martes, 28 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 20




19

   Aquel lunes por la noche volví a quedar con Antonio. Aguardé en casa para que me recogiera una vez hubiera cumplido con sus obligaciones profesionales. Su automóvil franqueó la verja inmediatamente detrás del de Marisa. Ella cenaría con mi padre en casa y yo haría lo propio con Antonio en alguna taberna del pueblo, «Cada oveja con su pareja».
   Vacilé unos instantes en saludar a mi «pretendiente» con un beso en los labios o dos en las mejillas, dudé tanto que, finalmente, arrimé mis posaderas al asiento del copiloto y con un escueto: «Hola» cerré la puerta. Pretendíamos ir de tapas y cervezas de bar en bar, «de cañas» —como solían decir en la peña—. Antonio conducía ensimismado, ese estado de ausencia era muy raro en él, pues no solía conceder ni un segundo al silencio durante los primeros minutos de cada uno de nuestros encuentros. Creí que su comportamiento obedecía a lo que nos ocurrió la noche anterior en ese mismo vehículo, pero su preocupación era otra. Una vez realizadas las maniobras de aparcamiento, cerca de la Óptica Zapata, rompió su mutismo.
   —Violeta, ¿quién era esa gente?, ¿qué te dijo el Chapicas con tanto secretismo?
   —Es una historia sórdida. No te la puedo contar porque pondría en peligro a mi padre.
   —¿No confías en mí? —me preguntó con cierta incredulidad.
   —No es eso, tengo mucha confianza contigo, eres mi mejor amigo, incluso yo diría que eres algo más —lamenté de inmediato aquellas palabras que pronuncié, no era mi propósito aparentar desesperación en aclarar lo del beso y, por tanto, el estado de nuestra relación.
   —Bueno, si no quieres…
   —Antonio, ni siquiera a mi tía le contaría lo sucedido.
   Nos centramos en el tapeo, apenas teníamos hambre, lo cual podía ser normal en mí, pero sospechosamente extraño en él cuyo apetito era famoso en su entorno. Contaban de él que era capaz de engullir una pizza familiar para cuatro personas y un litro de cerveza como entrante. Nos acercamos a la terraza de la heladería La Jijonenca en la plaza del Ayuntamiento a tomar un par de granizados. Antonio arrimó su silla a la mía y me miró a los ojos con fijeza, y una sonrisa picarona que me derretía tanto como el hielo de mi vaso. Expectante y sin saber muy bien qué hacer lo contemplé con la misma persistencia en una improvisada y silenciosa batalla para comprobar quién conseguía mantener la mirada en el otro sin sucumbir al retraimiento. Me rendí prontamente dirigiendo mi vista hacia la pajilla que se obstinaba en remover la mezcla de horchata y limón del interior del vaso.
   —Yo pensaba que era alguien importante para ti y ya veo que no —dijo Antonio mientras exhibía el lado interno de su labio inferior procurando causar lástima.
   —No seas chantajista, no puedo contarte lo que ocurrió.
   Mi amigo, aquella noche, denotó atesorar de una inconmensurable aptitud para la persuasión, abordando el asunto a la mínima oportunidad. Cada intento suyo su­ponía una negativa por mi parte. Nunca sabré si decidió tirar la toalla o tal vez intentó probar con otro método que Antonio volvió a aproximar su silla a la mía hasta que llegaron a tocarse y, de nuevo, me acarició el mentón para acercárselo sutilmente a sus labios y abocarnos en otro ardiente beso.
   Sentí con la misma pasión que el primero aquel segundo contacto con su boca, tanto, que parecía una quinceañera encelada. Advertí sin demasiada preocupación la mirada intransigente de la clientela de la terraza y prolongamos nuestro besuqueo durante minutos. La mayoría de aquellas personas boquiabiertas reconocerían a Antonio y puede que a mí. No en vano, yo era conocida de oídas, aunque mi peculiar rostro facilitaba mi identificación, yo no sería más que una actriz de reparto en las muchas historias que tenían a mi padre como protagonista. Rumores que corrían en el pueblo, algunos inocuos, como el de su afición exacerbada a escuchar ópera; y otros, inicuos, como el de usar el hacha para atacar a sus congéneres, estos últimos extendidos recientemente, ya sabía yo ahora quiénes los estaban divulgando.
