martes, 19 de mayo de 2020

Volumen 19 de «Mi hija y la ópera»


18

   El único inconveniente que afloró tras las primeras semanas de convivencia con Marisa fue que yo había dejado de tener intimidad. No es que su estancia me molestase, y si así hubiera sido se compensó con creces por los beneficios que aportaba a mi padre. Sus hijas, ambas con una vida social agitada, no percibirían la ausencia de su madre en casa durante los fines de semana. Por eso, el paso siguiente que di al del aislamiento fue el de fingir todo lo contrario, pretendía parecer una persona independiente y poco hogareña, por lo que debía de estar el mayor tiempo posible de los sábados y los domingos «desaparecida». Como siempre, me valí de la total disposición de Antonio y lo manejé para que estuviera a todas horas conmigo (siempre y cuando el horario de su tienda se lo permitiese). Las noches teníamos garantizada la diversión con nuestras amistades de la peña. Solo me bastaba con que las mañanas de los domingos hiciésemos alguna excursión y por las tardes largos paseos por el pueblo. Absorbí el tiempo libre de mi amigo en aquellas ocupaciones que, a pesar del calor, nos fueron aficionando a las caminatas, al punto de que en pocos meses ya conocíamos buena parte de las rutas de senderismo de toda la comarca.

   Era la noche de un cálido domingo cuando, después de cenar en el Bar Casino y en mi afán de prolongar la cita, le propuse a Antonio ir en coche al santuario, a unos seis kilómetros de Calasparra y no muy lejos de mi casa. Por el camino le contaba que, según la leyenda que data de varios siglos, un pastor se encontró con una imagen de la Virgen entre las rocas, dejada tal vez por un caballero cristiano, y que la gente del pueblo no pudo trasladar a la localidad, por lo que comenzó a ser venerada en dicho emplazamiento. En mi maquinación no se encontraba ilustrar a mi amigo sobre el origen del santuario, sino la de hacer ameno el tiempo que estábamos juntos y, con ello, regresar lo más tarde posible a mi domicilio. Reconozco que mi padre llevaba meses sin ponerme objeciones respecto a la hora de regreso a casa, por lo que, yo, cada fin de semana, la alargaba un poco más que el anterior. Paseamos a pie el trayecto que unía la explanada del aparcamiento hasta el Santuario Virgen de la Esperanza, recorriendo ambos las escalinatas y otras zonas a distintas alturas junto al río Segura colmadas de húmedos bancos. El lugar, sin el habitual gentío, parecía de ensueño, acompañados por el chirrido de los grillos y del ululo de los búhos y los árboles acompasados en una bella sinfonía con el agradable rumor del agua vertiginosa. El eco de nuestras pisadas en aquel lugar vacío confería cierta atmósfera siniestra.
   Pensativos —ya habíamos agotado el cupo de palabras que pueden intercambiarse en una jornada— transitábamos junto a la orilla del río. El silencio entre nosotros ya no nos incomodaba. De pronto, escuchamos un carcajeo entre la oscuridad, vislumbramos el centelleante fulgor de un viejo bidón metálico ardiendo que haría las veces de barbacoa. A pesar de la distancia pude avistar varios rostros reflejados por las llamaradas. Debían de ser unos cuantos porreros de litrona en mano que aprovecharían aquel desértico lugar, apartado del itinerario policial, para estar tranquilos, lejos de la mirada acusadora de cualquier vecino. Antonio me sugería que diésemos la vuelta antes de que nuestra presencia fuese detectada por aquel grupúsculo de jóvenes que maldecían a los santos entre carcajadas, cuando escuchamos la siguiente frase: «¡Cagoendios con los mosquitos!». Era la inconfundible expresión de Juan. Me acerqué unos cuantos metros con la intención de poder divisar a ese hatajo de blasfemos para, al final, cerciorarme de que estaba allí, con su habitual camiseta remangada hasta los hombros, con la compañía de cuatro especímenes de similar facha. El sensor de mi sentido común debía de estar averiado puesto que me alegré de ver a Juan después de tantos meses e inicié la marcha para aproximarme al grupo y saludarle. Desde la invisibilidad que nos proporcionaba la oscuridad Antonio me agarró de un brazo para impedir que avanzase.
   —No vayas para allá —susurró—, ¿no has visto qué pintas tienen?
   —Pero a uno de ellos lo conozco. Es un amigo de mi padre.
   —Ya lo sé, el Chapicas. Pero hay dos ahí que iban al colegio conmigo y son chusma. Ya robaban lo que podían cuando eran críos.
   El murmullo de nuestra conversación había crecido de volumen y aquello nos delató. Distinguí cómo todos sus ojos se dirigían hacia el punto donde estábamos. Para ellos no deberíamos ser más que unas sombras que bisbiseaban.
   —¿Quién vive? —preguntó Juan que, por edad, sería el líder de aquella pequeña sociedad de maleantes.
   —Buenas noches, Juan, soy Violeta, me acompaña un amigo —dije mostrando toda la cordialidad que me permitía el temor que me sobrevino al escucharle.
   —¡Ah, hola! —expresó sin manifestar entusiasmo alguno—. Este es un sitio peligroso pa andar a estas horas.
   Observé mientras me acercaba —frenada por la extremidad de Antonio que todavía me aferraba— que mi interlocutor gesticuló rápido hacia uno de sus socios, mueca que, por cierto, no logré descifrar, la interpreté como si procurara evitar que yo les descubriera fumando hachís. Me percaté que entre Juan y el sujeto que escondía la mano se encontraba un individuo orondo cuyo rostro me resultó familiar. Él ya sabía quién era yo.
   —Bueno, Juan, nosotros regresamos que es muy tarde, a ver si te pasas un día por casa —dije no muy deseosa de que aquello ocurriese.
   —Sí, que hace tiempo que no voy —respondió más pendiente del flacucho moreno que de mí.
   Dispuesta a dar media vuelta y desaparecer con Antonio de aquel sitio, volví a reparar en el grandullón, preguntándome de qué conocía a aquel joven que se mordía de rabia con su escasa y ennegrecida dentadura. Y entonces le reconocí: era Manuel, el Nazi, aquel niño al que mi padre propinó un puñetazo cuando le sorprendió empujándome a un charco. La misma intuición que ya me había advertido de que estaba en zona hostil me tentó a que observase al grupo con todo el detenimiento que el pavor me concedía. No noté nada en particular en relación a los restantes, hasta que el viento esparció del fuego del bidón unas ascuas incandescentes que se dirigieron al de la camiseta roja —el tipo al que tantas señas efectuaba Juan— comenzando este a agitar las manos para evitar quemarse la cara con las chispas. Con toda la luminosidad de las llamas pude comprobar con claridad que ese hombre carecía de varios dedos. Presa del pánico tiré del mismo brazo del que Antonio antes me sujetaba, emprendiendo el regreso no sin que primero volviese la mirada para confirmar lo que ya había visto, convenciéndome de que las falanges que le faltaban a ese individuo se habían quedado amputadas en el interior de uno de los cajones de la cómoda donde mi padre atesoraba las reliquias de la etapa feliz de su vida.
    —Vámonos de aquí, por favor —tartamudeé en secreto a Antonio, aligerando el paso.
   —Venga —apremió con desasosiego.
   Supuse que Juan ya sabría que yo había advertido aquel detalle y que habría atado cabos, por lo que fui cada vez acelerando la marcha rezando que no nos siguiesen.
   —¡Esperad! —gritó la voz del Chapicas que se encaminaba hacia nosotros.
   —¡Corre! —exclamé a Antonio.
   Necesitábamos alcanzar nuestro vehículo antes que ellos, mi amigo no tendría problema, era corredor en los encierros, el reto se centraba en que yo llegase a tiempo. Al poco, retrocedí la vista y en la oscuridad solo aprecié un leve jadeo, el sonido a mis espaldas de una lata de refresco producido por un involuntario puntapié delataba su proximidad. Me detuve para hacer frente a mis perseguidores, no como acto de valentía sino por ahogamiento y fatiga, el deporte nunca ha sido mi especialidad y ya había pulverizado los músculos por la mañana en la montaña. Se acercaba solo Juan. Iba caminando y, aunque mi cabeza no estaba para estúpidas distracciones, me acordé de las películas de zombis en las que los muertos, marchando lentos y con torpeza, atrapaban a los vivos que corrían aterrados. Su mirada mantenía una expresión serena, cosa que no me invitaba a la tranquilidad. Por fortuna, el resto del grupo perma­necía a metros de distancia, ajenos a nosotros, retomando sus actividades insalubres y sus majaderas risas. Antonio retrocedió cuando se percató que recorría el trayecto en solitario, y ante la presencia desafiante de Juan, que ya estaba junto a mí, se puso en guardia alzando los puños como un boxeador antes de que sonase la campana.
