martes, 7 de julio de 2020

Debemos acelerar la transición ecológica



   Si hay algo que tenemos que asumir una vez se va asentando la «nueva realidad» en nuestras vidas es que el mundo ha cambiado para siempre. La crisis del COVID-19 ha puesto patas arriba a la Humanidad. Buena parte del planeta ha estado confinado —o lo sigue estando—, y a nadie le ha sido ajeno que durante el confinamiento ha habido una mejora de la calidad del aire, se han roto los registros de lluvia en un mes de abril (al menos en Murcia), y cuando hemos tenido la oportunidad de volver a la montaña la hemos encontrado esplendorosa como nunca.
   La ausencia del ser humano, indudablemente, sería un gran alivio para el planeta, pero esa no es una solución. En estos últimos meses la disminución de la energía generada a partir del carbón (en la Unión Europea) ha sido superior al 25%. Otro dato llamativo registrado en el viejo continente es el del 10% de reducción de la demanda eléctrica. Y de todos es conocida la caída del precio del petróleo durante este tiempo. Sin embargo, y según un estudio realizado por el grupo tecnológico finlandés Wärtsilä, las energías renovables han experimentado una importante subida hasta alcanzar el 43% del mix energético. O sea, las energías limpias están cerca de la mitad de la energía que se produce en la UE.
   Aunque ahora mismo parezca una utopía debemos acabar cuanto antes con la quema de combustibles fósiles (petróleo, carbón…) y apostar sin más dilación por las energías renovables: solar, eólica, hidráulica, biomasa… Todos debemos aportar nuestro granito de arena para que las generaciones venideras se encuentren con un mundo habitable. Y no es baladí el asunto, quizá, si algo bueno ha traído la crisis del Coronavirus sea la de un nuevo despertar con una mayor concienciación medioambiental.
   No en vano, parece que las instituciones gubernamentales quieren fomentar este paso con ayudas. Y solo hay que ojear algunas páginas relacionadas con las energías renovables para encontrar, en esta semana, estos titulares:
«Bruselas destina 1.000 millones de euros a financiar proyectos innovadores en tecnologías limpias» (energias-renovables.com).
«Baleares destina 20 millones de euros a impulsar parques fotovoltaicos e instalaciones solares para autoconsumo» (energias-renovables.com).
«Murcia simplifica los trámites administrativos para reactivar el sector fotovoltaico tras el COVID-19» (elperiodicodelaenergia.com).
   Pero de poco valen estas ayudas si nos ponemos la «traba mental» de que nuestra contribución va a servir de poco, o que estas energías son mucho más caras, cosa que no es cierta. El ahorro que produce es a corto-medio plazo amortizable. Muy raro es el caso en el que antes de los quince años (por lo general, bastante antes) no se haya pagado con creces la inversión con la reducción que ha supuesto en el consumo de la luz eléctrica. Ahora está en cada uno el poder tomar la decisión. ¿Es que acaso no queremos contribuir a la creación de un mundo mejor?

   Gracias por leerme, sigan con sus cosas.

Fuentes: energias-renovables.com, quantumenergia.es, elperiodicodelaenergia.com
Imagen: Cinco Días

jueves, 18 de junio de 2020

Volumen 39 de «Mi hija y la ópera»



FINAL

   Desde el principio lo he sabido todo, o así lo he creído; sin embargo, los datos que poseo serán eliminados para siempre dentro de unos instantes. En esta dimensión la percepción temporal es absolutamente disímil a la de cualquier otro medio. He sido testigo de cómo mi madre llegó tras de mí, y mi padre le sucedió con los años. Ya estaba por aquel entonces la mujer de mi hermano y bastante después vino él. Todo ha pasado en un suspiro para los que nos hallamos aquí, los cuales somos meros espectadores de lo que ocurre. Ellos ya están en paz, con su círculo cerrado, pero ahora el destino pretende brindarme otra oportunidad corporal. Una nueva existencia que en el mundo de los mortales se denomina: palingenesia. He habitado en un lugar de profundo silencio conocido como el Hogar de las Almas. Desde aquí, un Ser Supremo me ha asignado una vida en el más idóneo de los escenarios: en los sucesores de mi familia. Con genes similares, y la dicha de contar como antepasados a los de mi propia estirpe, naceré a primeros de 2011; cinco décadas después de mi última muerte, allá, por la Nochevieja de 1955. No ha sido un largo periodo en comparación con mis cuatro primaveras terrenales.
   Violeta está embarazada de su profesor de yoga, confió demasiado en la seguridad que prometía el sexo tántrico. Ella lo sabrá dentro de muy poco, cuando regrese de su viaje a América. Será una verdadera prueba para Isabel que ama sin condiciones a mi futura progenitora. Serán buenas madres para mí, de igual modo que sé que me protegerá Andrés, el nieto de mi hermano. Yo nunca lo recordaré así, salvo en sueños y otros caprichos de la mente que entremezcla sin aparente sentido: realidad, ensoñaciones, fantasías y vidas anteriores.

   Yo narré la obertura y los capítulos que iban bajo el título de «Andrés», insertados en la historia relatada por mi sobrina. En breve penetraré en el embrión que está gestándose en sus entrañas, alcanzando la rencarnación en el preciso instante en el que un ser adquiere conciencia de sí mismo. Justo a partir de ese momento quedará aniquilada cualquier reminiscencia habida en mi memoria. Mi nombre fue Antonio Rosique, como tal vez siga siendo en este ciclo ulterior. No dejaría de ser por ello otra coincidencia, siempre regida por los hilos del destino. Como todo lo que acontece en el universo y de lo que está fuera de él.



***









… Sonaban los últimos compases de la melodía Intermezzo de Mascagni cuando desperté de un maravillosa experiencia onírica. En el sueño aparecía mi padre, sentado en su mecedora, en aquel mismo dormitorio, con mirada perdida murmurando para sí: «Mi hija y la ópera». Frase que repitió un par de veces entretanto asentía leve con la cabeza. Abrió su libro para cerrarlo al cabo de unos segundos con señal de negación. De inmediato, con actitud firme, se despojó de los tubos que le suministraban oxígeno y bebió un último trago de whisky mientras desplazaba la cortina para contemplar con semblante nostálgico los soleados tejados de las casas del pueblo. Divisó el resto del paisaje y luego dirigió su vista hacia la cama para constatar que yo le observaba con profunda quietud. Me afirmó con, ojos telepáticos, un gesto que interpreto como «ahora», cerrando los párpados a la vez que su espalda se amoldaba a la mecedora mientras unas lágrimas se precipitaban bordeando unos labios que dibujaban un rostro pacífico.
De repente, en aquel mismo sueño, me encontré sentada sobre una roca de una pequeña cala de piedrecillas redondas. Avisté a mi padre, a lo lejos, ataviado de prendas blancas en el final de la playa, que comenzó a caminar despacio. Al otro lado de la orilla, el más cercano a mi ubicación, se encontraba una bella dama de cabello rubio, luciendo un vestido albo que se removía sobre la espuma de las olas. Mi viejo progenitor aligeró su marcha acercándose a la mujer. Percibí que rejuvenecía a cada paso. Cuando se encontraron, mi padre tenía el aspecto de un veinteañero, moreno y sin barba, con una apariencia que irradiaba felicidad. Se abrazó a aquella joven de cuya identidad no albergué la más mínima duda, se trataba de Patricia Domínguez Tortosa: la persona que me dio la vida. Después, e inexplicablemente, me encontré a mí misma convertida en un bebé de pocos meses, y a mi lado mi hermana, con la edad que debía tener cuando desa­pareció. Nuestros padres nos cogieron en brazos y se marcharon juntos.

