martes, 16 de junio de 2020

Volumen 37 de «Mi hija y la ópera»



8

   Algunas mañanas, después de dejar a mi hijo en el colegio, abro las ventanas de toda la casa y toco el piano. Me encanta la sensación de la brisa marina mientras interpreto aleatorias melodías, a la par que las cortinas serpentean esparciendo ese olor a mar que se impregna en las paredes hasta que el salitre se mezcla con mis melancólicas lágrimas. Ahora entiendo por qué mi progenitor interrumpía las ejecuciones con brusquedad, porque su música evocaba a sus difuntos.
   Unos jubilados germanos, vecinos nuestros en los meses de invierno, son los únicos que aplauden mis composiciones; él es un encantador caballero de nombre impronunciable, afirma ser un apasionado de la ópera, con predilección por Wagner y Gluck; yo le rebato por mi inclinación hacia los autores italianos, aunque un día confesé que de niña mi ópera preferida era La Flauta Mágica de Mozart, escrita en alemán. Para que me entendiera se lo tuve que indicar en su título original: Die Zauberflöte. De su mujer, una persona culta y de un alto nivel espiritual, he aprendido en estos años algo fundamental en mi vida actual: la práctica del yoga. Realizo con ella casi todos los días una serie de ejercicios para terminar meditando frente al mar, sobre la arena de la playa, durante un lapso que nunca es inferior a una hora. Al principio me costaba mantener la postura tanto tiempo, pero ahora me animo incluso a tomar ese baño gélido con el que ella concluye su sesión introspectiva. Es tan escaso el vecindario en el periodo invernal que mi hijo y yo hemos estrechado profundos lazos con el viejo matrimonio. Tanto, que les reprochamos que nos abandonen en los meses estivales cuando se marchan a Erasbach, lugar de donde son oriundos. Ellos no soportan el gentío y la temperatura canicular de este sitio.
  Como cabría esperar, mis tíos y sus vástagos nos han visitado con frecuencia en esta etapa. Alejandro ya tiene casi una década de vida, y Patricia —que comparte con mi madre, además del nombre, la fecha de nacimiento— cumplirá cinco años el 13 de octubre. Las numerosas visitas recíprocas dieron comienzo el primer verano, con el Mundial de Fútbol de Alemania 2006, donde nos juntábamos toda la familia para seguir los partidos de España. Al igual que antaño, a Laura y a mí poco nos atraía el lance del encuentro, seguíamos interesadas por las piernas de los futbolistas. Alberto no le otorgaba importancia a nuestros comentarios sobre la atractiva masculinidad de los jugadores; él sí prestaba atención al desarrollo del juego, al igual que su hijo. Paco y Consuelo también han frecuentado nuestro hogar desde que nos instalamos en Cabo de Palos. Sus visitas siempre han venido acompañadas de regalos, sobre todo para Andrés, al que tratan como a un nieto. En los cuantiosos paseos que dábamos antes por la playa o en las calles recoletas e inclinadas de la urbanización me solía quejar a Paco, en tono jocoso, que todavía no había ejercido como padrino, recriminándole no haber recibido obsequio alguno durante toda mi infancia. Cada vez que se lo recordaba nos invitaba a comer en La Tana, restaurante donde, según él, se cocina el mejor caldero de todo el contorno marmenorense.
   Para mi total asombro, desde hace dos años mantengo una relación sentimental abierta con un monitor de hatha yoga que tiene a sus espaldas cinco décadas de vida. Él está casado y tiene varios hijos repartidos en La Manga, El Algar y otros lugares de la Comarca de Cartagena. Con él tuve el primer orgasmo que me ha provocado un varón, e incluso llegué a cuestionar mi orientación sexual dado el incontenible atractivo que posee este mujeriego que descubre en todas las féminas una parte encantadora. Conviene precisar que Antonio Gracia, mi «guía» —como a él le gusta definirse—, dista todo un universo respecto a las firmes convicciones de mi vecina Dorothea, mi verdadera mentora espiritual.
   Por fin conocí en persona a Berta Ferreyra, mi vieja amistad argentina que tras una década de relación por la red se avino a visitarme junto con Águeda, nuestra amiga de Cataluña que se había presentado años atrás en el sepelio de mi padre. Ambas quedaron fascinadas por los duetos de piano que interpretaba con mi pequeño, el cual ya era todo un especialista frente a las teclas. No en vano, Andrés prefiere los teclados electrónicos, puede que no tarde mucho en regalarle uno. Hay que rendirse a la evidencia, mi hijo tiene en sus genes la capacidad para manejarse con este tipo de instrumentos musicales, no obstante, soy menos inflexible que mi padre, tanto con el piano como con la ópera, y no lo atosigo con mis anhelos de que se convierta en una persona erudita y habilidosa ya de niño. Es por ello que mi criatura todavía anteponga Dora la exploradora a Verdi. Y he de decir que incluso yo ahora disfruto con mi pequeño de una niñez que nunca tuve.
   Y ya, por último, ocurrió lo impensable. Sucedió la tarde de un sábado de enero de este mismo año. La encontré al otro lado de la puerta de mi domicilio, con una extraña expresión que pretendía encubrir el reconcomio con la serenidad, como si se tratara de un fantasma del pasado que aspirase saldar un asunto pendiente.
   —Hola, Isabel —saludé.
   —Buenas tardes, Violeta. Me ha costado encontrar la casa, he estado casi una hora dando vueltas, te hubiera llamado, pero como cambiaste de número de telé­fono…
   —Sí, el número viejo lo perdí porque el móvil estaba a nombre de mi padre y me costaba menos hacerme una línea nueva que cambiar de titular. Claro, que a ti no te llamé para notificártelo —expliqué sin mostrar ningún tono que revelase resquemor.
   Isabel asintió comprendiendo mis palabras.
   —Aquí es todo un reto encontrarme —añadí refiriéndome a mi nuevo hogar—, ¿quién te ha dado la dirección?
   —Mi madre tenía el teléfono de tu padrino, y él me indicó en qué zona vivías, no me dio tu número porque me dijo que no sabía mirarlo en el móvil, que le llamara en otro momento… No le volví a llamar creyendo que te encontraría con facilidad, que sería como en Calasparra, que la música se oiría a bastantes metros de la casa.
   —No soy tan fanática como mi padre; además, aquí tenemos vecinos cercanos a los que podríamos molestar; por otro lado, en esta época del año si no tienes los cristales cerrados la humedad te cala los huesos. Pero no te quedes ahí, pasa.
   Isabel accedió mientras se desprendía del abrigo. Se negó a tomar un café que le ofrecí, yo me hice una tila. Conoció a mi hijo que jugaba con la videoconsola en su cuarto; mi pequeño, ignorando la importancia que yo otorgaba a la visita, tan solo atinó a decir hola casi sin despegar la vista de la pantalla. Ella me puso al día de todas las novedades ocurridas en el último lustro: Antonio había tenido un grave accidente de tráfico que le ha dejado severas secuelas, que su madre y Pedro había contraído matrimonio un viernes y que dos excursionistas desorientados fueron ayudados por un extraño caminante al que describían con la imagen de mi padre, convirtiendo ahora la existencia de este en toda una leyenda por aquel lugar. Mi hijo se acostó bien entrada la noche, en aquel momento yo llevaba varias infusiones e Isabel unas cuantas cervezas. Me siguió contando cosas, hasta que llegamos al grano de lo que debía haberme explicado en las cinco horas anteriores, o tal vez, en algún momento entre los cinco años transcurridos desde nuestro encuentro sexual. Me confesó haber tenido algún escarceo con mujeres, entre las que se hallaba Lucía, el marimacho que la acompañaba las últimas veces que la vi. Yo le informé de mi relación con mi monitor de yoga, «nada serio» —recalqué en varias ocasiones—. Los ojos de incredulidad de Isabel no lograron herirme.
   El caso es que, tras la cena, una cosa llevó a la otra, y ambas entramos a mi dormitorio con una botella de destilado, un par de vasos y una renacida lascivia que nunca creí que volvería a sentir en mis entrañas, consumando aquello que dejamos a medias en la ciudad de los rascacielos. A diferencia de la noche del viaje no bebimos en exceso, lo cual no reprimió que nos realizásemos caricias desinhibidas hasta que el sueño nos derrotó. Desperté horas después, todavía de noche. La acidez estomacal junto a la sequedad bucal me fastidiaba, recordán­dome por qué el alcohol que tengo en casa es para las visitas de Paco. Me encontraba de mal humor, algo que no sé hasta qué punto debía atribuírselo al whisky o a haberme dejado seducir por aquella sirena humana que dormitaba desnuda bajo la calidez de las sábanas. Verifiqué que mi hijo resollaba con mueca risueña sobre la cabecera de su cama, ajeno a lo que había sucedido en el dormitorio contiguo y con los anuncios publicitarios de la madrugada penetrando en su subconsciente. Maniático como su abuelo, se despertaba si le apagaba el televisor. Ahora entiendo por qué un día se levantó pidiéndome que le comprara una plataforma vibratoria de esas que tanto anunciaban.
   Yo me había desvelado, pero era demasiado temprano para bajar a la playa y practicar la meditación. Decidí salir al balcón arropada con una gruesa manta con la intención de reflexionar, la estampa que se presentaba en el horizonte invitaba a ello. Avisté las primeras luces del alba que dividían el mar y el cielo en miles de tonos azul marino. Recordé una historia que una vez me narró mi padre y que después supe que aludía a Susana, la perturbada de pelo blanco que me visitó en Calasparra pocas semanas antes de que yo diera a luz. En aquel testimonio, contaba que sintió rabia de sí mismo cuando percibió que había sucumbido a los encantos de aquella mujer, que de joven, por lo que describía, tendría un aspecto similar al de Isabel, una persona acostumbrada a utilizar a quienquiera que se le pusiera como objetivo con el simple chasquido de sus dedos. Él se fue entonces en búsqueda de mi madre, afrentando con aquel gesto a una mujer que hasta ese instante se creía dueña de la situación. No es que yo pretendiera que Isabel enloqueciese, amén de que ella nunca se ha comportado como una petulante ególatra, tal como se decía de Susana, ni yo poseo la lozanía de mi antecesor en sus años mozos. Pero no estaba dispuesta a seguir el camino que ella quisiera marcarme y estar a expensas de sus antojos. «No seas marioneta de quien no te quiera de verdad», escuché una vez a mi padre, al igual que: «Una de las cosas más importantes que tenemos es la libertad de hacer aquello que deseamos y la voluntad para no depender de los caprichos de nadie». Frases que recorrían mis sinapsis neuronales con la misma persistencia con que la bruma anunciaba el alba. La mañana amaneció con una nube de sentimientos encontrados, el indisimulable enamoramiento que profesaba hacia Isabel y la inevitable sensación de haber sido un títere ante sus pretensiones. El correteo de mi hijo al levantarse la despertó. Se acercó a darle un beso al pequeño. Andaba con el cabello enmarañado y ese donaire que solo ella atesora.
   —Buenos días, Andrés —saludó frotándose los ojos y desperezándose—, ¡qué guapo eres!
   Él la miró un segundo sin pestañear para luego continuar su embate con el vaso de leche con cereales. ¡Hasta en lo glotón se parece a su abuelo! No sabía cómo abordar la situación con ella. Me fijé en el contraste de su piel con la de mi hijo y ahí se me encendió una chispa. Sería el argumento más estéril y mentecato de todos los que podría haber usado para zanjar la relación, pero utilicé ese.
   —Isabel —articulé sin levantarme del sillón ni despegar la vista del suelo para que mi mirada no delatara la contradicción de mis palabras.
   —Dime.
   —¿Te acuerdas de lo que dijiste en el Metropolitan, que te resultaba extraño ver a un negro asistir a una ópera?
   Me lanzó una expresión estupefacta.
   —Mi hijo es negro —proseguí—. No quiero que crezca rodeado de gente prejuiciosa como tú.
   —A ver, Violeta, yo ni me acuerdo ya de eso; pero ¿qué me estás contando?    —preguntó temerosa de haber dormido junto a una perturbada.
   —Lo que quiero decirte, Isabel, es que lo mejor será que te marches, ¿no decías que éramos casi hermanas?
   No concedió siquiera un minuto para arreglarse el pelo, le dio otro beso a mi hijo que devoraba ahora una magdalena. Agarró su abrigo y se despidió de nuestras vidas dando un portazo. Por suerte, sé que aquel brote, mezcolanza de rencor e insensatez, no volverá a repetirse, ¿cómo?, aumentando el tiempo diario de meditación y dejando de consumir cualquier bebida que contenga alcohol. Días después rescaté su número de móvil y la telefoneé hasta que conseguí mitigar su enfado. Nos llamamos todas las semanas a partir de entonces y puede decirse que en la actualidad somos algo más que amigas.

