viernes, 5 de junio de 2020

Volumen 29 de «Mi hija y la ópera»



28

   Avistamos la mirada glacial e indiferente de Marisa al otro lado del pasillo, junto a otras personas que aguardaban la llegada del vuelo de Madrid, en el Aeropuerto de Alicante. Era la una de la tarde del pasado martes 14 de diciembre. Nos recibió con una mueca que pretendía fingir una sonrisa. Sus ojeras evidenciaban un rostro fatigado que yo atribuí a la resaca de un fin de semana agitado. Más raros fueron los dos besos atropellados con los que saludó a su primogénita en relación al profundo abrazo que me ofreció sin pronunciar palabra. Marisa dejó conducir a su hija de regreso a casa, había venido a por nosotras en el automóvil de Isabel, un utilitario en cuyo maletero solo cabía la mitad de nuestro equipaje. A pesar de la insistencia de «nuestra madre» me senté en el asiento de detrás, con mi maleta a la izquierda.
   —¿Qué tal los rascacielos, se ven tan altos como en las películas? —preguntaba con indisimulada apatía.
   Asentíamos sin entusiasmo, Marisa no lo detectó, el tono de su voz y sus ojos perdidos manifestaban a las claras que nuestras respuestas poco le interesaban. No en vano, Isabel quería llegar a casa y olvidarse de lo ocurrido en Nueva York, no hacía falta que expresase aquello que se entreveía en sus ademanes. Yo creo que mi fascinación por ella me había otorgado poderes telepáticos y podía radiografiar su pensamiento. Para evitar que lo descubriese procuraba no coincidir mi mirada con la suya en el retrovisor, centré la vista en el secano paisaje de nuestra tierra que en cierto modo añoraba.
   —Seguro que el viaje os ha servido para intimar entre vosotras, ¿verdad?
   Una mirada de reojo de Isabel coincidiendo con la mía nos hizo reparar lo poco oportuna que había sido Marisa con aquella ingenua reflexión.
   —Sí, mamá —dijo sardónica— nos conocemos muy bien, somos uña y carne.
   —¿Cómo está mi padre? —pregunté para que el tono irónico que empleaba Isabel no agravase más la situación.
   —Andrés ha tenido momentos mejores —contestó Marisa con una voz que se quebrantaba a cada palabra.
   Ella no volvió a separar los labios, aprecié por el reflejo de su cristal que realizaba un considerable esfuerzo para evitar las lágrimas. El resto del trayecto a Calasparra fue un ejercicio de hermetismo por parte de las tres, ninguna liberó vocablo alguno. Isabel condujo superando los límites de velocidad de la autovía y yo probé echar una cabezada que fue impedida por el desvelo que me causó la visión del rostro de Marisa. A pocos metros de casa, la música del cuarto acto de Carmen disipó mi inquietud, parecía que las cosas marchaban como siempre. Isabel ni siquiera se molestó en acceder con su automóvil a la parcela, para evitar maniobras nos dejó junto a la verja a su madre y a mí que cargaba con una pesada maleta. Con un lacónico «adiós» se despidió, arrastrando con las ruedas buena parte de la gravilla con una innecesaria aceleración de su vehículo. Mi padre se encontraba en el jardín, manchado de tierra y con una azada en la mano. Terminaba de plantar un árbol junto al montículo donde reposaban los restos de mi perro, la higuera se hallaba en el otro lado. El cartel que rezaba «Yako, mi fiel amigo» quedaría justo en el centro de ambos árboles.
   —¡Andrés, con lo enfermo que estás, y aquí fuera! —saludó Marisa.
   —¡Hija!, ¿sabes que nevó un poco ayer?
   —Papá, te he echado mucho de menos —dije abrazándome con solidez a pesar de su manifiesta fragilidad y del barro adherido a su ropa.
   Marisa introdujo buena parte de mi equipaje en casa vociferando el nombre de Pedro que estaba en el interior. Un olor extraño percibí al entrar en la vivienda.
   —¿A qué se huele?
   —A pintura. Pedro está pintando el dormitorio de tu padre.
   —¿Y eso? —pregunté desconcertada mientras subía las escaleras.
   —Porque las paredes están húmedas —intervino este desde la habitación—. Se estaban descascarillando. Las estoy pintando de blanco.
   —Podríais haber cambiado el color por otro ya que os habéis puesto manos a la obra —dije un tanto molesta por no haber sido consultada para dicha rehabilitación.
   —¡Déjate de estilismos y dame dos besos, hija! —exclamó Pedro posando el rodillo sobre un cubo y limpiándose las manos.
   Rectifiqué a partir de aquel instante la idea preconcebida del amigo de mi padre, acostumbrado a verlo con un pañuelo sobre el cuello, bien vestido y repeinado, estaba ahora repleto de gotas de pintura y ataviado de viejas prendas porque se había ofrecido, con espíritu entregado, a pintar una simple humedad en los tabiques de la alcoba principal. Mi padre había entrado en casa detrás de mí, pero se quedó en la planta baja, ya no subía las escaleras salvo que fuera necesario. Se limpió en el aseo de la tierra húmeda que tenía incrustada en sus dedos.
   Se podía palpar la tensión en el ambiente. Mi progenitor era incapaz de sostener la mirada más de un segundo a ninguno de los presentes; Marisa, con semblante de consternación, no abrió la boca salvo para lo imprescindible, y Pedro, con el rictus propio de quien se siente culpable de algo. Comimos los cuatro con el sonido de los cubiertos y nuestra masticación. Un par de insípidas pizzas congeladas fue nuestro alimento junto a unos tomates partidos con aceite, sal y pimienta. Un litro de cerveza —que para mi padre era antaño el acompañamiento de un simple aperitivo— quedó por la mitad. Solo Pedro aparentaba tener apetito. En mi caso, el cambio horario, el extenuante regreso a casa y las últimas noches de locura me pedían a gritos un descanso. Mi padre se tumbó en el sofá del salón y su amigo subió al dormitorio para finiquitar la faena. Las dos mujeres permanecimos en la cocina recogiendo la mesa, ella se dispuso a fregar los platos.
   —Marisa, no lo hagas —demandé—. Termino yo.
   —Déjame que yo me basto, tú descansa que tienes que estar rendida.
   —No, permíteme que los lave yo, tienes muy mala cara.
   —Es el por el cansancio y… un mal presentimiento —dijo atreviéndose a compartir sus auspicios.
   —Dime qué está sucediendo.
   Marisa negó con la cabeza y la agachó para quedarse paralizada.
   —Algo delicado ocurre —proseguí cerrando el grifo del fregadero—. Te conozco lo bastante como para saber que me escondes algo.
   —Me han llamado de La Arrixaca, quieren que vayamos mañana, es muy urgente. Está mucho más grave de lo que pensábamos.
