martes, 16 de junio de 2020

Volumen 37 de «Mi hija y la ópera»



8

   Algunas mañanas, después de dejar a mi hijo en el colegio, abro las ventanas de toda la casa y toco el piano. Me encanta la sensación de la brisa marina mientras interpreto aleatorias melodías, a la par que las cortinas serpentean esparciendo ese olor a mar que se impregna en las paredes hasta que el salitre se mezcla con mis melancólicas lágrimas. Ahora entiendo por qué mi progenitor interrumpía las ejecuciones con brusquedad, porque su música evocaba a sus difuntos.
   Unos jubilados germanos, vecinos nuestros en los meses de invierno, son los únicos que aplauden mis composiciones; él es un encantador caballero de nombre impronunciable, afirma ser un apasionado de la ópera, con predilección por Wagner y Gluck; yo le rebato por mi inclinación hacia los autores italianos, aunque un día confesé que de niña mi ópera preferida era La Flauta Mágica de Mozart, escrita en alemán. Para que me entendiera se lo tuve que indicar en su título original: Die Zauberflöte. De su mujer, una persona culta y de un alto nivel espiritual, he aprendido en estos años algo fundamental en mi vida actual: la práctica del yoga. Realizo con ella casi todos los días una serie de ejercicios para terminar meditando frente al mar, sobre la arena de la playa, durante un lapso que nunca es inferior a una hora. Al principio me costaba mantener la postura tanto tiempo, pero ahora me animo incluso a tomar ese baño gélido con el que ella concluye su sesión introspectiva. Es tan escaso el vecindario en el periodo invernal que mi hijo y yo hemos estrechado profundos lazos con el viejo matrimonio. Tanto, que les reprochamos que nos abandonen en los meses estivales cuando se marchan a Erasbach, lugar de donde son oriundos. Ellos no soportan el gentío y la temperatura canicular de este sitio.
  Como cabría esperar, mis tíos y sus vástagos nos han visitado con frecuencia en esta etapa. Alejandro ya tiene casi una década de vida, y Patricia —que comparte con mi madre, además del nombre, la fecha de nacimiento— cumplirá cinco años el 13 de octubre. Las numerosas visitas recíprocas dieron comienzo el primer verano, con el Mundial de Fútbol de Alemania 2006, donde nos juntábamos toda la familia para seguir los partidos de España. Al igual que antaño, a Laura y a mí poco nos atraía el lance del encuentro, seguíamos interesadas por las piernas de los futbolistas. Alberto no le otorgaba importancia a nuestros comentarios sobre la atractiva masculinidad de los jugadores; él sí prestaba atención al desarrollo del juego, al igual que su hijo. Paco y Consuelo también han frecuentado nuestro hogar desde que nos instalamos en Cabo de Palos. Sus visitas siempre han venido acompañadas de regalos, sobre todo para Andrés, al que tratan como a un nieto. En los cuantiosos paseos que dábamos antes por la playa o en las calles recoletas e inclinadas de la urbanización me solía quejar a Paco, en tono jocoso, que todavía no había ejercido como padrino, recriminándole no haber recibido obsequio alguno durante toda mi infancia. Cada vez que se lo recordaba nos invitaba a comer en La Tana, restaurante donde, según él, se cocina el mejor caldero de todo el contorno marmenorense.
   Para mi total asombro, desde hace dos años mantengo una relación sentimental abierta con un monitor de hatha yoga que tiene a sus espaldas cinco décadas de vida. Él está casado y tiene varios hijos repartidos en La Manga, El Algar y otros lugares de la Comarca de Cartagena. Con él tuve el primer orgasmo que me ha provocado un varón, e incluso llegué a cuestionar mi orientación sexual dado el incontenible atractivo que posee este mujeriego que descubre en todas las féminas una parte encantadora. Conviene precisar que Antonio Gracia, mi «guía» —como a él le gusta definirse—, dista todo un universo respecto a las firmes convicciones de mi vecina Dorothea, mi verdadera mentora espiritual.
