jueves, 11 de junio de 2020

Volumen 33 de «Mi hija y la ópera»



4

   Las jornadas transcurrieron implacables, el estado físico de mi padre nos revelaba que nos encontrábamos ante su inexorable fin. La máquina que le ayudaba a respirar producía un estridente sonido que impedía el descanso a todo aquel que procurase reposar en su dormitorio. De igual modo yo dormía la siesta sobre su cama mientras él, desde su mecedora, intentaba releer alguna de las muchas obras que atesorábamos en casa desde tiempos inmemoriales. Creo que ya ni leía, utilizaba el libro para dirigir su mirada y pensar. Otras veces lo cerraba, descorría la cortina y le echaba un vistazo al pueblo y quién sabe si a la infinitud del paisaje, meciéndose con suavidad. Yo solo abandonaba la habitación cuando Trini, la enfermera que le asistía, se adentraba para realizar su ingrata labor de limpieza. Conociéndole, debió ser humillante para él. No quiero imaginar cómo tuvo que sentirse cuando en ese mismo cuarto lo desnudaron y ataron a la pared durante días.
   Desde que Marisa supo que yo estaba embarazada no permitió que colaborase con ella en su comercio. Adujo que me encontraría mejor en casa, aunque yo creo que fue una manera de escapar del hogar al que solo venía para comer, cenar y dormir si es que acaso podía conciliar el sueño con el molesto silbido que originaba el aparato que proporcionaba oxígeno a su pareja. Mantuve en secreto lo del embarazo a mi padre, aunque poco a poco iba prosperando la idea de que él vería con buenos ojos que su genética no iba a interrumpirse conmigo. Confiaba en que en algún arranque de valentía aprovechase un momento propicio para informar al futuro abuelo de la existencia de una criatura que se gestaba dentro de mí antes de que fuese demasiado tarde.
   El día 19 celebré, casi a solas con mi padre, el vigésimo cuarto aniversario de mi nacimiento. Fue un acto apagado con el que pretendimos diferenciar aquel sábado de los tediosos días de febrero. Él no salía de su dormitorio y supongo que por aquel entonces ya asumía que jamás bajaría las escaleras con vida. Por ser una circunstancia especial le subí un vaso de whisky, algo que tenía más que prohibido, no por la enfermedad, sino para evitar reducir los efectos de los medicamentos. Yo no tomé alcohol, ni podía ni me apetecía, comí unos dulces que había comprado Trini para la ocasión. Pese a caer en fin de semana Marisa no pudo acompañarnos, alegaba mucho trabajo atrasado en su taller lleno de lienzos, marcos y tristeza. Como iba siendo frecuente en aquellos últimos días regresó al hogar tarde; tanto, que ya dormitábamos en nuestras respectivas alcobas. Trini comenzó a pernoctar en casa, decía que estaba tan agradecida por la generosa remuneración y a la cordialidad con que la tratábamos que no le importó carecer de tiempo personal. Aquella mujer soltera de cincuenta años, tez clara y mirada servicial se había convertido en pocas semanas en alguien más de la familia.

   Mi padre exigió a su pareja un último acontecimiento, este coincidiría con el 9 de marzo, cumpleaños de Marisa. Ella no quería hablar de celebraciones y menos aún si se trataba de algo tan macabro como el de juntar una fiesta con una despedida, puesto que él procuraba convencerla para aprovechar el evento como un adiós en vida a sus allegados, algo que solo tienen el privilegio —decía este— aquellos que son conocedores de su inminente final. Durante los días que transcurrieron hasta esa fecha solo extraigo la siguiente conversación con mi padre, un diálogo, a priori, irrelevante pero que ahora considero como trascendental, de tal manera que marcó el devenir de los meses posteriores a su marcha.
   —Cuando muera —dijo con voz débil—, vete a un sitio que esté cerca de la costa.
   —Yo soy de aquí, padre. Me gusta este lugar.
   —En este sitio siempre hemos sido desconocidos, eres una persona con una sensibilidad especial, vende esta casa y compra una que tenga vistas al mar, te ayudará a escribir, a componer piezas de piano, a ver la vida de otro modo. No quiero que te quedes aquí, tengo enemigos que seguirán siendo tuyos.
