viernes, 6 de enero de 2017

Capítulo 27, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 27, Acto II, de Mi hija y la ópera:


«Aquel hombre de piel oscura y que, a ojo, debiera pesar la mitad que mi padre —aunque midiese parecido— podría conmigo si yo pretendiera resistirme, desató la toalla que mantenía oculta mi desnudez extendiéndola debajo del cuerpo, sobre las sábanas, cerré los ojos rezando que fuera inminente la llegada de Isabel.
   Con gran pericia sujetó mis tobillos y los alzó a cada uno de sus hombros, descendió sus pantalones vaqueros hasta la altura de los muslos dejando únicamente al aire su miembro viril, el cual no pude contemplar pero sí sentir para catalogarlo como descomunal.
   Supuse que aquel encuentro sexual me dolería físicamente más incluso que el que mantuve con Antonio, pero no sospechaba cuánto. Tras varios intentos para introducir su pene, los quejidos que me provocaban las lacerantes fricciones de nuestros genitales le indicaron que me estaba penetrando. Excitado por el dolor que sabía que me estaba induciendo se contoneó con furia animal durante unos segundos descargando casi de inmediato toda su hombría en mi interior.

   A escasamente dos palmos de mi rostro se encontraba su cara, y a cada lado de su cabeza mis dos pies con los dedos separados que revelaban mi extenuación por aquella experiencia efímera; quizás trató de complacerme con sus largos dedos cuando cesaron sus convulsiones producidas por las últimas gotas de la eyaculación, caricias que se abortaron de repente cuando escuchamos el sonido de la tarjeta magnética en la ranura de la puerta: era Isabel que se adentró en la habitación pulsando el interruptor de la luz. Andrew se apartó de la cama con reflejos felinos dejando caer mis tobillos sobre las sábanas en una postura poco apropiada para ser presenciada por alguien ajeno a lo que estaba aconteciendo, se levantó los pantalones y con toda seguridad terminaría de adecentarse en el pasillo rumbo a los ascensores, sin despedirse y sin echar la vista atrás, con el pánico en el cuerpo creyendo que quien nos había sorprendido era ese novio ficticio al que yo me refería minutos antes.»

Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Capítulo 26, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 26, Acto II, de Mi hija y la ópera:


«Ella volvió a acariciarme de nuevo con su mano derecha y sujetando mi espalda con la izquierda, estremecida por el roce de sus dedos en la zona más sensible de mi piel, comencé a desinhibirme sintiendo entonces un incontenible placer. Me agarré al hierro anclado a sendas paredes del cuarto de baño donde pendía la cortina. El agua continuaba precipitándose, bajo la lluvia de la ducha repitió ese baile diestro con sus dedos hasta que nuestros cuerpos quedaron liberados de cualquier resto jabonoso. Ella me cogió de una mano invitándome sin palabras que abandonase la tina. Desnudas y mojadas nos dirigimos hacia la cama donde yo había dormido las noches anteriores.
   Un hilo de luz de los rascacielos de Nueva York salvaba las cortinas de la habitación, la puerta entornada del baño también permitía que se colase una vaga luminosidad. Isabel me empujó con suavidad y me tumbé dócil sobre la colcha, comenzó a acariciarme la cara con sus dedos y me besó en los labios. Debió notar mis agitadas pulsaciones cuando fue descendiendo con besuqueos por toda mi erizada piel. Se detuvo cuando su nariz se introdujo involuntariamente en mi ombligo y su boca rondaba la zona baja de mi vientre, casi en el pubis. Fueron unos segundos mágicos de inusitada pasión. Después noté el roce de su lengua en el mismo punto donde antes, en la ducha, había situado su dedo corazón.
   Su movimiento circular y de cadencia sincronizada me hizo cabalgar sobre la humedecida cama, mis brazos se agarraron a sendas partes del cabecero, cerré los ojos y me centré en las sensaciones que me producía aquella desorbitada manifestación de concupiscencia. Al poco, un terremoto de escalofríos precedieron a unos incontenibles gemidos que me introdujeron hacia una descomunal ola de placer en la que durante un instante, el tiempo y el espacio se desligaron de mi universo interior.»

Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Capítulo 25, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 25, Acto II, de Mi hija y la ópera.


