martes, 7 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 6



5

   De lunes a viernes, reemplazando las clases lectivas, auxiliaba a mi padre en las arduas tareas domésticas. Buena parte de aquel tiempo lo destinó a enseñarme a cocinar recetas sencillas —tampoco es que él fuera un gran cocinero—. Las lecciones de piano que recibía los sábados se duplicaron a las tardes del martes y del jueves. Con esta medida —buena por partida doble— evitaba que Dani coincidiera con Laura; y conseguía tener a mi tía en exclusividad para optimizar el temario, cada vez más extenso, que cada fin de semana me aguardaba.
   Ella aprovechaba sus desplazamientos desde Cartagena para llevar y traer documentos relacionados con los negocios de mi padre y, así, descargar a Paco de su semanal visita que se convirtió en mensual. Seguían cayendo, no obstante, en viernes las visitas de la persona a la que yo llamaba «padrino». Él discutía con mi padre, sentados, ambos, frente al escritorio en una de las esquinas del salón, acerca de contratos de personal, nóminas, y sobre la prioridad de cuáles proveedores debían firmar un talón o un pagaré. Lo único que recuerdo es que por aquel entonces sonaba menos el teléfono. «He delegado demasiado en él» se repetía mi padre aludiendo a su mano derecha en la empresa. Aquel hombre alegre, extraordinariamente cordial conmigo, de pronunciada tripa y demasiado calvo para su edad, al que ahora se le juzgaba su capacidad para coordinar el trabajo del resto de los trabajadores, demostró, desde el principio, obediencia militar en todas las decisiones de mi padre, su jefe. Incluso cuando la medida pudiera perjudicarle.
   Las pocas conversaciones telefónicas que mantenían adquirían, cada vez más, un tono agresivo, al menos por parte de mi padre —puesto que no apreciaba el tono del otro interlocutor—. Aquello acabó por inquietarme. Por lo que deduje, el sector de ventas de informática de la empresa no estaba dando los resultados previstos y las inversiones habían sido enormes. Sin que mi padre me lo dijera explícitamente, todavía sin cumplir los diez años, sabía que la crisis había llegado a Material de oficina Rosique, Sociedad Limitada.
   Algunos de esos días de invierno nos dirigimos a las ciudades de Murcia y Cartagena, mi padre visitó sus comercios, contribuyendo con su presencia, en un vano intento de resurgir la empresa. Poca ayuda pudo ofrecer, al percatarse de que conocía los nombres de sus empleados, pero no reconocía los rostros de la mayoría de los trabajadores. Los productos expuestos en estanterías y vitrinas eran un enigma para él, nada que ver con los que se comercializaban una década antes cuando él acudía a las tiendas diariamente, época de la que yo no fui testigo. Se había quedado obsoleto y no sabía cómo debía tirar del carro de una empresa cuyo funcionamiento desconocía de cerca, salvo las labores burocráticas.
   En uno de esos viajes a Cartagena visitamos a mis abuelos. Laura no estaba. Mi abuela barría la acera de la puerta de su casa y, luego, hacía lo propio con las de los vecinos. Mi abuelo Emilio, resignado a las nuevas extravagancias de su mujer, permanecía sentado sobre el escalón de la entrada a su vivienda, fumando y saboreando un brandi a las once de la mañana. En silencio observaba con enfado a mi padre, como si tuviera que darle alguna explicación por algo. Hizo referencia a su afeitado, y añadió que, viéndole así, parecía estar de nuevo con su «hija». Recuerdo muy bien el tono mordaz que empleó con aquella última palabra. Tampoco me saludó mi abuelo con mucho más afecto, acariciándome el cabello sin mirarme. Parecía más preocupado por salvar su copa, posada en el suelo, de un puntapié, que de mis sentimientos. La estancia duró el tiempo que mi padre destinó a consumir un bote de cerveza que él mismo tuvo que servirse del frigorífico. Miré absorta a mi abuela que seguía barriendo a treinta metros de su casa. Supongo que nos había visto, pero siguió con su faena. No me produjo miedo en esta ocasión, sino extrañeza.
   —Adiós, don Emilio —dijo mi padre tocándole el hombro.
