martes, 28 de abril de 2020

Volumen 9 de «Mi hija y la ópera»


8

   Dani se convirtió a partir de aquel momento en la única persona que entraba en nuestro hogar. Un vendedor ambulante, cuyo nombre era Domingo, también se acercaba cada mañana a casa, pero nunca sobrepasaba la valla que delimita la parcela, tocaba la bocina muy temprano anunciando su llegada y nos traía los pedidos de todo tipo de productos y tomaba nota de los siguientes. Siempre lo atendía mi padre desde la verja, que abría para que el viejo pudiera dar la vuelta sin demasiadas maniobras. Yo nunca trataba con él; por eso, apenas si conocí a ese señor hasta poco antes de jubilarse.
   El tiempo que mi padre y yo dedicábamos a Yako en aquellos meses de oscuridad nos sirvió para domesticarle. Una pelota de tenis era su juguete preferido, nunca se hartaba de perseguirla. Qué diferencia con los humanos, que enseguida acabamos aburriéndonos de lo mismo. Bueno, todas las personas, exceptuando al maniático de mi progenitor. Repetitivo hasta la enajenación, la narración de un día cualquiera de su vida podría valer para resumir la mayoría de los de su existencia en Calasparra. Era como un reloj, comenzaba con un paseo matinal de al menos una hora; después escuchaba una ópera por la mañana mientras atendía las necesidades del jardín y cortaba algunas flores que usaba para decorar la casa y, de paso, proporcionarle fragancia. Yo, mientras tanto, resolvía los ejercicios y otras tareas que la tarde anterior me había encomendado Dani. Luego, un litro de cerveza para «recuperar líquidos» (eso mi padre, yo no tomaba nada). Servidora se ocupaba de cocinar algunas de las recetas que aprendí de mi tía. Comíamos más bien temprano, entre la una y las dos de la tarde, le seguía una pequeña siesta; y después otra ópera, la de las tardes solía ser en vídeo, era la mejor forma de apreciar la teatralidad del género. En otras ocasiones introducía algún compact disc y leía alguno de la ingente variedad de libros clásicos que exhiben las estanterías del salón. Yo hacía lo propio, acompañándolo al otro lado del sofá. Luego venía Dani y, con ello, las tediosas clases lectivas y de piano, incluso darle a las teclas me resultaba soporífero. En ocasiones, mi padre se anexaba a nosotros en un intento huero de ayudar o quién sabe si de aprender. Por la noche yo veía la televisión en el salón, en esto le había ganado la batalla hacía ya un tiempo al excéntrico que vivía conmigo, él se iba a su aposento a escuchar música, sobre una mecedora que situó entre su cama y la ventana, con el tercer o cuarto vaso de whisky del día reposando sobre la mesilla. Algunas veces le oía roncar con un libro abierto sobre su pecho, todavía se me­cía, como si sus pies continuasen el impulso mientras reposaba. En cierta ocasión le apagué la música y me dijo que todavía la estaba oyendo. Confesó que le gustaba mezclar la melodía con los sueños que tenía con mi madre, a modo de banda sonora. A menudo dormitaba toda la noche en la mecedora, casi siempre con la misma ropa que había llevado durante el día; otras veces, si se despertaba y creía que yo dormía en mi cuarto, accedía a la «habitación prohibida» y permanecía allí un tiempo extenso, incluso hasta el amanecer. Le escuchaba suspirar rememorando un pasado glorioso y feliz. Su barba había crecido mucho y, pese a no haber cumplido cuarenta, empezaba a estar encanecida.

   Corría el mes de marzo de 1993 cuando la persona a la que adjetivaban como el solitario de la montaña, el leñador, el náufrago u otros apelativos que lo calificaban de anacoreta, me planteó que hiciéramos un viaje.
   —¿Te gustaría que visitáramos alguna ciudad?
   —¿Dónde? —pregunté con indisimulable estupefacción.
   —Donde quieras, pero tiene que ser una ciudad grande.
   —Vale, pues entonces elijo París.
   —No, cariño, tiene que ser una ciudad que esté en España, que no quiero conducir tan lejos.
   —Entonces, Barcelona, me gustaría ver el lugar donde se celebraron las olimpiadas, y si no… a Sevilla, donde se hizo lo de la Expo —expuse creyendo que podía elegir el destino.