   Por fin conocí en persona a Berta Ferreyra, mi vieja amistad argentina que tras una década de relación por la red se avino a visitarme junto con Águeda, nuestra amiga de Cataluña que se había presentado años atrás en el sepelio de mi padre. Ambas quedaron fascinadas por los duetos de piano que interpretaba con mi pequeño, el cual ya era todo un especialista frente a las teclas. No en vano, Andrés prefiere los teclados electrónicos, puede que no tarde mucho en regalarle uno. Hay que rendirse a la evidencia, mi hijo tiene en sus genes la capacidad para manejarse con este tipo de instrumentos musicales, no obstante, soy menos inflexible que mi padre, tanto con el piano como con la ópera, y no lo atosigo con mis anhelos de que se convierta en una persona erudita y habilidosa ya de niño. Es por ello que mi criatura todavía anteponga Dora la exploradora a Verdi. Y he de decir que incluso yo ahora disfruto con mi pequeño de una niñez que nunca tuve.
   Y ya, por último, ocurrió lo impensable. Sucedió la tarde de un sábado de enero de este mismo año. La encontré al otro lado de la puerta de mi domicilio, con una extraña expresión que pretendía encubrir el reconcomio con la serenidad, como si se tratara de un fantasma del pasado que aspirase saldar un asunto pendiente.
   —Hola, Isabel —saludé.
   —Buenas tardes, Violeta. Me ha costado encontrar la casa, he estado casi una hora dando vueltas, te hubiera llamado, pero como cambiaste de número de telé­fono…
   —Sí, el número viejo lo perdí porque el móvil estaba a nombre de mi padre y me costaba menos hacerme una línea nueva que cambiar de titular. Claro, que a ti no te llamé para notificártelo —expliqué sin mostrar ningún tono que revelase resquemor.
   Isabel asintió comprendiendo mis palabras.
   —Aquí es todo un reto encontrarme —añadí refiriéndome a mi nuevo hogar—, ¿quién te ha dado la dirección?
   —Mi madre tenía el teléfono de tu padrino, y él me indicó en qué zona vivías, no me dio tu número porque me dijo que no sabía mirarlo en el móvil, que le llamara en otro momento… No le volví a llamar creyendo que te encontraría con facilidad, que sería como en Calasparra, que la música se oiría a bastantes metros de la casa.
   —No soy tan fanática como mi padre; además, aquí tenemos vecinos cercanos a los que podríamos molestar; por otro lado, en esta época del año si no tienes los cristales cerrados la humedad te cala los huesos. Pero no te quedes ahí, pasa.
   Isabel accedió mientras se desprendía del abrigo. Se negó a tomar un café que le ofrecí, yo me hice una tila. Conoció a mi hijo que jugaba con la videoconsola en su cuarto; mi pequeño, ignorando la importancia que yo otorgaba a la visita, tan solo atinó a decir hola casi sin despegar la vista de la pantalla. Ella me puso al día de todas las novedades ocurridas en el último lustro: Antonio había tenido un grave accidente de tráfico que le ha dejado severas secuelas, que su madre y Pedro había contraído matrimonio un viernes y que dos excursionistas desorientados fueron ayudados por un extraño caminante al que describían con la imagen de mi padre, convirtiendo ahora la existencia de este en toda una leyenda por aquel lugar. Mi hijo se acostó bien entrada la noche, en aquel momento yo llevaba varias infusiones e Isabel unas cuantas cervezas. Me siguió contando cosas, hasta que llegamos al grano de lo que debía haberme explicado en las cinco horas anteriores, o tal vez, en algún momento entre los cinco años transcurridos desde nuestro encuentro sexual. Me confesó haber tenido algún escarceo con mujeres, entre las que se hallaba Lucía, el marimacho que la acompañaba las últimas veces que la vi. Yo le informé de mi relación con mi monitor de yoga, «nada serio» —recalqué en varias ocasiones—. Los ojos de incredulidad de Isabel no lograron herirme.