   —Déjanos en paz —gritó Antonio.
   —Chico, esto no va contigo —contestó el Chapicas con sus ojos clavados en mí.
   —Si la tocas te machaco —dijo mi amigo.
   Sabía que, por la gran diferencia de masa corporal, Juan poco podría hacer con Antonio, y me relajé al darme cuenta de que si hubiera querido agredirnos ha­bría solicitado la ayuda de sus amistades.
   —Escucha, Violeta —dijo Juan adoptando un tono neutro—, quiero hablar contigo, a ser posible a solas.
   —Ni lo sueñes, no me quedo contigo ni muerta —alegué.
   —Dile a tu amigo que se aparte un poco, no quiero que me oiga, y créeme que lo que te voy a decir me compromete a mí menos que a tu padre.
   Realicé un gesto a Antonio para que acatara la petición, se situó en una distancia prudencial para que, aun sin escucharnos, se mantuviera al acecho. Bajo la tenue luz de una titilante farola y la atenta mirada de mi amigo, que presenciaba la escena en la distancia, se acercó a mi oreja.
   —Violeta —cuchicheó—, voy a proponerte un negocio.
   —No quiero saber nada de ti.
   —Escucha, niña, tú no dices na de lo que has visto aquí, y ni yo ni ninguno de mis colegas tomará represalias contra él. Créeme que si es otro el que le corta los dedos a mi compadre, habríamos ido ya a quemarle la casa.
   —Pero él era tu amigo —dije llorando.
   —Lo era, pero dejó de serlo hace tiempo —masculló—, que sepas que tiene todas las de perder. Si el Negro decidiera denunciar la agresión que recibió cuando lo pillaron en tu casa, te puedo asegurar que la condena sería más alta pa tu padre que pa él, y otra cosa que seguro que no sabes, más vale que tú y él estéis callaos, que conozco ciertos asuntos turbios y que no prescriben con el tiempo.
   De manera implícita, Juan hacía una clara alusión al crimen que un día les confesó entre copas —a él y a Pedro—. Aparté con asco los salivazos que había soltado en mi mejilla (lo que ya se estaba convirtiendo en un clásico entre las conversaciones con los que, meses atrás, frecuentaban mi casa) y procuré darle réplica cuando me sujetó el brazo, prosiguiendo:
   —Es más, no íbamos a robar dinero, tan solo joyas. Joyas y cuatro relojes que estaban olvidaos. Lo del cuadro fue un accidente, no queríamos na más, tu padre nos había dicho a mí y a Pedro que eran valiosas y, sin embargo, ahí estaban, cerrás durante años. A mí me cuesta mucho salir adelante, he estao en la cárcel por vender droga, y la recogida de chatarra da solo pa comer, ¿qué quieres, que vea cómo un tipo cuya única ocupación es la de podar el jardín, tenga tantas cosas valiosas guardás?
   »Vendió la empresa de tu abuelo y vive de los alquileres, no tiene problemas económicos. Su vida es la que cualquiera quisiera tener. Menos lo de escuchar ópera, que vaya rollazos nos metía.
   —Mi padre, como sabes, sufrió un gran shock con la pérdida de su mujer y su hija mayor.
   —No me hagas reír —interrumpió.
   —Juan, tu amigo Andrés te ha dado todo lo que ha tenido; y tú y Pedro habéis estado en mi casa infinitud de veces. Os tiene aprecio, seguro que se pregunta por qué no te has acercado últimamente a visitarlo.
   —Ya he perdío la amistad con tu padre y con el repipi de Pedro, siempre me han mirao como alguien inferior. Y otra cosa te cuento: ¿Sabes que una vez me dijo que se cargó a un payo por el simple motivo de haberle hecho novatás en la mili?
   Negué con la cabeza convencida de que hablaba bajo los efectos de sustancias estupefacientes.
   —Pues sí, niña, ese es tu padre: un tío que me hubiera matado, porque lo de las novatás era mi especialidad en el instituto, ningún niñato se me escapaba.
   Comprendí en el acto que el mundo de aquel ser acomplejado distaba sobre el que yo he vivido, que las bases donde se alzaban su educación o moralidad estaban mal cimentadas desde su más remota infancia. Considero incluso, que si mi padre o Pedro miraban por encima del hombro a un individuo que en cada frase se jactaba de defecar sobre el Creador, hicieron lo correcto.
   —Tranquila —prosiguió su discurso—, porque ninguno de nosotros queremos vengarnos. De hecho, Manuel que es el más corpulento de todos, no quiso ir a vuestra casa por si se tenía que enfrentar a tu padre. Vamos a dejar pasar este asunto y no habrá castigo por nuestra parte.
   —De acuerdo —afirmé para marcharme cuanto antes—, tú y yo no nos hemos visto.
   Juan asintió con firmeza.
   —Violeta, ¿quieres que vaya? —preguntó impacientado Antonio en la distancia, todavía sin desprender un ápice de tensión en su expresión corporal
   —No. Ya me voy —contesté echándole un último vistazo a aquel traidor.
   Antonio y yo abandonamos aquel tenebroso lugar enmudecidos, pero con el tácito convencimiento de que jamás volveríamos de noche a ese sitio. Andábamos deprisa, casi corriendo, y le agarré su mano, apretujándola, descargando así mi nerviosismo hasta llegar a su automóvil. Ya se había hecho muy tarde, era la madrugada del lunes y Antonio debía abrir su tienda al amanecer. No creo que fuera esa su mayor preocupación, condujo con agresividad en dirección al pueblo. Las sinuosas curvas y la estrecha calzada ya no acrecentaban mi temor, más era imposible. Continuábamos callados, sin volumen en la radio, con la compañía tan solo del rumor del motor de su Seat Ibiza. Mi casa estaba de paso en el camino, a algo menos de doscientos metros de la carretera que descendía a Calasparra. Paró el vehículo junto a la verja y quitó el contacto de la llave.
   —Me tienes que contar qué te ha dicho ese individuo.
   —No, Antonio, ahora no, te lo aclaro en otro momento.
   —Pero ¿te ha amenazao?
   —No —mentí—. Es un asunto que tiene que ver con mi padre, ya te contaré mañana.
   Advertí que el Renault Megane de Marisa no estaba aparcado en el jardín, habría preferido pasar la noche en su domicilio. Mi padre estaría leyendo y escuchando la ópera Don Pasquale de Donizetti que podía percibirse desde nuestra distancia. Por el reflejo en los árboles sabía que tenía la luz de su dormitorio encendida (la ventana de su habitación miraba hacia el pueblo y no hacia la verja). Dirigí la vista hacia la casa de mis vecinos cuyas desiguales siluetas detrás de la cortina conseguía vislumbrar, sé que verían el automóvil, pero no les saludé dudando que pudieran detectar nuestra presencia en el interior oscuro del vehículo. De­sa­broché el cinturón de seguridad para abandonar el coche, después besé en la mejilla a Antonio, y lo prolongué durante unos segundos como un gesto fraternal, cargado de cariño, que pretendía mostrar mi agradecimiento hacia su actitud en las últimas horas y, sobre todo, por la unión cómplice que, sin haberlo deseado, nos había originado el suceso en los aledaños del santuario. Antonio me sujetó de la barbilla, y fue acercándose poco a poco hasta que sus labios se encontraron con los míos, no supe qué hacer, así que cerré los ojos. Duró unos instantes, un segundo tal vez, pero el mundo se paralizó en aquel momento. Nunca me habían besado en la boca.
   Salí del coche en silencio y me despedí de aquel hombre con sonrisa pueril y pensamiento indeciso, desconocía si lo que acababa de ocurrir se debía a una cosa puntual fomentada por los últimos acontecimientos o al preludio de algo hermoso. Entré en casa y me dirigí hacia los dormitorios, contemplé durante unos segundos a mi padre que dormía en la mecedora, bajé el volumen de la música hasta equipararla al sonido de sus ronquidos. Dolida por su exceso de ingenuidad, y de lo que él ignoraba por no desconfiar de quienes llevan en la cara el cartel de la sospecha, le besé en la frente, acostándome con la pena de que uno de sus amigos, cuyo nombre nunca debería revelar, le había traicionado con inimaginable vileza. No me costó conciliar el sueño en aquella noche de emociones encontradas, el agotamiento de haber estado caminando durante todo el día y la breve carrera en el santuario me habían desintegrado las piernas.



