jueves, 16 de abril de 2020

Volumen 2 de «Mi hija y la ópera»



ACTO I

La hija del leñador

1

   Como el pájaro que cada mañana se posa en mi ventana y me contempla con detenimiento siempre he querido volar, ser libre, que me admirasen en la distancia sin que nadie pudiera atraparme. Nunca lo había conseguido, hasta hace bien poco. He cumplido condena en esta casa desde que mi padre me trasladó en mi remota infancia, coreada con la ópera como triste banda sonora de mi vida. No sé si la reclusión a la que me he visto sometida durante años obedece a sus circunstancias, o a las mías.
   Calasparra, 19 de diciembre de 2004, mi nombre es Violeta Rosique Domín­guez, estas dos últimas semanas de mi vida han sido frenéticas, de la más delirante, a la peor de toda mi existencia. He recibido una noticia terrible hace unos días y, por ello, he tomado el diario que me regaló mi tía Laura cuando yo era una niña y que durante años me ha acompañado en las noches de soledad, basándome en él he creado este relato.
   Mi madre me trajo al mundo una mañana lluviosa de 1981, semanas antes de lo previsto. El calendario indicaba un jueves de febrero, a cuatro días del famoso intento de golpe de Estado español. Según me contaron, en el 23F, los tanques y otros vehículos militares abandonaban con ritmo poco ceremonioso el Cuartel de España 18, muy cercano a nuestra morada cartagenera, generando preocupación a los vecinos de la zona. A todos, menos a mis padres: yo me debatía entre la vida y la muerte dentro de una incubadora, y así estuve durante semanas.
   No poseía ninguna imagen mía anterior a los cuatro años, por lo que no pude construir ningún recuerdo hasta esa edad, tampoco tuve fotos de mi madre o de mi hermana para asociarlas a un rostro concreto. Solo las descripciones que de ellas hacía mi tía Laura contribuyeron a que lograse ponerles cara cuando aparecían en mis ensoñaciones. He crecido oyendo conversaciones imaginarias que mantenía mi progenitor con mi madre y mi hermana mayor. Solía hacerlo en los primeros años, siempre de noche. Ahora sé que estaría influido por la ingente cantidad de alcohol que mi padre con­sumía por aquel entonces, abocándolo a un trastornado mundo ficticio. Hacer memoria de cómo se respondía «quiero jugar con esta mu­ñe­ca», imitando la voz de una niña, me sobrecoge todavía hoy tanto como cuando le escuchaba cantar «Susanita tiene un ratón…» y sus palabras se terminaban quebrando.
   Mis primeras remembranzas son vagas e inconexas, por lo que he podido recopilar por conversaciones con mi padre y mi tía sé que vivía en Cartagena, en la urbanización El Rosalar, Tentegorra; en una vivienda de inmenso jardín y preciosa piscina. Recuerdo a Lily, mi niñera, una mujer llena de oscuridad, de cabello cano y gafas de gruesos cristales que ampliaban unos apáticos ojos azules. Proveniente de Francia, se casó con un militar cartagenero que pereció en unas maniobras en Chinchilla. Todos los cuidados y atenciones relacionadas con la comida y el aseo que recibí por aquella época no eran de otras personas que no fueran Lily o mi tía.
   No recuerdo que mi padre se ocupara de mí hasta que, a la edad de cinco años, nos mudamos aquí, a Calasparra. Él era alto, de gran corpulencia, con el abdomen prominente, aunque nunca lo hubiera definido como gordo. Una barba cubría su rostro, y mostraba una mirada ausente e inexpresiva, supongo que la propia de alguien que hubiera sufrido un suceso como el acaecido la mañana del 12 de septiembre de 1981, fecha que tengo más marcada que la de mi propio nacimiento. Aquel día, mi madre y mi hermana desaparecieron calcinadas en un accidente de tráfico. Sospecho que aquella circunstancia propició con los meses que mi padre huyese de tan regia mansión y de la ciudad, aislándose en el hogar en el que todavía vivo hoy, una casa de campo, camino del santuario: lóbrega, de pequeñas ventanas, solitaria y tranquila. Muy tranquila. Se decía que tenía en común con la casa de Cartagena, los cuatro kilómetros que distaban del bullicio urbano. Apartados de los estridentes cláxones de los automóviles y del murmullo de la gente del pueblo, se prefirió, tal vez, el canto de las cigarras y los grillos. Hoy sigue siendo para mí un enigma los motivos por los cuales mi padre eligió este lugar del que no tenía arraigo alguno, a cien kilómetros de nuestra familia y de su empresa. Lily intentó acompañarnos en nuestro particular retiro, pero se le negó argumentando que la distancia sería para ella un gran inconveniente. En Calasparra no tenía a nadie. «Tampoco en Cartagena», matizó mi niñera en una de las pocas frases que recuerdo de ella.
   Mis abuelos y mi tía, sin comprender la decisión de mi padre, accedieron a visitarnos en ocasiones, siempre durante el fin de semana. Mi abuelo Emilio era calvo, de facciones rubias y ojos claros. Decían que mi madre y mi hermana habían heredado sus ojos azules. De semblante serio que, según se contaba, no hacía justicia al carácter alegre de años atrás. Fue adoptando con el tiempo un estado melancólico y depresivo que acabó por prejubilarlo de Telefónica.
