceso terrible conmocionó al planeta, al punto de que cuando llegó el sábado, cuatro días después, aún sin tener los televisores encendidos para que las noticias no eclipsaran nuestro evento, fue la conversación estrella en la mesa. Cada uno de los tres años que han transcurrido a partir de entonces, la prensa, en memoria del 11 de septiembre de 2001, nos ha recordado hasta la saciedad de que nos hallábamos a un solo día de la fecha en la que conmemorábamos silenciosamente nuestro personal infortunio.
   Marisa y mi padre se habían encargado de todos los preparativos para la celebración del sábado, mi único cometido fue el de encargar telefónicamente a Antonio un pedido que el mismo traería cuando terminase de trabajar. Los aperitivos ya estaban en la mesa que habíamos sacado de la cocina al exterior, totalmente desplegada para la ocasión, cuando un BMW azul oscuro con matrícula reciente atravesó el umbral de la verja que da acceso a nuestro jardín. Lo conducía Carlos Bonache, novio de la hija mayor de Marisa que estaba junto a él. Todavía recuerdo con nitidez aquel primer instante en que vi a Isabel en el asiento del copiloto, con un porte tan elegante que parecían haberse equivocado de lugar. En el asiento trasero estaban Ana, la hermana pequeña y Carlos Zapata. Estos dos últimos rostros me resultaron vagamente familiares, posiblemente habría coincidido con ellos por las calles del pueblo en estos últimos tiempos de autonomía personal.
   Tras las pertinentes presentaciones esperábamos, cerveza en mano, a que se terminara de cocinar el asado. Matando el incómodo silencio de quienes se acaban de conocer con insustanciales diálogos encadenándolos con frases que abordaban el asunto más importante del momento y que había conturbado a toda la humanidad.
   —Anda que lo que ha pasado en Nueva York… —dijo Carlos Zapata mientras abría con la boca un pistacho.
   —Ya te digo —contestó su cuñada Isabel a la vez que inclinaba el vaso de cerveza que su madre rellenaba.
   «Los Carlos», eran bien diferentes; el mayor de ellos, Carlos Bonache, rondaría los veinticinco años, bien parecido, alto y moreno, ataviado de pulcras y elegantes prendas, de cabello engominado hacia un lado. Su padre era un empresario murciano del transporte y su familia gozaba de cierto prestigio en la industria pastelera de la capital. Estudiaba en la misma Facultad de Derecho donde había conocido a Isabel. A su agraciada fachada habría que sumarle una excelente dicción y una elocuencia propia de un político. Un abogado en ciernes con un inconmensurable talento sobre el papel. Carlos Zapata, el calasparreño, era una pésima imitación de su cuñado, aunque igualmente pedante, si bien, los conocimientos de este chico y su forma de expresarlos distaban profusamente de su homónimo. Aparentaba tener mi edad, y era excesivamente escuálido. Luego supe que él había cursado en el mismo colegio donde yo estudié, pero no le reconocí porque su cara habría cambiado tanto… No creo que él tuviera ninguna duda acerca de mí. Lucía pelo de punta un tanto impropio para un veinteañero y unos granos faciales al borde de la eclosión que le daban cierta verosimilitud a ese look adolescente. En rigor, yo creo que el acné que padecía se debía a mala alimentación, hábitos poco saludables o ambas cosas. Su rostro era una perenne expresión del que está falto de sueño, y su sonrisa torcida sin motivo llegaba a exasperarme. El Zapata —que así era conocido en la localidad— tenía a pesar de todo un talento innato para hilvanar, en pocos segundos, asuntos tan dispares como la desaparición de Las Torres Gemelas al cambio de emisión del programa Redes de Eduard Punset. En verdad, esta última conversación solamente la mantenía con su tocayo.

   Antonio llegó a casa a las tres y cuarto de la tarde, con su vehículo más sucio y abollado que nunca. Tenía una frase escrita con el dedo con la cita poco ingeniosa de «Lávalo marrano» (acentuar la primera palabra ha sido cosa mía), que llevaba trazada en el cristal trasero de su Seat Ibiza y que, afortunadamente, no estaba en el campo visual de la mayoría de invitados. Abrió el maletero para descargar el pedido que yo le había solicitado por la mañana: varias cajas de cerveza, botellas de whisky y ron, hortalizas, rosquillas… Acudió con la misma ropa con la que había trabajado —salvo el delantal—, alguna salpicadura sanguinolenta se hallaba en la vieja camisa azul celeste que resultaban inadvertidas ante los grandes cercos blanquecinos que rodeaban las axilas humedecidas.
   —¡La Virgen, qué calor! —fue su tarjeta de presentación mientras apilaba la mercancía junto a su coche para transportarla a la cocina en un único viaje.
   —¡Chico!, ¿necesitas ayuda? —se ofreció Carlos Bonache creyendo que se trataba de un repartidor.
   —No, yo lo llevo to —contestó levantándose en cuclillas sosteniendo toda la compra trabada hábilmente en vertical, mientras expelía a la vez de lo que supuse que sería un pedo, a lo que le prosiguió de inmediato un voluntario carraspeo, confirmando la ventosidad.
   —Os presento a Antonio —anuncié dirigiéndome al grupo de jóvenes deseando que solamente yo me hubiera percatado del escatológico sonido.
   Me aproximé a él, mientras este los saludaba, en un ademán de auxiliarle con parte de la hilera de paquetes que soportaba con sus brazos.
   —Tenías que haberte cambiado de ropa —mascullé a Antonio mientras cogía algunas bolsas.
   —Me dijiste que viniera en cuanto saliese de la tienda.
   El Zapata saludó a Antonio como un viejo conocido, también Ana, ambos eran tal para cual, en absoluto irradiaban el estilo glamuroso de la otra pareja. La pequeña de las hijas de Marisa, era guapa, una infinitud de veces más que yo, pero su belleza quedaba eclipsada por la de Isabel en la inevitable comparación con su hermana. Exhibía un bonito cabello largo, lacio y oscuro, nació un año después que yo, cuando Naranjito era la mascota del mundial de fútbol del que España fue anfitriona y del que decía mi progenitor que lamentaba no haberlo presenciado con la compañía de su padre a pesar de las numerosas llamadas que recibió de mi abuelo.
   Una leyenda negra corría en torno a Ana, la benjamina de aquella mesa —que me contó Antonio días después—, relacionada con una noche loca en la cual mantuvo relaciones íntimas con varios chicos a la vez, tres o cuatro se rumoreaba. Aquel chisme jamás habría llegado a oídos de El Zapata, y de haberlo logrado, él lo hubiera desdeñado como si de un bulo se tratase. Conociendo las limitaciones y prejuicios que descubría en cada palabra que profería, le hubiese sido imposible aceptar como pareja a alguien de tan incierto pundonor.