En un fulgor de sagacidad deduje que la ensoñación vivida me adentró al paraíso que Andrés Rosique Marín anheló durante décadas.
Así fue como lo soñé. Así debería de haber ocurrido.




miércoles, 17 de junio de 2020

Volumen 38 de «Mi hija y la ópera»


9

   Al primer lugar donde acudimos una vez quedó confirmado nuestro parentesco tras la prueba de hermandad fue a la casa de nuestra única tía. Ella jugaba en el jardín con nuestros pequeños primos. Llegamos sin avisar. Paco, fiel a su palabra, no le había advertido de nada. Yo insistí en darle la más maravillosa de las sorpresas, no calculando bien el grado de emoción que toleraría al encontrarse con su ahijada después de varias décadas incluyéndola en el grupo de seres que ella consideraba bajo tierra. Tuvimos que llamar a una ambulancia porque se desmayó cuando le contamos la historia y le enseñamos el infalible test genético.
   Ha transcurrido mes y medio desde entonces, y Marta —que así desea que la llamemos— ha venido varias veces de Tres Cantos, localidad donde reside. Yo también le he devuelto alguna visita. Conocí a sus hijos: Susana y Ángel que son tan repelentes y caprichosos como cabría esperar de una familia acostumbrada a atesorar riqueza. Me contó que se había casado con un tal Jaime Alonso, un hombre diez años mayor que ella, perteneciente a un adinerado clan dedicado durante generaciones a los negocios inmobiliarios y que solía codearse con lo más granado de la fauna política de la capital. Procuraba exteriorizar naturalidad cuando mi hermana me contaba que se vengaba de las infidelidades de su esposo acostándose con el joven jardinero o el monitor de pilates, emulando a muchos personajes femeninos de series norteamericanas; lo cual no debería escandalizarme demasiado cuando en este último mes he alternado coitos sin miramientos entre mi maestro de yoga y mi venerada Isabel.
   Somos muy diferentes a pesar de que compartimos genes. Marta es esbelta, de pupilas claras y tez morena, de solárium, ¡cómo no! Yo, sin embargo, no he dejado de ser una enclenque de ojos saltones y una mancha facial que cubre buena parte de mi rostro cual parche ocular. Algo que podría disimular si me hubiera dejado seducir por los avances de la ciencia, los cuales no se precisan cuando se valora la verdadera belleza: la espiritual. Me sorprende que mi hermana, cuyos artistas predilectos son Miguel Bosé y Alejandro Sanz, haya asistido a más representaciones operísticas que yo. Decía que a su marido le regalaban entradas, y comparecían en las funciones más motivados por el compromiso social que por mera afición. El vivo retrato de quienes yo tildaba de esnobistas en los vestíbulos de los pocos teatros que he visitado hasta el momento. Fue también para mí un asombro constatar que ella no conocía nada de la tierra que la vio nacer. Apenas sabría ubicar en un mapa la ciudad de Cartagena, lugar donde vivió hasta casi los tres años, jamás había escuchado hablar de Calasparra —un tipo de arroz, atinó después de devanarse los sesos—, y digamos que el único contacto, que ella supiera, con la región de la que es originaria lo tuvo con un miembro del grupo murciano Second tras una noche desenfrenada de sexo, drogas y rock alternativo. Marta es una persona superficial y se deja cautivar por el prejuicio fácil y la soberbia. Tengo tiempo de sobra por delante para infundirle valores basados en una vida sencilla y honesta, pensamiento inculcado por nuestro progenitor del que cada vez me siento más orgullosa. Ahora he comprendido que he tenido mucha suerte al no tener una infancia que fuera sobre ruedas, como la de mi hermana. Aunque tal vez sus primeros recuerdos fuesen pesadillas, soñando noche tras noche con unos rostros difuminados que nunca logró retener: los de sus primeros familiares, nosotros.

