lunes, 15 de junio de 2020

Volumen 36 de «Mi hija y la ópera»



7
  
   Mi pequeño nació con algo más de tres kilogramos de peso el 3 de septiembre de 2005. Por aquel entonces ya tenía apalabrada la vivienda en la que ahora resido. Mis tíos me facilitaron los datos de un conocido suyo que pretendía vender su casa en Cala Flores, un sinuoso complejo residencial junto al pueblo pesquero de Cabo de Palos, a unos treinta kilómetros de Cartagena. Posee unas espectaculares vistas al Mediterráneo. Mi niño se asemeja a su padre, conserva hoy los rasgos bellos con los que llegó al mundo y su piel tostada de mulato desentona con mi clara tez. Juntos formamos un fabuloso contraste de tonos cromáticos. A veces, sobre todo cuando llegaba ese inenarrable lazo entre madre e hijo que es el amamantamiento, yo reflexionaba sobre las numerosas preguntas que se haría cuando creciese, respecto a su color de piel, o de su padre, o cualquier otra cuestión que pusiera en peligro el inquebrantable secreto que iba a imponerme en relación a su origen.
   Poco antes de que diera a luz me sucedió algo que propició que aligerase la mudanza a la costa. Ocurrió tras un atardecer tormentoso, nada que ver con los apacibles anocheceres que me regaló el último mes de agosto que habité en Calasparra. Los árboles se retorcían furiosos por el vendaval, la luna llena se traslucía tras el paso veloz de los nubarrones oscuros. Aquello con­fería al jardín una estampa tétrica, la verja daba portazos al son del viento. Desde que había muerto mi padre, siempre cerraba todas las puertas con llave, pero el voluminoso estado con el que me encontraba dificultaba algunas tareas, por eso no eché el candado aquel día. Avisté allí una incandescencia que levitaba en el aire, abrí la ventana para poder observar con nitidez aquella curiosidad lumínica, la verja cesó de dar golpes, alguien amortiguaba con su cuerpo los cadenciosos impactos. Agucé bien la vista y el sentido común para constatar que la rareza luminosa era un cigarrillo encendido que se acercaba en la negrura.
   —¿Quién es? —inquirí acobardada, resguardada tras la ventana con una escasa abertura que la hacía silbar.
   —¿Es esta la casa de Andrés, Andrés Rosique? —preguntó una extraña voz a la que no supe identificar ni edad ni género.
   —Sí —mascullé aterrada por la extravagante silueta que se aproximaba a mi ubicación.
   Cerré la ventana de un golpe. Contemplé, a menos de dos metros, a una mujer mayor que vestía una haraposa túnica blanca que flameaba al compás de su hirsuto cabello plateado. Apagó el pitillo que exhalaba con vehemencia y se dirigió hacia el cristal empañado.
   —Abre, Violeta, ábreme la puerta —exhortó.
   —No. Váyase o llamo a la policía ahora mismo —supliqué un tanto confusa por estar hablando con una desconocida que sabía mi nombre.
   El pánico de la situación, sumado al enorme tamaño de mi vientre, que impedía oponer resistencia o huir, descartó por completo la idea de que le permitiera el acceso a aquel ser de aspecto endemoniado.
   —Señora, si ha venido a ver a mi padre le informo que falleció hace unos meses.
   —Lo sé, quiero hablar contigo. Es importante.
   —Yo a usted no la conozco, y no reúno las condiciones para recibir visita alguna. Se lo repito, señora, márchese o marco el número de la policía.
   —Solo he venido a pedir perdón y a contarte una historia terriblemente cruel.
   —¿Y su nombre cuál es? —pregunté intuyendo de quién podría tratarse.
   —Me llamo Susana Hernández, soy prima de Paco, el amigo de tu padre. He vivido buena parte de mi existencia en centros psiquiátricos. El reloj de mi vida se detuvo una noche de julio de 1976; desde entonces todo fue rencor, tanto, que me arrastró a la locura.
   —¿Para qué ha venido?
   —He venido para confesarte la verdad, creo que es la única manera de liberar un poco el remordimiento que me ha dejado insomne durante décadas.
   —¿La verdad de qué? Ya ha pasado mucho tiempo desde entonces, ahora no puedo hablar con usted. Si le sirve para algo, mi padre ya le ha perdonado, hiciera lo que hiciera, estoy segura.
   —De acuerdo, ya me voy. No será porque no lo he intentado.
   La mujer emprendió la marcha con parsimonia. Encendió un cigarro con bastante dificultad, la incandescencia junto a su ondeante vestidura se difuminaron como la niebla en la obscuridad. Contemplé durante minutos el camino de piedrecillas que accede a nuestra parcela, esperando que brillasen las luces de un automóvil, hecho que no llegó a ocurrir. Aquella dama fantasmagórica, de la cual ya me había advertido mi padrino que padecía una obsesión enfermiza por mi progenitor, pa­recía haber venido de las tinieblas. Conviene decir que al narrar esta escena no me he dejado llevar por lo que en la literatura se llama «falacia patética» (aquella mujer sombría me visitó, por casualidad o no, en una noche de niebla y viento, mi memoria no ha exagerado un ápice de aquella atmósfera terrorífica). Lo recuerdo todo con perfección, aunque aquello sucediera hace ya un lustro. Por eso permanecí atrincherada, con todas las puertas cerradas con llave, aislada del mundo, en un estado casi de enajenación, hasta que el curso de la naturaleza me obligó a abandonar mi viejo hogar para alumbrar a Andrés.
   
