viernes, 15 de mayo de 2020

Volumen 17 de «Mi hija y la ópera»



16

   Un domingo por la mañana llamó mi tía para informarme de una fantástica noticia: ¡Estaba embarazada! Por fin iba a tener un primo, con una diferencia de edad, eso sí, de más de veinte años. Una ecografía anticipó semanas más tarde de que nacería varón. Por aquella época mi apego hacia Antonio se había acrecentado de tal manera que difícil era el día que no charlábamos en su supermercado e inaudito el fin de semana que no quedásemos coincidiendo con su peña que ya consideraba como propia. Comencé a descubrir cierto encanto en la personalidad de aquel tipo, y no sé si ese sentimiento era por aquel entonces recíproco. Incluso lo aficioné un poco a la ópera, solíamos escucharla en el coche. En otras ocasiones, salíamos para comer pipas en la plaza del Ayuntamiento mientras criticábamos a cualquiera de las amistades que teníamos en común. Mi padre conoció a una mujer elegante que irradiaba cierto halo bohemio y que atendía al nombre de Marisa. Ella, que se estaba encargando de restaurar el cuadro de mi hermana, regentaba un comercio de venta de antigüedades, libros y obras de arte. Una auténtica artista polivalente que igual pintaba un cuadro que tocaba la guitarra. Con aquella cultura y educación que traslucía no me resultó extraño que mi padre se encandilase nada más verla. Frecuentó a partir de entonces su tienda en una mixtura de interés por la evolución de la restauración del lienzo y un ofrecimiento de apoyo en las tareas del negocio alegando poseer tiempo de sobra, apreciándose con ello un indisimulado cortejo.
   Una tarde vino Marisa a casa para ver una ópera. Mi padre eligió Tosca para la ocasión, me sugirió, días antes, que invitase a Antonio. Ahí comparecimos los cuatro, frente al televisor, deleitándonos con aquella grabación realizada en el Metropolitan Opera de Nueva York, con un par de fuentes de palomitas en sendas cabeceras de la mesita rectangular; una por cada pareja que ocupaba cada uno de los dos sofás. Pronto quedó patente que mi complicidad con Antonio poco se asemejaba a las muestras de afecto que se dispensaban mi progenitor y su partenaire de cabello rizado y oscuro. Noté cómo mi amigo y yo nos sonrojamos cuando mi padre apartó con sus dedos una diminuta cáscara de maíz que se confundía con un lunar próximo a la comisura labial de su acompañante. Se había divorciado hacía ya cinco años, por el pueblo se rumoreaba que su ex marido tenía tanta afición a las tragaperras como al alcohol. Las lenguas chismosas murmuraban que en alguna ocasión su cónyuge le había maltratado. Contaba con dos hijas de edades cercanas a la mía, la mayor residía en Murcia; y la pequeña, de la cual decía que era bastante independiente, vivía con ella en Calasparra.
   —Tienes que conocer a mis hijas, te llevarías bien con ellas.
   —Por supuesto, Marisa.
   Su trato hacia mí era cordial en todos los ámbitos, resultaba obvio que procuraba conquistarme y, con aquello, ganarse la simpatía de mi padre, el cual no tardó en afeitarse y acicalarse conforme iba creciendo el cariño entre ambos. Ángel se dignó a enviarme un correo tras un prolongado tiempo sin saber nada de él ni de Fran. En el mismo, hacía referencia a la noche que vinieron al pueblo, la única vez que les he visto en mi vida. A continuación transcribo el mensaje:

Hola Violeta q tal? :)
T envio correo pidiendote disculpas x mi comportamiento d es­to­s ultimos meses.
Hace tiempo q he dejado d ser amigo d fran, y x eso ahora me he dado cuenta d q estaba manipulado por el. La noche q estuvimos alli nos fuimos a murcia despues, el no estaba malo, yo no podia hacer nada, pq dependia de su carro para q me trayera a casa.
Me estuvo diciendo x el camino q tanto tu como tu amigo erais gente d poco mundo, gente d pueblo q no aporta nada bueno. Me jode haberme dejado influenciar por el.
Espero q podamos retomar la amistad y si quieres x tren o auto­bus vuelvo a calasparra.
Un saludo angel ;)                     
    
