domingo, 31 de mayo de 2015

Fragmento del capítulo 22, segundo acto de "Mi hija y la ópera"

«Y por supuesto que acudió a cada una de aquellas vespertinas sesiones dominicales, casi siempre acompañado de una tal Soledad, una mujer de una pedantería tan extrema que no me extrañaría que acabara su existencia haciendo honor a su nombre. No era ni guapa, ni fea, aparentaba estar en el ecuador de entre cuarenta y cincuenta, de pelo corto, gafas cuadradas y un sempiterno pañuelo en el cuello, de fuertes ideales que a mi parecer es donde residía su mayor atractivo, aunque algunas veces su radicalismo era desquiciante, era una acérrima vegetariana, yo creo que por un inconmensurable amor que profesaba a los animales más que por un cuidado nutricional. Su manera sublime de argumentar desmontaba hasta al mismísimo Pedro (deduzco que eran pareja por los gestos cariñosos que se regalaban cuando no discutían). Recuerdo nítidamente una conversación que mantuvieron sobre la tauromaquia; tanto, que ahora puedo transcribirla de memoria sin cambiar ninguna palabra de las que pronunciaron.»


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