   El empleado de una agencia inmobiliaria me acompañaba la última vez que pisé la casa. Yo había llegado desde mi nueva residencia con mi niño que contaba con unos pocos meses de vida. Hacía mucho frío y se había levantado un viento que no iba echar de menos en la costa. Accedimos al salón, observé los polvorientos muebles, la mayoría llegaron a aquella vivienda mucho antes que yo. Allí perdurarían olvidados, recluidos entre lúgubres paredes quién sabe si por otros tantos años. Subí las escaleras con mi hijo en brazos, descorrí las cortinas y elevé las persianas de todas las ventanas de la planta superior. Deseaba que mis ojos se llevaran para siempre la imagen de los dormitorios en todo su esplendor. «Hasta siempre, vida», musité.
   El eco de mis pasos resonaba por todas las habitaciones mientras el comercial me realizaba preguntas sobre la vivienda. Salí al jardín, hacia el punto donde se encontraban los restos de Yako, entre la higuera y el último árbol que plantó mi padre, ahí me santigüé. La cruz ya había sido quitada, a la empresa no le interesaba que los futuros compradores dedujesen que allí se había enterrado un cuerpo, aunque ahora se tratara de los restos óseos de un animal. Prometí a mi bebé, dirigiéndome a sus ininteligibles oídos que, en cuanto me lo pidiera, tendríamos una mascota. Entretanto el agente cerraba todas las ventanas me dirigí a unos cincuenta metros de la parcela, al montículo donde acudía con mi padre y mi perro a descubrir cómo los matices de las casas del pueblo se transformaban de color según atardecía. Me senté con mi pequeño Andrés, en mi regazo, para comprobar que ya divisaba el paisaje con un entusiasmo similar al de su abuelo.
   —Esta imagen permanecerá para siempre en mi retina —murmuré a mi hijo.
   —¿Señorita Rosique, me firma la nota? —gritó el agente mientras cerraba la puerta principal.
   —Sí, ahora mismo voy.
   Con mi niño bien sujeto en su sillita para bebés conduje por el pueblo. No percibí nada especial, era otro día más de otoño en la localidad. Ninguno de mis conocidos sabía que aquella mañana sería mi último paso por el lugar hasta la fecha. Yo tampoco. En silencio me despedí de las calles, de las plazas, de sus afanadas gentes en sus quehaceres diarios, y del bello paisaje de los arrozales cuando ya el coche me llevaba en dirección a la autovía. ¿Recordaría alguien mi estancia en aquellas tierras? Unas pocas personas podrían acordarse: Marisa y Pedro que vivirían sin mi presencia un romance sin fingimientos. Antonio, el hijo de Maruja, que tal vez suspiraría por mí tras su mostrador de carne por lo que pudo haber sido y no fue. Y Juan, el cual, quien sabe si escarmentado por la mala vida, se hubiera reformado en alguien honrado. Nadie más del pueblo me echaría de menos. Puede que en un momento dado, alguien preguntase qué pasó con la hija del Leñador, a lo que otro vecino contestaría: «He oído que se marchó a otro lugar cuando su padre murió». El paisaje azulado y pintoresco del Mar Menor me recibió con aquellas reflexiones y la certidumbre de que mi grupo de allegados se había reducido a mis padrinos y a mis tíos que, por cierto, acababan de ser padres por segunda vez. Le pusieron Patricia como nombre.
   Los años han transcurrido inexorables desde entonces, la profundidad del mar que puedo avistar desde el balcón de casa me ha evocado miles de remembranzas con la misma sintonía con que las olas rompen con las rocas. De los más remotos recuerdos, en la suntuosa casa de Cartagena, pasando por mi primer día de colegio en Calasparra, de aquel beso con Antonio, y la inevitable melancolía que me originaba la reminiscencia de Isabel, con el momento más dulce de todos los imaginables, cuando en la intimidad de la habitación neoyorquina me obsequió con la mirada de mayor frenesí que unos ojos pueden proyectar. Me acordaba a menudo de Andrew, el progenitor de mi hijo, que seguiría tocando el piano en su local de Manhattan ignorando que un ser que llevaba sus genes crecía en un lugar que no sabría ubicar en un mapamundi.
   Pero mis memorias más nostálgicas tenían a mi padre como protagonista, su singular personalidad, de sus largas historias que ingeniaba para infundirme sentimientos como miedo, tristeza, alegría, etcétera; y de cómo procuraba convencerme de que toda acción tiene su eco en la eternidad. Él disfrutaría contemplando el paisaje que yo diviso cada día y admirar la infinitud del mar mezclándose con el cielo. Nunca me olvidaré de aquel precioso sueño, junto a la playa, donde aparecía mi madre para darle la bienvenida, justo en el instante en que él me dejó. Aquello debía significar algo y lo he descifrado ahora.




domingo, 14 de junio de 2020

Volumen 35 de «Mi hija y la ópera»