   Pedro se marchó a media tarde y Marisa se encargó de ultimar los arreglos de la habitación principal, desplazó con suavidad los muebles, percheros, cajones y cuadros respetando el sueño de los que dormitábamos en otras estancias. El día siguiente amaneció gris, mi progenitor no se había despegado del sofá y yo prolongué la siesta hasta el amanecer intercalando a medianoche un sobrio sándwich de jamón cocido y queso. Aquella mañana nos dirigimos al hospital de la capital murciana. Preocupada por el resultado de los análisis conduje con mi padre de copiloto, algo que en otra época hubiera resultado un martirio. Marisa descansaba detrás, callada, con sus pensamientos muy alejados del coche. Un médico en cuya placa podía leerse Antonio Puche derivó al paciente a una sala escoltado por un especialista en enfermedades cardiovasculares.
   —Don Andrés, acompañe al doctor Romero, él le realizará unas pruebas que completarán el diagnóstico.
   Mi padre obedeció sin reparos con los ojos amilanados de un niño y el semblante fatigado de un anciano. Nosotras seguimos al primero de los médicos que nos condujo hacia su consulta.
   —¿Usted es doña Marisa Martínez? —preguntó el doctor Puche mientras tomábamos asiento en cada una de las sillas del otro lado de su mesa.
   Marisa asintió con mirada pavorosa.
   —¿Y usted doña Violeta Rosique?
   —Sí, señor —articulé sintiendo los latidos en mi pecho.
   —Lamento tener que comunicarles que mi paciente, don Andrés Rosique, tiene cáncer de hígado con metástasis en fase terminal. Nada o muy poco se puede hacer por él. Lo siento.
   Aquellas frases retumbaron como un portazo, el temblor que me originaron imposibilitaron que articulase una sílaba. Marisa tuvo el coraje de preguntar por los detalles que sospechó que se omitían.
   —Doctor, ¿qué le queda?
   —No puedo concretarle, necesitamos que sea ingresado con urgencia para ver cómo podemos prolongar su existencia. No sabemos de la evolución de su enfermedad y del estado físico de su esposo.
   —¿A dónde lo han llevado ahora? —curioseó con la respiración entrecortada.
   —En realidad, a unas pruebas poco relevantes para el diagnóstico, tan solo pretendemos comprobar su estado cardiovascular y, ante todo, queríamos comunicárselo a ustedes cuanto antes.
   —¿Él no lo sabe? —preguntó entre lágrimas conociendo de sobra la respuesta para después posar su mano sobre mi hombro.
   —El cómo sea informado dependerá de ustedes. En mi opinión, esta comunicación ha de ser dosificada si queremos que el estado del paciente sea el mejor posible.
   —Se lo suplico, señor Puche —intervine juntando las palmas en postura orante—, haga todo lo que pueda para salvar a mi padre.
   —Violeta, haremos lo que esté en nuestra mano para que don Andrés esté atendido con total garantía y que su calidad de vida sea la más adecuada.
   Permanecimos en silencio en la consulta esperando a que mi padre y el médico,  con el que había acudido a realizar las pruebas, vinieran a nuestro encuentro. La incomodidad que producía el mutismo generado en la sala obligó a que el doctor que aguardaba con nosotras se excusase a por un café, dejándonos a mí y a Marisa a solas.
   —Es mejor no decirle nada a tu padre —comentó Marisa cerciorándose de que la puerta estaba cerrada.
   —¿Por qué?, él preferiría conocer la realidad, por dolorosa que fuese.
   —Mira, cuando diagnosticaron a mi padre, que en paz descanse, su enfermedad, y de que estaba muriéndose, se lo ocultamos. Hasta el último día se despertó con ilusión.
   Yo meneaba la cabeza negando cual boxeador noqueado.
   —Ahora lo que toca —prosiguió—, es que siga la quimioterapia, la radioterapia, que sea intervenido u hospitalizado, o lo que haga falta. Pero mejor no decirle lo que ocurre, si él sabe que va a morir tirará la toalla y nos dejará mucho antes. Es una cuestión de psicología, ¿por qué crees que el médico nos lo ha dicho a nosotras y no a él?
   —Bueno, Marisa —acepté—, lo importante es que quiera curarse, mi padre siempre ha tenido muy buena salud.
   —Eso sí es verdad. A lo mejor es uno de esos casos que la medicina desahucia y luego se termina salvando.
   —Fíjate, con los proyectos de futuro que tenéis en común que hasta estáis pintando vuestro dormitorio.
   —Violeta —articuló con voz profunda y mirada hipnótica—, he de contarte algo, tu padre no debe saberlo. Tiene que ver con este fin de semana pasado.
   Mi corazón dio un vuelco de nuevo, supuse que me iba a contar alguna confidencia relacionada con las dos noches en Murcia con Pedro y algún escabroso acontecimiento en el hotel que ahora le remordería. Por poco que su fogosa hija se le pareciese, algo habría ocurrido entre ellos. La puerta de la sala se abrió con brusquedad anunciando el regreso del médico.
   —Tenemos un problema con don Andrés. Mi compañero, el doctor Romero, me ha llamado para decirme que ha tenido que suspender las pruebas ante la negativa del paciente. Vienen para acá.
   Nos levantamos sobresaltadas de nuestros asientos, me soné la nariz con un pañuelo de papel de los muchos que me había ofrecido ella. Ambas liberamos nuestro rostro de lágrimas procurando aparentar naturalidad. Al rato, mi padre franqueó la puerta de la consulta abrochándose el botón del puño de la camisa, perseguido por el cardiólogo.
   —¿Qué pasa, Andrés? —preguntó Marisa con un tono tan natural que me pareció que un fingimiento histriónico acababa de representarme un momento antes.
   —No quiero más pruebas, quiero irme a casa.
   —Don Andrés, escúchenos —argumentó el doctor Puche—, no debe hacer eso. Para poder hacer frente a la enfermedad necesitará medicación y, en ocasiones, hospitalización.
   —Lo siento, doctor, no voy a seguir ningún tratamiento, me marcho, no necesito nada más que estar tranquilo.
   —¡Papá! —tercié estrechándolo en mis brazos—, hazle caso a los médicos.
   —Ya le he dicho, señor Rosique —intervino el doctor Romero—, que sin tratamiento no podrá superar la enfermedad.
   —Eso, señores, será problema mío; ¡Violeta, Marisa, vámonos a Calasparra!
   Arranqué mi automóvil poniendo rumbo a casa. Los tres deseábamos abandonar aquel enjambre de pacientes, visitantes, médicos y otros trabajadores del hospital cuya multitud originaba mayor bullicio que todos los habitantes juntos de nuestra localidad. Mi padre insistió en recostarse en el asiento trasero pretendiendo descansar durante el trayecto. Marisa y yo apenas dialogamos, nuestras conversaciones fueron irrelevantes y la mayoría aludían a la meteorología, para mí, después del frío de Nueva York, la temperatura de nuestra tierra siempre la englobaré en una horquilla que abarca desde calurosa, en verano; y de templada, en invierno. Vinimos por el itinerario de Cieza, cuando rebasamos la Venta del Olivo, ya cerca de casa, mi padre se despertó.
