miércoles, 15 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 12



11

   El trasiego que mi padre produjo accediendo a intervalos más o menos regulares a la habitación secreta me dejó en vela casi toda la madrugada. Le oía cerrar con llave cada vez que la abandonaba, quería evitar a toda costa que nuestra curiosidad rompiese la mágica sorpresa que nos aguardaba. Escuchaba, asimismo, los ronquidos de Alberto que atravesaban el tabique que separaba mi dormitorio de donde él pernoctaba. Presentí que mi tía estaría despierta, imaginando en los recuerdos con los que se toparía al adentrarse a la sala que tantos años nos había estado vetada. Yo creía conocer todo lo que allí se almacenaba. ¡Cuán equivocada estaba!
   Me levanté sobre las nueve, mi padre había salido a caminar, y mi tía y Alberto desayunaban en la cocina, ambos callados, el silencio sólo se rompía con el roce de las cucharillas en las tazas de café con leche que removían persistentemente.
   —Buenos días, tita, buenos días, Alberto.
   —Buenos días, Violeta —saludaron a la vez.
   —¿Y mi padre? —pregunté a sabiendas de que estaría fuera recorriendo su itinerario matutino con el único propósito de dar fin al incómodo mutismo de la pareja—. Se habrá ido a andar por ahí.
   Me respondí antes de que contestasen nada, percibí que mi presencia podría resultarles embarazosa cuando aprecié en sus rostros una reciente discusión.
   Por suerte, no tardó mucho en aparecer mi padre con la frente sudorosa, enfrentándose al gélido exterior con una simple camiseta de manga corta. Tragó con vehemencia de una botella de agua que había sobre la encimera y se dirigió hacia la escalera.
   —Laura, Violeta, voy a abrir la habitación. Subid cuando queráis.
   Mi tía y yo nos pusimos de pie desplazando, sincrónicamente, las sillas hacia atrás con las corvas. Alberto, discreto y conocedor del momento íntimo que íbamos a vivir, no nos acompañó, salió al jardín en búsqueda de Yako.
   Percibí por última vez el sonido quejicoso de la llave en aquella puerta, una mezcla de metal y madera resquebrajándose. Mi padre levantó las persianas y descorrió las cortinas para que la luminosidad inundara el cuarto, habría abierto las ventanas de no ser que mi tía y yo continuábamos en pijama. La habitación estaba más diáfana de lo que imaginaba. Una silla y una cómoda, con cuatro cajones, que era presidida por un jarrón de flores que contenía, entre otras, narcisos e hibiscos de varias tonalidades cromáticas. Aunque lo más impresionante de la sala colgaba de las paredes. Reparé en que la primera y única vez que accedí a aquella habitación tendría la mitad de edad que en aquel momento, el recuerdo era tan vago que los rostros de las personas retratadas habían acabado difuminándose en mi mente como consecuencia de los años. El tiempo había cambiado la posición del lienzo al óleo de Susana por el retrato familiar donde yo aparecía tomada por mi hermana, y mi madre nos sostenía en cuclillas. Noté la mirada contemplativa de mi padre evaluando nuestras reacciones, mi tía comenzó a llorar en cuanto vio la imagen de su hermana en toda su magnificencia con aquel vestido blanco y su largo cabello rubio.
   —Violeta, siento haberte hecho entrar tan tarde aquí, no sabía cómo ibas a reaccionar.
   —Papá, me gustaría que estos cuadros estuvieran en el salón.
   Realizó un ademán afirmativo y abrió el primer cajón de la cómoda que escondía un cofre que contenía pendientes de oro, colgantes de perlas y, entre otros tesoros, relojes sincronizados en hora con su perpetuo tictac percibiéndose levemente, lo que indicaba que mi padre les habría sustituido las pilas durante todos aquellos años. En el segundo cajón acumulaba fotografías, instantáneas de él, de mi madre, algunas de mi hermana siendo bebé, incluso de Lily, la niñera, a la que reconocí con facilidad. Una foto me conmovió profundamente, se había realizado con una de esas cámaras que las revelan de inmediato, se celebraba un cumpleaños, habían muchas velas sobre una tarta, en el lado izquierdo de la mesa, mi abuela y mi tía en edad adolescente; en la parte derecha, mi madre sonreía y le entregaba un regalo a mi hermana, un paquete rojo con una cinta dorada, ella, ilusionada por recibir el obsequio, abría aquellos iluminados ojos llenos de vida y futuro. Mi padre aparece detrás de ellas en la imagen, saboreando el feliz momento. También había un hueco en la foto para mí, a la izquierda de mi hermana, sentada en una trona muy grande todavía para una criatura tan diminuta, yo era un bebé con escasos meses de vida, impávida, con aquel rostro carente de ilusión, mirando hacia la cámara que, presupongo, manejaría mi abuelo Emilio. Repasé de nuevo las caras de todas aquellas personas alegres y, salvo a mi tía, a ninguno de los que sobrevivieron al destino los he visto sonreír de aquel modo. ¡Qué jóvenes estaban!, y ¡cuán viejos los convirtió la fatalidad al poco tiempo! Aparté la fotografía cuando noté que la mojaba con mis propias lágrimas.
   —Esa foto fue en el cumpleaños de tu abuela, en el verano del ochenta y uno  —precisó mi padre cuando apreció la emoción en mi rostro.
   —¿Y el regalo para Susana? —pregunté extrañada.
   —En realidad era una caja vacía, le daba igual lo de dentro, disfrutaba sólo con la caja y los colores del papel de regalo, siempre había que darle un paquete vacío cada vez que se celebraba algún cumpleaños, yo le dije a tu madre que ésa sería la última vez que haríamos el paripé de la caja, que ya era mayor para que supiera que no en todas las celebraciones había de darle algo a ella, y ojalá me hubiera estado callado, lo hubiera dado todo para haber seguido regalándole una caja por cada cumpleaños que ha celebrado cualquiera de la familia y que ella no ha estado presente.
   A mi padre se le había quebrado la voz en las últimas palabras, volvió a contemplar la fotografía y difícilmente atinó a musitar: «mi pequeña Susana, mi pequeñina».
   Abandonó la habitación dejándonos a mi tía y a mí que, entre lágrimas, indagábamos entre cajones y armarios. Colgados de un guardarropa nos hallamos con los vestidos de mi madre, perduraban impecables.
   —Todo lo de ahí os pertenece, si os gusta cualquier cosa la cogéis —dijo la cada vez más tenue voz de mi padre mientras descendía las escaleras.
   Entretanto, mi tía Laura se paralizaba admirando los vestidos de fiesta que una vez ostentó su hermana, yo abría un cajón, encontrándome con varios recortes de periódico relacionados con el accidente y multitudinario entierro. Me impactó, más que ningún otro, uno del diario La Verdad de Cartagena, con fecha del 13 de septiembre, cuya noticia adjunto a continuación:

SUCESOS LOCALES
Tragedia en accidente de tráfico
A las 11 de la mañana de ayer, un vehículo marca Seat 131 de color blanco con matrícula MU-3121-G, que circulaba por la carretera de Tentegorra en dirección a Cartagena, colisionó lateralmente con un camión cisterna cargado de combustible, de la marca Pegaso, con matrícula MU-1429-N, propiedad de la compañía Campsa y que se dirigía por la calle Peroniño en dirección a Canteras. El violento accidente produjo un gran incendio a veinte metros del cruce, en sentido a Canteras, que pudo divisarse a varios kilómetros a la redonda. El conductor del camión, Joaquín Roca Espinosa, salió aún con vida del mismo falleciendo por las graves quemaduras durante su traslado al Hospital Virgen del Rosell. La conductora del automóvil, Patricia Domínguez Tortosa, y su hija, Susana Rosique Domínguez, fallecieron calcinadas, quedando sus cuerpos atrapados dentro del vehículo, debajo del camión. Tardaron varias horas en extinguir el fuego, y los dos cadáveres quedaron reducidos a cenizas y a algunos restos óseos, según ha afirmado el Responsable de Comunicaciones del Servicio de Bomberos de Cartagena. Testigos oculares del siniestro manifestaron que el turismo realizó una serie de maniobras extrañas antes de llegar al cruce, no dándole tiempo a frenar ante la señal de stop.

