miércoles, 10 de junio de 2020

Volumen 32 de «Mi hija y la ópera»



3

   La salud de mi padre mermó tras la visita de su buen amigo Paco. A partir de entonces convirtió la planta superior de nuestra vivienda en una especie de fortaleza donde descansaba, se aseaba y escuchaba música. Si bajaba las escaleras era para comer algo. Atribuí a la ansiedad que me producía la enfermedad de mi progenitor cuando somaticé el estrés con dolores en el vientre y en los pechos, incluso no me extrañó que la menstruación se demorase al estar padeciendo en mis carnes el declive físico de la única persona que ha estado junto a mí desde siempre. Por las mañanas, la congoja y la tortura psicológica a la que estaba siendo sometida me producía náuseas, de tal manera que casi siempre acababa por provocarme el vómito. Toda aquella sintomatología no me atormentaba en comparación a la posibilidad de haber quedado encinta, porque aunque fuera remota la probabilidad, existía un exiguo riesgo de concepción por aquel par de minutos donde el puertorriqueño de dientes separados descargó su líquido entre mis piernas la estúpida noche en que pretendí demostrar a Isabel un ilusorio desapego hacia ella.
   Debía enfrentarme a la realidad, por lo que decidí hacerme una prueba de embarazo, de esas que miden las hormonas en la orina, antes de ir al médico y pasar por el mal trago de contar una historia inverosímil a una persona que me conoce desde niña. Aproveché que me tocaba trabajar en el comercio de Marisa para acudir esa misma mañana a la farmacia del pueblo que menos había visitado en esos últimos años. Adquirí un test de embarazo de los que prometían una fiabilidad del noventa y nueve por ciento de acierto en caso de ser resultado «positivo». Cerré con llave desde dentro de la tienda aprovechando la tranquilidad y discreción que me ofrecía el establecimiento de la pareja de mi padre. Esperé unos minutos con la puerta cerrada al público y allí constaté el resultado del test que no vaticinaba ni el más fatídico de mis augurios.
   Mareada por los acontecimientos, que como las olas de un tsunami me batían inclementes, me acerqué al mismo inodoro donde había estado sentada minutos antes y vomité todo el desayuno y buena parte de mis jugos gástricos. Bajé la tapa, aturdida y empapada de gélido sudor, y apoyé en ella mi cabeza. Sin haberme desmayado nunca, intuía que estaba a punto de perder el conocimiento. El sonido cadente de unas llaves impactando en el cristal del escaparate me extrajo del desfallecimiento. Abandoné el cuarto de baño efectuando un gran esfuerzo para recuperar la estabilidad, llamaba la chica de la tienda de regalos que sostenía junto a la puerta el cuadro que, días antes, dijo que llevaría para enmarcar. Abrí sin preocuparme demasiado por mi aspecto.
   —Encarni, no está Marisa, deja el cuadro y yo le digo ahora que has venido. De verdad que no te puedo atender, no me encuentro bien.
   —No, si ya se te ve, tienes la cara blanca, ¿has vomitado?
   Miré mi camisa y advertí que desde el cuello hasta los faldones se encontraban restos a medio digerir de una tostada con tomate de color café con leche.
   —¿Necesitas ayuda? —dijo posando la pintura sobre el mostrador y ayudán­dome con uno de sus brazos a que me mantuviera erguida.
   —Si me llevas a casa me harías el favor de mi vida —imploré entregándole las llaves de mi Ford Focus.
   —Mira qué suerte, yo conduzco uno igual, ¿vives en la subida del santuario, verdad? —dijo mientras bajaba las persianas de la tienda.
   —Sí, te indico el camino.
   —¿Te ha sentado algo mal? —preguntó mientras arrancaba el coche.
   —Sí. Esto —respondí mostrándole el dispositivo que indicaba mi preñez sin casi margen de error.
   —¡Enhorabuena!
   —No ha sido buscado, Encarni, es el alto precio que he de pagar por la enorme cantidad de tonterías que he cometido en el puto viaje a Nueva York. Ojalá nunca hubiese ganado ese maldito concurso, cuando regreso mi padre se está muriendo, me enamoro de alguien que nunca me corresponderá y, para colmo, vengo gestando una criatura de un tipo que vive a miles de kilómetros de distancia que ni se acordará de mí, y de cuyo aspecto tampoco es que yo conozca mucho más salvo que es tan alto como negro, regentaba un local llamado Copacabana y, eso sí, es un artista con el piano. Gira ahora por aquí —indiqué con una energía recuperada señalando una calle que atajaba el trayecto.
   Encarni condujo mi automóvil con los ojos puestos en la carretera, seguro que se preguntó por Antonio, nuestro amigo común, y por las razones por las cuales yo había cometido tales disparates, pero no abrió la boca. No la conocía mucho, tan solo de algunas noches coincidiendo por la peña, en las fiestas de los encierros y algún que otro encuentro casual por las calles de Calasparra, pero sabía que de los labios discretos de aquella chica de cabello corto medio rojizo y de mirada serena no saldría nada.