   —Hija, ¿tú te acuerdas, hace tiempo, de aquella vez que te dije que, en ocasiones, la melodía de una ópera o de cualquier otra música que no crees haberla oído recientemente, te aparece en el subconsciente y, de repente, comienzas a tararearla sin saber muy bien por qué?
   No recordaba nada de lo que me estaba contando, pero afirmé vacilando con la cabeza, calibrando su expresión, intentado adivinar a qué se refería.
   —Me da la sensación —continuó— de que pasa algo parecido con los momentos de la vida. No me acuerdo de eventos recientes, pero sí detalles que en su día parecían poco importantes y que, de pronto, me vienen. No recuerdo casi nada de la boda con tu madre, pero rememoro el día que la besé en la playa de El Portús; tengo una vaga reminiscencia de cuando me comunicaron que naciste y, sin embargo, la primera vez que te vi en la incubadora me aparece en la cabeza sin pedir permiso. También evoco el día que te conocí, Marisa, tan elegante y tan dispuesta para reparar el cuadro de mi pequeña Susana, aunque la memoria me impida retener lo que hemos hablado esta semana. Ojalá pudiera haber escrito mi vida y recordar lo que me apeteciese contar y no solo las apariciones mentales de lo que mi cerebro, sin sentido, desentierra ahora.
   —No sigas hablando, Andrés —interrumpió Marisa—, que parece que te quieres despedir de nosotras.
   —Hija, no desaproveches tu vida —me dijo—. Escribe, que seguro que se te da bien, y no dejes de tocar el piano, que la gente sepa quién es Violeta Rosique y que no te conozcan en el pueblo como la hija del Leñador.
   Dejamos a Marisa en su comercio, nos dijo que tenía que atender unos asuntos profesionales antes de llegar a casa. Pedro nos saludó desde el interior de la tienda sosteniendo un marco con su mano, mi padre y yo sin abandonar el vehículo devolvimos el gesto y seguimos. Con la sensación de soledad que me ofrecía el asiento contiguo desocupado comencé a llorar mientras escuchaba la melodía Una furtiva lagrima y callejeaba por las calles del pueblo, liberando así el dolor punzante que me producía el nudo en la garganta con el que partí del hospital. Prometí entre sollozos a mi progenitor que comenzaría en breve a escribir un libro, una novela. Me reservé a anunciarle algo que acababa de decidir, una historia cuyo argumento giraría en torno a la única persona que ha sido mi verdadera familia: MI PADRE.

   Tres largas jornadas de bloqueo emocional transcurrieron desde aquel momento hasta el 19 de diciembre, fecha en que comencé este manuscrito. También han sido tres los días que he invertido en realizar este borrador a través de mis memorias escritas en un diario, tejidas, eso sí, con todos aquellos recuerdos que mi mente ha podido rescatar desde la más remota de mis remembranzas, allá, en la noche de los tiempos. Este relato termina sin llegar a un desenlace, aunque el fin está bien claro desde que mi padre optó por negarse al tratamiento aún sin saber él que ese impedimento le supondrá la muerte. Paradojas del destino, hoy, día de la Lotería de Navidad, es el que hemos escogido Marisa y yo para comunicarle a mi padre que está viviendo el final de sus días. Extenuada por las numerosas horas frente al ordenador en las últimas fechas doy por concluida esta singular biografía. Procuraré quedar dormida en pocos minutos con el suplicio del presente combatiendo a favor del insomnio, anhelando despertar con el convencimiento de que todo lo que aquí se ha escrito haya sido una aciaga pesadilla.






miércoles, 3 de junio de 2020

Volumen 28 de «Mi hija y la ópera»


27

   Como una fugitiva escurridiza merodeaba por las frenéticas calles de Manhattan procurando no coincidir con Isabel. Cansada de dar vueltas, caí en la cuenta de que el único sitio donde no podría encontrármela, por carecer de boutiques, sería en mi lugar preferido. Me encaminé a aquel enorme parque de naturaleza y paz, rodeado de rascacielos, por la Central Park West. Anduve hasta encontrar un banco soleado, que en invierno son los más solicitados, muy próximo al Edificio Dakota, cercano al lugar donde asesinaron a John Lennon. Se había conmemorado el aniversario de su muerte hacía pocos días, una amplia zona se hallaba llena de flores y mensajes en homenaje al músico. Me acordé entonces de Dani, mi profesor de piano y de su peculiar sentido de la estética, con esas gafas graduadas de sol con cristales redondos, las cuales usaba incluso en el interior de casa, no para emular al compositor inglés, sino para evitar ponerse las suyas habituales, unas de pasta con las patillas pegadas al resto de la montura por medio de cinta aislante negra. Evoqué unas palabras que siendo niña le escribí y dejé sobre el piano para que las leyera y de las cuales me arrepentí en cuanto supe aquella misma tarde de los sentimientos que él declaraba hacia mi tía Laura: «En este mundo hay reyes y súbditos, ricos y pobres, guapos y feos. Todos, menos estos últimos, pueden alternar su estado en la vida. Si eres capaz de apreciar la belleza del alma, más allá de la superficial, tal vez puedas encontrarme hermosa». Documento que guardó entre sus partituras y que nunca mencionó.
   Rememorando aquella nota no pude impedir que mi pensamiento viajase hasta Isabel, una afortunada que parecía no apreciar las virtudes que la vida le había regalado. En cualquier momento me hubiera cambiado por ella, con sus facciones, con sus nimias inquietudes, una insustancial existencia que envidiaba con toda mi alma. Un descomunal sentimiento de despecho experimentaba hacia mi compa­ñera de viaje originado por la ensañada humillación a la que me sometió horas antes. Unos chicos con instrumentos de percusión y cuerda se aproximaron al lugar donde me encontraba consiguiendo que se evaporasen aquellas elucubraciones angustiosas. Uno de ellos me entregó un panfleto con la publicidad de un local llamado Copacabana con el mensaje de «Actuaciones en vivo» como reclamo y cuya ubicación estaba señalada dentro de un pequeño plano de una parte de Manhattan. Al instante deduje que eran de raíces hispanas porque entre ellos hablaban un español latinoamericano.
   —¿Qué tipo de música se toca allí? —pregunté al joven que me había dado el folleto.
   —Música latina, señorita, tocamos nosotros también y muchos grupos caribeños de la ciudad, si usted decide ir diga que viene de mi parte: soy Jonas. Detrás está el sello de nuestro grupo.
   Aquel apolíneo muchacho de piel marrón me obsequió con varias entradas. Esa mañana estaba destinada —entre otros planes— para elegir a qué musical asisti­ría­mos por la noche del nutrido abanico de títulos que se estaban representando en Broadway. Yo lo tenía claro: en cualquier lugar donde no estuviese Isabel. No tenía intención de llamarla, y en mi pulso personal con ella me decanté por acudir al establecimiento donde actuarían el grupo de jóvenes que acababa de conocer, en vez de pugnar por una onerosa butaca en un insípido musical que poco se asemejaba a la ópera por mucho que Isabel se empeñase en afirmar que los musicales son la evolución del género operístico. A la una de la tarde, hora de Nueva York, escuché el timbre de mi móvil. Era ella.