domingo, 17 de mayo de 2020

Volumen 18 de «Mi hija y la ópera»



17

   Me parecía un misterio descubrir qué tipo de virtudes pudo encontrar Marisa en mi padre, tan huraño, maniático y rudo. ¡Qué contraste con ella!, excelente conversadora, con una escucha activa en la que jamás interrumpía, prudente en sus opiniones… Aunaba perspicacia y modestia como nadie, polifacética en cuanto al arte —en este aspecto sí comulgaban—, pintaba de maravilla exhibiendo algunos de sus cuadros en las viejas paredes de nuestro hogar, también se arrancaba a cantar con su espléndida voz mientras arpegiaba la guitarra siguiéndome a mí o a mi progenitor frente al piano.
   Dudo de que mi padre contase a Marisa que había sido capaz de dejar moribundo a un ser humano, como una vez confesó a sus amigos, o incluso de amputar media mano a un delincuente con un hachazo, así como de haber atacado a su propio perro, a mi malogrado Yako. A veces, yo pensaba que él, con sus acciones, se acercaba a la imagen que todos asumimos de un criminal, más que a la de una persona culta, amante de la ópera y la literatura como a él le gustaba definirse. Tenía, en cualquier caso, bien merecido su apodo del Loco, que, con toda seguridad, ya habría llegado a los oídos incrédulos de Marisa. Solo albergaba mi padre algo que le molestaba, el excesivo consumo de alcohol. Ella padeció de un marido bebedor y agresivo, y no permitiría nunca que su amado se convirtiese en aquello que una vez repudió hasta la consunción. De alguna manera consiguió que moderase aquel mal hábito, aunque no descarto que este echase algún trago a escondidas a la mínima ocasión. Por suerte, él no solía perder la cabeza por muy ebrio que estuviese, en el peor de los casos le vencería el sueño de manera prematura, justo después de la cena. Un argumento que por ahora le salvaba.
   Mi padre nos preparó un asado un sábado de junio. Marisa y yo, después de poner la vajilla y los cubiertos sobre la mesa, descorchamos un vino e hicimos tiempo echándonos una copa y charlando mientras fuimos contemplando uno a uno todos los cuadros colgados en el salón; la mayoría, pinturas suyas. Ella se detuvo ante la gran foto familiar de 1981 y la observó con detenimiento.
   —¿Las echas de menos?
   —¿A quién, a mi madre y mi hermana?
   —Sí —indicó volviendo la vista hacia mis ojos para medir mi reacción.
   —Ellas se fueron cuando yo tenía seis meses. Dicen los expertos que nadie puede acordarse de nada anterior a los tres años, pero en ocasiones cierro los ojos, e intento recuperar de mi retina la grabación de sus imágenes, como si pudiera rescatarlas de la noche de los tiempos y que en algún lugar de mi cerebro pudiera haber quedado registrada su memoria.
   —¡Qué poética!
   —La verdad es que no tengo recuerdo alguno —proseguí regresando de mi abstracción—, por eso no las echo de menos. Lo que no ignoro es que mi padre quedó abatido, conmocionado para siempre. Muchas veces me han dicho de él que era una persona divertida y amable.
   —Hay personas peores —añadió Marisa insinuando la conducta de su anterior pareja y señalando con la vista hacia un cuadro con un rostro de lágrimas y un fondo oscuro que, al parecer, fue inspirado por aquel individuo.
   —Claro que sí. Y debo felicitarte, admito que él ha mejorado mucho contigo.
   La pintora me lanzó una mirada alegre. Ella había restaurado el cuadro de mi hermana y el corazón de mi progenitor, yo no podía pagar de otra manera más que con gratitud por todos los cambios que la relación le estaba originando a este. Verle ahora lleno de vida y renovado me reemplazaba a un padre que nunca tuve. Aquella mujer no solo transformó algunos aspectos de su amado, implantó novedades culinarias, de las comidas sencillas de exigua elaboración, pasaron a otras de mejor calidad y presentación. Tal vez, el mayor cambio que se produjo fue el de la liberalización de nuestro hogar de la hegemonía operística. A ella no le disgustaba la ópera, al contrario, era una gran apasionada de la música clásica. Aunque poco a poco se comenzó a escuchar bandas sonoras en casa, lo cual no molestó demasiado a mi padre dado que por lo general se trataba de música orquestal. Después introdujo, sutil, a otros artistas como Secret Garden, Vangelis o Franco Batiatto. Reconozco que pronto me sentí muy influenciada por sus gustos musicales, no tanto para al otro inquilino de la casa.
   —No quiero escuchar música de nadie que esté vivo —manifestó.
   —Pero, cariño —replicó Marisa—, ¡con lo melómano que tú eres!
   —Bastante tengo ya con oír a «la deprimida» por las mañanas.
   Mi padre aludía a las melodías de Enya que servían como hilo musical en la tienda de antigüedades. Estoy convencida de que a él no le desagradaba aquella música, del mismo modo que sé que no le incomodaba escuchar a compositores como Hans Zimmer, Ennio Morricone, Trevor Jones, Howard Shore, John Barry… Autores de cuyas biografías comencé a interesarme, al igual que en su momento hice con los grandes maestros clásicos. Otra de las muchas ventajas que supuso la convivencia con la restauradora fue la de que ahuyentó a los amigos de mi padre. Acabaron las maratonianas visitas nocturnas de humo, copas y risas que concluían cuando yo me levantaba. Juan desapareció de nuestras vidas; y Pedro, en ocasiones puntuales, comparecía en casa para pedir prestado algún libro u ópera. Cierta mañana, de compras por el casco urbano, me topé con él; me propuso tomar una cerveza en El Cantero. Su insistencia y la cercanía con el bar —lo teníamos enfrente— me impidieron declinar la invitación.
   —¿Qué tal os va, encanto? —Siempre me llamaba así cuando iba «contento».
   —Muy bien, Pedro, ya imaginarás, con Marisa todo ha cambiado.
   —¿Quieres que te cuente un secreto, Violeta?, la amiga de tu padre era mi amor platónico cuando coincidí con ella en el colegio. ¿Tú sabes lo que te he querido decir con esto?
   —Claro que sí —dije mientras se proyectaba en mi cerebro la imagen de Dani.
   —Fíjate que ella, es siete años mayor que yo, y si las cuentas no me fallan, uno más que tu padre. Huelga decir, que Marisa no aparenta ni de lejos la edad que tiene. A lo que iba, el caso es que cuando yo iba a tercer o cuarto grado, que así se llamaban por aquel entonces los cursos, ella era ya toda una adolescente, y, con mucha diferencia, la chica más atractiva que pasaba por el colegio. Toda la clase estábamos encaprichados de ella.
   —Sí, muy bien —articulé confusa—, pero ¿qué pretendes decirme con todo esto?
   —Pues que tu padre es un cabroncete —afirmó—, que mucho Leñador y todo eso, pero se ha llevado, tal vez por Providencia Divina, a una mujer que nos hemos disputado medio pueblo cuando se separó del hijo puta. Eso sí, su primogénita me recuerda mucho a ella, a lo mejor, con un poco de suerte la engatuso y quién sabe si tú y yo acabamos como cuñados.
   Aprecié en sus ojos brillantes, en el polo azul claro con un tono más oscuro a la altura de las axilas y en los salivazos que expelía en su farfullo, que estaba achispado, por eso resté importancia a sus inapropiados comentarios. Liquidé de un trago fulminante la cerveza y me levanté del taburete atropelladamente. Alcé la vista hacia los presentes, en su totalidad jubilados con pantalón gris, camisa de cuadros o rayas, boina y un palillo entre sus dientes (como si fuera el uniforme oficial de los asiduos del local). Me contemplaban sin apartar la mirada con ese descaro que parece que solo poseen los mayores. Yo era conocida por todo el pueblo, mi rostro es difícil de pasar inadvertido. Podía leer en aquellos ojos sus pensamientos: «Míralos, Perico, el listo, está rondando a la hija del Leñador».

