lunes, 6 de diciembre de 2010

AGOSTO (Microrrelato 20 líneas)

Era un domingo de agosto de un año cualquiera, Irene venía de comprar helados para su marido y sus dos hijos, a ella no le apetecía, el último fin de semana del verano siempre le producía cierta depresión. Su hija, la “pequeña Irene”, ya sacaba dos palmos de altura a su hermano mayor, Julio, de catorce años, y que compartía con su padre la honomástica. “¡Julio!, no puedes tomarte el helado entero –gritó su madre–, el médico dice que no debes tomar demasiado azúcar, ¿quieres matarte?”. El adolescente se rebeló, lanzó el helado al suelo expresando su disconformidad con las palabras autoritarias de su progenitora. Su capacidad para hablar era limitada, sus condiciones físicas sumadas a la analfabetización por la no escolarización de aquella criatura aconsejada por un médico que le auguró pocos años de vida, conferían en él cierto retraso. Pese al menosprecio familiar que Julio sufrió en vida, sus allegados solían estar atentos a sus gestos. Tras el berrinche por los consejos de su madre sobre los males del helado, Julio se dirigió al dormitorio que miraba a poniente y que compartía con su hermana. Apartó de su nariz los cables que salían de de una pesada máquina de oxígeno que ralentizaba su silla de ruedas. Con las fuerzas que le quedaban, se incorporó en la cama cabeza arriba, se repetía a sí mismo: “Nunca mi madre se quejará de cargar conmigo en vacaciones”. Julio moría lentamente, la falta de aire y su enjuto cuerpo torcido le impedían retroceder a la silla. Su familia, afanada en la recogida de trastos no le echó en falta. Su mirada se diluyó junto al sol anaranjado que escondía su existencia tras una isla, apagándose.