   Una vez inmersos en el asado aprecié alguna mirada fugaz de Marisa hacia mi padre reprendiéndole en silencio su voracidad a la hora de engullir los alimentos. Él no atendió sus observaciones, siempre decía que los modales no había que demostrarlos en la mesa, menos aun cuando esta se hallaba en su propia casa.
   Además de cafés y chupitos de orujo, unas botellas de destilados y refrescos iban a amenizar la sobremesa. Mi padre había hecho hincapié en que Antonio trajese de su establecimiento las mejores botellas de ron y whisky sin reparar en gastos. Parecía no estar al gusto de todos los comensales.
   —Es bueno este whisky —dijo Bonache—, pero mi padre tiene una selección de Chivas que ni te cuento. Eso sí que es calidad.
    Una de las frases que siempre he oído en casa desde pequeña es la de: «Las marcas son el canon de los acomplejados», mi progenitor no pudo reprimirse cuando le vio rellenar el vaso con un refresco, fusionándose con el destilado.
   —Pero ese Chivas tan bueno que tiene tu padre… ¿lo mezclas también con cola?, porque digo yo que eso es un sacrilegio. Si es bueno, no lo enturbies con otras bebidas.
   —Yo es que sólo soy de cubatas —alegó Carlos aludiendo a los combinados—. El whisky solo es de borrachos.
   Ante el embarazoso silencio que generó aquella apostilla, mi padre, al que jamás he visto echarse refresco a una copa, levantó su vaso.
   —Pues entonces, ¡brindo por los borrachos como yo!
   Cualquiera que conociese un poco a Marisa sabría que a ella no le agradó el brindis apreciando únicamente cómo removía la cucharilla en el café. Ella de­saprobaba expeditiva todo tipo de comentarios que hiciesen gala de excesos etílicos delante de su prole.
   —¿Sabéis que Violeta toca el piano como los ángeles? —preguntó Marisa virando el rumbo conversacional de la tertulia.
   —Ahora si queréis interpreto alguna pieza —ofrecí sin convencimiento, deseando que ninguno de los presentes lo considerase como una idea apetecible.
   —Antes tienes que enseñarnos la casa —solicitó Isabel efectuando una rápida mueca a su hermana para que nos siguiera.
   Marisa comenzó a recoger la vajilla sucia de la mesa, mi padre y Antonio permanecieron en la mesa exhibiendo camisas sudorosas y adoptando posturas casi idénticas (las dos manos entrelazadas detrás de la cabeza), para abordar un tema tan fútil como el fútbol, un mundo del que ambos, dicho sea de paso, no eran demasiado aficionados. El tendero, que tampoco era de fumar mucho, le ofreció un cigarrillo a su interlocutor, aceptándolo este de buen grado.
   Los cuñados ya se habían ido a dar un paseo por el jardín de nuestra parcela aprovechando la cálida temperatura y la tregua que el viento nos concedía aquella tarde. Con sus cubalibres en la mano conversaban como buenos camaradas, ajenos a las diferencias culturales con las que habían sido educados.
   Antes de subir la escalera Isabel se detuvo frente al cuadro familiar, se mantuvo unos instantes observándolo con detenimiento, sin expresar palabra. Ana, empero, se mostraba ansiosa por concluir la protocolaria presentación de nuestro hogar, más interesada en retornar a la mesa que en conocer los dormitorios.
   —¿Te llevas bien con nuestra madre, verdad? —preguntó Isabel en tono confidencial para impedir que Marisa desde la cocina pudiese oírla.
   —Desde luego, ella es un verdadero encanto. Ha cambiado notablemente a mi padre.
   —Nuestra madre también está muy bien con tu padre —intervino Ana—, nada que ver con el putero y alcohólico del nuestro.
   Isabel reprobó gestualmente la indiscreción de su hermana, el volumen que empleaba al hablar tampoco es que se acercase al que pretende contar un secreto.
   —Es bueno que hayamos venido a vuestra casa —continuó—, porque en el pueblo tenéis fama de raros y ahora que os conocemos nos parecéis gente normal.
   —¡Huy si mi padre supiera que lo tildas de normal!... —dije entre dientes.
   Marisa tal vez escuchó las palabras de su hija o quizá fue la providencia del destino, pues la llamó de inmediato para que colaborase con ella en colocar algún utensilio de la cocina. Ana bajó decidida dejándonos a solas a Isabel y a mí. Faltaba por enseñar el último dormitorio, el que permaneció durante años cerrado con llave, ahora usado indistintamente como oficina o habitación de invitados. En verdad, nunca ha tenido esta segunda función. El cuadro de mi hermana era con diferencia lo más atrayente del cuarto.
   —Este es el lienzo que restauró mi madre, lo vi en el taller, le echó muchas horas.
   Contemplando la belleza de mi hermana tan magníficamente plasmada en la pintura me detuve a observar de reojo a Isabel, con aquella beldad e inteligencia que jamás imaginé que pudieran aunarse en un mismo ser. Sólo con fijarse unos instantes en ella se adivinaba una persona de mundo, y escuchar el sonido de su voz era un deleite que estremecía mis sentidos, tanto como a mi padre podría impresionarle el virtuosismo del bel canto.
   —El cuadro es precioso y tu hermana era muy linda —prosiguió Isabel con cierta cautela para no ofenderme con aquel piropo dirigido a Susana.
   —Mi hermana —dije abandonando mi ensimismamiento—, si viviese, tendría una edad parecida a la tuya, sería tan guapa como vosotras, parece más familia vuestra que mía. Fíjate que además de mi fealdad soy torpe con avaricia, me he manchado de aceite la camisa, menuda pinta debo de tener.
   —Es imposible que alguien sea feo cuando se tiene el corazón que tienes tú     —aduló acariciándome con sus dedos mis sofocadas mejillas—. He oído que tienes un talento increíble para el piano y eres toda una experta en música clásica. Eres maravillosa, créeme, no sientas complejo alguno.
   Aquellas palabras me enmudecieron, admiré embobada su sonrisa perfecta y su mirada esplendente de color canela, las cortinas serpenteaban acariciándole la espalda y su cabello moreno ondulaba con la gracia de un televisivo anuncio de champú, dándome la impresión de estar ante la representación más sublime del universo. Aquella mujer de rostro angelical y silueta de revista ostentaba de una elegante manera de declamar las palabras que lo raro era que no trabajase como presentadora de televisión o algo similar. Estuvimos apenas un instante en que nos hallamos la una frente a la otra, en silencio. Permanecí inmóvil, sumisa ante cualquier gesto que ella hubiera realizado. Un raro sentimiento me acaeció de improviso: deseé besarla.