   —Ahora le pido a Marisa que te acerque al pueblo. Tuerce a la derecha —señalé metros antes de alcanzar el carril que confluía desde mi casa—. Por favor, no le digas a nadie que estoy embarazada.
   Introdujo mi vehículo en el interior de la parcela, le agradecí con una sonrisa cansada tal atención. Marisa salió de casa desconcertada, y luego, desde su coche, llevó a Encarni a Calasparra. Al poco regresó a nuestro domicilio, yo ya le había contado de mi indisposición para trabajar, ella prefirió dejar su comercio cerrado por un día, inquietada por el deplorable aspecto con que había llegado subió hasta mi dormitorio para interesarse por mi salud.
   —Hoy tendré que cuidar de los dos —expresó al verme echada sobre la cama sin desvestirme—, ¿tienes fiebre?
   —No, he tenido un pequeño mareo y no me veía capacitada para conducir.
   —Sigue tumbada y descansa un poco.
   —Marisa.
   —Dime.
   —Necesito un abrazo tuyo.
   Ella me lo dio con cierta distancia.
   —Deberías cambiarte la camisa.
   —¿Sigue mi padre durmiendo? —pregunté mientras me ponía un pijama.
   —Sí, pobrecico, la medicación que está tomando lo deja somnoliento. Pero es que si no se la toma se queja de que le duele un sitio u otro. Prefiero verle dormir.
   —Marisa, estoy embarazada —anuncié sin preámbulos.
   Durante unos segundos el estupor de su mirada se convirtió en inexpresiva, creyó que bromeaba.
   —¿Qué has dicho? —inquirió tras sondear mi semblante.
   —Me he hecho un test de embarazo. Ha dado positivo.
   —¿Pero de quién, a ti no te gustaban…?
   —¿Que si me gustaban qué?
   —Nada, hija. ¿Quién es el padre?
   Haciendo alarde de fantasía e improvisación le narré una idílica velada con un tal Andrew que poco se asemejaba a lo acontecido aquella noche.
   —Violeta, entre todos vamos a matar a Andrés a disgustos, él no se va a morir de cáncer, él nos va a dejar por todo lo que está sucediendo en este tiempo, pero ¿en qué estabas pensando?
   Estuve a muy poco de confesarle, mirándole a los ojos, que lo sucedido tuvo su origen en un despecho hacia Isabel.
   —¿Recuerdas cuando esta Navidad no quería probar el vino, que dije que nunca más iba a tomar alcohol? —pregunté a Marisa.
   —Sí, claro que me acuerdo.
   —No lo dije sin motivo —reconocí añadiendo sinceridad a lo que ya le había contado—. La noche que supuestamente fuimos a presenciar el musical Chicago yo no estuve, fue tu hija sola. No me preguntes cómo pero acabé tocando el piano medio borracha en un local muy famoso de música caribeña. Todavía no sé por qué acabé en la cama con él, supongo que porque no paró de adularme, algo de lo que nunca estaré acostumbrada, al igual que al alcohol. Aquello fue un cóctel explosivo, porque aquel hombre me trató como a una princesa.
   —¡Qué insensatez!, ¿acaso no sabes que hay que tomar precauciones?
   —Marisa, ¿tú piensas que una persona con esta facha tiene que llevar un preservativo en el bolso por si se le ocurre follar con alguien? —grité.
   —Calla, que te va a escuchar —susurró refiriéndose a quien se encontraba en el dormitorio adyacente—. ¿Qué tienes pensado hacer?
   —No puedo interrumpir la gestación de una criatura que crece dentro de mí.
   —No me parece la mejor idea, ¿y tu padre?
   —Por ahora no se lo voy a decir. Si él está vivo para advertir el crecimiento de mi barriga, y eso espero, se lo anunciaré.

   Pocos días después de aquello nos visitó una ambulancia, a mi padre le costaba respirar. Pasé junto a él toda la noche en el hospital y al día siguiente exigió que se le diera el alta voluntaria regresando a casa con una aparatosa máquina de oxígeno. Marisa contrató los servicios de una antigua enfermera de ese mismo Hospital del Noroeste para que, a partir de entonces, atendiese a su pareja en las tareas menos dignas, entrambas sabíamos que era cuestión de tiempo que este necesitase asistencia continua en quehaceres que él se negaba en rotundo a que nosotras realizásemos. Pedro nos hizo una visita en aquellos días para informarnos a Marisa y a mí (a mi padre no le mencionamos nada) de que habían detenido a Juan, el Chapicas, Manuel, el Nazi y al Negro por asuntos turbios que iban desde la venta de drogas, a la tenencia ilícita de armas y robos con intimidación. Delitos que —según él— los mantendrían mucho tiempo en la sombra. Una intuición me decía que Pedro había dado uso a sus contactos en el ayuntamiento y la policía para, de alguna manera, saldar una deuda pendiente con su amigo.




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