«Nunca he conocido el verdadero amor, Antonio ha sido mi única pareja hasta el momento, un chico con el que tenía más apego por conveniencia que por haber estado enamorada de él, todo acabó cuando una lamentable noche me desvirgó, forzándome, con un encuentro sexual tan escueto como patético. Daniel, mi profesor de piano, había sido un amor platónico que se inició en mi infancia y que se mantuvo hasta bien entrada la adolescencia, él me miraba, con ojos de orgullo, como una talentosa alumna a la que instruyó para que tocase con sensibilidad y destreza. En cualquier caso, una niña fea a la que jamás vio como una hembra. Había una tercera persona en mi vida, un alma que me producía unas emociones confusas que habían evolucionado de la simple admiración por una belleza extraordinaria a un sentimiento que se acercaba a lo pasional, aquel ser que me embelesaba sobremanera era la mujer que tenía a mi lado, en la butaca de la izquierda.
   Cuando terminó la función, Isabel y yo quedamos prendadas por la sublime obra de Verdi. Posiblemente, aquella noche ella cambió para siempre su concepto sobre la música. En mi caso, por muchas óperas que yo hubiera visto en vídeo, una representación en directo era algo sin parangón.
   —Ya había oído algunas partes de esta ópera —me dijo al final de los aplausos.
   —Te di los compactos para que los escucharas en tu coche antes de hacer el viaje, ¿es que no llegaste a oírlos?
   Mi acompañante se encogió de hombros añadiendo al gesto una sonrisa con la cual conseguía sin mayor esfuerzo mi indulgencia. Seguramente, ni se molestó en abrir la carátula.
   —¿Cuál es la parte que más te ha gustado? —pregunté sobre Aida, intuyendo la respuesta.
   —La de las trompetas, ésa que hace: "pam, pam; papapapam…".
   Intentó realizar la melodía con más o menos acierto, la interrumpí antes de que su euforia la ridiculizara ante aquel público que se abrigaba entretanto abandonaba el teatro.
   —Ese fragmento, Isabel, es conocido como la Marcha Triunfal


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Eres un estornino aunque todavía no lo sabes.

   Una nota para el lector antes de que se haga una idea preconcebida de mí, tengo una hija, una madre, una hermana y muchas mujeres maravillosas a las que adoro. Si alguna «mente simple» piensa que tengo trazas de misoginia que me lo diga abiertamente para que lo declare públicamente como un borrego al cubo.

   Por alguna razón se ha declarado una guerra de sexos que le interesa a algunos movimientos y que claramente perjudica a la igualdad por la que tanta gente seguimos luchando. Esos movimientos, desde los medios de comunicación, dirigen la bandada de estorninos en los que se ha convertido "la masa".

   Pero ¿qué es "la masa"? Pues se trata de la mayoría de personas aborregadas por los, cada vez más extorsionados y manipulados, medios de comunicación. Estos medios de comunicación condicionan a los políticos, comenzando por el más bobalicón de todos: Zapatero (aunque ninguno otro político posterior se ha atrevido a hacerles frente), y estos terminan por establecer unas leyes que aunque los jueces las consideren injustas no están capacitados para doblegar. Y de ahí tanta sentencia injusta a muchos hombres por el mero hecho de ser hombres, bien podríamos hablar de la incapacidad para conseguir la custodia compartida en el caso de separación (algo que denota cierto machismo porque da a entender que la mujer está para cuidar a los hijos y el hombre para trabajar y perder la posibilidad de participar en la educación de su prole), así como en la más que mejorable Ley de Violencia de Género que da por sentado la culpabilidad de un hombre por el simple testimonio de una mujer, sin mayores pruebas que ésas.

   Yo estoy en contra de toda violencia, sea de donde sea, pero a todos los que lleváis la cuenta de las mujeres muertas este año a manos de sus parejas, algo execrable, por supuesto, ¿lleváis la cuenta de los niños que han muerto por sus progenitores?, ¿sabéis los hombres que han sido asesinados por mujeres? ¿A qué no?  No te sientas mal, simplemente eres masa a la que han manipulado con unos datos y omitido otros, que por no estar en la línea del movimiento que, de alguna manera, lleva los hilos de la bandada de estorninos.

   Un último dato, del que la mayoría de estorninos desconoce y me parece que da para reflexionar un poco, ¿sabéis cuántas personas se suicidaron en 2010? 12.765, unas 68 veces más que por las de violencia de género. Aunque por estos casos no hubo lemas como "ni uno más", porque al movimiento no le interesa, máxime, cuando se trata sobre todo de varones. Añado un párrafo de www.alertadigital.com del 07/07/2011 donde se hablaba de esta verdad incómoda.