   Todo concluye en la noche de ayer, la del 11 de julio de 2010. Terminábamos de presenciar el partido de fútbol entre España y Holanda. Estábamos toda la familia reunida en casa, mi hermana y su prole; nuestra tía, Alberto y sus dos hijos; y, por supuesto, mi pequeño Andrés. Laura y yo nos acordamos de mi padre, que ni en sus mejores ensoñaciones sospecharía que la Selección Española disputaría toda una final de un campeonato del mundo. La embriaguez colectiva de la victoria puede conseguir que una persona realice actos sandios, y pese a no ser demasiado futbolera salté por los sofás mientras me desgarraba la voz cuando Iniesta atizó un puntapié al balón estrellándolo contra la red, marcando un tanto que pasará a los anales de la historia y que será recordado incluso cuando ninguno de sus coetáneos exista. El gesto perplejo con el que me observaba mi hijo al presenciar tamaña celebración tampoco lo olvidaré.
   Después aplaqué la circunstancial euforia serenándome frente al mar, dedicando unos cuantos minutos a la abstracción mental. En contraste al abrumador silencio de todas las noches, aquella era una velada de estridentes cláxones, sonidos pirotécnicos y juerga popular cuyos vítores podían escucharse a kilómetros. En cuanto aquieté los pensamientos tomé dos decisiones que, sin duda, cambiarán mi destino. Primero hablé con mi hermana, le propuse realizar un viaje a un lugar remoto, un desplazamiento lo sobradamente extenso para fomentar nuestro hermanazgo. Iríamos con nuestros hijos, sobre todo con el mío, él debía conocer a una persona. Ella, que ya ha estado varias veces en la ciudad de Nueva York, no encontró problema en volver a visitarla conmigo y con Andrés en estas próximas semanas. Me sonrió cómplice, sabedora de cuál es el verdadero motivo de la expedición americana.
   —Tendremos que comenzar ya con las reservas —apuntó—, vamos a ser unos cuantos.
   —Pues espera, que puede que se incorpore alguien más al viaje —informé removiendo el interior del bolso en búsqueda del móvil.
   Acto seguido me dirigí a mi dormitorio, a un sitio que me confiriera algo de privacidad ante el jolgorio que imperaba en el salón. Con más determinación que nunca telefoneé a Isabel.
   —¡Violeta, somos campeones! —clamó a modo de saludo.
   —He visto el partido junto con mi hermana.
   —No me acostumbro a escuchar esa palabra de tus labios. Todavía no doy crédito, espero que pronto pueda conocerla.
   —Podrás, si quieres venirte con nosotras a Nueva York —anuncié constatando mi afonía.
   —Lo haría encantada, pero no sé si pinto mucho entre dos hermanas que acaban de conocerse.
   —Isabel, quiero que ella sepa de ti, y por otro lado puede ser nuestra oportunidad para afianzar nuestra relación.
   —¿A qué se debe este giro repentino?, ¿no decías que podías estar sin mí?
   —Porque mi corazón no alberga ningún temor respecto al futuro.
   Y creo que fue así, tras pronunciar aquellas palabras, cuando tuve la certeza de que la felicidad consiste en poseer el control de los sentimientos, algo que puede desarrollarse con la práctica del desapego emocional. El bienestar personal nunca debe depender de terceros, tan solo de uno mismo. El final de esta historia es el inicio de otra, un horizonte esperanzador se abre camino después de tanta adversidad. Ahora toca zanjar esa especie de idilio erótico que mantengo con Antonio, mi monitor de yoga, que, adelanto, no le concederá importancia alguna, dispone de demasiadas amantes a quienes repartir afecto y semen.
   Una vez me contó mi padre que la insuperable melodía de Nessun dorma de Turandot fue el fragmento que lo atrajo al fascinante mundo operístico. Por casualidad, entretanto finalizo con las últimas palabras de esta autobiografía, escucho de fondo Diecimila anni al nostro imperatore, el coro con el que concluye la ópera postrera de Giacomo Puccini y que tiene claras evocaciones al celebérrimo aria. Esta pieza sería compuesta por Franco Alfano, discípulo del maestro italiano, ya que el gran compositor falleció dejando inconclusa una de sus grandes obras.
   No quisiera, dicho sea de paso, dejar inacabado mi relato, por lo que he de ponerle fin sin más dilación. Todo esto es lo que ha ocurrido en estos años, la historia de mi vida no ha sido otra cosa que lo que aquí se ha contado, podría haber tenido un final mejor, o haber finiquitado tramas que se han quedado a medias. Pero es así, carece de los desenlaces novelescos propios de autores con imaginación, el manuscrito es el que es, porque no es otra cosa que un resumen de mi existencia. ¿Qué le vamos a hacer? A propósito, de los cuantiosos correos electrónicos que recibo de mis viejos conocidos, extraigo el siguiente fragmento, me lo envió Pedro, y es tan fantástico que con él quiero concluir mi proyecto literario:

   Querida Violeta, ¿cómo van las cosas por la costa? Aquí poco ha cambiado. Marisa y yo nos hemos mudado de casa, ahora residimos en una urbanización cercana al lugar donde vivíais. A ver si un día te acercas con Isabel, con la que sé que has reanudado la amistad, y regresas a tu pueblo aunque sea para constatar que todo sigue igual. En ocasiones salimos a andar por las sendas que recorría­mos contigo y con tu padre. Hay un rumor por toda la comarca que cuenta que un señor, con espesa barba blanca, ayuda a los caminantes extraviados o necesitados de auxilio. Sabes que soy la persona más escéptica del mundo, pero cuando han llegado a mis oídos todas esas historias no he podido evitar esbozar una sonrisa creyendo que se trataba del «Siddartha calasparreño», un alma que siempre deseó encontrarse con su verdad existencial.



martes, 16 de junio de 2020

Volumen 37 de «Mi hija y la ópera»



