miércoles, 2 de noviembre de 2016

Capítulo 5, Acto II de «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 5, Acto II de Mi hija y la ópera:

   «Dieron sepultura a mi abuelo el diez de febrero de 1991. Aquella fría mañana de domingo pisé por primera vez el cementerio de Santa Lucía, lugar donde se hallaba la lápida de mi madre y mi hermana, ubicada junto a la de mi abuelo. Mi padre, que tampoco había visitado aquel lugar, me señaló con el dedo las dos pequeñas fotos circulares que permanecían, desde hacía casi una década, a sendos lados de la tumba. Qué incongruente me pareció encontrarme con las sonrientes imágenes de mi madre y mi hermana en aquel macabro espacio. Sus ataúdes ―explicó mi padre— habían sido colocados uno encima del otro. Dos ángeles de piedra simbolizando la vida después de la muerte se postraban, con expresión ausente, sobre el granito gris oscuro donde estaban tallados sus nombres.

PATRICIA DOMÍNGUEZ TORTOSA
13 DE OCTUBRE DE 1957 — 12 DE SEPTIEMBRE DE 1981
D.E.P.

SUSANA ROSIQUE DOMÍNGUEZ
25 DE DICIEMBRE DE 1978 — 12 DE SEPTIEMBRE DE 1981
D.E.P.

   Reparé en que mi padre observaba boquiabierto la tumba, hasta que, de reojo, apreció el peso de mi mirada. Ambos nos encontrábamos frente a nuestra verdadera familia, callados y vacíos de espíritu, invadiéndonos a preguntas de las que jamás obtendremos respuestas. La comitiva que había acudido a dar el último adiós a mi abuelo comenzaba a abandonar el lugar. Mi tía Laura, con gafas oscuras, a pesar de la poca luz solar de aquel día, arrancó un par de flores del sinfín de coronas que rodeaban la lápida de su padre, se acercó a nosotros y las posó sobre la de su hermana y sobrina. Unas lágrimas se precipitaban de su lánguido rostro. Se acercó a la foto de mi madre, la acarició suavemente con sus dedos y besó la imagen musitando: «Hermana, cuánto daría por tenerte ahora, y te envidio porque sé que ya estarás junto a papá, ¡te quiero tanto a pesar del tiempo!, tenías mi edad cuando te fuiste, ya te he perdonado que te marcharas sin despedirte. Ahora quiero que seas tú la que me perdones, por lo que siento y quiero. Perdóname, porque si no puedes tú… si no puedes tú… yo no podré». Su voz se quebró un segundo antes de que mi padre la envolviera en un silencioso abrazo.
   Los tres salimos a varios metros de distancia del séquito que custodiaba a mi abuela hacia el exterior del camposanto. Aquel lugar era verdaderamente siniestro, más todavía con el eco de nuestros pasos en aquellos infinitos pasillos de lápidas, muertos y soledad. Mi padre se decía: «Ni siquiera tienen un epitafio», Laura cambió el tercio informándonos de que, durante un espacio indeterminado de tiempo, no podría visitarnos los fines de semana alegando que su madre debía estar asistida por ella ahora más que nunca.

   Al final del largo camino se podía avistar la puerta del cementerio, la muchedumbre se dispersaba como ramas de una palmera en dirección a sus vehículos, una mujer enlutada se dio la vuelta y entró de nuevo al recinto, era mi abuela que pa­recía buscarnos «¿Habéis visto a mi Emilio?, ¿ande se habrá metío mi marío

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