jueves, 23 de abril de 2020

Volumen 7 de «Mi hija y la ópera»


6

   Aunque mi tía depusiera nuestros encuentros de fin de semana, fue ella la que me proporcionó los libros de texto que le servían de apoyo en nuestras clases para que los estudiase, telefoneándome casi todas las noches para tantear mi evolución. La conferencia de los sábados era bastante más larga porque hacíamos un repaso semanal a todo lo aprendido. Recuerdo que, en ocasiones, mi padre comentaba con Laura que anhelaba que yo desarrollase mi talento realizando actividades que me motivasen, que no perdiera demasiado el tiempo con aquello que no satisficiera mis intereses o capacidades. En otras conversaciones telefónicas discutían, él mantenía su negativa a habilitar la habitación secreta con el subterfugio de que las herramientas y otros enredos peligrosos no podían almacenarse en otro lugar. Yo creo que intentaba evitar que mi abuela prolongase su estancia en nuestra casa, o, tal vez, su santuario era intocable.
   Daniel y mi padre colaboraban también en mi desarrollo educacional, con más paciencia por parte de mi profesor que por el otro; definitivamente, Dani demostraba atesorar aptitudes para la enseñanza. Una tarde de sábado estuvimos los tres, ensayando una canción que permanecerá en mi memoria para siempre, con mi padre a la guitarra, la cual desenfundó después de mucho tiempo; Daniel y yo tocábamos a dúo el piano, él en las graves, pulsando las notas del acompaña­miento; y yo en las agudas, interpretando la melodía. Ejecutamos una canción de The Beatles que Dani cantaba en un inglés perfecto: Let It Be. Aquellas tardes musicales del verano de 1991, en las que intercambiábamos instrumentos, me unieron más, si cabe, a mi profesor de piano. Él no paraba de repetirme la extraordinaria semejanza física que descubría entre mi padre, de nuevo con barba, y Paul McCartney.
   En una de esas tardes, los ladridos de Yako desde el exterior se sincronizaron con nuestra música. Interrumpimos la interpretación porque sabíamos que aquello era el indicio de que alguien se acercaba a la finca, nuestro perro nunca ladraba sin motivo. Un desconocido vehículo aguardaba a que le abriéramos la verja. Acompañé a mi padre que saludó entusiasmado a la mujer que lo conducía. Atendía al nombre de Teresa. Dani aprovechó la ocasión para coger su bicicleta y salir de nuestro domicilio sin despedirse, demostrando una vez más su falta de sociabilidad.
   —Hola, Violeta —saludó la señora después de derretirse en un prolongado abrazo con mi padre.
   —Hola —respondí, confusa por la información que aquella mujer anónima poseía de mí.
   —¡Cuánto tiempo, Andrés! —sonrió tomándole de un brazo.
   —¿Has encontrado bien el camino?
   —Hasta Calasparra perfecto, después, por la carretera hacia el santuario no he tenido problemas porque está bien indicada. Ya una vez en la subida, no recuerdo si me dijiste: a unos cuatro kilómetros del pueblo, un carril de gravilla que se abre a la derecha… y he llamado a vuestra vecina de allí —indicó Teresa señalando la única vivienda que comparte el sendero con la nuestra—; que por tu nombre no te conoce, pero me ha preguntado si la persona que estaba buscando era muy aficionada a la música y, al responder que sí, me ha indicado que era esta casa.
   —¿Has conseguido hablar con mis vecinos? —preguntó extrañado—. Llevamos cinco años aquí y no les conocemos en persona.
   —Yo no he llegado a ver a la mujer, apenas si ha abierto la puerta, no ha salido en ningún momento, por la voz debe de ser mayor.
   Teresa —según entendí en la cena— había sido amiga de mi padre, casi novia, pero que por circunstancias de la vida no acabaron siéndolo. Todo eso antes de que mis padres se conocieran. Tendría unos cuarenta, pero el paso de los años le había dejado menor huella. Vestía una escotada camisa blanca y una ceñida falda gris que dejaba a la vista sus rodillas. Lucía unas elegantes joyas de oro que hacían resplandecer su cuello y muñecas. Delgada, aunque de torso exuberante, con un peinado recogido que no ajaba su ondulado cabello rubio. Fumaba tanto como hablaba, decía que acababa de separarse de su segundo marido, y que en una próxima ocasión iba a traer a Cuqui, una perrita de pedigrí, de la que vaticinaba que haría buenas migas con Yako, el cual iba cada vez aclarando el pelo según dejaba de ser un cachorro.
   Ambos bebieron vino, yo diría que demasiado. Salieron al jardín sin retirar la vajilla de la mesa con el pretexto de fumar un cigarrillo y tomar una copa disfrutando de la calidez de la noche colmada de estrellas y el suave canto de los grillos. Cuando conversaban a solas me pareció escuchar en ella lo mucho que sentía lo acontecido aquel fatídico día de septiembre de 1981; también hablaron de un tal Manuel, amigo común por lo que deduje, que poseía una prole de cierta consideración. Desde la ventana de la cocina, simulando recoger los enredos, presté toda mi atención a sus gestos cuando callaron. La mano de mi padre fue a parar sobre el hombro de Teresa, ella torció su cabeza para rozar con la mejilla sus dedos, se penetraban con la mirada, él deslizó su otra mano a la parte del rostro que ella había dejado al descubierto, aquella mujer se contoneaba con expresión pícara al son de las caricias que recibía, sus caras comenzaron a acercarse y, ¡de repente!, se cayó un plato que no tuve la pericia de situar sobre el fregador.
   —¡Violeta! —gritó mi padre irrumpiendo en la casa—. Deja eso, que tú no vales para limpiar, tú has nacido para deleitar al mundo con el piano.
   El tono imperativo que empleaba, a veces, garantizaba que la réplica por mi parte fuese inexistente. Mientras recogía los trozos de loza esparcidos en el suelo me ordenó que interpretase todas las canciones que había aprendido con Dani y, luego, las que yo había compuesto. Que realizara una exhibición de la eminente pianista que él hacía gala, entretanto, le mostraría a Teresa el resto de la casa. Descendieron a los veinte minutos, yo continuaba tocando, podría estar horas sin repetir una sola melodía, aparté la vista de las teclas y advertí el desairado aspecto de ambos bajando la escalera, ella estaba despeinada y a sus impecables atuendos se les había esfumado el garbo. Comentando las fantásticas vistas al pueblo que podían divisarse desde los dormitorios, efectuaba un repetido gesto procurando alisar, con la mano, la camisa para después insertarla entre su falda y abdomen. Me recordó a los días de colegio en los que la pereza me vencía y me vestía a toda prisa. Se despidieron detrás de la verja, ya en el carril, con otro abrazo. Prometieron verse en poco tiempo, no se besarían porque yo estaba —como diría mi padre: «sopando»—, el automóvil estaba arrancado, era muy tarde y le quedaba un largo camino a Teresa.