   Sin embargo, ninguno de los sucesos contados hasta ahora, de los transcurridos en estos últimos años, ha sido el verdadero causante de que haya reanudado la historia de mi vida. De hecho, el relato cobra sentido por un acontecimiento ocurrido hace unos días. Pero será mejor que comience por el principio: Podía haber sido una jornada cualquiera de nuestra vida solitaria, mi hijo ondeaba una cometa cerca de casa, correteaba por nuestra diminuta playa sosteniendo los mandos con bastante pericia para un niño que todavía no ha cumplido los cinco. Es nuestra actividad preferida de los sábados. Yo le contemplaba sosteniendo unas sandalias en la mano y caminando descalza de un lado al otro de la orilla emulando a mi madre cuando la avisté en el sueño que tuve cuando mi padre murió. Al llegar a casa me encontré con el preludio de lo que iba a ser el día más impensado de toda mi existencia. La luz roja de mi BlackBerry parpadeaba incesante sobre la mesa de la cocina, me avisaba de que tenía varias llamadas perdidas, siete en concreto, y todas del mismo contacto: Paco Martínez Nova. De inmediato marqué su número.
   —Padrino, ¿ocurre algo?
   —¡Por fin hablo contigo, Violeta!, comenzaba a preocuparme —saludó con voz agitada.
   —¿Qué sucede, le ha pasado algo a Consuelo?
   —No, hija. No es nada malo, pero no te lo puedo contar por teléfono. Estoy esperando la llegada de alguien, en cuanto venga salgo para allá. No quedes con nadie esta tarde en tu casa.
   —¿Me podrías decir de qué se trata? —expresé—. No entiendo el porqué de tanto secretismo.
   —Si te lo digo ahora vas a pensar que es una locura. En una hora recibirás nuestra visita, créeme, es muy importante.
   Cuando corté la comunicación sospeché que lo que me pretendía contar mi padrino es que iba a ser padre, luego reparé en que Consuelo estaría cerca de los cincuenta años, difícil gesta esa. La intriga que había sembrado Paco, y su inminente visita, me causaban inquietud. Cogí la botella de whisky para echar un trago hasta que me acordé de la promesa de mantenerme siempre sobria. La dejé sobre la encimera porque seguro que mi padrino le daría uso cuando llegara. Decidí aplacar el nerviosismo tocando el piano. Mi hijo estaba merendando un bocadillo en el balcón, embobado, como contando las olas, yo no podía probar bocado.
   Así estuve todas las horas de aquella soleada tarde, frente al teclado, en el centro del salón. Al igual que de niña, la exacerbación del momento imposibilitaba que posara la vista en mis dedos. Mi mirada vagaba por todas los cuadros colgados de las paredes que estaban dentro de mi campo de visión. Contemplé con detenimiento el óleo con la imagen de Susana, el que fue restaurado por Marisa; para luego detenerme en el retrato familiar donde aparecíamos toda la familia y que tantos años estuvo escondido en la habitación prohibida. Justo en el momento en el que mi mente deambulaba por aquellas lejanas remembranzas de mi niñez sonó el timbre. Creo que no pude esconder mi asombro cuando abrí la puerta. Delante de mí se encontraba Paco junto a dos desconocidos. A su lado un señor con sombrero, bigote y un puro que apagó ipso facto; era el vivo retrato del Puccini que aparece en las enciclopedias. Detrás de los dos hombres se encontraba una mujer de exquisita belleza, rubia y de refinado vestuario. Su expresión no debía distar mucho de la mía, no apartó de mí sus ojos pasmados.
   —Hola, Violeta —dijo Paco—, entiendo que estés sorprendida por la compañía con la que vengo.
   Asentí con el semblante rígido, intentado no exteriorizar más mi confusión.
   —Te presento —añadió mi padrino con el vano propósito de suavizar el ambiente—, este señor es don Lorenzo Ramírez, detective; antiguo inspector de la Policía Nacional de Cartagena; por cierto, me he enterado después que fue compañero de tu padre en el colegio.
   —Encantada —manifesté estrechándole la mano—, ¿entonces fue amigo suyo?
   —No, su padre iba a clase de un hermano menor —concretó con voz de fumador empedernido—. Pero se puede decir que el destino ha conseguido que salde una deuda con él.
   —¿Qué quiere decir? —pregunté rayando el desconcierto absoluto.
   —En unos minutos lo sabrá.
   —Esta chica —intervino Paco—, se llama Marta Urquijo de Zamora, vive en Madrid, es la primera vez que viene a la Región de Murcia. El motivo de su estancia aquí es lo que ahora debemos explicarte. Pero antes me gustaría tomarme un whisky con cola, ¿quieres uno, Ramírez?
   —De acuerdo, me hará falta.
   —¿Te apetece algo, Marta? —ofrecí a la elegante joven que me observaba de un modo que empezaba a importunarme.
   —¿Tienes algún refresco light?
   —No.
   —¿Y cerveza sin alcohol?
   —Tampoco —mascullé evidenciando las limitaciones que poseo para atender una visita.
   —Entonces, agua.
   No podía esperar otra réplica de esa mujer de expresión avinagrada y fino acento. Percibía en su rostro el gesto impertinente de quien observa a un bicho raro. Yo le copiaba la mueca para que adoptase otra actitud, pero en cuanto apartaba mis ojos de los suyos volvía a repetir su persistente mirada. Decidí romper la tensión encendiendo el equipo de música y reproducir el sonido de cualquier disco que estuviera dentro, comenzó a escucharse la ópera Norma. Paco y el detective regresaban con sus vasos, en ellos no se apreciaba desasosiego, sino más bien un semblante de mutua complacencia. Fuimos a sentarnos en los sofás que se hallaban junto a la enorme cristalera que asoma al Mediterráneo. Mi padrino sacó del bolsillo un documento escrito a bolígrafo antes de acomodarse a mi lado.
   —Violeta, esta carta que tengo aquí la escribió mi prima Susana la noche antes de suicidarse. No te la voy a leer porque no quiero alargarme, pero en ella dice algo que un día intenté contaros a ti y a tu padre. Aunque te la voy a resumir. En la nota cuenta que, tras muchos días esperando el momento idóneo, la mañana del 12 de septiembre de 1981, y acompañada de dos amigos, con la finalidad de dar un susto a tu familia y obtener algo de dinero, secuestraron a tu hermana que tendría unos dos años.
   —Dos años y medio, largos —concreté.
   —Según confiesa —continuó—, un coche que era conducido por mi prima se detuvo delante del que manejaba tu madre, obligándola a frenar. Detrás había otro automóvil donde estaban sus dos amigos. Uno de ellos raptó a Susana introduciéndola en su vehículo y huyeron. Por las noticias supieron que el Seat que conducía tu madre, nerviosa por lo sucedido y en el intento de perseguirlos, colisionó con un camión de combustible.
   Marta se levantó del sofá, intuí que le desinteresaba la historia que estaba relatando Paco basada en la carta de una enferma mental. Comenzó a rondar junto a nosotros examinando todos los pormenores de la decoración del salón.
   —Padrino, ¿qué me estás diciendo? —pregunté enojada.
   —Ahora es cuando debería hablar yo —terció Ramírez.
   —¡No! —imploré— ¿Qué queréis de mí?, ¿acaso necesitáis dinero?, ¿qué pretendéis, venderme una historia rocambolesca de la cual ya no quiero saber nada?
   —Yo no necesito ningún dinero tuyo —intervino Marta que escudriñaba el lienzo de mi hermana Susana como si se tratase de una marchante de arte—. Quiero la verdad.