   —¿Y no te gustaría ir a la capital, a Madrid?
   —¿A Madrid? —cuestioné encogiéndome de hombros—, ¿para qué? Aunque, vamos para allá si es lo que quieres, pero no entiendo por qué me preguntas si quiero ir a un sitio u otro.
   A las dos o tres semanas de aquella conversación marchamos a Madrid. Huelga decir, que mi padre no contemplaba otra opción que no fuese visitar dicha ciudad. Preguntarme para que escogiera obedecería a que diese por sentado mi respuesta por un deseo personal de antaño en el que repetía insistente que me gustaría vivir en la capital de España, y que él oiría alguna vez cuando mi tía repasaba conmigo las capitales europeas. Nunca había rebasado las fronteras de la región murciana por ninguna de las provincias limítrofes, menos aún por el litoral. Así que por nimio que pudiera parecer el viaje, era, en efecto, muy especial para mí. No comprendía bien por qué íbamos un fin de semana a pernoctar las concurridas noches de viernes, sábado y domingo, cuando podíamos elegir los días de semana que quisiéramos al no estar ni él ni yo sujetos a los horarios de trabajo y colegio como la mayoría de los mortales (salvo las clases vespertinas de Dani, las cuales podía eludir sin mayor problema).
   Llegamos al Hotel Atlántico, en Gran Vía, a las once de la noche del viernes. Cansados por el trayecto, poco hicimos antes de descansar en la confortable habitación salvo una liviana cena y un corto paseo por el centro de Madrid. Aprovechamos la mañana del sábado para realizar unas compras, él adquirió un traje y yo elegí un bonito vestido en una tienda muy distinguida donde las dependientas en un principio fueron reacias a atenderme. Mi padre me indicó que debía ponérmelo la noche del domingo, ¿el motivo?, una sorpresa. Por la tarde caminamos por El Retiro, un lugar inmenso de fastuosos jardines coronado por aquel hermoso estanque. La gente paseaba sin reparar demasiado en mí, lo que me produjo una agradable sensación. Espectáculos al aire libre con saltimbanquis, malabaristas, mimos y otros artistas callejeros que interactuaban con fascinados transeúntes. Aquellas imágenes se mantendrán para siempre grabadas en mi retina. A la mañana siguiente anduvimos en dirección a la Puerta del Sol y luego hacia la Plaza Mayor. La impresión de pasar desapercibida ante la muchedumbre resultaba confortable a la par de extraña. Contemplé los cuadros expuestos en la calle y el talento que se respiraba entre aquellos artistas de aire bohemio. Por la tarde partimos hacia la Casa de Campo. Caminábamos mucho, y cuando la distancia era considerable tomábamos un taxi. Nuestro automóvil permaneció estacionado en el mismo parking durante toda nuestra estancia en Madrid. A mi padre no le gustaba conducir en zonas urbanas, menos aún en una gran ciudad. Descansamos en torno a una hora en el hotel. Él se duchó mas tarde para vestirse después con el traje que le habían vendido el sábado.
   —Venga, Violeta, que tenemos que ir a un sitio importante. Ponte lo que te compraste ayer.
   Con aquella insistencia echó por tierra mi designio de usar cada uno de los tres pantalones que me había traído de Calasparra para cada una de las noches. Dos eran vaqueros: uno azul y el otro, negro. El tercer pantalón era blanco, y mi objetivo inicial era usarlo conjuntado con una camisa a rayas la noche del domingo. No pudo ser, y al fijarme en el espejo de la habitación del hotel me encontré ataviada con un vestido negro que dejaba en evidencia mi pálida piel. Hubiera sido más acertado dejarme el cabello suelto, pretendiendo disimular parte de mis facciones, pero lucía una sencilla coleta como peinado. Observé con detenimiento mis ojos saltones; la mancha de nacimiento que cubría media cara; el acné al borde de la eclosión que amenazaba con dejarme el rostro tan crateriforme como la luna («las hormonas de la pubertad» —decía mi padre—), mis cejas asimétricas; y el mentón, de tan poca prominencia que parecía avergonzando de presentarse junto al resto de la cara; mi nariz, fina y aguileña, mostrándose altiva ante semejante imagen; y mi boca, los dientes superiores grandes y pronunciados, y los inferiores, torcidos y medio escondidos en una mandíbula desigual. Contemplar mi imagen me producía dolor; tanto, que incluso lo somatizaba en un malestar físico, una incomodidad punzante que detectaba en el bajo abdomen. Caí en la cuenta de los pocos y diminutos espejos que poseíamos en casa.