   —Andad con Dios.
   —Adiós, abuelito —dije dándole dos besos que no atinó a corresponder.
   Aquélla fue la última vez que le vi con vida, todavía evoco en mi memoria su aroma característico una mezcolanza de puro, coñac y colonia Brumel.
   Un manto blanco cubría el monte un viernes de febrero de 1991, los tejados nevados del pueblo regalaban para la retina una imagen de postal, aquel día se presentaría Paco, que se quedaría a comer con nosotros para versar con mi padre sobre una posible venta de la empresa a una de la competencia. Los gerentes de la firma interesada, conocidos como los hermanos Rivas, acudirían por la tarde, pretendían poner precio al negocio de mi padre para apoderarse con ello de uno de sus más notables rivales dentro del marco regional.
   Un lujoso automóvil negro se plantó en el jardín aquella gélida tarde, de él salieron dos personas trajeadas de azul marino, eran los hermanos: Jaime y Ernesto Rivas. Mi padre se había arreglado para la ocasión vistiendo un pantalón gris y una camisa blanca; Paco —según decía—, habitualmente se trajeaba en los eventos a los cuales acudía en representación de la empresa; asistió a este con una chaqueta verde oscura y prescindió de corbata alegando que los viernes se permitía dichas licencias. Ciertamente, lo que más podría haber asombrado a mi padre fue constatar que aquellos populares hermanos apenas superarían los treinta años de edad. De perfecta oratoria y mejor pose, Ernesto, el que parecía más joven, llevó las riendas de la negociación.
   —Me muero por un café —imploró al sentarse en el sofá en el que ya se había acomodado su hermano—. Esto de venir de copiloto durante la siesta…
   Mi padre, desde el sillón, me ordenó que trajera cuatro cafés de la cafetera cuyo silbido otorgaba al lugar de la reunión un aire familiar que, desde luego, no lo proporcionaba el asunto a tratar. Paco continuaba de pie, el nerviosismo sobre la incertidumbre de su futuro laboral le hacía caminar en círculo alrededor del triángulo que formaban el sillón, el sofá y la mesa donde los hermanos Rivas habían dejado unos documentos que debían de ser una especie de contrato.
   —Me he estado preguntado en estos días —dijo entrando al grano mi padre— sobre los distintos porqués de su impaciente propuesta.
   —Por dos razones sencillas en las que ambas partes ganamos —respondió Ernesto—. Y será mejor que nos tuteemos, ya que somos colegas del sector. El mercado nos es favorable y creemos que es mejor comprarte tu negocio, respetando al personal que tienes en tu empresa, que entrar en una guerra de precios donde terminaremos ganando y vosotros arruinados. No queremos perder el tiempo y lo honesto es proponerte una oferta para que puedas sacar partido a todos los años trabajados por ti y por tu padre, al que, por cierto, el nuestro le manda recuerdos.
   —Mi padre murió hace casi cinco años.
   Serví el café en las tazas y las llevé de una en una a la mesa, en un quinto viaje el azucarero y las cuatro cucharillas con evidentes dotes para el servicio, los presentes celebraron con una sonrisa reverencial que no se me cayese ningún utensilio en el trayecto. Jaime asió una de las tazas, echó varias cucharadas de azúcar y se levantó en dirección al despacho de mi padre, al otro lado del salón.
   —Rosique, ¿te importa que haga una llamada? —preguntó Jaime señalando el teléfono—, es que tengo que ver un asunto con unos clientes.
   Mi padre negó con la cabeza dándole autorización. Ernesto, mucho más protocolario, miró a su hermano lamentando con una mueca su atrevimiento. Jaime se notaba menos calculador que su hermano pequeño, iba engominado con el espeso cabello moreno a un lado, era de mayor grosor corporal que, asociado al desabrochado nudo de la corbata y a un paquete de elegantes cigarrillos que se le trasparentaban en el bolsillo de la camisa, le atribuían cierto aire a ejecutivo concupiscente, colmado de placeres como la carne, y esta en todas sus versiones. Ernesto, sin embargo, parecía un educado ministro tomando café. Al comprobar que Jaime prolongaba la conversación telefónica mi padre giró el sillón para estar aún más de frente con Ernesto y tratar de los detalles de la operación, cogió los documentos que compo­nían el acuerdo y les echó una ojeada, no sin antes expulsarme del salón con una sacudida rápida de su cabeza.