   —Ahijada, ese comentario me ofende, escucha a Ramírez.
   —Escuche, Violeta —rogó el detective con una modulación que invitaba a la calma—, ¿usted sabía que en los cuerpos de su hermana y de su madre solo había cenizas y unos pocos huesos que no pudieron identificarse?
   —Sí, algo así.
   —Pues deje una puerta abierta a lo que le voy a contar. En cuanto Paco me dio la carta pude investigar a partir de los pocos datos que disponía. La prima estaba muerta y no sabíamos los nombres de sus supuestos colaboradores. Aun así, estuve durante meses visitando a antiguos delincuentes de los ochenta. Es la ventaja que tiene haber dedicado toda la vida a la policía.
   »Encontré a viejos maleantes, que podrían conocer a quienes presuntamente colaboraron en aquel secuestro, eso sí, con la capacidad neuronal justa para aportar datos precisos. Me contaron que aquellos individuos, por miedo a lo ocurrido con su madre, decidieron desprenderse de la criatura raptada vendiéndola en el mercado negro a un viejo matrimonio de Madrid, que creería que la niña vendría de alguna drogadicta o una mujer de la calle. Conociendo a aquellos delincuentes la suerte fue que no la mataran. Es por ello, que a falta de un análisis de ADN que corrobore mi investigación…
   —¡Cielo santo! —chilló Marta rasgando el aire mientras señalaba con el índice el retrato familiar que estaba colgado cerca del piano— ¡Esa niña de ahí soy yo!
   El inspector, pasmado por los alaridos, interrumpió su discurso. Paco observaba inmóvil mi reacción, dirigí la mirada a la chica acercándome a ella con cautela. Después contemplé el cuadro y cotejé la fisonomía de esa mujer con el bello rostro de mi hermana. Habían transcurrido treinta años desde que se realizó la fotografía, pero, quienquiera que fuera, compartía con la imagen bastantes rasgos faciales. Aprecié después que su mentón se meneaba de modo similar al de mi padre cuando se conmovía.
   —Dispongo de un sinfín de fotos de cuando tenía más o menos esa edad —me dijo hipando—, mis padres las recopilaron en varios álbumes que resumían toda mi niñez. Ellos jamás me dijeron que era adoptada. Nunca entendí por qué no tenía imágenes de cuando era bebé como el resto de mis amigos. Ahora ya lo sé. Puedo jurarte por mis dos hijos que esta criatura que está junto a ti soy yo.
   La mancha de vino que siempre ha singularizado mi cara no dejaba atisbo a la duda sobre quién era el bebé que sostenía mi hermana. Resucitada de repente, aquella desconocida se encontraba frente a mí después de toda una existencia viviendo separadas. Esa mujer, que siempre creyó que era hija única de un matrimonio mayor, se hallaba arrodillada perjurando ser la niña de la imagen, la cual dejó de llamarse Susana el día que la secuestraron. Temblando, me agaché para abrazarla y preguntarle entre sollozos: «¡¿Hermana!?». Ella asintió con una mueca de incertidumbre que bien podría asemejarse a la mía. Nuestras mejillas estuvieron tanto tiempo pegadas que las lágrimas que se precipitaron al suelo de cada una de las barbillas eran una mezcla de las de ambas. Así permanecimos, sin movernos durante varios minutos, instante que fue coronado por el aria Casta Diva de Bellini, lo único que se escuchaba en toda la casa.
   Debía digerir incontinenti demasiada información, esa persona con la que me estrujaba había franqueado la puerta de mi domicilio como una figura anónima para acabar siendo mi hermana Susana, a la que habían dado por muerta en un accidente de tráfico. Aquel suceso que cambiaría para siempre la vida de nuestra familia, y que en su caso concreto transformó de lleno su existencia, modificando incluso su nombre y fecha de nacimiento. Paco se tapaba las cuencas oculares con las palmas de las manos, pero la convulsión de todo su cuerpo delataba su conmoción. Le dije que era un motivo de alegría más que de tristeza, él me respondió: «no lloro por ti, sino por tu padre. Este encuentro debió ocurrir antes…». Lorenzo Ramírez, un hombre acostumbrado a tratar con criminales, se sonaba con un pa­ñuelo.
   —Tienen que hacerse una prueba de ADN, el lunes—dijo el detective cuando recobró la compostura—, así disiparemos cualquier duda.
   —De acuerdo —articulamos unísonas en una inopinada compenetración fraternal.
   Mi hijo salió de su habitación renegando por la videoconsola que se había bloqueado; al verme llorar se sorprendió, más aún cuando vio a Paco: «¡Padrino!». Andrés, al igual que yo, le llamaba de ese modo. Se abrazó a él esperando que, como siempre, le hubiera traído un regalo. Aquel día, el obsequio fue para mí, el más extraordinario que jamás me hayan hecho.
   —Mira, hijo, esta mujer que está aquí conmigo es mi hermana. Es la tita…       —titubeé en el nombre—, la tita Marta.
   —¿Cómo se llama tu hijo, Violeta? —preguntó ella.
   —Se llama Andrés. Como nuestro padre.
   —Mis hijos se llaman Susana y Ángel; el pequeño, que tiene más o menos la misma edad que tu hijo, heredó el nombre de su abuelo, quien yo pensaba que era mi padre biológico. La mayor tiene nueve años, su nombre fue un capricho mío, siempre me gustó. A lo mejor lo he tenido presente en el subconsciente.
   Paco regresó del dormitorio de mi hijo después de resolverle el conflicto con la consola de videojuegos. Lorenzo Ramírez agarró su sombrero y hurgó en el interior de los bolsillos de su pantalón hasta que extrajo un cilindro en cuyo interior se preservaba un puro.
   —Bueno, ya es hora de irnos —anunció el detective—. Marta, despídase de Violeta y recuerde que deben hacerse las pruebas.
   —¿Dónde vas a estar hasta el lunes? —pregunté a mi hermana.
   —Iré a Cartagena, me hospedaré en un hotel, he dejado a mis hijos con mi ex marido, en Madrid.
   —Podrías quedarte aquí.
   Ella afirmó sonriente.
   —Padrino, no sé cómo agradecerte todo esto.
   —Violeta, yo lo único que he hecho ha sido poner dinero, el mérito es de este señor, el detective Ramírez.
   —Paco —informó el investigador—, de lo que tienes pendiente conmigo: olví­date.
   —¿A qué se debe eso, Ramírez?
   —Tenía una deuda personal con don Andrés Rosique, ya estoy en paz con él.
   Sin saber qué significaron aquellas palabras me despedí de ambos. Mi hermana les acompañó para retirar su equipaje del maletero e introducirlo en mi casa.
   —¿Quieres que vayamos a cenar a algún sitio de La Manga? —pregunté cuando terminó de instalarse en uno de los dormitorios.
   —Por supuesto. Tenemos que contarnos muchas cosas, y este lugar es maravilloso, llévame a un restaurante donde pueda degustar un buen vino.
   Aunque sigo sin conocer todavía dónde están los mejores establecimientos gastronómicos del Mar Menor acerté con una de mis improvisaciones. Mi hijo, con su inherente naturalidad, comenzó a llamarle tita esa misma noche, yo aún sigo sin creerme lo que sucedió aquel día de mediados de junio. El silencio reinó buena parte de aquellos primeros instantes juntas, en contraste con las cuantiosas preguntas que nos asaltaban, pero parecía que no teníamos prisa, poseíamos el resto de nuestras vidas para conocer el pasado de la otra. ¿Acaso importaba ese mutismo después de treinta años separadas?