   Apaciguado fue el inicio de aquel verano de 2001, Marisa había cubierto nuestras vidas con el manto de la estabilidad. A menudo los dejaba a solas para que mi padre y ella estuviesen solos disfrutando de una ópera, regalándose arrumacos a cada momento. Me serví de esta circunstancia para comenzar tareas que anhelaba llevar a cabo desde siempre, más por pereza que por falta de tiempo: como la de escribir. En ocasiones le daba rienda suelta a mi capacidad narratoria enviando extensos correos a Berta o Águeda, mis amigas de la Red. Les contaba cómo se estaba trastornando mi vida, depresiva y solitaria, con la ausencia de cariño de mi padre que ahora iba dirigido a otra persona. Con la única amistad en la localidad de Antonio, un simplón cuyo hito no era otro que el de haber corrido delante de unos novillos en los encierros del pueblo. Pero le apreciaba y, tal vez, le miraba con ojos de deseo a aquel infeliz que si no me consideraba apta como para cortejarme menos aún le despertaría el apetito sexual. Cómo ansiaba de vez en cuando tomarme un whisky como mi padre, evadir mis temores y dejarme vencer por el sueño hasta que la luz del día me despertara con un ligero dolor de cabeza y la boca reseca, pero ni siquiera me gustaba. Aquel aislamiento auto inducido provocó que me refugiase también en la lectura, con la única compañía de la música, aletargada en mi habitación.
   Una noche descendí hacia la cocina a tomar un vaso de leche, estaba todo el día en mi dormitorio y, con seguridad, llevaría demasiadas horas sin ingerir alimento. No me costaba ningún esfuerzo realizar ese tipo de ayunos. Desconozco la verdadera razón de aquellos retos personales que, a lo mejor, pretendían llamar la atención. Algo que resulta ridículo cuando se llevan dos décadas de vida a las espaldas. Escuchaba a mi padre cómo le relataba a Marisa el desarrollo del cuarto acto de Las Bodas de Fígaro con un entusiasmo que me rememoró a mi niñez, cuando él me narraba las escenas que podían escaparse a mi comprensión. Ella sostenía una copa de vino y exhalaba con suavidad el humo de un cigarrillo. No fumaba ni bebía en abundancia, pero contemplar toda una ópera un viernes por la noche justificaban dichas licencias. Llegué a la cocina atravesando el salón sin que reparasen en mi aparición. El sonido de las cucharadas de cacao tocándose con el cristal del vaso y los treinta segundos del microondas me delatarían con toda seguridad. Pero no hicieron ningún comentario hacia mí, permanecían embelesados contemplando la representación: «…Ahora es cuando Susana se disfraza de la condesa de Almaviva…», «…Aquí, Fígaro se da cuenta del engaño…», «…Esta escena me encanta porque es cuando el conde suplica perdón a la condesa, y, bueno, mejor me callo para que la escuches…».
   Es inenarrable la manera con la que mi padre sentía la música, se dejaba envolver por ella, cerrando los ojos y amoldando su respiración a los compases para que sus cinco sentidos entraran en contacto con un estado que podría considerarse como de experiencia mística. Yo creo que su pasión por la ópera obedece a un tributo hacia mi difunta madre que, por lo que me ha contado, le proporcionó los datos de la obra Turandot con un simple canturreo que él hizo cuando estos apenas se conocían. Así fue cómo «mi protagonista» se aficionó a este género musical. Tras el éxtasis llegaba la pasión, a mi padre le costaba mantener el tipo en según qué finales, la obra de Mozart que acababan de presenciar era una de las que más sentimiento le producían. Daba igual las numerosas veces que la hubiera visto o escuchado.
   —Andrés —susurró Marisa—, ¿te has conmovido?
   —Es por la bebida, que potencia las emociones.
   —Deberías beber menos.
   —Lo sé, pero no disfrutaría lo mismo de la ópera.
   —Anda, bésame —concluyó ella.
   Subí a mi alcoba con sigilo para no romper el silencio que de repente había inundado el salón y con la total convicción de que en toda manifestación de mi padre había un recuerdo implícito hacia mi progenitora que hasta él incluso desconocería. Tal vez aquella circunstancia revelase por qué, aun habiendo escuchado una ópera bufa, terminaba, como casi siempre, consternado. Desvelada, pude oírles minutos después cuando se silenciaban retozones y risueños con la tonta creencia de que pasarían inadvertidos mientras subían las escaleras en dirección a su dormitorio. No fueron ellos nada cuidadosos más tarde en las manifestaciones que, en la intimidad de su cuarto, dejaron escapar. Con la curiosidad que me caracteriza, aguanté el aliento para poder escuchar con total claridad los gemidos de Marisa intercalados con algún «te quiero» al otro lado de la pared. Aquella pareja que rozaba el medio siglo me hizo sentir esa noche desdichada y patética.




viernes, 15 de mayo de 2020

Volumen 17 de «Mi hija y la ópera»