   Por supuesto que no me fui del todo, me quedé al amparo de la puerta de la cocina curioseando detrás de ella con lo que sucedía al otro lado, lamentando que el aparato telefónico estuviera más cerca de mí que la mesa donde se estaba negociando el futuro de la empresa y que el hermano mayor de los Rivas tratara de ensordecer a su interlocutor.
   —Paco, vente para acá —o algo así dijo mi padre para leer junto a él los detalles del contrato.
   —Oye, Andrés —dijo Ernesto—, esto es una cosa entre tú y yo. Es cosa de gerentes.
   —Resulta, Ernesto, que Paco es al que tengo dirigiendo la empresa y, aunque el propietario soy yo, siempre escucho su opinión.
   Estuvieron leyendo por encima algunos párrafos, se indicaba en los mismos que se respetaría al personal y sus condiciones laborales y económicas, concretamente las de los más veteranos. Hablaron de una cifra que iba al final de la propuesta, la cual no pude escuchar por culpa de Jaime y sus innumerables muletillas mientras conversaba por teléfono. Ernesto repasaba detenidamente sus gestos con clara expectación, tenía la mirada aguileña y pose de buitre, parecía disimular que padecía frío cuando instintivamente una mano buscaba a la otra intentando frotarla. Tenía el pelo muy corto, queriendo ocultar una galopante calvicie, unas finas gafas le conferían un aspecto educado y culto. Inteligente y reflexivo, virtudes que no podían impedir que se descubriera, tras su fachada, a una persona con un alto grado de manipulación y codicia. Su hermano, el parlanchín, no aparentaba atesorar esas dotes.
   —El lunes os damos una respuesta —concluyó mi padre—, tenemos que ver esto detenidamente y hablarlo con el asesor de la empresa.
   Los hermanos partieron con sus trajes oscuros en su bruno automóvil, franquearon el umbral de la verja que mi padre abría mientras se despedía, el vehículo se fue alejando en la negrura de aquella tarde glacial.
   Paco se marchó media hora después. Antes de irse argumentó que vender la empresa sería tirar por tierra el trabajo de varias generaciones y despreciar al personal que durante su vida profesional se había dejado la piel defendiendo un nombre y un proyecto conjunto. Implorándole que no se dejase seducir, se fue abrazando a su amigo y besándome varias veces en el mismo moflete, que como un mal augurio, me evocó a mi abuelo Emilio, la única persona que me besaba de tal forma.
   —Hasta pronto, ahijada.
   —Hasta pronto, padrino —respondí, usando la mano para eliminar la saliva en mi mejilla.
   Al quedarnos solos mi padre abrió un estuche con varios compactos de la ópera Tristán e Isolda de Wagner e insertó el primer disco. Me miró y le extrañó mi expresión, la que seguramente adopto cuando quiero que me den explicaciones.
   —¿Qué te pasa, hija?
   —Papi, no me gusta esa gente, sobre todo el más callado, el que no ha hablado por teléfono.
   —Sí. Tiene pinta de ser un cínico.
   —¿Qué es un cínico? —pregunté siguiéndole hasta la cocina donde comenzó a servirse un whisky.
   —Es una persona que aparenta ser tu amigo, que te miente sin que se le note mucho, ¿comprendes?
   —¿Cómo los vecinos que se esconden cuando saludamos?
   —No exactamente, los vecinos son vergonzosos, poco tiene que ver con eso. Un cínico es… a ver, ¿te acuerdas de la abuela que te decía que te quería mucho, pero cuando estaba a solas contigo te pegaba?
   Asentí confundida sin tener muy claro si aquellos sujetos encorbatados trataban de pegarle a mi padre o algo parecido.
   —Y, sin son malos, ¿por qué no los echas como hiciste con el Carnicero?