   Nos levantamos para dar un paseo hacia al otro lado de la plaza, buscábamos un lugar apartado donde seguir charlando, en ese instante decidí que Antonio era una persona a la que podía conferirle un secreto, encontramos un banco libre junto a un quiosco, le dije que comprase semillas de girasol —a él le encantaban—, y me propuse contarle parte de la historia.
   Antonio vació en su mano la mitad del contenido de una bolsa de pipas gigantes mientras yo me dispuse a relatarle un pedazo de la conversación que mantuve con Juan la noche anterior. Omití, no obstante, el fragmento en el que éste insinuaba estar al tanto de un asesinato perpetrado por mi progenitor décadas antes.
   —¡Qué fuerte! Fue tu padre quién le dio el hachazo al Negro —exclamó escupiendo una cáscara.
   —Sí, pero ni se te ocurra contarlo ni a tu madre.
   —Tranquila, si se lo digo a mi madre no querrá que me junte contigo.
   —Creerás ahora que todo lo que se comenta acerca de mi padre es cierto, que se toma la justicia por su mano, y de que está como una cabra… Y no pasa nada porque yo, a veces, también lo pienso.
   —No. Hizo bien en defender con uñas y dientes lo que le parecía importante.
   Contemplé con cierta fascinación a mi amigo, me había parecido un comentario tan diplomático que me resultaba extraño que hubiera salido de su cabeza.
   —Aunque, sabiendo cómo se las gasta —añadió recuperando su escaso filtro al hablar—, cualquiera le dice na. Tu padre da miedo y entiendo por qué se le conoce como el Loco.

   Las agujas del reloj del ayuntamiento marcaban exactamente la medianoche. Ambos estábamos rendidos por los acontecimientos de los últimos días. Decidimos dirigirnos hacia el coche. De camino hasta el aparcamiento caí en la cuenta de que Antonio apenas había intercambiado algunas palabras con su «futuro suegro» (en su tienda, cuando mi padre iba a comprar o cuando me acompañó a casa a presenciar una ópera donde reinó el silencio). Supuse que sería buena idea que conociera a mi único familiar cercano ahora que, entre el tendero y yo, había aflorado algo distinto a la amistad.
   —¿Quieres venir a casa?
   —¿Ahora? —preguntó confuso.
   —Ahora no, tonto. Algún día que puedas venir a comer con nosotros. Mi padre de cerca es muy diferente a ese maniático de la música que tanto le gusta jactarse. Él es una persona muy tranquila que, entre otras cosas, poda con mimo los árboles de nuestro jardín y recolecta diariamente flores que deposita en distintos rincones de la casa, también se va a caminar a la montaña cuando amanece para contemplar, desde la altitud, el río Segura y los arrozales en una especie de ejercicio espiritual —vendí una imagen de mi antecesor que parecía una experta en marketing.
   —Creía que era para estar a solas tú y yo —dijo Antonio que, en sus trece, llevaba tiempo sin escucharme interesado únicamente en el factor de acudir a casa sin otra compañía que la mía.
   —Déjate de estar a solas golfo, que eres un golfo —dije.
   El móvil de Antonio sonó justo en el instante en que estaba abriendo las puertas de su vehículo con el mando a distancia. Su madre le llamaba, al parecer, con desespe­rada urgencia porque había estallado una tubería que inundaba con celeridad el local y el género de las estanterías, Angustiada porque no lograba encontrar la llave de paso.
   —Hostias, Violeta, tengo que irme pa la tienda, es muy, muy, urgente, ¿puede venir alguien a recogerte? —preguntó mientras accedía al interior, arrancaba el vehículo y cerraba la puerta.
   —Sí, ahora llamo a mi padre y acude a por mí sin problemas —afirmé contrariada a la vez que elevaba el volumen de mi voz, convencida de que, con la puerta cerrada y el derrape de los neumáticos, no me escucharía.
