lunes, 19 de diciembre de 2016

Capítulo 22, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 22, Acto II, de Mi hija y la ópera:


«El aire húmedo de la ciudad de Cartagena nos hostigó de camino al Ford, mi padre, como siempre, caminaba deprisa y un par de pasos por delante nuestra. Marisa y yo nos resguardábamos de las frías ráfagas de viento asidas la una de la otra. Me pidió que me sentara en el asiento del copiloto, ella prefería estar detrás: «Al fin y al cabo tú eres la que usas habitualmente el coche». Percibí aquella frase en un tono que transmitía puro resentimiento. De camino a casa de mi tía, oí a Marisa sonarse la mucosidad con un pañuelo, bien podría ser de un estado transitorio por la humedad de aquella desapacible noche, o por la temporada de resfriados que todas las personas que fumamos solemos iniciar con el otoño. No osé a echar la vista atrás y averiguar cuál podría ser la causa de aquellos sorbidos nasales por miedo a encontrármela entre lágrimas y no saber cómo consolarla, máxime, cuando el principal candidato de haber inducido aquel llanto era el que conducía el automóvil y que a veces se comportaba como un cretino.»


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Capítulo 21, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 21, Acto II de Mi hija y la ópera:


«Echó su asiento para atrás para dejar espacio entre sus articulaciones y el salpicadero, pasó su mano por encima de mis desarropadas rodillas, las aparté en un acto reflejo, no buscaba mis piernas sino la guantera, sacó la carpeta donde debían de custodiarse los documentos del vehículo y la situó sobre sus muslos, escogió una de las tarjetas de crédito de su portamonedas donde también extrajo una pequeña bolsa con un contenido blanco, deslió el diminuto alambre verde que la mantenía cerrada e introdujo la esquina de la tarjeta para volcar una exigua parte de aquella sustancia en la carpeta de Seguros Zurich que se hallaba con restregones blanquecinos sobre el oscuro plastificado que evidenciaba que había sido utilizada recientemente.
   —¿Quieres una raya? —me preguntó sin levantar la vista de la carpeta, ignorando mi estupefacta expresión.
   Abandoné el coche sin responderle, no quería presenciar cómo esnifaba coca. Aguardé fuera unos instantes, no podía marcharme ni molestar a mi padre a las cuatro de la madrugada. Muerta de frío e impaciencia esperé a que terminase, rogando que no apareciera la policía por algunas de las bocacalles adyacentes. A él poco parecía importarle el riesgo en aquel instante, mantenía esa especie de acto ceremonioso en silencio desde el interior de su automóvil. Un primo suyo se acercaba al coche, le di dos golpes en el cristal para advertir a Antonio la cercanía del familiar, a lo que miró hacia el espejo retrovisor y prosiguió con su ritual sin inmutarse. Ingenua de mí, que creía en ese momento que él estaba consumiendo a escondidas de todos, y yo era la única del grupo que no había probado la cocaína. Incluso Reme, con la que había confraternizado en las últimas horas, iba drogada.

   —Hazme una, primo —fue lo único que pronunció aquel tipo que se sentaba en el asiento que yo había desocupado por vergüenza.» 


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Capítulo 20, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 20, Acto II, de Mi hija y la ópera:

«Aquellas palabras me enmudecieron, admiré embobada su sonrisa perfecta y su mirada esplendente de color canela, las cortinas serpenteaban acariciándole la espalda y su cabello moreno ondulaba con la gracia de un televisivo anuncio de champú, dándome la impresión de estar ante la representación más sublime del universo. Aquella mujer de rostro angelical y silueta de revista ostentaba de una elegante manera de declamar las palabras que lo raro era que no trabajase como presentadora de televisión o algo similar. Estuvimos apenas un instante en que nos hallamos la una frente a la otra, en silencio. Permanecí inmóvil, sumisa ante cualquier gesto que ella hubiera realizado. Un raro sentimiento me acaeció de improviso: deseé besarla.»



Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Capítulo 19, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 19, Acto II de Mi hija y la ópera:


«Una hora de trayecto me esperaba en el peor de los casos, y a pesar de la temeridad que suponía andar por el camino que une Calasparra con mi casa, creí que me vendría bien para cavilar. En muy poco tiempo había sucedido de todo. Estuve pensando en Antonio y en la relación que estaba fraguándose lentamente, ¿sería capaz de practicar sexo con él? Era una idea que iba madurando con los últimos acontecimientos y, la verdad, la imagen de tenerlo encima de mí copulando no me agradaba en absoluto, más bien me parecía repugnante. Comprendí enseguida que lo que yo buscaba en aquella relación era disponer de compañía, complicidad, protección, todo lo que me había ofrecido en las últimas horas, como cuando me amparó de Juan y sus peligrosas compañías. Reflexioné a partir de ese instante en el riesgo que estaba asumiendo y la amenaza que corría si el Chapicas y sus amistades me encontrasen a solas por aquella carretera que a buen seguro la recorrerían de ida y vuelta en algún momento de la noche. Conforme iba ascendiendo, más caía en la cuenta de que estaba cometiendo una tremenda locura, sin apenas coches con los cuales cruzarme, ahora me ocultaba entre los árboles y la maleza del margen de la calzada cada vez que divisaba unas luces a lo lejos, incluso a sabiendas de que, con aquello, desperdiciaba la oportunidad de encontrarme con Marisa y de exigirle (ya no sería un favor, sino un auxilio) que me trasladase a mi apacible morada, pero no quería asumir más riesgos y quería evitar a toda costa tropezarme con aquella panda de energúmenos después de una juerga de drogas y alcohol, sumado a la ojeriza que les suscitaba ser la hija de alguien a quien aborrecían. Aligeré el paso desbordada por el manto de pánico que iba apresándome a cada curva. Justo en la mitad del camino me encontré con una vieja nave abandonada, que si ya con la luz del sol estremecía con su fachada, de noche se convertía en una fábrica fantasmagórica, con dos gigantescos ventanales en la pared frontal (a sendos lado del tejado) desfragmentados por el paso del tiempo, que le atribuían a la construcción una especie de mirada grotesca, con una puerta de metal destruida que se parecía a una boca emitiendo un chillido. De repente me acordé de una historia que decía que la habían incendiado para eliminar a los toxicómanos que en ella habitaban, nunca supe si fue cierto que murieron algunos de ellos entre colchones, basura, jeringuillas y excrementos, pero el temor de que algún alma que no hubiera encontrado el descanso eterno estuviese errando por aquel lugar me incitó a que emprendiese una rauda espantada.»

Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Capítulo 18, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 18, Acto II, de Mi hija y la ópera:


«Advertí que el Renault Megane de Marisa no estaba aparcado en el jardín, habría preferido pasar la noche en su domicilio. Mi padre estaría solo, leyendo y escuchando la ópera Don Pasquale de Donizetti que podía percibirse desde nuestra distancia. Por el reflejo de árboles, sabía que tenía la luz de su dormitorio encendida (la ventana de su habitación miraba hacia el pueblo y no hacia la verja). Dirigí la vista hacia la casa de mis vecinos cuyas desiguales siluetas detrás de la cortina conseguía vislumbrar, sé que verían el automóvil, pero no les saludé dudando que pudieran detectar nuestra presencia en el interior oscuro del vehículo. De­sa­broché el cinturón de seguridad para abandonar el coche, después besé en la mejilla a Antonio, y lo prolongué durante unos segundos como un gesto fraternal, cargado de cariño, que pretendía mostrar mi agradecimiento hacia su actitud en las últimas horas, y sobre todo, por la unión cómplice que, sin haberlo deseado, nos había originado el suceso en los aledaños del santuario. Antonio me sujetó de la barbilla, y fue acercándose poco a poco hasta que sus labios se encontraron con los míos, no supe qué hacer, así que cerré los ojos. Duró unos instantes, un segundo tal vez, pero el mundo se paralizó en aquel momento. Nunca me habían besado en la boca.
   Salí del coche en silencio y me despedí de aquel hombre con sonrisa pueril y pensamiento indeciso, desconocía si lo que acababa de ocurrir se debía a una cosa puntual fomentada por los últimos acontecimientos o al preludio de algo verdaderamente hermoso.