   —En realidad, querida hija, no son malos, son empresarios, su padre y la vida les ha adoctrinado bien, ahora, aunque jóvenes, son perros de presa, muy astutos y mejores negociantes, hacen lo que creen que deben de hacer. El mundo empresarial es una selva, no hay contemplaciones con los débiles. Ellos buscan su beneficio, ¿has visto el coche que tienen, Violeta, a que es bonito?
   —Sí, muy bonito.
   —Pues seguro que envidiarán a un vecino, familiar o conocido que tenga un coche más grande. En el fondo viven siendo unos infelices porque la codicia nunca te satisface del todo.
   Mientras procuraba comprender aquellas palabras repiqueteó el timbre del teléfono que ya solía atender yo. Mi tía Laura con voz apagada quería hablar con mi padre.
   —¿Qué pasa con la tita, va a venir? —pregunté cuando colgó el auricular, extrañada de que no estuviera de camino a casa como cada viernes por la tarde.
   —No, esta noche no viene, pero mañana la podrás ver, iremos a Cartagena.
   —¿Entonces tendré clase?
   —No, iremos a ver al abuelito que está malo.
   Laura había informado con la llamada que su padre había sufrido un infarto y estaba hospitalizado en el Hospital Virgen del Rosell.

   El frío de la madrugada y el temor sobre el futuro de mi abuelo me obligaron a dormir en la alcoba de mi padre, al otro lado de la cama, sus ronquidos me parecían música celestial en comparación al traqueteo producido por el viento en la ventana de mi cuarto. A una hora inaudita volvió a sonar el teléfono, eran las seis de la mañana.
   —¿Diga? —carraspeó mi padre— ¡Vaya por Dios! ¿Cómo estás?
   Hubo un momento largo en el que mi padre no habló, se podía apreciar al otro lado del auricular una voz compungida hasta el paroxismo.
   —Laura, tranquilízate. Vamos para allá.
   Todavía adormecida reparé en que mi padre acudió al cuarto de baño sin encender las luces creyendo que, servidora, dormitaba felizmente. Incluso pude distinguir en la distancia que se encerró en el aseo no sólo para orinar, porque juraría que le escuché orar.
   Mi abuelo Emilio había fallecido de madrugada después de sufrir un segundo infarto. Partimos muy temprano hacia Cartagena, aunque ya nuestro destino no sería el previsto (el hospital), sino hacia el Tanatorio Estavesa, no muy lejos del Virgen del Rosell, lugar donde mi estimado abuelo exhaló su último suspiro, a unos cuantos pasillos de las incubadoras donde yo subsistí las primeras semanas de vida. Durante el camino nos invadió el silencio, las nubes grises se desplazaban vertiginosas; en la radio una voz plana comentaba la última hora de la Guerra del Golfo. Me acordé de las batallitas milicianas que narraba mi abuelo; decía que se libró de la Guerra Civil, por joven, y de la Segunda Guerra Mundial, por suerte. Nunca he sabido cuánto había de cierto en todo aquello, siempre se dirigía a mí cómo el que va a contar un cuento, mezclando la verdad y la exageración con tono risueño. Utilizaba palabras amables no sólo conmigo, sino con todo el mundo. Pensé que mi tía y mi abuela deberían de estar atravesando un momento amargo, y así era, en parte.
   Accedimos a una de las salas del tanatorio. Me sorprendió ver a mi tía Laura vestida de negro, junto a ella, mi abuela que, con mirada inexpresiva, parecía no asumir la defunción de su marido. Laura corrió hacia nosotros, puso sus gafas sobre su cabeza para que no se dañase la montura cuando se estrujó con mi padre. Observé tímida que pendía de su mano un pañuelo, sin saber qué otra cosa hacer ante aquel abrazo eterno. Al retirarse del pecho de mi progenitor, se dirigió a mí y me regaló dos besos mojados. Advertí que la camisa de mi padre estaba humedecida de lágrimas y quién sabe si de mucosidad.