6

   Trini se hizo cargo de todo lo referente a la certificación del óbito y de coordinar las funciones de los cuatro profesionales que descendieron el ataúd al salón, junto al piano, una de las últimas voluntades de mi padre. El protocolo restante desde aquel momento hasta que anocheció fue realizado por una serie de personas acostumbradas a trabajar con cuerpos sin vida. Marisa fue la primera en llegar, iba acompañaba de Pedro, entre sollozos me abrazó. Su aspecto había mejorado en el último mes, las canas que contrastaban con su cabello azabache, se habían convertido en mechones rubios sobre una melena castaña, un lindo pañuelo rojo bordeaba su cuello. Pedro vestía un refinado traje azul marino con una bufanda negra que colgaba garbosa sobre uno de sus hombros. Era sábado, a lo mejor vinieron ataviados así para la ocasión, o tal vez se les había truncado algún plan aquella noche.
   El salón estaba lleno de personas desconocidas cuando llegaron Laura y Alberto. A mi tía se le notaba el embarazo, aunque no tanto como a mí; seguro que aquellas anónimas caras, supongo que clientes de bares que mi padre frecuentaba, se preguntarían extrañados quién sería el causante del crecimiento de mi abdomen. Por fortuna, solo se acercaban para mostrarme sus condolencias. Laura, que se pasó media vida diciendo que mi padre se asemejaba al abuelo de Heidi, expresó: «¡Dios, se ha consumido!» al contemplar su enjuto cuerpo. Ella le acarició las mejillas con semblante consternado, Alberto se marchó al otro lado del salón, fuera de la mirada curiosa de los allí presentes. Marisa hizo las veces de anfitriona sirviendo cafés a los que acudieron a dar el último adiós a mi padre. Trini se despidió prometiéndome que regresaría antes de las doce del mediodía, esa era la hora convenida para que yo leyese unas palabras en memoria del ser que más me ha querido nunca; después, el féretro sería trasladado para siempre a Cartagena, para reposar junto a las lápidas de mi madre y de mi hermana.
   —No hace falta que vengas muy temprano, Trini —insistí—. Debes descansar. Has hecho mucho por nosotros, yo te estaré agradecida siempre.
   —Si yo hubiera estado junto a tu padre, no se habría quitado los tubos de oxí­geno, no me lo perdonaré jamás.
   —Él ha esperado a que tú y yo nos quedásemos durmiendo para aprovechar la ocasión. No le des más vueltas, era lo que ha estado anhelando durante mucho tiempo. Ahora se encuentra en un lugar mejor.
   Acompañé hasta la verja a Trini que se había convertido con la muerte de mi padre en la persona de mayor confianza, una cercanía engendrada en pocos meses pero muy intensos. El acceso a nuestra parcela se encontraba repleto de vehículos estacionados, algunos taponando la salida de los que se hallaban aparcados en el interior del jardín. Un incontable número de personas que ni siquiera había franqueado la puerta de la casa estaban apoyadas en los coches, grupos de fumadores que carcajeaban con conversaciones que poco tendrían que ver con lo sucedido horas antes en mi domicilio. No dejaba de ser por esto la vela de un difunto como otras tantas que había asistido en mi vida.
   A pesar de la negrura avisté a las hijas de Marisa que caminaban por la senda a la altura de la casa de mis vecinos, no habían podido dejar su turismo más cerca. Con ellas iba su inseparable compañera de piso. Intenté eludir el saludo dirigiendo la vista hacia mi casa, sin embargo, la menor de las hermanas ya me realizaba aspavientos en la distancia. Ana reparó en el avanzado estado de mi gestación ante la mirada de reprobación de Isabel. Lucía, el marimacho que las acompañaba, fue la única de las tres que me saludó con el ritual prudente que merecía la ocasión.
   —Lamento mucho lo de tu padre. Unos se van para siempre —manifestó descendiendo su vista hacia mi tripa—, pero otros vienen.
   —Sí, es ley de vida, esto que tengo en el vientre es lo único bueno que me sucedió en Nueva York —contesté a Lucía mirando con descaro a la mayor de las hermanas.
   Isabel agachó la cabeza. El trío me siguió hasta el interior de la casa, las dejé junto a Marisa y Laura, ambas estarían chismorreando sobre lo galán que fue mi padre o de lo guapo que estaba cuando se afeitaba.
   —Perdonad, chicas —les dije—, me voy a descansar. Estoy abatida y tengo un ligero mareo.
   —De acuerdo, Violeta —asintió mi tía acariciándome el abdomen—. En tu estado tienes que descansar.
   Yo imité el gesto con su barriga.
   —Bueno —dije—, ya no tengo a nadie importante que saludar salvo a mi padrino. Si viniera Paco me llamáis o le decís que suba a mi cuarto. Necesito tumbarme a oscuras.
   —No te preocupes, hija —intervino Marisa—, nosotras atenderemos a todas las amistades de tu padre.
   Subí al dormitorio y aunque me encontraba cansada sabía que no podría dormir. Lo habría intentado si con ello hubiese enganchado el sueño que tuve horas antes, en el punto donde desperté, cuando presencié a mis progenitores rencontrándose en una playa como la más dulce de mis premoniciones. Tiempo después y solo para mí escribí dicha ensoñación. Con la escasa luz que me ofrecía el flexo del escritorio me dispuse a confeccionar el texto que me serviría para homenajear a mi difunto padre. Me quedé en blanco, claudicada por el agotamiento de aquella jornada, reposé la cabeza sobre el cuaderno, junto al bolígrafo, dejando un cerco salivoso en las hojas. Desperté al escuchar tres golpes bruscos en la puerta de mi habitación, no había pasado mucho tiempo desde que me sorprendió el sueño, aunque percibí un leve malestar en el cuello.
   —¿Sí? —atiné a preguntar con voz afónica mientras me incorporaba.
   —¿Violeta?, soy tu padrino —anunció mientras abría.
   —Pasa, enciende la luz.
   Paco intentó pulsar el interruptor mientras su orondo perfil se siluetaba bajo el marco.
   —¿Ha venido Consuelo? —pregunté tras varios segundos constatando su torpeza para conseguir que se hiciera la luz en mi dormitorio.
   —No. Mañana irá al entierro, como nos pilla más cerca… Este tipo de actos la deprimen, y hay mucho trayecto de coche. Pero he de decirte que lamenta tanto como yo la muerte de tu padre.
   —Ya me imagino —murmuré frotándome los ojos.
   —Oye, Violeta, antes de irme, que veo que estás agotada, quiero prevenirte de una posible visita. He coincidido esta tarde con mi prima Susana en el Messenger cuando, antes de venir para acá, me disponía a leer el correo electrónico. Sobrecogido todavía por la noticia le he dicho, sin querer, que tu padre había muerto. Me ha pedido la dirección porque quiere hablar contigo, no se la he dado en cualquier caso, supongo que sigue en sus trece de mezclar la verdad con la mentira y liarte con sus locuras. No deberías preocuparte, no es peligrosa, pero si consigue dar con esta dirección te ruego que le hagas el mismo caso que a una perturbada resentida.
   —De acuerdo, Paco, no me inquieta eso ahora.
   —¡Ah!, y enhorabuena.         
   Permanecí paralizada no sabiendo a qué se refería.
   —Lo digo por lo de tu embarazo, a ver si ahora, aunque no esté mi amigo, y hermano, nos vemos más a menudo. Tenía una barbacoa pendiente con tu padre desde hace… a ver… veintitantos años. Espero que contigo pueda recuperar el tiempo perdido, como sabes, yo no puedo tener hijos pero deseo que aceptes que te tratemos como a una hija y la vida que llevas dentro como a un nieto.
   Sonreí con rostro agradecido, no necesité afirmar su propuesta.

   El domingo 24 de abril amaneció pluvioso, por lo que sé, los días de lluvia eran una constante en las efemérides más importantes de mi vida. Lo hizo el día que nací, así como la mañana del trágico accidente de mi madre. Y una granizada se precipitó con furia cuando mi padre apareció en casa después de estar una semana fuera. Todas estas fechas pertenecen al año 1981, son extrañas coincidencias que no las atribuyo a nada, pero que no dejan de ser curiosas teniendo en cuenta el clima semidesértico del sureste español. Bajé al salón muy temprano, oteé a Marisa y Laura que estaban adormiladas en el sofá, entrambas se incorporaron de un salto en cuanto descubrieron mi figura. No hallé a nadie más en casa ya que Pedro y Alberto, que al parecer habían hecho buenas migas esa noche, se acababan de marchar al pueblo para comprar chocolate con churros. Me acerqué al ataúd de mi padre con la idea de que aquella imagen me sirviera de inspiración para la carta que todavía no había escrito. Subí de nuevo a mi habitación con un café decidiendo que la misiva debía tener un tono alegre. Con la experiencia todavía cercana de haber escrito en pocos días La hija del leñador no me costó demasiado hacer este pequeño ejercicio literario. Cuando descendí al salón eran casi las doce, de nuevo la casa estaba saturada de gente, como medio centenar de personas. Escogí un disco de grandes temas de Puccini y solicité a Marisa que lo insertase en el equipo de música que durante tantos años había sobrevivido a un uso implacable.
   —Pon la canción cinco —indiqué mientras sostenía temblorosa la hoja arrancada del cuaderno.
   Comenzó a sonar el aria O mio babbino caro. Realicé un gesto a Marisa para que elevara el volumen y con ello silenciar a los asistentes entre los cuales se encontraban mi amigo Antonio y su madre. Justo en el momento en el que la voz de la soprano se imponía sobre el resto de la música dije lo siguiente:
   —A petición de mi padre quiero leer estas palabras que acabo de escribir.
   Lo que viene a continuación es la carta que leí, destacando mi voz sobre el fragmento de la obra Gianni Schicchi, uno de los preferidos de la persona que me aficionó a la ópera.