   —Andrés, ¿por qué te has venido tan lejos?, ¿es que no vas a seguir trabajando? —preguntaba mi abuelo en una de esas visitas de domingo—. Tienes que seguir adelante, pero este no es el camino.
   Mi padre asentía, pero no se dejaba persuadir.
   —Y la cría —añadía mi abuela—, contigo aquí, solicos, ¿acaso estás capacitao pa’cuidarla?
   De luto sempiterno, mi abuela rayaba el analfabetismo, aunque los que la cono­cían de tiempo creían que su intelecto se capuzó el mismo día que perdió a su primogénita y a la mayor de sus nietas, hecho del que culpaba a mi padre y en cierto modo a mí. Nunca fui de su agrado, y siendo yo muy niña ya realizaba insensibles comentarios comparándome con Susana: «¡Qué bonica era tu hermana!». Mi tía Laura se mantenía en silencio cuando discutían mis abuelos con mi padre, por su edad no se creería con la potestad para recriminarle nada a este. Exteriorizaba una gélida mirada, afligida por el sentimiento de culpa de no haber podido evitar que me separasen de ella, todavía en la tristeza, era la única persona de mi entorno que me sonreía con cierta frecuencia. Ella tendría unos diecinueve cuando me alejaron de sus besos, su cariño y comprensión. Estudiaba para ser profesora y podría describirla como de, cabello largo y rizado, y casi tan delgada como yo soy ahora. Unas finas gafas que utilizaba para leer le otorgaban un aspecto sereno y culto. Ya notaba por aquel entonces en el comportamiento de mi tía que las vicisitudes de la vida le habían hecho madurar de manera anticipada.
   Evoco aquellos días en casa como tediosos, no se escuchaba otra música que no fuera ópera, salvo en los fugaces instantes en los que mi padre tocaba el piano o me impartía clases de este mismo instrumento en las que él acababa siempre perdiendo la paciencia. Nunca he sabido hasta ahora, que el trato tan severo con el que fui educada los primeros años de mi vida, respondía al comportamiento que mostré desde el día que nací. Acudir al colegio suponía, a la sazón, una efímera liberación del particular arresto domiciliario al que me vi sometida hasta aquel momento. Lo inicié con cinco años, aunque gracias a mi tía, mis conocimientos superaban los de mis compañeros. Mi peculiar rostro, sumado a haber sido la última en incorporarme al curso, contribuyó a que la adaptación a la clase fuese nula. Por ventura, la señorita Bermejo me protegió de aquellas bestias a las que sus padres calificarían como angelicales. Comprendí en aquel primer día de colegio por qué mi padre no daba paseos conmigo por el pueblo, por qué era tan reticente a que nos visitasen personas ajenas a la familia y por qué insistía en que no saliera de casa argumentando que el sol podría dañar mi pálida piel. Creo que aquella soleada mañana él no se movió de la verja que daba acceso al centro escolar.
   —¿Qué tal lo has pasado?
   —Se han burlado de mí, papi —respondí entre sollozos.
   —¿Quiénes?
   —Mis compañeros de clase, me han llamado mofeta, pirata tonta y muchos insultos más.
   Me silenció abrazándome con ternura. Nunca lo había hecho así antes.
   —No quiero volver al colegio. Los niños son malos.
   —Hablaré con tu señorita, y no hagas caso de tus compañeros, son estúpidos, hacen lo que creen que deben de hacer para integrarse en el grupo y no salir de la manada. Si eres diferente te atacarán o se reirán de ti. Tú eres especial, seguro que nadie sabe tocar el piano como tú; estoy convencido de que ninguno de ellos ha escuchado una ópera en su vida, y a ti te encanta La Flauta Mágica, por ejemplo. Eres única, genuina, original… Que no se te olvide. Ellos, sin embargo, son borregos que hacen lo que ven del resto del rebaño.
   »Pero dame tu palabra, Violeta, de que no les dirás a esos niños lo que son, basta con que tú y yo lo sepamos. Si se lo dices, habrás comenzado a actuar como ellos, ¿prometido?
   —Sí, papi —asentí casi sin voz.
   Recuerdo que mi padre, cuando hablaba en serio, no se dirigía a mí como una niña, empleaba un lenguaje incomprensible para mi edad. No sé si fueron esas palabras las que pronunció, pero con el tiempo he sabido con exactitud todo lo que intentó decirme aquella mañana de septiembre de 1986. Tomándome en brazos se adentró en el Colegio Nuestra Señora de la Esperanza el segundo día de clase. No escatimaba en fulminar con la mirada a todo aquel niño que se atreviera a posar su vista en mí durante más de un segundo. Pretendía con aquella actitud amenazante, advertir de con quién deberían vérselas si alguien se aventurase a ultrajarme. Habló con el director y con doña María Bermejo, mi profesora. Enseguida confié en la señorita de cabello rubio y expresión ingenua. No parecía a priori ostentar de la autoridad suficiente para defenderme de mis compañeros, pero no disponía de más opciones para sobrevivir en «la jaula». Se comportaba dulce y atenta conmigo y se comprometió con mi padre a que ningún alumno continuaría vejándome en el colegio.