   Leí varias veces el texto hasta descifrarlo. Deseé responderle y manifestar mi indignación, pero no lo hice, respiré aire con profundidad y decidí actuar como mi padre cuando él decía que antes de dar una respuesta en caliente había que darse un largo paseo. Anduve hasta el pueblo para luego volver a subir hasta casa en una caminata kilométrica. Nunca le he llegado a contestar. A partir de entonces me prepuse conectarme con menos frecuencia a Internet. Aún mantengo contacto, aunque con escasa asiduidad, con mis verdaderas amistades virtuales: Berta, la argentina; y Águeda, la catalana. Ellas nunca le han dado verdadera relevancia a lo de conocernos en persona, doy por sentado que si no me ven agradable a la vista no lo van a encontrar como un gran inconveniente. Sobre seguro sé que no abandonaré este mundo sin estrecharles un abrazo.

   La tarde del miércoles 30 de mayo de 2001 me llamó Alberto, pletórico de alegría, para comunicarme que, con tres kilos y medio, había nacido Alejandro. Acudimos de inmediato a Cartagena a conocer a la criatura y felicitar a sus orgullosos progenitores.
   —¡Qué grande es! —expresé nada más verlo.
   —Ya se va ampliando la familia —dijo mi padre.
   —Violeta —terció Laura postrada en la cama—, Alberto tiene un congreso en Holanda la semana que viene, me encantaría que, en cuanto me diesen el alta, te vinieras a mi casa y me echaras una mano. Unos días nada más, ya sabes, con la abuela… yo no podré con todo.
   —Eso está hecho —dije orgullosa.
   —Pues nada, pasado mañana te vienes para acá de nuevo—zanjó, refiriéndose con «acá» a la ciudad de Cartagena.
   Abandonamos la habitación donde el milagro de la vida había emergido de las entrañas de mi tía. Tras la puerta, una minúscula sala de espera donde aguardaban los progenitores de Alberto, de refinada apariencia incluso en un hospital. Mi abuela también estaba sentada allí, ausente del mundo y barboteando para sí, como si rezase frenéticamente. Asumí de buen grado la misión que me encomendó Laura y, a los dos días, conduje yo misma hasta su residencia con un pequeño equipaje en el maletero con el propósito de cuidar de mi primo, vigilar a mi abuela y atenderle a ella si se diera la circunstancia: todo lo que fuera preciso. Era la primera vez desde que tenía uso de razón que me alejaba de mi padre más de una jornada.
   En la semana y pocos días que se extendió mi estancia en el hogar de mi tía me propuse devolver parte de la ayuda que ella me había proporcionado durante lustros. Constaté el cariño que exhibía Alberto hacia su mujer en las dos mañanas que coincidí con él (la de su marcha a Holanda y la de regreso del viaje), amén de su actitud siempre servicial conmigo. Con Laura hablé de los viejos tiempos, la puse al día sobre cómo marchaban las cosas por Calasparra, lugar al que ella todavía consideraba como su segunda casa. Le conté que Dani se había casado, que yo tenía un amigo con el que tonteaba —exagerando como siempre en mis relaciones personales—, que nos habían intentado robar, la salvajada que cometieron con Yako y la contundente respuesta de mi padre ante los malhechores que habían rajado el lienzo con la imagen de mi hermana y que este interpretaba como una provocación que impedía descansar a los muertos. También le dije, sondeando su reacción, que el cuadro estaba siendo restaurado por una atractiva mujer de la localidad, y que yo intuía que tal circunstancia había unido a mi padre con aquella dama en algo más que amistad. Percibí cierta incredulidad en los ojos de Laura.
   —¿Tu padre en serio con una mujer? —preguntó—, habrá que verlo, a lo mejor después de dos décadas ya ha superado lo de tu madre.
   —La verdad es que a mí no me importa. Dos beneficios se me ocurren a priori: el primero es que mi padre estará más feliz, y por tanto menos cascarrabias; y, segundo, que tendré algo más de libertad. Está demasiado pendiente de mí y no se acuesta hasta que yo llego a casa. Alega que se preocupa por si me sucede algo con el coche, pero tanto tú como yo sabemos que no es solo por eso.