8

   Algunas mañanas, después de dejar a mi hijo en el colegio, abro las ventanas de toda la casa y toco el piano. Me encanta la sensación de la brisa marina mientras interpreto aleatorias melodías, a la par que las cortinas serpentean esparciendo ese olor a mar que se impregna en las paredes hasta que el salitre se mezcla con mis melancólicas lágrimas. Ahora entiendo por qué mi progenitor interrumpía las ejecuciones con brusquedad, porque su música evocaba a sus difuntos.
   Unos jubilados germanos, vecinos nuestros en los meses de invierno, son los únicos que aplauden mis composiciones; él es un encantador caballero de nombre impronunciable, afirma ser un apasionado de la ópera, con predilección por Wagner y Gluck; yo le rebato por mi inclinación hacia los autores italianos, aunque un día confesé que de niña mi ópera preferida era La Flauta Mágica de Mozart, escrita en alemán. Para que me entendiera se lo tuve que indicar en su título original: Die Zauberflöte. De su mujer, una persona culta y de un alto nivel espiritual, he aprendido en estos años algo fundamental en mi vida actual: la práctica del yoga. Realizo con ella casi todos los días una serie de ejercicios para terminar meditando frente al mar, sobre la arena de la playa, durante un lapso que nunca es inferior a una hora. Al principio me costaba mantener la postura tanto tiempo, pero ahora me animo incluso a tomar ese baño gélido con el que ella concluye su sesión introspectiva. Es tan escaso el vecindario en el periodo invernal que mi hijo y yo hemos estrechado profundos lazos con el viejo matrimonio. Tanto, que les reprochamos que nos abandonen en los meses estivales cuando se marchan a Erasbach, lugar de donde son oriundos. Ellos no soportan el gentío y la temperatura canicular de este sitio.
  Como cabría esperar, mis tíos y sus vástagos nos han visitado con frecuencia en esta etapa. Alejandro ya tiene casi una década de vida, y Patricia —que comparte con mi madre, además del nombre, la fecha de nacimiento— cumplirá cinco años el 13 de octubre. Las numerosas visitas recíprocas dieron comienzo el primer verano, con el Mundial de Fútbol de Alemania 2006, donde nos juntábamos toda la familia para seguir los partidos de España. Al igual que antaño, a Laura y a mí poco nos atraía el lance del encuentro, seguíamos interesadas por las piernas de los futbolistas. Alberto no le otorgaba importancia a nuestros comentarios sobre la atractiva masculinidad de los jugadores; él sí prestaba atención al desarrollo del juego, al igual que su hijo. Paco y Consuelo también han frecuentado nuestro hogar desde que nos instalamos en Cabo de Palos. Sus visitas siempre han venido acompañadas de regalos, sobre todo para Andrés, al que tratan como a un nieto. En los cuantiosos paseos que dábamos antes por la playa o en las calles recoletas e inclinadas de la urbanización me solía quejar a Paco, en tono jocoso, que todavía no había ejercido como padrino, recriminándole no haber recibido obsequio alguno durante toda mi infancia. Cada vez que se lo recordaba nos invitaba a comer en La Tana, restaurante donde, según él, se cocina el mejor caldero de todo el contorno marmenorense.
   Para mi total asombro, desde hace dos años mantengo una relación sentimental abierta con un monitor de hatha yoga que tiene a sus espaldas cinco décadas de vida. Él está casado y tiene varios hijos repartidos en La Manga, El Algar y otros lugares de la Comarca de Cartagena. Con él tuve el primer orgasmo que me ha provocado un varón, e incluso llegué a cuestionar mi orientación sexual dado el incontenible atractivo que posee este mujeriego que descubre en todas las féminas una parte encantadora. Conviene precisar que Antonio Gracia, mi «guía» —como a él le gusta definirse—, dista todo un universo respecto a las firmes convicciones de mi vecina Dorothea, mi verdadera mentora espiritual.
   Por fin conocí en persona a Berta Ferreyra, mi vieja amistad argentina que tras una década de relación por la red se avino a visitarme junto con Águeda, nuestra amiga de Cataluña que se había presentado años atrás en el sepelio de mi padre. Ambas quedaron fascinadas por los duetos de piano que interpretaba con mi pequeño, el cual ya era todo un especialista frente a las teclas. No en vano, Andrés prefiere los teclados electrónicos, puede que no tarde mucho en regalarle uno. Hay que rendirse a la evidencia, mi hijo tiene en sus genes la capacidad para manejarse con este tipo de instrumentos musicales, no obstante, soy menos inflexible que mi padre, tanto con el piano como con la ópera, y no lo atosigo con mis anhelos de que se convierta en una persona erudita y habilidosa ya de niño. Es por ello que mi criatura todavía anteponga Dora la exploradora a Verdi. Y he de decir que incluso yo ahora disfruto con mi pequeño de una niñez que nunca tuve.
   Y ya, por último, ocurrió lo impensable. Sucedió la tarde de un sábado de enero de este mismo año. La encontré al otro lado de la puerta de mi domicilio, con una extraña expresión que pretendía encubrir el reconcomio con la serenidad, como si se tratara de un fantasma del pasado que aspirase saldar un asunto pendiente.
   —Hola, Isabel —saludé.
   —Buenas tardes, Violeta. Me ha costado encontrar la casa, he estado casi una hora dando vueltas, te hubiera llamado, pero como cambiaste de número de telé­fono…
   —Sí, el número viejo lo perdí porque el móvil estaba a nombre de mi padre y me costaba menos hacerme una línea nueva que cambiar de titular. Claro, que a ti no te llamé para notificártelo —expliqué sin mostrar ningún tono que revelase resquemor.
   Isabel asintió comprendiendo mis palabras.
   —Aquí es todo un reto encontrarme —añadí refiriéndome a mi nuevo hogar—, ¿quién te ha dado la dirección?
   —Mi madre tenía el teléfono de tu padrino, y él me indicó en qué zona vivías, no me dio tu número porque me dijo que no sabía mirarlo en el móvil, que le llamara en otro momento… No le volví a llamar creyendo que te encontraría con facilidad, que sería como en Calasparra, que la música se oiría a bastantes metros de la casa.
   —No soy tan fanática como mi padre; además, aquí tenemos vecinos cercanos a los que podríamos molestar; por otro lado, en esta época del año si no tienes los cristales cerrados la humedad te cala los huesos. Pero no te quedes ahí, pasa.
   Isabel accedió mientras se desprendía del abrigo. Se negó a tomar un café que le ofrecí, yo me hice una tila. Conoció a mi hijo que jugaba con la videoconsola en su cuarto; mi pequeño, ignorando la importancia que yo otorgaba a la visita, tan solo atinó a decir hola casi sin despegar la vista de la pantalla. Ella me puso al día de todas las novedades ocurridas en el último lustro: Antonio había tenido un grave accidente de tráfico que le ha dejado severas secuelas, que su madre y Pedro había contraído matrimonio un viernes y que dos excursionistas desorientados fueron ayudados por un extraño caminante al que describían con la imagen de mi padre, convirtiendo ahora la existencia de este en toda una leyenda por aquel lugar. Mi hijo se acostó bien entrada la noche, en aquel momento yo llevaba varias infusiones e Isabel unas cuantas cervezas. Me siguió contando cosas, hasta que llegamos al grano de lo que debía haberme explicado en las cinco horas anteriores, o tal vez, en algún momento entre los cinco años transcurridos desde nuestro encuentro sexual. Me confesó haber tenido algún escarceo con mujeres, entre las que se hallaba Lucía, el marimacho que la acompañaba las últimas veces que la vi. Yo le informé de mi relación con mi monitor de yoga, «nada serio» —recalqué en varias ocasiones—. Los ojos de incredulidad de Isabel no lograron herirme.
   El caso es que, tras la cena, una cosa llevó a la otra, y ambas entramos a mi dormitorio con una botella de destilado, un par de vasos y una renacida lascivia que nunca creí que volvería a sentir en mis entrañas, consumando aquello que dejamos a medias en la ciudad de los rascacielos. A diferencia de la noche del viaje no bebimos en exceso, lo cual no reprimió que nos realizásemos caricias desinhibidas hasta que el sueño nos derrotó. Desperté horas después, todavía de noche. La acidez estomacal junto a la sequedad bucal me fastidiaba, recordán­dome por qué el alcohol que tengo en casa es para las visitas de Paco. Me encontraba de mal humor, algo que no sé hasta qué punto debía atribuírselo al whisky o a haberme dejado seducir por aquella sirena humana que dormitaba desnuda bajo la calidez de las sábanas. Verifiqué que mi hijo resollaba con mueca risueña sobre la cabecera de su cama, ajeno a lo que había sucedido en el dormitorio contiguo y con los anuncios publicitarios de la madrugada penetrando en su subconsciente. Maniático como su abuelo, se despertaba si le apagaba el televisor. Ahora entiendo por qué un día se levantó pidiéndome que le comprara una plataforma vibratoria de esas que tanto anunciaban.
   Yo me había desvelado, pero era demasiado temprano para bajar a la playa y practicar la meditación. Decidí salir al balcón arropada con una gruesa manta con la intención de reflexionar, la estampa que se presentaba en el horizonte invitaba a ello. Avisté las primeras luces del alba que dividían el mar y el cielo en miles de tonos azul marino. Recordé una historia que una vez me narró mi padre y que después supe que aludía a Susana, la perturbada de pelo blanco que me visitó en Calasparra pocas semanas antes de que yo diera a luz. En aquel testimonio, contaba que sintió rabia de sí mismo cuando percibió que había sucumbido a los encantos de aquella mujer, que de joven, por lo que describía, tendría un aspecto similar al de Isabel, una persona acostumbrada a utilizar a quienquiera que se le pusiera como objetivo con el simple chasquido de sus dedos. Él se fue entonces en búsqueda de mi madre, afrentando con aquel gesto a una mujer que hasta ese instante se creía dueña de la situación. No es que yo pretendiera que Isabel enloqueciese, amén de que ella nunca se ha comportado como una petulante ególatra, tal como se decía de Susana, ni yo poseo la lozanía de mi antecesor en sus años mozos. Pero no estaba dispuesta a seguir el camino que ella quisiera marcarme y estar a expensas de sus antojos. «No seas marioneta de quien no te quiera de verdad», escuché una vez a mi padre, al igual que: «Una de las cosas más importantes que tenemos es la libertad de hacer aquello que deseamos y la voluntad para no depender de los caprichos de nadie». Frases que recorrían mis sinapsis neuronales con la misma persistencia con que la bruma anunciaba el alba. La mañana amaneció con una nube de sentimientos encontrados, el indisimulable enamoramiento que profesaba hacia Isabel y la inevitable sensación de haber sido un títere ante sus pretensiones. El correteo de mi hijo al levantarse la despertó. Se acercó a darle un beso al pequeño. Andaba con el cabello enmarañado y ese donaire que solo ella atesora.
   —Buenos días, Andrés —saludó frotándose los ojos y desperezándose—, ¡qué guapo eres!
   Él la miró un segundo sin pestañear para luego continuar su embate con el vaso de leche con cereales. ¡Hasta en lo glotón se parece a su abuelo! No sabía cómo abordar la situación con ella. Me fijé en el contraste de su piel con la de mi hijo y ahí se me encendió una chispa. Sería el argumento más estéril y mentecato de todos los que podría haber usado para zanjar la relación, pero utilicé ese.
   —Isabel —articulé sin levantarme del sillón ni despegar la vista del suelo para que mi mirada no delatara la contradicción de mis palabras.
   —Dime.
   —¿Te acuerdas de lo que dijiste en el Metropolitan, que te resultaba extraño ver a un negro asistir a una ópera?
   Me lanzó una expresión estupefacta.
   —Mi hijo es negro —proseguí—. No quiero que crezca rodeado de gente prejuiciosa como tú.
   —A ver, Violeta, yo ni me acuerdo ya de eso; pero ¿qué me estás contando?    —preguntó temerosa de haber dormido junto a una perturbada.
   —Lo que quiero decirte, Isabel, es que lo mejor será que te marches, ¿no decías que éramos casi hermanas?
   No concedió siquiera un minuto para arreglarse el pelo, le dio otro beso a mi hijo que devoraba ahora una magdalena. Agarró su abrigo y se despidió de nuestras vidas dando un portazo. Por suerte, sé que aquel brote, mezcolanza de rencor e insensatez, no volverá a repetirse, ¿cómo?, aumentando el tiempo diario de meditación y dejando de consumir cualquier bebida que contenga alcohol. Días después rescaté su número de móvil y la telefoneé hasta que conseguí mitigar su enfado. Nos llamamos todas las semanas a partir de entonces y puede decirse que en la actualidad somos algo más que amigas.

