martes, 29 de noviembre de 2016

Capítulo 15, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Final del Capítulo 15, Acto II, de Mi hija y la ópera:


«Días antes enterramos el cuerpo de Yako, unas pocas horas después de que lo mataran. Mi padre cavó una pequeña fosa junto a la higuera, era su árbol preferido para cobijarse del sol cuando buscaba descanso en las interminables tardes de verano.
   —Papá, ¿crees que vendrán? —pregunté sin haberme recuperado todavía de las pesadillas que padecí aquella mañana.
   —No, no creo hija, no te preocupes.
   —¿Por qué crees que hay gente que roba y se dedica a hacer el mal?
   —Algunos, Violeta, no viven en paz. Así como en las guerras no hay buenos ni malos, a ese tipo lo han educado codiciando lo ajeno porque, de algún modo, piensa que nosotros, somos los malos de su película. Que voluntariamente los hemos dejado apartados de la sociedad, marginados, etcétera. En su ignorancia, creen que somos el enemigo y que ellos se creen con el derecho de buscar la compensación de lo que a cada uno le pertenece; infringiendo unas reglas sociales que, en verdad, son injustas.
   —Justificas lo injustificable: mataron a Yako.

   Mi padre seguía echándole tierra en la cavidad donde yacía nuestro perro. Me contempló asintiendo y sé que comprendió perfectamente mi irritación. Su filosofía donde todo el mundo nace bueno y que las circunstancias de la vida son las que acaban convirtiendo a que alguien delinca no se podía sostener. Menos aún aquel día.»

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domingo, 27 de noviembre de 2016

Capitulo 14, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 14, Acto II de Mi hija y la ópera:

«Me apeé del viejo coche que conducía mi padre junto, a la Iglesia de la Merced, frente al bar, era las nueve y cinco de la noche. Se despidió sin siquiera echar un vistazo al entorno para indagar quiénes serían los chicos que deberían estar esperándome, se marchó en dirección opuesta a nuestro domicilio, especulé que tal vez no le apetecería maniobrar debido al gentío que recorría la calle. Total, nadie le esperaba en nuestro hogar. Yo agradecí el gesto, no quería que me soltase dos besos o cualquiera de sus frases sentenciosas que no dejan en buen lugar mi madurez. Yo me apoderé del teléfono móvil, con la advertencia de que, a la mínima incidencia, llamase a casa. Me acerqué hacia el Crillas que estaba a unos pocos metros. El lugar estaba atestado de peatones que se dirigían en todas direcciones, varios carricoches con sus respectivos progenitores se cruzaron frente a mí con sincronía diestra. Sentí el nerviosismo palpitar cuando las miradas de los transeúntes se posaron sobre mí con la indeseable impresión de estar fuera de lugar. Como una advenediza me adentré en el establecimiento y me encontré con un par de jubilados que dialogaban a gritos acodados en la barra; y a Antonio, en el final del bar, sosteniendo una cerveza y contándole batallitas a la camarera. Él no se percató de mi presencia por lo que, en vez de saludar, abandoné el local en búsqueda de mis dos amigos cibernautas. Me topé con una pareja de chicos nada más salir al lado derecho de la puerta. Hablaban amistosamente mientras fumaban. Muy distintos entre ellos, y radicalmente desemejantes respecto a los que deambulaban por la zona. Antes de que yo llegara a presentarme los dos se miraron de soslayo y exclamaron al unísono: "¡Violeta!".»


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viernes, 25 de noviembre de 2016

Capítulo 13, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Final del Capítulo 13, Acto, II de Mi hija y la ópera:

«El sigilo se apoderó de aquel trío. Inquieta por la precisión de la historia y de cómo mi padre pormenorizó los detalles de aquel crimen, subí el único peldaño que había descendido de la escalera y me dirigí cautelosa al dormitorio. Una vez allí, pulsé el interruptor de la luz con fuerza, realicé un sonoro bostezo y acudí al baño a beber agua: pretendía que notaran mi presencia e impedir con ello que intercambiasen juicios de valor al respecto. Me acosté con el estómago anegado de líquido y no conseguí conciliar el sueño, aprecié en los susurros de Juan y Pedro una evidente conmoción, conforme transcurrieron los minutos, el asunto fue reemplazado por temas menos desagradables. Doy fe, apenas pude dormir hasta la alborada.


   En los tres días posteriores mi padre articuló menos palabras que en aquella hora donde relató, con pelos y señales, lo acaecido aquella infausta semana de septiembre. Me sentí dolida por no haberme contado nada al respecto, máxime, habiendo sido testigo de lo fácil que le fue intimar con sus amigotes dichas confidencias. Por suerte, aquella noche acabaría siendo una de las últimas batallas de resistencia al alcohol y a las horas. A mi progenitor no le sentaban nada bien.»


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miércoles, 23 de noviembre de 2016

Capítulo 12, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 12, Acto II de Mi hija y la ópera:


«En una comunidad de internautas aficionados a la ópera conocí a Berta Ferreyra, una argentina de treinta y nueve años, oriunda de su capital. Se identificaba  con el gentilicio de porteña que prefería al de bonaerense. De alto nivel intelectual y económico, aquella mujer recientemente divorciada siempre acababa sus conversaciones conmigo con la promesa de que, pronto, me visitaría en un perentorio viaje a España. En otro foro, donde los que participábamos éramos apasionados del piano, conocí a otra de mis grandes amistades: Águeda Salamó, de veintinueve años y natural de Barcelona, amaba a partes iguales el instrumento que nos vinculaba como todo lo relacionado con Oriente. Acabó convirtiéndose en una virtual hermana mayor a la que yo, en ocasiones, reclamaba consejos. El cariño que experimentaba por ambas fue transformándose a un triángulo fraternal e inquebrantable que posiblemente perdure siempre.»