   Volví a la realidad aturdida por aquella extraña alteración de mis sentidos, levemente mareada me disculpé abandonando la habitación para dirigirme hacia mi cuarto con el subterfugio de cambiarme la camiseta manchada. Me encerré en el dormitorio, y durante unos segundos, estuve agarrando fuertemente el tirador y respirando profundamente para recuperar el aliento junto a la puerta. Escuchaba únicamente los latidos de mi corazón cuando comencé a oír el murmullo de la conversación de «los Carlos» que provenía del jardín. Me asomé para otearles, se hallaban bajo la higuera donde yacían los restos de Yako, parloteaban eufóricos creyendo que eran invisibles al resto, no lo estaban para mí que, desde la ventana de mi habitación, los divisaba con nitidez sin que ellos se percataran de mi sigilosa presencia en lo alto. Se estaban liando un cigarrillo —que estoy convencida de que sería un porro—, sus copas habían sido diestramente colocadas en las oquedades del árbol. Entre risotadas pude escuchar parte del diálogo.
   —¡Qué fuerte con la suegra! —exclamó El Zapata exhalando un espeso humo.
   —Menuda familia tienen nuestras chicas, anda que el tendero… ¡vaya tipo!, apuesto que no ha leído un puto libro en su vida, seguramente su mayor aspiración existencial será aparecer en Gran Hermano.
   Ellos se viraban con frecuencia para comprobar la retaguardia, creyéndose inadvertidos se iba cediendo mutuamente el canuto cada dos o tres caladas, continuaron hablando, me sentí un tanto incómoda por espiar a aquellos cretinos temerosa de ser descubierta, aunque permanecí impertérrita, observándoles desde arriba.
   —Y anda que la hija del tipo este —añadió Bonache—, menudo engendro, si aquel fue el primer espermatozoide que llegó al óvulo no quiero pensar qué habría salido del último, pero ¿qué hizo ese hombre con sus huevos, los ha tenido en radioactividad o algo así?
   El escandaloso carcajeo de El Zapata imposibilitó que escuchase con claridad lo que vino a continuación, aunque sé que aludía a la virilidad de mi padre y a la genética de mi madre.
   —Anda que cuando vaya a tocar el piano —advirtió El Zapata una vez recuperado del ataque de risa—, más le valdrá que se ponga una careta, porque yo no aplaudo a monos de circo ni a monstruos. Tienen un vecino por aquí que tiene fama de deforme, a lo mejor es esta tierra que está podrida.
   Después de proferir tamaña barbaridad sorbió de su vaso, un estúpido bailoteo ejecutaba con sus piernas sin sentido alguno. Las risotadas dificultaron que tragase el líquido arrojando todo el contenido de su boca sobre la cruz que sobresalía del pequeño montículo donde quedaba enterrado mi perro.
   Cerré la ventana de mi dormitorio, ya había oído suficiente, una fortísima sensación de rabia me acaeció, no fue en esta ocasión la tristeza el motivo de mis lágrimas, el llanto secretaba con mayor intensidad que los de las noches de postración y melancolía. El afán por vengarme de alguna manera colapsó mis sentidos «Esto no va a quedar así» me repetía.

   La voz de mi padre me llamaba desde el salón, habría pasado una hora entre silenciosas quejumbres de impotencia. Percibí dos golpecitos en la puerta.
   —Pasa —dije con la palabra entrecortada, anhelando que al otro lado estuviera Isabel.
   —Perdona que haya subido a molestarte —susurró Marisa—, es que nos encantaría que tocaras el piano antes de que se vayan mis hijas y sus novios.
   —No me apetece nada, me encuentro un poco mal.
   —Tienes los ojos hinchados, ¿te pasa algo?
   —Me he quedado durmiendo —improvisé.
   —Menudas ojeras tienes, hija, ¿de verdad que no te ocurre nada?
   —No, Marisa, debe de ser la cerveza que he tomado, no estoy acostumbrada.
   —Bueno, cariño, lo que veas. Pero seguro que dejas sorprendido al personal con tu maestría al piano, y así haces compañía a Antonio que lo noto un poco desplazado.
   Durante un par de minutos permanecí sentada en la cama respirando profundamente sopesando la idea de unirme al séquito que me aguardaba en el salón. Descendí las escaleras en silencio, en contraste con el jolgorio de conversaciones cruzadas que sostenían animadamente, me dirigí hacia la cocina y abrí el cajón donde se guardaban las bolsas de basura. Extraje un enorme saco de plástico negro y lo desplegué para poder cubrirme con él. Me tapaba medio cuerpo, desde la coronilla hasta la pelvis, a ciegas me encaminé hacia el piano procurando recordar la situación de los obstáculos. Me detuve cuando palpé el instrumento, el silencio había inundado la sala. Sin verlos, sentía el peso de sus miradas sobre mi figura que parecería una cutre e insólita criatura mitológica: una bolsa gigante de basura con piernas humanas. Ellos deberían creer que yo pretendía ejecutar una pieza musical totalmente a oscuras en un alarde de virtuosismo pero cualquier persona que tenga unos conocimientos mínimos de piano sabe perfectamente que no se requiere de un talento especial para tocar sin ojear el teclado.
   Me senté en el taburete y cuando supe que estaba frente a las teclas agujereé dos veces el saco permitiendo el orificio justo para que cupieran mis enjutos brazos y pudiera manejarlos con habilidad desde el exterior de la bolsa, luego la apreté para dejar constancia de que mi cabeza estaba sin visibilidad, unos finos pliegues me permitían el paso del oxígeno cada vez más necesario debido al nerviosismo. Tanteé con los dedos las teclas negras y adivinar, así, cuál de las notas blancas era do. No precisaba de más ayuda que esa para comenzar a tocar.
   Interpreté una de mis propias composiciones y que, por supuesto, no me supuso un enorme esfuerzo ejecutar a ciegas. Continué con un tema de Vangelis conocido por todos: Carros de Fuego. Quise obsequiar a Marisa con aquella deliciosa música que presentí que lograría emocionarla, y así fue.
   Una estentórea ovación cerró la actuación. Realicé una pausa y levanté con ímpetu la bolsa que me cubría, todos elogiaron la interpretación de mi composición y la del músico griego. Isabel, tan conmovida como su madre, casi lloraba. Supe después que aquella banda sonora se encontraba entre sus favoritas. Nunca se me olvidará el atónito rostro de Antonio que jamás me había escuchado tocar el piano, sus palabras hacia lo que había presenciado eran una mezcolanza de asombro y admiración. Si alguna vez él estuvo enamorado de mí, fue en ese preciso instante.
   —Me he puesto esta bolsa en la cabeza —dije al, todavía, entusiasmado público—, no para jactar de destreza, sino para no ofender a ninguno de los presentes. No vaya a ser que alguien tuviera que aplaudir a un monstruo.
   Los cuñados se miraron de reojo y creí apreciar en sus culpables expresiones, un atisbo de compasión hacia mí y de vergüenza. Mi padre, boquiabierto, se acercó exigiéndome explicaciones.
   —No es nada, papá, no te preocupes. Me sienta mal beber, estoy cansada y creo que lo mejor es que me vaya a mi dormitorio.
   Con un leve saludo con la cabeza me despedí de todos, menos de Antonio al que, con la promesa de rendirle cuentas de lo sucedido al día siguiente, besé en un punto intermedio entre la mejilla y los labios.