   Mi gran amigo, mi padre. Como un presentimiento supe que la conversación de ayer sería la última. Ahora ya solo podré dirigirme a ti como en un monólogo, ya no escucharé tus respuestas, en ocasiones disparatadas y vehementes. Tal vez te adentres en mis pensamientos y no sabré diferenciarlos de los míos, porque en verdad se asemejan. Me has hecho amar la música y la vida, has conseguido eliminar de mi mente los prejuicios, que no les ponga etiquetas a las personas por su rostro, su vestimenta, o por su manera de hablar. A lo mejor, esta ideología quisiste difundirla al resto del mundo para protegerme de los estúpidos que piensan que por ser poco agraciada a la vista no merezco vivir.
   Sé que penetras en mi imaginación porque soñé contigo ayer, cuando te fuiste. Intentaste reunirme con mamá aunque solo fuera un instante, para despedirte, para informarme de que me esperarías. No fue una simple casualidad. Confío en que te pasees por mi memoria de vez en cuando con tu joven mujer y con tu hija Susana, mi anhelada hermana, a la que espero conocer dentro de mucho tiempo.
   Ahora tengo una misión importante, un agradable vaticinio me dice que será niño, se llamará como tú y tendrá los mismos apellidos que yo. Espero hacerlo tan bien como hiciste conmigo.
   Termino agradeciendo a todos los aquí presentes su comparecencia, yo tengo que despedirme también. Te prometí, papá, que me iría de aquí en cuanto te fueses, y te haré caso. Me iré a la costa. Con ello cumpliré tu última voluntad y llevar a cabo el sueño que nunca pudiste realizar en vida.
   Te echaré de menos, padre, pero te amaré siempre.

   Aquel último párrafo me sirvió para comunicar a mis conocidos la pretensión de marcharme de Calasparra. Cuando doblé la hoja, que todavía conservo, los presentes aplaudieron. Con la lectura de aquella carta conseguí arrancar alguna lágrima a Marisa, Laura e incluso Pedro, aunque me sorprendió sobremanera la expresión de Isabel que fue la primera en abrazarme de toda una hilera que se formó de manera espontánea.
   —Sé que querías mucho a tu padre —susurró—. Perdóname, no me he portado muy bien contigo.
   Afirmé con la cabeza mostrando un talante neutro, dejando en ella la zozobra de que no disentía en que hubiera obrado mal conmigo en el pasado o que, en efecto, la perdonaba. Una de las mujeres de la fila cuyo rostro me resultó familiar —por las fotos— pero que no conocía todavía en persona, era la pianista Águeda Salamó, mi amiga internauta que había venido desde Barcelona, recorriendo casi seiscientos kilómetros para manifestarme su pésame y, por primera vez, darme un abrazo. El conductor del coche fúnebre me indicó que ya era hora de partir hacia Cartagena. El féretro fue trasladado desde el salón hasta el vehículo por Pedro, Antonio el tendero, mi tío Alberto y para mi asombro: el Chapicas, sembrando la duda para siempre de si había pisado o no la cárcel. Lo que no dejaba espacio a la incertidumbre fueron sus gestos, bajó la mirada cuando pasó por mi lado, tenía las narinas escoriadas y dos surcos de lágrimas caían desde su barbudo y trémulo mentón. Le hubiera musitado un «gracias» cuando estuvo cerca de mí, pero el desconcierto me tenía paralizada. En ningún otro instante del velatorio le había visto, tal vez estuvo escondido de mi presencia en el gentío del jardín, avergonzado, procurando infructuoso que mi mirada no lo interceptase. Casi lo logra.
   Un silencio peculiar se produjo cuando cerraron la puerta trasera del automóvil. Un grupo de personas comenzó a mirar hacia la verja, lo que arrastró a todos los demás a que repitiéramos el movimiento. Se acercaban una mujer vieja y un joven  alto y desgarbado que con su larga melena disimulaba sus facciones asimétricas. Eran mis vecinos Josefa y su hijo, yo creo que la primera vez que este abandona el perímetro de su parcela en muchos años. Él portaba, con escasa apostura y caminando sin equilibrio, un ramo floral, cortado de algunas de las plantas de su jardín.
   —Nene, dale las flores a la vecina —dijo su madre desde detrás con una mirada pendenciera que servía de burbuja protectora a cualquier comentario o gesto despectivo.
   —Gracias, Eduardo —dije mientras olía el singular manojo—. Son muy bonitas.
   —Siento lo de tu padre —expresó doña Josefa cubriendo con su áspera voz las sílabas sin sentido que articulaba su hijo.
   —Sois muy amables.
   Me acerqué a Eduardo, aquel niño de casi dos metros y veintitantas primaveras que nunca asistió al colegio porque los médicos no le pronosticaron ni cinco años de vida. Por su expresión ocular sé que me recordaba, agaché su cabeza con una mano y le di un beso en la mejilla, él me regaló una mueca difícil de descifrar que interpreté como de agradecimiento. En absoluto me amilanó su aspecto y a partir de entonces el encasillamiento de que comía perros o heces se esfumó para siempre de mi memoria. En cualquier caso, dar un beso en una protuberancia facial no es distinto a darlo en un codo, una muñeca o una barbilla. No fue aceptado mi gesto por la mayoría de los allí presentes que me observaban con estupor. Allá cada uno con su ignorante mentalidad.
   —Nene, vamos para casa —dijo doña Josefa agarrando la mano de su hijo.
   El coche fúnebre franqueó la verja en dirección al Cementerio de Santa Lucía. Yo arranqué mi automóvil para seguir al vehículo mortuorio conduciendo en un inusitado estado de silencio y paz. Solo me encontraría con mis padrinos en el camposanto. Marisa se encargaría de apagar la música del mismo compacto que ella había introducido para mi lectura. Sonaba el melancólico Coro a bocca chiusa de Madama Butterfly —que se escuchaba en el salón, inopinadamente, como la melodía más acertada para aquel momento—. Después despediría a los asistentes y cerraría la casa. Ahora era solo mía, al igual que otras tantas pertenencias. Me había quedado con un hogar vacío y junto a él la tumba de Yako, al lado de la higuera, como huellas de un pasado que nunca volvería. Pocas semanas después comencé a buscar un hogar para mi hijo cuando ya supe por las ecografías que nacería varón. Dondequiera que fuera, nunca querría escapar de los recuerdos que tuve en Calasparra, esos que han contribuido a que sea quien soy.




viernes, 12 de junio de 2020

Volumen 34 de «Mi hija y la ópera»