   Dentro de un receptáculo acristalado estaba mi abuelo, inerte, como si se hubiese quedado dormido con el traje puesto. Mi padre me apartó del cristal —y de aquella vista— ordenándome que saludara a mi abuela. Le obedecí. Ella seguía sentada con la mirada abstraída, me devolvió el saludo, tan sucinto como el mío, le lancé dos rápidos besos en sendas mejillas sin que ella meneara siquiera la cabeza, mantenía la vista en el suelo. Junto a ella me senté cuando mi padre y mi tía se excusaron para dirigirse un momento a la cafetería, aprecié que la sala donde me hallaba estaba repleta de personas desconocidas, percatándome de cómo se clavaban en mí algunas de sus miradas llegué a percibir cuchicheos que me apuntaban con cierto disimulo: «Esta debe de ser la nieta». Un señor mayor se acercó, tendió su mano en señal de saludo, durante unos segundos me paralicé no sabiendo qué hacer y le respondí dubitativamente con la mía, era la primera vez que alguien me estrechaba la mano para saludar. Aquel hombre aparentaba ser coetáneo a mi abuelo, ataviado con traje gris oscuro, sombrero y bastón, sería uno de los compañeros de juego de sus múltiples partidas de dominó.
   —Hola, Violeta, tu abuelo me hablaba mucho de ti, estaba muy orgulloso, decía que tocabas el piano como Mozart, lamentaba no tenerte cerca para verte más a menudo.
   Permanecí en silencio durante unos minutos, sorprendida de que alguien a quien no había visto nunca conociera mi nombre. Mi padre me cogió de la mano cuando volvió de la cantina y nos fuimos al hogar que una vez compartió con su progenitor, muerto años atrás.

   La casa de mi abuelo Pepe se encontraba tal como se la dejó hacía ya un lustro. En todo ese tiempo, mi padre había entrado sólo en un par de ocasiones. La vivienda mostraba lobreguez hasta que levantamos las persianas, descorrimos las cortinas y abrimos las ventanas, procurando eliminar aquel olor a vacío y olvido. Los tabiques estaban descascarillados por la humedad, una lámina de polvo cubría los muebles, un marco del Real Madrid que rezaba «Un equipo para la historia» colgaba de la pared más amplia del salón, en la imagen, un gran número de jugadores de los años cincuenta que posaban con unos cuantos trofeos sobre el césped del estadio de fútbol. Las otras paredes exhibían fotografías en blanco y negro, una, con mi padre en pantalón corto y tirantes devorando un muslo de pollo frente al objetivo de la cámara; en otra instantánea, mi abuela con un vestido negro de época; y en otra imagen, un niño pequeño, intuyo que de cuatro años de edad, con un trajecito y con los ojos cerrados, debía ser mi tío Antonio. De soslayo observé a mi padre, mirándolas con detenimiento y la emoción contenida.
   —Papi, ¿aquí hay fotos de la mamá y de Susana?
   —Sí, deben de estar en alguna de las cajas que contienen fotografías que hay por alguno de estos muebles.
   Tiré de una desvencijada cajonera que servía como mesa del televisor.
   —Pero no las busques ahora que te vas a ensuciar —prosiguió—, otro día que vengamos con más tiempo. Vamos a descansar que mañana hay que ir al cementerio, allí podrás ver los retratos de tu madre y de tu hermana.
   —Papi —dije realizando una notable pausa—. ¿Cuándo morimos, qué pasa?
   —Ninguna persona viva te podrá dar una respuesta verdadera, pero según a quién preguntes te contestará según sus creencias.
   —Y, ¿qué crees que pasa?
   —Pues, la verdad, no sé mucho. Supongo que el cuerpo se descompone y la naturaleza lo recicla, de alguna manera pasa a ser otra vida, ¿te acuerdas de aquel gato que estaba muerto junto a un pino y que cada día se iba haciendo más pequeño hasta que desapareció junto al tronco?
   —Claro que me acuerdo, echaba peste.
   —Ese árbol creció un poco más gracias a ese animal. De algún modo la muerte del gato supuso vida para el pino. Eso pasaría idénticamente con las personas. Lo que ocurre, es que hay algo dentro de cada uno que no se apaga, la vida parece acabarse cuando el cuerpo muere, pero la existencia, de alguna manera, perdura, ¿cómo?, pues ni yo, ni un científico, ni un cura, te lo podríamos decir.
   —La señorita Bermejo decía que cuando muramos iremos al cielo y que allí seremos almas para siempre, ¿crees que mamá estará en el cielo, viéndonos?