   Al tercer día no pude asistir al centro escolar: mi abuelo Pepe había fallecido. De él poseo un recuerdo vago de cuando residíamos en Cartagena, nunca se presentó en nuestra casa de Calasparra. Me consta que a menudo enviaba emisarios, supongo que empleados, con regalos, pero jamás se acercó a dármelos en persona. Mi memoria evoca un hombre de cabello cano y piel arrugada. Orgulloso, como todo aquel que atesora poder, pero no tenía a nadie, solo al Real Madrid que no se acordaría de él cuando muriese. El dineral que obtuvo con sus empresas no le sirvió para encontrar la felicidad. Acabé sabiendo con el tiempo, que un lamentable comentario por parte de mi abuelo hacia mi padre terminó por separarlos, cuando un mes y medio después del terrible suceso familiar recibieron dos vehículos que encargaron meses atrás: «El Mercedes no me lo tienes que pagar, te lo regalo con la condición de que comiences ya a trabajar, porque, aunque se te ha muerto una hija, te recuerdo que te queda otra». O algo así me contó mi padre.
   En el mes de julio, mi abuelo que apenas contaba sesenta años enfermó, se dijo que no soportó ver otro mundial de fútbol en solitario, sin la compañía de su hijo con el que compartía únicamente la afición por la selección española. Una vez escuché que el exceso de trabajo y las interminables noches de soledad con el vino como único camarada acabaron consumiéndolo. Por primera vez atisbé un surco de lágrimas en el rostro de mi progenitor mientras conducía el vehículo que había originado el último y definitivo conflicto con mi abuelo, en dirección a Cartagena. A mi corta edad sabía que aquella persona con la mirada puesta en la carretera se culpaba de lo sucedido. Lo enterraron en el cementerio de Balsicas, junto a la lápida de mi tío Antonio, que nació antes que mi padre y falleció con cuatro años; y al otro lado, la tumba de mi abuela que feneció poco después que su hijo, quién sabe si de pena.
   Aquella ventosa tarde de gota fría los paraguas no nos protegieron del diluvio que se precipitaba en todas direcciones. Entre los comparecientes unos pocos familiares y toda la plantilla de la empresa de mi abuelo cuyos comercios cerraron por defunción.








miércoles, 15 de abril de 2020

Volumen 1 de «Mi hija y la ópera»


