viernes, 3 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 2

ACTO I

La hija del leñador

1

   Como el pájaro que cada mañana se posa en mi ventana y me contempla con detenimiento: siempre he querido volar, ser libre, que me admirasen desde la distancia sin que nadie pudiera atraparme. Nunca lo había conseguido, hasta hace bien poco.
   He cumplido condena en esta casa desde que mi padre me trasladó en mi remota infancia a esta especie de cárcel, coreada constantemente por música de ópera como triste banda sonora de mi vida. No sé si la reclusión a la que me he visto sometida durante años obedece a sus circunstancias. O a las mías.
   Calasparra, 19 de diciembre de 2004, mi nombre es Violeta Rosique Domínguez. Estas dos últimas semanas de mi vida han sido frenéticas, de la más delirante, a la peor de toda mi existencia. He recibido una noticia terrible hace unos días y, por ello, he tomado el diario que me regaló mi tía Laura cuando yo era una niña y que durante años me ha acompañado en las noches de soledad, basándome en él para la creación de este relato. En mi opinión, la historia que voy a narrar merece ser contada.

   Mi madre me trajo al mundo una mañana lluviosa de 1981, semanas antes de lo previsto, el calendario indicaba un jueves de febrero, cuatro días antes del famoso intento de Golpe de Estado español. En el 23F, los tanques y otros vehículos militares abandonaban con ritmo poco ceremonioso el Cuartel de España 18, muy cercano a nuestra morada cartagenera, generando preocupación a los vecinos de la zona. A todos, menos a mis padres. Yo me debatía entre la vida y la muerte dentro de una incubadora, y así estuve durante semanas.
   No poseía ninguna imagen mía anterior a los cuatro años, por lo que, prácticamente, no pude construir ningún recuerdo hasta esa edad, tampoco tuve fotos de mi madre o de mi hermana para asociarlas a un rostro concreto. Sólo las descripciones que de ellas hacía mi tía Laura contribuyeron a que lograse ponerles cara cuando aparecían en mis ensoñaciones.
   He crecido oyendo conversaciones imaginarias que mantenía mi progenitor con mi madre y mi hermana mayor. Solía hacerlo en los primeros años, siempre de noche. Ahora sé que estaría influido por la ingente cantidad de alcohol que mi padre con­sumía por aquel entonces, abocándolo a un trastornado mundo ficticio. Hacer memoria de cómo se respondía «quiero jugar con esta muñeca» imitando la voz de una niña me sobrecoge todavía hoy tanto como cuando le escuchaba cantar «Susanita tiene un ratón…» y sus palabras se terminaban quebrando.