   —Tu padre siempre te ha sobreprotegido. No le culpo, no vive con nadie más.
   —Es todo un personaje —dije intentado rematar el diálogo.
   —Fíjate —apostilló mí tía hablando para ella misma—, que me pareció extraño ver a tu padre afeitado el otro día cuando estuvo en el hospital, y ahora todo cobra sentido. Estoy segura de que si Andrés comienza a cuidar de su aspecto es que hay una mujer en perspectivas. Mis sospechas al respecto no eran baldías.
   Solo un par de fines de semana había permanecido fuera de casa y, cuando regresé, la hallé diferente, más limpia y ordenada, con algún toque exótico en cuanto a la decoración. No me encontré con nadie. El plan de sorprender a mi padre con mi llegada, anticipando unas horas mi venida, no salió como yo había previsto. Pensé que estaría con Marisa en el pueblo y preparé la comida. A las dos de la tarde escuché la aproximación de un vehículo, supuse que mi progenitor habría bajado al pueblo en la bicicleta cuyo uso compartíamos, ya que yo me había adueñado del automóvil en los últimos días. Pero no, él iba de copiloto en el Renault Megane que conducía Marisa. Algo sorprendido, por mi adelantada vuelta a casa, no le dolieron prendas en informarme que él y su acompañante habían decidido vivir juntos los fines de semana y que ya lo estaban haciendo desde el día siguiente a mi partida hacia Cartagena. Tras la sobremesa, la nueva ocupante de la casa y del corazón de mi padre se marchó a su pequeña tienda de libros y antigüedades. Me aproveché de la ocasión para exigir una explicación.
   —Papá, sabes que me alegro de que te vaya muy bien con Marisa, pero creo que deberías consultarme este tipo de decisiones.
   —Lo siento, hija, pero la pregunta no hubiera cambiado mi deseo de que ella se instalara con nosotros los fines de semana, que es lo que por ahora hemos pactado. Los días entre lunes y jueves puede que se quede, pero sería raro, tiene a su hija pequeña en casa.
   —O sea, que si yo te hubiera expresado mi malestar con esta medida tú la hubieras dejado alojarse igual.
   Él afirmó con la cabeza. Me pareció advertir una sonrisa insolente, henchida de prepotencia, declarando sin despegar los labios que yo no tenía derecho a opinar sobre los asuntos relevantes de la casa. Aquello me encolerizó.
   —¿Te gustaría que me trajera a Antonio como inquilino sin darte explicación alguna?
   —Pero no es lo mismo, hija, sabes que no tendría problemas en ayudarte si quisieras buscarte la vida e independizarte. Los alquileres de Cartagena todavía nos permiten ciertas licencias, y eso que tenemos un coche para los dos que tiene veinte años.
   —Pues te hago saber —mentí—, que en ese coche he hecho cosas con él porque no he querido venir a casa, por respeto a ti.
   —Violeta, ese comentario sobra. Además, sabes que por las mañanas la casa está a tu disposición, no querrás que ponga un cartel con lo que puedes hacer a mis espaldas. Seguro que Antonio tendrá otros sitios donde podréis tener intimidad, digo yo que no estarás enseñando tus vergüenzas al personal que transite por la calle.
   —Pues sí, por no hacerlo aquí en «nuestra» casa —insistí con mi patética farsa.
   Mi padre casi carcajea, lo evitó con cierto esfuerzo, sabía que, de hacerlo, habría lo­grado herir mis sentimientos. Con casi la certeza de que mi relación con Antonio no había llegado a esos términos, procuró mostrar asombro ante mis singulares devaneos sexuales que jamás se ha­bían producido. Debía aceptar la compañía de Marisa en mi vida. Comenzó alojándose durante los fines de semana aunque poco a poco se convirtió en una habitante cotidiana de nuestra morada.




jueves, 14 de mayo de 2020

Volumen 16 de «Mi hija y la ópera»