   Aunque era temprano para cenar me propuso tomar un bocado, los nervios sobre adónde me llevaba, sumados al dolor de barriga, me obligaron a declinar la idea y no consumí nada salvo un refresco de naranja. Caminamos hasta el Paseo del Prado, desconozco si por casualidad o que pretendía que viera la fachada de uno de los museos más importantes del mundo. Aunque luego supe que, en su maquinación, procuraba hacer tiempo. A las ocho menos cuarto, después del zigzagueante paseo y frente al Teatro de la Zarzuela, me topé con la sorpresa que mi padre había estado tramando durante meses: un cartel que anunciaba que, aquel domingo 25 de abril de 1993, se representaba La Flauta Mágica de Mozart —mi ópera preferida por aquellos años—, justo en el mismo lugar donde nos hallábamos, a muy pocos minutos de que comenzara la función.
   Un señor se acercó y nos dio los billetes, no recuerdo bien sus rasgos, pero supe, por la conversación que mantuvieron, que aquel hombre ya había tratado con mi padre. Nos acogió un rimbombante vestíbulo al adentrarnos en el teatro, en él, cientos, tal vez miles, de personas, casi todas vestidas de brunos colores, en especial, los caballeros, que lucían trajes, gafas de intelectual y bufandas; prendas, estas últimas, un tanto impropias para la época del año y la temperatura de aquellos días en la capital. Las damas, vestidas de gala y de aspecto frívolo, realizando comentarios, por ejemplo, sobre la juventud de Mozart cuando le sorprendió la muerte. Percibí al instante un público, en su mayoría esnobista, que no conocía la obra y la vida del compositor austriaco a la cota que yo, a mis doce años, alcanzaba. Entonces contemplé altiva a todos los corrillos que formaban los asistentes y me sorprendí murmurándome que aquella ópera no era para ellos, que disfru­tarían, si acaso, de unos pocos fragmentos célebres, sino para mí. Mi padre me comentaba, tímido y observando a los presentes, cómo se las ha­bía ingeniado para realizar las reservas del hotel y de las entradas de mi obra predilecta cuando un señor se nos acercó con un «ustedes no son de aquí», supongo que por el acento murciano, nuestro aspecto estrafalario, o tal vez, por estar aislados de los numerosos círculos de personas que tertuliaban sobre la biografía del músico. Fue aquel amable hombre quien nos indicó qué puerta del teatro debíamos franquear para encontrar nuestros asientos.
   Accedimos al patio de butacas, los sillones estaban en una ubicación excelente, cercana al escenario. Los músicos afinaban sus instrumentos. Mi padre, que lucía barba y una tez que parecía recién venido de construir una carretera en una isla desierta, realizó cierta pose de atención y respeto a los intérpretes. Comenzó a sonar la Obertura, ambos, sin comunicarnos de manera verbal, nos sonreíamos con complicidad sabedores de estar viviendo un momento único. Presenciar una ópera en directo no tenía parangón con todas las que pudiéramos haber escuchado o visto en discos compactos, casetes o vídeos. Por primera vez vi a mi padre actuar con protocolo, dejándose llevar por los aplausos o vítores que sucedían a los fragmentos conocidos, seguro que en contra de sus principios sobre la individualidad y el borreguismo.
   Varias horas después terminó la representación. Tras la interminable ovación, a la que a los cantantes se les agasajaba ramos de flores entre aclamaciones, nos marchamos, ya cuando la mayoría de las butacas estaban vacías. No nos dijimos nada, estábamos conmovidos. Por suerte para la integridad de mi padre, no se trataba de su ópera predilecta —también del mismo autor—, cuyo final tiene una belleza, que de haberla presenciado en vivo, habría sucumbido a la emoción. Sabíamos que rumbo al hotel nos encontraríamos con una cadena de comida rápida. Antes de pisar suelo madrileño, días atrás, ya había compartido con mi padre mi deseo de visitar una. Esa noche llegó la propuesta.
   —¿Picamos algo?, no has tomado nada desde mediodía.
