lunes, 12 de septiembre de 2011

COETÁNEOS

Dirigido a las millones de civilizaciones que tuvieran la oportunidad de leer este mensaje enviado desde este punto del espacio, un día cualquiera de verano.

Mi nombre es José Antonio Frutos Romero, un sencillo habitante de un planeta al que llamamos La Tierra, la noche del 10 de agosto de 2011. Claro, la fecha poco importará fuera de mi pequeño universo, pero supongo que debe de ser alrededor de la una de la madrugada del uno de enero del año 13.700 millones, si es que se comenzase a contar los años a partir de lo que en mi mundo se denomina Big Bang, suceso que condicionó la existencia de nuestros mundos por lejanos que pudieran estar. Eso sí, si los datos que proporcionan los científicos de La Tierra son correctos, a saber si medís los años como nosotros y/o el sistema de cifras (como la palabra millones) tiene un sentido allí.

Mis vagos (aunque suficientes) conocimientos de astronomía contribuyen a que pueda imaginar la posibilidad de que este mensaje sea leído (e interpretado) de algún modo en los confines del cosmos, si bien, no soy tan ingenuo para creer que ninguna especie viva pueda trasladarse por el espacio acarreando la vida de miles de generaciones en conseguir dicha empresa por muy rápida y cómoda que pudiera ser la nave que los transportase. Las distancias son enormes y si la luz tarda millones de años en llegar a nuestros ojos, cualquier otro elemento: Infinitamente más.

El propósito de este mensaje no es otro que el de informaros de lo siguiente: El predominio en este planeta lo tiene una especie llamada Homo Sapiens Sapiens, la mía, nos consideramos inteligentes, empero cabe que no lo seamos tanto: Capaces de visitar nuestro satélite más cercano a casi medio millón de kilómetros de distancia (dato que debería omitir porque os parecerá irrelevante), pero no estamos preparados para erradicar el hambre en el mundo, ya no en otras especies: Sino en la nuestra. Y lo peor del caso, en nuestros coetáneos.

La historia de nuestros antecesores nos cuenta aberraciones como la de la Bomba Atómica, el Holocausto Nazi y un sinfín de barbaridades que nos escandalizaría tener que volver a vivirlas. Sin embargo, todavía a muchos, les conmueve más la muerte de una cantante que ha llamado a la muerte envenenándose, que la de miles de niños que en este preciso instante lo único que quieren antes de su inevitable muerte es llevarse algo a la boca, aunque fuera alguna de las moscas que tienen a su alrededor. Cuando  el único delito que han cometido es no nacer en el país de los que tienen (y le sobran) todo lo que quieren y más para llenarse la boca, los estómagos y los contenedores de basura de comida. Las empresas de comunicación sabedoras de que esas imágenes no son del agrado del televidente apenas si informan unos pocos segundos para pasar después a la “importantísima” información de lo que va llevarse en los próximos meses, me refiero a la moda, una serie de prendas con las que nos ataviamos los seres más inteligentes de este planeta según la época del año.

Y defino País, esa palabra que he mencionado antes respecto a que ningún ser elige en qué país nace, por si no sabéis de qué se trata compañeros del cosmos, en La Tierra, un país es un lugar cuyas fronteras no se ven pero que te determinan toda tu existencia (incluso hay quién daría la vida por esos barreras invisibles). Fronteras, muy seguramente transformadas por herencias de reyes o nobles que no podían casarse, tal vez por ser hermanos (que no debían seguir procreándose entre ellos para no fastidiarlo aún más) o que por el azar. Límites que dividen territorios, por los cuales (debida a la inefable ignorancia del coterráneo de turno), somos capaces incluso de hasta dar la vida y de distinguirnos sobre el resto de seres humanos de nuestro mundo.

Hay algo más, los que enarbolan la bandera de la religión justificando que todo lo maldito que ocurre en el mundo es porque así lo quiere Dios (como si lo mereciesen). Un ser que supuestamente tuvo la capacidad de crear nuestro planeta en siete días, pero que no actúa cuando un inocente niño de dos años, de piel oscura y prominente barriga llora tan abatido como resignado a un desenlace fatal. Y yo no crucificaría de nuevo a su hijo por permitirlo, me iría a ese personaje, al padre (si existiera), e intentaría clavarlo a la cruz por consentir que la desidia del ser humano conlleve a deshumanizarnos tan cruelmente con el próximo. Con un niño, que su única misión en la vida será la de sufrir. Para los representantes de La Iglesia eso tiene un significado, un lugar especial en el otro mundo. Yo no quiero que mis hijos, mis sobrinos o cualquier otro ser inocente, padezca ante la mirada avariciosa de quien no es capaz de ponerse en la piel de esas personas. “Son salvajes, no como nosotros” se dirán para disculpar su falta de empatía.

Por poco que os parezcáis a los habitantes de La Tierra, y si queréis dar explicación a todo lo que no comprendáis, tendréis un ser supremo. Y tal vez ese Dios exista, para vosotros y para nosotros, es lo que hace que giren los cuerpos celestes entre sí (por ejemplo), pero no nada pensante que decida nuestro devenir.

En fin, aquí vivimos en un maremágnum de nuevas ideologías que genera un piélago de dudas. Pero hay razones más poderosas que otras para luchar por un mundo mejor. Mientras hayan personas muriéndose de hambre, ahora, en este preciso instante, cualquier otra razón que nos mueva es pura frivolidad.

Cual mensaje encerrado en una botella de cristal que flota por los océanos de mi pequeño planeta he querido enviar este texto a la eternidad y a los confines del universo, como una carta abierta, incluyo también al pequeño grupo de contemporáneos que tendrán la opción de leerlo, si quieren. Si con el mismo, con las algo más de mil palabras y dos horas que he invertido en escribir este texto, he conseguido conmover o concienciar a algún lector y contribuye a que el día de mañana sea más humano, habrá valido la pena.



En cualquier caso, no dejan de ser las reflexiones en voz alta de un loco soñador una estrellada noche de verano, con una copa junto a él, mientras oye una ópera de Wagner.



P.D. Si alguien leyera esta carta allá por los confines del Universo y quisiera hacer una clonación de mi cuerpo para obtener información adicional, advierto que mis cenizas estarán en el sótano de mi casa, en un lugar llamado Torrenia. ¡Hasta entonces, buenas noches!

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