   Busqué el teléfono en el interior de mi bolso, comprobé al desplegar el dispositivo que la pantalla estaba apagada. Se había agotado la batería. «Puta mierda de móvil» me dije en voz alta. Era la madrugada de un martes de agosto, sólo unos cuantos jóvenes permanecían en la calle, sopesé la idea de buscar una cabina pero debía transitar junto a un grupo de chavales que vociferaban con la misma frecuencia y vehemencia que destrozaban botellas de cristal. Tenía tantas ganas de irme a casa que, bloqueada, decidí emprender la marcha caminando hasta allí. La temperatura era placentera y me asaltó la intuición de que me encontraría pronto a Marisa de vuelta a su domicilio en su coche y le pediría el favor de que me acercase a mi hogar.

   Una hora de trayecto me esperaba en el peor de los casos, y a pesar de la temeridad que suponía andar por el camino que une Calasparra con mi casa, creí que me vendría bien para cavilar. En muy poco tiempo había sucedido de todo. Estuve pensando en Antonio y en la relación que estaba fraguándose lentamente, ¿sería capaz de practicar sexo con él? Era una idea que iba madurando con los últimos acontecimientos y, la verdad, la imagen de tenerlo encima de mí copulando no me agradaba en absoluto, más bien me parecía repugnante. Comprendí enseguida que lo que yo buscaba en aquella relación era disponer de compañía, complicidad, protección, todo lo que me había ofrecido en las últimas horas, como cuando me amparó de Juan y sus peligrosas compañías. Reflexioné a partir de ese instante en el riesgo que estaba asumiendo y la amenaza que corría si el Chapicas y sus amistades me encontrasen a solas por aquella carretera que a buen seguro la recorrerían de ida y vuelta en algún momento de la noche. Conforme iba ascendiendo, más caía en la cuenta de que estaba cometiendo una tremenda locura, sin apenas coches con los cuales cruzarme, ahora me ocultaba entre los árboles y la maleza del margen de la calzada cada vez que divisaba unas luces a lo lejos, incluso a sabiendas de que, con aquello, desperdiciaba la oportunidad de encontrarme con Marisa y de exigirle (ya no sería un favor, sino un auxilio) que me trasladase a mi apacible morada, pero no quería asumir más riesgos y quería evitar a toda costa tropezarme con aquella panda de energúmenos después de una juerga de drogas y alcohol, sumado a la ojeriza que les suscitaba ser la hija de alguien a quien aborrecían. Aligeré el paso desbordada por el manto de pánico que iba apresándome a cada curva. Justo en la mitad del camino me encontré con una vieja nave abandonada, que si ya con la luz del sol estremecía con su fachada, de noche se convertía en una fábrica fantasmagórica, con dos gigantescos ventanales en la pared frontal (a sendos lado del tejado) desfragmentados por el paso del tiempo, que le atribuían a la construcción una especie de mirada grotesca, con una puerta de metal destruida que se parecía a una boca emitiendo un chillido. De repente me acordé de una historia que decía que la habían incendiado para eliminar a los toxicómanos que en ella habitaban, nunca supe si fue cierto que murieron algunos de ellos entre colchones, basura, jeringuillas y excrementos, pero el temor de que algún alma que no hubiera encontrado el descanso eterno estuviese errando por aquel lugar me incitó a que emprendiese una rauda espantada.
   Mantuve la velocidad unas pocas decenas de metros, lo cual es mucho si se tiene en cuenta de que, a pesar de mi delgadez, nunca he sido atlética, y a aquella circunstancia se le debería de añadir que todo el camino era un kilométrico ascenso. Opté por mantener un ritmo rápido de todos modos y a mi memoria me llegó un relato que mi padre me contó de pequeña, hablaba de una tía suya llamada Caridad que murió atropellada de noche el mismo día de su cumpleaños, decía que siempre iba de luto y que aquél fue el motivo por el que el conductor del vehículo no la distinguió, arrollándola y desmembrando sus vísceras por dentro. Caprichos del destino, aquella madrugada vestía con pantalones negros y camisa azul marino que en la oscuridad es como el azabache. Empapada en sudor y con una brisa que comenzaba a molestar divisé, todavía a lo lejos, las cálidas luces de mi anhelada residencia.