   El caso es que, tras la cena, una cosa llevó a la otra, y ambas entramos a mi dormitorio con una botella de destilado, un par de vasos y una renacida lascivia que nunca creí que volvería a sentir en mis entrañas, consumando aquello que dejamos a medias en la ciudad de los rascacielos. A diferencia de la noche del viaje no bebimos en exceso, lo cual no reprimió que nos realizásemos caricias desinhibidas hasta que el sueño nos derrotó. Desperté horas después, todavía de noche. La acidez estomacal junto a la sequedad bucal me fastidiaba, recordán­dome por qué el alcohol que tengo en casa es para las visitas de Paco. Me encontraba de mal humor, algo que no sé hasta qué punto debía atribuírselo al whisky o a haberme dejado seducir por aquella sirena humana que dormitaba desnuda bajo la calidez de las sábanas. Verifiqué que mi hijo resollaba con mueca risueña sobre la cabecera de su cama, ajeno a lo que había sucedido en el dormitorio contiguo y con los anuncios publicitarios de la madrugada penetrando en su subconsciente. Maniático como su abuelo, se despertaba si le apagaba el televisor. Ahora entiendo por qué un día se levantó pidiéndome que le comprara una plataforma vibratoria de esas que tanto anunciaban.
   Yo me había desvelado, pero era demasiado temprano para bajar a la playa y practicar la meditación. Decidí salir al balcón arropada con una gruesa manta con la intención de reflexionar, la estampa que se presentaba en el horizonte invitaba a ello. Avisté las primeras luces del alba que dividían el mar y el cielo en miles de tonos azul marino. Recordé una historia que una vez me narró mi padre y que después supe que aludía a Susana, la perturbada de pelo blanco que me visitó en Calasparra pocas semanas antes de que yo diera a luz. En aquel testimonio, contaba que sintió rabia de sí mismo cuando percibió que había sucumbido a los encantos de aquella mujer, que de joven, por lo que describía, tendría un aspecto similar al de Isabel, una persona acostumbrada a utilizar a quienquiera que se le pusiera como objetivo con el simple chasquido de sus dedos. Él se fue entonces en búsqueda de mi madre, afrentando con aquel gesto a una mujer que hasta ese instante se creía dueña de la situación. No es que yo pretendiera que Isabel enloqueciese, amén de que ella nunca se ha comportado como una petulante ególatra, tal como se decía de Susana, ni yo poseo la lozanía de mi antecesor en sus años mozos. Pero no estaba dispuesta a seguir el camino que ella quisiera marcarme y estar a expensas de sus antojos. «No seas marioneta de quien no te quiera de verdad», escuché una vez a mi padre, al igual que: «Una de las cosas más importantes que tenemos es la libertad de hacer aquello que deseamos y la voluntad para no depender de los caprichos de nadie». Frases que recorrían mis sinapsis neuronales con la misma persistencia con que la bruma anunciaba el alba. La mañana amaneció con una nube de sentimientos encontrados, el indisimulable enamoramiento que profesaba hacia Isabel y la inevitable sensación de haber sido un títere ante sus pretensiones. El correteo de mi hijo al levantarse la despertó. Se acercó a darle un beso al pequeño. Andaba con el cabello enmarañado y ese donaire que solo ella atesora.
   —Buenos días, Andrés —saludó frotándose los ojos y desperezándose—, ¡qué guapo eres!
   Él la miró un segundo sin pestañear para luego continuar su embate con el vaso de leche con cereales. ¡Hasta en lo glotón se parece a su abuelo! No sabía cómo abordar la situación con ella. Me fijé en el contraste de su piel con la de mi hijo y ahí se me encendió una chispa. Sería el argumento más estéril y mentecato de todos los que podría haber usado para zanjar la relación, pero utilicé ese.
   —Isabel —articulé sin levantarme del sillón ni despegar la vista del suelo para que mi mirada no delatara la contradicción de mis palabras.
   —Dime.
   —¿Te acuerdas de lo que dijiste en el Metropolitan, que te resultaba extraño ver a un negro asistir a una ópera?
   Me lanzó una expresión estupefacta.
   —Mi hijo es negro —proseguí—. No quiero que crezca rodeado de gente prejuiciosa como tú.