lunes, 15 de junio de 2020

Volumen 36 de «Mi hija y la ópera»



7
  
   Mi pequeño nació con algo más de tres kilogramos de peso el 3 de septiembre de 2005. Por aquel entonces ya tenía apalabrada la vivienda en la que ahora resido. Mis tíos me facilitaron los datos de un conocido suyo que pretendía vender su casa en Cala Flores, un sinuoso complejo residencial junto al pueblo pesquero de Cabo de Palos, a unos treinta kilómetros de Cartagena. Posee unas espectaculares vistas al Mediterráneo. Mi niño se asemeja a su padre, conserva hoy los rasgos bellos con los que llegó al mundo y su piel tostada de mulato desentona con mi clara tez. Juntos formamos un fabuloso contraste de tonos cromáticos. A veces, sobre todo cuando llegaba ese inenarrable lazo entre madre e hijo que es el amamantamiento, yo reflexionaba sobre las numerosas preguntas que se haría cuando creciese, respecto a su color de piel, o de su padre, o cualquier otra cuestión que pusiera en peligro el inquebrantable secreto que iba a imponerme en relación a su origen.
   Poco antes de que diera a luz me sucedió algo que propició que aligerase la mudanza a la costa. Ocurrió tras un atardecer tormentoso, nada que ver con los apacibles anocheceres que me regaló el último mes de agosto que habité en Calasparra. Los árboles se retorcían furiosos por el vendaval, la luna llena se traslucía tras el paso veloz de los nubarrones oscuros. Aquello con­fería al jardín una estampa tétrica, la verja daba portazos al son del viento. Desde que había muerto mi padre, siempre cerraba todas las puertas con llave, pero el voluminoso estado con el que me encontraba dificultaba algunas tareas, por eso no eché el candado aquel día. Avisté allí una incandescencia que levitaba en el aire, abrí la ventana para poder observar con nitidez aquella curiosidad lumínica, la verja cesó de dar golpes, alguien amortiguaba con su cuerpo los cadenciosos impactos. Agucé bien la vista y el sentido común para constatar que la rareza luminosa era un cigarrillo encendido que se acercaba en la negrura.
   —¿Quién es? —inquirí acobardada, resguardada tras la ventana con una escasa abertura que la hacía silbar.
   —¿Es esta la casa de Andrés, Andrés Rosique? —preguntó una extraña voz a la que no supe identificar ni edad ni género.
   —Sí —mascullé aterrada por la extravagante silueta que se aproximaba a mi ubicación.
   Cerré la ventana de un golpe. Contemplé, a menos de dos metros, a una mujer mayor que vestía una haraposa túnica blanca que flameaba al compás de su hirsuto cabello plateado. Apagó el pitillo que exhalaba con vehemencia y se dirigió hacia el cristal empañado.
   —Abre, Violeta, ábreme la puerta —exhortó.
   —No. Váyase o llamo a la policía ahora mismo —supliqué un tanto confusa por estar hablando con una desconocida que sabía mi nombre.
   El pánico de la situación, sumado al enorme tamaño de mi vientre, que impedía oponer resistencia o huir, descartó por completo la idea de que le permitiera el acceso a aquel ser de aspecto endemoniado.
   —Señora, si ha venido a ver a mi padre le informo que falleció hace unos meses.
   —Lo sé, quiero hablar contigo. Es importante.
   —Yo a usted no la conozco, y no reúno las condiciones para recibir visita alguna. Se lo repito, señora, márchese o marco el número de la policía.
   —Solo he venido a pedir perdón y a contarte una historia terriblemente cruel.
   —¿Y su nombre cuál es? —pregunté intuyendo de quién podría tratarse.
   —Me llamo Susana Hernández, soy prima de Paco, el amigo de tu padre. He vivido buena parte de mi existencia en centros psiquiátricos. El reloj de mi vida se detuvo una noche de julio de 1976; desde entonces todo fue rencor, tanto, que me arrastró a la locura.
   —¿Para qué ha venido?
   —He venido para confesarte la verdad, creo que es la única manera de liberar un poco el remordimiento que me ha dejado insomne durante décadas.
   —¿La verdad de qué? Ya ha pasado mucho tiempo desde entonces, ahora no puedo hablar con usted. Si le sirve para algo, mi padre ya le ha perdonado, hiciera lo que hiciera, estoy segura.
   —De acuerdo, ya me voy. No será porque no lo he intentado.
   La mujer emprendió la marcha con parsimonia. Encendió un cigarro con bastante dificultad, la incandescencia junto a su ondeante vestidura se difuminaron como la niebla en la obscuridad. Contemplé durante minutos el camino de piedrecillas que accede a nuestra parcela, esperando que brillasen las luces de un automóvil, hecho que no llegó a ocurrir. Aquella dama fantasmagórica, de la cual ya me había advertido mi padrino que padecía una obsesión enfermiza por mi progenitor, pa­recía haber venido de las tinieblas. Conviene decir que al narrar esta escena no me he dejado llevar por lo que en la literatura se llama «falacia patética» (aquella mujer sombría me visitó, por casualidad o no, en una noche de niebla y viento, mi memoria no ha exagerado un ápice de aquella atmósfera terrorífica). Lo recuerdo todo con perfección, aunque aquello sucediera hace ya un lustro. Por eso permanecí atrincherada, con todas las puertas cerradas con llave, aislada del mundo, en un estado casi de enajenación, hasta que el curso de la naturaleza me obligó a abandonar mi viejo hogar para alumbrar a Andrés.
   