   Interpreté aquellas palabras como una advertencia promovida por el temor a que me sucediese algo similar a lo que le ocurrió en aquel mismo dormitorio mientras yo me encontraba en Estados Unidos.
   —Venga, descansa —susurré.
   —Violeta, tienes que llamar a Cristóbal, a nuestro asesor, él te informará de qué es lo mejor para tu economía. Como sabes, heredarás un patrimonio que te permitirá vivir con tranquilidad. Solo te pido que si vendes algo que sea para comprar otra cosa, que el dinero en las manos se acaba pronto.
  —Que sí, pesao —afirmé cansada de hablar con naturalidad sobre algo tan doloroso.
   —¿Quién va a venir para el cumpleaños de Marisa?
   —Pues espero que todos a los que he llamado, el problema es que cae en miér­coles y no sé si todos los invitados podrán asistir. La tía me ha dicho que ella y Alberto lo tienen complicado, si Marisa no tuviera esa manía de hacer la celebración el mismo día de su cumpleaños…
   —Hija, yo opino lo mismo que ella, no se debe celebrar en otro día que no sea el señalado en el calendario. Todos los días tienen su lado bueno y su lado malo, si quisiéramos hacerlo todo los sábados o los domingos se estaría discriminando a las personas que trabajan en esas jornadas.
   —Que sí… papá…
   Lo silencié con un beso en la frente. Su expresión famélica era desgarradora, el resuello de su respiración me infundía desasosiego, más cuando constataba cómo apuraba indignamente las últimas fuerzas que la naturaleza le había concedido. Me senté en la cama para observar su manera de dormir, él levantaba los párpados en ocasiones con un rostro privado de los colores que exteriorizan salud. Recordé mi niñez y adolescencia aquella tarde mientras mi padre intentaba conciliar el sueño y ganar, durante un momento, la batalla al dolor.
   Nací en el seno de una familia perfecta, tenía una madre y una hermana de las que jamás he tenido ni una imagen borrosa como recuerdo. Vivíamos en una casa de ensueño en Cartagena. Un maldito día de septiembre nuestra vida cambió para siempre, ellas quedaron enjauladas en el interior de un automóvil. Todavía se hallarían con vida, en el habitáculo del coche transformado de improviso en un inaccesible amasijo metálico, cuando el camión que las aprisionaba explotó. ¿Qué habría hecho mi hermana, aquella bella e inocente criatura de dos años y medio, para merecer tal fin? ¿Y mi dulce madre que me dio la vida y no se separó de mi incubadora hasta que la abandoné? ¿Acaso estarían pagando con ese castigo del destino los errores personales de una vida anterior?
   Ninguna de las dos tuvo en cualquier caso peor desenlace que mi afligido padre. Durante larguísimos veintitrés años y medio había convivido con la pesadilla de sobrevivir a su amada mujer que originó su afición a la ópera, y a una hija que, ejerciendo de orgullosa hermana mayor, me sostenía en brazos cuando yo solo tenía seis meses. Una inefable amargura con la que se vio obligado a lidiar para poder cuidar de mí. Aquel hombre cuyo cuerpo, en contra de sus deseos, combatía por unos días más de vida en una contienda de antemano perdida con la muerte, era mi única familia. Cuando pereciese ya no tendría a nadie, salvo lo que se estaba engendrando en mi vientre que sería mi garantía para salir adelante.
   Reminiscencias de toda una existencia me sacudían incansables como olas en la orilla mientras luchaba en mi personal guerra contra el cansancio. Podía agruparlas en unas pocas: el piano, la música, la soledad del hogar… junto al perseverante recuerdo de las tumbas, las de mis abuelos y, en especial, la losa que cubría los ataúdes de mi madre y mi hermana, con el mármol helado y sucio por la tierra que era movida por el viento eterno y las hojas marchitas caídas de los árboles del cementerio con su particular danza sobre las lápidas. Solo yo reparaba en aquel singular baile y quién sabe si los muertos desde la infinitud del tiempo, creyén­dose olvidados. La existencia de mi progenitora y sobre todo la de mi hermana apenas habría dejado huella en el mundo, excepto para mí, que sin conocerlas, derramaba lágrimas saladas en un llanto silencioso y de impotencia mientras contemplaba a mi padre que, en su duermevela, abría los ojos para cerciorarse que, en efecto, aún permanecía con vida.