   —Me sigue doliendo la barriga, pero si es una hamburguesa…
   Era ya de madrugada, pero a pesar de la hora la ciudad mantenía algo de chispa. Un ambiente, por otro lado, peligroso, donde pululaban mendigos y gente de mal vivir que repartía folletos de clubes nocturnos a viandantes con evidentes síntomas de embriaguez. Todos nos abrían paso percatándose de nuestro decidido caminar mientras ignorábamos su presencia comentando los mejores instantes de aquel sueño hecho realidad. Con mirada hastiada nos recibió un chico con gorra tras el mostrador de la hamburguesería, echó un vistazo al reloj resoplando. Nos encontrábamos, pues, a tres o cuatro minutos de que el local pudiera declararse oficialmente cerrado. Debía atendernos y no parecía disponer de ningún compa­ñero que le ayudase. El sitio estaba casi vacío, solo una mesa ocupada, en una esquina, con dos adolescentes con camisetas de tirantes rotuladas con los nombres de ídolos del baloncesto americano. Mi padre solicitó al escurridizo dependiente una hamburguesa gigante, así como todo lo demás, yo pedí uno de esos menús que tanto anunciaban por televisión y que iban dirigidos para niños, en cierto modo, hasta esa noche yo lo era. Mi padre pagó la cuenta y se dirigió al sótano de aquel establecimiento en búsqueda de los aseos. Me senté sola en la mesa más cercana a la barra, esperando con timidez y palmaria ansiedad a que el camarero me avisase de que nuestro pedido estaba listo. Uno de los chicos que aguardaban al final del local se acercó al mostrador exigiendo otra cerveza al empleado. Examiné con indisimulable pavor su apariencia, repleto de cadenas, una camiseta de tirantes roja con el nombre de Jordan y el número veintitrés, se expresaba con un acento que no acerté a concretar, pero con toda probabilidad no provenía de los oriundos de Madrid. Llamó a su amigo que presentaba claros indicios de borrachera.
   —Mira, pana, asómate. Esto solo se ve una vez en la vida.
   El otro, ataviado de una camiseta amarilla que aludía a los Lakers y bajo una ridícula gorra gigante cuya visera protegía de una hipotética luz solar, se levantó raudo de su mesa acercándose con gesto de asombro y la cabeza oblicua como si padeciera tortícolis. Su sonrisa no podía contener más maldad, llevaba un Jesucristo dibujado en un brazo y varias insignias colgadas del cuello que, tal vez, explicarían la absurda inclinación de su cabeza.
   —¿A ti qué te pasa, fea, que tienes que salir de noche para que nadie se asuste? —preguntó una vez arrimado a mi mesa.
   Amordazada por el pánico no respondí, ansiando que mi padre apareciera ipso facto.
   —Debe de ser retrasada, aunque tiene un bonito vestido, ¿vemos qué tiene que pueda valernos? —preguntó el de rojo a su amigo.
   El de amarillo asintió con mirada malévola. Mi padre los escuchó, subió los peldaños, imagino, de tres en tres. La imagen de un hombre trajeado, con espesa barba, de casi metro noventa de altura y unos ciento veinte kilogramos de peso no los espantaría tanto como su expresión de hombre lobo en plenilunio, ávido de sangre.
   —¡Vámonos! —se dijeron al unísono al verse sorprendidos remangando mis atuendos.
   El de camiseta amarilla corrió primero, parecía haber recuperado en el acto la movilidad en el cuello. No tuvo tino con la puerta de salida del local, que en vez de tirar debía empujar, y estampó su cara en el cristal cayendo al suelo en el inte­rior de la hamburguesería, permitiendo salir fuera del establecimiento al primero en increparme —el de camiseta roja—, el cual huía despavorido sin mirar atrás. Mi padre andaba en dirección a la puerta, tenía a su merced al otro macarra, todavía aturdido, tumbado con la mano en la boca tras el encontronazo. Se desabrochó los botones de su chaqueta para poder atizar al joven con mayor comodidad. Supongo que dudó entre asestarle un puñetazo o aprovechar que el contrincante permanecía en el suelo para propinarle una contundente patada, pero cogió una silla de plástico roja que levantó con las dos manos para golpear a aquella rata que se había despojado de toda dignidad y suplicaba indulgencia con mirada de ratoncito. La sirena sigilosa de un vehículo policial alumbró de azul las fachadas de la Gran Vía y pasó vertiginosa de un lado a otro de la céntrica calle. Mi padre sopesó los riesgos de machacar a aquel sujeto cuyo peso no sería muy superior al mío para, al final, dejarle escapar lloriqueando.