   —A ver, Violeta, yo ni me acuerdo ya de eso; pero ¿qué me estás contando?    —preguntó temerosa de haber dormido junto a una perturbada.
   —Lo que quiero decirte, Isabel, es que lo mejor será que te marches, ¿no decías que éramos casi hermanas?
   No concedió siquiera un minuto para arreglarse el pelo, le dio otro beso a mi hijo que devoraba ahora una magdalena. Agarró su abrigo y se despidió de nuestras vidas dando un portazo. Por suerte, sé que aquel brote, mezcolanza de rencor e insensatez, no volverá a repetirse, ¿cómo?, aumentando el tiempo diario de meditación y dejando de consumir cualquier bebida que contenga alcohol. Días después rescaté su número de móvil y la telefoneé hasta que conseguí mitigar su enfado. Nos llamamos todas las semanas a partir de entonces y puede decirse que en la actualidad somos algo más que amigas.

   Sin embargo, ninguno de los sucesos contados hasta ahora, de los transcurridos en estos últimos años, ha sido el verdadero causante de que haya reanudado la historia de mi vida. De hecho, el relato cobra sentido por un acontecimiento ocurrido hace unos días. Pero será mejor que comience por el principio: Podía haber sido una jornada cualquiera de nuestra vida solitaria, mi hijo ondeaba una cometa cerca de casa, correteaba por nuestra diminuta playa sosteniendo los mandos con bastante pericia para un niño que todavía no ha cumplido los cinco. Es nuestra actividad preferida de los sábados. Yo le contemplaba sosteniendo unas sandalias en la mano y caminando descalza de un lado al otro de la orilla emulando a mi madre cuando la avisté en el sueño que tuve cuando mi padre murió. Al llegar a casa me encontré con el preludio de lo que iba a ser el día más impensado de toda mi existencia. La luz roja de mi BlackBerry parpadeaba incesante sobre la mesa de la cocina, me avisaba de que tenía varias llamadas perdidas, siete en concreto, y todas del mismo contacto: Paco Martínez Nova. De inmediato marqué su número.
   —Padrino, ¿ocurre algo?
   —¡Por fin hablo contigo, Violeta!, comenzaba a preocuparme —saludó con voz agitada.
   —¿Qué sucede, le ha pasado algo a Consuelo?
   —No, hija. No es nada malo, pero no te lo puedo contar por teléfono. Estoy esperando la llegada de alguien, en cuanto venga salgo para allá. No quedes con nadie esta tarde en tu casa.
   —¿Me podrías decir de qué se trata? —expresé—. No entiendo el porqué de tanto secretismo.
   —Si te lo digo ahora vas a pensar que es una locura. En una hora recibirás nuestra visita, créeme, es muy importante.
   Cuando corté la comunicación sospeché que lo que me pretendía contar mi padrino es que iba a ser padre, luego reparé en que Consuelo estaría cerca de los cincuenta años, difícil gesta esa. La intriga que había sembrado Paco, y su inminente visita, me causaban inquietud. Cogí la botella de whisky para echar un trago hasta que me acordé de la promesa de mantenerme siempre sobria. La dejé sobre la encimera porque seguro que mi padrino le daría uso cuando llegara. Decidí aplacar el nerviosismo tocando el piano. Mi hijo estaba merendando un bocadillo en el balcón, embobado, como contando las olas, yo no podía probar bocado.
   Así estuve todas las horas de aquella soleada tarde, frente al teclado, en el centro del salón. Al igual que de niña, la exacerbación del momento imposibilitaba que posara la vista en mis dedos. Mi mirada vagaba por todas los cuadros colgados de las paredes que estaban dentro de mi campo de visión. Contemplé con detenimiento el óleo con la imagen de Susana, el que fue restaurado por Marisa; para luego detenerme en el retrato familiar donde aparecíamos toda la familia y que tantos años estuvo escondido en la habitación prohibida. Justo en el momento en el que mi mente deambulaba por aquellas lejanas remembranzas de mi niñez sonó el timbre. Creo que no pude esconder mi asombro cuando abrí la puerta. Delante de mí se encontraba Paco junto a dos desconocidos. A su lado un señor con sombrero, bigote y un puro que apagó ipso facto; era el vivo retrato del Puccini que aparece en las enciclopedias. Detrás de los dos hombres se encontraba una mujer de exquisita belleza, rubia y de refinado vestuario. Su expresión no debía distar mucho de la mía, no apartó de mí sus ojos pasmados.