   Andrés Rosique Marín agonizaba ante mí. No era una persona cualquiera de entre todas las que hayan podido existir en la historia de la humanidad, era el ser que lo sacrificó todo para que yo sea ahora quien soy. Me sobrevenían remembranzas de largos paseos por la montaña de la que nunca nos separamos en toda nuestra estancia en Calasparra, y de interminables diálogos que concluían sin que me diera una sola respuesta que satisficiera mis complicadas preguntas existenciales. Y un recuerdo nostálgico de mi niñez surgía con nitidez, destacando sobre cualquier otro, era la evocación de una tarde en una loma cercana, con nuestros pies colgados desde un montículo que asomaba a un barranco, donde presenciamos el más bello de los atardeceres sobre el pueblo.
   —¿Por qué lloras? —musitó mi padre, extrayéndome del ensimismamiento.
   —No puedes morirte, te necesito —imploré arrodillándome junto a su mecedora mientras lo abrazaba.
   —Tranquila, que hasta que no se celebre el cumpleaños de Marisa no puedo irme. Cuando lo celebremos me despediré de todos, menos de ti.
   —¿Qué quieres decir?
   —Ya no quiero que Marisa se quede con nosotros. Además, hace meses que ya no me comporto como un hombre con ella.
   —¿Y eso qué tendrá que ver?
   —Nuestra relación no ha sido otra cosa que eso. Mi compañera siempre será tu madre. Marisa lo ha sabido desde el principio, y no quiero morir entre sus brazos.
   Yo movía la cabeza en señal de negación por el conflicto interno de desconocer si lo que me decía era cierto, o que tal vez sospechaba de su pareja del mismo modo que yo había recelado de ella en los últimos meses.
   —Dejará esta casa después de su cumpleaños, pero no quiero que perdáis el contacto —continuó para evitar suspicacias—, solo que no me apetece que vea cómo me sigo deteriorando, es una cuestión de… ¿cómo se dice?... ¿de orgullo?
   Habilitamos el dormitorio de mi padre para que los asistentes a la celebración pudieran subir y charlar con él a la vez de que pudieran tomar un bocado. Enchufamos una pequeña nevera junto a la ventana y ubicamos en el centro una mesa repleta de bocadillos y platos con aperitivos. Pedro fue el primero en llegar, se sentó en la cama frente a la mecedora. Delante de mí y con todos los eufemismos que era capaz de utilizar, informó a mi padre de que los que le habían hecho daño se encontraban entre rejas. No tuvo respuesta alguna, su amigo estaba incómodo de que la conversación pudiera adoptar un lenguaje más conciso y que yo pudiera enterarme de algo que él creía que desconocía. Pedro se mantuvo callado el resto de la velada sosteniendo una copa de cerveza con su congénita elegancia, asomado a la ventana de la habitación, vislumbrando la espléndida panorámica que ofrece el pueblo en lontananza.
   Oteé junto a Pedro la llegada del vehículo de Isabel que se adentraba en el carril. Ella y su hermana no podían faltar a la celebración del cumpleaños de su madre. Vinieron de Murcia con el propósito de hacernos compañía un rato e irse de inmediato. Alegaban asuntos estudiantiles que, por lo que contaban, no les daban tregua. Una chica les acompañaba, se llamaba Lucía, era una compañera de piso —según me informó Marisa—; vestía con pantalones militares y camiseta de tirantes que junto con un pelo corto y puntiagudo ajaba su nombre y femineidad. Ni siquiera subió a conocer a mi padre, aunque fuera por la sombría curiosidad de contemplar a un moribundo. Permaneció en la puerta de casa todo el tiempo, fumando con la misma celeridad y frecuencia en sus caladas con que escupía; se tocaba la entrepierna a lo Michael Jackson aunque con bastante menos apostura, más bien se asemejaba a un legionario abandonando un prostíbulo, rascándose sus genitales infestados de parásitos. Mi atención se centró después en unas amistades de Marisa, unas vecinas por lo que deduje, las cuales cesaron sus carcajadas cuando accedieron a la habitación, con semblante de pésame saludaron al agonizante sin conceder siquiera un minuto para batirse en retirada.