   «Los suicidios de varones en España siguen aumentando año tras año. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, un total de 12.765 personas, varones en su mayoría, murieron por suicidio. Aunque no se menciona en las estadísticas ni el Estado mencionará la razón de estos casos, se trata de víctimas de la violencia feminista radical instituida en España; hombres que decidieron decir basta tras ser denunciados falsamente por sus mujeres o tener que aceptar sentencias injustas sobre la custodia de los hijos, en la mayoría de casos.»


   En fin, que detrás de una muerte siempre hay una persona que ha sufrido. Da igual su sexo y su edad. Dejémonos de manipular de una puñetera vez y tengamos un pensamiento más libre.

   Ah, y ¡Feliz Navidad!


sábado, 24 de diciembre de 2016

Capítulo 24, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 24, Acto II de Mi hija y la ópera:


«Cuando quedaba una semana para partir hacia Estados Unidos ya dábamos por sentado de que iría con Pedro que ya había aceptado la invitación. Mejor que viajar sola —pensaba—, en definitiva, el amigo de mi padre era un hombre de mundo que sabría desenvolverse con el inglés, con los protocolos de las terminales de los aero­puertos y con las costumbres urbanitas de los neoyorquinos. Lo de compartir la habitación lo sobrellevaba con pasmosa indiferencia, pero mentiría si no evoqué en aquellos días el recuerdo de aquel maduro intelectual metiéndose en mi cama con la evasiva de abrigarse junto a mí como en las libidinosas ensoñaciones de mi adolescencia.
   No obstante, Marisa desde casa y con la única herramienta que la del teléfono orquestó una solución que satisfaría el mayor de mis anhelos. Sin ella proponérselo, aquellas llamadas que realizó durante aquella mañana cambiarían el curso de mi vida, y puede que de la suya.»


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Capítulo 23, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 23, Acto II, de Mi hija y la ópera:



«Todos dábamos por ganador al versado concursante austriaco cuando en la tercera pieza tuve suerte en reconocer, antes que nadie, que oíamos un fragmento perteneciente a L’Orfeo de Monteverdi.
   El siguiente retazo musical correspondía a Mahler, el vienés apretó al pulsador de su atril una centésima después que un compañero alemán de bigote y bastón que afortunadamente para mis intereses acertó.
   Detecté que la estrategia del participante austriaco consistía en pulsar el botón justo al cesar la música, para él y para mí, con aquellos cinco segundos que concedían para contestar nos bastaba para encontrar la respuesta en nuestro archivo neuronal. Apliqué este método con el fragmento que le sucedía y… et voilà!, a los tres o cuatro segundos de haber pulsado contesté: «Esto es de Carmen, de Bizet, unas notas que conciernen al tercer acto».
   Estaba empatada con aquel conocido crítico que contaba con el aplauso de un público cada vez más contrariado. Para la reputación del concurso el ganador debía de ser él, un hombre que por su trabajo y estilo de vida habría visitado numerosas veces la ciudad de Nueva York y otras grandes urbes del planeta. Yo, sin embargo, jamás había traspasado la frontera de España. Con aquel pensamiento atraje a la suerte que, por primera vez en mi vida, estuvo de mi parte.»


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Capítulo 22, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 22, Acto II, de Mi hija y la ópera:


«El aire húmedo de la ciudad de Cartagena nos hostigó de camino al Ford, mi padre, como siempre, caminaba deprisa y un par de pasos por delante nuestra. Marisa y yo nos resguardábamos de las frías ráfagas de viento asidas la una de la otra. Me pidió que me sentara en el asiento del copiloto, ella prefería estar detrás: «Al fin y al cabo tú eres la que usas habitualmente el coche». Percibí aquella frase en un tono que transmitía puro resentimiento. De camino a casa de mi tía, oí a Marisa sonarse la mucosidad con un pañuelo, bien podría ser de un estado transitorio por la humedad de aquella desapacible noche, o por la temporada de resfriados que todas las personas que fumamos solemos iniciar con el otoño. No osé a echar la vista atrás y averiguar cuál podría ser la causa de aquellos sorbidos nasales por miedo a encontrármela entre lágrimas y no saber cómo consolarla, máxime, cuando el principal candidato de haber inducido aquel llanto era el que conducía el automóvil y que a veces se comportaba como un cretino.»


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.