   —Hola, Violeta —dijo Paco—, entiendo que estés sorprendida por la compañía con la que vengo.
   Asentí con el semblante rígido, intentado no exteriorizar más mi confusión.
   —Te presento —añadió mi padrino con el vano propósito de suavizar el ambiente—, este señor es don Lorenzo Ramírez, detective; antiguo inspector de la Policía Nacional de Cartagena; por cierto, me he enterado después que fue compañero de tu padre en el colegio.
   —Encantada —manifesté estrechándole la mano—, ¿entonces fue amigo suyo?
   —No, su padre iba a clase de un hermano menor —concretó con voz de fumador empedernido—. Pero se puede decir que el destino ha conseguido que salde una deuda con él.
   —¿Qué quiere decir? —pregunté rayando el desconcierto absoluto.
   —En unos minutos lo sabrá.
   —Esta chica —intervino Paco—, se llama Marta Urquijo de Zamora, vive en Madrid, es la primera vez que viene a la Región de Murcia. El motivo de su estancia aquí es lo que ahora debemos explicarte. Pero antes me gustaría tomarme un whisky con cola, ¿quieres uno, Ramírez?
   —De acuerdo, me hará falta.
   —¿Te apetece algo, Marta? —ofrecí a la elegante joven que me observaba de un modo que empezaba a importunarme.
   —¿Tienes algún refresco light?
   —No.
   —¿Y cerveza sin alcohol?
   —Tampoco —mascullé evidenciando las limitaciones que poseo para atender una visita.
   —Entonces, agua.
   No podía esperar otra réplica de esa mujer de expresión avinagrada y fino acento. Percibía en su rostro el gesto impertinente de quien observa a un bicho raro. Yo le copiaba la mueca para que adoptase otra actitud, pero en cuanto apartaba mis ojos de los suyos volvía a repetir su persistente mirada. Decidí romper la tensión encendiendo el equipo de música y reproducir el sonido de cualquier disco que estuviera dentro, comenzó a escucharse la ópera Norma. Paco y el detective regresaban con sus vasos, en ellos no se apreciaba desasosiego, sino más bien un semblante de mutua complacencia. Fuimos a sentarnos en los sofás que se hallaban junto a la enorme cristalera que asoma al Mediterráneo. Mi padrino sacó del bolsillo un documento escrito a bolígrafo antes de acomodarse a mi lado.
   —Violeta, esta carta que tengo aquí la escribió mi prima Susana la noche antes de suicidarse. No te la voy a leer porque no quiero alargarme, pero en ella dice algo que un día intenté contaros a ti y a tu padre. Aunque te la voy a resumir. En la nota cuenta que, tras muchos días esperando el momento idóneo, la mañana del 12 de septiembre de 1981, y acompañada de dos amigos, con la finalidad de dar un susto a tu familia y obtener algo de dinero, secuestraron a tu hermana que tendría unos dos años.
   —Dos años y medio, largos —concreté.
   —Según confiesa —continuó—, un coche que era conducido por mi prima se detuvo delante del que manejaba tu madre, obligándola a frenar. Detrás había otro automóvil donde estaban sus dos amigos. Uno de ellos raptó a Susana introduciéndola en su vehículo y huyeron. Por las noticias supieron que el Seat que conducía tu madre, nerviosa por lo sucedido y en el intento de perseguirlos, colisionó con un camión de combustible.
   Marta se levantó del sofá, intuí que le desinteresaba la historia que estaba relatando Paco basada en la carta de una enferma mental. Comenzó a rondar junto a nosotros examinando todos los pormenores de la decoración del salón.
   —Padrino, ¿qué me estás diciendo? —pregunté enojada.