   Había trasnochado demasiado, por eso no me desperté hasta que los estentóreos coros de Rigoletto conquistaron mi letargo. Eran las diez, el sol invadía toda la casa, mi padre ya debería haber realizado su paseo matutino por el bosque, me asomé a la ventana y observé que podaba un ciprés, tarareando, con más o menos acierto, las frases del duque de Mantua. Le vi extraño, se había pasado la cuchilla por la cara, otra vez. Después de la siesta de aquella veraniega tarde, la temperatura nos brindó una pequeña tregua. Escuchábamos La Bohème, de la cual apostillaba, en aquel tiempo, que era su obra favorita —siempre con permiso de Las Bodas de Fígaro, de la que, con frecuencia, comentaba de que si Dios compusiese óperas no la podría haber superado—. Balanceándose en una de las viejas mecedoras que perduraban en el jardín, describía la escena del dúo O soave fanciulla cuando le interrumpí.
   —La mujer de anoche te miraba como la tita.
   —Es una mirada de aprecio hacia alguien al que se le tiene cariño, hija.
   —Papi, estás muy guapo cuando te afeitas, prefiero verte sin barba.
   Me miró con exasperación, con mis comentarios impedía que se embelesase escuchando el conmovedor final del primer acto. Yako se acercó tratando de que yo jugase con él. Algunas veces me mordía cuando se retozaba buscando, en mi mano, una vieja pelota de tenis, era muy temperamental y casi nunca me obe­decía; en cambio, la presencia de mi padre, malhumorado, le aterraba. El viento se levantó de repente, pronto emergieron, tras las cumbres de la sierra de San Miguel, unas nubes oscuras que se precipitaron furiosas y abundantes a los pocos minutos. Mi padre y yo nos adentramos en casa, Yako tenía prohibido el acceso al interior de la vivienda. Como era verano, la guarida que le ofrecía el montón de leña de la época invernal no existía. Asustado, nuestro perro no comprendía por qué no podía protegerse del agua. Pedí, por favor, a mi padre que le permitiera entrar a casa. Ante su negativa, salí junto a Yako. Con el pesado animal entre mis brazos, y a merced de la lluvia, me postré ante la puerta implorando misericordia.
   —Venga, pasad —dijo cuando comprobó que yo no cedería con facilidad y el riesgo contingente de tener que cuidar a su hija acatarrada.



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