   El empleado de una agencia inmobiliaria me acompañaba la última vez que pisé la casa. Yo había llegado desde mi nueva residencia con mi niño que contaba con unos pocos meses de vida. Hacía mucho frío y se había levantado un viento que no iba echar de menos en la costa. Accedimos al salón, observé los polvorientos muebles, la mayoría llegaron a aquella vivienda mucho antes que yo. Allí perdurarían olvidados, recluidos entre lúgubres paredes quién sabe si por otros tantos años. Subí las escaleras con mi hijo en brazos, descorrí las cortinas y elevé las persianas de todas las ventanas de la planta superior. Deseaba que mis ojos se llevaran para siempre la imagen de los dormitorios en todo su esplendor. «Hasta siempre, vida», musité.
   El eco de mis pasos resonaba por todas las habitaciones mientras el comercial me realizaba preguntas sobre la vivienda. Salí al jardín, hacia el punto donde se encontraban los restos de Yako, entre la higuera y el último árbol que plantó mi padre, ahí me santigüé. La cruz ya había sido quitada, a la empresa no le interesaba que los futuros compradores dedujesen que allí se había enterrado un cuerpo, aunque ahora se tratara de los restos óseos de un animal. Prometí a mi bebé, dirigiéndome a sus ininteligibles oídos que, en cuanto me lo pidiera, tendríamos una mascota. Entretanto el agente cerraba todas las ventanas me dirigí a unos cincuenta metros de la parcela, al montículo donde acudía con mi padre y mi perro a descubrir cómo los matices de las casas del pueblo se transformaban de color según atardecía. Me senté con mi pequeño Andrés, en mi regazo, para comprobar que ya divisaba el paisaje con un entusiasmo similar al de su abuelo.
   —Esta imagen permanecerá para siempre en mi retina —murmuré a mi hijo.
   —¿Señorita Rosique, me firma la nota? —gritó el agente mientras cerraba la puerta principal.
   —Sí, ahora mismo voy.
   Con mi niño bien sujeto en su sillita para bebés conduje por el pueblo. No percibí nada especial, era otro día más de otoño en la localidad. Ninguno de mis conocidos sabía que aquella mañana sería mi último paso por el lugar hasta la fecha. Yo tampoco. En silencio me despedí de las calles, de las plazas, de sus afanadas gentes en sus quehaceres diarios, y del bello paisaje de los arrozales cuando ya el coche me llevaba en dirección a la autovía. ¿Recordaría alguien mi estancia en aquellas tierras? Unas pocas personas podrían acordarse: Marisa y Pedro que vivirían sin mi presencia un romance sin fingimientos. Antonio, el hijo de Maruja, que tal vez suspiraría por mí tras su mostrador de carne por lo que pudo haber sido y no fue. Y Juan, el cual, quien sabe si escarmentado por la mala vida, se hubiera reformado en alguien honrado. Nadie más del pueblo me echaría de menos. Puede que en un momento dado, alguien preguntase qué pasó con la hija del Leñador, a lo que otro vecino contestaría: «He oído que se marchó a otro lugar cuando su padre murió». El paisaje azulado y pintoresco del Mar Menor me recibió con aquellas reflexiones y la certidumbre de que mi grupo de allegados se había reducido a mis padrinos y a mis tíos que, por cierto, acababan de ser padres por segunda vez. Le pusieron Patricia como nombre.
   Los años han transcurrido inexorables desde entonces, la profundidad del mar que puedo avistar desde el balcón de casa me ha evocado miles de remembranzas con la misma sintonía con que las olas rompen con las rocas. De los más remotos recuerdos, en la suntuosa casa de Cartagena, pasando por mi primer día de colegio en Calasparra, de aquel beso con Antonio, y la inevitable melancolía que me originaba la reminiscencia de Isabel, con el momento más dulce de todos los imaginables, cuando en la intimidad de la habitación neoyorquina me obsequió con la mirada de mayor frenesí que unos ojos pueden proyectar. Me acordaba a menudo de Andrew, el progenitor de mi hijo, que seguiría tocando el piano en su local de Manhattan ignorando que un ser que llevaba sus genes crecía en un lugar que no sabría ubicar en un mapamundi.
   Pero mis memorias más nostálgicas tenían a mi padre como protagonista, su singular personalidad, de sus largas historias que ingeniaba para infundirme sentimientos como miedo, tristeza, alegría, etcétera; y de cómo procuraba convencerme de que toda acción tiene su eco en la eternidad. Él disfrutaría contemplando el paisaje que yo diviso cada día y admirar la infinitud del mar mezclándose con el cielo. Nunca me olvidaré de aquel precioso sueño, junto a la playa, donde aparecía mi madre para darle la bienvenida, justo en el instante en que él me dejó. Aquello debía significar algo y lo he descifrado ahora.




domingo, 14 de junio de 2020

Volumen 35 de «Mi hija y la ópera»



