lunes, 15 de junio de 2020

Volumen 36 de «Mi hija y la ópera»



7
  
   Mi pequeño nació con algo más de tres kilogramos de peso el 3 de septiembre de 2005. Por aquel entonces ya tenía apalabrada la vivienda en la que ahora resido. Mis tíos me facilitaron los datos de un conocido suyo que pretendía vender su casa en Cala Flores, un sinuoso complejo residencial junto al pueblo pesquero de Cabo de Palos, a unos treinta kilómetros de Cartagena. Posee unas espectaculares vistas al Mediterráneo. Mi niño se asemeja a su padre, conserva hoy los rasgos bellos con los que llegó al mundo y su piel tostada de mulato desentona con mi clara tez. Juntos formamos un fabuloso contraste de tonos cromáticos. A veces, sobre todo cuando llegaba ese inenarrable lazo entre madre e hijo que es el amamantamiento, yo reflexionaba sobre las numerosas preguntas que se haría cuando creciese, respecto a su color de piel, o de su padre, o cualquier otra cuestión que pusiera en peligro el inquebrantable secreto que iba a imponerme en relación a su origen.
   Poco antes de que diera a luz me sucedió algo que propició que aligerase la mudanza a la costa. Ocurrió tras un atardecer tormentoso, nada que ver con los apacibles anocheceres que me regaló el último mes de agosto que habité en Calasparra. Los árboles se retorcían furiosos por el vendaval, la luna llena se traslucía tras el paso veloz de los nubarrones oscuros. Aquello con­fería al jardín una estampa tétrica, la verja daba portazos al son del viento. Desde que había muerto mi padre, siempre cerraba todas las puertas con llave, pero el voluminoso estado con el que me encontraba dificultaba algunas tareas, por eso no eché el candado aquel día. Avisté allí una incandescencia que levitaba en el aire, abrí la ventana para poder observar con nitidez aquella curiosidad lumínica, la verja cesó de dar golpes, alguien amortiguaba con su cuerpo los cadenciosos impactos. Agucé bien la vista y el sentido común para constatar que la rareza luminosa era un cigarrillo encendido que se acercaba en la negrura.
   —¿Quién es? —inquirí acobardada, resguardada tras la ventana con una escasa abertura que la hacía silbar.
   —¿Es esta la casa de Andrés, Andrés Rosique? —preguntó una extraña voz a la que no supe identificar ni edad ni género.
   —Sí —mascullé aterrada por la extravagante silueta que se aproximaba a mi ubicación.
   Cerré la ventana de un golpe. Contemplé, a menos de dos metros, a una mujer mayor que vestía una haraposa túnica blanca que flameaba al compás de su hirsuto cabello plateado. Apagó el pitillo que exhalaba con vehemencia y se dirigió hacia el cristal empañado.
   —Abre, Violeta, ábreme la puerta —exhortó.
   —No. Váyase o llamo a la policía ahora mismo —supliqué un tanto confusa por estar hablando con una desconocida que sabía mi nombre.
   El pánico de la situación, sumado al enorme tamaño de mi vientre, que impedía oponer resistencia o huir, descartó por completo la idea de que le permitiera el acceso a aquel ser de aspecto endemoniado.
   —Señora, si ha venido a ver a mi padre le informo que falleció hace unos meses.
   —Lo sé, quiero hablar contigo. Es importante.
   —Yo a usted no la conozco, y no reúno las condiciones para recibir visita alguna. Se lo repito, señora, márchese o marco el número de la policía.
   —Solo he venido a pedir perdón y a contarte una historia terriblemente cruel.
   —¿Y su nombre cuál es? —pregunté intuyendo de quién podría tratarse.
   —Me llamo Susana Hernández, soy prima de Paco, el amigo de tu padre. He vivido buena parte de mi existencia en centros psiquiátricos. El reloj de mi vida se detuvo una noche de julio de 1976; desde entonces todo fue rencor, tanto, que me arrastró a la locura.
   —¿Para qué ha venido?
   —He venido para confesarte la verdad, creo que es la única manera de liberar un poco el remordimiento que me ha dejado insomne durante décadas.
   —¿La verdad de qué? Ya ha pasado mucho tiempo desde entonces, ahora no puedo hablar con usted. Si le sirve para algo, mi padre ya le ha perdonado, hiciera lo que hiciera, estoy segura.
   —De acuerdo, ya me voy. No será porque no lo he intentado.
   La mujer emprendió la marcha con parsimonia. Encendió un cigarro con bastante dificultad, la incandescencia junto a su ondeante vestidura se difuminaron como la niebla en la obscuridad. Contemplé durante minutos el camino de piedrecillas que accede a nuestra parcela, esperando que brillasen las luces de un automóvil, hecho que no llegó a ocurrir. Aquella dama fantasmagórica, de la cual ya me había advertido mi padrino que padecía una obsesión enfermiza por mi progenitor, pa­recía haber venido de las tinieblas. Conviene decir que al narrar esta escena no me he dejado llevar por lo que en la literatura se llama «falacia patética» (aquella mujer sombría me visitó, por casualidad o no, en una noche de niebla y viento, mi memoria no ha exagerado un ápice de aquella atmósfera terrorífica). Lo recuerdo todo con perfección, aunque aquello sucediera hace ya un lustro. Por eso permanecí atrincherada, con todas las puertas cerradas con llave, aislada del mundo, en un estado casi de enajenación, hasta que el curso de la naturaleza me obligó a abandonar mi viejo hogar para alumbrar a Andrés.
   