   Sin embargo, ninguno de los sucesos contados hasta ahora, de los transcurridos en estos últimos años, ha sido el verdadero causante de que haya reanudado la historia de mi vida. De hecho, el relato cobra sentido por un acontecimiento ocurrido hace unos días. Pero será mejor que comience por el principio: Podía haber sido una jornada cualquiera de nuestra vida solitaria, mi hijo ondeaba una cometa cerca de casa, correteaba por nuestra diminuta playa sosteniendo los mandos con bastante pericia para un niño que todavía no ha cumplido los cinco. Es nuestra actividad preferida de los sábados. Yo le contemplaba sosteniendo unas sandalias en la mano y caminando descalza de un lado al otro de la orilla emulando a mi madre cuando la avisté en el sueño que tuve cuando mi padre murió. Al llegar a casa me encontré con el preludio de lo que iba a ser el día más impensado de toda mi existencia. La luz roja de mi BlackBerry parpadeaba incesante sobre la mesa de la cocina, me avisaba de que tenía varias llamadas perdidas, siete en concreto, y todas del mismo contacto: Paco Martínez Nova. De inmediato marqué su número.
   —Padrino, ¿ocurre algo?
   —¡Por fin hablo contigo, Violeta!, comenzaba a preocuparme —saludó con voz agitada.
   —¿Qué sucede, le ha pasado algo a Consuelo?
   —No, hija. No es nada malo, pero no te lo puedo contar por teléfono. Estoy esperando la llegada de alguien, en cuanto venga salgo para allá. No quedes con nadie esta tarde en tu casa.
   —¿Me podrías decir de qué se trata? —expresé—. No entiendo el porqué de tanto secretismo.
   —Si te lo digo ahora vas a pensar que es una locura. En una hora recibirás nuestra visita, créeme, es muy importante.
   Cuando corté la comunicación sospeché que lo que me pretendía contar mi padrino es que iba a ser padre, luego reparé en que Consuelo estaría cerca de los cincuenta años, difícil gesta esa. La intriga que había sembrado Paco, y su inminente visita, me causaban inquietud. Cogí la botella de whisky para echar un trago hasta que me acordé de la promesa de mantenerme siempre sobria. La dejé sobre la encimera porque seguro que mi padrino le daría uso cuando llegara. Decidí aplacar el nerviosismo tocando el piano. Mi hijo estaba merendando un bocadillo en el balcón, embobado, como contando las olas, yo no podía probar bocado.
   Así estuve todas las horas de aquella soleada tarde, frente al teclado, en el centro del salón. Al igual que de niña, la exacerbación del momento imposibilitaba que posara la vista en mis dedos. Mi mirada vagaba por todas los cuadros colgados de las paredes que estaban dentro de mi campo de visión. Contemplé con detenimiento el óleo con la imagen de Susana, el que fue restaurado por Marisa; para luego detenerme en el retrato familiar donde aparecíamos toda la familia y que tantos años estuvo escondido en la habitación prohibida. Justo en el momento en el que mi mente deambulaba por aquellas lejanas remembranzas de mi niñez sonó el timbre. Creo que no pude esconder mi asombro cuando abrí la puerta. Delante de mí se encontraba Paco junto a dos desconocidos. A su lado un señor con sombrero, bigote y un puro que apagó ipso facto; era el vivo retrato del Puccini que aparece en las enciclopedias. Detrás de los dos hombres se encontraba una mujer de exquisita belleza, rubia y de refinado vestuario. Su expresión no debía distar mucho de la mía, no apartó de mí sus ojos pasmados.
   —Hola, Violeta —dijo Paco—, entiendo que estés sorprendida por la compañía con la que vengo.
   Asentí con el semblante rígido, intentado no exteriorizar más mi confusión.
   —Te presento —añadió mi padrino con el vano propósito de suavizar el ambiente—, este señor es don Lorenzo Ramírez, detective; antiguo inspector de la Policía Nacional de Cartagena; por cierto, me he enterado después que fue compañero de tu padre en el colegio.
   —Encantada —manifesté estrechándole la mano—, ¿entonces fue amigo suyo?
   —No, su padre iba a clase de un hermano menor —concretó con voz de fumador empedernido—. Pero se puede decir que el destino ha conseguido que salde una deuda con él.
   —¿Qué quiere decir? —pregunté rayando el desconcierto absoluto.
   —En unos minutos lo sabrá.
   —Esta chica —intervino Paco—, se llama Marta Urquijo de Zamora, vive en Madrid, es la primera vez que viene a la Región de Murcia. El motivo de su estancia aquí es lo que ahora debemos explicarte. Pero antes me gustaría tomarme un whisky con cola, ¿quieres uno, Ramírez?
   —De acuerdo, me hará falta.
   —¿Te apetece algo, Marta? —ofrecí a la elegante joven que me observaba de un modo que empezaba a importunarme.
   —¿Tienes algún refresco light?
   —No.
   —¿Y cerveza sin alcohol?
   —Tampoco —mascullé evidenciando las limitaciones que poseo para atender una visita.
   —Entonces, agua.
   No podía esperar otra réplica de esa mujer de expresión avinagrada y fino acento. Percibía en su rostro el gesto impertinente de quien observa a un bicho raro. Yo le copiaba la mueca para que adoptase otra actitud, pero en cuanto apartaba mis ojos de los suyos volvía a repetir su persistente mirada. Decidí romper la tensión encendiendo el equipo de música y reproducir el sonido de cualquier disco que estuviera dentro, comenzó a escucharse la ópera Norma. Paco y el detective regresaban con sus vasos, en ellos no se apreciaba desasosiego, sino más bien un semblante de mutua complacencia. Fuimos a sentarnos en los sofás que se hallaban junto a la enorme cristalera que asoma al Mediterráneo. Mi padrino sacó del bolsillo un documento escrito a bolígrafo antes de acomodarse a mi lado.
   —Violeta, esta carta que tengo aquí la escribió mi prima Susana la noche antes de suicidarse. No te la voy a leer porque no quiero alargarme, pero en ella dice algo que un día intenté contaros a ti y a tu padre. Aunque te la voy a resumir. En la nota cuenta que, tras muchos días esperando el momento idóneo, la mañana del 12 de septiembre de 1981, y acompañada de dos amigos, con la finalidad de dar un susto a tu familia y obtener algo de dinero, secuestraron a tu hermana que tendría unos dos años.
   —Dos años y medio, largos —concreté.
   —Según confiesa —continuó—, un coche que era conducido por mi prima se detuvo delante del que manejaba tu madre, obligándola a frenar. Detrás había otro automóvil donde estaban sus dos amigos. Uno de ellos raptó a Susana introduciéndola en su vehículo y huyeron. Por las noticias supieron que el Seat que conducía tu madre, nerviosa por lo sucedido y en el intento de perseguirlos, colisionó con un camión de combustible.
   Marta se levantó del sofá, intuí que le desinteresaba la historia que estaba relatando Paco basada en la carta de una enferma mental. Comenzó a rondar junto a nosotros examinando todos los pormenores de la decoración del salón.
   —Padrino, ¿qué me estás diciendo? —pregunté enojada.
   —Ahora es cuando debería hablar yo —terció Ramírez.
   —¡No! —imploré— ¿Qué queréis de mí?, ¿acaso necesitáis dinero?, ¿qué pretendéis, venderme una historia rocambolesca de la cual ya no quiero saber nada?
   —Yo no necesito ningún dinero tuyo —intervino Marta que escudriñaba el lienzo de mi hermana Susana como si se tratase de una marchante de arte—. Quiero la verdad.