16

   Un domingo por la mañana llamó mi tía para informarme de una fantástica noticia: ¡Estaba embarazada! Por fin iba a tener un primo, con una diferencia de edad, eso sí, de más de veinte años. Una ecografía anticipó semanas más tarde de que nacería varón. Por aquella época mi apego hacia Antonio se había acrecentado de tal manera que difícil era el día que no charlábamos en su supermercado e inaudito el fin de semana que no quedásemos coincidiendo con su peña que ya consideraba como propia. Comencé a descubrir cierto encanto en la personalidad de aquel tipo, y no sé si ese sentimiento era por aquel entonces recíproco. Incluso lo aficioné un poco a la ópera, solíamos escucharla en el coche. En otras ocasiones, salíamos para comer pipas en la plaza del Ayuntamiento mientras criticábamos a cualquiera de las amistades que teníamos en común. Mi padre conoció a una mujer elegante que irradiaba cierto halo bohemio y que atendía al nombre de Marisa. Ella, que se estaba encargando de restaurar el cuadro de mi hermana, regentaba un comercio de venta de antigüedades, libros y obras de arte. Una auténtica artista polivalente que igual pintaba un cuadro que tocaba la guitarra. Con aquella cultura y educación que traslucía no me resultó extraño que mi padre se encandilase nada más verla. Frecuentó a partir de entonces su tienda en una mixtura de interés por la evolución de la restauración del lienzo y un ofrecimiento de apoyo en las tareas del negocio alegando poseer tiempo de sobra, apreciándose con ello un indisimulado cortejo.
   Una tarde vino Marisa a casa para ver una ópera. Mi padre eligió Tosca para la ocasión, me sugirió, días antes, que invitase a Antonio. Ahí comparecimos los cuatro, frente al televisor, deleitándonos con aquella grabación realizada en el Metropolitan Opera de Nueva York, con un par de fuentes de palomitas en sendas cabeceras de la mesita rectangular; una por cada pareja que ocupaba cada uno de los dos sofás. Pronto quedó patente que mi complicidad con Antonio poco se asemejaba a las muestras de afecto que se dispensaban mi progenitor y su partenaire de cabello rizado y oscuro. Noté cómo mi amigo y yo nos sonrojamos cuando mi padre apartó con sus dedos una diminuta cáscara de maíz que se confundía con un lunar próximo a la comisura labial de su acompañante. Se había divorciado hacía ya cinco años, por el pueblo se rumoreaba que su ex marido tenía tanta afición a las tragaperras como al alcohol. Las lenguas chismosas murmuraban que en alguna ocasión su cónyuge le había maltratado. Contaba con dos hijas de edades cercanas a la mía, la mayor residía en Murcia; y la pequeña, de la cual decía que era bastante independiente, vivía con ella en Calasparra.
   —Tienes que conocer a mis hijas, te llevarías bien con ellas.
   —Por supuesto, Marisa.
   Su trato hacia mí era cordial en todos los ámbitos, resultaba obvio que procuraba conquistarme y, con aquello, ganarse la simpatía de mi padre, el cual no tardó en afeitarse y acicalarse conforme iba creciendo el cariño entre ambos. Ángel se dignó a enviarme un correo tras un prolongado tiempo sin saber nada de él ni de Fran. En el mismo, hacía referencia a la noche que vinieron al pueblo, la única vez que les he visto en mi vida. A continuación transcribo el mensaje:

Hola Violeta q tal? :)
T envio correo pidiendote disculpas x mi comportamiento d es­to­s ultimos meses.
Hace tiempo q he dejado d ser amigo d fran, y x eso ahora me he dado cuenta d q estaba manipulado por el. La noche q estuvimos alli nos fuimos a murcia despues, el no estaba malo, yo no podia hacer nada, pq dependia de su carro para q me trayera a casa.
Me estuvo diciendo x el camino q tanto tu como tu amigo erais gente d poco mundo, gente d pueblo q no aporta nada bueno. Me jode haberme dejado influenciar por el.
Espero q podamos retomar la amistad y si quieres x tren o auto­bus vuelvo a calasparra.
Un saludo angel ;)                     
    
   Leí varias veces el texto hasta descifrarlo. Deseé responderle y manifestar mi indignación, pero no lo hice, respiré aire con profundidad y decidí actuar como mi padre cuando él decía que antes de dar una respuesta en caliente había que darse un largo paseo. Anduve hasta el pueblo para luego volver a subir hasta casa en una caminata kilométrica. Nunca le he llegado a contestar. A partir de entonces me prepuse conectarme con menos frecuencia a Internet. Aún mantengo contacto, aunque con escasa asiduidad, con mis verdaderas amistades virtuales: Berta, la argentina; y Águeda, la catalana. Ellas nunca le han dado verdadera relevancia a lo de conocernos en persona, doy por sentado que si no me ven agradable a la vista no lo van a encontrar como un gran inconveniente. Sobre seguro sé que no abandonaré este mundo sin estrecharles un abrazo.