6

   Trini se hizo cargo de todo lo referente a la certificación del óbito y de coordinar las funciones de los cuatro profesionales que descendieron el ataúd al salón, junto al piano, una de las últimas voluntades de mi padre. El protocolo restante desde aquel momento hasta que anocheció fue realizado por una serie de personas acostumbradas a trabajar con cuerpos sin vida. Marisa fue la primera en llegar, iba acompañaba de Pedro, entre sollozos me abrazó. Su aspecto había mejorado en el último mes, las canas que contrastaban con su cabello azabache, se habían convertido en mechones rubios sobre una melena castaña, un lindo pañuelo rojo bordeaba su cuello. Pedro vestía un refinado traje azul marino con una bufanda negra que colgaba garbosa sobre uno de sus hombros. Era sábado, a lo mejor vinieron ataviados así para la ocasión, o tal vez se les había truncado algún plan aquella noche.
   El salón estaba lleno de personas desconocidas cuando llegaron Laura y Alberto. A mi tía se le notaba el embarazo, aunque no tanto como a mí; seguro que aquellas anónimas caras, supongo que clientes de bares que mi padre frecuentaba, se preguntarían extrañados quién sería el causante del crecimiento de mi abdomen. Por fortuna, solo se acercaban para mostrarme sus condolencias. Laura, que se pasó media vida diciendo que mi padre se asemejaba al abuelo de Heidi, expresó: «¡Dios, se ha consumido!» al contemplar su enjuto cuerpo. Ella le acarició las mejillas con semblante consternado, Alberto se marchó al otro lado del salón, fuera de la mirada curiosa de los allí presentes. Marisa hizo las veces de anfitriona sirviendo cafés a los que acudieron a dar el último adiós a mi padre. Trini se despidió prometiéndome que regresaría antes de las doce del mediodía, esa era la hora convenida para que yo leyese unas palabras en memoria del ser que más me ha querido nunca; después, el féretro sería trasladado para siempre a Cartagena, para reposar junto a las lápidas de mi madre y de mi hermana.
   —No hace falta que vengas muy temprano, Trini —insistí—. Debes descansar. Has hecho mucho por nosotros, yo te estaré agradecida siempre.
   —Si yo hubiera estado junto a tu padre, no se habría quitado los tubos de oxí­geno, no me lo perdonaré jamás.
   —Él ha esperado a que tú y yo nos quedásemos durmiendo para aprovechar la ocasión. No le des más vueltas, era lo que ha estado anhelando durante mucho tiempo. Ahora se encuentra en un lugar mejor.
   Acompañé hasta la verja a Trini que se había convertido con la muerte de mi padre en la persona de mayor confianza, una cercanía engendrada en pocos meses pero muy intensos. El acceso a nuestra parcela se encontraba repleto de vehículos estacionados, algunos taponando la salida de los que se hallaban aparcados en el interior del jardín. Un incontable número de personas que ni siquiera había franqueado la puerta de la casa estaban apoyadas en los coches, grupos de fumadores que carcajeaban con conversaciones que poco tendrían que ver con lo sucedido horas antes en mi domicilio. No dejaba de ser por esto la vela de un difunto como otras tantas que había asistido en mi vida.
   A pesar de la negrura avisté a las hijas de Marisa que caminaban por la senda a la altura de la casa de mis vecinos, no habían podido dejar su turismo más cerca. Con ellas iba su inseparable compañera de piso. Intenté eludir el saludo dirigiendo la vista hacia mi casa, sin embargo, la menor de las hermanas ya me realizaba aspavientos en la distancia. Ana reparó en el avanzado estado de mi gestación ante la mirada de reprobación de Isabel. Lucía, el marimacho que las acompañaba, fue la única de las tres que me saludó con el ritual prudente que merecía la ocasión.
   —Lamento mucho lo de tu padre. Unos se van para siempre —manifestó descendiendo su vista hacia mi tripa—, pero otros vienen.
   —Sí, es ley de vida, esto que tengo en el vientre es lo único bueno que me sucedió en Nueva York —contesté a Lucía mirando con descaro a la mayor de las hermanas.
   Isabel agachó la cabeza. El trío me siguió hasta el interior de la casa, las dejé junto a Marisa y Laura, ambas estarían chismorreando sobre lo galán que fue mi padre o de lo guapo que estaba cuando se afeitaba.
   —Perdonad, chicas —les dije—, me voy a descansar. Estoy abatida y tengo un ligero mareo.
   —De acuerdo, Violeta —asintió mi tía acariciándome el abdomen—. En tu estado tienes que descansar.
   Yo imité el gesto con su barriga.
   —Bueno —dije—, ya no tengo a nadie importante que saludar salvo a mi padrino. Si viniera Paco me llamáis o le decís que suba a mi cuarto. Necesito tumbarme a oscuras.
   —No te preocupes, hija —intervino Marisa—, nosotras atenderemos a todas las amistades de tu padre.
   Subí al dormitorio y aunque me encontraba cansada sabía que no podría dormir. Lo habría intentado si con ello hubiese enganchado el sueño que tuve horas antes, en el punto donde desperté, cuando presencié a mis progenitores rencontrándose en una playa como la más dulce de mis premoniciones. Tiempo después y solo para mí escribí dicha ensoñación. Con la escasa luz que me ofrecía el flexo del escritorio me dispuse a confeccionar el texto que me serviría para homenajear a mi difunto padre. Me quedé en blanco, claudicada por el agotamiento de aquella jornada, reposé la cabeza sobre el cuaderno, junto al bolígrafo, dejando un cerco salivoso en las hojas. Desperté al escuchar tres golpes bruscos en la puerta de mi habitación, no había pasado mucho tiempo desde que me sorprendió el sueño, aunque percibí un leve malestar en el cuello.
   —¿Sí? —atiné a preguntar con voz afónica mientras me incorporaba.
   —¿Violeta?, soy tu padrino —anunció mientras abría.
   —Pasa, enciende la luz.
   Paco intentó pulsar el interruptor mientras su orondo perfil se siluetaba bajo el marco.
   —¿Ha venido Consuelo? —pregunté tras varios segundos constatando su torpeza para conseguir que se hiciera la luz en mi dormitorio.
   —No. Mañana irá al entierro, como nos pilla más cerca… Este tipo de actos la deprimen, y hay mucho trayecto de coche. Pero he de decirte que lamenta tanto como yo la muerte de tu padre.
   —Ya me imagino —murmuré frotándome los ojos.
   —Oye, Violeta, antes de irme, que veo que estás agotada, quiero prevenirte de una posible visita. He coincidido esta tarde con mi prima Susana en el Messenger cuando, antes de venir para acá, me disponía a leer el correo electrónico. Sobrecogido todavía por la noticia le he dicho, sin querer, que tu padre había muerto. Me ha pedido la dirección porque quiere hablar contigo, no se la he dado en cualquier caso, supongo que sigue en sus trece de mezclar la verdad con la mentira y liarte con sus locuras. No deberías preocuparte, no es peligrosa, pero si consigue dar con esta dirección te ruego que le hagas el mismo caso que a una perturbada resentida.
   —De acuerdo, Paco, no me inquieta eso ahora.
   —¡Ah!, y enhorabuena.         
   Permanecí paralizada no sabiendo a qué se refería.
   —Lo digo por lo de tu embarazo, a ver si ahora, aunque no esté mi amigo, y hermano, nos vemos más a menudo. Tenía una barbacoa pendiente con tu padre desde hace… a ver… veintitantos años. Espero que contigo pueda recuperar el tiempo perdido, como sabes, yo no puedo tener hijos pero deseo que aceptes que te tratemos como a una hija y la vida que llevas dentro como a un nieto.
   Sonreí con rostro agradecido, no necesité afirmar su propuesta.

   El domingo 24 de abril amaneció pluvioso, por lo que sé, los días de lluvia eran una constante en las efemérides más importantes de mi vida. Lo hizo el día que nací, así como la mañana del trágico accidente de mi madre. Y una granizada se precipitó con furia cuando mi padre apareció en casa después de estar una semana fuera. Todas estas fechas pertenecen al año 1981, son extrañas coincidencias que no las atribuyo a nada, pero que no dejan de ser curiosas teniendo en cuenta el clima semidesértico del sureste español. Bajé al salón muy temprano, oteé a Marisa y Laura que estaban adormiladas en el sofá, entrambas se incorporaron de un salto en cuanto descubrieron mi figura. No hallé a nadie más en casa ya que Pedro y Alberto, que al parecer habían hecho buenas migas esa noche, se acababan de marchar al pueblo para comprar chocolate con churros. Me acerqué al ataúd de mi padre con la idea de que aquella imagen me sirviera de inspiración para la carta que todavía no había escrito. Subí de nuevo a mi habitación con un café decidiendo que la misiva debía tener un tono alegre. Con la experiencia todavía cercana de haber escrito en pocos días La hija del leñador no me costó demasiado hacer este pequeño ejercicio literario. Cuando descendí al salón eran casi las doce, de nuevo la casa estaba saturada de gente, como medio centenar de personas. Escogí un disco de grandes temas de Puccini y solicité a Marisa que lo insertase en el equipo de música que durante tantos años había sobrevivido a un uso implacable.
   —Pon la canción cinco —indiqué mientras sostenía temblorosa la hoja arrancada del cuaderno.
   Comenzó a sonar el aria O mio babbino caro. Realicé un gesto a Marisa para que elevara el volumen y con ello silenciar a los asistentes entre los cuales se encontraban mi amigo Antonio y su madre. Justo en el momento en el que la voz de la soprano se imponía sobre el resto de la música dije lo siguiente:
   —A petición de mi padre quiero leer estas palabras que acabo de escribir.
   Lo que viene a continuación es la carta que leí, destacando mi voz sobre el fragmento de la obra Gianni Schicchi, uno de los preferidos de la persona que me aficionó a la ópera.