   Todos menos mi padre y Marisa se marcharon en los siguientes cinco minutos, Antonio, todavía confundido por mi vehemente reacción, aseguró a mi progenitor que vendría a casa con más asiduidad; las hijas de Marisa y sus indolentes parejas partieron hacia el pueblo para continuar la diversión en locales de copas. Los cuatro iban risueños, indiferentes al sufrimiento que padecía.
  No abandoné la habitación hasta la mañana siguiente, pensé que mi autoestima había tocado fondo, que ya no podía caber más humillación, menos aún, si esta era ocasionada por alguna persona de mi entorno. ¡Qué equivocada estaba!

martes, 28 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 20




19

   Aquel lunes por la noche volví a quedar con Antonio. Aguardé en casa para que me recogiera una vez hubiera cumplido con sus obligaciones profesionales. Su automóvil franqueó la verja inmediatamente detrás del de Marisa. Ella cenaría con mi padre en casa y yo haría lo propio con Antonio en alguna taberna del pueblo, «Cada oveja con su pareja».
   Vacilé unos instantes en saludar a mi «pretendiente» con un beso en los labios o dos en las mejillas, dudé tanto que, finalmente, arrimé mis posaderas al asiento del copiloto y con un escueto: «Hola» cerré la puerta. Pretendíamos ir de tapas y cervezas de bar en bar, «de cañas» —como solían decir en la peña—. Antonio conducía ensimismado, ese estado de ausencia era muy raro en él, pues no solía conceder ni un segundo al silencio durante los primeros minutos de cada uno de nuestros encuentros. Creí que su comportamiento obedecía a lo que nos ocurrió la noche anterior en ese mismo vehículo, pero su preocupación era otra. Una vez realizadas las maniobras de aparcamiento, cerca de la Óptica Zapata, rompió su mutismo.
   —Violeta, ¿quién era esa gente?, ¿qué te dijo el Chapicas con tanto secretismo?
   —Es una historia sórdida. No te la puedo contar porque pondría en peligro a mi padre.
   —¿No confías en mí? —me preguntó con cierta incredulidad.
   —No es eso, tengo mucha confianza contigo, eres mi mejor amigo, incluso yo diría que eres algo más —lamenté de inmediato aquellas palabras que pronuncié, no era mi propósito aparentar desesperación en aclarar lo del beso y, por tanto, el estado de nuestra relación.
   —Bueno, si no quieres…
   —Antonio, ni siquiera a mi tía le contaría lo sucedido.
   Nos centramos en el tapeo, apenas teníamos hambre, lo cual podía ser normal en mí, pero sospechosamente extraño en él cuyo apetito era famoso en su entorno. Contaban de él que era capaz de engullir una pizza familiar para cuatro personas y un litro de cerveza como entrante. Nos acercamos a la terraza de la heladería La Jijonenca en la plaza del Ayuntamiento a tomar un par de granizados. Antonio arrimó su silla a la mía y me miró a los ojos con fijeza, y una sonrisa picarona que me derretía tanto como el hielo de mi vaso. Expectante y sin saber muy bien qué hacer lo contemplé con la misma persistencia en una improvisada y silenciosa batalla para comprobar quién conseguía mantener la mirada en el otro sin sucumbir al retraimiento. Me rendí prontamente dirigiendo mi vista hacia la pajilla que se obstinaba en remover la mezcla de horchata y limón del interior del vaso.
   —Yo pensaba que era alguien importante para ti y ya veo que no —dijo Antonio mientras exhibía el lado interno de su labio inferior procurando causar lástima.
   —No seas chantajista, no puedo contarte lo que ocurrió.
   Mi amigo, aquella noche, denotó atesorar de una inconmensurable aptitud para la persuasión, abordando el asunto a la mínima oportunidad. Cada intento suyo su­ponía una negativa por mi parte. Nunca sabré si decidió tirar la toalla o tal vez intentó probar con otro método que Antonio volvió a aproximar su silla a la mía hasta que llegaron a tocarse y, de nuevo, me acarició el mentón para acercárselo sutilmente a sus labios y abocarnos en otro ardiente beso.
   Sentí con la misma pasión que el primero aquel segundo contacto con su boca, tanto, que parecía una quinceañera encelada. Advertí sin demasiada preocupación la mirada intransigente de la clientela de la terraza y prolongamos nuestro besuqueo durante minutos. La mayoría de aquellas personas boquiabiertas reconocerían a Antonio y puede que a mí. No en vano, yo era conocida de oídas, aunque mi peculiar rostro facilitaba mi identificación, yo no sería más que una actriz de reparto en las muchas historias que tenían a mi padre como protagonista. Rumores que corrían en el pueblo, algunos inocuos, como el de su afición exacerbada a escuchar ópera; y otros, inicuos, como el de usar el hacha para atacar a sus congéneres, estos últimos extendidos recientemente, ya sabía yo ahora quiénes los estaban divulgando.
   Nos levantamos para dar un paseo hacia al otro lado de la plaza, buscábamos un lugar apartado donde seguir charlando, en ese instante decidí que Antonio era una persona a la que podía conferirle un secreto, encontramos un banco libre junto a un quiosco, le dije que comprase semillas de girasol —a él le encantaban—, y me propuse contarle parte de la historia.
   Antonio vació en su mano la mitad del contenido de una bolsa de pipas gigantes mientras yo me dispuse a relatarle un pedazo de la conversación que mantuve con Juan la noche anterior. Omití, no obstante, el fragmento en el que éste insinuaba estar al tanto de un asesinato perpetrado por mi progenitor décadas antes.
   —¡Qué fuerte! Fue tu padre quién le dio el hachazo al Negro —exclamó escupiendo una cáscara.
   —Sí, pero ni se te ocurra contarlo ni a tu madre.
   —Tranquila, si se lo digo a mi madre no querrá que me junte contigo.
   —Creerás ahora que todo lo que se comenta acerca de mi padre es cierto, que se toma la justicia por su mano, y de que está como una cabra… Y no pasa nada porque yo, a veces, también lo pienso.
   —No. Hizo bien en defender con uñas y dientes lo que le parecía importante.
   Contemplé con cierta fascinación a mi amigo, me había parecido un comentario tan diplomático que me resultaba extraño que hubiera salido de su cabeza.
   —Aunque, sabiendo cómo se las gasta —añadió recuperando su escaso filtro al hablar—, cualquiera le dice na. Tu padre da miedo y entiendo por qué se le conoce como el Loco.

   Las agujas del reloj del ayuntamiento marcaban exactamente la medianoche. Ambos estábamos rendidos por los acontecimientos de los últimos días. Decidimos dirigirnos hacia el coche. De camino hasta el aparcamiento caí en la cuenta de que Antonio apenas había intercambiado algunas palabras con su «futuro suegro» (en su tienda, cuando mi padre iba a comprar o cuando me acompañó a casa a presenciar una ópera donde reinó el silencio). Supuse que sería buena idea que conociera a mi único familiar cercano ahora que, entre el tendero y yo, había aflorado algo distinto a la amistad.