   —¿Violeta?, ya sé qué musical vamos a ver: Chicago.
   —Yo no iré —contesté.
   —¿Cómo? —protestó con tono sorpresivo revelando un gran cinismo—. ¿Y a dónde quieres que vayamos?
   —Pues tú a Chicago y yo a Copacabana.
   —No te entiendo.
   —Que no me apetece asistir a un musical. Prefiero ir a un local donde me ha invitado un conocido.
   —Pues me voy contigo.
   —Isabel, he quedado. Prefiero que no te vengas —manifesté con indisimulado resentimiento.
   Las horas transcurrieron deprisa aquella tarde, telefoneé a casa en varias ocasiones y nadie atendió la llamada, supuse que mi padre estaría durmiendo. No marqué el móvil de Marisa porque no me apetecía hablar con nadie de esa familia, empecé a madurar la descabellada idea de que mi progenitor y yo éramos víctimas de ese clan perverso que jugaba con nuestros sentimientos. Me encaminé hacia el hotel para cambiarme deseando no toparme con Isabel y marchar enseguida al establecimiento donde tenía pensado permanecer durante toda la velada. Tuve suerte, en la media hora que invertí en ducharme y mudarme de ropa estuve sola, noté que por la habitación solo había pasado el personal de limpieza.
   A las ocho de la tarde ya estaba en la puerta del Copacabana, el local estaba casi vacío, por eso me senté junto a una mesa de la primera fila. Solicité un margarita, que era a los cócteles como Central Park a los lugares de Nueva York. Emulé las refinadas poses de Isabel cuando doblé las piernas y comencé a remover el contenido con la pajilla usando la mano derecha, sosteniendo la copa con la otra. Un majestuoso piano de cola presidía el centro del escenario todavía desierto. La tentación de subir a tocarlo y mostrar todo mi talento ante el teclado era cada vez mayor, pero una probable reprimenda por parte de la gerencia del establecimiento me retenía en la silla. Dieron comienzo las actuaciones, grupos de salsa, bossa nova, merengue y toda la variedad imaginable de música caribeña se fueron relevando con la misma frecuencia que yo consumía los cócteles. Avisté a los chicos que me habían regalado la entrada por la mañana, me identificaron pronto, acercándose a saludar con el exultante entusiasmo de quienes están a punto de saltar al escenario. Me sentía muy cómoda en aquel lugar, sensación que no tardó en detectar el presentador del espectáculo que hilvanaba con una brillante elocuencia las actuaciones de los grupos. Aquel interesante tipo mezclaba el español y el inglés con una ambigüedad que no se sabía con exactitud en qué idioma hablaba. En uno de los intermedios se dirigió a mí, micrófono en mano, casi en un perfecto castellano y me preguntó si estaba disfrutando de la noche, a lo que enmudecí como una timorata afirmando con la cabeza.
   Como colofón al espectáculo, el maestro de ceremonias tocó el piano acompa­ñado de varios de los anteriores músicos. Se podía apreciar un alegre espíritu de confraternización entre aquellos camaradas que llevarían tiempo interpretando canciones de manera conjunta. Tras aquella última actuación los clientes fueron desalojando el local. Admirada por la capacidad que poseía aquel artista de ejecutar piezas imposibles para mí lo contemplé desde la mesa. Observaba el modo ágil con el que se encargaba de coordinar el trabajo de los empleados que recogían con diligencia los utensilios del escenario. Bien porque ya no había clientela en el establecimiento y deseaba que finiquitara la consumición y me marchase, o porque leyó en mis ojos la expresión de asombro, que aquel hombre se acercó a mi mesa.
   —Very good! —dije aplaudiendo a sabiendas de que se iba a dirigir a mí en español.
   —Vi que le gustó la actuación —dijo con acento caribeño y enorme sonrisa.
   —Me ha apasionado. Y usted toca el piano de maravilla, créame que entiendo bastante de esto.
   —Mi nombre es Andrew García, mitad puertorriqueño, mitad neoyorquino, y soy el encargado de que funcione este paraíso.
   —Encantada —dije estrechándole la mano—, mi nombre es Violeta Rosique. Soy también pianista, muy famosa en España.
   No entiendo por qué añadí esa fanfarronería, pero la dije; tal vez por un delirio de grandeza empujado por el alcohol o, a lo mejor, que pretendía coquetear con aquel tipo y demostrarme que podía ligarme a un hombre. Por desgracia, mi compañera de viaje no estaba ahí para atestiguarlo. Andrew pidió a uno de sus camareros un ron añejo y otra copa para mí. Yo ya había perdido la cuenta de los margaritas bebidos. Él era un personaje de singular atractivo, tan alto como delgado, de piel oscura que disimulaba unas grandes marcas de acné en su rostro, cabello muy corto, ojos expresivos y una sonrisa partida por la separación de sus dos enormes dientes incisivos. Debería de tener veinte años más que yo, y no era alguien al que podría definir como guapo, pero su encanto residía en su carisma sobre el escenario. Estoy convencida de que buena parte de las mujeres —y de algún que otro hombre— que estuvieron allí presentes en la actuación, no se habrían andado con remilgos si este le hubiera chasqueado sus largos dedos con el furtivo propósito de mantener un tórrido encuentro sexual.
   —Me gustaría verte tocar —expresó con mirada seductora.
   —No me agrada tocar en público —dije fingiendo una timidez que había desa­parecido hacía horas.
   —¿Qué público?, solo hay unos pocos empleados recogiendo.
   —Este no es el tipo de escenario donde suelo interpretar mis recitales, pero si me lo pides tú…
   Bebí media copa de un trago y me subí, con cuidado de no caerme, al entablado donde se encontraba el piano de cola. Otra noche más el alcohol condicionaba mi comportamiento. Ejecuté una de mis composiciones preferidas, interpretada con buena dosis de virtuosismo, una mezcla de estilos entre Enya, Michael Nyman y Suzanne Ciani. Algunos de los trabajadores que todavía se hallaban en el establecimiento aplaudieron. Con la autoestima por las nubes descendí a la sala y me aproximé hacia aquel músico de mirada penetrante.
   —¿De dónde eres, cariño? —preguntó.
   —Soy de Murcia, en el sureste de España —al apreciar en su rostro una mirada de cálculo, precisé—: al lado de Andalucía.
   —¡Ah, sí, Andalucía!, sevillanas, flamenco…
   —Bueno, cerca de allí —zanjé para no dedicar mi valioso tiempo explicando la situación geográfica de mi comunidad autónoma a quien no deseaba conocer en profundidad.
   —Mucho calor por el sur, ¿no?
   —Sí, pero no te creas, en invierno hace frío, aunque no como el de aquí.