   —Vete de aquí, imbécil.
   Paradojas de la vida: la policía salvó de una paliza segura a aquel aprendiz de delincuente.
   —Ha hecho usted muy bien en no pegarles —dijo con acento muy parecido al de los anteriores individuos, el empleado de la hamburguesería que había desaparecido del mostrador en el momento de la ofensiva de estos—. Luego, irían a buscarle con su pandilla y, tarde o temprano, le encontrarían.
   Mi padre lo miró con arrogancia y carcajeó mientras añadía:
   —Tengo desde hace años a gente buscándome, mucho más peligrosa que estos mequetrefes, y todavía no me han encontrado.
   El chico bajó la cabeza sin replicar. Recuerdo que esa última frase me pareció en su momento como la propia tras un suceso de esa índole. Con el tiempo he sabido que había mucha verdad detrás de aquellas palabras.
   —Voy a por otra cerveza —dijo mi padre mientras rendía cuentas a la hamburguesa. Su manera de masticar y engullir me recordaba a la voracidad con la que Yako devoraba el jamón cocido que yo le quitaba a mis bocadillos.
   Salimos de la hamburguesería camino del hotel. Ya hacía algo de frío. Mi padre me aferró del hombro en señal de protección. Comencé a llorar sin que él se percatase. Me sentí vejada por aquellos jóvenes, vencida por las circunstancias. Mi odio superaba al miedo, con una sensación que me evocaba al día en el que el Nazi me empujó a un charco. Deseaba la muerte a esas personas con todas mis fuerzas. Bajo el brazo de mi padre y con el sonido fugaz de los vehículos pensé que ya no podía sucederme nada más degradante, y ¡qué equivocada!, estaba a kilómetros de sentir verdadera humillación, a unos doscientos. En el ascensor del hotel le dije a mi padre lo que yo sabía que no quería oír.
   —Me gustaría irme ahora a Calasparra, me encuentro mal.
   —Hija, mañana muy temprano nos iremos.
   —No. Quiero irme ya, te lo pido por favor.
   —Violeta, es muy tarde, se nos va a hacer de día por el camino, tenemos la noche pagada.
   —Papá, no es broma, no deseo estar aquí, tengo miedo y necesito ver a Yako. Me siento rara y creo que es por algún mal presentimiento.
   —Bueno, me ducho a ver si me despejo y nos vamos.
   Nos cambiamos de ropa, mi padre se vistió con unos vaqueros y un polo. Yo me atavié con las prendas que, en origen, había pensado para el domingo: pantalones blancos y camisa. A las tres de la madrugada del lunes partimos de Madrid en dirección a Murcia. El coche se desplazaba salvando camiones de basura y otros vehículos nocturnos destinados a la limpieza. Ahora sí estaba la ciudad solitaria. Los semáforos y las luces de las farolas proporcionaban algo de color a nuestras silenciosas caras. Hicimos una primera parada en un bar de carretera, en Mota del Cuervo, mi padre necesitaba tomar un café y estirar las piernas, yo no tomé nada.
   Ya en la provincia de Albacete comenzó a llover. Yo no podía conciliar el sueño a pesar del cansancio y del traqueteo del automóvil. Mi mente insomne cavilaba analizando mis complejos, en los comentarios insultantes y en las expresiones prejuiciosas de todas las personas que trataban conmigo, como si diesen por sentado de que tras mi fachada se escondía un ser con cierto retraso mental, como si yo hubiera elegido los genes que componen mi rostro y que, por ello, fuera culpable de haber nacido así. Lloré en silencio, no quería que mi padre se distrajera de la conducción por el caprichoso anhelo de no ver cumplido el lejano deseo de mi niñez de ser normal. El ruido de los coches que se cruzaban a toda velocidad por aquella carretera mojada y la melodía de Inneggiamo de Cavalleria Rusticana (que mi padre, por ventura, elevó de volumen) atenuaron el sonido de mis amargos suspiros. Lágrimas de lluvia caían sobre el cristal compartiendo mi pena. ¿Podría pasar alguna vez desapercibida?, ¿por qué se me otorgaba una personalidad determinada por tener un aspecto concreto? Aún hoy sigo sin encontrar respuesta a todas aquellas reflexiones.