5

   Cuatro meses y un día distaron desde que le comunicamos a mi padre su ineludible final hasta que abandonó este mundo. Marisa ya se había marchado de casa, justo el día después de su cumpleaños. Se fue implorando a su entrañable pareja que dejara un espacio para ella en su pensamiento. Le acarició su cabello encanecido, cada vez menos espeso, y le besó en unos labios que reclamaban más oxí­geno que cariño. Portaba una maleta con todas sus pertenencias finiquitando cualquier vestigio de coexistencia con nosotros. Se despidió de Trini con dos besos y de mí con profundo abrazo: «Os quiero con toda mi alma». Echó un último vistazo a la habitación con cierta entereza, constató con la mirada que había dejado un hermosísimo vestido rojo que nunca llegó a estrenar en el armario del dormitorio que se encontraba entreabierto. Era el atuendo que debía de haber lucido para la representación del Romea que no pudo disfrutar en compañía de aquella persona que se moría por segundos. Aquel elegante traje de color carmín había sido durante meses un espectador inerte del deterioro de mi progenitor y testigo silencioso de otros terribles sucesos allí acaecidos. Marisa lo dejaría a conciencia creyendo que no era merecedora de dicha prenda, o tal vez como un recuerdo suyo para no ser relegada al olvido eterno. No en vano, su partida dejó tras de sí un irreparable vacío, sumiendo al hogar en una profunda tristeza, como si las paredes percibiesen que quienes las habitaron durante años se marchaban para no regresar jamás.

   Ocurrió una tarde, la del 23 de abril de 2005, cuando mi compañero existencial se despidió para siempre. Trini se había acostado en mi habitación ocupando la cama donde solía dormir mi tía. La incipiente tripa que surgía de mi delgada silueta invitaba a la suspicacia, supongo que aquello, más el deseo de que mi padre no dejara este mundo sin conocer que su descendencia iba a mantener la dinastía, me incitó a confesárselo.
   —Quiero que sepas que estoy embarazada.
   —Me gustaría conocer al padre, es mi última voluntad —exigió sin saber que estaba ante su última hora de vida.
   —Está muy lejos de aquí, pero esta criatura es ante todo mía. Es mucho más aún: tu sucesor. Se llamará Andrés si nace niño o Andrea si fuera niña. Como tributo a su abuelo y a su progenitor, ambos tocayos.
   —¿Él también se llama Andrés?
   —Sí —respondí sucinta, prescindiendo de aportar cualquier dato que le restara magia al momento.
   —No llegaré a conocerle. Estés acompañada o sola cuídale como yo intenté hacer contigo.
   —Le hablaré mucho de ti, papá.
   Entonces, como si percibiera que la muerte viniese a recogerle, se armó de fuerza. Me pidió que me acercase para acariciarme el cuello con sus débiles manos, me contempló con sus ojos húmedos, aunque sin lágrimas, para cerrar los párpados y decirme lo siguiente:
   —Tú eres Violeta Rosique Domínguez, única e insustituible, ningún ser humano se parecerá a ti. Tengo el honor de ser tu padre, y con la felicidad de saber el legado que dejo en este mundo me voy satisfecho. Debo confesarte una cosa, hija mía, durante mucho tiempo te culpé del accidente, tenías mal carácter y el llanto fácil, nada que ver con Susana. Te aborrecí durante años por aquellas peculiaridades. Ahora te suplico que me perdones.
   —Papá, en diciembre, cuando regresábamos en coche desde La Arrixaca, me preguntaste si me acordaba de un baile que tuviste conmigo siendo yo una niña, con la música del Coro de Peregrinos. Te dije que no me acordaba, pero ahora mi memoria ha rescatado esa imagen con total claridad, me sostenías en brazos dando vueltas a una mesa que se hallaba en el centro del salón. Dijiste que ahí comenzaste a quererme, y quiero informarte de que ese es el primer recuerdo que tengo de esta casa y es de absoluta felicidad. No he tenido otra familia que no seas tú, durante años he sido juzgada por mi fealdad, por esta mancha en la cara que siempre ha sido objeto de crueles comentarios. Solo tú y la tía me habéis tratado como una persona, no como un espécimen raro.
   —Violeta, haz que mi nieto viva en otro lugar y que tu destino se acerque a la literatura o la música. Necesitas ver las olas, las estrellas y la infinitud del horizonte. Aquí te buscarán como lo hicieron conmigo en Cartagena, nunca te lo he dicho, pero en la semana que estuve desaparecido tras el accidente liquidé a dos hombres. Uno era un joven marginal cuyo delito fue mentar a nuestros muertos. Sé que era una frase sin importancia, pero yo acabé con él con estos brazos, ahora esqueléticos, y la ayuda de una navaja que pude arrebatarle.
   Eché una mirada a mi padre fingiendo estar impresionada. Acabó siéndolo a los pocos minutos.
   —Estuve deambulando durante días con la esperanza de morir —prosiguió con una inusitada energía, se dice que propia de los que están a punto de expirar—, acabé a kilómetros de Cartagena, en una granja cercana a Fuente Álamo, algunos animales se acercaron a mí cuando salté la valla, había cerdos y pollos. El aspecto descuidado de la casa reflejaba que nadie vivía en ella, aquello me invitaba a que accediera al interior, pero no pude, mis fuerzas eran las justas, casi como ahora. Bebí agua de un depósito sucio, y de uno de los recipientes del pienso comí hasta quedar durmiendo, junto a los animales, amparado del mal tiempo bajo un techado, con azadas, legones y otros utensilios agrícolas, similar al lugar donde se cobijaba Yako para descansar.
   Me siguió contando, con todo lujo de detalles, que a la mañana siguiente, el sonido de un vehículo le despertó, de él salieron un señor que venía de caza y unos perros que trataron de amedrentarle a ladridos. El cazador le encañonó con una escopeta, acusándole de haber accedido a una propiedad privada. Mi padre, que vestía con ropa ensangrentada, lo reconoció, era un antiguo compañero del servicio militar, y este se relajó cuando escuchó el mote por el que era conocido —creo que el Lepas—. Mientras que el propietario de la granja hacía un esfuerzo en acordarse de su viejo camarada le invitó a entrar en la vivienda para tomar una cerveza. Mi padre rememoró toda la clase de vejaciones a las que fue sometido por este individuo por el simple hecho de encararse en una novatada. Ese infierno en que convirtió su año miliciano le repercutió en la relación con mi abuelo y con el grupo Los Prohibidos que abandonó prematuramente. El hombre dejó el rifle apoyado en la puerta para usar sus dos manos e intentar abrir los candados y acceder a su domicilio.
   —Cogí la escopeta y me presenté —relataba con rabia—: «Soy Andrés Rosique Marín, el huérfano de las lechugas como dijiste una vez, el destino ha querido que acabase frente a ti para saldar una deuda pendiente». Solo realicé un disparo, desde la puerta de su casa, sus sesos quedaron esparcidos por el salón y ensangrentaron aún más mi ropa. Entonces decidí volver a nuestro hogar, fui andando, me llevó horas. Él acabaría devorado por sus propios animales.
   —Padre, ¿qué me estás contando? —pregunté deseando que lo narrado respondiese a un brote de locura.
   —Déjame que termine ahora que me veo con fuerzas. Recuerdo que cayó granizo, tú apenas eras un bebé que estaba al cuidado de Laura. Si nunca te he contado esta historia ha sido porque tenía miedo de involucrarte, soporté los años siguientes en Cartagena, temeroso de que la policía o los familiares de los asesinados pudieran encontrarme. Por eso nos vinimos para acá.
   —¿Por qué me cuentas esto ahora?
   —Lo que quiero decirte, hija, es que he sido un fugitivo por miedo a la venganza y he tenido mi merecido hace no mucho. No seas resentida con nadie, no terminará reparando el daño y vivirás con temor. Evita las personas que puedan ocasionarte problemas, pero nunca intentes subsanar el agravio con tu propia justicia, tarde o temprano el tiempo te resarcirá. Deja que el destino ponga a cada uno en su lugar, no te molestes interviniendo.
   —Por favor, papá, calla de una vez.
   Enmudecimos durante unos minutos, era un silencio que llenaba de armonía el  ambiente. Yo contemplaba al compañero de mi vida como a una persona que acababa de liberarse de una losa que le aprisionaba. Este me observaba sonriendo.
   —¿Sabes de lo que me acordaba cuando me hablabas antes? —prorrumpí quebrando la serenidad que reinaba en el dormitorio—. De cuando le dijiste a los abuelos: «Solo vivo por mi hija y la ópera».
   Afirmó con la cabeza frunciendo el ceño, ya no recordaría aquella frase.
   —¿Cuál quieres que ponga? —pregunté refiriéndome a la obra que cada tarde escuchaba hasta quedarse durmiendo.
   Cavallería Rusticana. Y hazme un favor: súbeme un whisky.
   Obedecí sin cuestionar su petición. Escuchaba los ronquidos de Trini que dormía en otra habitación, debía de estar agotada, ella sí le pondría objeciones. Subí la copa y se la dejé junto a un libro de Mario Vargas Llosa que posaba sobre la mesilla, la cual se encontraba junto a su mecedora, bajo la ventana. Aunque la música se escuchaba fuerte no evitó que yo sucumbiera pronto al cansancio. Mientras lo hacía, no pude evitar apreciar las primeras notas de la citada ópera y su capacidad para transportarte a esa extraña sensación que supone la finitud de la existencia y de la importancia que tienen esas pequeñas vivencias que vamos sumando en la vida. Un presagio de lo que iba a acontecer poco después. Cuando abrí los ojos supe que mi progenitor había abandonado su cuerpo. Tuve la certeza tras haber vivido un milagro en forma de sueño, fue una experiencia mística e insondable que él me regaló. Lloré en silencio cuando me levanté de la cama, no fueron lágrimas desoladas sino de incontenible felicidad. Acto seguido, me abracé al cadáver y musité sonriente: «Papi». Después, besé su frente, todavía conservaba la temperatura. El final de la ópera de Mascagni sonaba estruendosa cuando apareció Trini franqueando la puerta intuyendo lo que acababa de acontecer.
   —¡Andrés! —gimió.
   La enfermera me abrazó con palabras de consuelo que yo no necesitaba pero que en cualquier caso agradecí. Minutos más tarde telefoneé a Marisa.
   —Ya ha sucedido. Encárgate de comunicárselo a todos sus allegados, yo solo llamaré a mi tía y a mi padrino. Estaré en casa, velando el cuerpo de mi padre.