   Un camarero llamado Smith nos sirvió otra ronda de lo mismo al comprobar que nuestros vasos se habían vaciado. Me toqué la sudorosa frente y noté que los efectos de la borrachera no me dejaban pensar con lucidez.
   —No sé si podré pagar la cuenta —informé sin pudor—, he consumido demasiada bebida, ¿aceptáis tarjetas españolas, de la CAM, en concreto?
   —Aquí no vas a pagar, lo que debía esta mesa ha quedado saldado con tu actuación.
   —Eres un ángel —agradecí cariñosa—. Mañana vendré de nuevo, muchas gracias por todo.
   —¿Estás casada? —preguntó sin soltarme la mano.
   En ese instante comprendí que, si yo quisiera, podría acostarme con aquel tipo que no me atraía sexualmente, pero creí que podría dar una lección a Isabel y demostrarle que no era lesbiana. Se me ocurrió la atolondrada idea de continuar coqueteando con él y llevármelo a la habitación del hotel. Una vez allí, sorprendida por la presencia de Isabel, que debería de estar ya acostada, pediría disculpas por mi despiste a mi noctívaga conquista y «si te he visto no me acuerdo». El puertorriqueño se marcharía para siempre y mi compañera de viaje, confusa y remordida, jamás volvería a tildarme de homosexual.
   —Estuve a punto de casarme —mentí reanudando el diálogo—, pero sorprendí a mi prometido, un conocido escritor español, con mi mejor amiga en la cama. Por eso me vine a Nueva York, para airearme y resarcirme. Hasta ahora no me he topado con nadie que valga la pena, y es una lástima porque, aunque acabo de decirte que mañana vendré, en realidad retorno a España. Tú eres lo único que me he encontrado en esta ciudad que sea merecedor de un bello recuerdo.
   —Smith, encárgate de cerrar, lo pendiente de esta mesa va por mi cuenta —dijo a su empleado encaminándose al exterior del local llevándome de su mano.
   —¿A dónde vamos?
   —Mi amor, creo que tu prometido merece un escarmiento, ¿en qué hotel te alojas?
   —En el Sheraton New York, en la Séptima.
   Idénticas palabras dijo Andrew al primer taxista libre que circuló frente al local. Él procuró besarme repetidas veces en los labios, aunque yo, adoptando una postura prudente, mantenía toda la distancia que me permitía el habitáculo del vehí­culo que nos trasladaba al hotel. Pretendía postergar el inicio de los besuqueos hasta el último momento, cuando ya entrásemos a la habitación donde Isabel se hallaría aguardándome. Imprevisto que espantaría al fogoso músico.
   —Perdona, ¿cómo dijiste que te llamabas?
   —Violeta —mascullé con seriedad a aquel hombre que no se había molestado en retener mi nombre y, sin embargo, estaba convencido de que iba a copular conmigo.
   Avergonzada y cabizbaja franqueé con Andrew la puerta giratoria de entrada del hotel. Atravesamos el inmenso vestíbulo hasta los ascensores. Comenzó a besarme cuando las puertas se cerraron creyendo que mi negativa en el taxi obedecería a la mirada indiscreta del conductor por el retrovisor. No le puse impedimentos a que lo hiciera en el cuello porque nuestro fugaz romance se encontraba en su tramo final. Al adentrarnos en la habitación me encontré con el más desagradable contratiempo: Isabel no estaba. El plan se había ido al traste, Andrew se encontraba conmigo a solas y mi escasa lucidez por culpa del alcohol no me ofrecía un plan alternativo. La única salida que se me ocurría era el de demorar el inaplazable encuentro sexual con alguna peregrina evasiva, ansiando que Isabel regresase cuanto antes. Gané tiempo gracias al protocolo propio de estas situaciones:
   —Si no te importa voy a tomar un roncito —dijo Andrew agarrando uno de esos botellines del minibar y un lata de cola.
   —Claro que sí —resoplé aliviada—, voy a ducharme. Enseguidita salgo.
   Agradecida por la inesperada ralentización de sus intenciones comencé a serenarme cerrada en el cuarto de baño. Si prolongaba un poco la ducha tal vez él se quedaría durmiendo o lo sorprendiese mi compañera de habitación, cualquier alternativa era válida menos acabar retozándome con aquel tipo. Con aquella esperanza remoloneé todo lo que pude mi estancia en el baño. Escuchaba al otro lado de la puerta el sonido plano y amodorrado de un comentarista de un canal de veinticuatro horas de deportes que provenía del televisor, hasta que la voz grave de puertorriqueño penetró como un exabrupto:
   —Niña, ¿has terminado ya?, te espero impaciente.
   Aún con temor por lo que me aguardaba fuera, agradecí que me llamara «niña», hasta que reparé que, si lo hizo así, fue por no acordarse de mi nombre. Salí envuelta en una toalla, casi a hurtadillas, lamentando no haber introducido en el baño muda de recambio. Él se incorporó de la cama que usaba Isabel donde estaba recostado con un vaso.
   —Ya es hora de que tú y yo nos venguemos de tu novio —dijo mientras me agarraba de las muñecas para después besuquearme por todo el cuello y lanzarme con cierta violencia hacia mi cama.
   —¡Detente, Andrew!, mi novio tiene que estar al llegar —imploré a la vez que cerraba las piernas para no dejar a la vista lo que ofrecía el hueco de la toalla.
   —No seas remilgada, mi amor, he visto que toda la ropa que hay en esta habitación es tuya, me ha dado tiempo para eso y más —indicó llevando la mirada a una mesita donde ya habían tres botellines de destilados vacíos con otros tantos refrescos consumidos.
   Aquel hombre de piel oscura y que, a ojo, debiera pesar la mitad que mi padre —aunque midiese parecido— podría conmigo si yo pretendiera resistirme. Desató la toalla que mantenía oculta mi desnudez extendiéndola debajo del cuerpo, sobre las sábanas, cerré los ojos rezando que fuera inminente la llegada de Isabel. Con gran pericia sujetó mis tobillos y los alzó a cada uno de sus hombros, descendió sus pantalones vaqueros hasta la altura de los muslos dejando al aire su miembro viril, el cual no pude contemplar pero sí sentir para catalogarlo como descomunal. Supuse que aquel encuentro sexual me dolería más que el que mantuve con Antonio, pero no sospechaba cuánto. Tras varios intentos para introducir su pene, los quejidos que me provocaban las lacerantes fricciones de nuestros genitales le indicaron que me estaba penetrando. Excitado por el dolor que sabía que me estaba induciendo se contoneó con furia animal durante unos segundos descargando casi de inmediato toda su hombría en mi interior.