   La tarde del miércoles 30 de mayo de 2001 me llamó Alberto, pletórico de alegría, para comunicarme que, con tres kilos y medio, había nacido Alejandro. Acudimos de inmediato a Cartagena a conocer a la criatura y felicitar a sus orgullosos progenitores.
   —¡Qué grande es! —expresé nada más verlo.
   —Ya se va ampliando la familia —dijo mi padre.
   —Violeta —terció Laura postrada en la cama—, Alberto tiene un congreso en Holanda la semana que viene, me encantaría que, en cuanto me diesen el alta, te vinieras a mi casa y me echaras una mano. Unos días nada más, ya sabes, con la abuela… yo no podré con todo.
   —Eso está hecho —dije orgullosa.
   —Pues nada, pasado mañana te vienes para acá de nuevo—zanjó, refiriéndose con «acá» a la ciudad de Cartagena.
   Abandonamos la habitación donde el milagro de la vida había emergido de las entrañas de mi tía. Tras la puerta, una minúscula sala de espera donde aguardaban los progenitores de Alberto, de refinada apariencia incluso en un hospital. Mi abuela también estaba sentada allí, ausente del mundo y barboteando para sí, como si rezase frenéticamente. Asumí de buen grado la misión que me encomendó Laura y, a los dos días, conduje yo misma hasta su residencia con un pequeño equipaje en el maletero con el propósito de cuidar de mi primo, vigilar a mi abuela y atenderle a ella si se diera la circunstancia: todo lo que fuera preciso. Era la primera vez desde que tenía uso de razón que me alejaba de mi padre más de una jornada.
   En la semana y pocos días que se extendió mi estancia en el hogar de mi tía me propuse devolver parte de la ayuda que ella me había proporcionado durante lustros. Constaté el cariño que exhibía Alberto hacia su mujer en las dos mañanas que coincidí con él (la de su marcha a Holanda y la de regreso del viaje), amén de su actitud siempre servicial conmigo. Con Laura hablé de los viejos tiempos, la puse al día sobre cómo marchaban las cosas por Calasparra, lugar al que ella todavía consideraba como su segunda casa. Le conté que Dani se había casado, que yo tenía un amigo con el que tonteaba —exagerando como siempre en mis relaciones personales—, que nos habían intentado robar, la salvajada que cometieron con Yako y la contundente respuesta de mi padre ante los malhechores que habían rajado el lienzo con la imagen de mi hermana y que este interpretaba como una provocación que impedía descansar a los muertos. También le dije, sondeando su reacción, que el cuadro estaba siendo restaurado por una atractiva mujer de la localidad, y que yo intuía que tal circunstancia había unido a mi padre con aquella dama en algo más que amistad. Percibí cierta incredulidad en los ojos de Laura.
   —¿Tu padre en serio con una mujer? —preguntó—, habrá que verlo, a lo mejor después de dos décadas ya ha superado lo de tu madre.
   —La verdad es que a mí no me importa. Dos beneficios se me ocurren a priori: el primero es que mi padre estará más feliz, y por tanto menos cascarrabias; y, segundo, que tendré algo más de libertad. Está demasiado pendiente de mí y no se acuesta hasta que yo llego a casa. Alega que se preocupa por si me sucede algo con el coche, pero tanto tú como yo sabemos que no es solo por eso.
   —Tu padre siempre te ha sobreprotegido. No le culpo, no vive con nadie más.
   —Es todo un personaje —dije intentado rematar el diálogo.
   —Fíjate —apostilló mí tía hablando para ella misma—, que me pareció extraño ver a tu padre afeitado el otro día cuando estuvo en el hospital, y ahora todo cobra sentido. Estoy segura de que si Andrés comienza a cuidar de su aspecto es que hay una mujer en perspectivas. Mis sospechas al respecto no eran baldías.
   Solo un par de fines de semana había permanecido fuera de casa y, cuando regresé, la hallé diferente, más limpia y ordenada, con algún toque exótico en cuanto a la decoración. No me encontré con nadie. El plan de sorprender a mi padre con mi llegada, anticipando unas horas mi venida, no salió como yo había previsto. Pensé que estaría con Marisa en el pueblo y preparé la comida. A las dos de la tarde escuché la aproximación de un vehículo, supuse que mi progenitor habría bajado al pueblo en la bicicleta cuyo uso compartíamos, ya que yo me había adueñado del automóvil en los últimos días. Pero no, él iba de copiloto en el Renault Megane que conducía Marisa. Algo sorprendido, por mi adelantada vuelta a casa, no le dolieron prendas en informarme que él y su acompañante habían decidido vivir juntos los fines de semana y que ya lo estaban haciendo desde el día siguiente a mi partida hacia Cartagena. Tras la sobremesa, la nueva ocupante de la casa y del corazón de mi padre se marchó a su pequeña tienda de libros y antigüedades. Me aproveché de la ocasión para exigir una explicación.
   —Papá, sabes que me alegro de que te vaya muy bien con Marisa, pero creo que deberías consultarme este tipo de decisiones.
   —Lo siento, hija, pero la pregunta no hubiera cambiado mi deseo de que ella se instalara con nosotros los fines de semana, que es lo que por ahora hemos pactado. Los días entre lunes y jueves puede que se quede, pero sería raro, tiene a su hija pequeña en casa.
   —O sea, que si yo te hubiera expresado mi malestar con esta medida tú la hubieras dejado alojarse igual.
   Él afirmó con la cabeza. Me pareció advertir una sonrisa insolente, henchida de prepotencia, declarando sin despegar los labios que yo no tenía derecho a opinar sobre los asuntos relevantes de la casa. Aquello me encolerizó.
   —¿Te gustaría que me trajera a Antonio como inquilino sin darte explicación alguna?
   —Pero no es lo mismo, hija, sabes que no tendría problemas en ayudarte si quisieras buscarte la vida e independizarte. Los alquileres de Cartagena todavía nos permiten ciertas licencias, y eso que tenemos un coche para los dos que tiene veinte años.
   —Pues te hago saber —mentí—, que en ese coche he hecho cosas con él porque no he querido venir a casa, por respeto a ti.
   —Violeta, ese comentario sobra. Además, sabes que por las mañanas la casa está a tu disposición, no querrás que ponga un cartel con lo que puedes hacer a mis espaldas. Seguro que Antonio tendrá otros sitios donde podréis tener intimidad, digo yo que no estarás enseñando tus vergüenzas al personal que transite por la calle.
   —Pues sí, por no hacerlo aquí en «nuestra» casa —insistí con mi patética farsa.
   Mi padre casi carcajea, lo evitó con cierto esfuerzo, sabía que, de hacerlo, habría lo­grado herir mis sentimientos. Con casi la certeza de que mi relación con Antonio no había llegado a esos términos, procuró mostrar asombro ante mis singulares devaneos sexuales que jamás se ha­bían producido. Debía aceptar la compañía de Marisa en mi vida. Comenzó alojándose durante los fines de semana aunque poco a poco se convirtió en una habitante cotidiana de nuestra morada.




jueves, 14 de mayo de 2020

Volumen 16 de «Mi hija y la ópera»


15

   Me cité con Antonio, coincidiendo con buena parte de su peña, durante todos los fines de semana de aquel verano. Salvo en el penúltimo de agosto, aquella fecha estaba reservada al casamiento de mi tía Laura con Alberto. Mi padre y yo volvimos a pisar suelo cartagenero, después de casi cuatro años, para asistir al enlace. Tuvieron el acierto de ubicarnos en la mesa presidencial, ya que no conocíamos a ningún otro invitado excepto a mi abuela María que por aquel entonces ya estaba hecha un vegetal. Los padres del novio se encontraban al otro lado de los recién casados, irradiaban glamour por los cuatro costados. Yo me había comprado un vestido que me iba largo, el cual me obligó a que caminase firme y cauta para evitar pisarlo con unos tacones a los que nunca estaré acostumbrada; mi padre estrenó traje para la ocasión, a menudo se levantaba el cuello de la camisa con los dedos para permitir que pasara aire por su oprimida tráquea. Los novios estaban radiantes, y los comensales  —familiares de Alberto, compañeros de General Electric y profesores de Maristas— se dirigían a los protagonistas de la boda con una cercanía que mi padre y yo habíamos perdido por nuestra extravagancia. Mi tía se había convertido en casi una desconocida que poco tenía que ver con esa segunda madre que una vez fue. Recuerdo cómo mi padre me provocaba la risa cuando de reojo me miraba cómplice a cada sorbo de cerveza, vino o champán que daba Alberto.
   Con el permiso de conducir, ya en mi poder, no dependía de nadie para bajar al pueblo. La última semana de agosto, justo la siguiente a la de la celebración del matrimonio de mis tíos, ocurrió algo extraño. Llegué a casa después de una de las muchas salidas nocturnas con Antonio y sus amigos, escuché el piano a pesar de que ya era la una de la madrugada. Mi padre solo tocaba si estaba acompañado de gente y rebosaba alegría; o por el contrario, en soledad, cuando la tristeza le embargaba. No realicé mucho ruido al entrar, aunque sé que pudo advertir mi regreso por las luces del coche y los ladridos de bienvenida de Yako. Interpretaba una de esas canciones que me han acompañado durante toda mi existencia, esta la había compuesto para mi madre poco antes de que falleciese. Aprecié en sus ojos, rojos y ausentes, que había bebido más de lo habitual, y en sus mejillas coloradas descubrí alguna lágrima. Apartó la mirada de sus dedos para situarla en dirección a la ventana, tal vez para comprobar que su viejo automóvil estaba bien aparcado, concluyendo la ejecución antes de tiempo.
   —¿Qué te ocurre, papá?
   —Estoy harto de estar solo —respondió apurando las últimas gotas de una copa vacía que por medio de un posavasos descansaba sobre el piano.
   —¿Es porque todas las noches quedo con Antonio y sus amigos?
   —No, cariño, eso me alegra. Es bueno que hagas tu vida y seas independiente. Mi soledad no es de ahora, sino de hace casi veinte años. Echo mucho de menos a tu madre y, por qué no decirlo, la compañía de una mujer.
   —Sabes que yo no vería con malos ojos que encontraras a alguien con quien convivir. Acuérdate que de pequeña te decía que te casaras con Laura.
   —Hija, eso era porque tenías celos de que Dani se encaprichase de la tía y querías el camino libre. Menuda manipuladora estabas hecha.
   Sonreí asintiendo mientras él se incorporaba poniendo rumbo a su dormitorio.
   —No sé, Violeta —prosiguió justificando su flaqueza—, se avecina un mes muy complicado para mí, ya lo sabes.
   Mi padre se detuvo, besó sus dedos y sopló en dirección a la fotografía familiar de 1981 que engalanaba el salón. El óleo con la imagen de mi hermana se había ubicado de nuevo en la antigua habitación prohibida, la cual se explotaba como despacho donde se emplazaba el ordenador que solía usar yo, también ofrecía una pequeña cama para invitados que nunca se utilizaba.