   —Ahora es cuando debería hablar yo —terció Ramírez.
   —¡No! —imploré— ¿Qué queréis de mí?, ¿acaso necesitáis dinero?, ¿qué pretendéis, venderme una historia rocambolesca de la cual ya no quiero saber nada?
   —Yo no necesito ningún dinero tuyo —intervino Marta que escudriñaba el lienzo de mi hermana Susana como si se tratase de una marchante de arte—. Quiero la verdad.
   —Ahijada, ese comentario me ofende, escucha a Ramírez.
   —Escuche, Violeta —rogó el detective con una modulación que invitaba a la calma—, ¿usted sabía que en los cuerpos de su hermana y de su madre solo había cenizas y unos pocos huesos que no pudieron identificarse?
   —Sí, algo así.
   —Pues deje una puerta abierta a lo que le voy a contar. En cuanto Paco me dio la carta pude investigar a partir de los pocos datos que disponía. La prima estaba muerta y no sabíamos los nombres de sus supuestos colaboradores. Aun así, estuve durante meses visitando a antiguos delincuentes de los ochenta. Es la ventaja que tiene haber dedicado toda la vida a la policía.
   »Encontré a viejos maleantes, que podrían conocer a quienes presuntamente colaboraron en aquel secuestro, eso sí, con la capacidad neuronal justa para aportar datos precisos. Me contaron que aquellos individuos, por miedo a lo ocurrido con su madre, decidieron desprenderse de la criatura raptada vendiéndola en el mercado negro a un viejo matrimonio de Madrid, que creería que la niña vendría de alguna drogadicta o una mujer de la calle. Conociendo a aquellos delincuentes la suerte fue que no la mataran. Es por ello, que a falta de un análisis de ADN que corrobore mi investigación…
   —¡Cielo santo! —chilló Marta rasgando el aire mientras señalaba con el índice el retrato familiar que estaba colgado cerca del piano— ¡Esa niña de ahí soy yo!
   El inspector, pasmado por los alaridos, interrumpió su discurso. Paco observaba inmóvil mi reacción, dirigí la mirada a la chica acercándome a ella con cautela. Después contemplé el cuadro y cotejé la fisonomía de esa mujer con el bello rostro de mi hermana. Habían transcurrido treinta años desde que se realizó la fotografía, pero, quienquiera que fuera, compartía con la imagen bastantes rasgos faciales. Aprecié después que su mentón se meneaba de modo similar al de mi padre cuando se conmovía.
   —Dispongo de un sinfín de fotos de cuando tenía más o menos esa edad —me dijo hipando—, mis padres las recopilaron en varios álbumes que resumían toda mi niñez. Ellos jamás me dijeron que era adoptada. Nunca entendí por qué no tenía imágenes de cuando era bebé como el resto de mis amigos. Ahora ya lo sé. Puedo jurarte por mis dos hijos que esta criatura que está junto a ti soy yo.
   La mancha de vino que siempre ha singularizado mi cara no dejaba atisbo a la duda sobre quién era el bebé que sostenía mi hermana. Resucitada de repente, aquella desconocida se encontraba frente a mí después de toda una existencia viviendo separadas. Esa mujer, que siempre creyó que era hija única de un matrimonio mayor, se hallaba arrodillada perjurando ser la niña de la imagen, la cual dejó de llamarse Susana el día que la secuestraron. Temblando, me agaché para abrazarla y preguntarle entre sollozos: «¡¿Hermana!?». Ella asintió con una mueca de incertidumbre que bien podría asemejarse a la mía. Nuestras mejillas estuvieron tanto tiempo pegadas que las lágrimas que se precipitaron al suelo de cada una de las barbillas eran una mezcla de las de ambas. Así permanecimos, sin movernos durante varios minutos, instante que fue coronado por el aria Casta Diva de Bellini, lo único que se escuchaba en toda la casa.