jueves, 11 de junio de 2020

Volumen 33 de «Mi hija y la ópera»



4

   Las jornadas transcurrieron implacables, el estado físico de mi padre nos revelaba que nos encontrábamos ante su inexorable fin. La máquina que le ayudaba a respirar producía un estridente sonido que impedía el descanso a todo aquel que procurase reposar en su dormitorio. De igual modo yo dormía la siesta sobre su cama mientras él, desde su mecedora, intentaba releer alguna de las muchas obras que atesorábamos en casa desde tiempos inmemoriales. Creo que ya ni leía, utilizaba el libro para dirigir su mirada y pensar. Otras veces lo cerraba, descorría la cortina y le echaba un vistazo al pueblo y quién sabe si a la infinitud del paisaje, meciéndose con suavidad. Yo solo abandonaba la habitación cuando Trini, la enfermera que le asistía, se adentraba para realizar su ingrata labor de limpieza. Conociéndole, debió ser humillante para él. No quiero imaginar cómo tuvo que sentirse cuando en ese mismo cuarto lo desnudaron y ataron a la pared durante días.
   Desde que Marisa supo que yo estaba embarazada no permitió que colaborase con ella en su comercio. Adujo que me encontraría mejor en casa, aunque yo creo que fue una manera de escapar del hogar al que solo venía para comer, cenar y dormir si es que acaso podía conciliar el sueño con el molesto silbido que originaba el aparato que proporcionaba oxígeno a su pareja. Mantuve en secreto lo del embarazo a mi padre, aunque poco a poco iba prosperando la idea de que él vería con buenos ojos que su genética no iba a interrumpirse conmigo. Confiaba en que en algún arranque de valentía aprovechase un momento propicio para informar al futuro abuelo de la existencia de una criatura que se gestaba dentro de mí antes de que fuese demasiado tarde.
   El día 19 celebré, casi a solas con mi padre, el vigésimo cuarto aniversario de mi nacimiento. Fue un acto apagado con el que pretendimos diferenciar aquel sábado de los tediosos días de febrero. Él no salía de su dormitorio y supongo que por aquel entonces ya asumía que jamás bajaría las escaleras con vida. Por ser una circunstancia especial le subí un vaso de whisky, algo que tenía más que prohibido, no por la enfermedad, sino para evitar reducir los efectos de los medicamentos. Yo no tomé alcohol, ni podía ni me apetecía, comí unos dulces que había comprado Trini para la ocasión. Pese a caer en fin de semana Marisa no pudo acompañarnos, alegaba mucho trabajo atrasado en su taller lleno de lienzos, marcos y tristeza. Como iba siendo frecuente en aquellos últimos días regresó al hogar tarde; tanto, que ya dormitábamos en nuestras respectivas alcobas. Trini comenzó a pernoctar en casa, decía que estaba tan agradecida por la generosa remuneración y a la cordialidad con que la tratábamos que no le importó carecer de tiempo personal. Aquella mujer soltera de cincuenta años, tez clara y mirada servicial se había convertido en pocas semanas en alguien más de la familia.