   Hicimos una última parada en un bar de La Roda. Media docena de noctám­bulos y madrugadores camioneros que consumían café, junto a sendas botellas de Soberano, me miraron con asombro, todos desconcertados. No me había percatado todavía del porqué, sospeché que mi corta edad en un lugar como ese y a esa hora no podía causar tanta estupefacción, incluso con mi peculiar rostro de ojos lacrimosos. Mi padre iba detrás de mí, al contemplar la escena y el punto donde todos habían clavado sus ojos me detuvo y me echó un vistazo de arriba abajo. Pasó su mano por la frente y contuvo la respiración unos segundos, me dijo que le acompañara hacia el coche, abrió el maletero y sacó una de mis bolsas de viaje indicándome sin pudor alguno que me cambiase en los aseos de señora que se ubicaban al final de la barra de aquel decrépito local de carretera, y que si fuera preciso acudiríamos a una farmacia de guardia. Noté que mi entrepierna estaba húmeda, creí que era sudor, aprecié que mis pantalones blancos habían experimentado un cambio de color en esa zona y, entonces, reparé en las advertencias al respecto que tiempo atrás contaba mi tía: me había llegado la menstruación.




Andrés, IV

   A primera hora de la mañana acudió, con la servilleta escrita por Patricia, a una tienda de discos de la calle Santa Flo­rentina.
   —¿Tienen ustedes Turandot, de Puccini?
   —¿Eso qué es? —preguntó la dependienta.
   —Una ópera.
   —La música clásica está por ahí. —dijo señalando el fondo de la tienda.
   En la estantería solo se exhibían tres viejas grabaciones de ópera en discos de vinilo, dos de Verdi: Rigoletto y Aida; y una de Mozart: Don Giovanni. Le preguntó a la empleada si podía encargar el título que buscaba, ella afirmó, aña­diendo que tendría que dejar un dinero en señal y que en una semana lle­garía la obra que solicitase.

   El viernes, 9 de julio de 1976, llegaron los discos de la ópera Turandot. Escuchó cada uno de los vinilos que inte­graban la obra. Su oído no estaba acostumbrado a la ópera y puede que al principio le resultase aburrida, hasta que en el tercer acto, y tras una hora prestándole atención a la música, aparecieron unas notas que sugerían el leitmotiv de la melodía Nessun dorma. Se levantó sobresaltado dirigiéndose al tocadiscos para elevar el volumen, en­seguida se percató de que no era con exactitud la misma música que había oído el verano anterior, pero sospechaba que pronto se mostraría con la misma belleza que recordaba. A los pocos minutos sonó el aria. Andrés observó la parte del vinilo donde se deslizaba la aguja para repetir después el fragmento, lo escuchó con tanto entusiasmo que terminó canturreando cada uno de los tres «vincerò!» con los que culminaba aquella pieza. Sus vecinos debieron pensar que aquel joven que vivía solo era muy raro. Varias veces consecutivas escuchó la ópera esa tarde de descanso profesional, tantas como whiskys bebió sentado en el sillón de su salón. Luego se encaminó a su local habitual.
   —Patricia, ya he oído Turandot, es impresionante.
   —Sabía que te iba a gustar —dijo —, siéntate donde puedas, mira qué lío tenemos hoy.
   —Tráeme algo dulce, necesito azúcar.
   Ella le sirvió una tarrina de chocolate con leche merengada.
   —Mira, Andrés, mañana es el cumpleaños de mi prima Asun, si no tienes planes estaría bien que nos acompañaras —propuso Patricia al dejar el helado—, saldremos cuando termine de trabajar, iremos primero a la calle Cuatro Santos y luego a La Dama de Oro, ¿te apuntas, o qué?
   —¿Tanta pena te doy que tienes que quedar conmigo por lástima?, a mí me gusta venir aquí solo, no es porque no tenga con quién salir.
   —Tranquilo, que yo te lo he dicho porque me caes bien —dijo airada mientras se marchaba al otro lado de la terraza advirtiendo los aspavientos de un cliente.