   Entré en casa y me dirigí hacia los dormitorios, contemplé durante unos segundos a mi padre que dormía en la mecedora, bajé el volumen de la música hasta equipararla al sonido de sus ronquidos. Dolida por su exceso de ingenuidad, y de lo que él ignoraba por no desconfiar de quienes llevan en la cara el cartel de la sospecha, le besé en la frente, acostándome con la pena de que uno de sus amigos, cuyo nombre nunca debería revelar, le había traicionado con inimaginable vileza.»


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Capítulo 17, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 17, Acto II, de Mi hija y la ópera.


«Escuchaba a mi padre cómo le relataba a Marisa el desarrollo del cuarto acto de Las Bodas de Fígaro con un entusiasmo que me rememoró a mi niñez, cuando él me narraba las escenas que podían escaparse a mi comprensión. Ella sostenía una copa de vino y exhalaba suavemente el humo de un cigarrillo. No fumaba ni bebía en abundancia, pero contemplar toda una ópera un viernes por la noche justificaban dichas licencias. Llegué a la cocina atravesando el salón sin que reparasen en mi aparición. El sonido de las cucharadas de cacao tocándose con el cristal del vaso y los treinta segundos del microondas me delatarían con toda seguridad. Pero no hicieron ningún comentario hacia mí, permanecían embelesados contemplando la representación: «…Ahora es cuando Susana se disfraza de la condesa de Almaviva…», «…Aquí, Fígaro se da cuenta del engaño…», «…Esta escena me encanta porque es cuando el conde suplica perdón a la condesa, y bueno, mejor me callo para que la escuches…».

   Es inenarrable la manera con la que mi padre sentía la música, se dejaba envolver por ella, cerrando los ojos y amoldando su respiración a los compases para que sus cinco sentidos entraran en contacto con un estado que podría considerarse como de experiencia mística. Yo creo que su pasión por la ópera obedece a un tributo hacia mi difunta madre que, por lo que me ha contado, le proporcionó los datos de la obra Turandot con un simple canturreo que él hizo cuando éstos apenas se conocían. Así fue cómo «mi protagonista» se aficionó a este género musical.»

Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Capítulo 16, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 16, Acto II, de Mi hija y la ópera:



«En la semana y pocos días que se extendió mi estancia en el hogar de mi tía me propuse devolver parte de la ayuda que ella me había proporcionado durante lustros desinteresadamente. Constaté el cariño que exhibía Alberto hacia su mujer en las dos mañanas que coincidí con él (la de su marcha a Holanda y la de regreso del viaje), amén de su actitud siempre servicial conmigo. Con Laura hablé de los viejos tiempos, le puse al día sobre cómo marchaban las cosas por Calasparra, lugar al que ella todavía consideraba como su segunda casa. Le conté que Dani se había casado, que yo tenía un amigo con el que tonteaba —exagerando como siempre en mis relaciones personales—, que nos habían intentado robar, la salvajada que cometieron con Yako y la contundente respuesta de mi padre ante los malhechores que habían rajado el lienzo con la imagen de mi hermana y que éste interpretaba como una provocación que impedía descansar a los muertos. También le dije, tanteando su reacción, que el cuadro estaba siendo restaurado por una atractiva mujer de la localidad, y que yo intuía que tal circunstancia había unido a mi padre con aquella dama en algo más que amistad. Percibí cierta incredulidad en los ojos de Laura.»


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.