   Nunca he sabido muy bien por qué mi padre se mortificaba acumulando esas trágicas noticias, por la prensa me enteré de que mi madre se había saltado un stop y fue la causante del accidente. La idea de que ella y mi hermana murieron quemadas, enjauladas en su propio vehículo, era aterradora.
   —Mira estas cartas —señaló Laura.
   —A ver… —dije cogiéndolas con ansia.
   Las epístolas llevaban la letra de mi padre, conté quince folios, cada uno de ellos era un escrito dirigido a mi madre, todos con la misma fecha, la del seis de marzo: el aniversario de su boda. Las notas estaban ordenadas desde la más reciente, año 1996; a la más antigua, de 1982. Las hojeé con rapidez y en seguida aprecié que eran verdaderas cartas de amor, escritas desde lo más profundo de su corazón, ni de lejos conocía esa faceta de una persona que mataba las horas partiendo leña y bebiendo whisky. Las guardé sin doblar ni romper el orden entre mi camiseta y el pijama con temor de que mi tía aspirara a leerlas o que mi padre pretendiese requisármelas receloso de mostrar sus emociones más introspectivas. Las llevé hacia mi dormitorio depositando aquel tesoro documental bajo la almohada. Una voz me solicitaba desde el otro cuarto:
   —¡Violeta!
   —Dime, Laura —respondí accediendo nuevamente a la habitación prohibida.
   —Desearía llevarme esta cadena. Se la regalé a tu madre cuando se casó, es lo único que quiero de aquí.
   —Sabes que puedes llevarte lo que quieras.
   Mi tía solicitó mi colaboración para que le colocase la gargantilla, era un fino collar de oro con un corazón, abandonó la habitación con sentimiento de congoja pareciendo haber revivido unos instantes junto a mi madre. Bajando las escaleras se cruzó con mi padre que, reparando en la alhaja, le aseguró que a su hermana le complacería que la llevara consigo. Ella asintió con levedad.
   —Hija, estoy preparado para tus preguntas —anunció franqueando el umbral de la puerta.
   —Ya te las haré, papá; ahora prefiero permanecer en silencio, tengo el presentimiento de que la hermana y la mamá están aquí.
   —Por eso he tenido todas sus cosas aquí reunidas.
   —Sí, pero me gustaría que el cuadro familiar se mudara al salón —insistí.
   —Luego lo bajo.
   Mi padre se marchó besándome en la frente, escuchaba el alboroto que mi tía y a Alberto producían al recoger sus bártulos, preparaban su marcha a Cartagena. Abrí cada una de las dos ventanas que tenía la habitación, la que apuntaba al sur, y la que se hallaba situada en el este, observé cómo la corriente de aire ondeaba las cortinas, aunque todavía no me había despojado del pijama, la brisa fresca no impidió que me asomara a curiosear la panorámica que me brindaban las nuevas vistas. Giré la mirada hacia la casa de nuestros únicos vecinos y, nuevamente, algo me llamó la atención de lo que ocurría en dicha vivienda. A cien metros no pueden apreciarse con exactitud los rostros, pero con el resplandor del sol en la cara y el viento que apartó su cortina, logré avistar una cabeza monstruosa, gigante, que a lo lejos advirtió mi presencia retrocediendo para diluir en la penumbra sus horripilantes facciones. Tras unos segundos titubeando, pensé que era una ilusión óptica de la luz solar fulgurada en unos cristales, tal vez translúcidos, que distorsionaban su cara, quizá un espejismo fomentado por sus extrañas conductas y rarezas.
   Mi tía Laura y su novio partieron hacia Cartagena, me despedí de ellos con notable efusividad sabedora de que hasta el día de su enlace matrimonial no volvería a verlos y que todavía distaba mucho tiempo para aquello. Era un día de grandes emociones.

   Leí a escondidas, durante el resto de la jornada, las cartas de mi padre a mi difunta madre, conociéndole, sabía que podría incomodarle que yo leyese cómo desnudaba sus sentimientos y mostraba sus más insondables inquietudes en aquellas misivas hacia la mujer que me dio la vida. A su vez, la lectura de aquellos textos me conmovió sobremanera, al punto de que tuve que disfrazar mi turbación toda la tarde. En la mayoría de los escritos le informaba de mi evolución escolar y de los progresos frente al piano; también se hacía preguntas sin respuesta de cómo sería la existencia tras la vida, le exigía que se manifestase de algún modo si pudiese; y le suplicaba perdón por lo que hacía y pensaba. Aunque lo que más me impresionó: el orgullo que sentía por mí. De todas las cartas extraigo la siguiente, que define de manera sublime nuestra vida en aquel tiempo:

Viernes, 6 de marzo de 1987
   Mi amor, hoy cumplimos diez años de casados, hace tiempo que empecé a aceptar la idea de que no vas a volver, que tu cuerpo, junto al de Susana, desapareció en aquella columna de humo aquel fatídico día. Ésta es mi sexta carta y no te hablaré de cuánto lamento que te mandara sola con nuestra hija mayor a Cartagena.
   Violeta empezó el colegio, tiene una profesora que la cuida, yo estoy tranquilo, dice que tiene aptitudes para el aprendizaje, y eso que no la ha visto tocar el piano, pero le falta liderazgo, supongo que los compañeros de clase le recordarán su aspecto a cada momento. Este invierno ha estado enferma, ha faltado muchos días a clase, la he cuidado con todo mi cariño, ya es toda una experta en música clásica y en óperas, le gusta La Traviata, que era la que te gustaba a ti, y La Flauta Mágica que es la que más veces escucha.
   Mi padre murió el año pasado, ¿le has visto?, eso espero. Siempre te dije que no creía en la vida después de la muerte, pero ahora no me queda otra si quiero levantarme por la mañana con ganas de sobrevivir.
   La adaptación a este pueblo no me ha costado nada, de hecho, me gusta Calasparra, la única pega es que dirijo la empresa a golpe de teléfono, y cada viernes me reúno con Paco para tomar decisiones y firmar documentos.
   Se me hace difícil la idea de que Violeta haya cumplido seis años y que tenga más edad que su hermana mayor, porque no sé si Susana sigue siendo una niña de dos años y medio, o crece, me desconcierta mucho pensar que mi criatura está creciendo sin que yo pueda verlo.
   No hay noche en la que no sucumba al sueño recordando aquella tarde de verano en la playa de El Portús y en la que nos dimos nuestro primer beso. Patricia, ¡te echo tanto de menos…!, Si pudieras decirme que estás bien… Te juro que dejaría de beber si supiera que la vida tiene un sentido. Si no te manifiestas seguiré bebiendo, tal vez así consiga reunirme contigo un poco antes, allá, dondequiera que estuvieses. Bien sabe Dios que si sigo viviendo es por nuestra pequeña, de la que cada vez estoy más orgulloso.
   Hasta el año que viene, si no antes. Te quiere, tu querido amor y compañero de vida hasta el final de su existencia.
   Tu Andrés.

   Habíamos terminado de cenar, la complicidad que nos ofrecía la tenue luz y la calidez del fuego de la chimenea, me impulsaron a conversar con mi padre sobre algunos pasajes de toda esa recopilación de cartas que escapaban a mi comprensión. La curiosidad, finalmente, subyugó a la vergüenza que, a priori, podía albergar sobre el contenido de las mismas y fui al grano respecto a lo que narraba el texto más antiguo, que aludía a la primera semana de la tragedia y a unos actos terribles acontecidos días más tarde.
   —Papá, ¿qué sucedió después del entierro?
   —Yo no fui, hija, no pude. Estuve unos días fuera.
   —¿Y quién estuvo conmigo? —inquirí.
   —Tu tía Laura, algunas veces en la casa de tus abuelos, y otras veces estabas con Laura y la niñera en casa esperando a que yo viniese.
   —¿Y qué pasó en esos días que permaneciste desaparecido? —indagué sin rodeos.
   —No quiero recordarlo, Violeta, mejor que no.