OBERTURA

   Todavía no había cumplido los veintiocho, pero había envejecido tanto en los últimos días que bien podría haber pasado por una persona dos décadas ma­yor. Se adentró en su finca con actitud serena a pesar del aguacero que se precipitaba aquella tarde de septiembre, saludó con la cabeza a la niñera, asomada al otro lado de la ven­tana, ella le abrió la puerta antes de que llamase y le devolvió el saludo mirándolo de arriba abajo. Laura, que apenas alcanzaba los quince años, acunaba, sentada en el sofá, a un bebé de seis meses.
   —¿Dónde has estado todo este tiempo? —preguntó la adolescente—, nuestros padres están muy preocupados.
   —No lo sé, llevo días sin dormir —respondió con voz áspera.
   —¿Eso es sangre? —dijo examinando su ropa.
   —Es de unos animales que he tenido que matar. ¿Cómo está Violeta?
   —Tu hija está bien.
   —Yo no podré cuidarla.
   —Vale, pero si te vas de nuevo avísanos. Recuerda que todos estamos sufriendo con lo sucedido.
   Él subió a su dormitorio sin añadir palabra. No había transcurrido ni una hora cuando regresó al salón, vestido con unos pantalones cortos, una camisa sin abrochar y unas sandalias.
   —¿Dónde está Lily?
   —Se acaba de ir —respondió Laura—. Ha estado toda la semana tras la ven­tana esperando a que volvieses, en silencio, como siempre, me ha dicho que si quieres que siga al cuidado de la casa y de Violeta que la llames.
   —¿Y por qué no me lo ha preguntado antes?
   —Porque tienes la mirada de un loco. He llamado a mis padres, vendrán a por nosotras cuando pare de llover.
   —Voy a poner La Traviata. Era la ópera preferida de tu hermana.
   Laura asintió desde el sofá, mantenía el rictus serio y se le entreveía la extenuación de las últimas jornadas reflejada en las pupilas. Permanecía con su sobrina en brazos, entretanto observaba cómo insertaba el primer vinilo y elevaba el volumen del tocadiscos. Cuando comenzó a escucharse la Obertura él se dirigió a la cocina, la música ahogaba el murmullo de la lluvia aunque se podía apreciar el tintineo de unos cubitos de hielo. Regresó sosteniendo un vaso colmado de whisky, bailoteando al ritmo de los iniciales fragmentos del primer acto, posó el vaso sobre el piano, situado junto a una de las paredes del salón, y adoptando la postura de bra­zos en jarra elevó la vista al techo como si quisiera dirigirse a alguien, sonrió irónicamente, parecía desafiante, como si en verdad tuviera la certeza de que algún dios, demonio u otro ser estuviese divisándolo. No se equivocó: yo le contemplaba.
   Al poco, dio comienzo la melodía del fragmento Libiamo ne’ lieti calici, arrebató a la pequeña de los brazos de su cuñada y empezó a danzar con la criatura que se despertó aterrada; sin embargo, no rompió a llorar, lo cual le resultó extraño porque desde que nació se irritaba con facilidad.
   —¿Sabes, hija?, tu nombre es Violeta en honor a esta ópera de Verdi. Tu madre, si nos estuviera viendo, seguro que se alegraría de que bailase contigo, pero yo te voy a pre­guntar, pequeño demonio, ¿por qué no lloras ahora, eh? ¡¿Por qué no llo­ras ahora?!
   La danza se había convertido en un fuerte traqueteo hacia el bebé. El rostro de su padre se había transfigurado. Por suerte para la pequeña, su tía estuvo rápida y se la arrancó de las manos.
   —¿Qué haces, insensato?
   Laura protegió con sus brazos a la niña y subió al dormitorio que solía utilizar en las temporadas que pernoctaba en aquella casa. Él realizaba un majadero meneo con sus brazos simulando tocar un violín. Acto seguido, se acercó al piano, cogió el vaso y lo bebió de un trago; con los cubitos casi derretidos volvió a aña­dir con vehemencia el contenido de la botella. En ese momento tronó con fuerza y comenzó a diluviar en forma de granizo.
   —Ya no necesito hielo —se dijo.
   Agarró una de las mecedoras del porche y la arrastró hacia el césped dejándose apedrear por la granizada. Se mecía al sonido de la música acompañada por la estruendosa tormenta. El conte­nido del vaso se enturbió al instante pero siguió bebiendo con milagrosa tranquilidad a pesar de que el líquido ya no era whisky y los pedruscos de hielo le estaban produciendo heridas. Laura observaba pasmada aquel aconteci­miento tras la ventana de su dormitorio, la abrió un poco y le imploró cordura.
   —¿Qué quieres, que te caiga un rayo?, ¡entra en casa!, ¡hazlo por tu hija!
   Andrés giró la cabeza y le devolvió una son­risa inexpresiva. La tempestad duró diez minutos pero siguió meciéndose a pesar de las contusio­nes, solo se levantó para cambiar el vinilo cuando el pri­mero, de los tres de la obra, llegó a su fin.
   —Tienes sangre en la frente, por favor, no salgas de nuevo —dijo Laura, oteándolo desde la mitad de la escalera.
   Sustituyó el disco y aprovechó para rellenarse la copa que bebió casi de un trago an­tes de retornar al jardín; apreció que los pedruscos de hielo flotaban todavía en la piscina, se acercó y, sujetando el vaso con una de sus manos, se dejó caer de espal­das al agua haciendo el gesto de crucifixión. La sangre que desprendía su cabello dejó una gran mancha rojiza sobre la superficie de la piscina que se diluía con lentitud, mezclándose con hojas, ramas e insectos que flotaban sobre el líquido os­curo. Sería que visualizó su postura en forma de cruz sobresaliendo en el agua que volvió a adentrarse en casa con premura, dejando tras de sí un reguero desde la entrada hasta su dormitorio; agarró el crucifijo que presidía la pa­red sobre el cabecero de la cama, lo empuñó desde el lado inferior del tra­vesaño, como si fuera un hacha, descendió corriendo las escaleras arrimándose al piano y lo estrelló varias veces hasta romper la figura de madera, abollando la superfi­cie del instrumento y dejando restos de astillas en sus dedos.
   —¡Yo me arrodillé ante ti! —gritó dirigiéndose al trozo de crucifijo que continuaba entre sus dedos—. ¡Yo me arrodillé ante ti!
   Apartó las partículas de madera incrustadas en varias de sus falanges, teñidas de rojo. Su frente y extremidades superiores continuaban también ensangrentadas cuando se postró, junto al piano, y descendiendo la mirada a la cabeza despedazada de Jesucristo, exclamó: «¡¡Tu sufri­miento en la cruz no puede compararse con el mío!!».