   Mi gran amigo, mi padre. Como un presentimiento supe que la conversación de ayer sería la última. Ahora ya solo podré dirigirme a ti como en un monólogo, ya no escucharé tus respuestas, en ocasiones disparatadas y vehementes. Tal vez te adentres en mis pensamientos y no sabré diferenciarlos de los míos, porque en verdad se asemejan. Me has hecho amar la música y la vida, has conseguido eliminar de mi mente los prejuicios, que no les ponga etiquetas a las personas por su rostro, su vestimenta, o por su manera de hablar. A lo mejor, esta ideología quisiste difundirla al resto del mundo para protegerme de los estúpidos que piensan que por ser poco agraciada a la vista no merezco vivir.
   Sé que penetras en mi imaginación porque soñé contigo ayer, cuando te fuiste. Intentaste reunirme con mamá aunque solo fuera un instante, para despedirte, para informarme de que me esperarías. No fue una simple casualidad. Confío en que te pasees por mi memoria de vez en cuando con tu joven mujer y con tu hija Susana, mi anhelada hermana, a la que espero conocer dentro de mucho tiempo.
   Ahora tengo una misión importante, un agradable vaticinio me dice que será niño, se llamará como tú y tendrá los mismos apellidos que yo. Espero hacerlo tan bien como hiciste conmigo.
   Termino agradeciendo a todos los aquí presentes su comparecencia, yo tengo que despedirme también. Te prometí, papá, que me iría de aquí en cuanto te fueses, y te haré caso. Me iré a la costa. Con ello cumpliré tu última voluntad y llevar a cabo el sueño que nunca pudiste realizar en vida.
   Te echaré de menos, padre, pero te amaré siempre.

   Aquel último párrafo me sirvió para comunicar a mis conocidos la pretensión de marcharme de Calasparra. Cuando doblé la hoja, que todavía conservo, los presentes aplaudieron. Con la lectura de aquella carta conseguí arrancar alguna lágrima a Marisa, Laura e incluso Pedro, aunque me sorprendió sobremanera la expresión de Isabel que fue la primera en abrazarme de toda una hilera que se formó de manera espontánea.
   —Sé que querías mucho a tu padre —susurró—. Perdóname, no me he portado muy bien contigo.
   Afirmé con la cabeza mostrando un talante neutro, dejando en ella la zozobra de que no disentía en que hubiera obrado mal conmigo en el pasado o que, en efecto, la perdonaba. Una de las mujeres de la fila cuyo rostro me resultó familiar —por las fotos— pero que no conocía todavía en persona, era la pianista Águeda Salamó, mi amiga internauta que había venido desde Barcelona, recorriendo casi seiscientos kilómetros para manifestarme su pésame y, por primera vez, darme un abrazo. El conductor del coche fúnebre me indicó que ya era hora de partir hacia Cartagena. El féretro fue trasladado desde el salón hasta el vehículo por Pedro, Antonio el tendero, mi tío Alberto y para mi asombro: el Chapicas, sembrando la duda para siempre de si había pisado o no la cárcel. Lo que no dejaba espacio a la incertidumbre fueron sus gestos, bajó la mirada cuando pasó por mi lado, tenía las narinas escoriadas y dos surcos de lágrimas caían desde su barbudo y trémulo mentón. Le hubiera musitado un «gracias» cuando estuvo cerca de mí, pero el desconcierto me tenía paralizada. En ningún otro instante del velatorio le había visto, tal vez estuvo escondido de mi presencia en el gentío del jardín, avergonzado, procurando infructuoso que mi mirada no lo interceptase. Casi lo logra.
   Un silencio peculiar se produjo cuando cerraron la puerta trasera del automóvil. Un grupo de personas comenzó a mirar hacia la verja, lo que arrastró a todos los demás a que repitiéramos el movimiento. Se acercaban una mujer vieja y un joven  alto y desgarbado que con su larga melena disimulaba sus facciones asimétricas. Eran mis vecinos Josefa y su hijo, yo creo que la primera vez que este abandona el perímetro de su parcela en muchos años. Él portaba, con escasa apostura y caminando sin equilibrio, un ramo floral, cortado de algunas de las plantas de su jardín.
   —Nene, dale las flores a la vecina —dijo su madre desde detrás con una mirada pendenciera que servía de burbuja protectora a cualquier comentario o gesto despectivo.
   —Gracias, Eduardo —dije mientras olía el singular manojo—. Son muy bonitas.
   —Siento lo de tu padre —expresó doña Josefa cubriendo con su áspera voz las sílabas sin sentido que articulaba su hijo.
   —Sois muy amables.
   Me acerqué a Eduardo, aquel niño de casi dos metros y veintitantas primaveras que nunca asistió al colegio porque los médicos no le pronosticaron ni cinco años de vida. Por su expresión ocular sé que me recordaba, agaché su cabeza con una mano y le di un beso en la mejilla, él me regaló una mueca difícil de descifrar que interpreté como de agradecimiento. En absoluto me amilanó su aspecto y a partir de entonces el encasillamiento de que comía perros o heces se esfumó para siempre de mi memoria. En cualquier caso, dar un beso en una protuberancia facial no es distinto a darlo en un codo, una muñeca o una barbilla. No fue aceptado mi gesto por la mayoría de los allí presentes que me observaban con estupor. Allá cada uno con su ignorante mentalidad.
   —Nene, vamos para casa —dijo doña Josefa agarrando la mano de su hijo.
   El coche fúnebre franqueó la verja en dirección al Cementerio de Santa Lucía. Yo arranqué mi automóvil para seguir al vehículo mortuorio conduciendo en un inusitado estado de silencio y paz. Solo me encontraría con mis padrinos en el camposanto. Marisa se encargaría de apagar la música del mismo compacto que ella había introducido para mi lectura. Sonaba el melancólico Coro a bocca chiusa de Madama Butterfly —que se escuchaba en el salón, inopinadamente, como la melodía más acertada para aquel momento—. Después despediría a los asistentes y cerraría la casa. Ahora era solo mía, al igual que otras tantas pertenencias. Me había quedado con un hogar vacío y junto a él la tumba de Yako, al lado de la higuera, como huellas de un pasado que nunca volvería. Pocas semanas después comencé a buscar un hogar para mi hijo cuando ya supe por las ecografías que nacería varón. Dondequiera que fuera, nunca querría escapar de los recuerdos que tuve en Calasparra, esos que han contribuido a que sea quien soy.




viernes, 12 de junio de 2020

Volumen 34 de «Mi hija y la ópera»


5

   Cuatro meses y un día distaron desde que le comunicamos a mi padre su ineludible final hasta que abandonó este mundo. Marisa ya se había marchado de casa, justo el día después de su cumpleaños. Se fue implorando a su entrañable pareja que dejara un espacio para ella en su pensamiento. Le acarició su cabello encanecido, cada vez menos espeso, y le besó en unos labios que reclamaban más oxí­geno que cariño. Portaba una maleta con todas sus pertenencias finiquitando cualquier vestigio de coexistencia con nosotros. Se despidió de Trini con dos besos y de mí con profundo abrazo: «Os quiero con toda mi alma». Echó un último vistazo a la habitación con cierta entereza, constató con la mirada que había dejado un hermosísimo vestido rojo que nunca llegó a estrenar en el armario del dormitorio que se encontraba entreabierto. Era el atuendo que debía de haber lucido para la representación del Romea que no pudo disfrutar en compañía de aquella persona que se moría por segundos. Aquel elegante traje de color carmín había sido durante meses un espectador inerte del deterioro de mi progenitor y testigo silencioso de otros terribles sucesos allí acaecidos. Marisa lo dejaría a conciencia creyendo que no era merecedora de dicha prenda, o tal vez como un recuerdo suyo para no ser relegada al olvido eterno. No en vano, su partida dejó tras de sí un irreparable vacío, sumiendo al hogar en una profunda tristeza, como si las paredes percibiesen que quienes las habitaron durante años se marchaban para no regresar jamás.