   —Ahijada, ese comentario me ofende, escucha a Ramírez.
   —Escuche, Violeta —rogó el detective con una modulación que invitaba a la calma—, ¿usted sabía que en los cuerpos de su hermana y de su madre solo había cenizas y unos pocos huesos que no pudieron identificarse?
   —Sí, algo así.
   —Pues deje una puerta abierta a lo que le voy a contar. En cuanto Paco me dio la carta pude investigar a partir de los pocos datos que disponía. La prima estaba muerta y no sabíamos los nombres de sus supuestos colaboradores. Aun así, estuve durante meses visitando a antiguos delincuentes de los ochenta. Es la ventaja que tiene haber dedicado toda la vida a la policía.
   »Encontré a viejos maleantes, que podrían conocer a quienes presuntamente colaboraron en aquel secuestro, eso sí, con la capacidad neuronal justa para aportar datos precisos. Me contaron que aquellos individuos, por miedo a lo ocurrido con su madre, decidieron desprenderse de la criatura raptada vendiéndola en el mercado negro a un viejo matrimonio de Madrid, que creería que la niña vendría de alguna drogadicta o una mujer de la calle. Conociendo a aquellos delincuentes la suerte fue que no la mataran. Es por ello, que a falta de un análisis de ADN que corrobore mi investigación…
   —¡Cielo santo! —chilló Marta rasgando el aire mientras señalaba con el índice el retrato familiar que estaba colgado cerca del piano— ¡Esa niña de ahí soy yo!
   El inspector, pasmado por los alaridos, interrumpió su discurso. Paco observaba inmóvil mi reacción, dirigí la mirada a la chica acercándome a ella con cautela. Después contemplé el cuadro y cotejé la fisonomía de esa mujer con el bello rostro de mi hermana. Habían transcurrido treinta años desde que se realizó la fotografía, pero, quienquiera que fuera, compartía con la imagen bastantes rasgos faciales. Aprecié después que su mentón se meneaba de modo similar al de mi padre cuando se conmovía.
   —Dispongo de un sinfín de fotos de cuando tenía más o menos esa edad —me dijo hipando—, mis padres las recopilaron en varios álbumes que resumían toda mi niñez. Ellos jamás me dijeron que era adoptada. Nunca entendí por qué no tenía imágenes de cuando era bebé como el resto de mis amigos. Ahora ya lo sé. Puedo jurarte por mis dos hijos que esta criatura que está junto a ti soy yo.
   La mancha de vino que siempre ha singularizado mi cara no dejaba atisbo a la duda sobre quién era el bebé que sostenía mi hermana. Resucitada de repente, aquella desconocida se encontraba frente a mí después de toda una existencia viviendo separadas. Esa mujer, que siempre creyó que era hija única de un matrimonio mayor, se hallaba arrodillada perjurando ser la niña de la imagen, la cual dejó de llamarse Susana el día que la secuestraron. Temblando, me agaché para abrazarla y preguntarle entre sollozos: «¡¿Hermana!?». Ella asintió con una mueca de incertidumbre que bien podría asemejarse a la mía. Nuestras mejillas estuvieron tanto tiempo pegadas que las lágrimas que se precipitaron al suelo de cada una de las barbillas eran una mezcla de las de ambas. Así permanecimos, sin movernos durante varios minutos, instante que fue coronado por el aria Casta Diva de Bellini, lo único que se escuchaba en toda la casa.
   Debía digerir incontinenti demasiada información, esa persona con la que me estrujaba había franqueado la puerta de mi domicilio como una figura anónima para acabar siendo mi hermana Susana, a la que habían dado por muerta en un accidente de tráfico. Aquel suceso que cambiaría para siempre la vida de nuestra familia, y que en su caso concreto transformó de lleno su existencia, modificando incluso su nombre y fecha de nacimiento. Paco se tapaba las cuencas oculares con las palmas de las manos, pero la convulsión de todo su cuerpo delataba su conmoción. Le dije que era un motivo de alegría más que de tristeza, él me respondió: «no lloro por ti, sino por tu padre. Este encuentro debió ocurrir antes…». Lorenzo Ramírez, un hombre acostumbrado a tratar con criminales, se sonaba con un pa­ñuelo.
   —Tienen que hacerse una prueba de ADN, el lunes—dijo el detective cuando recobró la compostura—, así disiparemos cualquier duda.
   —De acuerdo —articulamos unísonas en una inopinada compenetración fraternal.
   Mi hijo salió de su habitación renegando por la videoconsola que se había bloqueado; al verme llorar se sorprendió, más aún cuando vio a Paco: «¡Padrino!». Andrés, al igual que yo, le llamaba de ese modo. Se abrazó a él esperando que, como siempre, le hubiera traído un regalo. Aquel día, el obsequio fue para mí, el más extraordinario que jamás me hayan hecho.
   —Mira, hijo, esta mujer que está aquí conmigo es mi hermana. Es la tita…       —titubeé en el nombre—, la tita Marta.
   —¿Cómo se llama tu hijo, Violeta? —preguntó ella.
   —Se llama Andrés. Como nuestro padre.
   —Mis hijos se llaman Susana y Ángel; el pequeño, que tiene más o menos la misma edad que tu hijo, heredó el nombre de su abuelo, quien yo pensaba que era mi padre biológico. La mayor tiene nueve años, su nombre fue un capricho mío, siempre me gustó. A lo mejor lo he tenido presente en el subconsciente.
   Paco regresó del dormitorio de mi hijo después de resolverle el conflicto con la consola de videojuegos. Lorenzo Ramírez agarró su sombrero y hurgó en el interior de los bolsillos de su pantalón hasta que extrajo un cilindro en cuyo interior se preservaba un puro.
   —Bueno, ya es hora de irnos —anunció el detective—. Marta, despídase de Violeta y recuerde que deben hacerse las pruebas.
   —¿Dónde vas a estar hasta el lunes? —pregunté a mi hermana.
   —Iré a Cartagena, me hospedaré en un hotel, he dejado a mis hijos con mi ex marido, en Madrid.
   —Podrías quedarte aquí.
   Ella afirmó sonriente.
   —Padrino, no sé cómo agradecerte todo esto.
   —Violeta, yo lo único que he hecho ha sido poner dinero, el mérito es de este señor, el detective Ramírez.
   —Paco —informó el investigador—, de lo que tienes pendiente conmigo: olví­date.
   —¿A qué se debe eso, Ramírez?
   —Tenía una deuda personal con don Andrés Rosique, ya estoy en paz con él.
   Sin saber qué significaron aquellas palabras me despedí de ambos. Mi hermana les acompañó para retirar su equipaje del maletero e introducirlo en mi casa.
   —¿Quieres que vayamos a cenar a algún sitio de La Manga? —pregunté cuando terminó de instalarse en uno de los dormitorios.
   —Por supuesto. Tenemos que contarnos muchas cosas, y este lugar es maravilloso, llévame a un restaurante donde pueda degustar un buen vino.
   Aunque sigo sin conocer todavía dónde están los mejores establecimientos gastronómicos del Mar Menor acerté con una de mis improvisaciones. Mi hijo, con su inherente naturalidad, comenzó a llamarle tita esa misma noche, yo aún sigo sin creerme lo que sucedió aquel día de mediados de junio. El silencio reinó buena parte de aquellos primeros instantes juntas, en contraste con las cuantiosas preguntas que nos asaltaban, pero parecía que no teníamos prisa, poseíamos el resto de nuestras vidas para conocer el pasado de la otra. ¿Acaso importaba ese mutismo después de treinta años separadas?