   Y así repitió varias veces, hasta que el agotamiento derrotó a aquel ser abandonado por la suerte.




martes, 3 de marzo de 2020

Diferencias entre paneles térmicos y fotovoltaicos




Los paneles de energía solar se dividen en dos grandes grupos, los térmicos y los fotovoltaicos. Estas diferencias son tanto físicas como la finalidad de uso porque, si bien, ambos obtienen energía de la luz solar, tienen utilidades distintas.

Térmicos
Los paneles térmicos sirven primordialmente para calentar agua (aunque también puede destinarse para la calefacción por radiación). En su interior contiene unos tubos donde circula diferentes tipos de líquidos que van desde el anticongelante, glicol o agua. Suele llevar un depósito en la parte más alta de los paneles con una capacidad que puede variar entre los 100 y los 300 litros.

Paneles térmicos

Fotovoltaicos
Los paneles fotovoltaicos fabrican luz eléctrica. Se usa para generar ahorro del consumo de la luz o para producir corriente en lugares donde no se dispone de suministro eléctrico. Son células de silicio y se dividen según su forma en monocristalinas y policristalinas (en otro artículo puede que hable al detalle de las diferencias de estos dos tipos). En la energía fotovoltaica cabría la posibilidad de almacenar la energía en baterías, indispensable cuando no se tiene corriente eléctrica.
 
Paneles fotovoltaicos

¿Por qué cuento esto? A menudo me encuentro con clientes, especialmente en residencial, que piensan que los paneles solares son unos armatostes voluminosos y poco estéticos (los térmicos), que nada tienen que ver con los fotovoltaicos, mucho menos pesados y atractivos, a mi parecer, claro.
Hoy en día los paneles térmicos están en desuso puesto que el precio de los fotovoltaicos se ha reducido al punto que no vale la pena siquiera comparar. En industria es muy difícil, por no decir imposible, encontrarse con paneles térmicos ya que sus beneficios son más limitados que los fotovoltaicos, creadores de corriente eléctrica. Por eso, dado el precio de la luz, es la solución requerida cada vez por más personas.