   Ocurrió una tarde, la del 23 de abril de 2005, cuando mi compañero existencial se despidió para siempre. Trini se había acostado en mi habitación ocupando la cama donde solía dormir mi tía. La incipiente tripa que surgía de mi delgada silueta invitaba a la suspicacia, supongo que aquello, más el deseo de que mi padre no dejara este mundo sin conocer que su descendencia iba a mantener la dinastía, me incitó a confesárselo.
   —Quiero que sepas que estoy embarazada.
   —Me gustaría conocer al padre, es mi última voluntad —exigió sin saber que estaba ante su última hora de vida.
   —Está muy lejos de aquí, pero esta criatura es ante todo mía. Es mucho más aún: tu sucesor. Se llamará Andrés si nace niño o Andrea si fuera niña. Como tributo a su abuelo y a su progenitor, ambos tocayos.
   —¿Él también se llama Andrés?
   —Sí —respondí sucinta, prescindiendo de aportar cualquier dato que le restara magia al momento.
   —No llegaré a conocerle. Estés acompañada o sola cuídale como yo intenté hacer contigo.
   —Le hablaré mucho de ti, papá.
   Entonces, como si percibiera que la muerte viniese a recogerle, se armó de fuerza. Me pidió que me acercase para acariciarme el cuello con sus débiles manos, me contempló con sus ojos húmedos, aunque sin lágrimas, para cerrar los párpados y decirme lo siguiente:
   —Tú eres Violeta Rosique Domínguez, única e insustituible, ningún ser humano se parecerá a ti. Tengo el honor de ser tu padre, y con la felicidad de saber el legado que dejo en este mundo me voy satisfecho. Debo confesarte una cosa, hija mía, durante mucho tiempo te culpé del accidente, tenías mal carácter y el llanto fácil, nada que ver con Susana. Te aborrecí durante años por aquellas peculiaridades. Ahora te suplico que me perdones.
   —Papá, en diciembre, cuando regresábamos en coche desde La Arrixaca, me preguntaste si me acordaba de un baile que tuviste conmigo siendo yo una niña, con la música del Coro de Peregrinos. Te dije que no me acordaba, pero ahora mi memoria ha rescatado esa imagen con total claridad, me sostenías en brazos dando vueltas a una mesa que se hallaba en el centro del salón. Dijiste que ahí comenzaste a quererme, y quiero informarte de que ese es el primer recuerdo que tengo de esta casa y es de absoluta felicidad. No he tenido otra familia que no seas tú, durante años he sido juzgada por mi fealdad, por esta mancha en la cara que siempre ha sido objeto de crueles comentarios. Solo tú y la tía me habéis tratado como una persona, no como un espécimen raro.
   —Violeta, haz que mi nieto viva en otro lugar y que tu destino se acerque a la literatura o la música. Necesitas ver las olas, las estrellas y la infinitud del horizonte. Aquí te buscarán como lo hicieron conmigo en Cartagena, nunca te lo he dicho, pero en la semana que estuve desaparecido tras el accidente liquidé a dos hombres. Uno era un joven marginal cuyo delito fue mentar a nuestros muertos. Sé que era una frase sin importancia, pero yo acabé con él con estos brazos, ahora esqueléticos, y la ayuda de una navaja que pude arrebatarle.
   Eché una mirada a mi padre fingiendo estar impresionada. Acabó siéndolo a los pocos minutos.
   —Estuve deambulando durante días con la esperanza de morir —prosiguió con una inusitada energía, se dice que propia de los que están a punto de expirar—, acabé a kilómetros de Cartagena, en una granja cercana a Fuente Álamo, algunos animales se acercaron a mí cuando salté la valla, había cerdos y pollos. El aspecto descuidado de la casa reflejaba que nadie vivía en ella, aquello me invitaba a que accediera al interior, pero no pude, mis fuerzas eran las justas, casi como ahora. Bebí agua de un depósito sucio, y de uno de los recipientes del pienso comí hasta quedar durmiendo, junto a los animales, amparado del mal tiempo bajo un techado, con azadas, legones y otros utensilios agrícolas, similar al lugar donde se cobijaba Yako para descansar.
   Me siguió contando, con todo lujo de detalles, que a la mañana siguiente, el sonido de un vehículo le despertó, de él salieron un señor que venía de caza y unos perros que trataron de amedrentarle a ladridos. El cazador le encañonó con una escopeta, acusándole de haber accedido a una propiedad privada. Mi padre, que vestía con ropa ensangrentada, lo reconoció, era un antiguo compañero del servicio militar, y este se relajó cuando escuchó el mote por el que era conocido —creo que el Lepas—. Mientras que el propietario de la granja hacía un esfuerzo en acordarse de su viejo camarada le invitó a entrar en la vivienda para tomar una cerveza. Mi padre rememoró toda la clase de vejaciones a las que fue sometido por este individuo por el simple hecho de encararse en una novatada. Ese infierno en que convirtió su año miliciano le repercutió en la relación con mi abuelo y con el grupo Los Prohibidos que abandonó prematuramente. El hombre dejó el rifle apoyado en la puerta para usar sus dos manos e intentar abrir los candados y acceder a su domicilio.
   —Cogí la escopeta y me presenté —relataba con rabia—: «Soy Andrés Rosique Marín, el huérfano de las lechugas como dijiste una vez, el destino ha querido que acabase frente a ti para saldar una deuda pendiente». Solo realicé un disparo, desde la puerta de su casa, sus sesos quedaron esparcidos por el salón y ensangrentaron aún más mi ropa. Entonces decidí volver a nuestro hogar, fui andando, me llevó horas. Él acabaría devorado por sus propios animales.
   —Padre, ¿qué me estás contando? —pregunté deseando que lo narrado respondiese a un brote de locura.
   —Déjame que termine ahora que me veo con fuerzas. Recuerdo que cayó granizo, tú apenas eras un bebé que estaba al cuidado de Laura. Si nunca te he contado esta historia ha sido porque tenía miedo de involucrarte, soporté los años siguientes en Cartagena, temeroso de que la policía o los familiares de los asesinados pudieran encontrarme. Por eso nos vinimos para acá.
   —¿Por qué me cuentas esto ahora?
   —Lo que quiero decirte, hija, es que he sido un fugitivo por miedo a la venganza y he tenido mi merecido hace no mucho. No seas resentida con nadie, no terminará reparando el daño y vivirás con temor. Evita las personas que puedan ocasionarte problemas, pero nunca intentes subsanar el agravio con tu propia justicia, tarde o temprano el tiempo te resarcirá. Deja que el destino ponga a cada uno en su lugar, no te molestes interviniendo.
   —Por favor, papá, calla de una vez.
   Enmudecimos durante unos minutos, era un silencio que llenaba de armonía el  ambiente. Yo contemplaba al compañero de mi vida como a una persona que acababa de liberarse de una losa que le aprisionaba. Este me observaba sonriendo.
   —¿Sabes de lo que me acordaba cuando me hablabas antes? —prorrumpí quebrando la serenidad que reinaba en el dormitorio—. De cuando le dijiste a los abuelos: «Solo vivo por mi hija y la ópera».
   Afirmó con la cabeza frunciendo el ceño, ya no recordaría aquella frase.
   —¿Cuál quieres que ponga? —pregunté refiriéndome a la obra que cada tarde escuchaba hasta quedarse durmiendo.
   Cavallería Rusticana. Y hazme un favor: súbeme un whisky.
   Obedecí sin cuestionar su petición. Escuchaba los ronquidos de Trini que dormía en otra habitación, debía de estar agotada, ella sí le pondría objeciones. Subí la copa y se la dejé junto a un libro de Mario Vargas Llosa que posaba sobre la mesilla, la cual se encontraba junto a su mecedora, bajo la ventana. Aunque la música se escuchaba fuerte no evitó que yo sucumbiera pronto al cansancio. Mientras lo hacía, no pude evitar apreciar las primeras notas de la citada ópera y su capacidad para transportarte a esa extraña sensación que supone la finitud de la existencia y de la importancia que tienen esas pequeñas vivencias que vamos sumando en la vida. Un presagio de lo que iba a acontecer poco después. Cuando abrí los ojos supe que mi progenitor había abandonado su cuerpo. Tuve la certeza tras haber vivido un milagro en forma de sueño, fue una experiencia mística e insondable que él me regaló. Lloré en silencio cuando me levanté de la cama, no fueron lágrimas desoladas sino de incontenible felicidad. Acto seguido, me abracé al cadáver y musité sonriente: «Papi». Después, besé su frente, todavía conservaba la temperatura. El final de la ópera de Mascagni sonaba estruendosa cuando apareció Trini franqueando la puerta intuyendo lo que acababa de acontecer.
   —¡Andrés! —gimió.
   La enfermera me abrazó con palabras de consuelo que yo no necesitaba pero que en cualquier caso agradecí. Minutos más tarde telefoneé a Marisa.
   —Ya ha sucedido. Encárgate de comunicárselo a todos sus allegados, yo solo llamaré a mi tía y a mi padrino. Estaré en casa, velando el cuerpo de mi padre.