   Mi padre exigió a su pareja un último acontecimiento, este coincidiría con el 9 de marzo, cumpleaños de Marisa. Ella no quería hablar de celebraciones y menos aún si se trataba de algo tan macabro como el de juntar una fiesta con una despedida, puesto que él procuraba convencerla para aprovechar el evento como un adiós en vida a sus allegados, algo que solo tienen el privilegio —decía este— aquellos que son conocedores de su inminente final. Durante los días que transcurrieron hasta esa fecha solo extraigo la siguiente conversación con mi padre, un diálogo, a priori, irrelevante pero que ahora considero como trascendental, de tal manera que marcó el devenir de los meses posteriores a su marcha.
   —Cuando muera —dijo con voz débil—, vete a un sitio que esté cerca de la costa.
   —Yo soy de aquí, padre. Me gusta este lugar.
   —En este sitio siempre hemos sido desconocidos, eres una persona con una sensibilidad especial, vende esta casa y compra una que tenga vistas al mar, te ayudará a escribir, a componer piezas de piano, a ver la vida de otro modo. No quiero que te quedes aquí, tengo enemigos que seguirán siendo tuyos.
   Interpreté aquellas palabras como una advertencia promovida por el temor a que me sucediese algo similar a lo que le ocurrió en aquel mismo dormitorio mientras yo me encontraba en Estados Unidos.
   —Venga, descansa —susurré.
   —Violeta, tienes que llamar a Cristóbal, a nuestro asesor, él te informará de qué es lo mejor para tu economía. Como sabes, heredarás un patrimonio que te permitirá vivir con tranquilidad. Solo te pido que si vendes algo que sea para comprar otra cosa, que el dinero en las manos se acaba pronto.
  —Que sí, pesao —afirmé cansada de hablar con naturalidad sobre algo tan doloroso.
   —¿Quién va a venir para el cumpleaños de Marisa?
   —Pues espero que todos a los que he llamado, el problema es que cae en miér­coles y no sé si todos los invitados podrán asistir. La tía me ha dicho que ella y Alberto lo tienen complicado, si Marisa no tuviera esa manía de hacer la celebración el mismo día de su cumpleaños…
   —Hija, yo opino lo mismo que ella, no se debe celebrar en otro día que no sea el señalado en el calendario. Todos los días tienen su lado bueno y su lado malo, si quisiéramos hacerlo todo los sábados o los domingos se estaría discriminando a las personas que trabajan en esas jornadas.
   —Que sí… papá…
   Lo silencié con un beso en la frente. Su expresión famélica era desgarradora, el resuello de su respiración me infundía desasosiego, más cuando constataba cómo apuraba indignamente las últimas fuerzas que la naturaleza le había concedido. Me senté en la cama para observar su manera de dormir, él levantaba los párpados en ocasiones con un rostro privado de los colores que exteriorizan salud. Recordé mi niñez y adolescencia aquella tarde mientras mi padre intentaba conciliar el sueño y ganar, durante un momento, la batalla al dolor.
   Nací en el seno de una familia perfecta, tenía una madre y una hermana de las que jamás he tenido ni una imagen borrosa como recuerdo. Vivíamos en una casa de ensueño en Cartagena. Un maldito día de septiembre nuestra vida cambió para siempre, ellas quedaron enjauladas en el interior de un automóvil. Todavía se hallarían con vida, en el habitáculo del coche transformado de improviso en un inaccesible amasijo metálico, cuando el camión que las aprisionaba explotó. ¿Qué habría hecho mi hermana, aquella bella e inocente criatura de dos años y medio, para merecer tal fin? ¿Y mi dulce madre que me dio la vida y no se separó de mi incubadora hasta que la abandoné? ¿Acaso estarían pagando con ese castigo del destino los errores personales de una vida anterior?
   Ninguna de las dos tuvo en cualquier caso peor desenlace que mi afligido padre. Durante larguísimos veintitrés años y medio había convivido con la pesadilla de sobrevivir a su amada mujer que originó su afición a la ópera, y a una hija que, ejerciendo de orgullosa hermana mayor, me sostenía en brazos cuando yo solo tenía seis meses. Una inefable amargura con la que se vio obligado a lidiar para poder cuidar de mí. Aquel hombre cuyo cuerpo, en contra de sus deseos, combatía por unos días más de vida en una contienda de antemano perdida con la muerte, era mi única familia. Cuando pereciese ya no tendría a nadie, salvo lo que se estaba engendrando en mi vientre que sería mi garantía para salir adelante.
   Reminiscencias de toda una existencia me sacudían incansables como olas en la orilla mientras luchaba en mi personal guerra contra el cansancio. Podía agruparlas en unas pocas: el piano, la música, la soledad del hogar… junto al perseverante recuerdo de las tumbas, las de mis abuelos y, en especial, la losa que cubría los ataúdes de mi madre y mi hermana, con el mármol helado y sucio por la tierra que era movida por el viento eterno y las hojas marchitas caídas de los árboles del cementerio con su particular danza sobre las lápidas. Solo yo reparaba en aquel singular baile y quién sabe si los muertos desde la infinitud del tiempo, creyén­dose olvidados. La existencia de mi progenitora y sobre todo la de mi hermana apenas habría dejado huella en el mundo, excepto para mí, que sin conocerlas, derramaba lágrimas saladas en un llanto silencioso y de impotencia mientras contemplaba a mi padre que, en su duermevela, abría los ojos para cerciorarse que, en efecto, aún permanecía con vida.
   Andrés Rosique Marín agonizaba ante mí. No era una persona cualquiera de entre todas las que hayan podido existir en la historia de la humanidad, era el ser que lo sacrificó todo para que yo sea ahora quien soy. Me sobrevenían remembranzas de largos paseos por la montaña de la que nunca nos separamos en toda nuestra estancia en Calasparra, y de interminables diálogos que concluían sin que me diera una sola respuesta que satisficiera mis complicadas preguntas existenciales. Y un recuerdo nostálgico de mi niñez surgía con nitidez, destacando sobre cualquier otro, era la evocación de una tarde en una loma cercana, con nuestros pies colgados desde un montículo que asomaba a un barranco, donde presenciamos el más bello de los atardeceres sobre el pueblo.
   —¿Por qué lloras? —musitó mi padre, extrayéndome del ensimismamiento.
   —No puedes morirte, te necesito —imploré arrodillándome junto a su mecedora mientras lo abrazaba.
   —Tranquila, que hasta que no se celebre el cumpleaños de Marisa no puedo irme. Cuando lo celebremos me despediré de todos, menos de ti.
   —¿Qué quieres decir?
   —Ya no quiero que Marisa se quede con nosotros. Además, hace meses que ya no me comporto como un hombre con ella.
   —¿Y eso qué tendrá que ver?
   —Nuestra relación no ha sido otra cosa que eso. Mi compañera siempre será tu madre. Marisa lo ha sabido desde el principio, y no quiero morir entre sus brazos.