   —No sé si nos estará viendo, pero creo que estará esperándonos, seguro que está ahora recibiendo al abuelo.
   —¿El alma tiene cara?, porque si no, ¿cómo conoce mamá al abuelo?, y, ¿Susana, seguirá teniendo el aspecto de niña?
   —Joder, hija, sí que le das vueltas a las cosas —dijo mi padre para ganar un poco de tiempo en sus improvisadas respuestas—. Supongo que cuando morimos nos mostramos ante la eternidad con nuestros rasgos más bellos, es como si siempre tuviéramos veinte años.
   —Entonces yo seguiré siendo fea siempre porque, si no, nadie me reconocería.
   —No digas eso nunca, Violeta, no lo digas.

   Dieron sepultura a mi abuelo el diez de febrero de 1991. Aquella fría mañana de domingo pisé por primera vez el cementerio de Santa Lucía, lugar donde se hallaba la lápida de mi madre y mi hermana, ubicada junto a la de mi abuelo. Mi padre, que tampoco había visitado aquel lugar, me señaló con el dedo las dos pequeñas fotos circulares que permanecían, desde hacía casi una década, a sendos lados de la tumba. Qué incongruente me pareció encontrarme con las sonrientes imágenes de mi madre y mi hermana en aquel macabro espacio. Sus ataúdes ―explicó mi padre— habían sido colocados uno encima del otro. Dos ángeles de piedra simbolizando la vida después de la muerte se postraban, con expresión ausente, sobre el granito gris oscuro donde estaban tallados sus nombres.

PATRICIA DOMÍNGUEZ TORTOSA
13 DE OCTUBRE DE 1957 — 12 DE SEPTIEMBRE DE 1981
D.E.P.

SUSANA ROSIQUE DOMÍNGUEZ
25 DE DICIEMBRE DE 1978 — 12 DE SEPTIEMBRE DE 1981
D.E.P.

   Reparé en que mi padre observaba boquiabierto la tumba, hasta que, de reojo, apreció el peso de mi mirada. Ambos nos encontrábamos frente a nuestra verdadera familia, callados y vacíos de espíritu, invadiéndonos a preguntas de las que jamás obtendremos respuestas. La comitiva que había acudido a dar el último adiós a mi abuelo comenzaba a abandonar el lugar. Mi tía Laura, con gafas oscuras, a pesar de la poca luz solar que ofrecía aquel día, arrancó un par de flores del sinfín de coronas que rodeaban la lápida de su padre, se acercó a nosotros y las posó sobre la de su hermana y sobrina. Unas lágrimas se precipitaban de su lánguido rostro. Se acercó a la foto de mi madre, la acarició suavemente con sus dedos y besó la imagen musitando: «Hermana, cuánto daría por tenerte ahora, y te envidio porque sé que ya estarás junto a papá, ¡te quiero tanto a pesar del tiempo!, tenías mi edad cuando te fuiste, ya te he perdonado que te marcharas sin despedirte. Ahora quiero que seas tú la que me perdones, por lo que siento y quiero. Perdóname, porque si no puedes tú… si no puedes tú… yo no podré». Su voz se quebró un segundo antes de que mi padre la envolviera en un silencioso abrazo.
   Los tres salimos a varios metros de distancia del séquito que custodiaba a mi abuela hacia el exterior del camposanto. Aquel lugar era verdaderamente siniestro, más todavía con el eco de nuestros pasos en aquellos infinitos pasillos de lápidas, muertos y soledad. Mi padre se decía: «Ni siquiera tienen un epitafio», Laura cambió el tercio informándonos de que, durante un espacio indeterminado de tiempo, no podría visitarnos los fines de semana alegando que su madre debía estar asistida por ella ahora más que nunca.
   Al final del largo camino se podía avistar la puerta del cementerio, la muchedumbre se dispersaba como ramas de una palmera en dirección a sus vehículos, una mujer enlutada se dio la vuelta y entró de nuevo al recinto, era mi abuela que pa­recía buscarnos «¿Habéis visto a mi Emilio?, ¿ande se habrá metío mi marío?».

No hay comentarios: