domingo, 7 de junio de 2015

Párrafo del Capítulo 2, Acto III de "Mi hija y la ópera"

«Nos encaminamos en dirección al coche portando numerosas bolsas, tanto las del supermercado como las que acarreamos de la tienda de regalos, con varias sartenes y un apropiado centro de mesa que sería del gusto de Marisa. Habría cien metros desde aquel punto hasta nuestro vehículo, antes tendríamos que franquear la fachada de la iglesia donde ya nos aguardaría Paco. Mi padre se empecinó en transportar las bolsas de mayor peso, lo que nos ralentizó la marcha notablemente. Avisté a mi padrino apoyado sobre un Mercedes, un modelo actualizado similar al turismo que tuvimos durante tantos años. Según nos acercábamos pude apreciar su silueta, una enorme barriga que había crecido implacable y una calvicie que no podía ocultar con un peinado hacia delante como antes. Él me reconoció enseguida, mi mancha facial me delataba a pesar de que la última vez que nuestros ojos se cruzaron yo era una niña de diez años y ahora estaba a un mes de cumplir los veinticuatro. Lanzó el cigarrillo a la acera justo cuando estábamos frente a él, dio un fuerte pisotón para apagar la incandescencia de la colilla tratando también de llamar la atención de su viejo amigo que no levantaba la vista de las baldosas. Mi padre lo observó con semblante espantadizo, se detuvo en su expresión y lentamente se acercó a su rostro. Enseguida reconoció su sonrisa y, de repente, soltó las bolsas de la compra por la emoción. En la caída, se rompió una de las botellas de whisky, así como algunos huevos.»

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