15

   Me cité con Antonio, coincidiendo con buena parte de su peña, durante todos los fines de semana de aquel verano. Salvo en el penúltimo de agosto, aquella fecha estaba reservada al casamiento de mi tía Laura con Alberto. Mi padre y yo volvimos a pisar suelo cartagenero, después de casi cuatro años, para asistir al enlace. Tuvieron el acierto de ubicarnos en la mesa presidencial, ya que no conocíamos a ningún otro invitado excepto a mi abuela María que por aquel entonces ya estaba hecha un vegetal. Los padres del novio se encontraban al otro lado de los recién casados, irradiaban glamour por los cuatro costados. Yo me había comprado un vestido que me iba largo, el cual me obligó a que caminase firme y cauta para evitar pisarlo con unos tacones a los que nunca estaré acostumbrada; mi padre estrenó traje para la ocasión, a menudo se levantaba el cuello de la camisa con los dedos para permitir que pasara aire por su oprimida tráquea. Los novios estaban radiantes, y los comensales  —familiares de Alberto, compañeros de General Electric y profesores de Maristas— se dirigían a los protagonistas de la boda con una cercanía que mi padre y yo habíamos perdido por nuestra extravagancia. Mi tía se había convertido en casi una desconocida que poco tenía que ver con esa segunda madre que una vez fue. Recuerdo cómo mi padre me provocaba la risa cuando de reojo me miraba cómplice a cada sorbo de cerveza, vino o champán que daba Alberto.
   Con el permiso de conducir, ya en mi poder, no dependía de nadie para bajar al pueblo. La última semana de agosto, justo la siguiente a la de la celebración del matrimonio de mis tíos, ocurrió algo extraño. Llegué a casa después de una de las muchas salidas nocturnas con Antonio y sus amigos, escuché el piano a pesar de que ya era la una de la madrugada. Mi padre solo tocaba si estaba acompañado de gente y rebosaba alegría; o por el contrario, en soledad, cuando la tristeza le embargaba. No realicé mucho ruido al entrar, aunque sé que pudo advertir mi regreso por las luces del coche y los ladridos de bienvenida de Yako. Interpretaba una de esas canciones que me han acompañado durante toda mi existencia, esta la había compuesto para mi madre poco antes de que falleciese. Aprecié en sus ojos, rojos y ausentes, que había bebido más de lo habitual, y en sus mejillas coloradas descubrí alguna lágrima. Apartó la mirada de sus dedos para situarla en dirección a la ventana, tal vez para comprobar que su viejo automóvil estaba bien aparcado, concluyendo la ejecución antes de tiempo.
   —¿Qué te ocurre, papá?
   —Estoy harto de estar solo —respondió apurando las últimas gotas de una copa vacía que por medio de un posavasos descansaba sobre el piano.
   —¿Es porque todas las noches quedo con Antonio y sus amigos?
   —No, cariño, eso me alegra. Es bueno que hagas tu vida y seas independiente. Mi soledad no es de ahora, sino de hace casi veinte años. Echo mucho de menos a tu madre y, por qué no decirlo, la compañía de una mujer.
   —Sabes que yo no vería con malos ojos que encontraras a alguien con quien convivir. Acuérdate que de pequeña te decía que te casaras con Laura.
   —Hija, eso era porque tenías celos de que Dani se encaprichase de la tía y querías el camino libre. Menuda manipuladora estabas hecha.
   Sonreí asintiendo mientras él se incorporaba poniendo rumbo a su dormitorio.
   —No sé, Violeta —prosiguió justificando su flaqueza—, se avecina un mes muy complicado para mí, ya lo sabes.
   Mi padre se detuvo, besó sus dedos y sopló en dirección a la fotografía familiar de 1981 que engalanaba el salón. El óleo con la imagen de mi hermana se había ubicado de nuevo en la antigua habitación prohibida, la cual se explotaba como despacho donde se emplazaba el ordenador que solía usar yo, también ofrecía una pequeña cama para invitados que nunca se utilizaba.