   Los últimos en llegar fueron mis tíos y mi primo. Los tres cumplieron con protocolo, era una despedida en toda regla sin omitir palabras dolorosas. Alberto le dio dos palmaditas en el hombro y con mirada compasiva le dijo que fuese fuerte, luego obligó a su hijo a que le diera un beso a aquel ser humano que parecía un cadáver. Bajé con mi tío y mi primo a la cocina, saqué del frigorífico un refresco para uno y un zumo de piña para el otro que estaba a poco de cumplir cuatro. El niño se fue a corretear por el salón y a pulsar sin discriminación las teclas del piano. Aprovechando la intimidad que nos ofrecía la cocina Alberto me confesó algo.
   —¿Sabes, Violeta?, cuando conocí a Laura supe por su mirada que tenía en mente a otro hombre. Durante meses pensé que era su forma de ser, hasta el día que vine a esta casa. Entonces comprendí que tu tía estaba enamorada de tu padre. Pensarás que estoy loco, y no me gustaría que saliese esto de aquí, pero estoy convencido de que ellos tuvieron algo, y si no sucedió nada sería porque el respeto al alma de tu madre lo impidió.
   —Alberto —expresé con serenidad—, cuando era niña le pedía a mi padre que se casase con la que ahora es tu mujer.
   —En verdad solo quería decirte que lo sabía. Laura y yo nos queremos mucho, de hecho, ahora te lo dirá, vamos a ser padres de nuevo. Pero todo lo que te digo no me libera de la vieja sensación de haberme sentido como un segundo plato. Nunca he hablado de esto con ella porque sé que me lo negaría. Pero los ojos no mienten, y he sido testigo de cómo se miran.
   Contemplé de arriba abajo a Alberto, me pareció un desequilibrado que pretendía demostrar estar al corriente de cualquier infidelidad de pensamiento de su cónyuge hacia su cuñado, aunque se tratase de celos retrospectivos. Cuando fui de nuevo al dormitorio Laura era la única compañía junto a mi padre, el revuelo de mi primo trasteando el piano y el sigilo con que subí las escaleras contribuyeron a que mi tía no advirtiese mi presencia. Entonces escuché una frase que le otorgaba credibilidad al mensaje de Alberto:
   —Andrés, si tú hubieras querido…
   Distinguí desde la puerta que él negaba con la cabeza sobre la mecedora.
   —Recuerdo que me enamoré el día que te conocí, yo era una niña. Te casaste con mi hermana, aunque yo te seguía admirando en la distancia, como un amor platónico, pero cuando tuvimos la oportunidad de compartir la vida, juntos, con tu hija, la niña a la que dediqué toda mi juventud, me despreciaste.
   Mi respiración me delató, mi tía guardó la compostura besando en la frente a mi padre y secándose las lágrimas anunció:
   —Estoy embarazada.
   Aquel podría haber sido un buen momento para añadir «yo también», pero ninguno de los dos les habría concedido crédito a mis palabras.
   —Hasta siempre, Lauri, que sigas siendo muy feliz —balbuceó con la voz descompasada por ausencia de oxígeno.
   Ella le besó la mano y le acarició el cabello, dejó la habitación a paso ligero rompiendo en sollozos.
   —¿Cuántos quedan en casa? —atinó a preguntar con la mirada perdida—, ¿me puedes poner alguna de Puccini?
   Bajé en cuanto comenzaron a sonar los primeros compases de Tosca. Se habían ido casi todos, incluso Isabel, con la que no me crucé más que unos breves vocablos de salutaciones. Aquella bella idiota no era merecedora de los sentimientos que me originaba; no obstante, el simple hecho de sentirla cerca me cosquilleaba el estómago. El silencio generado por la ausencia de invitados solo era roto por el bisbiseo de Pedro y Marisa en el interior de la cocina. Me acerqué hasta donde se encontraba el dúo para sorprenderles con una mirada cómplice que ambos se regalaban. Él estaba sentado sobre la encimera mientras ella preparaba café. Ambos bajaron sus abochornados ojos en cuanto se percataron de mi aparición. Fue entonces cuando todos mis auspicios se convirtieron en una terrible convicción. Ellos podían reprimir sus emociones delante de todos e incluso fingir una confraternización con el propósito de hacer más llevadera la enfermedad de mi progenitor, pero yo sé cómo se miraban, como los ojos anhelosos con que yo contemplaría a Isabel. Los mismos que señalaba Alberto, refiriéndose a mi tía hacia mi padre.




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