Gracias por leerme, sigan con sus cosas.


Imágenes: Inarquia, Ecoinventos, Elektrosol

jueves, 6 de febrero de 2020

Un poco de lo que ha aprendido en GENERA 2020



Por medio de IBERIKA DE MONTAJES, empresa de la que formo parte, he tenido la gran oportunidad de asistir a GENERA 2020, la Feria Internacional de Energía y Medio Ambiente que se está celebrando en estos días en IFEMA, Madrid. Acompañado de José Antonio Abad, un gran especialista en el sector, del que profeso una gran admiración como profesional y persona, he podido visitar incontables puestos que se encontraban en el pabellón. Es difícil resumir cuatro horas en cuatro ideas, pero aquí van mis impresiones de lo que va a ser el devenir de las energías renovables:

1.      Aerogeneradores
Estuvimos hablando con Jorge Valdés, de Bornay. Son una excelente solución para fincas y pueden combinarse con la energía fotovoltaica aislada, ya que sirven de gran apoyo a las baterías (acumuladores). Quizá tiene una clientela romántica o muy concienciada con el medioambiente. Pero está claro que es una alternativa, o mejor dicho, un importante complemento al sol como energía renovable.

2.      Calderas de biomasa, astillas
Pudimos conversar con Ángel Martínez, de Hargassner. Esta empresa es especialista en fabricar calderas de biomasa. Pero parece ser que la de astillas está en plena revolución. Tuvimos la oportunidad de hablar de la cogeneración para convertir en electricidad el vapor generado por una caldera de cáscara de almendra (para darle solución a un cliente potencial), y nos dijo que dichas máquinas no estarán en el mercado español hasta dentro de un tiempo. En cualquier caso, la solución al cliente no está desencaminada.

3.      Impermeabilidad de los anclajes para paneles solares
Tuvimos la ocasión de charlar con Joan Obiols, de Fischer. La impermeabilidad de los anclajes es fundamental a la hora de garantizar un buen trabajo. Todas nuestras instalaciones irán de la mano de estos productos (tornillería, tacos, resinas, aislantes, polímeros…) para poder certificar al cliente la seguridad de que nunca podrá filtrarse agua en sus instalaciones.

4.      Nuevos modelos de financiación
Conseguimos hablar también con Manuel Cócera, de Younergy. Todos conocemos modelos de financiación tradicionales, y alternativas para empresa como el leasing o renting. Pero la propuesta de esta compañía es realmente interesante para el cliente que duda de la rentabilidad de un proyecto solar. Una atractiva propuesta para indecisos donde el beneficio es inmediato.

En definitiva, esto es lo que más pudo llamarme la atención de todo el pabellón de GENERA 2020, pero no está de más decir que la mayoría de los estands, tres cuartas partes tirando por lo bajo, iban dirigidos exclusivamente a paneles fotovoltaicos, inversores y baterías. El negocio de las renovables sigue siendo la energía solar.

Gracias por leerme, sigan con sus cosas.

Imagen: José Antonio Frutos Romero

lunes, 13 de enero de 2020

Ventajas del gas natural sobre otras fuentes de energía




El gas natural es una fuente de energía de importante valor, segura y bastante limpia, de hecho al igual que la eólica y solar también podría considerarse como renovable, porque se puede conseguir con la reutilización de los residuos, aguas de alcantarillado, y desechos agrícolas, ganaderos e industriales. Aunque en este camino hay mucho que avanzar, hay una serie de ventajas del gas natural, frente otras contaminantes, que convendría repasar:

1.      El gas natural posee menos residuos de combustión frente a otros combustibles fósiles y no es peligroso como podría ser el butano.

2.      No precisa de almacenaje, por lo que no es necesario disponer de un lugar para obtenerlo.

3.      Se paga siempre después de consumir. A diferencia de casi todos los demás donde hay que hacer un desembolso económico antes de usarlo.

4.      Es el que menos cantidad de CO2  produce por unidad energética. Importante para reducir la huella de carbono.

5.      No tiene interrupciones de suministro (como tiene, por ejemplo, el butano).

6.      Es la energía de suministro permanente más barata del mercado.

7.      Posee un altísimo nivel de seguridad puesto que se realizan revisiones periódicas en las instalaciones.


En resumidas cuentas, el gas natural puede ser una gran alternativa para quienes, además de precio, estén preocupados por el medioambiente.