Andrés VI

   El sábado amaneció soleado y Andrés se le­vantó temprano y decidió ultimar unos asuntos pendientes en una de sus tiendas. Aquel día debía ser especial: Susana, se había ofrecido a citarse a solas con él.
   Atravesaba la avenida Alfonso XIII, cerca de las once de la mañana, en dirección a «Material de oficina Rosique» de la plaza Juan XXIII, cuando se cruzó con Patricia y una niña que la acompañaba. Le costó reconocer a su amiga sin el uniforme de la heladería; vestía con una camiseta de tirantes y un pantalón negro corto luciendo unas piernas bronceadas. Sostenía varías bolsas en una de sus manos.
   —¿Adónde vas?
   —Vengo de la lonja. Unos recados que me ha mandado mi madre.
   —¿Y esta muchacha tan guapa? —preguntó en cuclillas.
   —Es mi hermana Laura, tiene nueve años.
   —Hola, Laura, me llamo Andrés, eres incluso más guapa que tu hermana.
   —¿Eres el novio de Patricia?
   —No le hagas caso, venga, vámonos —dijo la mayor.
   —¡Qué más quisiera yo! —contestó él.
   —Entonces me pido ser tu novia —reclamó la niña esforzándose en liberar su mano de la de su hermana.
   —¿Qué tal con tu amiga la morena? —preguntó Patricia mientras dirigía la mirada al estridente tráfico de la avenida.
   —Pues nada, bien.
   —Es guapa.
   —Como tú —dijo sin pretender resultar diplomático.
   —Bueno, pero te has fijado en ella —contestó a la vez que agarraba con firmeza el antebrazo de su hermana—. ¡Laura!, tenemos que irnos.
   Andrés calló.
   —Por cierto —dijo Patricia—, he comprado dos óperas de Verdi: Aida y Rigoletto, cuando quieras te las dejo, seguro que te gustan tanto como Turandot, además, am­bas tienen fragmentos famosos que habrás oído alguna vez. Mi tío Pedro, ese del que te he hablado que es un fanático de la ópera, me ha dicho que me deja La Bohème para que la oiga, dice que es de las que te gustan desde la primera vez.
   —Cuando tú quieras, a propó­sito, ¿las has comprado en Carrots?
   —Sí, ¿por?
   —Por nada, pura intuición. Oye, tengo prisa.
   —Yo también.
   Ambos retomaron su rumbo en sentidos opuestos, él se giró tras cruzar la avenida para comprobar cómo se marchaban las dos hermanas con notable ligereza.

   A primera hora de la tarde, Susana se acercó a uno de los bloques de Urbincasa de la calle Almirante Baldasano y pulsó el botón del interfono que indicaba el séptimo B.
   —Soy Susana, te llamaba por si seguía en pie lo de quedar esta noche.
   —Sí, claro, sube.
   —No creo que haga falta, es sólo para concretar la hora —alegó Susana.
   —Prefiero que subas y hablemos aquí.
   Llegó a la última planta del edificio, al abrir la puerta del ascensor le recibió la música de Turandot que, por enésima ocasión en aquella semana, retumbaba en la casa.
   —¡Qué horror! —exclamó Susana—, ¿es una ópera?
   —Pasa, no te quedes ahí —dijo Andrés tras abrir la puerta y dirigirse de nuevo al salón para disminuir el volumen del tocadiscos—, te he dicho que subieras porque en esta comunidad hay mucho cotilla y no me gusta tener conversaciones por el Fonoporta.
   —A ver si te vas a creer que a las cuatro de la tarde y a cuarenta grados va a haber mucha gente pasando por la calle, y tú, ¿qué haces además de oír tanto grito en cami­seta de tirantes?
   —Pues leía La Colmena, de Cela; no está mal, aunque demasiados personajes.
   —Menudo plan para un sábado de verano, mis padres tienen una vida menos abu­rrida que tú.
   —Estoy guardando fuerzas para esta noche —dijo Andrés alzando con suavi­dad el mentón de Susana con sus dedos—, he pensado que en vez de salir, yo te pre­paro una deliciosa cena y después nos tomamos alguna copilla.
   —¿No te parece que vas muy rápido? —preguntó en tono adusto—. ¿O es que acaso quieres comerme a mí?
   Andrés enmudeció.
   —Que no… tonto, que es broma, aquí estaré a la hora que tú me digas —dijo con gesto pícaro y besándole en un punto cer­cano a la boca.
   —A las diez, si te parece bien —musitó paralizado.
   —Me voy, que he quedado con mi prima Bego para darme un baño. Esta noche nos vemos, ¡ciao!
   Con una bolsa de playa colgada en el hombro y un ligero atuendo blanco que translucía un bikini rojo se marchó cerrando la puerta. Esperando a los ascensores guiñó un ojo y lanzó un sensual beso al aire en dirección a la vivienda. «Estoy perdido» se dijo Andrés mientras continuaba admirándola desde la mirilla.