   El empleado de una agencia inmobiliaria me acompañaba la última vez que pisé la casa. Yo había llegado desde mi nueva residencia con mi niño que contaba con unos pocos meses de vida. Hacía mucho frío y se había levantado un viento que no iba echar de menos en la costa. Accedimos al salón, observé los polvorientos muebles, la mayoría llegaron a aquella vivienda mucho antes que yo. Allí perdurarían olvidados, recluidos entre lúgubres paredes quién sabe si por otros tantos años. Subí las escaleras con mi hijo en brazos, descorrí las cortinas y elevé las persianas de todas las ventanas de la planta superior. Deseaba que mis ojos se llevaran para siempre la imagen de los dormitorios en todo su esplendor. «Hasta siempre, vida», musité.
   El eco de mis pasos resonaba por todas las habitaciones mientras el comercial me realizaba preguntas sobre la vivienda. Salí al jardín, hacia el punto donde se encontraban los restos de Yako, entre la higuera y el último árbol que plantó mi padre, ahí me santigüé. La cruz ya había sido quitada, a la empresa no le interesaba que los futuros compradores dedujesen que allí se había enterrado un cuerpo, aunque ahora se tratara de los restos óseos de un animal. Prometí a mi bebé, dirigiéndome a sus ininteligibles oídos que, en cuanto me lo pidiera, tendríamos una mascota. Entretanto el agente cerraba todas las ventanas me dirigí a unos cincuenta metros de la parcela, al montículo donde acudía con mi padre y mi perro a descubrir cómo los matices de las casas del pueblo se transformaban de color según atardecía. Me senté con mi pequeño Andrés, en mi regazo, para comprobar que ya divisaba el paisaje con un entusiasmo similar al de su abuelo.
   —Esta imagen permanecerá para siempre en mi retina —murmuré a mi hijo.
   —¿Señorita Rosique, me firma la nota? —gritó el agente mientras cerraba la puerta principal.
   —Sí, ahora mismo voy.
   Con mi niño bien sujeto en su sillita para bebés conduje por el pueblo. No percibí nada especial, era otro día más de otoño en la localidad. Ninguno de mis conocidos sabía que aquella mañana sería mi último paso por el lugar hasta la fecha. Yo tampoco. En silencio me despedí de las calles, de las plazas, de sus afanadas gentes en sus quehaceres diarios, y del bello paisaje de los arrozales cuando ya el coche me llevaba en dirección a la autovía. ¿Recordaría alguien mi estancia en aquellas tierras? Unas pocas personas podrían acordarse: Marisa y Pedro que vivirían sin mi presencia un romance sin fingimientos. Antonio, el hijo de Maruja, que tal vez suspiraría por mí tras su mostrador de carne por lo que pudo haber sido y no fue. Y Juan, el cual, quien sabe si escarmentado por la mala vida, se hubiera reformado en alguien honrado. Nadie más del pueblo me echaría de menos. Puede que en un momento dado, alguien preguntase qué pasó con la hija del Leñador, a lo que otro vecino contestaría: «He oído que se marchó a otro lugar cuando su padre murió». El paisaje azulado y pintoresco del Mar Menor me recibió con aquellas reflexiones y la certidumbre de que mi grupo de allegados se había reducido a mis padrinos y a mis tíos que, por cierto, acababan de ser padres por segunda vez. Le pusieron Patricia como nombre.
   Los años han transcurrido inexorables desde entonces, la profundidad del mar que puedo avistar desde el balcón de casa me ha evocado miles de remembranzas con la misma sintonía con que las olas rompen con las rocas. De los más remotos recuerdos, en la suntuosa casa de Cartagena, pasando por mi primer día de colegio en Calasparra, de aquel beso con Antonio, y la inevitable melancolía que me originaba la reminiscencia de Isabel, con el momento más dulce de todos los imaginables, cuando en la intimidad de la habitación neoyorquina me obsequió con la mirada de mayor frenesí que unos ojos pueden proyectar. Me acordaba a menudo de Andrew, el progenitor de mi hijo, que seguiría tocando el piano en su local de Manhattan ignorando que un ser que llevaba sus genes crecía en un lugar que no sabría ubicar en un mapamundi.
   Pero mis memorias más nostálgicas tenían a mi padre como protagonista, su singular personalidad, de sus largas historias que ingeniaba para infundirme sentimientos como miedo, tristeza, alegría, etcétera; y de cómo procuraba convencerme de que toda acción tiene su eco en la eternidad. Él disfrutaría contemplando el paisaje que yo diviso cada día y admirar la infinitud del mar mezclándose con el cielo. Nunca me olvidaré de aquel precioso sueño, junto a la playa, donde aparecía mi madre para darle la bienvenida, justo en el instante en que él me dejó. Aquello debía significar algo y lo he descifrado ahora.




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