Gracias por leerme, sigan con sus cosas.


Fuentes: instalacionesiberika.com redexisgas.es nedgia.es
Imagen: erenovable.com

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Ya se va a compensar la energía inyectada en red



Comenzaba a ser preocupante, que bastante después de los plazos concedidos por el Ministerio de la Transición Ecológica, en el Real Decreto 244/2019 del pasado mes de abril, las comercializadoras de luz no estuvieran pagando (o restando de la factura del consumo, que viene a ser lo mismo) a los clientes con paneles solares que estuvieran inyectando a la red eléctrica la energía no consumida.

Ahora ya, por fin, hay comercializadoras que están dando el paso, EDP concretamente (aunque exclusivamente a sus clientes de paneles solares), incluso antes de la normativa, porque no está del todo parametrizado el cómo se va a medir y facturar, pero parece ser que «será una realidad en un par de meses» según palabras de José Domínguez Abascal (Secretario de Estado de Energía).

El caso es que sin tener del todo las herramientas ni la obligatoriedad para hacerlo, la citada comercializadora se ha adelantado al resto en un acertado intento de captar mayor clientela tanto de paneles fotovoltaicos como de consumidores de luz. Además de poder ofrecer a su clientela (la que no puede instalar paneles fotovoltaicos), la posibilidad de consumir energía limpiar, proveniente de estos paneles. Todo son ventajas, a priori. Pero imaginemos que un cliente de esta comercializadora tuviera los paneles de otra empresa, ¿se le estaría discriminando?, ¿tendrá que esperar estos dos meses para que se le compense la energía inyectada? Supongo que estas preguntas ya se las habrán hecho las mentes pensantes de la mencionada comercializadora.

Espero que comercializadoras, como factorenergia, con la que tengo vínculos de colaboración, estén tomando cartas en el asunto y se pongan manos a la obra. La buena noticia es que la compensación de la energía inyectada es casi una realidad que hará más rentable, si cabe, las instalaciones de paneles fotovoltaicos.

Gracias por leerme, sigan con sus cosas.

Fuentes: elEconomista.es (Europa Press).

Imagen: factorenergia.com

viernes, 15 de noviembre de 2019

Siete curiosidades de la energía solar




En el artículo de hoy me gustaría compartir algunas de las curiosidades del mundo de la energía solar. No siempre tienen que ser datos sorprendentes, pero a mí me resultaron curiosos en el momento en que los conocí. Ahí va una selección de siete:

1.      La energía fotovoltaica se descubrió en 1839 por el físico francés Alexadre-Edmond Becquerel. Aunque está claro que tuvo que pasar más de un siglo para que se obtuviera provecho a este descubrimiento.

2.      El país del mundo líder en energía solar (en cuanto a número de instalaciones) es China. A nivel europeo es Alemania. En España, la comunidad autónoma con mayor número de paneles instalados es Andalucía. Datos de 2018.

3.      En una hora el Sol produce en la Tierra tanta energía como la que utiliza el ser humano en todo un año.

4.      Los satélites enviados al espacio se abastecen de energía gracias a paneles solares. De hecho, los primeros paneles solares fueron fabricados para tal fin en los años 50.

5.      Con solo el 1% de la superficie de los desiertos podría abastecerse de energía a todo el planeta únicamente con paneles solares.

6.      Cada metro cuadrado del planeta recibe 1.366 W de radiación directa del sol.

7.      Las células fotovoltaicas pueden producir electricidad incluso un día nublado o lluvioso. Por esta misma razón los dermatólogos aconsejan echarse protector solar incluso en días nubosos.

En definitiva, la energía solar está desde hace mucho tiempo, en verdad, desde hace 4.500 millones de años, ya que todo, absolutamente toda la energía que se usa en la Tierra ha sido producida directa o indirectamente por el Sol. Pero solo en las últimas décadas ha sido el ser humano capaz de sacar un verdadero provecho. Esperemos que siga siendo así y que sustituya definitivamente a las contaminantes.

Gracias por leerme, sigan con sus cosas.

Fuentes: Integralshipping.com, licanal.com, cerogradossur.es, eufon.com, ingrap-online.com.

Imagen: Solar Energy Analysis.