   A las diez en punto la cena estaba casi lista, el centro del comedor era presidido por una elegante mesa con una vajilla y cubiertos dispuestos cuidadosamente junto a una botella de vino descorchada en medio; en la cocina, dos entrecots de ternera cocinándose a fuego lento y una encimera que todavía no había tenido tiempo a adecentar; en el frigorífico, para que no perdieran el frío, dos cócteles recién preparados.
   Media hora después, el timbre anunciaba la llegada de Susana. Él le ofreció nada más adentrarse en casa uno de los cócteles que aguardaban en la nevera. Ella se lo bebió de un trago.
   —Está bueno —juzgó con una sacudida de cabeza.
   —Y también fuerte, lleva ginebra además de vermú —avisó mientras apreciaba la ro­jez producida por la exposición al sol en la piel de su invitada.
   —Vaya música tenías puesta esta tarde —dijo sin prestar atención a las indicaciones del anfitrión sobre la graduación del cóctel—, y ¡qué antigua!, ¿cómo te puede gustar algo así?
   —Para mí es belleza, es como tú, un placer para los sentidos.
   Susana callaba y se mostraba altiva, cual monarca arrogante al que le rinden pleite­sía, cuando en las palabras de Andrés descubría algún piropo.
   —Pero hay una importante diferencia entre la belleza de esta música y tu rostro —prosiguió—, sólo una seguirá siendo bella dentro de cien años.
   —Y ese piano, ¿sabes tocarlo? —preguntó Susana.
   —Claro, te lo dije anoche, ¿no lo recuerdas?
   —No, la verdad es que no siempre me acuerdo de lo que la gente dice, y menos de noche, que se dicen muchas tonterías. A partir de ahora, en tu caso, haré una excep­ción —concluyó Susana rematando la frase con una carcajada.
   Andrés se sentó frente al piano para realizar una breve demostración de su habilidad con el instrumento, levantó la tapa del teclado, justo en el instante en que los dedos se posaban sobre las teclas para dar comienzo la ejecución ella se aproximó, arrimán­dose a tal punto que había dejado su escote a pocos centímetros de la cabeza del pianista.
   —Tócame lo que quieras —murmuró remarcando el doble sentido de sus palabras.
   Se centró en el teclado interpretando una pieza que había compuesto recientemente, percatán­dose de inmediato que fue Patricia quién le inspiró aquella melodía cuando ella le confesó de la fascinación que podía causar a una dama si le dedicaba una bella canción. Este pensamiento, coincidiendo con el olor de la carne que advertía que ya había alcanzado su punto, le hizo inte­rrumpir la música súbitamente levantándose presto hacia la cocina.
   Sirvió los dos filetes en sendos platos que situó sobre la mesa, llenó las copas de vino con cierto protocolo y se sentó una vez Susana se ubicó en su sitio. Cenaron casi en silencio, sólo interrumpido por el leve sonido de los cu­biertos sobre los platos y algún comentario sucinto sobre el menú.
   —Dime la verdad, lo que has tocado en el piano, ¿en serio es tuyo?
   —Sí, Susana, casi todo lo que toco son piezas que he compuesto, pero por una razón: porque son más fáciles para mí. Como son mías no me cuesta nada tener que aprenderlas, y si me equivoco nadie lo notará, ¿comprendes?
   El chiste fue excesivamente sutil para los reflejos intelectuales de Susana que no dio ninguna señal de haberlo entendido, masticaba con lentitud, esforzándose en mantener abiertos los párpados.
   —Será mejor que nos vayamos al salón —sugirió Andrés al comprobar que la insola­ción, el cóctel y el vino comenzaban a pasar factura en el rostro de su invitada.
   Susana se acomodó junto a uno de los brazos del sofá, Andrés prometió sentarse con ella una vez trajese los cafés. Cuando regresó con la bandeja ella ya había sucumbido al sueño, repantigada con las dos piernas extendidas en diagonal ocupando todo asiento. Él la observó con deteni­miento, embelesado con la silueta que le confería aquel vestido ceñido hasta las rodi­llas de color rojo, como el carmín de sus labios, y del porte exquisito que no abando­naba ni adormilada. La reclinó en el sofá tentado en acariciarla, pero prefirió esperar.