   Mis primeras remembranzas son vagas y aisladas, casi inconexas, sé por lo que he podido recopilar por conversaciones con mi padre y mi tía que vivía en Cartagena, en una urbanización llamada El Rosalar, Tentegorra; en una fastuosa vivienda de inmenso jardín y preciosa piscina. Recuerdo a Lily, mi niñera, una mujer llena de oscuridad, de cabello cano y gafas de gruesos cristales que ampliaban unos apáticos ojos azules. Su acento lo recuerdo muy bien a pesar de los años. Proveniente de Francia, se casó con un militar cartagenero que pereció en unas maniobras en Chinchilla. Todos los cuidados y atenciones relacionadas con la comida y el aseo que recibí por aquella época no eran de otras personas que no fueran Lily o mi tía.
   No recuerdo que mi padre se ocupara de mí hasta que, a la edad de cinco años, nos mudamos aquí, a Calasparra. Él era alto, de gran corpulencia, con el abdomen prominente, aunque nunca lo hubiera definido como gordo. Una barba cubría su rostro, y mostraba una mirada ausente e inexpresiva, supongo que la propia de alguien que hubiera sufrido un suceso como el acaecido la mañana del 12 de septiembre de 1981, fecha que tengo más marcada que la de mi propio nacimiento. Aquel día mi madre y mi hermana desaparecieron calcinadas en un accidente de tráfico.
   Sospecho que aquella circunstancia propició con los meses que mi padre huyese de tan regia mansión y de la ciudad, aislándose en el hogar en el que todavía vivo hoy, una casa de campo camino del santuario: lóbrega, de pequeñas ventanas, solitaria y tranquila. Muy tranquila. Se decía que tenía en común con la casa de Cartagena, los cuatro kilómetros que distaban del bullicio urbano. Apartados de los estridentes cláxones de los automóviles y del murmullo de la gente del pueblo, se prefirió sin duda el canto de las cigarras y los grillos. Hoy sigue siendo para mí un enigma los motivos por los cuales mi padre eligió este lugar del que no tenía arraigo alguno, a cien kilómetros de nuestra familia y de su empresa. Lily intentó acompañarnos en nuestro particular retiro, pero se le negó argumentando que la distancia sería para ella un gran inconveniente. En Calasparra no tenía a nadie. «Tampoco en Cartagena», matizó mi niñera en una de las pocas frases que recuerdo de ella.
   Mis abuelos y mi tía, sin comprender la decisión de mi padre, accedieron a visitarnos en ocasiones, siempre en días que cayesen en fin de semana. Mi abuelo Emilio era bajito y calvo, de facciones rubias y ojos claros, decían que mi madre y mi hermana habían heredado sus ojos azules. De semblante serio que, según se contaba, no hacía justicia al carácter alegre de años atrás. Fue adoptando con el tiempo un estado melancólico y depresivo que acabó por prejubilarlo de Telefónica.
   —Andrés, ¿por qué te has venido tan lejos? —preguntó mi abuelo en una de esas visitas de domingo—, ¿es que no vas a seguir trabajando? Tienes que seguir adelante, pero este no es el camino.
   Mi padre parecía comprenderlos asintiendo, pero no se dejaba persuadir.
   —Y la cría —añadía mi abuela—, contigo aquí, solicos, ¿acaso estás capacitao pa’cuidarla?
   De luto sempiterno mi abuela rayaba el analfabetismo, aunque los que la cono­cían de tiempo creían que su intelecto se capuzó el mismo día que perdió a su primogénita y a la mayor de sus nietas, hecho del que culpaba a mi padre y en cierto modo a mí. Nunca fui de su agrado, y siendo yo muy niña ya realizaba insensibles comentarios comparándome con Susana: «¡Qué bonica era tu hermana!».
   Mi tía Laura se mantenía misteriosamente en silencio cuando discutían mis abuelos con mi padre, por su edad no se creería con la potestad para recriminarle nada a este. Exteriorizaba una gélida mirada, afligida por el sentimiento de culpa de no haber podido evitar que me separasen de ella, todavía en la tristeza, era la única persona de mi entorno que me sonreía con cierta frecuencia. Ella tendría unos diecinueve cuando me alejaron de sus besos, su cariño y comprensión. Estudiaba para ser profesora y podría describirla físicamente como de, cabello largo y rizado, y casi tan delgada como yo soy ahora. Unas finas gafas que utilizaba para leer le otorgaban un aspecto sereno y culto. Ya notaba por aquel entonces en el comportamiento de mi tía que las vicisitudes de la vida le habían hecho madurar anticipadamente.