   A escasos dos palmos de mi rostro se encontraba su cara, y a cada lado de su cabeza mis pies, con los pulgares separados, que revelaban mi extenuación por aquella experiencia efímera. Quizás trató de complacerme con sus largos dedos cuando cesaron sus convulsiones producidas por las últimas gotas de la eyaculación, caricias que se abortaron de repente cuando escuchamos el sonido de la tarjeta magnética en la ranura de la puerta: era Isabel que se adentraba en la habitación pulsando el interruptor de la luz. Andrew se apartó de la cama con reflejos felinos dejando caer mis tobillos sobre las sábanas en una postura poco apropiada para ser presenciada por alguien ajeno a lo que estaba aconteciendo. Se levantó los pantalones y con toda seguridad terminaría de adecentarse en el pasillo rumbo a los ascensores, sin despedirse y sin echar la vista atrás, con el pánico en el cuerpo creyendo que quien nos había sorprendido era ese novio ficticio al que yo me refería minutos antes. Me hallaba boca arriba con restos de semen del puertorriqueño en el vello púbico, y una sensación de escozor que me impedía cerrar las piernas en su totalidad, las mantenía con una abertura leve, al igual que la puerta de nuestra habitación que dejaba escapar nuestras voces al exterior. Es irónico, pero la última vez que Isabel me vio fue cuando encendió la luz la noche anterior y me contempló en una postura parecida, también desnuda, con mi rostro igual de estupefacto.
   —¡Violeta!, ¿quién coño es ese negro?
   —Se llama Andrew —contesté tapándome con la toalla.
   —¿Y qué hace ese tío en nuestra habitación?, ¿estás loca?, ¿te crees que te puedes traer el ligue de una noche sin al menos advertírmelo? Desde luego, Violeta —dijo disminuyendo el tono encrespado—, cada día me sorprendes más.
   —¿Qué tal Chicago? —pregunté con el ingenuo propósito de cambiar de conversación.
   —¡¿Que qué tal Chicago?! —chilló—. ¿Cómo me preguntas por el musical después de haberte pillado infraganti follando con un negro de dos metros?, ¿de dónde has sacado a ese tío?
   —Lo he conocido esta noche, no es otra cosa que una aventura pasajera.
   —Espero que tomes medidas con tanta promiscuidad.
   Me derrumbé por mi estupidez, no había tomado ninguna precaución anticonceptiva debido a los insuficientes recursos que tiene mi mente cuando está embotada por el alcohol, anulando, mi ya de por sí escasa asertividad. La sensación de haber sido utilizada por las circunstancias iba creciendo conforme la lucidez intelectual se abría paso entre sollozos. Quise decirle a Isabel que aquella situación correspondía a una reacción originada por las palabras pronunciadas por ella la noche anterior, pero callé.
   —Ahora llora, Violeta, pero no te puedes imaginar lo que podría haber pasado si ese tipo hubiera sido un delincuente o un asesino: ¡Qué idiota eres!
   Por segunda madrugada consecutiva me acosté desnuda y maltratada por los crueles comentarios de mi compañera de viaje.

   Un incómodo silencio nos despertó la mañana del domingo, la última de nuestra expedición neoyorquina. Aquel era un día libre que dedicamos a la visita del edificio Empire State y por la noche al Bar Coyote, sugerido con persistencia por la hermana de Isabel antes de que partiésemos de España. Cenamos antes en un italiano de la Segunda Avenida, un larguísimo y congelado paseo nos esperaba hasta aquel famoso bar.
   —Está lejos este sitio —manifesté cruzada de brazos.
   —Vamos a ir para hacernos un par de fotos y nos vamos al hotel —expresó Isabel con un inquebrantable resentimiento.
   —Ir pa na es tontería, como dicen los de Cruz y Raya.
   —Pero no te voy a dejar beber alcohol —repitió por enésima ocasión.
   Llegamos al local, unas despampanantes chicas bailaban sobre la barra. Isabel escrutaba mi reacción ante dos bellas mujeres danzando junto a nosotras. Poco me importaban, a mí solo me atraía ella, la hija de Marisa Martínez Salamanca, por insólito que pudiera parecerme. Aquella noche tuve la absoluta certidumbre de que el amor de mi vida no sería un hombre sino la mujer con la que me había ido de viaje y que ahora me despreciaba. Para mayor escarnio: la hijastra de mi padre. El trayecto a casa fue taciturno, apenas hablamos entre nosotras durante el regreso. Nuestras conversaciones monosilábicas se debían a una circunstancia, una experiencia que con toda seguridad ninguna de las dos contaríamos a terceros: el encuentro sexual de la madrugada del sábado 11 de diciembre de 2004. La noche que toqué el cielo.



martes, 2 de junio de 2020

Volumen 27 de «Mi hija y la ópera»


26

   Había un restaurante brasileño llamado Bossa Nova, situado en la Novena Avenida, del cual Isabel me había contado por teléfono que era el idóneo para nuestra cena de aquella noche, quedamos allí. Pasé antes por el hotel para mudarme la ropa que se encontraba teñida de verde por el césped de Central Park. Llegué al restaurante diez minutos más tarde de lo acordado. Isabel me esperaba en la barra de aquel local bebiendo una sangría que poco se parecía a la que preparaba su madre. Consumimos gran cantidad de cerveza y vino. Alcohol que apenas pudo ser neutralizado dada la frugalidad de los alimentos sólidos que ingerimos. Al abandonar el establecimiento Isabel me agarró del cuello con su brazo.
   —Esta noche es para nosotras, y lo prometido es deuda, así que: ¡Vámonos de cócteles!
   —Sí, así nos quitaremos el frío.
   —¡Y las preocupaciones! —afirmó con fruición.
   —Y, por supuesto, las inhibiciones —continué dándole un beso en la cara, el segundo del día sin motivo aparente.
   Ella se paró obligándome a que me detuviese a su lado, contempló mis ojos con seriedad mientras soltaba su brazo. Levantó mis gafas hasta la frente, mis pupilas, sin la ayuda de las lentes, se moverían de un lado a otro buscando un punto donde centrar la mirada.
   —Violeta, eres una tía de puta madre, te quiero un montón.
   —Yo también te… aprecio —articulé nerviosa ansiando que su desdibujado rostro se arrimase al mío y nos aconteciese algo idílico.
   —¡Taxi! —prorrumpió Isabel.
   Embelesada deslicé las gafas de mi aceitosa frente maldiciendo la inoportuna aparición del taxista. Llegamos por fin al famoso local de copas donde Isabel decía que se preparaban los mejores cócteles de Nueva York, de América o del mundo (así, de manera aleatoria y sin ningún criterio, clasificó durante la velada al establecimiento según se iba animando). Esperamos a que el camarero nos indicase la mesa donde íbamos a tomar asiento, carcajeábamos por cualquier cosa, un simple tropezón de alguna de nosotras provocaba la más clamorosa risotada.
   —A ver —enuncié sosteniendo la carta, una vez que estaba sentada frente a ella—, ¿qué cóctel te vas a pedir, un manhattan?
   —Un manhattan dice esta, voy a pedir desde el primero hasta el último de la carta. O hasta que aguante.
   —Isabel, hay doce en la lista.
   —Pues empezaré por el primero —indicó decidida.
