viernes, 9 de diciembre de 2016

Capítulo 18, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 18, Acto II, de Mi hija y la ópera:


«Advertí que el Renault Megane de Marisa no estaba aparcado en el jardín, habría preferido pasar la noche en su domicilio. Mi padre estaría solo, leyendo y escuchando la ópera Don Pasquale de Donizetti que podía percibirse desde nuestra distancia. Por el reflejo de árboles, sabía que tenía la luz de su dormitorio encendida (la ventana de su habitación miraba hacia el pueblo y no hacia la verja). Dirigí la vista hacia la casa de mis vecinos cuyas desiguales siluetas detrás de la cortina conseguía vislumbrar, sé que verían el automóvil, pero no les saludé dudando que pudieran detectar nuestra presencia en el interior oscuro del vehículo. De­sa­broché el cinturón de seguridad para abandonar el coche, después besé en la mejilla a Antonio, y lo prolongué durante unos segundos como un gesto fraternal, cargado de cariño, que pretendía mostrar mi agradecimiento hacia su actitud en las últimas horas, y sobre todo, por la unión cómplice que, sin haberlo deseado, nos había originado el suceso en los aledaños del santuario. Antonio me sujetó de la barbilla, y fue acercándose poco a poco hasta que sus labios se encontraron con los míos, no supe qué hacer, así que cerré los ojos. Duró unos instantes, un segundo tal vez, pero el mundo se paralizó en aquel momento. Nunca me habían besado en la boca.
   Salí del coche en silencio y me despedí de aquel hombre con sonrisa pueril y pensamiento indeciso, desconocía si lo que acababa de ocurrir se debía a una cosa puntual fomentada por los últimos acontecimientos o al preludio de algo verdaderamente hermoso.

   Entré en casa y me dirigí hacia los dormitorios, contemplé durante unos segundos a mi padre que dormía en la mecedora, bajé el volumen de la música hasta equipararla al sonido de sus ronquidos. Dolida por su exceso de ingenuidad, y de lo que él ignoraba por no desconfiar de quienes llevan en la cara el cartel de la sospecha, le besé en la frente, acostándome con la pena de que uno de sus amigos, cuyo nombre nunca debería revelar, le había traicionado con inimaginable vileza.»


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lunes, 5 de diciembre de 2016

Capítulo 17, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 17, Acto II, de Mi hija y la ópera.


«Escuchaba a mi padre cómo le relataba a Marisa el desarrollo del cuarto acto de Las Bodas de Fígaro con un entusiasmo que me rememoró a mi niñez, cuando él me narraba las escenas que podían escaparse a mi comprensión. Ella sostenía una copa de vino y exhalaba suavemente el humo de un cigarrillo. No fumaba ni bebía en abundancia, pero contemplar toda una ópera un viernes por la noche justificaban dichas licencias. Llegué a la cocina atravesando el salón sin que reparasen en mi aparición. El sonido de las cucharadas de cacao tocándose con el cristal del vaso y los treinta segundos del microondas me delatarían con toda seguridad. Pero no hicieron ningún comentario hacia mí, permanecían embelesados contemplando la representación: «…Ahora es cuando Susana se disfraza de la condesa de Almaviva…», «…Aquí, Fígaro se da cuenta del engaño…», «…Esta escena me encanta porque es cuando el conde suplica perdón a la condesa, y bueno, mejor me callo para que la escuches…».

   Es inenarrable la manera con la que mi padre sentía la música, se dejaba envolver por ella, cerrando los ojos y amoldando su respiración a los compases para que sus cinco sentidos entraran en contacto con un estado que podría considerarse como de experiencia mística. Yo creo que su pasión por la ópera obedece a un tributo hacia mi difunta madre que, por lo que me ha contado, le proporcionó los datos de la obra Turandot con un simple canturreo que él hizo cuando éstos apenas se conocían. Así fue cómo «mi protagonista» se aficionó a este género musical.»

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sábado, 3 de diciembre de 2016

Capítulo 16, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 16, Acto II, de Mi hija y la ópera:



«En la semana y pocos días que se extendió mi estancia en el hogar de mi tía me propuse devolver parte de la ayuda que ella me había proporcionado durante lustros desinteresadamente. Constaté el cariño que exhibía Alberto hacia su mujer en las dos mañanas que coincidí con él (la de su marcha a Holanda y la de regreso del viaje), amén de su actitud siempre servicial conmigo. Con Laura hablé de los viejos tiempos, le puse al día sobre cómo marchaban las cosas por Calasparra, lugar al que ella todavía consideraba como su segunda casa. Le conté que Dani se había casado, que yo tenía un amigo con el que tonteaba —exagerando como siempre en mis relaciones personales—, que nos habían intentado robar, la salvajada que cometieron con Yako y la contundente respuesta de mi padre ante los malhechores que habían rajado el lienzo con la imagen de mi hermana y que éste interpretaba como una provocación que impedía descansar a los muertos. También le dije, tanteando su reacción, que el cuadro estaba siendo restaurado por una atractiva mujer de la localidad, y que yo intuía que tal circunstancia había unido a mi padre con aquella dama en algo más que amistad. Percibí cierta incredulidad en los ojos de Laura.»