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lunes, 21 de noviembre de 2016

Capítulo 11, Acto II de «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 11, Acto II de Mi hija y la ópera:


«Viernes, 6 de marzo de 1987
   Mi amor, hoy cumplimos diez años de casados, hace tiempo que empecé a aceptar la idea de que no vas a volver, que tu cuerpo, junto al de Susana, desapareció en aquella columna de humo aquel fatídico día. Ésta es mi sexta carta y no te hablaré de cuánto lamento que te mandara sola con nuestra hija mayor a Cartagena.
   Violeta empezó el colegio, tiene una profesora que le cuida, yo estoy tranquilo, dice que tiene aptitudes para el aprendizaje, y eso que no la ha visto tocar el piano, pero le falta liderazgo, supongo que los compañeros de clase le recordarán su aspecto a cada momento. Este invierno ha estado enferma, ha faltado muchos días a clase, la he cuidado con todo mi cariño, ya es toda una experta en música clásica y en óperas, le gusta La Traviata, que era la que te gustaba a ti, y La Flauta Mágica que es la que más veces escucha.
   Mi padre murió el año pasado, ¿le has visto?, eso espero. Siempre te dije que no creía en la vida después de la muerte, pero ahora no me queda otra si quiero levantarme por la mañana con ganas de sobrevivir.
   La adaptación a este pueblo no me ha costado nada, de hecho, me gusta Calasparra, la única pega es que dirijo la empresa a golpe de teléfono, y cada viernes me reúno con Paco para tomar decisiones y firmar documentos.
   Se me hace difícil la idea de que Violeta haya cumplido seis años y que tenga más edad que su hermana mayor, porque no sé si Susana sigue siendo una niña de dos años y medio, o crece, me desconcierta mucho pensar que mi criatura está creciendo sin que yo pueda verlo.
   No hay noche en la que no sucumba al sueño recordando aquella tarde de verano en la playa de El Portús y en la que nos dimos nuestro primer beso. Patricia, ¡te echo tanto de menos…!, Si pudieras decirme que estás bien… Te juro que dejaría de beber si supiera que la vida tiene un sentido. Si no te manifiestas seguiré bebiendo, tal vez así consiga reunirme contigo un poco antes, allá, dondequiera que estuvieses. Bien sabe Dios que si sigo viviendo es por nuestra pequeña, de la que cada vez estoy más orgulloso.
   Hasta el año que viene, si no antes. Te quiere, tu querido amor y compañero de vida hasta el final de su existencia.

   Tu Andrés.»


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miércoles, 16 de noviembre de 2016

Capítulo 10, Acto II de «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 10, Acto II, de Mi hija y la ópera:

«Mi padre, con parsimonia, cerró la verja para que Yako no pudiera escapar de la finca. Intuyendo lo que debía de estar sucediéndole a Alberto, se dirigió a la cocina para echarse otra copa. La curiosidad y, por qué no, la preocupación por los gritos de mi tía me impulsaron hacia el aseo, craso error, me recibió un repugnante hedor a vómito que impedía que franquease la puerta, la fetidez se combinaba, torturante, con una pestilencia que habría sido excretada con fragor, minutos antes desde otro orificio de la anatomía humana en aquel inodoro salpicado ahora con restos de comida. Ella sostenía a Alberto de las axilas que, pálido y de rodillas, realizaba ímprobos esfuerzos en levantarse, con su dignidad en el mismo suelo del que él quería despegarse. Como si yo hubiera sido la culpable de la borrachera de su pretendiente, mi tía Laura me arrojó una mirada ponzoñosa y empujó la puerta con la suela de su zapato, cerrándola de un portazo.»


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domingo, 13 de noviembre de 2016

Capítulo 9, Acto II «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 9, Acto II, de Mi hija y la ópera:

«Supe con el tiempo que, en el pueblo, a los amigos de mi padre los denominaban como «Pedro el listo», y, a Juan, como «El Chapicas» o «El hijo del Chapas». Pedro formaba parte de una distinguida familia con alto nivel adquisitivo. En la localidad co­rría una leyenda en torno a una tía suya que, por los años cincuenta, en un ataque de locura por celos, seccionó con un cuchillo el cuello de su hijo de menos de un año (que debía de ser primo de Pedro), cuya cabeza decapitada dejó macabramente sobre la cama para que su marido contemplase aquella aterradora imagen. Ella acabó arrojándose a las vías al paso de un tren. Juan, en cambio, pro­venía de un origen humilde, se podría decir que marginal, vivía con sus padres y otros familiares en una cochambrosa vivienda en la periferia del pueblo, en el más absoluto olvido. Por fortuna, una vez finalizado el Mundial, sus escarceos nocturnos fueron descendiendo. Y me alegro ya que, en ocasiones, les escuchaba bromear con acudir a un club de carretera cercano a la Venta del Olivo, algo que a mi corta edad ya me parecía de actitud pecaminosa.»

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