martes, 9 de junio de 2015

Extracto del tercer acto de "Mi hija y la ópera"

«Andrés Rosique Marín agonizaba ante mí, no era una persona cualquiera de entre todas las que hayan podido existir en la historia de la humanidad, era el ser que lo sacrificó todo para que yo sea ahora quien soy. Me sobrevenían remembranzas de largos paseos por la montaña de la que nunca nos separamos en toda nuestra estancia en Calasparra y de interminables diálogos que concluían sin que me diera una sola respuesta que satisficiera mis complicadas preguntas existenciales. Y un recuerdo nostálgico de mi niñez surgía con nitidez por mi mente destacando sobre cualquier otro, era la evocación de una tarde en una loma cercana, con nuestros pies colgados desde un montículo que asomaba a un barranco, donde presenciamos el más bello de los atardeceres sobre el pueblo.»

lunes, 8 de junio de 2015

Fragmento del Capítulo 3, Acto III de "Mi hija y la ópera"

«Mareada por los acontecimientos, que como las olas de un tsunami me batían inclementes, me acerqué al mismo inodoro donde había estado sentada impacientemente minutos antes y vomité todo el desayuno y buena parte de mis jugos gástricos. Bajé la tapa aturdida y empapada de gélido sudor, apoyé en ella mi cabeza. Sin haberme desmayado nunca, intuía que estaba a punto de perder el conocimiento.»

domingo, 7 de junio de 2015

Párrafo del Capítulo 2, Acto III de "Mi hija y la ópera"

«Nos encaminamos en dirección al coche portando numerosas bolsas, tanto las del supermercado como las que acarreamos de la tienda de regalos, con varias sartenes y un apropiado centro de mesa que sería del gusto de Marisa. Habría cien metros desde aquel punto hasta nuestro vehículo, antes tendríamos que franquear la fachada de la iglesia donde ya nos aguardaría Paco. Mi padre se empecinó en transportar las bolsas de mayor peso, lo que nos ralentizó la marcha notablemente. Avisté a mi padrino apoyado sobre un Mercedes, un modelo actualizado similar al turismo que tuvimos durante tantos años. Según nos acercábamos pude apreciar su silueta, una enorme barriga que había crecido implacable y una calvicie que no podía ocultar con un peinado hacia delante como antes. Él me reconoció enseguida, mi mancha facial me delataba a pesar de que la última vez que nuestros ojos se cruzaron yo era una niña de diez años y ahora estaba a un mes de cumplir los veinticuatro. Lanzó el cigarrillo a la acera justo cuando estábamos frente a él, dio un fuerte pisotón para apagar la incandescencia de la colilla tratando también de llamar la atención de su viejo amigo que no levantaba la vista de las baldosas. Mi padre lo observó con semblante espantadizo, se detuvo en su expresión y lentamente se acercó a su rostro. Enseguida reconoció su sonrisa y, de repente, soltó las bolsas de la compra por la emoción. En la caída, se rompió una de las botellas de whisky, así como algunos huevos.»

sábado, 6 de junio de 2015

Comienzo del Acto III de "Mi hija y la ópera"

«Algo más de un lustro ha transcurrido desde que concluí el manuscrito, mi vida ha evolucionado considerablemente, ya no soy la misma Violeta de entonces, ahora puedo hacer gala de ser una persona equilibrada y madura sin ningún género de complejos, quienes me conocen de antaño afirman que mi mirada infunde armonía y tranquilidad, nada que ver con mi vieja expresión tortuosa que inspiraba suspicacia y en ocasiones antipatía. Gracias a los ejercicios de meditación que practico a diario y a la lectura de libros de filoso­fía oriental he logrado un estado emocional imperturbable y proyectar una conciencia profunda a mi existencia.»

Final del Acto II de «Mi hija y la ópera»

«Extenuada por las numerosas horas frente al ordenador en las últimas fechas doy por concluida esta singular biografía, procuraré quedar dormida en pocos minutos con el suplicio del presente combatiendo a favor del insomnio, anhelando despertar con el convencimiento de que todo lo que aquí se ha escrito ha sido una aciaga pesadilla.»

jueves, 4 de junio de 2015

Comienzo del Capítulo 27, Acto II de «Mi hija y la ópera»

"Como una fugitiva escurridiza merodeaba por las frenéticas calles de Manhattan procurando no coincidir con Isabel. Cansada de dar vueltas, caí en la cuenta de que el único sitio donde no podría encontrármela por carecer de boutiques sería en mi lugar preferido. Me encaminé a aquel remanso de paz y naturaleza rodeado de rascacielos por la Central Park West, anduve hasta encontrar un banco soleado, que en invierno son los más solicitados, muy próximo al Edificio Dakota, cercano al lugar donde asesinaron a John Lennon. Recientemente se había conmemorado el aniversario de su muerte, una amplia zona se hallaba llena de flores y mensajes homenajeando al músico. Me acordé entonces de Dani, mi profesor de piano y su peculiar sentido de la estética con esas gafas graduadas de sol con cristales redondos, las cuales usaba incluso en el interior de casa no para emular al compositor inglés sino para evitar ponerse las suyas habituales, unas de pasta con las patillas pegadas al resto de la montura por medio de cinta aislante negra. Evoqué unas palabras que siendo niña le escribí y dejé sobre el piano para que las leyera y de las cuales me arrepentí en cuanto supe aquella misma tarde los sentimientos que él declaraba hacia mi tía Laura: «En este mundo hay reyes y súbditos, ricos y pobres, guapos y feos. Todos menos éstos últimos pueden alternar su estado en la vida. Si eres capaz de apreciar la belleza del alma, más allá de la meramente superficial, tal vez puedas encontrarme hermosa». Documento que guardó entre sus partituras y que nunca mencionó."

miércoles, 3 de junio de 2015

Extracto del capítulo 26, segundo acto de "Mi hija y la ópera"

«Un hilo de luz de los rascacielos de Nueva York salvaba las cortinas de la habitación, la puerta entornada del baño también permitía que se colase una vaga luminosidad. Isabel me empujó con suavidad y me tumbé dócil sobre la colcha, comenzó a acariciarme la cara con sus dedos y me besó en los labios. Debió notar mis agitadas pulsaciones cuando fue descendiendo con besuqueos por toda mi erizada piel. Se detuvo cuando su nariz se introdujo involuntariamente en mi ombligo y su boca rondaba la zona baja de mi vientre, casi en el pubis. Fueron unos segundos mágicos de inusitada pasión. Después noté el roce de su lengua en el mismo punto donde antes, en la ducha, había situado su dedo corazón.»