   Evoco aquellos días en casa como tediosos, no se escuchaba otra música que no fuera ópera, salvo en los fugaces instantes en los que mi padre tocaba el piano o me impartía clases de este mismo instrumento en las que él acababa siempre perdiendo la paciencia. Nunca he sabido hasta ahora, que el trato tan severo con el que fui educada los primeros años de mi vida, respondía al comportamiento que mostré desde el día que nací.
   Acudir al colegio suponía, a la sazón, una efímera liberación del particular arresto domiciliario al que me vi sometida hasta aquel momento. Lo inicié con cinco años, aunque gracias a mi tía, mis conocimientos superaban los de mis compañeros. Mi peculiar rostro, sumado a haber sido la última en incorporarme al curso, contribuyó a que la adaptación a la clase fuese nula. Por ventura, la señorita Bermejo me protegió de aquellas bestias a las que sus padres calificarían de angelitos.
   Comprendí en aquel primer día de colegio por qué mi padre no daba paseos conmigo por el pueblo, por qué era tan reticente a que nos visitasen personas ajenas a la familia y por qué insistía en que no saliera de casa argumentando que el Sol podría dañar mi pálida piel. Creo que aquella soleada mañana él no se movió de la verja que daba acceso al centro escolar.
   —¿Qué tal lo has pasado? —preguntó.
   —Se han burlado de mí, papi —respondí entre sollozos.
   —¿Quiénes?
   —Mis compañeros de clase, me han llamado mofeta, pirata tonta y muchos insultos más.
   Me silenció abrazándome con ternura. Nunca lo había hecho así antes.
   —No quiero volver al colegio. Los niños son malos.
   —Hablaré con tu señorita, y no hagas caso de los niños, son estúpidos, hacen lo que creen que deben de hacer para integrarse en el grupo y no salir de la manada. Si eres diferente te atacarán o se reirán de ti. Tú eres especial, seguro que nadie sabe tocar el piano como tú; estoy convencido de que ninguno de ellos ha escuchado una ópera en su vida, a ti te encanta La Flauta Mágica, por ejemplo. Eres única, genuina, original… Que no se te olvide. Ellos, sin embargo, son borregos que hacen lo que ven del resto del rebaño.
   »Pero dame tu palabra, Violeta, de que no les dirás a esos niños lo que son, basta con que tú y yo lo sepamos. Si se lo dices, habrás comenzado a actuar como ellos, ¿prometido?
   —Prometido, papi —asentí casi sin voz.
   Recuerdo que mi padre, cuando hablaba en serio, no se dirigía a mí como una niña, empleaba un lenguaje incomprensible para mi edad. No sé si fueron exactamente esas palabras las que pronunció, pero con el tiempo he sabido con exactitud todo lo que intentó decirme aquella mañana de septiembre de 1986.
   Tomándome en brazos se adentró en el Colegio Nuestra Señora de la Esperanza el segundo día de clase con un semblante que invitaba a la huida. No escatimaba en fulminar con la mirada a todo aquel niño que se atreviera a posar su vista en mí durante más de un segundo. Pretendía con aquella actitud amenazante, advertir de con quién deberían vérselas si alguien se aventurase a ultrajarme. Habló con el director y con doña María Bermejo, mi profesora. Enseguida confié en la señorita de cabello rubio y expresión ingenua. No parecía a priori ostentar de la autoridad suficiente para defenderme de mis compañeros, pero no disponía de más opciones para sobrevivir en «la jaula». Se comportaba especialmente dulce y atenta conmigo. Se comprometió con mi padre a que ningún alumno continuaría vejándome en el colegio.
    Al tercer día no pude asistir al centro escolar: mi abuelo Pepe había fallecido.

   De él poseo un recuerdo vago de cuando residíamos en Cartagena, nunca se presentó en nuestra casa de Calasparra. Me consta que a menudo enviaba emisarios, supongo que empleados, con regalos, pero jamás se acercó a dármelos en persona. Mi memoria evoca un hombre de cabello cano y piel arrugada, aparentemente solitario y orgulloso. Prepotente como todo aquel que atesora poder, pero no tenía a nadie, sólo al Real Madrid que no se acordaría de él cuando muriese. El dineral que obtuvo con sus empresas no le sirvió para encontrar la felicidad, o al menos, eso es lo que a mí me contaban. Acabé sabiendo con el tiempo, que un lamentable comentario por parte de mi abuelo hacia mi padre terminó por separarlos, cuando un mes y medio después del terrible suceso familiar recibieron dos vehículos que encargaron meses atrás: «El Mercedes no me lo tienes que pagar, te lo dejo con la intención de que te recuperes pronto del sufrimiento causado por el accidente. Y a ver si empiezas a trabajar ya, que se te ha muerto una hija, pero te queda otra».
   En el mes de julio, mi abuelo que apenas contaba sesenta años enfermó, se dijo que no soportó ver otro mundial de fútbol en solitario, sin la compañía de su hijo con el que compartía únicamente la afición por la selección española. Una vez escuché que el exceso de trabajo y las interminables noches de soledad con el vino como único camarada acabaron consumiéndolo.
   Por primera vez atisbé un surco de lágrimas en el rostro de mi progenitor mientras conducía el vehículo que había originado el último y definitivo conflicto con mi abuelo en dirección a Cartagena. A mi corta edad sabía que aquella persona con la mirada puesta en la carretera se culpaba de lo sucedido. Lo enterraron en el cementerio de Balsicas, junto a la lápida de mi tío Antonio, que nació antes que mi padre y falleció con cuatro años, y al otro lado, la tumba de mi abuela que feneció poco después que su hijo, quién sabe si de pena.
   Aquella ventosa tarde de gota fría los paraguas no nos protegieron del diluvio que se precipitaba en todas direcciones. Entre los comparecientes unos pocos familiares y toda la plantilla de la empresa de mi abuelo cuyos comercios cerraron por defunción.

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