   Alcancé por fin el camino de piedrecillas blancas que conducía hasta mi casa, en aquella senda comencé a sentirme a salvo porque era imposible cruzarse con un vehículo que no fuera propio o de algún conocido que soliese frecuentarnos, o en todo caso, de algo tan improbable como que nuestros vecinos hubiesen recibido visita. Las luces de un automóvil se encendieron desde el interior de nuestra parcela, debía de ser Marisa, que se marchaba más tarde de lo habitual, no quise que me viera a esas horas andando a solas. El sendero apenas poseía árboles o arbustos de consideración donde poder esconderme, tan sólo la tapia del terreno de mis vecinos, en sus lados perpendiculares al camino podían ofrecerme cierta invisibilidad a los ojos de la pareja de mi padre. Corrí hacia aquella pared antes de que los haces lumínicos que proyectaban los faros alcanzasen mi contorno, el muro era de cemento hasta la mitad, a partir de esa altura sobresalían unos barrotes de acero que acababan en forma puntiaguda. El vehículo de Marisa pasó sin que ella advirtiese mi presencia. De pronto me alumbró el resplandor de un farolillo que provenía de la misma parcela en cuyo muro me ocultaba.
   —Nene, ¿dónde estás, nene?
   Era la inconfundible voz de doña Josefa. Parecía que andaba en búsqueda de su hijo, aquel solitario joven de aspecto monstruoso y corazón infantil. Volví a dar la espalda al enrejado y permanecí inmóvil creyendo que en la oscuridad pasaría inadvertida. Mi respiración continuaba agitada por la caminata y por el último sobresalto con el turismo de Marisa. Notaba el frío roce de los barrotes detrás del omóplato en cada inspiración hasta que aprecié sobre mi hombro el suave tacto de una caricia que, por inesperada, me agitó apartándome del muro de sopetón. Creyendo que podía tratarse de un enorme insecto miré hacia el enrejado para descubrir que entre los hierros se encontraba, observándome curioso, el inefable rostro de mi vecino que había posado sus dedos sobre mí. Grité corriendo en dirección a casa y él extendió el eco de mi alarido con un aullido de inimaginable tono agudo.
   Me pareció escuchar a doña Josefa amonestando a su hijo por haber huido del interior de su vivienda, poco me importó los lamentos de aquel joven cuando la reprimenda se convirtió en un castigo físico. Yo sólo quería recorrer cuanto antes las pocas decenas de metros que me separaban hasta nuestro jardín y cerrar la verja.
   Mi padre, atemorizado por el griterío, salió de casa para recibirme afuera.
   —¿Qué ha pasado, hija?
   —No sé, creo que me he cruzado con un saltamontes y me ha entrado el pánico.
   —¿Y el otro grito?, porque habíais dos personas gritando.
   —Sería el hijo de la vecina que al oírme se habrá asustado.
   —Violeta, te conozco, sé que mientes.
   Agaché la vista para que no siguiera apreciando el vestigio del pavor reflejado en mi rostro.
   —Por cierto, ¿con quién has venido que no hay ningún coche en el carril?
   —Le he pedido a Antonio que me dejara en la carretera, quería caminar un rato en soledad —refiriéndome al escaso par de hectómetros que dista nuestra casa respecto al cruce.
   —Pues no hagas eso más, que nunca se sabe lo que puede pasar.
   Me abracé con mi padre como en los viejos tiempos, recordando las noches de tormenta cuando me acostaba en la misma cama que él, incluso siendo púber. De inmediato sentí mis palpitaciones y me aparté súbitamente con el deseo de que no se percatara del acelerado pulso de los latidos de mi corazón. El sonido de una música discotequera indicaba la presencia de un vehículo que descendía, vertiginoso, la carretera del santuario. Se escuchaban gritos, eran las voces eufóricas de Juan el Chapicas, Manuel el Nazi y el Negro entre otros, en búsqueda de diversión, jaleo y bronca. Estoy convencida de que se trataba de ellos.

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