   Debía digerir incontinenti demasiada información, esa persona con la que me estrujaba había franqueado la puerta de mi domicilio como una figura anónima para acabar siendo mi hermana Susana, a la que habían dado por muerta en un accidente de tráfico. Aquel suceso que cambiaría para siempre la vida de nuestra familia, y que en su caso concreto transformó de lleno su existencia, modificando incluso su nombre y fecha de nacimiento. Paco se tapaba las cuencas oculares con las palmas de las manos, pero la convulsión de todo su cuerpo delataba su conmoción. Le dije que era un motivo de alegría más que de tristeza, él me respondió: «no lloro por ti, sino por tu padre. Este encuentro debió ocurrir antes…». Lorenzo Ramírez, un hombre acostumbrado a tratar con criminales, se sonaba con un pa­ñuelo.
   —Tienen que hacerse una prueba de ADN, el lunes—dijo el detective cuando recobró la compostura—, así disiparemos cualquier duda.
   —De acuerdo —articulamos unísonas en una inopinada compenetración fraternal.
   Mi hijo salió de su habitación renegando por la videoconsola que se había bloqueado; al verme llorar se sorprendió, más aún cuando vio a Paco: «¡Padrino!». Andrés, al igual que yo, le llamaba de ese modo. Se abrazó a él esperando que, como siempre, le hubiera traído un regalo. Aquel día, el obsequio fue para mí, el más extraordinario que jamás me hayan hecho.
   —Mira, hijo, esta mujer que está aquí conmigo es mi hermana. Es la tita…       —titubeé en el nombre—, la tita Marta.
   —¿Cómo se llama tu hijo, Violeta? —preguntó ella.
   —Se llama Andrés. Como nuestro padre.
   —Mis hijos se llaman Susana y Ángel; el pequeño, que tiene más o menos la misma edad que tu hijo, heredó el nombre de su abuelo, quien yo pensaba que era mi padre biológico. La mayor tiene nueve años, su nombre fue un capricho mío, siempre me gustó. A lo mejor lo he tenido presente en el subconsciente.
   Paco regresó del dormitorio de mi hijo después de resolverle el conflicto con la consola de videojuegos. Lorenzo Ramírez agarró su sombrero y hurgó en el interior de los bolsillos de su pantalón hasta que extrajo un cilindro en cuyo interior se preservaba un puro.
   —Bueno, ya es hora de irnos —anunció el detective—. Marta, despídase de Violeta y recuerde que deben hacerse las pruebas.
   —¿Dónde vas a estar hasta el lunes? —pregunté a mi hermana.
   —Iré a Cartagena, me hospedaré en un hotel, he dejado a mis hijos con mi ex marido, en Madrid.
   —Podrías quedarte aquí.
   Ella afirmó sonriente.
   —Padrino, no sé cómo agradecerte todo esto.
   —Violeta, yo lo único que he hecho ha sido poner dinero, el mérito es de este señor, el detective Ramírez.
   —Paco —informó el investigador—, de lo que tienes pendiente conmigo: olví­date.
   —¿A qué se debe eso, Ramírez?
   —Tenía una deuda personal con don Andrés Rosique, ya estoy en paz con él.
   Sin saber qué significaron aquellas palabras me despedí de ambos. Mi hermana les acompañó para retirar su equipaje del maletero e introducirlo en mi casa.
   —¿Quieres que vayamos a cenar a algún sitio de La Manga? —pregunté cuando terminó de instalarse en uno de los dormitorios.
   —Por supuesto. Tenemos que contarnos muchas cosas, y este lugar es maravilloso, llévame a un restaurante donde pueda degustar un buen vino.
   Aunque sigo sin conocer todavía dónde están los mejores establecimientos gastronómicos del Mar Menor acerté con una de mis improvisaciones. Mi hijo, con su inherente naturalidad, comenzó a llamarle tita esa misma noche, yo aún sigo sin creerme lo que sucedió aquel día de mediados de junio. El silencio reinó buena parte de aquellos primeros instantes juntas, en contraste con las cuantiosas preguntas que nos asaltaban, pero parecía que no teníamos prisa, poseíamos el resto de nuestras vidas para conocer el pasado de la otra. ¿Acaso importaba ese mutismo después de treinta años separadas?




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