   Un joven de pelo largo y tiesamente ramificado se aproximó a tomarnos nota con un dispositivo y un lápiz óptico con el que pulsaba la pantalla. Qué diferencia con los locales que frecuentaba en Calasparra, donde el camarero memorizaba el pedido o, en su defecto, apuntaba con un bolígrafo en una pequeña libreta.
   —Espera, Isabel, que voy a pedirlo yo.
   Hi! —saludó el amable chico afroamericano.
   Hello, my friend, two cocktails; for me: a bloody mary; and, for her —señalé con el dedo a Isabel—: one daiquiri.
   —¿Españolas, no? —dijo el camarero—. Enseguida les sirvo.
   —¿Lo he dicho bien? —pregunté a mi acompañante.
   —Si te ha entendido será que sí —contestó sonriente.
   El calor implacable del local empañaba mis gafas, eché un vistazo en rededor mientras utilizaba una servilleta para limpiar los cristales.
   —¡Hermana! —exclamó eufórica—, ¡que te estás apavando!
   Interpreté aquella palabra como un sinónimo de adormecerse. Traté de aniquilar el silencio que tanto parecía incomodarle con un sutil requiebro a la vez que sorbía con la pajilla.
   —Oye, Isabel, ¿te han dicho alguna vez que eres clavada a Nuria Roca?
   —Pues, mira, sí me lo han dicho, un compañero de La Merced, en Murcia, un amigo de Carlos Bonache.
   —¿Mencionas a tu novio con el apellido?
   —Querrás decir mi ex. A él todo el mundo le llama Bonache, prefería que lo llamasen por el apellido a que lo llamaran con su nombre de pila. Será porque su familia paterna es muy popular allí —interrumpió un segundo su animada perorata—. Y ahora que te observo con atención: ¿sabes a quién te pareces tú?
   Negué con la cabeza deseando no escuchar algo desagradable.
   —Te pareces a Paz Padilla, ¿sabes quién es?
   —Sí —afirmé aliviada—, claro que lo sé, una humorista gaditana. Ya quisiera parecerme, puedo asemejarme en su delgadez, su nariz; pero ella no posee esta mancha que parece un parche pirata que me rodea el ojo izquierdo.
   —Siempre igual, Violeta, siempre igual —reprobó con gesto resignado.
   Isabel llevaría tres cócteles y yo dos —la verdad es que ya había perdido la cuenta de nuestras consumiciones—. Los diálogos ensartados, de improviso, se habían convertido en sinceras confidencias.
   —¿Te acuerdas de Antonio? —pregunté sin preámbulos mientras mi cabeza se meneaba con levedad y mis ojos realizaban un esfuerzo por mantener la mirada en un punto.
   —¿De Antonio, el de la tienda?, ¿el que fue tu novio?
   —Sí, el zafio ese.
   —Hiciste bien en dejarlo —dijo apurando la copa.
   —Lo dejé porque me violó.
   —¡¿Cómo?! —clamó Isabel—. Pero ¿no teníais relaciones sexuales?
   Por desgracia, la música de pub sonaba a bajo volumen en aquel instante. Todos los hispanohablantes próximos a nuestra mesa —que no eran pocos— empezaron a prestarnos atención.
   —Yo no quería hacer el amor con él —susurré sintiendo todavía el peso de las miradas de buena parte del local—. Nunca lo habíamos hecho, fue en Nochebuena, la madrugada que nos vimos tú y yo, casi amaneciendo, ¿lo recuerdas?
   —Menudo pedal llevaba Antonio —añadió Isabel asintiendo.
   —Aquella noche él había consumido mucha droga y alcohol. Estaba muy agresivo, deseó tener sexo conmigo, y es verdad que no ejercí demasiada resistencia, primero porque pesa el doble que yo y poco podía hacer, pero sobre todo porque me entró pánico y me dejé llevar por temor a que me agrediese. Desde entonces, jamás he vuelto a estar a solas con Antonio. Yo sé que él se arrepintió de lo que hizo, pero es imperdonable la humillación a la que me sometió, y bueno, aunque me dé vergüenza admitirlo: ahí perdí la virginidad.
   —¡Qué hijo de puta el farlopas de los cojones!, ¿por qué no lo denunciaste?
   —Porque me imploró clemencia, y porque tampoco creo que me agrade la idea de que acabe en la cárcel.
   —¿Sabes? —comenzó a delatar Isabel adoptando un tono suave—, cuando iba al Instituto Emilio Pérez, unos chicos que iban al mismo centro abusaron de mí y de una amiga llamada Esperanza. Caminábamos por una de esas cuestas vacías que había desde el instituto a mi casa, era una tarde de invierno y ya estaba oscuro. Estaban bebiendo cervezas y fumando canutos cuando íbamos a pasar junto a ellos, molestas por los piropos de mal gusto que proferían cuando nos veían, cruzamos la calle para evitarles, siguiendo nuestro trayecto por la acera de enfrente.
   »Tres o cuatro cruzaron hacia nosotras, nos tocaron los pechos desde dentro de nuestros jerséis, metieron sus manos haciéndose paso por mis pantalones, por debajo de mi ropa interior y la de mi amiga que estaba inmovilizada por el miedo. Para colmo, uno de los chicos se lamía sus dedos haciendo un desagradable gesto con su lengua. Comencé a gritar para pedir ayuda y salieron corriendo en cuanto las ventanas de aquella pequeña calle se abrieron. Espe y yo acabamos llorando y abrazadas aquella tarde. Traumatizadas por lo ocurrido, con el tiempo, dejamos de vernos.
   Isabel hipaba y le temblaba la barbilla. Confesar aquel suceso habiendo bebido la había consternado.
   —¿Se chupó los dedos después de haberos tocado ahí dentro? —pregunté seña­lando su entrepierna con la mirada procurando detener su llanto.
   —Sí —articuló casi sin voz.
   —Tendríais que haber tenido la menstruación.
   Isabel me miró durante unos segundos con dos notables surcos de lágrimas, yo cerré los ojos temerosa de que pensara que mi comentario frivolizaba su espantosa experiencia. Por suerte, soltó una sonora carcajada. «Vaya panda de guarros», dijo con el semblante destensado. Oscilando por la acera y agarradas la una de la otra nos dirigimos al hotel con una indefinible mezcolanza de risas y lágrimas. La calidez de la habitación nos acogió con delicadeza, me tumbé sobre la cama nada más entrar, boca arriba y sin desprenderme de prenda alguna. No creo que acabara durmiendo, pero sé que emití un ronquido. Isabel se acercó y me quitó los zapatos.
   —Será mejor que te quites la ropa si vas a dormir, y tápate. Yo necesito una ducha rápida para espabilarme.
   Ella se desvistió en la habitación, cubierta por una fina lencería se dirigió al cuarto de baño. En lugar de cerrar la puerta —como hacíamos casi siempre que lo usábamos—, la dejó entornada. El sonido del líquido precipitándose por la bañera me despejó, contemplé que entre la puerta y el marco se apreciaba la sombra de Isabel que se contoneaba al son del chorro de agua que se esparcía impúdica por su cuerpo.
