miércoles, 28 de diciembre de 2016

Capítulo 26, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 26, Acto II, de Mi hija y la ópera:


«Ella volvió a acariciarme de nuevo con su mano derecha y sujetando mi espalda con la izquierda, estremecida por el roce de sus dedos en la zona más sensible de mi piel, comencé a desinhibirme sintiendo entonces un incontenible placer. Me agarré al hierro anclado a sendas paredes del cuarto de baño donde pendía la cortina. El agua continuaba precipitándose, bajo la lluvia de la ducha repitió ese baile diestro con sus dedos hasta que nuestros cuerpos quedaron liberados de cualquier resto jabonoso. Ella me cogió de una mano invitándome sin palabras que abandonase la tina. Desnudas y mojadas nos dirigimos hacia la cama donde yo había dormido las noches anteriores.
   Un hilo de luz de los rascacielos de Nueva York salvaba las cortinas de la habitación, la puerta entornada del baño también permitía que se colase una vaga luminosidad. Isabel me empujó con suavidad y me tumbé dócil sobre la colcha, comenzó a acariciarme la cara con sus dedos y me besó en los labios. Debió notar mis agitadas pulsaciones cuando fue descendiendo con besuqueos por toda mi erizada piel. Se detuvo cuando su nariz se introdujo involuntariamente en mi ombligo y su boca rondaba la zona baja de mi vientre, casi en el pubis. Fueron unos segundos mágicos de inusitada pasión. Después noté el roce de su lengua en el mismo punto donde antes, en la ducha, había situado su dedo corazón.
   Su movimiento circular y de cadencia sincronizada me hizo cabalgar sobre la humedecida cama, mis brazos se agarraron a sendas partes del cabecero, cerré los ojos y me centré en las sensaciones que me producía aquella desorbitada manifestación de concupiscencia. Al poco, un terremoto de escalofríos precedieron a unos incontenibles gemidos que me introdujeron hacia una descomunal ola de placer en la que durante un instante, el tiempo y el espacio se desligaron de mi universo interior.»

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lunes, 26 de diciembre de 2016

Capítulo 25, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 25, Acto II, de Mi hija y la ópera.


«Nunca he conocido el verdadero amor, Antonio ha sido mi única pareja hasta el momento, un chico con el que tenía más apego por conveniencia que por haber estado enamorada de él, todo acabó cuando una lamentable noche me desvirgó, forzándome, con un encuentro sexual tan escueto como patético. Daniel, mi profesor de piano, había sido un amor platónico que se inició en mi infancia y que se mantuvo hasta bien entrada la adolescencia, él me miraba, con ojos de orgullo, como una talentosa alumna a la que instruyó para que tocase con sensibilidad y destreza. En cualquier caso, una niña fea a la que jamás vio como una hembra. Había una tercera persona en mi vida, un alma que me producía unas emociones confusas que habían evolucionado de la simple admiración por una belleza extraordinaria a un sentimiento que se acercaba a lo pasional, aquel ser que me embelesaba sobremanera era la mujer que tenía a mi lado, en la butaca de la izquierda.
   Cuando terminó la función, Isabel y yo quedamos prendadas por la sublime obra de Verdi. Posiblemente, aquella noche ella cambió para siempre su concepto sobre la música. En mi caso, por muchas óperas que yo hubiera visto en vídeo, una representación en directo era algo sin parangón.
   —Ya había oído algunas partes de esta ópera —me dijo al final de los aplausos.
   —Te di los compactos para que los escucharas en tu coche antes de hacer el viaje, ¿es que no llegaste a oírlos?
   Mi acompañante se encogió de hombros añadiendo al gesto una sonrisa con la cual conseguía sin mayor esfuerzo mi indulgencia. Seguramente, ni se molestó en abrir la carátula.
   —¿Cuál es la parte que más te ha gustado? —pregunté sobre Aida, intuyendo la respuesta.
   —La de las trompetas, ésa que hace: "pam, pam; papapapam…".
   Intentó realizar la melodía con más o menos acierto, la interrumpí antes de que su euforia la ridiculizara ante aquel público que se abrigaba entretanto abandonaba el teatro.
   —Ese fragmento, Isabel, es conocido como la Marcha Triunfal


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domingo, 25 de diciembre de 2016

Eres un estornino aunque todavía no lo sabes.

   Una nota para el lector antes de que se haga una idea preconcebida de mí, tengo una hija, una madre, una hermana y muchas mujeres maravillosas a las que adoro. Si alguna «mente simple» piensa que tengo trazas de misoginia que me lo diga abiertamente para que lo declare públicamente como un borrego al cubo.

   Por alguna razón se ha declarado una guerra de sexos que le interesa a algunos movimientos y que claramente perjudica a la igualdad por la que tanta gente seguimos luchando. Esos movimientos, desde los medios de comunicación, dirigen la bandada de estorninos en los que se ha convertido "la masa".

   Pero ¿qué es "la masa"? Pues se trata de la mayoría de personas aborregadas por los, cada vez más extorsionados y manipulados, medios de comunicación. Estos medios de comunicación condicionan a los políticos, comenzando por el más bobalicón de todos: Zapatero (aunque ninguno otro político posterior se ha atrevido a hacerles frente), y estos terminan por establecer unas leyes que aunque los jueces las consideren injustas no están capacitados para doblegar. Y de ahí tanta sentencia injusta a muchos hombres por el mero hecho de ser hombres, bien podríamos hablar de la incapacidad para conseguir la custodia compartida en el caso de separación (algo que denota cierto machismo porque da a entender que la mujer está para cuidar a los hijos y el hombre para trabajar y perder la posibilidad de participar en la educación de su prole), así como en la más que mejorable Ley de Violencia de Género que da por sentado la culpabilidad de un hombre por el simple testimonio de una mujer, sin mayores pruebas que ésas.

   Yo estoy en contra de toda violencia, sea de donde sea, pero a todos los que lleváis la cuenta de las mujeres muertas este año a manos de sus parejas, algo execrable, por supuesto, ¿lleváis la cuenta de los niños que han muerto por sus progenitores?, ¿sabéis los hombres que han sido asesinados por mujeres? ¿A qué no?  No te sientas mal, simplemente eres masa a la que han manipulado con unos datos y omitido otros, que por no estar en la línea del movimiento que, de alguna manera, lleva los hilos de la bandada de estorninos.

   Un último dato, del que la mayoría de estorninos desconoce y me parece que da para reflexionar un poco, ¿sabéis cuántas personas se suicidaron en 2010? 12.765, unas 68 veces más que por las de violencia de género. Aunque por estos casos no hubo lemas como "ni uno más", porque al movimiento no le interesa, máxime, cuando se trata sobre todo de varones. Añado un párrafo de www.alertadigital.com del 07/07/2011 donde se hablaba de esta verdad incómoda.

   «Los suicidios de varones en España siguen aumentando año tras año. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, un total de 12.765 personas, varones en su mayoría, murieron por suicidio. Aunque no se menciona en las estadísticas ni el Estado mencionará la razón de estos casos, se trata de víctimas de la violencia feminista radical instituida en España; hombres que decidieron decir basta tras ser denunciados falsamente por sus mujeres o tener que aceptar sentencias injustas sobre la custodia de los hijos, en la mayoría de casos.»


   En fin, que detrás de una muerte siempre hay una persona que ha sufrido. Da igual su sexo y su edad. Dejémonos de manipular de una puñetera vez y tengamos un pensamiento más libre.

   Ah, y ¡Feliz Navidad!


sábado, 24 de diciembre de 2016

Capítulo 24, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 24, Acto II de Mi hija y la ópera:


«Cuando quedaba una semana para partir hacia Estados Unidos ya dábamos por sentado de que iría con Pedro que ya había aceptado la invitación. Mejor que viajar sola —pensaba—, en definitiva, el amigo de mi padre era un hombre de mundo que sabría desenvolverse con el inglés, con los protocolos de las terminales de los aero­puertos y con las costumbres urbanitas de los neoyorquinos. Lo de compartir la habitación lo sobrellevaba con pasmosa indiferencia, pero mentiría si no evoqué en aquellos días el recuerdo de aquel maduro intelectual metiéndose en mi cama con la evasiva de abrigarse junto a mí como en las libidinosas ensoñaciones de mi adolescencia.
   No obstante, Marisa desde casa y con la única herramienta que la del teléfono orquestó una solución que satisfaría el mayor de mis anhelos. Sin ella proponérselo, aquellas llamadas que realizó durante aquella mañana cambiarían el curso de mi vida, y puede que de la suya.»


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miércoles, 21 de diciembre de 2016

Capítulo 23, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 23, Acto II, de Mi hija y la ópera:



«Todos dábamos por ganador al versado concursante austriaco cuando en la tercera pieza tuve suerte en reconocer, antes que nadie, que oíamos un fragmento perteneciente a L’Orfeo de Monteverdi.
   El siguiente retazo musical correspondía a Mahler, el vienés apretó al pulsador de su atril una centésima después que un compañero alemán de bigote y bastón que afortunadamente para mis intereses acertó.
   Detecté que la estrategia del participante austriaco consistía en pulsar el botón justo al cesar la música, para él y para mí, con aquellos cinco segundos que concedían para contestar nos bastaba para encontrar la respuesta en nuestro archivo neuronal. Apliqué este método con el fragmento que le sucedía y… et voilà!, a los tres o cuatro segundos de haber pulsado contesté: «Esto es de Carmen, de Bizet, unas notas que conciernen al tercer acto».
   Estaba empatada con aquel conocido crítico que contaba con el aplauso de un público cada vez más contrariado. Para la reputación del concurso el ganador debía de ser él, un hombre que por su trabajo y estilo de vida habría visitado numerosas veces la ciudad de Nueva York y otras grandes urbes del planeta. Yo, sin embargo, jamás había traspasado la frontera de España. Con aquel pensamiento atraje a la suerte que, por primera vez en mi vida, estuvo de mi parte.»


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lunes, 19 de diciembre de 2016

Capítulo 22, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 22, Acto II, de Mi hija y la ópera:


«El aire húmedo de la ciudad de Cartagena nos hostigó de camino al Ford, mi padre, como siempre, caminaba deprisa y un par de pasos por delante nuestra. Marisa y yo nos resguardábamos de las frías ráfagas de viento asidas la una de la otra. Me pidió que me sentara en el asiento del copiloto, ella prefería estar detrás: «Al fin y al cabo tú eres la que usas habitualmente el coche». Percibí aquella frase en un tono que transmitía puro resentimiento. De camino a casa de mi tía, oí a Marisa sonarse la mucosidad con un pañuelo, bien podría ser de un estado transitorio por la humedad de aquella desapacible noche, o por la temporada de resfriados que todas las personas que fumamos solemos iniciar con el otoño. No osé a echar la vista atrás y averiguar cuál podría ser la causa de aquellos sorbidos nasales por miedo a encontrármela entre lágrimas y no saber cómo consolarla, máxime, cuando el principal candidato de haber inducido aquel llanto era el que conducía el automóvil y que a veces se comportaba como un cretino.»


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sábado, 17 de diciembre de 2016

Capítulo 21, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 21, Acto II de Mi hija y la ópera:


«Echó su asiento para atrás para dejar espacio entre sus articulaciones y el salpicadero, pasó su mano por encima de mis desarropadas rodillas, las aparté en un acto reflejo, no buscaba mis piernas sino la guantera, sacó la carpeta donde debían de custodiarse los documentos del vehículo y la situó sobre sus muslos, escogió una de las tarjetas de crédito de su portamonedas donde también extrajo una pequeña bolsa con un contenido blanco, deslió el diminuto alambre verde que la mantenía cerrada e introdujo la esquina de la tarjeta para volcar una exigua parte de aquella sustancia en la carpeta de Seguros Zurich que se hallaba con restregones blanquecinos sobre el oscuro plastificado que evidenciaba que había sido utilizada recientemente.
   —¿Quieres una raya? —me preguntó sin levantar la vista de la carpeta, ignorando mi estupefacta expresión.
   Abandoné el coche sin responderle, no quería presenciar cómo esnifaba coca. Aguardé fuera unos instantes, no podía marcharme ni molestar a mi padre a las cuatro de la madrugada. Muerta de frío e impaciencia esperé a que terminase, rogando que no apareciera la policía por algunas de las bocacalles adyacentes. A él poco parecía importarle el riesgo en aquel instante, mantenía esa especie de acto ceremonioso en silencio desde el interior de su automóvil. Un primo suyo se acercaba al coche, le di dos golpes en el cristal para advertir a Antonio la cercanía del familiar, a lo que miró hacia el espejo retrovisor y prosiguió con su ritual sin inmutarse. Ingenua de mí, que creía en ese momento que él estaba consumiendo a escondidas de todos, y yo era la única del grupo que no había probado la cocaína. Incluso Reme, con la que había confraternizado en las últimas horas, iba drogada.

   —Hazme una, primo —fue lo único que pronunció aquel tipo que se sentaba en el asiento que yo había desocupado por vergüenza.» 


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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Capítulo 20, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 20, Acto II, de Mi hija y la ópera:

«Aquellas palabras me enmudecieron, admiré embobada su sonrisa perfecta y su mirada esplendente de color canela, las cortinas serpenteaban acariciándole la espalda y su cabello moreno ondulaba con la gracia de un televisivo anuncio de champú, dándome la impresión de estar ante la representación más sublime del universo. Aquella mujer de rostro angelical y silueta de revista ostentaba de una elegante manera de declamar las palabras que lo raro era que no trabajase como presentadora de televisión o algo similar. Estuvimos apenas un instante en que nos hallamos la una frente a la otra, en silencio. Permanecí inmóvil, sumisa ante cualquier gesto que ella hubiera realizado. Un raro sentimiento me acaeció de improviso: deseé besarla.»



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domingo, 11 de diciembre de 2016

Capítulo 19, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 19, Acto II de Mi hija y la ópera:


«Una hora de trayecto me esperaba en el peor de los casos, y a pesar de la temeridad que suponía andar por el camino que une Calasparra con mi casa, creí que me vendría bien para cavilar. En muy poco tiempo había sucedido de todo. Estuve pensando en Antonio y en la relación que estaba fraguándose lentamente, ¿sería capaz de practicar sexo con él? Era una idea que iba madurando con los últimos acontecimientos y, la verdad, la imagen de tenerlo encima de mí copulando no me agradaba en absoluto, más bien me parecía repugnante. Comprendí enseguida que lo que yo buscaba en aquella relación era disponer de compañía, complicidad, protección, todo lo que me había ofrecido en las últimas horas, como cuando me amparó de Juan y sus peligrosas compañías. Reflexioné a partir de ese instante en el riesgo que estaba asumiendo y la amenaza que corría si el Chapicas y sus amistades me encontrasen a solas por aquella carretera que a buen seguro la recorrerían de ida y vuelta en algún momento de la noche. Conforme iba ascendiendo, más caía en la cuenta de que estaba cometiendo una tremenda locura, sin apenas coches con los cuales cruzarme, ahora me ocultaba entre los árboles y la maleza del margen de la calzada cada vez que divisaba unas luces a lo lejos, incluso a sabiendas de que, con aquello, desperdiciaba la oportunidad de encontrarme con Marisa y de exigirle (ya no sería un favor, sino un auxilio) que me trasladase a mi apacible morada, pero no quería asumir más riesgos y quería evitar a toda costa tropezarme con aquella panda de energúmenos después de una juerga de drogas y alcohol, sumado a la ojeriza que les suscitaba ser la hija de alguien a quien aborrecían. Aligeré el paso desbordada por el manto de pánico que iba apresándome a cada curva. Justo en la mitad del camino me encontré con una vieja nave abandonada, que si ya con la luz del sol estremecía con su fachada, de noche se convertía en una fábrica fantasmagórica, con dos gigantescos ventanales en la pared frontal (a sendos lado del tejado) desfragmentados por el paso del tiempo, que le atribuían a la construcción una especie de mirada grotesca, con una puerta de metal destruida que se parecía a una boca emitiendo un chillido. De repente me acordé de una historia que decía que la habían incendiado para eliminar a los toxicómanos que en ella habitaban, nunca supe si fue cierto que murieron algunos de ellos entre colchones, basura, jeringuillas y excrementos, pero el temor de que algún alma que no hubiera encontrado el descanso eterno estuviese errando por aquel lugar me incitó a que emprendiese una rauda espantada.»

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viernes, 9 de diciembre de 2016

Capítulo 18, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 18, Acto II, de Mi hija y la ópera:


«Advertí que el Renault Megane de Marisa no estaba aparcado en el jardín, habría preferido pasar la noche en su domicilio. Mi padre estaría solo, leyendo y escuchando la ópera Don Pasquale de Donizetti que podía percibirse desde nuestra distancia. Por el reflejo de árboles, sabía que tenía la luz de su dormitorio encendida (la ventana de su habitación miraba hacia el pueblo y no hacia la verja). Dirigí la vista hacia la casa de mis vecinos cuyas desiguales siluetas detrás de la cortina conseguía vislumbrar, sé que verían el automóvil, pero no les saludé dudando que pudieran detectar nuestra presencia en el interior oscuro del vehículo. De­sa­broché el cinturón de seguridad para abandonar el coche, después besé en la mejilla a Antonio, y lo prolongué durante unos segundos como un gesto fraternal, cargado de cariño, que pretendía mostrar mi agradecimiento hacia su actitud en las últimas horas, y sobre todo, por la unión cómplice que, sin haberlo deseado, nos había originado el suceso en los aledaños del santuario. Antonio me sujetó de la barbilla, y fue acercándose poco a poco hasta que sus labios se encontraron con los míos, no supe qué hacer, así que cerré los ojos. Duró unos instantes, un segundo tal vez, pero el mundo se paralizó en aquel momento. Nunca me habían besado en la boca.
   Salí del coche en silencio y me despedí de aquel hombre con sonrisa pueril y pensamiento indeciso, desconocía si lo que acababa de ocurrir se debía a una cosa puntual fomentada por los últimos acontecimientos o al preludio de algo verdaderamente hermoso.

   Entré en casa y me dirigí hacia los dormitorios, contemplé durante unos segundos a mi padre que dormía en la mecedora, bajé el volumen de la música hasta equipararla al sonido de sus ronquidos. Dolida por su exceso de ingenuidad, y de lo que él ignoraba por no desconfiar de quienes llevan en la cara el cartel de la sospecha, le besé en la frente, acostándome con la pena de que uno de sus amigos, cuyo nombre nunca debería revelar, le había traicionado con inimaginable vileza.»


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lunes, 5 de diciembre de 2016

Capítulo 17, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 17, Acto II, de Mi hija y la ópera.


«Escuchaba a mi padre cómo le relataba a Marisa el desarrollo del cuarto acto de Las Bodas de Fígaro con un entusiasmo que me rememoró a mi niñez, cuando él me narraba las escenas que podían escaparse a mi comprensión. Ella sostenía una copa de vino y exhalaba suavemente el humo de un cigarrillo. No fumaba ni bebía en abundancia, pero contemplar toda una ópera un viernes por la noche justificaban dichas licencias. Llegué a la cocina atravesando el salón sin que reparasen en mi aparición. El sonido de las cucharadas de cacao tocándose con el cristal del vaso y los treinta segundos del microondas me delatarían con toda seguridad. Pero no hicieron ningún comentario hacia mí, permanecían embelesados contemplando la representación: «…Ahora es cuando Susana se disfraza de la condesa de Almaviva…», «…Aquí, Fígaro se da cuenta del engaño…», «…Esta escena me encanta porque es cuando el conde suplica perdón a la condesa, y bueno, mejor me callo para que la escuches…».

   Es inenarrable la manera con la que mi padre sentía la música, se dejaba envolver por ella, cerrando los ojos y amoldando su respiración a los compases para que sus cinco sentidos entraran en contacto con un estado que podría considerarse como de experiencia mística. Yo creo que su pasión por la ópera obedece a un tributo hacia mi difunta madre que, por lo que me ha contado, le proporcionó los datos de la obra Turandot con un simple canturreo que él hizo cuando éstos apenas se conocían. Así fue cómo «mi protagonista» se aficionó a este género musical.»

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sábado, 3 de diciembre de 2016

Capítulo 16, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 16, Acto II, de Mi hija y la ópera:



«En la semana y pocos días que se extendió mi estancia en el hogar de mi tía me propuse devolver parte de la ayuda que ella me había proporcionado durante lustros desinteresadamente. Constaté el cariño que exhibía Alberto hacia su mujer en las dos mañanas que coincidí con él (la de su marcha a Holanda y la de regreso del viaje), amén de su actitud siempre servicial conmigo. Con Laura hablé de los viejos tiempos, le puse al día sobre cómo marchaban las cosas por Calasparra, lugar al que ella todavía consideraba como su segunda casa. Le conté que Dani se había casado, que yo tenía un amigo con el que tonteaba —exagerando como siempre en mis relaciones personales—, que nos habían intentado robar, la salvajada que cometieron con Yako y la contundente respuesta de mi padre ante los malhechores que habían rajado el lienzo con la imagen de mi hermana y que éste interpretaba como una provocación que impedía descansar a los muertos. También le dije, tanteando su reacción, que el cuadro estaba siendo restaurado por una atractiva mujer de la localidad, y que yo intuía que tal circunstancia había unido a mi padre con aquella dama en algo más que amistad. Percibí cierta incredulidad en los ojos de Laura.»


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martes, 29 de noviembre de 2016

Capítulo 15, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Final del Capítulo 15, Acto II, de Mi hija y la ópera:


«Días antes enterramos el cuerpo de Yako, unas pocas horas después de que lo mataran. Mi padre cavó una pequeña fosa junto a la higuera, era su árbol preferido para cobijarse del sol cuando buscaba descanso en las interminables tardes de verano.
   —Papá, ¿crees que vendrán? —pregunté sin haberme recuperado todavía de las pesadillas que padecí aquella mañana.
   —No, no creo hija, no te preocupes.
   —¿Por qué crees que hay gente que roba y se dedica a hacer el mal?
   —Algunos, Violeta, no viven en paz. Así como en las guerras no hay buenos ni malos, a ese tipo lo han educado codiciando lo ajeno porque, de algún modo, piensa que nosotros, somos los malos de su película. Que voluntariamente los hemos dejado apartados de la sociedad, marginados, etcétera. En su ignorancia, creen que somos el enemigo y que ellos se creen con el derecho de buscar la compensación de lo que a cada uno le pertenece; infringiendo unas reglas sociales que, en verdad, son injustas.
   —Justificas lo injustificable: mataron a Yako.

   Mi padre seguía echándole tierra en la cavidad donde yacía nuestro perro. Me contempló asintiendo y sé que comprendió perfectamente mi irritación. Su filosofía donde todo el mundo nace bueno y que las circunstancias de la vida son las que acaban convirtiendo a que alguien delinca no se podía sostener. Menos aún aquel día.»

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domingo, 27 de noviembre de 2016

Capitulo 14, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 14, Acto II de Mi hija y la ópera:

«Me apeé del viejo coche que conducía mi padre junto, a la Iglesia de la Merced, frente al bar, era las nueve y cinco de la noche. Se despidió sin siquiera echar un vistazo al entorno para indagar quiénes serían los chicos que deberían estar esperándome, se marchó en dirección opuesta a nuestro domicilio, especulé que tal vez no le apetecería maniobrar debido al gentío que recorría la calle. Total, nadie le esperaba en nuestro hogar. Yo agradecí el gesto, no quería que me soltase dos besos o cualquiera de sus frases sentenciosas que no dejan en buen lugar mi madurez. Yo me apoderé del teléfono móvil, con la advertencia de que, a la mínima incidencia, llamase a casa. Me acerqué hacia el Crillas que estaba a unos pocos metros. El lugar estaba atestado de peatones que se dirigían en todas direcciones, varios carricoches con sus respectivos progenitores se cruzaron frente a mí con sincronía diestra. Sentí el nerviosismo palpitar cuando las miradas de los transeúntes se posaron sobre mí con la indeseable impresión de estar fuera de lugar. Como una advenediza me adentré en el establecimiento y me encontré con un par de jubilados que dialogaban a gritos acodados en la barra; y a Antonio, en el final del bar, sosteniendo una cerveza y contándole batallitas a la camarera. Él no se percató de mi presencia por lo que, en vez de saludar, abandoné el local en búsqueda de mis dos amigos cibernautas. Me topé con una pareja de chicos nada más salir al lado derecho de la puerta. Hablaban amistosamente mientras fumaban. Muy distintos entre ellos, y radicalmente desemejantes respecto a los que deambulaban por la zona. Antes de que yo llegara a presentarme los dos se miraron de soslayo y exclamaron al unísono: "¡Violeta!".»


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viernes, 25 de noviembre de 2016

Capítulo 13, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Final del Capítulo 13, Acto, II de Mi hija y la ópera:

«El sigilo se apoderó de aquel trío. Inquieta por la precisión de la historia y de cómo mi padre pormenorizó los detalles de aquel crimen, subí el único peldaño que había descendido de la escalera y me dirigí cautelosa al dormitorio. Una vez allí, pulsé el interruptor de la luz con fuerza, realicé un sonoro bostezo y acudí al baño a beber agua: pretendía que notaran mi presencia e impedir con ello que intercambiasen juicios de valor al respecto. Me acosté con el estómago anegado de líquido y no conseguí conciliar el sueño, aprecié en los susurros de Juan y Pedro una evidente conmoción, conforme transcurrieron los minutos, el asunto fue reemplazado por temas menos desagradables. Doy fe, apenas pude dormir hasta la alborada.


   En los tres días posteriores mi padre articuló menos palabras que en aquella hora donde relató, con pelos y señales, lo acaecido aquella infausta semana de septiembre. Me sentí dolida por no haberme contado nada al respecto, máxime, habiendo sido testigo de lo fácil que le fue intimar con sus amigotes dichas confidencias. Por suerte, aquella noche acabaría siendo una de las últimas batallas de resistencia al alcohol y a las horas. A mi progenitor no le sentaban nada bien.»


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miércoles, 23 de noviembre de 2016

Capítulo 12, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 12, Acto II de Mi hija y la ópera:


«En una comunidad de internautas aficionados a la ópera conocí a Berta Ferreyra, una argentina de treinta y nueve años, oriunda de su capital. Se identificaba  con el gentilicio de porteña que prefería al de bonaerense. De alto nivel intelectual y económico, aquella mujer recientemente divorciada siempre acababa sus conversaciones conmigo con la promesa de que, pronto, me visitaría en un perentorio viaje a España. En otro foro, donde los que participábamos éramos apasionados del piano, conocí a otra de mis grandes amistades: Águeda Salamó, de veintinueve años y natural de Barcelona, amaba a partes iguales el instrumento que nos vinculaba como todo lo relacionado con Oriente. Acabó convirtiéndose en una virtual hermana mayor a la que yo, en ocasiones, reclamaba consejos. El cariño que experimentaba por ambas fue transformándose a un triángulo fraternal e inquebrantable que posiblemente perdure siempre.»

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lunes, 21 de noviembre de 2016

Capítulo 11, Acto II de «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 11, Acto II de Mi hija y la ópera:


«Viernes, 6 de marzo de 1987
   Mi amor, hoy cumplimos diez años de casados, hace tiempo que empecé a aceptar la idea de que no vas a volver, que tu cuerpo, junto al de Susana, desapareció en aquella columna de humo aquel fatídico día. Ésta es mi sexta carta y no te hablaré de cuánto lamento que te mandara sola con nuestra hija mayor a Cartagena.
   Violeta empezó el colegio, tiene una profesora que le cuida, yo estoy tranquilo, dice que tiene aptitudes para el aprendizaje, y eso que no la ha visto tocar el piano, pero le falta liderazgo, supongo que los compañeros de clase le recordarán su aspecto a cada momento. Este invierno ha estado enferma, ha faltado muchos días a clase, la he cuidado con todo mi cariño, ya es toda una experta en música clásica y en óperas, le gusta La Traviata, que era la que te gustaba a ti, y La Flauta Mágica que es la que más veces escucha.
   Mi padre murió el año pasado, ¿le has visto?, eso espero. Siempre te dije que no creía en la vida después de la muerte, pero ahora no me queda otra si quiero levantarme por la mañana con ganas de sobrevivir.
   La adaptación a este pueblo no me ha costado nada, de hecho, me gusta Calasparra, la única pega es que dirijo la empresa a golpe de teléfono, y cada viernes me reúno con Paco para tomar decisiones y firmar documentos.
   Se me hace difícil la idea de que Violeta haya cumplido seis años y que tenga más edad que su hermana mayor, porque no sé si Susana sigue siendo una niña de dos años y medio, o crece, me desconcierta mucho pensar que mi criatura está creciendo sin que yo pueda verlo.
   No hay noche en la que no sucumba al sueño recordando aquella tarde de verano en la playa de El Portús y en la que nos dimos nuestro primer beso. Patricia, ¡te echo tanto de menos…!, Si pudieras decirme que estás bien… Te juro que dejaría de beber si supiera que la vida tiene un sentido. Si no te manifiestas seguiré bebiendo, tal vez así consiga reunirme contigo un poco antes, allá, dondequiera que estuvieses. Bien sabe Dios que si sigo viviendo es por nuestra pequeña, de la que cada vez estoy más orgulloso.
   Hasta el año que viene, si no antes. Te quiere, tu querido amor y compañero de vida hasta el final de su existencia.

   Tu Andrés.»


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miércoles, 16 de noviembre de 2016

Capítulo 10, Acto II de «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 10, Acto II, de Mi hija y la ópera:

«Mi padre, con parsimonia, cerró la verja para que Yako no pudiera escapar de la finca. Intuyendo lo que debía de estar sucediéndole a Alberto, se dirigió a la cocina para echarse otra copa. La curiosidad y, por qué no, la preocupación por los gritos de mi tía me impulsaron hacia el aseo, craso error, me recibió un repugnante hedor a vómito que impedía que franquease la puerta, la fetidez se combinaba, torturante, con una pestilencia que habría sido excretada con fragor, minutos antes desde otro orificio de la anatomía humana en aquel inodoro salpicado ahora con restos de comida. Ella sostenía a Alberto de las axilas que, pálido y de rodillas, realizaba ímprobos esfuerzos en levantarse, con su dignidad en el mismo suelo del que él quería despegarse. Como si yo hubiera sido la culpable de la borrachera de su pretendiente, mi tía Laura me arrojó una mirada ponzoñosa y empujó la puerta con la suela de su zapato, cerrándola de un portazo.»


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domingo, 13 de noviembre de 2016

Capítulo 9, Acto II «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 9, Acto II, de Mi hija y la ópera:

«Supe con el tiempo que, en el pueblo, a los amigos de mi padre los denominaban como «Pedro el listo», y, a Juan, como «El Chapicas» o «El hijo del Chapas». Pedro formaba parte de una distinguida familia con alto nivel adquisitivo. En la localidad co­rría una leyenda en torno a una tía suya que, por los años cincuenta, en un ataque de locura por celos, seccionó con un cuchillo el cuello de su hijo de menos de un año (que debía de ser primo de Pedro), cuya cabeza decapitada dejó macabramente sobre la cama para que su marido contemplase aquella aterradora imagen. Ella acabó arrojándose a las vías al paso de un tren. Juan, en cambio, pro­venía de un origen humilde, se podría decir que marginal, vivía con sus padres y otros familiares en una cochambrosa vivienda en la periferia del pueblo, en el más absoluto olvido. Por fortuna, una vez finalizado el Mundial, sus escarceos nocturnos fueron descendiendo. Y me alegro ya que, en ocasiones, les escuchaba bromear con acudir a un club de carretera cercano a la Venta del Olivo, algo que a mi corta edad ya me parecía de actitud pecaminosa.»

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viernes, 11 de noviembre de 2016

Capítulo 8, Acto II «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 8, Acto II, de Mi hija y la ópera:

«Me senté sola en la mesa más cercana a la barra, esperando con timidez y palmaria ansiedad a que el camarero me avisase de que nuestro pedido estaba listo. Uno de los chicos que aguardaban al final del local se acercó al mostrador exigiendo otra cerveza al empleado. Examiné con indisimulable pavor su apariencia, repleto de cadenas, una camiseta de tirantes roja con el nombre de Jordan y el número veintitrés, se expresaba con un acento que no acerté a concretar, pero con toda probabilidad no provenía de los oriundos de Madrid, llamó a su amigo que presentaba claros indicios de borrachera.
   —Mira, pana, asómate. Esto sólo se ve una vez en la vida.
   El otro, ataviado de una camiseta amarilla que aludía a los Lakers y bajo una ridícula gorra gigante cuya visera protegía de una hipotética luz solar, se levantó raudo de su mesa acercándose con gesto de asombro y la cabeza oblicua como si padeciera tortícolis. Su sonrisa no podía contener más maldad, llevaba un Jesucristo dibujado en un brazo y varias insignias colgadas del cuello que, tal vez, explicarían la absurda inclinación de su cabeza.
   —¿A ti qué te pasa, fea, que tienes que salir de noche para que nadie se asuste de verte por el día? —preguntó una vez arrimado a mi mesa.
   Amordazada por el pánico no respondí ansiando que mi padre apareciera ipso facto.
   —Debe de ser retrasada, aunque tiene un bonito vestido, ¿vemos qué tiene que pueda valernos? —preguntó el de rojo a su amigo.
   El de amarillo asintió con mirada malévola.

   Afortunadamente mi padre los escuchó, subió los peldaños del sótano, imagino, de tres en tres, la imagen de un hombre trajeado, con espesa barba, de casi metro noventa de altura y unos ciento veinte kilogramos de peso no los espantaría tanto como su expresión de hombre lobo en plenilunio, ávido de sangre.»

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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Capítulo 7, Acto II «Mi hija y la ópera»

Párrafo del capítulo 7, Acto II, de Mi hija y la ópera:

   «Aquel comienzo de fin de semana fue de luto, ni siquiera la música sonaba con la alegría de otras ocasiones. El silencio entre los cuatro era palpable, mi abuela permanecía ausente y sólo rompía su mutismo en disparatadas conversaciones frente al espejo o el televisor. Yo me sentía tremendamente culpable con mi tía por haberme confabulado con mi padre en sus sombrías intenciones que, por aquel entonces, yo no alcanzaba a comprender por completo. Mi padre parecía derrotado, menos aún que Laura, cuyo semblante, conforme transcurrían las horas iba cambiando de encrespado a afligido. Ambos no se dirigieron la palabra salvo en la mesa con frases del estilo a: "pásame el pan".»


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sábado, 5 de noviembre de 2016

Capítulo 6, Acto II «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 6, Acto II, de Mi hija y la ópera.

   «Descendieron a los veinte minutos, yo continuaba tocando, podría estar horas sin repetir una sola melodía, aparté le vista de las teclas y advertí el desairado aspecto de ambos bajando la escalera, Teresa estaba despeinada y a sus impecables atuendos se les había esfumado el garbo anterior convirtiéndose ahora en ropa arrugada. Disimulando, con el comentario sobre las fantásticas vistas al pueblo que podían divisarse desde los dormitorios, efectuaba un repetido gesto pretendiendo alisar con la palma de la mano la camisa para después insertarla entre su falda y abdomen. Me recordó a los días de colegio en los que la pereza me vencía y me vestía a toda prisa.

   Se despidieron detrás de la verja, ya en el carril, con otro abrazo. Prometieron verse en poco tiempo, no se besaron probablemente porque yo estaba allí —como diría mi padre: «sopando»—, el automóvil estaba arrancado, era muy tarde y le quedaba un largo camino a Teresa.»

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miércoles, 2 de noviembre de 2016

Capítulo 5, Acto II de «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 5, Acto II de Mi hija y la ópera:

   «Dieron sepultura a mi abuelo el diez de febrero de 1991. Aquella fría mañana de domingo pisé por primera vez el cementerio de Santa Lucía, lugar donde se hallaba la lápida de mi madre y mi hermana, ubicada junto a la de mi abuelo. Mi padre, que tampoco había visitado aquel lugar, me señaló con el dedo las dos pequeñas fotos circulares que permanecían, desde hacía casi una década, a sendos lados de la tumba. Qué incongruente me pareció encontrarme con las sonrientes imágenes de mi madre y mi hermana en aquel macabro espacio. Sus ataúdes ―explicó mi padre— habían sido colocados uno encima del otro. Dos ángeles de piedra simbolizando la vida después de la muerte se postraban, con expresión ausente, sobre el granito gris oscuro donde estaban tallados sus nombres.

PATRICIA DOMÍNGUEZ TORTOSA
13 DE OCTUBRE DE 1957 — 12 DE SEPTIEMBRE DE 1981
D.E.P.

SUSANA ROSIQUE DOMÍNGUEZ
25 DE DICIEMBRE DE 1978 — 12 DE SEPTIEMBRE DE 1981
D.E.P.

   Reparé en que mi padre observaba boquiabierto la tumba, hasta que, de reojo, apreció el peso de mi mirada. Ambos nos encontrábamos frente a nuestra verdadera familia, callados y vacíos de espíritu, invadiéndonos a preguntas de las que jamás obtendremos respuestas. La comitiva que había acudido a dar el último adiós a mi abuelo comenzaba a abandonar el lugar. Mi tía Laura, con gafas oscuras, a pesar de la poca luz solar de aquel día, arrancó un par de flores del sinfín de coronas que rodeaban la lápida de su padre, se acercó a nosotros y las posó sobre la de su hermana y sobrina. Unas lágrimas se precipitaban de su lánguido rostro. Se acercó a la foto de mi madre, la acarició suavemente con sus dedos y besó la imagen musitando: «Hermana, cuánto daría por tenerte ahora, y te envidio porque sé que ya estarás junto a papá, ¡te quiero tanto a pesar del tiempo!, tenías mi edad cuando te fuiste, ya te he perdonado que te marcharas sin despedirte. Ahora quiero que seas tú la que me perdones, por lo que siento y quiero. Perdóname, porque si no puedes tú… si no puedes tú… yo no podré». Su voz se quebró un segundo antes de que mi padre la envolviera en un silencioso abrazo.
   Los tres salimos a varios metros de distancia del séquito que custodiaba a mi abuela hacia el exterior del camposanto. Aquel lugar era verdaderamente siniestro, más todavía con el eco de nuestros pasos en aquellos infinitos pasillos de lápidas, muertos y soledad. Mi padre se decía: «Ni siquiera tienen un epitafio», Laura cambió el tercio informándonos de que, durante un espacio indeterminado de tiempo, no podría visitarnos los fines de semana alegando que su madre debía estar asistida por ella ahora más que nunca.

   Al final del largo camino se podía avistar la puerta del cementerio, la muchedumbre se dispersaba como ramas de una palmera en dirección a sus vehículos, una mujer enlutada se dio la vuelta y entró de nuevo al recinto, era mi abuela que pa­recía buscarnos «¿Habéis visto a mi Emilio?, ¿ande se habrá metío mi marío

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lunes, 31 de octubre de 2016

Capítulo 4, Acto II de «Mi hija y la ópera»

Pasaje del capítulo 4, Acto II de Mi hija y la ópera:


«El martes a las diez de la mañana la profesora anunció que la autora de la redacción ganadora respondía al nombre de Violeta Rosique. La carta que viene a continuación no ha tenido ningún retoque, fue escrita así hace catorce años:

¿Qué he hecho en verano?
Este verano ha sido especial para mí, las clases de piano y las óperas fueron sustituidas en parte por el televisor, un electrodoméstico que apenas usamos en casa. La excusa para encenderlo fue el Mundial de Italia, desde primeros de junio a primeros de julio estuvimos viendo los partidos de España, y cuando perdimos contra Yugoslavia vimos otros partidos importantes como la final: Alemania contra Argentina. Ni a mi tita ni a mí nos gusta el fútbol y, en verdad, a mi padre tampoco. Pero la oportunidad de ver la tele en el salón en vez de estar oyendo ópera y leyendo era única. Los tres animábamos a la selección, sobre todo los goles de Míchel, del que dice mi tita que es muy guapo. Mi tita viene todos los veranos a casa desde Cartagena, porque mi madre y mi hermana murieron cuando yo era bebé, y así me hace compañía.
Algunas veces en casa somos cuatro: mi padre, mi tita, Dani, que es mi profesor de piano y yo.
A mí me gusta Dani, él se ha enamorado de mi tita, mi tita va detrás de mi padre y mi padre me quiere a mí. Es como un círculo incomprensible, pero es lo que es.
La última semana de agosto se fue mi tita y, como siempre, la echo de menos, ya no vendrá a casa hasta las vacaciones de Navidad, mi padre dice que es poco tiempo, pero entiende que a mí me parezca una eternidad. Me quedo de nuevo con la soledad de la casa, la música, los libros y sin amigos.
¡Ah!, se me olvidaba, en la puerta de casa dejaron un cachorro de pastor alemán, mi padre me dijo que si lo quería tener en el jardín tendría que ser responsable con él. Le doy de comer y, a veces, le doy juego, pero mi padre se enfada porque con sus patas raya el coche y se hace caca en la puerta de la casa. Le puse de nombre “Señor Perro”, pero mi tita lo bautizó como Yako, desde entonces yo también le llamo así.
Ha empezado el curso y me reencuentro con mis compañeras de clase que sueñan con ser princesas o modelos, y casarse con un futbolista. Yo simplemente sueño con ser normal, que la gente no me mire con desprecio, ni que otros niños se rían de mí, echaré de menos este año a la señorita Bermejo, aunque creo que con doña Catalina estaré protegida.

Habría hecho más larga la redacción, pero es que no me ha pasado nada más este verano, me gustaría decir que he estado de viaje, que hemos ido a la playa, pero desde que termina el colegio, hasta que vuelve a empezar, no he salido del jardín de mi casa salvo cuando el coche de mi tita se va al final del verano por el camino de piedras y yo la sigo hasta que me canso.


   Miré de soslayo a la profesora indicando que ya había finalizado el texto, había leído con voz temblorosa y las mejillas ardiendo, probablemente ruborizadas. Agaché la vista al suelo cuando recibí el aplauso de toda la clase y aprecié en la barbilla de doña Catalina que mantenía una lucha interna por no echar una lágrima frente a sus pupilos. Cuando terminó la clase me pidió que esperase, quería hablar a solas conmigo, algunos compañeros se extrañaron porque aquella petición siempre iba encadenada a una reprimenda del tutor al alumno. Dos minutos después de que sonara el timbre, y todos los estudiantes abandonaran el aula, comenzó la ensalada de preguntas.»

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