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martes, 29 de noviembre de 2016

Capítulo 15, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Final del Capítulo 15, Acto II, de Mi hija y la ópera:


«Días antes enterramos el cuerpo de Yako, unas pocas horas después de que lo mataran. Mi padre cavó una pequeña fosa junto a la higuera, era su árbol preferido para cobijarse del sol cuando buscaba descanso en las interminables tardes de verano.
   —Papá, ¿crees que vendrán? —pregunté sin haberme recuperado todavía de las pesadillas que padecí aquella mañana.
   —No, no creo hija, no te preocupes.
   —¿Por qué crees que hay gente que roba y se dedica a hacer el mal?
   —Algunos, Violeta, no viven en paz. Así como en las guerras no hay buenos ni malos, a ese tipo lo han educado codiciando lo ajeno porque, de algún modo, piensa que nosotros, somos los malos de su película. Que voluntariamente los hemos dejado apartados de la sociedad, marginados, etcétera. En su ignorancia, creen que somos el enemigo y que ellos se creen con el derecho de buscar la compensación de lo que a cada uno le pertenece; infringiendo unas reglas sociales que, en verdad, son injustas.
   —Justificas lo injustificable: mataron a Yako.

   Mi padre seguía echándole tierra en la cavidad donde yacía nuestro perro. Me contempló asintiendo y sé que comprendió perfectamente mi irritación. Su filosofía donde todo el mundo nace bueno y que las circunstancias de la vida son las que acaban convirtiendo a que alguien delinca no se podía sostener. Menos aún aquel día.»

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domingo, 27 de noviembre de 2016

Capitulo 14, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Pasaje del Capítulo 14, Acto II de Mi hija y la ópera:

«Me apeé del viejo coche que conducía mi padre junto, a la Iglesia de la Merced, frente al bar, era las nueve y cinco de la noche. Se despidió sin siquiera echar un vistazo al entorno para indagar quiénes serían los chicos que deberían estar esperándome, se marchó en dirección opuesta a nuestro domicilio, especulé que tal vez no le apetecería maniobrar debido al gentío que recorría la calle. Total, nadie le esperaba en nuestro hogar. Yo agradecí el gesto, no quería que me soltase dos besos o cualquiera de sus frases sentenciosas que no dejan en buen lugar mi madurez. Yo me apoderé del teléfono móvil, con la advertencia de que, a la mínima incidencia, llamase a casa. Me acerqué hacia el Crillas que estaba a unos pocos metros. El lugar estaba atestado de peatones que se dirigían en todas direcciones, varios carricoches con sus respectivos progenitores se cruzaron frente a mí con sincronía diestra. Sentí el nerviosismo palpitar cuando las miradas de los transeúntes se posaron sobre mí con la indeseable impresión de estar fuera de lugar. Como una advenediza me adentré en el establecimiento y me encontré con un par de jubilados que dialogaban a gritos acodados en la barra; y a Antonio, en el final del bar, sosteniendo una cerveza y contándole batallitas a la camarera. Él no se percató de mi presencia por lo que, en vez de saludar, abandoné el local en búsqueda de mis dos amigos cibernautas. Me topé con una pareja de chicos nada más salir al lado derecho de la puerta. Hablaban amistosamente mientras fumaban. Muy distintos entre ellos, y radicalmente desemejantes respecto a los que deambulaban por la zona. Antes de que yo llegara a presentarme los dos se miraron de soslayo y exclamaron al unísono: "¡Violeta!".»


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viernes, 25 de noviembre de 2016

Capítulo 13, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Final del Capítulo 13, Acto, II de Mi hija y la ópera:

«El sigilo se apoderó de aquel trío. Inquieta por la precisión de la historia y de cómo mi padre pormenorizó los detalles de aquel crimen, subí el único peldaño que había descendido de la escalera y me dirigí cautelosa al dormitorio. Una vez allí, pulsé el interruptor de la luz con fuerza, realicé un sonoro bostezo y acudí al baño a beber agua: pretendía que notaran mi presencia e impedir con ello que intercambiasen juicios de valor al respecto. Me acosté con el estómago anegado de líquido y no conseguí conciliar el sueño, aprecié en los susurros de Juan y Pedro una evidente conmoción, conforme transcurrieron los minutos, el asunto fue reemplazado por temas menos desagradables. Doy fe, apenas pude dormir hasta la alborada.


   En los tres días posteriores mi padre articuló menos palabras que en aquella hora donde relató, con pelos y señales, lo acaecido aquella infausta semana de septiembre. Me sentí dolida por no haberme contado nada al respecto, máxime, habiendo sido testigo de lo fácil que le fue intimar con sus amigotes dichas confidencias. Por suerte, aquella noche acabaría siendo una de las últimas batallas de resistencia al alcohol y a las horas. A mi progenitor no le sentaban nada bien.»


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miércoles, 23 de noviembre de 2016

Capítulo 12, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 12, Acto II de Mi hija y la ópera:


«En una comunidad de internautas aficionados a la ópera conocí a Berta Ferreyra, una argentina de treinta y nueve años, oriunda de su capital. Se identificaba  con el gentilicio de porteña que prefería al de bonaerense. De alto nivel intelectual y económico, aquella mujer recientemente divorciada siempre acababa sus conversaciones conmigo con la promesa de que, pronto, me visitaría en un perentorio viaje a España. En otro foro, donde los que participábamos éramos apasionados del piano, conocí a otra de mis grandes amistades: Águeda Salamó, de veintinueve años y natural de Barcelona, amaba a partes iguales el instrumento que nos vinculaba como todo lo relacionado con Oriente. Acabó convirtiéndose en una virtual hermana mayor a la que yo, en ocasiones, reclamaba consejos. El cariño que experimentaba por ambas fue transformándose a un triángulo fraternal e inquebrantable que posiblemente perdure siempre.»

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