   Llegó septiembre y, con él, las Fiestas de Nuestra Señora de la Esperanza. Estas celebraciones traían consigo a los famosos encierros taurinos que, en muy poco tiempo, habían logrado una enorme popularidad en la comarca. Antonio era miembro de la peña llamada Glóbulos Rojos, muy activa durante los festejos. Todos los días de aquella semana frenética de feria se convocaban para comer, beber o llevar a cabo cualquier actividad de entretenimiento. Había quien corría delante de los novillos cada mañana, en ese grupo se encontraba Antonio. Aquella gente, de todas las edades y clases sociales, era amistosa conmigo, nunca me juzgaron por mi apariencia física. Reconozco que, en ocasiones, me suponía un enorme esfuerzo aguantar hasta el final de la noche. El encierro, con el cielo ya amanecido, era el colofón con el que se culminaba cada velada. Retornaba a casa tras comprobar que mi amigo y sus compañeros de peña concluían con éxito la carrera después de que les persiguieran peligrosos astados de casi quinientos kilogramos.
   Con el agotamiento derivado de una noche sin descanso llegué a mi domicilio cierta mañana, creo recordar que la penúltima de las fiestas de septiembre. Me desconcertó encontrarme con la verja abierta en vez de entornada. Preocupada por una posible escapada de Yako, introduje mi automóvil en la finca con toda la prudencia que me permitía mi estado de alarma que procuraba avistar a mi perro que no me recibía como de costumbre. Pisé un reguero de sangre que se dirigía hacia la puerta de la entrada de la vivienda que, para mayor angustia, se hallaba abierta. La franqueé corriendo mientras gritaba «papá» y mentaba a los santos. No le encontré en la primera estancia de nuestro hogar, nadie respondía a mi llamamiento, las cortinas ondeaban en el salón con arrebato rompiendo el silencio con el zarandeo de la tela en la pared. Ascendí deprisa la escalera y accedí a su dormitorio. Estaba vacío. Escuché una voz que repetía en susurro: «Hijo de perra». No la identifiqué y un escalofrío me sobrevino, me aproximé con lentitud hacia mi cuarto, adentrándome —con un coraje que todavía hoy me asombra—, sin lograr descubrir nada de relevancia. Con sigilo, y a una distancia considerable para evitar ser sorprendida, me arrodillé para comprobar que debajo de mi cama no se encontraba nadie.
   —¿Papá? —gimoteé, atenazada por el pánico.
   —Ven, Violeta —contestó con la entonación recuperada.
   Percibí su voz desde la habitación de invitados, la que estuvo años cerrada con llave. Me acerqué, topándome con mi padre que me recibió cabizbajo sentado en la cama, con el rostro ensangrentado y el hacha, con la que tiempo atrás hirió a mi perro, sobre la colcha.
   —¿Qué te ha pasado, padre? —pregunté aterrorizada.
   —El muy hijo de puta se me ha escapado —atinó a contestar.
   Observé el lienzo de mi hermana tirado en el suelo, con el marco despegado y rajado en dos partes. Comprendí en aquel instante que alguien había asaltado nuestra casa.
   —¿Estás herido?
   —No, la sangre es del hombre al que he pillado in fraganti.
   —¿Qué ha ocurrido?
   —Han intentado robarnos. Al menos, uno de ellos se ha llevado una lección de la que se acordará toda su vida.
   —¿Has llamado a la policía?
   —Mejor no la llames —contestó tajante mientras efectuaba con las palmas de las manos un movimiento que invitaba a la calma.
   —Papá, por favor, cuéntame sin ambages lo que ha sucedido aquí esta noche, por lo que más quieras.
   —Me quedé durmiendo en el sofá, escuché a Yako ladrar, pero no le di importancia, entonces noté un ruido en esta habitación, percibí cómo cerraba la puerta con tiento y, sin pensarlo, cogí el hacha y subí. Entré, y, antes de que pudiera darse la vuelta, le sorprendí dándole un certero golpe en su mano cuando estaba abriendo este cajón.
   Advertí que el receptáculo que señalaba mi padre asomaba desencajado de la cómoda y se mostraba astillado por la parte superior.