lunes, 15 de junio de 2020

Volumen 36 de «Mi hija y la ópera»



7
  
   Mi pequeño nació con algo más de tres kilogramos de peso el 3 de septiembre de 2005. Por aquel entonces ya tenía apalabrada la vivienda en la que ahora resido. Mis tíos me facilitaron los datos de un conocido suyo que pretendía vender su casa en Cala Flores, un sinuoso complejo residencial junto al pueblo pesquero de Cabo de Palos, a unos treinta kilómetros de Cartagena. Posee unas espectaculares vistas al Mediterráneo. Mi niño se asemeja a su padre, conserva hoy los rasgos bellos con los que llegó al mundo y su piel tostada de mulato desentona con mi clara tez. Juntos formamos un fabuloso contraste de tonos cromáticos. A veces, sobre todo cuando llegaba ese inenarrable lazo entre madre e hijo que es el amamantamiento, yo reflexionaba sobre las numerosas preguntas que se haría cuando creciese, respecto a su color de piel, o de su padre, o cualquier otra cuestión que pusiera en peligro el inquebrantable secreto que iba a imponerme en relación a su origen.
   Poco antes de que diera a luz me sucedió algo que propició que aligerase la mudanza a la costa. Ocurrió tras un atardecer tormentoso, nada que ver con los apacibles anocheceres que me regaló el último mes de agosto que habité en Calasparra. Los árboles se retorcían furiosos por el vendaval, la luna llena se traslucía tras el paso veloz de los nubarrones oscuros. Aquello con­fería al jardín una estampa tétrica, la verja daba portazos al son del viento. Desde que había muerto mi padre, siempre cerraba todas las puertas con llave, pero el voluminoso estado con el que me encontraba dificultaba algunas tareas, por eso no eché el candado aquel día. Avisté allí una incandescencia que levitaba en el aire, abrí la ventana para poder observar con nitidez aquella curiosidad lumínica, la verja cesó de dar golpes, alguien amortiguaba con su cuerpo los cadenciosos impactos. Agucé bien la vista y el sentido común para constatar que la rareza luminosa era un cigarrillo encendido que se acercaba en la negrura.
   —¿Quién es? —inquirí acobardada, resguardada tras la ventana con una escasa abertura que la hacía silbar.
   —¿Es esta la casa de Andrés, Andrés Rosique? —preguntó una extraña voz a la que no supe identificar ni edad ni género.
   —Sí —mascullé aterrada por la extravagante silueta que se aproximaba a mi ubicación.
   Cerré la ventana de un golpe. Contemplé, a menos de dos metros, a una mujer mayor que vestía una haraposa túnica blanca que flameaba al compás de su hirsuto cabello plateado. Apagó el pitillo que exhalaba con vehemencia y se dirigió hacia el cristal empañado.
   —Abre, Violeta, ábreme la puerta —exhortó.
   —No. Váyase o llamo a la policía ahora mismo —supliqué un tanto confusa por estar hablando con una desconocida que sabía mi nombre.
   El pánico de la situación, sumado al enorme tamaño de mi vientre, que impedía oponer resistencia o huir, descartó por completo la idea de que le permitiera el acceso a aquel ser de aspecto endemoniado.
   —Señora, si ha venido a ver a mi padre le informo que falleció hace unos meses.
   —Lo sé, quiero hablar contigo. Es importante.
   —Yo a usted no la conozco, y no reúno las condiciones para recibir visita alguna. Se lo repito, señora, márchese o marco el número de la policía.
   —Solo he venido a pedir perdón y a contarte una historia terriblemente cruel.
   —¿Y su nombre cuál es? —pregunté intuyendo de quién podría tratarse.
   —Me llamo Susana Hernández, soy prima de Paco, el amigo de tu padre. He vivido buena parte de mi existencia en centros psiquiátricos. El reloj de mi vida se detuvo una noche de julio de 1976; desde entonces todo fue rencor, tanto, que me arrastró a la locura.
   —¿Para qué ha venido?
   —He venido para confesarte la verdad, creo que es la única manera de liberar un poco el remordimiento que me ha dejado insomne durante décadas.
   —¿La verdad de qué? Ya ha pasado mucho tiempo desde entonces, ahora no puedo hablar con usted. Si le sirve para algo, mi padre ya le ha perdonado, hiciera lo que hiciera, estoy segura.
   —De acuerdo, ya me voy. No será porque no lo he intentado.
   La mujer emprendió la marcha con parsimonia. Encendió un cigarro con bastante dificultad, la incandescencia junto a su ondeante vestidura se difuminaron como la niebla en la obscuridad. Contemplé durante minutos el camino de piedrecillas que accede a nuestra parcela, esperando que brillasen las luces de un automóvil, hecho que no llegó a ocurrir. Aquella dama fantasmagórica, de la cual ya me había advertido mi padrino que padecía una obsesión enfermiza por mi progenitor, pa­recía haber venido de las tinieblas. Conviene decir que al narrar esta escena no me he dejado llevar por lo que en la literatura se llama «falacia patética» (aquella mujer sombría me visitó, por casualidad o no, en una noche de niebla y viento, mi memoria no ha exagerado un ápice de aquella atmósfera terrorífica). Lo recuerdo todo con perfección, aunque aquello sucediera hace ya un lustro. Por eso permanecí atrincherada, con todas las puertas cerradas con llave, aislada del mundo, en un estado casi de enajenación, hasta que el curso de la naturaleza me obligó a abandonar mi viejo hogar para alumbrar a Andrés.
   