   Yo movía la cabeza en señal de negación por el conflicto interno de desconocer si lo que me decía era cierto, o que tal vez sospechaba de su pareja del mismo modo que yo había recelado de ella en los últimos meses.
   —Dejará esta casa después de su cumpleaños, pero no quiero que perdáis el contacto —continuó para evitar suspicacias—, solo que no me apetece que vea cómo me sigo deteriorando, es una cuestión de… ¿cómo se dice?... ¿de orgullo?
   Habilitamos el dormitorio de mi padre para que los asistentes a la celebración pudieran subir y charlar con él a la vez de que pudieran tomar un bocado. Enchufamos una pequeña nevera junto a la ventana y ubicamos en el centro una mesa repleta de bocadillos y platos con aperitivos. Pedro fue el primero en llegar, se sentó en la cama frente a la mecedora. Delante de mí y con todos los eufemismos que era capaz de utilizar, informó a mi padre de que los que le habían hecho daño se encontraban entre rejas. No tuvo respuesta alguna, su amigo estaba incómodo de que la conversación pudiera adoptar un lenguaje más conciso y que yo pudiera enterarme de algo que él creía que desconocía. Pedro se mantuvo callado el resto de la velada sosteniendo una copa de cerveza con su congénita elegancia, asomado a la ventana de la habitación, vislumbrando la espléndida panorámica que ofrece el pueblo en lontananza.
   Oteé junto a Pedro la llegada del vehículo de Isabel que se adentraba en el carril. Ella y su hermana no podían faltar a la celebración del cumpleaños de su madre. Vinieron de Murcia con el propósito de hacernos compañía un rato e irse de inmediato. Alegaban asuntos estudiantiles que, por lo que contaban, no les daban tregua. Una chica les acompañaba, se llamaba Lucía, era una compañera de piso —según me informó Marisa—; vestía con pantalones militares y camiseta de tirantes que junto con un pelo corto y puntiagudo ajaba su nombre y femineidad. Ni siquiera subió a conocer a mi padre, aunque fuera por la sombría curiosidad de contemplar a un moribundo. Permaneció en la puerta de casa todo el tiempo, fumando con la misma celeridad y frecuencia en sus caladas con que escupía; se tocaba la entrepierna a lo Michael Jackson aunque con bastante menos apostura, más bien se asemejaba a un legionario abandonando un prostíbulo, rascándose sus genitales infestados de parásitos. Mi atención se centró después en unas amistades de Marisa, unas vecinas por lo que deduje, las cuales cesaron sus carcajadas cuando accedieron a la habitación, con semblante de pésame saludaron al agonizante sin conceder siquiera un minuto para batirse en retirada.
   Los últimos en llegar fueron mis tíos y mi primo. Los tres cumplieron con protocolo, era una despedida en toda regla sin omitir palabras dolorosas. Alberto le dio dos palmaditas en el hombro y con mirada compasiva le dijo que fuese fuerte, luego obligó a su hijo a que le diera un beso a aquel ser humano que parecía un cadáver. Bajé con mi tío y mi primo a la cocina, saqué del frigorífico un refresco para uno y un zumo de piña para el otro que estaba a poco de cumplir cuatro. El niño se fue a corretear por el salón y a pulsar sin discriminación las teclas del piano. Aprovechando la intimidad que nos ofrecía la cocina Alberto me confesó algo.
   —¿Sabes, Violeta?, cuando conocí a Laura supe por su mirada que tenía en mente a otro hombre. Durante meses pensé que era su forma de ser, hasta el día que vine a esta casa. Entonces comprendí que tu tía estaba enamorada de tu padre. Pensarás que estoy loco, y no me gustaría que saliese esto de aquí, pero estoy convencido de que ellos tuvieron algo, y si no sucedió nada sería porque el respeto al alma de tu madre lo impidió.
   —Alberto —expresé con serenidad—, cuando era niña le pedía a mi padre que se casase con la que ahora es tu mujer.
   —En verdad solo quería decirte que lo sabía. Laura y yo nos queremos mucho, de hecho, ahora te lo dirá, vamos a ser padres de nuevo. Pero todo lo que te digo no me libera de la vieja sensación de haberme sentido como un segundo plato. Nunca he hablado de esto con ella porque sé que me lo negaría. Pero los ojos no mienten, y he sido testigo de cómo se miran.
   Contemplé de arriba abajo a Alberto, me pareció un desequilibrado que pretendía demostrar estar al corriente de cualquier infidelidad de pensamiento de su cónyuge hacia su cuñado, aunque se tratase de celos retrospectivos. Cuando fui de nuevo al dormitorio Laura era la única compañía junto a mi padre, el revuelo de mi primo trasteando el piano y el sigilo con que subí las escaleras contribuyeron a que mi tía no advirtiese mi presencia. Entonces escuché una frase que le otorgaba credibilidad al mensaje de Alberto:
   —Andrés, si tú hubieras querido…
   Distinguí desde la puerta que él negaba con la cabeza sobre la mecedora.
   —Recuerdo que me enamoré el día que te conocí, yo era una niña. Te casaste con mi hermana, aunque yo te seguía admirando en la distancia, como un amor platónico, pero cuando tuvimos la oportunidad de compartir la vida, juntos, con tu hija, la niña a la que dediqué toda mi juventud, me despreciaste.
   Mi respiración me delató, mi tía guardó la compostura besando en la frente a mi padre y secándose las lágrimas anunció:
   —Estoy embarazada.
   Aquel podría haber sido un buen momento para añadir «yo también», pero ninguno de los dos les habría concedido crédito a mis palabras.
   —Hasta siempre, Lauri, que sigas siendo muy feliz —balbuceó con la voz descompasada por ausencia de oxígeno.
   Ella le besó la mano y le acarició el cabello, dejó la habitación a paso ligero rompiendo en sollozos.
   —¿Cuántos quedan en casa? —atinó a preguntar con la mirada perdida—, ¿me puedes poner alguna de Puccini?
   Bajé en cuanto comenzaron a sonar los primeros compases de Tosca. Se habían ido casi todos, incluso Isabel, con la que no me crucé más que unos breves vocablos de salutaciones. Aquella bella idiota no era merecedora de los sentimientos que me originaba; no obstante, el simple hecho de sentirla cerca me cosquilleaba el estómago. El silencio generado por la ausencia de invitados solo era roto por el bisbiseo de Pedro y Marisa en el interior de la cocina. Me acerqué hasta donde se encontraba el dúo para sorprenderles con una mirada cómplice que ambos se regalaban. Él estaba sentado sobre la encimera mientras ella preparaba café. Ambos bajaron sus abochornados ojos en cuanto se percataron de mi aparición. Fue entonces cuando todos mis auspicios se convirtieron en una terrible convicción. Ellos podían reprimir sus emociones delante de todos e incluso fingir una confraternización con el propósito de hacer más llevadera la enfermedad de mi progenitor, pero yo sé cómo se miraban, como los ojos anhelosos con que yo contemplaría a Isabel. Los mismos que señalaba Alberto, refiriéndose a mi tía hacia mi padre.