    Es difícil comprender qué le pudo haber pasado por la cabeza a Andrés, pero de repente arrancó la hoja de un cuaderno y en la mesa, frente al sofá, dejó escrito lo siguiente:

NO ME ESPERES CUANDO DESPIERTES,
HE SALIDO A BUSCAR A LA PERSONA QUE QUIERO

   Cogió las llaves de su domicilio, cerró la puerta con delicadeza y marchó corriendo en dirección a la heladería. Una vez allí, se encontró en la terraza con Óscar, afanado en exceso, junto con una camarera que únicamente trabajaba en el turno de mañana. No les hizo pregunta alguna; accedió al local, en el otro lado del mostrador despa­chaba doña Carmen a un grupo de niños que formaban una hilera bien ordenada.
   —Buenas noches, doña Carmen, perdone, ¿es que no está Patricia?
   —No. Ha venido esta mañana y me ha dicho que deja de trabajar, venía junto a su hermana con lágrimas en los ojos. Algo grave le había sucedido, aunque sé que me ha mentido diciendo que era porque tenía que prepararse las asignaturas de septiem­bre, ¡cómo si no la conociera en este mes y medio que lleva trabajando!, y ¡fíjate qué faena tenemos esta noche!, le he dicho a la Paqui que trabaje la jornada completa hasta que encontremos sustitución para el turno de tarde, fíjate tú, la Paqui, con tres críos que tiene…
   —Vale, vale —zanjó Andrés percibiendo los ambages de la jefa en su explicación ante la mirada ponzoñosa de los niños que guardaban cola.
   —¿De chocolate y fresa en un cucurucho mediano? —preguntó la dueña dirigiéndose al primero de la fila.
   —Otra cosa más, doña Carmen, y perdone de nuevo, ¿me podría dar el teléfono de su casa? —imploró Andrés.
   —No debería dártelo, pero como eres de confianza…
   Con el consiguiente resoplido de los jóvenes, la mujer se movió hasta la caja registradora para sacar una libreta que usaba a modo de listín telefónico.
   —A ver, Emilio Pallarés, Emilio Frutos, Emilio Domínguez… aquí tengo el teléfono de mi primo, su padre. Apunta joven: cincuenta y uno, treinta y cuatro…
   —Muchas gracias, es muy importante para mí esta información; tenga, veinte duros, todos estos críos tienen su helado gratis.
   Dejó un billete de cien pesetas sobre el mostrador y se despidió ante la mirada de gratitud de los clientes.
   —El lunes nos vemos, doña Carmen, ¡adiós!
   —Anda con Dios, hijo, espero que te portes bien con la Patricia —dijo centrándose en sus labores—, fíjate que sabía que entre vosotros había algo…
   Eran más de las doce, muy tarde para efectuar una llamada al teléfono del domicilio de Patricia. En ese momento, un arranque de sensatez le surgió de improviso y cayó en el inapro­piado mensaje de la nota dejada en el salón.
   —¡Hostias, Susana! —masculló corriendo hacia su piso deseando que su invitada no se hubiese despertado.
   Un hedor agrio le recibió al introducirse en el ascensor, detectó tras echar la vista al suelo que procedía de un vómito color tinto, como el vino servido en la cena. Irrumpió en su hogar que parecía despejado aunque con el ambiente cargado de humo, advirtió un cenicero en el salón con media docena de colillas, gritó el nombre de Su­sana dirigiéndose hacia la cocina hasta que en la puerta del frigorífico se en­contró escrito con un pintalabios:

ERES UN HIJO DE PERRA,
ME LAS PAGARÁS

   Andrés pasó la noche en vela, restó relevancia a la amenaza creyendo que respon­dería al sentimiento despechado de una persona vanidosa y arrogante acostumbrada a triunfar con los hombres. Lo que nunca sabría en toda su vida son las nefastas consecuencias que sufriría por ello. Su preocupación era en ese momento Patricia, sin darse cuenta se había enamo­rado profundamente de la camarera de diecinueve años que trasmitía más madurez que Susana, cinco años mayor que ella.
   Aguardó impaciente a que llegase una hora adecuada para llamar por teléfono. A las diez de la mañana marcó el número.
   —¿Diga? —contestó una voz femenina.
   —Buenos días, ¿Patricia?
   —No, soy su madre, ¿quién es?
   —Soy Andrés, un amigo —anunció con timidez.
   —¡Ah, Andrés! —exclamó.
   Él pensó que se confundía de persona y calló desconcertado.
   —El de la ópera —añadió la madre—, anda que mi hija no habla de ti.
   —Sí, el de la ópera —confirmó incrédulo por su popularidad en aquella casa—, ¿está ella?
   —Se fue hace media hora a la playa, vino a por ella su prima Asunción, si quieres, le digo que la has llamado.
   —Sí, por favor, dígale que me llame, tome nota de mi número…
   Creyó que Patricia y su prima se dirigirían a Cala Cortina, la playa más cercana a la ciudad, no se atrevió a seguir indagando a la madre para evitar un «a ti qué te im­porta» como contestación. Se marchó hacia aquel lugar saturado de bañistas y no dio con ella. Enseguida volvió a casa creyendo que podría sonar el teléfono.
   Engullía con ansias un bocadillo, acompañado de un botellín de cerveza, en el salón, haciendo tiempo, anhelando recibir la llamada. Se acordó de una conver­sación que mantuvo con Patricia semanas atrás, decía que de niña solía ir en bicicleta a la playa de El Portús con una prima dos años mayor que ella.
   —¡Asun! —exclamó triunfante—, ¡su prima de Galifa!
   De nuevo cogió el coche, condujo hacia El Portús, una playa muy cercana al pueblo donde vivía la prima de Patricia. La mañana soleada que el día había brindado fue cambiando con el paso de las horas a una tarde ventosa con nubarrones que augura­ban tormenta. No tardó mucho en comenzar a llover, lo cual ralentizó la marcha de su vehículo. «Si está lloviendo allí no habrá nadie», se decía. Aún con este pensamiento persistió en llegar a su destino. En el camino se cruzó con una larga hilera de automóviles, bañistas que vendrían de vuelta a casa tras truncarse el día de playa por el mal tiempo.
   Ya había cesado el aguacero cuando dejó su vehículo en la explanada que servía de aparcamiento. El lugar estaba solitario, con la única compañía de una desvencijada bicicleta junto a un poste de hormigón. Se encaminó hacia la desértica cala de piedrecillas finas. Las nubes habían dado paso a un sol resplandeciente que pretendía esconderse tras la Sierra de la Muela. El viento amainó, escuchándose únicamente el sonido de las olas rompiendo en la arena.
   Distinguió, en el otro extremo de la playa, a una mujer que caminaba sobre la orilla en la dirección donde Andrés se encontraba; lucía un largo vestido blanco que ondeaba al viento al igual que su cabello, con una mano elevaba parte del atuendo, aunque no dedicaba demasiado esfuerzo en preservarlo de la humedad; en la otra, unas san­dalias. Fascinado por aquella imagen se fue aproximando hasta descubrir que se tra­taba de Patricia que paseaba con su pensamiento lejos de allí. El sol en la cara impidió que ella advirtiera la silueta de Andrés que se acercaba corriendo hacia su posición. A pocos metros para encontrarse, él aminoró la carrera y fue entonces cuando ella le reconoció no pudiendo disimular su alegría.
   No dijeron palabra alguna, únicamente se besaron en los labios.
   Una gran ola les batió inundándoles hasta las rodillas descendiendo en aquel ins­tante del fugaz paraíso en el que se hallaron insospechadamente. Se apartaron to­davía abrazados de la orilla. Una vez recuperado el aliento, Andrés mostró su asombro de cómo, llevando ese vestido, pudo desplazarse con aquella bicicleta desde Galifa, a dos kilómetros de la playa. Ella le preguntó que cómo supo que estaba allí.
   —Por intuición —contestó.
   —¿Desde cuándo te gusto, si puede saberse? —preguntó Patricia mirándole a los ojos y secándole las cejas con sus dedos.
   —Creo que me gustaste el día que escribiste en la servilleta el nombre de la ópera que ha­bía estado buscando desde hacía tiempo, ¿y tú?
   —Desde el día que te conocí, el mismo que empecé en la heladería; me equivocaba mucho, no sabía dónde estaban las cosas, algunos clientes me gruñeron y me dijeron que no valía para trabajar ahí. Incluso contigo actué de manera lamentable, me pediste un whisky y al cuarto de hora te traje otra cosa, pero tú no dijiste nada, simplemente me sonreíste.

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