   —Quiso hacerme frente al principio—continuó—, y creo que luego dudó en tirarse por la ventana, pero lo pensó mejor y se fue hacia la puerta. Aún tuve ocasión de encajarle un hachazo en la espalda. Ese delincuente huyó despavorido y, por sus chillidos, trató de advertir a su compinche.
   —¿Nos han quitado algo?
   —No han robado nada que yo sepa, he mirado abajo y está todo intacto, he visto que están todas las joyas de mamá. Pero han hecho algo peor.
   Creí que hacía referencia a la brecha en el cuadro de mi hermana y no pregunté para evitar indignarlo reconstruyendo los acontecimientos. Me arrimé en silencio para comprobar la rotura del tercer cajón, el que tenía reservado para compilar las noticias del accidente de mi madre.
   —Ten cuidado, no te manches —advirtió a sabiendas de lo que me iba a encontrar dentro.
   Presa del pánico intenté cerrar sin éxito el cajón en cuanto contemplé el charco de sangre que teñía de rojo el amasijo de papeles, además de un dedo completo amputado y varias falanges que posaban sobre los viejos recortes de periódico.
   —¡Joder, papá! —exclamé horripilada—, ¿le has seccionado media mano?, te van a meter en la cárcel.
   —Ese quinqui no robará más, al menos en esta casa —sentenció mi padre.
   —¿Que no?, ¡posiblemente venga con una pistola y nos mate!
   —Ese tipo no podrá apretar un gatillo en su vida, a no ser que sea zurdo, cosa que dudo si se tiene en cuenta que rebuscaba con la diestra en el interior…
   —¡Déjate de gilipolleces!, nos va a salir muy caro que te hayas tomado la justicia por tu mano. Deberías haber llamado a la policía, pero nunca agredir a esa gentuza poniéndote a su altura. Ya no podré coger el sueño con tranquilidad en la vida.
   —No te preocupes, que ya estoy yo para defenderte con el hacha. Pienso dormir con ella en la cama.
   —¿Y qué te piensas, que eres mi perro guardián?
   —Violeta —dijo adoptando un tono severo, a sabiendas de que yo no estaba al tanto de la noticia—; esos tipos han envenenado a Yako.
   Salí hacia el jardín vociferando el nombre de mi mascota hasta que lo encontré exánime en un escondrijo, en la parte trasera de la vivienda, donde acudía cuando enfermaba. Una chuleta mordisqueada junto a él delataba el modus operandi de aquellos ladrones. Siempre he creído que cuando los humanos o animales mamí­feros perecían, lo hacían con los ojos abiertos. Contemplé a Yako y parecía estar durmiendo, meneé su cabeza y lo levanté en peso rogando a Dios que su ausencia de aliento se debiera a que se hallase bajo los efectos del tóxico, pero que conservase todavía con un atisbo de vida que mantuviera mi esperanza de recuperarlo. Expectación que se difuminó cuando mi padre me agarró de los brazos y me separó de mi fiel amigo al escuchar que yo decía con insistencia: «Levanta, Yako, hoy vas a entrar conmigo a casa, seguro que papá no nos dice nada, venga. Levanta, amigo, venga, Yako, venga…».
   Entre lágrimas ayudé a mi progenitor en la limpieza de la habitación y de todo el goteo sanguinolento que abarcaba desde aquella sala hasta la verja de acceso a nuestra finca. «Tenías que haberle cortado el cuello», murmuraba mientras pasaba la fregona por la escalera. Haber estado toda la noche sin dormir me pasó factura. No conseguí conciliar el sueño con tranquilidad, la muerte de mi perro y una posible represalia por parte de los delincuentes eran pensamientos que erraban por mi mente hasta azorarme, concediéndome toda una sesión de pesadillas que nublaron mi entendimiento durante un extenso periodo de tiempo.
   El sábado siguiente, ya acabadas las fiestas, acudí a la tienda de Maruja y su hijo para proveer de alimentos nuestra alacena. Antonio hizo eco de una noticia aparecida en la prensa local que aludía a un delincuente de Calasparra que había sido atendido en un hospital cercano por la amputación de varios dedos. En un quiosco próximo a su comercio adquirí un periódico regional que abordaba el suceso de la siguiente manera:

COMARCAL
Herido de arma blanca en los encierros de Calasparra
Según fuentes del Hospital del Noroeste de Caravaca, la mañana del miércoles 6 de septiembre, un hombre de 30 años de edad, con las iniciales de J.B.H. y natural de la pedanía calasparreña de Valentín, fue atendido de urgencia tras la amputación de varios dedos de su mano derecha y una fractura en el omóplato derecho de consideración ocasionadas por arma blanca. El individuo, un toxicómano con numerosos antecedentes por robo, no pudo concretar el origen de las heridas, aunque el Jefe de la Policía Local de Calasparra apunta a una posible reyerta callejera producida durante las fiestas patronales de dicha localidad.

   Emulé a mis vecinos espiando tras las cortinas durante semanas. Aguardando con sospecha e incertidumbre una más que probable venganza. Días antes enterramos el cuerpo de Yako, unas pocas horas después de que lo mataran. Mi padre cavó una pequeña fosa junto a la higuera, era su árbol preferido para cobijarse del sol cuando buscaba descanso en las interminables tardes de verano.
   —Papá, ¿crees que vendrán? —pregunté sin haberme recuperado todavía de las pesadillas que padecí aquella mañana.
   —No, no creo hija, no te preocupes.
   —¿Por qué crees que hay gente que roba y se dedica a hacer el mal?
   —Así como en las guerras todos creen que pertenecen al bando de los buenos, a ese tipo lo han educado codiciando lo ajeno, porque, de algún modo, piensa que nosotros, somos los malos de su película. Que los hemos dejado apartados de la sociedad, marginados, etcétera. En su ignorancia, creen que somos el enemigo y ellos se toman el derecho de buscar la compensación de lo que a cada uno le corresponde; infringiendo unas reglas sociales que, en verdad, son injustas.
   —Justificas lo injustificable: mataron a Yako.
   Mi padre seguía echándole tierra en la cavidad donde yacía nuestro perro. Me contempló asintiendo y sé que comprendió mi irritación. Su filosofía donde todo el mundo nace bueno y que las circunstancias de la vida son las que acaban convirtiendo a que alguien delinca no se podía sostener. Menos aún aquel día.



Andrés, VIII

   La sala de espera del Hospital Virgen del Rosell se convirtió en una expectante reu­nión familiar la Nochebuena de 1978. Sentado junto a Andrés se hallaba su padre y algunos parientes de Patricia. La mañana del 25 de diciembre vino al mundo Su­sana, nombre elegido como recuerdo al personaje homónimo de Las Bodas de Fígaro, la ópera preferida de su padre. Los negocios habían crecido notablemente, a las antiguas tiendas cartageneras se aña­dieron dos comercios, uno en Alameda de San Antón; y otro en Ronda Norte, este último en la ciudad de Mur­cia. Los cincuenta kilómetros que separaban el establecimiento murciano del resto de los comercios de la empresa obligaron a que Pepe y su hijo delegaran en Paco para dirigirlo. El amigo de Andrés se había ganado la confianza de la gerencia por su competencia y lealtad. Las verdulerías precursoras del pequeño imperio de los Rosique fueron cerradas años atrás, arrendando los locales a empresas de ali­mentación.
   Con el nacimiento de su hija, pensó Andrés que sería adecuado realizar un cambio de domicilio y destinó todos sus ahorros a la adqui­sición de una nueva vivienda. Antes de que Susana cumpliera un año la familia se había trasladado a una zona residencial en Tentegorra, a cuatro kilóme­tros de la ciudad. Los quehaceres del hogar, sumados a los de la pequeña criatura, exigieron la contratación de Lily Mrowiec, una mujer de origen francés y padre polaco. La niñera llevaba dos décadas en España y prefirió permanecer en el país, cuando enviudó, a pesar de no tener familia y apenas unas pocas amistades. Por beneficio de am­bas partes, convinieron al poco tiempo, que la estancia de aquella mujer fuese intensiva de lunes a viernes incluyendo la pernoctación, destinando uno de los muchos dormitorios de la planta superior para su uso personal. El cariño entre los habitantes de la casa fue creciendo de tal manera que la em­pleada, fuera de lo pactado, acudía incluso algunos fines de semana a cocinar o cuidar de la pequeña. Había adoptado el rol de abuela que en ab­soluto molestaba al matrimonio.
 