   Llegó septiembre y, con él, las Fiestas de Nuestra Señora de la Esperanza. Estas celebraciones traían consigo a los famosos encierros taurinos que, en muy poco tiempo, habían logrado una enorme popularidad en la comarca. Antonio era miembro de la peña llamada Glóbulos Rojos, muy activa durante los festejos. Todos los días de aquella semana frenética de feria se convocaban para comer, beber o llevar a cabo cualquier actividad de entretenimiento. Había quien corría delante de los novillos cada mañana, en ese grupo se encontraba Antonio. Aquella gente, de todas las edades y clases sociales, era amistosa conmigo, nunca me juzgaron por mi apariencia física. Reconozco que, en ocasiones, me suponía un enorme esfuerzo aguantar hasta el final de la noche. El encierro, con el cielo ya amanecido, era el colofón con el que se culminaba cada velada. Retornaba a casa tras comprobar que mi amigo y sus compañeros de peña concluían con éxito la carrera después de que les persiguieran peligrosos astados de casi quinientos kilogramos.
   Con el agotamiento derivado de una noche sin descanso llegué a mi domicilio cierta mañana, creo recordar que la penúltima de las fiestas de septiembre. Me desconcertó encontrarme con la verja abierta en vez de entornada. Preocupada por una posible escapada de Yako, introduje mi automóvil en la finca con toda la prudencia que me permitía mi estado de alarma que procuraba avistar a mi perro que no me recibía como de costumbre. Pisé un reguero de sangre que se dirigía hacia la puerta de la entrada de la vivienda que, para mayor angustia, se hallaba abierta. La franqueé corriendo mientras gritaba «papá» y mentaba a los santos. No le encontré en la primera estancia de nuestro hogar, nadie respondía a mi llamamiento, las cortinas ondeaban en el salón con arrebato rompiendo el silencio con el zarandeo de la tela en la pared. Ascendí deprisa la escalera y accedí a su dormitorio. Estaba vacío. Escuché una voz que repetía en susurro: «Hijo de perra». No la identifiqué y un escalofrío me sobrevino, me aproximé con lentitud hacia mi cuarto, adentrándome —con un coraje que todavía hoy me asombra—, sin lograr descubrir nada de relevancia. Con sigilo, y a una distancia considerable para evitar ser sorprendida, me arrodillé para comprobar que debajo de mi cama no se encontraba nadie.
   —¿Papá? —gimoteé, atenazada por el pánico.
   —Ven, Violeta —contestó con la entonación recuperada.
   Percibí su voz desde la habitación de invitados, la que estuvo años cerrada con llave. Me acerqué, topándome con mi padre que me recibió cabizbajo sentado en la cama, con el rostro ensangrentado y el hacha, con la que tiempo atrás hirió a mi perro, sobre la colcha.
   —¿Qué te ha pasado, padre? —pregunté aterrorizada.
   —El muy hijo de puta se me ha escapado —atinó a contestar.
   Observé el lienzo de mi hermana tirado en el suelo, con el marco despegado y rajado en dos partes. Comprendí en aquel instante que alguien había asaltado nuestra casa.
   —¿Estás herido?
   —No, la sangre es del hombre al que he pillado in fraganti.
   —¿Qué ha ocurrido?
   —Han intentado robarnos. Al menos, uno de ellos se ha llevado una lección de la que se acordará toda su vida.
   —¿Has llamado a la policía?
   —Mejor no la llames —contestó tajante mientras efectuaba con las palmas de las manos un movimiento que invitaba a la calma.
   —Papá, por favor, cuéntame sin ambages lo que ha sucedido aquí esta noche, por lo que más quieras.
   —Me quedé durmiendo en el sofá, escuché a Yako ladrar, pero no le di importancia, entonces noté un ruido en esta habitación, percibí cómo cerraba la puerta con tiento y, sin pensarlo, cogí el hacha y subí. Entré, y, antes de que pudiera darse la vuelta, le sorprendí dándole un certero golpe en su mano cuando estaba abriendo este cajón.
   Advertí que el receptáculo que señalaba mi padre asomaba desencajado de la cómoda y se mostraba astillado por la parte superior.
   —Quiso hacerme frente al principio—continuó—, y creo que luego dudó en tirarse por la ventana, pero lo pensó mejor y se fue hacia la puerta. Aún tuve ocasión de encajarle un hachazo en la espalda. Ese delincuente huyó despavorido y, por sus chillidos, trató de advertir a su compinche.
   —¿Nos han quitado algo?
   —No han robado nada que yo sepa, he mirado abajo y está todo intacto, he visto que están todas las joyas de mamá. Pero han hecho algo peor.
   Creí que hacía referencia a la brecha en el cuadro de mi hermana y no pregunté para evitar indignarlo reconstruyendo los acontecimientos. Me arrimé en silencio para comprobar la rotura del tercer cajón, el que tenía reservado para compilar las noticias del accidente de mi madre.
   —Ten cuidado, no te manches —advirtió a sabiendas de lo que me iba a encontrar dentro.
   Presa del pánico intenté cerrar sin éxito el cajón en cuanto contemplé el charco de sangre que teñía de rojo el amasijo de papeles, además de un dedo completo amputado y varias falanges que posaban sobre los viejos recortes de periódico.
   —¡Joder, papá! —exclamé horripilada—, ¿le has seccionado media mano?, te van a meter en la cárcel.
   —Ese quinqui no robará más, al menos en esta casa —sentenció mi padre.
   —¿Que no?, ¡posiblemente venga con una pistola y nos mate!
   —Ese tipo no podrá apretar un gatillo en su vida, a no ser que sea zurdo, cosa que dudo si se tiene en cuenta que rebuscaba con la diestra en el interior…
   —¡Déjate de gilipolleces!, nos va a salir muy caro que te hayas tomado la justicia por tu mano. Deberías haber llamado a la policía, pero nunca agredir a esa gentuza poniéndote a su altura. Ya no podré coger el sueño con tranquilidad en la vida.
   —No te preocupes, que ya estoy yo para defenderte con el hacha. Pienso dormir con ella en la cama.
   —¿Y qué te piensas, que eres mi perro guardián?
   —Violeta —dijo adoptando un tono severo, a sabiendas de que yo no estaba al tanto de la noticia—; esos tipos han envenenado a Yako.
   Salí hacia el jardín vociferando el nombre de mi mascota hasta que lo encontré exánime en un escondrijo, en la parte trasera de la vivienda, donde acudía cuando enfermaba. Una chuleta mordisqueada junto a él delataba el modus operandi de aquellos ladrones. Siempre he creído que cuando los humanos o animales mamí­feros perecían, lo hacían con los ojos abiertos. Contemplé a Yako y parecía estar durmiendo, meneé su cabeza y lo levanté en peso rogando a Dios que su ausencia de aliento se debiera a que se hallase bajo los efectos del tóxico, pero que conservase todavía con un atisbo de vida que mantuviera mi esperanza de recuperarlo. Expectación que se difuminó cuando mi padre me agarró de los brazos y me separó de mi fiel amigo al escuchar que yo decía con insistencia: «Levanta, Yako, hoy vas a entrar conmigo a casa, seguro que papá no nos dice nada, venga. Levanta, amigo, venga, Yako, venga…».
   Entre lágrimas ayudé a mi progenitor en la limpieza de la habitación y de todo el goteo sanguinolento que abarcaba desde aquella sala hasta la verja de acceso a nuestra finca. «Tenías que haberle cortado el cuello», murmuraba mientras pasaba la fregona por la escalera. Haber estado toda la noche sin dormir me pasó factura. No conseguí conciliar el sueño con tranquilidad, la muerte de mi perro y una posible represalia por parte de los delincuentes eran pensamientos que erraban por mi mente hasta azorarme, concediéndome toda una sesión de pesadillas que nublaron mi entendimiento durante un extenso periodo de tiempo.
   El sábado siguiente, ya acabadas las fiestas, acudí a la tienda de Maruja y su hijo para proveer de alimentos nuestra alacena. Antonio hizo eco de una noticia aparecida en la prensa local que aludía a un delincuente de Calasparra que había sido atendido en un hospital cercano por la amputación de varios dedos. En un quiosco próximo a su comercio adquirí un periódico regional que abordaba el suceso de la siguiente manera:

COMARCAL
Herido de arma blanca en los encierros de Calasparra
Según fuentes del Hospital del Noroeste de Caravaca, la mañana del miércoles 6 de septiembre, un hombre de 30 años de edad, con las iniciales de J.B.H. y natural de la pedanía calasparreña de Valentín, fue atendido de urgencia tras la amputación de varios dedos de su mano derecha y una fractura en el omóplato derecho de consideración ocasionadas por arma blanca. El individuo, un toxicómano con numerosos antecedentes por robo, no pudo concretar el origen de las heridas, aunque el Jefe de la Policía Local de Calasparra apunta a una posible reyerta callejera producida durante las fiestas patronales de dicha localidad.

   Emulé a mis vecinos espiando tras las cortinas durante semanas. Aguardando con sospecha e incertidumbre una más que probable venganza. Días antes enterramos el cuerpo de Yako, unas pocas horas después de que lo mataran. Mi padre cavó una pequeña fosa junto a la higuera, era su árbol preferido para cobijarse del sol cuando buscaba descanso en las interminables tardes de verano.
   —Papá, ¿crees que vendrán? —pregunté sin haberme recuperado todavía de las pesadillas que padecí aquella mañana.
   —No, no creo hija, no te preocupes.
   —¿Por qué crees que hay gente que roba y se dedica a hacer el mal?
   —Así como en las guerras todos creen que pertenecen al bando de los buenos, a ese tipo lo han educado codiciando lo ajeno, porque, de algún modo, piensa que nosotros, somos los malos de su película. Que los hemos dejado apartados de la sociedad, marginados, etcétera. En su ignorancia, creen que somos el enemigo y ellos se toman el derecho de buscar la compensación de lo que a cada uno le corresponde; infringiendo unas reglas sociales que, en verdad, son injustas.
   —Justificas lo injustificable: mataron a Yako.
   Mi padre seguía echándole tierra en la cavidad donde yacía nuestro perro. Me contempló asintiendo y sé que comprendió mi irritación. Su filosofía donde todo el mundo nace bueno y que las circunstancias de la vida son las que acaban convirtiendo a que alguien delinca no se podía sostener. Menos aún aquel día.



Andrés, VIII

   La sala de espera del Hospital Virgen del Rosell se convirtió en una expectante reu­nión familiar la Nochebuena de 1978. Sentado junto a Andrés se hallaba su padre y algunos parientes de Patricia. La mañana del 25 de diciembre vino al mundo Su­sana, nombre elegido como recuerdo al personaje homónimo de Las Bodas de Fígaro, la ópera preferida de su padre. Los negocios habían crecido notablemente, a las antiguas tiendas cartageneras se aña­dieron dos comercios, uno en Alameda de San Antón; y otro en Ronda Norte, este último en la ciudad de Mur­cia. Los cincuenta kilómetros que separaban el establecimiento murciano del resto de los comercios de la empresa obligaron a que Pepe y su hijo delegaran en Paco para dirigirlo. El amigo de Andrés se había ganado la confianza de la gerencia por su competencia y lealtad. Las verdulerías precursoras del pequeño imperio de los Rosique fueron cerradas años atrás, arrendando los locales a empresas de ali­mentación.
   Con el nacimiento de su hija, pensó Andrés que sería adecuado realizar un cambio de domicilio y destinó todos sus ahorros a la adqui­sición de una nueva vivienda. Antes de que Susana cumpliera un año la familia se había trasladado a una zona residencial en Tentegorra, a cuatro kilóme­tros de la ciudad. Los quehaceres del hogar, sumados a los de la pequeña criatura, exigieron la contratación de Lily Mrowiec, una mujer de origen francés y padre polaco. La niñera llevaba dos décadas en España y prefirió permanecer en el país, cuando enviudó, a pesar de no tener familia y apenas unas pocas amistades. Por beneficio de am­bas partes, convinieron al poco tiempo, que la estancia de aquella mujer fuese intensiva de lunes a viernes incluyendo la pernoctación, destinando uno de los muchos dormitorios de la planta superior para su uso personal. El cariño entre los habitantes de la casa fue creciendo de tal manera que la em­pleada, fuera de lo pactado, acudía incluso algunos fines de semana a cocinar o cuidar de la pequeña. Había adoptado el rol de abuela que en ab­soluto molestaba al matrimonio.
 
   Era un tórrido domingo de verano de 1980, cuando Paco —que ya residía en la ba­rriada de El Infante, en Murcia— acudió a la casa de la familia Rosique Domínguez acompañado de Consuelo, su novia.
   —Prohibido hablar de la empresa —propuso el anfitrión a Paco mientras saludaba a la pareja.
   —Sí, que para eso tenemos el resto de días de la semana.
    Andrés se encaminó hacia la cocina para ayudar a su mujer a preparar el aperitivo, dejando a sus invitados a solas con Susana que correteaba alegre alrededor de la pareja.
   —Menuda casa tienen, ¿eh, Consuelo? —susurró Paco.
   —Ya sabes, los ricos, se lo quedan todo, y por mucho que tú trabajes, ellos ganarán más. Estoy segura de que si te montaras por tu cuenta podríamos en poco tiempo tener una casa igual. Por cada peseta que tú ganas él se lleva cien. Puedes estar en­lomao para que funcione su tienda que le da igual.
   —No hables así de Andrés que gracias a él dispongo de un buen sueldo, dirijo una tienda, y tengo a mi cargo a un vendedor, un técnico, una dependienta… y ¡cállate que nos van a oír!
   —Si es que eres tonto de lo bueno que eres, pero tonto de remate —cuchicheó Con­suelo oyendo al matrimonio acercarse con el sonido de los platos.
   Por la noche, cuando Paco y Consuelo se habían marchado a Murcia, Andrés se dirigió a su mujer.
   —Ha sobrado algo de vino, ¿te apetece?
   —He bebido un vaso de cerveza en la cena y creo que ya es suficiente, no debo be­ber más, ¿sabes por qué? —preguntó con tono intrigante.
   Andrés la miró con interés.
   —Creo que estoy de nuevo en estado.
   Y era cierto su vaticinio, la autora de La hija del leñador había sido engendrada.