   —Te recomiendo que te duches —dijo mientras cerraba el grifo para echarse gel—, te vendrá bien para tu cabeza, si no, mañana tendrás resaca.
   —Voy a hacerte caso —expresé vergonzosa—, cuando tú salgas me ducho.
   —Entra conmigo, tonta, ¿es que nunca te has duchado al lado de una mujer?, ¡cómo se nota que nunca has ido a un gimnasio!
   Me retiré las prendas con la misma parsimonia y timidez que cuando me lo pedía el ginecólogo, caminé desnuda y con miedo porque el suelo estaba resbaladizo. Eché a un lado la cortina que mantenía oculto el interior de la tina del resto del cuarto de baño y allí me encontré a la mujer más bella del planeta, llena de espuma, regalándome una impagable sonrisa.
   —Venga, allá voy —anuncié disimulando mi retraimiento.
   Isabel se desplazó para que me ubicara debajo del reguero de agua tibia que lanzaba el grifo. Ella, a su vez, terminaba de frotarse con sus propias manos por todos los recovecos de su cuerpo.
   —Oye —susurró—, lamento lo que te pasó con Antonio.
   —Y yo con lo que os sucedió a ti y a tu amiga —dije bajando la mirada.
   —Lo que nos hicieron a Espe y a mí fue poco comparado con lo tuyo. Lo nuestro fue algo como esto:
   Isabel deslizó su mano derecha por buena parte de su piel con el fin de aglutinar espuma entre sus dedos, se acercó a mi vello púbico, como si pretendiera enjabonarme ahí, luego extendió su dedo corazón para efectuar una rápida caricia por los labios de mi vagina.
   —¿A que no es para tanto? —preguntó con una voz tan pícara como sus ojos.
   —No. Bueno, depende de quién te lo haga y el tacto que tenga —exhalé reprimiendo la convulsión que me había producido aquel gesto.
   Ella volvió a acariciarme de nuevo con su mano derecha y sujetando mi espalda con la izquierda, estremecida por el roce de sus dedos en la zona más sensible de mi piel, comencé a desinhibirme sintiendo entonces un incontenible placer. Me agarré al hierro anclado a sendas paredes del cuarto de baño donde pendía la cortina. Bajo la lluvia de la ducha repitió ese baile diestro con sus dedos hasta que nuestros cuerpos quedaron liberados de cualquier resto jabonoso. Ella me cogió de una mano invitándome sin palabras que abandonase la tina. Desnudas y mojadas nos dirigimos hacia la cama donde yo había dormido las noches anteriores.
   Un hilo de luz de los rascacielos de Nueva York salvaba las cortinas de la habitación, la puerta entornada del baño también permitía que se colase una vaga luminosidad. Isabel me empujó con suavidad y me tumbé dócil sobre la colcha, comenzó a acariciarme la cara con sus dedos y me besó en los labios. Debió notar mis agitadas pulsaciones cuando fue descendiendo con besuqueos por toda mi erizada piel. Se detuvo cuando su nariz se introdujo en mi ombligo y su boca rondaba la zona baja de mi vientre, casi en el pubis. Fueron unos segundos mágicos de inusitada pasión. Después noté el roce de su lengua en el mismo punto donde antes, en la ducha, había situado su dedo corazón. Su movimiento circular y de cadencia sincronizada me hizo cabalgar sobre la humedecida cama, mis manos se agarraron a sendas partes del cabecero, cerré los ojos y me centré en las sensaciones que me producía aquella desorbitada manifestación de concupiscencia. Al poco, un terremoto de escalofríos precedieron a unos incontenibles gemidos que me introdujeron hacia una descomunal ola de placer en la que durante un instante, el tiempo y el espacio se desligaron de mi universo interior. Nunca había alcanzado el clímax acompañada de nadie, jamás había sentido algo parecido en mi vida.
   Realicé una leve pausa hasta que mi mente regresó a la habitación. Me incorporé, la cama se hallaba empapada ya no solo por nuestra piel humedecida sino por mis involuntarios fluidos emanados tras el éxtasis. Pretendí hacer lo propio con ella, dejándola boca arriba sobre su cama, ella se dejó llevar sumisa, comencé a besar sus prominentes pechos y fui deslizándome hacia abajo para suministrarle el mismo placer que ella me había inducido. Era inimaginable poseer para mí a aquella diosa tumbada a la espera del roce de mi piel en sus zonas más íntimas, yo nunca había hecho nada semejante y supuse que para Isabel también sería una nueva experiencia. Separé sus muslos en búsqueda de su más recóndito secreto, percibí la dulce fragancia de su ser y un ligero matiz del aromático gel cuando comencé a utilizar mi lengua, labios y dientes, tal vez, con desmesurado salvajismo, promovido por la intensidad de aquel momento. Todavía no entiendo lo que sucedió después:
   —¿Qué estamos haciendo? —exclamó como si hubiera estado en trance el último cuarto de hora.
   Atónita elevé el rostro de sus piernas ansiando que aquello fuera una observación involuntaria, sin mala intención, propiciada por el frenesí de lo que nos estaba sucediendo.
   —¿No te das cuenta de que nuestros padres están juntos? —continuó Isabel levantándose enloquecida—. Que somos hermanastras. Es más, yo no soy lesbiana, y… no sabía que tú lo fueras.
   Encendió la luz de la habitación, me contemplé en el espejo del armario la estúpida postura que todavía conservaba: el trasero elevado y el estupor reflejado en mi rostro. No le dije nada, me volví hacia mi cama cuya colcha perduraba con un cerco húmedo como señal de lo que nos había acontecido y me acosté sin cubrirme con ninguna prenda.
   —Yo tampoco soy lesbiana —murmuré para mí mientras me arropaba con las mantas.
   No obstante, el bochorno no frenó al sueño que me arrastró veloz. Mi último pensamiento antes de abandonar el estado de vigilia fue el de que, al menos, yo sí había tenido un orgasmo.

   Una fastidiosa sequedad bucal me despertó a las diez de la mañana. Aprecié un dolor de cabeza que en absoluto podría equipararse al malestar originado por el menosprecio de mi compañera de habitación. Ella ya se había ido, empleé aquel momento para ducharme con tranquilidad. Bajé a la cafetería del hotel con el ávido objetivo de beberme un litro de zumo y varios cafés. Allí estaba Isabel, de espaldas a la puerta de acceso, hojeando un diario neoyorquino. No reparó en mi presencia, hubiera sido una situación embarazosa para las dos, decidí marcharme a deambular por las calles de Manhattan, no sin antes buscar en una tienda cercana refrescos de cafeína azucarados que pudieran proporcionarme energía y aliviar la sed. El evento predestinado para aquella noche era el de acudir a un musical en Broadway, empero yo prefería estar sola. Mi autoestima se había hecho añicos, así como la posibilidad de ser feliz en la vida.