   —¿Quieres venir a casa?
   —¿Ahora? —preguntó confuso.
   —Ahora no, tonto. Algún día que puedas venir a comer con nosotros. Mi padre de cerca es muy diferente a ese maniático de la música que tanto le gusta jactarse. Él es una persona muy tranquila que, entre otras cosas, poda con mimo los árboles de nuestro jardín y recolecta diariamente flores que deposita en distintos rincones de la casa, también se va a caminar a la montaña cuando amanece para contemplar, desde la altitud, el río Segura y los arrozales en una especie de ejercicio espiritual —vendí una imagen de mi antecesor que parecía una experta en marketing.
   —Creía que era para estar a solas tú y yo —dijo Antonio que, en sus trece, llevaba tiempo sin escucharme interesado únicamente en el factor de acudir a casa sin otra compañía que la mía.
   —Déjate de estar a solas golfo, que eres un golfo —dije.
   El móvil de Antonio sonó justo en el instante en que estaba abriendo las puertas de su vehículo con el mando a distancia. Su madre le llamaba, al parecer, con desespe­rada urgencia porque había estallado una tubería que inundaba con celeridad el local y el género de las estanterías, Angustiada porque no lograba encontrar la llave de paso.
   —Hostias, Violeta, tengo que irme pa la tienda, es muy, muy, urgente, ¿puede venir alguien a recogerte? —preguntó mientras accedía al interior, arrancaba el vehículo y cerraba la puerta.
   —Sí, ahora llamo a mi padre y acude a por mí sin problemas —afirmé contrariada a la vez que elevaba el volumen de mi voz, convencida de que, con la puerta cerrada y el derrape de los neumáticos, no me escucharía.
   Busqué el teléfono en el interior de mi bolso, comprobé al desplegar el dispositivo que la pantalla estaba apagada. Se había agotado la batería. «Puta mierda de móvil» me dije en voz alta. Era la madrugada de un martes de agosto, sólo unos cuantos jóvenes permanecían en la calle, sopesé la idea de buscar una cabina pero debía transitar junto a un grupo de chavales que vociferaban con la misma frecuencia y vehemencia que destrozaban botellas de cristal. Tenía tantas ganas de irme a casa que, bloqueada, decidí emprender la marcha caminando hasta allí. La temperatura era placentera y me asaltó la intuición de que me encontraría pronto a Marisa de vuelta a su domicilio en su coche y le pediría el favor de que me acercase a mi hogar.

   Una hora de trayecto me esperaba en el peor de los casos, y a pesar de la temeridad que suponía andar por el camino que une Calasparra con mi casa, creí que me vendría bien para cavilar. En muy poco tiempo había sucedido de todo. Estuve pensando en Antonio y en la relación que estaba fraguándose lentamente, ¿sería capaz de practicar sexo con él? Era una idea que iba madurando con los últimos acontecimientos y, la verdad, la imagen de tenerlo encima de mí copulando no me agradaba en absoluto, más bien me parecía repugnante. Comprendí enseguida que lo que yo buscaba en aquella relación era disponer de compañía, complicidad, protección, todo lo que me había ofrecido en las últimas horas, como cuando me amparó de Juan y sus peligrosas compañías. Reflexioné a partir de ese instante en el riesgo que estaba asumiendo y la amenaza que corría si el Chapicas y sus amistades me encontrasen a solas por aquella carretera que a buen seguro la recorrerían de ida y vuelta en algún momento de la noche. Conforme iba ascendiendo, más caía en la cuenta de que estaba cometiendo una tremenda locura, sin apenas coches con los cuales cruzarme, ahora me ocultaba entre los árboles y la maleza del margen de la calzada cada vez que divisaba unas luces a lo lejos, incluso a sabiendas de que, con aquello, desperdiciaba la oportunidad de encontrarme con Marisa y de exigirle (ya no sería un favor, sino un auxilio) que me trasladase a mi apacible morada, pero no quería asumir más riesgos y quería evitar a toda costa tropezarme con aquella panda de energúmenos después de una juerga de drogas y alcohol, sumado a la ojeriza que les suscitaba ser la hija de alguien a quien aborrecían. Aligeré el paso desbordada por el manto de pánico que iba apresándome a cada curva. Justo en la mitad del camino me encontré con una vieja nave abandonada, que si ya con la luz del sol estremecía con su fachada, de noche se convertía en una fábrica fantasmagórica, con dos gigantescos ventanales en la pared frontal (a sendos lado del tejado) desfragmentados por el paso del tiempo, que le atribuían a la construcción una especie de mirada grotesca, con una puerta de metal destruida que se parecía a una boca emitiendo un chillido. De repente me acordé de una historia que decía que la habían incendiado para eliminar a los toxicómanos que en ella habitaban, nunca supe si fue cierto que murieron algunos de ellos entre colchones, basura, jeringuillas y excrementos, pero el temor de que algún alma que no hubiera encontrado el descanso eterno estuviese errando por aquel lugar me incitó a que emprendiese una rauda espantada.
   Mantuve la velocidad unas pocas decenas de metros, lo cual es mucho si se tiene en cuenta de que, a pesar de mi delgadez, nunca he sido atlética, y a aquella circunstancia se le debería de añadir que todo el camino era un kilométrico ascenso. Opté por mantener un ritmo rápido de todos modos y a mi memoria me llegó un relato que mi padre me contó de pequeña, hablaba de una tía suya llamada Caridad que murió atropellada de noche el mismo día de su cumpleaños, decía que siempre iba de luto y que aquél fue el motivo por el que el conductor del vehículo no la distinguió, arrollándola y desmembrando sus vísceras por dentro. Caprichos del destino, aquella madrugada vestía con pantalones negros y camisa azul marino que en la oscuridad es como el azabache. Empapada en sudor y con una brisa que comenzaba a molestar divisé, todavía a lo lejos, las cálidas luces de mi anhelada residencia.
   Alcancé por fin el camino de piedrecillas blancas que conducía hasta mi casa, en aquella senda comencé a sentirme a salvo porque era imposible cruzarse con un vehículo que no fuera propio o de algún conocido que soliese frecuentarnos, o en todo caso, de algo tan improbable como que nuestros vecinos hubiesen recibido visita. Las luces de un automóvil se encendieron desde el interior de nuestra parcela, debía de ser Marisa, que se marchaba más tarde de lo habitual, no quise que me viera a esas horas andando a solas. El sendero apenas poseía árboles o arbustos de consideración donde poder esconderme, tan sólo la tapia del terreno de mis vecinos, en sus lados perpendiculares al camino podían ofrecerme cierta invisibilidad a los ojos de la pareja de mi padre. Corrí hacia aquella pared antes de que los haces lumínicos que proyectaban los faros alcanzasen mi contorno, el muro era de cemento hasta la mitad, a partir de esa altura sobresalían unos barrotes de acero que acababan en forma puntiaguda. El vehículo de Marisa pasó sin que ella advirtiese mi presencia. De pronto me alumbró el resplandor de un farolillo que provenía de la misma parcela en cuyo muro me ocultaba.