   El empleado de una agencia inmobiliaria me acompañaba la última vez que pisé la casa. Yo había llegado desde mi nueva residencia con mi niño que contaba con unos pocos meses de vida. Hacía mucho frío y se había levantado un viento que no iba echar de menos en la costa. Accedimos al salón, observé los polvorientos muebles, la mayoría llegaron a aquella vivienda mucho antes que yo. Allí perdurarían olvidados, recluidos entre lúgubres paredes quién sabe si por otros tantos años. Subí las escaleras con mi hijo en brazos, descorrí las cortinas y elevé las persianas de todas las ventanas de la planta superior. Deseaba que mis ojos se llevaran para siempre la imagen de los dormitorios en todo su esplendor. «Hasta siempre, vida», musité.
   El eco de mis pasos resonaba por todas las habitaciones mientras el comercial me realizaba preguntas sobre la vivienda. Salí al jardín, hacia el punto donde se encontraban los restos de Yako, entre la higuera y el último árbol que plantó mi padre, ahí me santigüé. La cruz ya había sido quitada, a la empresa no le interesaba que los futuros compradores dedujesen que allí se había enterrado un cuerpo, aunque ahora se tratara de los restos óseos de un animal. Prometí a mi bebé, dirigiéndome a sus ininteligibles oídos que, en cuanto me lo pidiera, tendríamos una mascota. Entretanto el agente cerraba todas las ventanas me dirigí a unos cincuenta metros de la parcela, al montículo donde acudía con mi padre y mi perro a descubrir cómo los matices de las casas del pueblo se transformaban de color según atardecía. Me senté con mi pequeño Andrés, en mi regazo, para comprobar que ya divisaba el paisaje con un entusiasmo similar al de su abuelo.
   —Esta imagen permanecerá para siempre en mi retina —murmuré a mi hijo.
   —¿Señorita Rosique, me firma la nota? —gritó el agente mientras cerraba la puerta principal.
   —Sí, ahora mismo voy.
   Con mi niño bien sujeto en su sillita para bebés conduje por el pueblo. No percibí nada especial, era otro día más de otoño en la localidad. Ninguno de mis conocidos sabía que aquella mañana sería mi último paso por el lugar hasta la fecha. Yo tampoco. En silencio me despedí de las calles, de las plazas, de sus afanadas gentes en sus quehaceres diarios, y del bello paisaje de los arrozales cuando ya el coche me llevaba en dirección a la autovía. ¿Recordaría alguien mi estancia en aquellas tierras? Unas pocas personas podrían acordarse: Marisa y Pedro que vivirían sin mi presencia un romance sin fingimientos. Antonio, el hijo de Maruja, que tal vez suspiraría por mí tras su mostrador de carne por lo que pudo haber sido y no fue. Y Juan, el cual, quien sabe si escarmentado por la mala vida, se hubiera reformado en alguien honrado. Nadie más del pueblo me echaría de menos. Puede que en un momento dado, alguien preguntase qué pasó con la hija del Leñador, a lo que otro vecino contestaría: «He oído que se marchó a otro lugar cuando su padre murió». El paisaje azulado y pintoresco del Mar Menor me recibió con aquellas reflexiones y la certidumbre de que mi grupo de allegados se había reducido a mis padrinos y a mis tíos que, por cierto, acababan de ser padres por segunda vez. Le pusieron Patricia como nombre.
   Los años han transcurrido inexorables desde entonces, la profundidad del mar que puedo avistar desde el balcón de casa me ha evocado miles de remembranzas con la misma sintonía con que las olas rompen con las rocas. De los más remotos recuerdos, en la suntuosa casa de Cartagena, pasando por mi primer día de colegio en Calasparra, de aquel beso con Antonio, y la inevitable melancolía que me originaba la reminiscencia de Isabel, con el momento más dulce de todos los imaginables, cuando en la intimidad de la habitación neoyorquina me obsequió con la mirada de mayor frenesí que unos ojos pueden proyectar. Me acordaba a menudo de Andrew, el progenitor de mi hijo, que seguiría tocando el piano en su local de Manhattan ignorando que un ser que llevaba sus genes crecía en un lugar que no sabría ubicar en un mapamundi.
   Pero mis memorias más nostálgicas tenían a mi padre como protagonista, su singular personalidad, de sus largas historias que ingeniaba para infundirme sentimientos como miedo, tristeza, alegría, etcétera; y de cómo procuraba convencerme de que toda acción tiene su eco en la eternidad. Él disfrutaría contemplando el paisaje que yo diviso cada día y admirar la infinitud del mar mezclándose con el cielo. Nunca me olvidaré de aquel precioso sueño, junto a la playa, donde aparecía mi madre para darle la bienvenida, justo en el instante en que él me dejó. Aquello debía significar algo y lo he descifrado ahora.