   Andrés cayó en la cuenta de lo grosero que había sido con Patricia. Avergonzado, tal vez, de parecer un cliente insociable, llegó a la conclusión de que llevaba casi un año asistiendo incansablemente a la heladería con el principal propósito de encontrarse con la bella mujer que conoció el mismo día que escuchó por primera vez el aria de Puccini. Aquella tarde, fue la segunda ocasión en la que tuvo la posibilidad de apreciar la melodía que le había turbado en los últimos meses. Lo que sucedió a continuación podría considerarse como una simple casualidad, aunque Andrés lo interpretó como una increíble y deliciosa coincidencia de las que ocurren una vez en la vida y a la cual habría que atribuirle un significado. Alzó la vista y distin­guió a lo lejos cómo la joven de cabello moreno que conoció el verano ante­rior se acercaba con distinción a la heladería. Venía acompañada de una señora de mediana edad, ambas se acomodaron a la única mesa que quedaba libre. La observó con detenimiento, calibrando los pequeños cambios físicos que le había producido el último año, llegando a la conclusión de que solo su piel es­taba más pálida; por lo demás, seguía irradiando el mismo glamour que en sus recuerdos. Un escalofrío tembloroso le sobrevino, pero la inspiración de la música escu­chada horas antes, que parecía anunciar las apariciones de la sirena, y la va­lentía de las copas ingeridas, le hizo creer que la terraza estaba vacía de clientes. Se levantó hacia el lugar donde tomaba asiento la chica, aprovechando que la acompañante se introdujo en el local en búsqueda de los baños.
   —El último domingo de agosto estuviste aquí —dijo Andrés sin saludar.
   Ella acababa de encender un cigarrillo y lo miró de arriba abajo sorprendida de tan original intromisión. Antes de que pudiera tildarle de loco él apostilló:
   —Sí, en agosto del verano pasado, sé que eras tú.
   La joven hizo un gesto de cálculo y asintió.
   —Es cierto, no he venido desde entonces —aseveró—, ¿cómo te has acordado después de tanto tiempo?
   —Una mirada como la tuya es imposible de olvidar. No eres de aquí, ¿de dónde eres?
   —Soy de Barcelona, pero mi madre, que es la mujer que ha venido conmigo, nació aquí. Tengo primos cartageneros a los que veo en los meses de verano y algunas navidades.
   —Bueno, no te molesto más —se despidió, constatando que la madre se acer­caba con premura—, me llamo Andrés, a ver si coincidimos otra noche.
   —De acuerdo —susurró mientras afirmaba con la cabeza—, yo, Susana.
   Él volvió a su sitio y advirtió que su consumición había desaparecido.
   —¡Óscar! —exclamó—, tenía una copa llena en mi mesa.
   —Siempre te atiende Patricia, pregúntale a ella.
   —¡Ah!, ¿estás todavía aquí? —terció la joven camarera dirigiéndose a Andrés con la bandeja llena de helados y la mirada de enojo que podría imputarse al estrés de la jornada—. Pensé que te habías marchado.
   Él no le contestó, puso sus ojos en Susana mientras escuchaba a su acompañante recriminarle por su manera de vestir.
   —Hija, esto no es Barcelona, aquí te pones escote y se te acer­can los muchachos como locos.
   Susana sonrió tras el comentario de su madre y miró de soslayo a Andrés, enfadado aún por la acción de Patricia, este se levantó de la silla y echó un último vistazo a la bella barcelonesa, realizando un gesto de despedida con la cabeza que fue devuelto con los ojos de una loba ante una presa fácil. Puso rumbo a casa, suspirando, le esperaba la princesa Turandot. Llevaría unos pocos metros andados, intentando no sucumbir a la tentación de echar la vista atrás, cuando al­guien mencionó su nombre desde la terraza.
   —¡Andrés! —volvió a gritar Patricia, acercándose a paso ligero con la bandeja sostenida entre el torso y sus dos brazos en forma de aspa— Al final, lo de ma­ña­na se ha suspendido; y si te había dicho que nos acompañaras no es porque me des pena de que siempre estés solo, así que tampoco vayas ahora de donjuán que no tienes que demostrar nada.
   Quiso explicarle a su amiga el motivo por el cual había frecuentado durante meses la heladería. Sin embargo, creyó que no era buen momento para confesarlo.
   —Hasta mañana, Patricia.
   Ella regresó a la terraza sin decir palabra.



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