   —Nene, ¿dónde estás, nene?
   Era la inconfundible voz de doña Josefa. Parecía que andaba en búsqueda de su hijo, aquel solitario joven de aspecto monstruoso y corazón infantil. Volví a dar la espalda al enrejado y permanecí inmóvil creyendo que en la oscuridad pasaría inadvertida. Mi respiración continuaba agitada por la caminata y por el último sobresalto con el turismo de Marisa. Notaba el frío roce de los barrotes detrás del omóplato en cada inspiración hasta que aprecié sobre mi hombro el suave tacto de una caricia que, por inesperada, me agitó apartándome del muro de sopetón. Creyendo que podía tratarse de un enorme insecto miré hacia el enrejado para descubrir que entre los hierros se encontraba, observándome curioso, el inefable rostro de mi vecino que había posado sus dedos sobre mí. Grité corriendo en dirección a casa y él extendió el eco de mi alarido con un aullido de inimaginable tono agudo.
   Me pareció escuchar a doña Josefa amonestando a su hijo por haber huido del interior de su vivienda, poco me importó los lamentos de aquel joven cuando la reprimenda se convirtió en un castigo físico. Yo sólo quería recorrer cuanto antes las pocas decenas de metros que me separaban hasta nuestro jardín y cerrar la verja.
   Mi padre, atemorizado por el griterío, salió de casa para recibirme afuera.
   —¿Qué ha pasado, hija?
   —No sé, creo que me he cruzado con un saltamontes y me ha entrado el pánico.
   —¿Y el otro grito?, porque habíais dos personas gritando.
   —Sería el hijo de la vecina que al oírme se habrá asustado.
   —Violeta, te conozco, sé que mientes.
   Agaché la vista para que no siguiera apreciando el vestigio del pavor reflejado en mi rostro.
   —Por cierto, ¿con quién has venido que no hay ningún coche en el carril?
   —Le he pedido a Antonio que me dejara en la carretera, quería caminar un rato en soledad —refiriéndome al escaso par de hectómetros que dista nuestra casa respecto al cruce.
   —Pues no hagas eso más, que nunca se sabe lo que puede pasar.
   Me abracé con mi padre como en los viejos tiempos, recordando las noches de tormenta cuando me acostaba en la misma cama que él, incluso siendo púber. De inmediato sentí mis palpitaciones y me aparté súbitamente con el deseo de que no se percatara del acelerado pulso de los latidos de mi corazón. El sonido de una música discotequera indicaba la presencia de un vehículo que descendía, vertiginoso, la carretera del santuario. Se escuchaban gritos, eran las voces eufóricas de Juan el Chapicas, Manuel el Nazi y el Negro entre otros, en búsqueda de diversión, jaleo y bronca. Estoy convencida de que se trataba de ellos.

lunes, 27 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 19



18

   El único inconveniente que afloró tras las primeras semanas de convivencia con Marisa, fue que, naturalmente, yo había dejado de tener intimidad. No es que su estancia me molestase, y si así hubiera sido, fue compensada con creces por los beneficios que aportaba a mi padre su presencia. Sus hijas, ambas con una vida social agitada, no percibirían la ausencia de su madre en su casa durante los fines de semana. Por eso, el paso siguiente que di al del aislamiento fue el de fingir todo lo contrario, pretendía parecer una persona independiente y poco hogareña, por lo que debía de estar el mayor tiempo posible de los sábados y los domingos «desaparecida».
   Como siempre, me valí de la total disposición de Antonio hacia mí y lo manejé para que estuviera a todas horas conmigo (siempre y cuando el horario de su tienda se lo permitiese). Las noches teníamos garantizada la diversión con nuestras amistades de la peña. Sólo me bastaba con que las mañanas de los domingos hiciésemos alguna excursión y por las tardes largos paseos por el pueblo. Absorbí el tiempo libre de mi amigo en aquellas ocupaciones que, a pesar del calor, nos fueron aficionando a las caminatas, al punto de que en poco tiempo conocimos buena parte de las rutas de senderismo de toda la comarca.
 
   Era la noche de un cálido domingo cuando, después de cenar en el Bar Casino, y en mi afán de prolongar la cita, le propuse a Antonio ir en coche al santuario, a unos seis kilómetros de Calasparra y no muy lejos de mi casa. Por el camino le decía que, según la leyenda que data de varios siglos, un pastor se encontró con una imagen de la Virgen entre las rocas, dejada posiblemente por un caballero cristiano, y que la gente del pueblo no pudo trasladar a la localidad, por lo que comenzó a ser venerada en dicho emplazamiento. En mi maquinación no se encontraba ilustrar a mi amigo sobre el origen del santuario, sino la de hacer ameno el tiempo que estábamos juntos y, con ello, regresar lo más tarde posible a mi domicilio. Reconozco que mi padre llevaba meses sin ponerme objeciones respecto a la hora de regreso a casa, aunque yo, cada fin de semana, la alargaba un poco más que el anterior. Paseamos a pie el trayecto que unía la explanada del aparcamiento hasta el Santuario Virgen de la Esperanza, recorriendo ambos las escalinatas y otras zonas a distintas alturas junto al río Segura colmadas de bancos vacíos y húmedos. El lugar, sin el habitual gentío, parecía de ensueño, acompañados únicamente por el sonido del chirrido de los grillos y del ululo de los búhos y los árboles acompasados en una bella sinfonía con el agradable rumor del agua vertiginosa. El eco de nuestras pisadas en aquel lugar vacío, conferían cierta atmósfera siniestra a aquella lóbrega zona del río en su  paso por el santuario.
   Pensativos —ya habíamos agotado el cupo de palabras que pueden intercambiarse en una jornada— transitábamos junto a la orilla del río, el silencio entre nosotros ya no nos incomodaba. De pronto, escuchamos un carcajeo entre la oscuridad, vislumbramos el centelleante fulgor de una viejo bidón metálico ardiendo que haría las veces de barbacoa, a pesar de la distancia pude avistar varios rostros reflejados por las llamaradas.
   Debían de ser unos cuantos porreros de litrona en mano que aprovecharían aquel desértico lugar, apartado del itinerario policial, para estar tranquilos, lejos de la mirada acusadora de cualquier vecino. Antonio me sugería que diésemos la vuelta antes de que nuestra presencia fuese detectada por aquel grupúsculo de jóvenes que maldecían a los santos entre carcajadas, cuando escuchamos la siguiente frase: «¡Cagoendios con los mosquitos!». Era la inconfundible expresión de Juan. Me acerqué unos cuantos metros con la intención de poder divisar a ese hatajo de blasfemos para, finalmente, cerciorarme de que estaba allí, con su habitual camiseta remangada hasta los hombros, con la compañía de cuatro especímenes de similar facha.
   El sensor de mi sentido común debía de estar averiado puesto que me alegré de ver a Juan después de tantos meses e inicié la marcha para aproximarme al grupo y saludarle. Desde la invisibilidad que nos proporcionaba la oscuridad, Antonio me agarró de un brazo para impedir que avanzase.
   —No vayas para allá —susurró—, ¿no has visto qué pintas tienen?
   —Pero a uno de ellos le conozco. Es un buen amigo de mi padre.
   —Ya lo sé, el Chapicas. Pero hay dos ahí que iban al colegio conmigo y son chusma. Ya robaban lo que podían cuando eran críos.
   El murmullo de nuestra conversación había crecido de volumen y aquello nos delató. Distinguí cómo todos sus ojos se dirigían hacia el punto donde estábamos. Para ellos no deberíamos ser más que unas sombras que bisbiseaban.
   —¿Quién anda? —preguntó Juan que por edad debería ser el líder de aquella pequeña sociedad de maleantes.
   —Buenas noches, Juan, soy Violeta, me acompaña un amigo —dije mostrando toda la cordialidad que me permitía el temor que me sobrevino al escucharle.
   —¡Ah, hola! —expresó sin manifestar entusiasmo alguno—. Este es un sitio peligroso paandar a estas horas.
   Observé mientras me acercaba —frenada por la extremidad de Antonio que todavía me aferraba— que mi interlocutor gesticuló rápido hacia uno de sus socios, mueca que, por cierto, no logré descifrar, la interpreté como si procurara evitar que yo les descubriera fumando hachís. Me percaté que entre Juan y el sujeto que escondía la mano se encontraba un individuo orondo cuyo rostro me resultó familiar. Él ya sabía quién era yo.
   —Bueno, Juan, nosotros regresamos que es muy tarde, a ver si te pasas un día por casa —dije no muy convencida de desear que aquello ocurriese.
   —Sí, que hace tiempo que no voy —respondió más pendiente otra vez del flacucho moreno que de mí.
   Dispuesta a dar media vuelta y desaparecer con Antonio de aquel sitio, volví a reparar en el grandullón, preguntándome de qué conocía a aquel joven que se mordía de rabia con su escasa dentadura ya ennegrecida como resultado de la mala vida. Y entonces le reconocí: era Manuel, el Nazi, aquel niño al que mi padre propinó un puñetazo cuando le sorprendió empujándome a un charco.
   La misma intuición que ya me había advertido de que estaba en zona hostil me tentó a que observase a todo el grupo con todo el detenimiento que el pavor me concedía. No noté nada en particular en relación a los restantes, hasta que el viento esparció del fuego del bidón unas ascuas incandescentes que se dirigieron al de la camiseta roja —el tipo al que tantas señas efectuaba Juan— comenzando este a agitar las manos para evitar quemarse la cara con las chispas. Con toda la luminosidad de las llamas pude comprobar con claridad que ese hombre carecía de varios dedos.
   Presa del pánico tiré del mismo brazo del que Antonio antes me sujetaba, emprendiendo el regreso no sin que primero volviese la mirada para confirmar lo que ya había visto, convenciéndome de que las falanges que le faltaban a ese individuo se habían quedado amputadas en el interior de uno de los cajones de la cómoda donde mi padre atesoraba las reliquias de la etapa feliz de su vida.
    —Vámonos de aquí, por favor —tartamudeé en secreto a Antonio, aligerando el paso.
   —Venga —apremió con desasosiego.
   Supuse que Juan ya sabría que yo había advertido aquel detalle y que, lógicamente, habría atado cabos, por lo que fui cada vez acelerando la marcha rezando que no nos siguiesen.
   —¡Esperad! —gritó la voz del Chapicas pareciéndome que se encaminaba presto hacia nosotros.
   —¡Corre! —exclamé a Antonio soltándome de su brazo.
   Únicamente necesitábamos alcanzar nuestro vehículo antes que ellos, mi amigo no tendría problema alguno, era corredor en los encierros, el reto se centraba en que yo llegase a tiempo. Al poco, retrocedí la vista y en la oscuridad sólo aprecié un leve jadeo, el sonido a mis espaldas de una lata de refresco producido por un involuntario puntapié delataba su proximidad. Me detuve para hacer frente a mis perseguidores, no como acto de valentía sino por ahogamiento y fatiga, el deporte nunca ha sido mi especialidad y ya había pulverizado los músculos caminando por la mañana. Se acercaba solamente Juan. Sorprendentemente venía andando, y aunque mi cabeza no estaba para estúpidas distracciones me acordé de las películas de zombis en las que los muertos, marchando lentamente y con torpeza, atrapaban a los vivos que corrían despavoridos. Su mirada mantenía una expresión serena, cosa que no me invitaba a la tranquilidad. Por fortuna, el resto del grupo perma­necía a metros de distancia, ajenos a nosotros, retomando sus actividades insalubres y sus majaderas risas. Antonio retrocedió cuando se percató que recorría el camino en solitario y ante la presencia desafiante de Juan, que ya estaba junto a mí, se puso en guardia alzando los puños como un boxeador antes de que sonase la campana.
   —Déjanos en paz —gritó Antonio.
   —Chico, esto no va contigo —contestó el Chapicas con sus ojos clavados en mí.
   —Si la tocas, te machaco —dijo mi amigo.
   Sabía que, por la gran diferencia de masa corporal, Juan poco podría hacer con Antonio y me relajé al darme cuenta de que si hubiera querido agredirnos, ha­bría solicitado ayuda a sus amistades.
   —Escucha, Violeta —dijo Juan adoptando un tono neutro—, quiero hablar contigo, a ser posible a solas.
   —Ni lo sueñes, no me quedo contigo ni muerta —alegué.
   —Dile a tu amigo que se aparte un poco, no quiero que me oiga, y créeme, que lo que te voy a decir me compromete a mí menos que a tu padre.
   Realicé un gesto a Antonio para que acatara la petición, se situó en una distancia prudencial para que, aun sin escucharnos, se mantuviera al acecho. Bajo la tenue luz de una titilante farola y la atenta mirada de mi amigo que presenciaba la escena en la distancia Juan se acercó a mi oreja.
   —Violeta —cuchicheó—, voy a proponerte un negocio.
   —No quiero saber nada de ti.
   —Escucha, niña, tú no dices na a tu padre de lo que has visto aquí, y ni yo, ni ninguno de mis colegas tomará represalias contra él. Créeme que si, en vez de ser tu padre, es otro el que le corta los dedos a mi amigo, habríamos ido ya a quemarle la casa.
   —Pero mi padre era tu amigo —dije llorando.
   —Lo era, pero dejó de serlo hace tiempo —masculló—, tu padre tiene todas las de perder. Si el Negro decidiera denunciar la agresión que recibió cuando lo pillaron en tu casa, te puedo asegurar que la condena sería más alta pa tu padre que pa él, y otra cosa que seguro que no sabes, más vale que tú y él estéis callaos que sé cosas de tu padre muy graves, y que no prescriben con el tiempo.
   De manera implícita, Juan hacía una clara alusión al asesinato que mi padre les confesó entre copas —a él y a Pedro—. Aparté con asco los salivazos que había soltado en mi mejilla (lo que ya se estaba convirtiendo en un clásico entre las conversaciones con los que, meses atrás, frecuentaban mi casa) y procuré darle réplica cuando me sujetó fortísimamente con el brazo, prosiguiendo:
   —Es más, no íbamos a robar dinero, tan sólo joyas. Joyas y cuatro relojes que estaban olvidaos. Lo del cuadro fue un accidente, no queríamos na’más, tu padre nos había dicho a mí y a Pedro que eran valiosas, y sin embargo ahí estaban, cerrás durante años. A mí me cuesta mucho salir adelante, he estao en la cárcel por vender droga, y la recogida de chatarra da sólo pa’comer, ¿qué quieres, que vea cómo un tipo como tu padre, cuya única ocupación es la de podar el jardín tenga tantas cosas valiosas guardás?
   »Tu padre vendió la empresa de tu abuelo y vive de los alquileres, no tiene problemas económicos. Su vida es la que cualquiera quisiera tener. Menos lo de escuchar ópera, que vaya rollazos nos metía.
   —Mi padre, como sabes, sufrió un gran shock con la pérdida de su mujer y su hija mayor y, para colmo, tuvo que hacer frente él solo al cuidado de su hija pequeña después de tamaño trauma.
   —No me hagas reír —interrumpió.
   —Juan, tu amigo Andrés te ha dado todo lo que ha tenido; y tú y Pedro habéis estado en mi casa infinitud de veces. Os tiene aprecio, seguro que se pregunta por qué no te has acercado últimamente a visitarlo.
   —Ya he perdío la amistad con tu padre y con el repipi de Pedro, siempre me han mirao como alguien inferior. Y otra cosa te cuento: ¿Sabes que tu padre me dijo que se cargó a un payo por el simple hecho de haberle hecho novatás en la mili?
   Negué con la cabeza con la absoluta certidumbre de que hablaba bajo los efectos de sustancias estupefacientes.
   —Pues sí, niña, ese es tu padre: un tío que me hubiera matado, porque lo de las novatás era mi especialidad en el instituto, ningún niñato se me escapaba.
   Comprendí en el acto que el mundo de aquel ser acomplejado distaba sobre el que yo he vivido, que las bases donde se alzaban su educación o moralidad estaban mal cimentadas desde su más remota infancia. Considero incluso, que si mi padre o Pedro le miraban por encima del hombro a un individuo que en cada frase se jactaba de defecar sobre el Creador, hicieron lo correcto.
   —Tranquila —prosiguió su discurso—, porque ninguno de nosotros queremos vengarnos. De hecho, Manuel que es el más corpulento de todos, no quiso ir a vuestra casa por si se tenía que enfrentar a tu padre. Vamos a dejarlo pasar, tú no dices na y no habrá represalias por nuestra parte.
   —De acuerdo —afirmé para marcharme cuanto antes—, tú y yo no nos hemos visto.
   Juan asintió con firmeza.
   —Violeta, ¿quieres que vaya? —preguntó impacientado Antonio en la distancia todavía sin desprender un ápice de tensión en su expresión corporal
   —No. Ya me voy —contesté echándole un último vistazo al rostro de aquel traidor.
   Antonio y yo abandonamos aquel tenebroso lugar enmudecidos, pero con el tácito convencimiento de que jamás volveríamos de noche a ese sitio. Andábamos deprisa, casi corriendo y le agarré su mano, apretujándola, descargando así mi nerviosismo hasta llegar a su automóvil.

   Ya se había hecho muy tarde, era la madrugada del lunes y Antonio debía abrir su tienda al amanecer. No creo que fuera esa su mayor preocupación, condujo agresivamente en dirección al pueblo, las sinuosas curvas y la estrecha calzada ya no acrecentaban mi temor, más era imposible. Continuábamos callados, sin volumen en la radio, con la compañía tan sólo del rumor del motor de su Seat Ibiza. Mi casa estaba de paso en el camino, a algo menos de doscientos metros de la carretera que descendía a Calasparra. Paró el vehículo junto a la verja de casa y quitó el contacto de la llave.
   —Me tienes que contar qué te ha dicho ese individuo.
   —No, Antonio, ahora no, te lo aclaro en otro momento.
   —Pero ¿te ha amenazao?
   —No —mentí—, y es la verdad. Es un asunto que tiene que ver con mi padre, ya te contaré mañana.
   Advertí que el Renault Megane de Marisa no estaba aparcado en el jardín, habría preferido pasar la noche en su domicilio. Mi padre estaría solo, leyendo y escuchando la ópera Don Pasquale de Donizetti que podía percibirse desde nuestra distancia. Por el reflejo de árboles, sabía que tenía la luz de su dormitorio encendida (la ventana de su habitación miraba hacia el pueblo y no hacia la verja). Dirigí la vista hacia la casa de mis vecinos cuyas desiguales siluetas detrás de la cortina conseguía vislumbrar, sé que verían el automóvil, pero no les saludé dudando que pudieran detectar nuestra presencia en el interior oscuro del vehículo. De­sa­broché el cinturón de seguridad para abandonar el coche, después besé en la mejilla a Antonio, y lo prolongué durante unos segundos como un gesto fraternal, cargado de cariño, que pretendía mostrar mi agradecimiento hacia su actitud en las últimas horas, y sobre todo, por la unión cómplice que, sin haberlo deseado, nos había originado el suceso en los aledaños del santuario. Antonio me sujetó de la barbilla, y fue acercándose poco a poco hasta que sus labios se encontraron con los míos, no supe qué hacer, así que cerré los ojos. Duró unos instantes, un segundo tal vez, pero el mundo se paralizó en aquel momento. Nunca me habían besado en la boca.
   Salí del coche en silencio y me despedí de aquel hombre con sonrisa pueril y pensamiento indeciso, desconocía si lo que acababa de ocurrir se debía a una cosa puntual fomentada por los últimos acontecimientos o al preludio de algo verdaderamente hermoso.
   Entré en casa y me dirigí hacia los dormitorios, contemplé durante unos segundos a mi padre que dormía en la mecedora, bajé el volumen de la música hasta equipararla al sonido de sus ronquidos. Dolida por su exceso de ingenuidad, y de lo que él ignoraba por no desconfiar de quienes llevan en la cara el cartel de la sospecha, le besé en la frente, acostándome con la pena de que uno de sus amigos, cuyo nombre nunca debería revelar, le había traicionado con inimaginable vileza.
   Sorprendentemente no me costó conciliar el sueño en aquella noche de emociones encontradas y de nuevas experiencias, pero el agotamiento de haber estado caminando durante todo el día y la breve carrera en el santuario me había desintegrado la musculatura de las piernas.