viernes, 7 de abril de 2017

Agradecimientos «Mi hija y la ópera»

Final de Agradecimientos de Mi hija y la ópera:

   El último reconocimiento es a mi familia y en especial a mis hijos. Cuando comencé esta obra, en 2010, únicamente había nacido Adriana; varios años después, en el momento en el que escribo estas palabras, tengo otro descendiente que atiende al nombre de Marcos. La dedicación que ha supuesto escribir este proyecto literario me ha robado innumerables horas de convivencia con mis dos pequeños. Justo en la etapa de mi vida en la que podía disfrutarlos plenamente.


Y a Alicia, dondequiera que esté.





























viernes, 17 de marzo de 2017

Útimas palabras de «Mi hija y la ópera»

Últimas palabras de Mi hija y la ópera:


«…Sonaban los últimos compases de la melodía Intermezzo de Mascagni cuando desperté de un maravillosa experiencia onírica. En el sueño aparecía mi padre, sentado en su mecedora, en aquel mismo dormitorio, con mirada perdida murmurando para sí: «Mi hija y la ópera». Frase que repitió un par de veces entretanto asentía levemente con la cabeza. Abrió su libro para cerrarlo al cabo de unos segundos con señal de negación. De inmediato, con actitud firme, se despojó de los tubos que le suministraban oxígeno y bebió un último trago de whisky mientras desplazaba la cortina para contemplar con semblante nostálgico los soleados tejados de las casas del pueblo. Divisó el resto del paisaje que ofrecía la ventana y luego dirigió su vista hacia la cama para constatar que yo le observaba con profunda quietud. Me afirmó con ojos telepáticos un gesto que interpreto como «ahora», cerrando los párpados a la vez que su espalda  se amoldaba a la mecedora mientras unas lágrimas se precipitaban bordeando unos labios que dibujaban un rostro amable y pacífico.

De repente, en aquel mismo sueño, me encontré sentada sobre una roca de una pequeña cala de piedrecillas redondas. Avisté a mi padre a lo lejos ataviado de prendas blancas en el final de la playa, comenzó a caminar despacio. Al otro lado de la orilla, el más cercano a mi ubicación, se encontraba una bella dama de cabello rubio, luciendo un vestido albo que se removía sobre la espuma de las olas. Mi anciano progenitor aligeró su marcha acercándose a la mujer. Percibí que rejuvenecía a cada paso. Cuando finalmente se encontraron, mi padre tenía el aspecto de un veinteañero, moreno y sin barba, con una apariencia que irradiaba felicidad. Se abrazó a aquella joven de la cual no albergaba la más mínima duda de su identidad, se trataba de Patricia Domínguez Tortosa: la persona que me dio la vida.
Después, e inexplicablemente, me encontré a mí misma convertida en un bebé de pocos meses, y a mi lado mi hermana, con la edad que debía tener cuando desa­pareció. Nuestros padres nos cogieron en brazos y se marcharon juntos.

En un fulgor de sagacidad deduje que la ensoñación vivida me adentró al paraíso que mi progenitor anheló durante muchos años.
Onírico o no, su edén personal era reencontrarse con su familia. Idéntica, a la que el destino le arrebató varias décadas atrás.

Así fue como lo soñé; y así debería de haber ocurrido.»


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.


lunes, 13 de marzo de 2017

Final de «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Final de Mi hija y la ópera:


«He habitado en un lugar de profundo silencio conocido como el hogar de las almas, desde aquí, el Ser Supremo me ha asignado una vida en el más idóneo de los escenarios: en los sucesores de mi familia. Con genes similares, y la dicha de contar como antepasados a los de mi propia estirpe, naceré a primeros de 2011; cinco décadas después de mi última muerte, allá, por la Nochevieja de 1955. No ha sido un largo periodo en comparación con mis cuatro primaveras terrenales.»


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

martes, 7 de febrero de 2017

Capítulo 9, Acto III, de «Mi hija y la ópera»

Final del Acto III, de Mi hija y la ópera:


«Una vez me contó mi padre que la insuperable melodía de Nessun dorma de Turandot fue el fragmento que lo atrajo al fascinante mundo operístico, casualmente, entretanto finalizo con las últimas palabras de esta autobiografía escucho de fondo Diecimila anni al nostro imperatore, el coro con el que concluye la ópera postrera de Giacomo Puccini y que tiene claras evocaciones al celebérrimo aria. Esta pieza del final probablemente fuese compuesta por Franco Alfano, discípulo del maestro italiano, ya que el gran compositor falleció dejando inconclusa una de sus grandes obras.
   No quisiera, dicho sea de paso, dejar inacabado mi relato, por lo que he de ponerle fin sin más dilación. Todo esto es lo que ha ocurrido en estos años, la historia de mi vida no ha sido otra cosa que lo que aquí se ha contado, podría haber tenido mejor final, o haber finalizado tramas que se han quedado a medias, pero es así, carece de los desenlaces novelescos propios de autores con imaginación, el manuscrito es el que es, porque no es otra cosa que un resumen de mi existencia. ¿Qué le vamos a hacer?
   A propósito, de los cuantiosos correos electrónicos que recibo de mis viejos conocidos, extraigo el siguiente fragmento, me lo envió Pedro, y es realmente fantástico:


   Querida Violeta, ¿cómo van las cosas por la costa? Aquí poco ha cambiado. Marisa y yo nos hemos mudado de casa, ahora residimos en una urbanización cercana al lugar donde vivíais. A ver si un día te acercas con Isabel, con la que sé que has reanudado la amistad, y regresas a tu pueblo aunque sea para constatar personalmente de que todo sigue igual. En ocasiones salimos a andar por las sendas que recorríamos contigo y con tu padre. Hay un rumor por toda la comarca que cuenta que un señor con espesa barba blanca, ayuda a los caminantes extraviados o necesitados de auxilio. Sabes que soy la persona más escéptica del mundo, pero cuando han llegado a mis oídos todas esas historias no he podido evitar esbozar una sonrisa creyendo que se trataba del "Siddartha calasparreño", un alma que siempre deseó encontrarse con su verdad existencial. Tú ya sabes a quién me estoy refiriendo.»


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

domingo, 5 de febrero de 2017

Capítulo 8, Acto III, «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Capítulo 8, Acto III, de Mi hija y la ópera:

«Sin embargo, ninguno de los sucesos contados hasta ahora, de los transcurridos en estos últimos años, ha sido el verdadero causante de que haya reanudado la historia de mi vida. De hecho, el relato cobra sentido por un acontecimiento ocurrido hace escasamente unos días. Pero será mejor que comience por el principio:
   Podía haber sido una jornada cualquiera de nuestra vida solitaria, mi hijo ondeaba una cometa cerca de casa, correteaba por nuestra diminuta playa sosteniendo los mandos con bastante pericia para un niño que todavía no ha cumplido los cinco. Era nuestra actividad preferida de los sábados, yo le contemplaba sosteniendo unas sandalias en la mano y caminando descalza de un lado al otro de la orilla emulando a mi madre cuando la avisté en el sueño que tuve cuando mi padre murió. Al llegar a casa me encontré con el preludio de lo que iba a ser el día más impensado de toda mi existencia.»


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Capítulo 7, Acto III de «Mi hija y la ópera»

Final del Capítulo 7, Acto III, de Mi hija y la ópera:

«Los años han transcurrido inexorables desde entonces, la profundidad del mar que puedo avistar desde el balcón de casa me ha evocado miles de remembranzas con la misma sintonía con que las olas rompen con las rocas. De los más remotos recuerdos, en la suntuosa casa de Cartagena, pasando a mi primer día de Colegio en Calasparra, de aquel beso con Antonio, y la inevitable melancolía que me originaba la reminiscencia de Isabel, con el momento más dulce de todos los imaginables, cuando en la intimidad de la habitación neoyorquina me obsequió con la mirada de mayor frenesí que unos ojos pueden proyectar. Me acordaba a menudo de Andrew, el progenitor de mi hijo, que seguiría tocando el piano en su local de Manhattan ignorando que un ser que llevaba sus genes crecía en un lugar que no sabría ubicar en un mapamundi.
   Pero mis memorias más nostálgicas tenían a mi padre como protagonista, su singular personalidad, de sus largas historias que ingeniaba para infundirme sentimientos como miedo, tristeza, alegría, etcétera; y de cómo procuraba convencerme de que toda acción tiene su eco en la eternidad. Él disfrutaría contemplando el paisaje que yo diviso cada día, y admirar la infinitud del mar mezclándose con el cielo. Nunca me olvidaré de aquel precioso sueño, junto a la playa, donde aparecía mi madre a darle la bienvenida, justo en el instante en que él me dejó. Aquello debía significar algo y lo he descifrado ahora.»


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.

lunes, 30 de enero de 2017

Capítulo 6, Acto III, «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 6, Acto III, de Mi hija y la ópera:


«El coche fúnebre franqueó la verja en dirección al Cementerio de Santa Lucía, yo arranqué mi automóvil para seguir al vehículo mortuorio conduciendo en un inusitado estado de silencio y paz. Únicamente me encontraría con mis padrinos en el camposanto. Marisa se encargaría de apagar la música del mismo compacto que ella misma había introducido para mi lectura, sonaba el melancólico Coro a bocca chiusa de Madama Butterfly —que se escuchaba en el salón, inopinadamente, como la más acertada para aquel momento—. Después despediría a los asistentes y cerraría la casa, todavía tenía las llaves de mi residencia, ahora era sólo mía, al igual que otras tantas pertenencias. Me había quedado con un hogar vacío y junto a él la tumba de Yako, al lado de la higuera, como huellas de un pasado que nunca volvería.»


Si quieres hacerte con la novela en formato eBook, pincha el título de esta entrada de blog.