   Era un tórrido domingo de verano de 1980, cuando Paco —que ya residía en la ba­rriada de El Infante, en Murcia— acudió a la casa de la familia Rosique Domínguez acompañado de Consuelo, su novia.
   —Prohibido hablar de la empresa —propuso el anfitrión a Paco mientras saludaba a la pareja.
   —Sí, que para eso tenemos el resto de días de la semana.
    Andrés se encaminó hacia la cocina para ayudar a su mujer a preparar el aperitivo, dejando a sus invitados a solas con Susana que correteaba alegre alrededor de la pareja.
   —Menuda casa tienen, ¿eh, Consuelo? —susurró Paco.
   —Ya sabes, los ricos, se lo quedan todo, y por mucho que tú trabajes, ellos ganarán más. Estoy segura de que si te montaras por tu cuenta podríamos en poco tiempo tener una casa igual. Por cada peseta que tú ganas él se lleva cien. Puedes estar en­lomao para que funcione su tienda que le da igual.
   —No hables así de Andrés que gracias a él dispongo de un buen sueldo, dirijo una tienda, y tengo a mi cargo a un vendedor, un técnico, una dependienta… y ¡cállate que nos van a oír!
   —Si es que eres tonto de lo bueno que eres, pero tonto de remate —cuchicheó Con­suelo oyendo al matrimonio acercarse con el sonido de los platos.
   Por la noche, cuando Paco y Consuelo se habían marchado a Murcia, Andrés se dirigió a su mujer.
   —Ha sobrado algo de vino, ¿te apetece?
   —He bebido un vaso de cerveza en la cena y creo que ya es suficiente, no debo be­ber más, ¿sabes por qué? —preguntó con tono intrigante.
   Andrés la miró con interés.
   —Creo que estoy de nuevo en estado.
   Y era cierto su vaticinio, la autora de La hija del leñador había sido engendrada.



martes, 12 de mayo de 2020

Volumen 15 de «Mi hija y la ópera»


14

   Unos cuantos meses habían transcurrido desde que agregué como contactos a Ángel, mi paisano cartagenero; y a Fran, de Elda. A pesar del tiempo pasado y de nuestra relativa cercanía geográfica continuaba sin conocerles en persona, cosa que, lejos de contrariarme, agradecía. Permanecía cerril a la hora de negarme a enviar cualquier documento gráfico donde apareciera mi imagen. Esa recalcitrante postura se volvió en mi contra, y poco a poco se fueron diluyendo aquellas simpáticas sesiones que manteníamos durante horas en el chat, transformándose en escuetos y protocolarios correos electrónicos que preguntaban acerca de mis acontecimientos de fin de semana. Mensajes con los que daba rienda suelta a la imaginación, mintiendo sobre experiencias que nunca ocurrían debido al estilo de vida ermitaña impuesto por mi padre.
   Al final, transigí en la petición de mis amigos y acepté una cita con ellos aprovechando que se aproximaban las celebraciones de las fiestas patronales de los santos mártires San Abdón y San Senén, a finales de julio. Al igual que los encierros de septiembre aquellos festejos eran casi desconocidos para mí. Era el precio de vivir apartada del pueblo, no por la distancia, sino por la falta de arraigo con Calasparra y sus gentes. Les propuse que acudieran el domingo 30, por lo que se decía, el día grande de aquella festividad. Tras largas negociaciones vía mail con Ángel y Fran convinimos que visitarían mi localidad y, por ende, me conocerían, el viernes día 28. El punto de encuentro sería la puerta de un local al que llamaban El Crillas, del que mi padre hablaba maravillas. La propuesta inicial era la de acudir a dicho establecimiento de tapeo y cañas para después dirigirnos a alguno de los cercanos locales de copas del centro urbano de la población. Fiel a mis complejos, en cada comunicación, hacía alguna advertencia relacionada con mi físico y de mi exiguo interés en que nuestra amistad se convirtiese en otra cosa. Una semana antes del día convocado para el encuentro nos facilitamos nuestros números de teléfono. Tres o cuatro jornadas después recibí una llamada en el móvil que compartía con mi padre.
   —¿Violeta?, ¡soy Ángel! —saludó una voz alegre.
   —Hola, Ángel —contesté nerviosa.
   —Te llamaba para confirmar lo del viernes, es que no te he visto conectá estos últimos días.
   —Llevo una semana un tanto liada por mi reciente inscripción a la autoescuela.
   —Nos dijiste a las nueve en El Crillas —dijo.
   —Sí, Ángel, procuraré llegar antes que vosotros. Si ves a una chica delgada, con gafas, el cabello moreno, largo y rizado, y el rostro extravagante: esa soy yo.
   —¡Qué manía!...
   —Si lo digo para que vuestro interés de acudir al pueblo no tenga dobles intenciones.
   —Por mí no te preocupes, Violeta, que eres una pesá —dijo sin abandonar su deje bromista—. Es más, es el Fran quien tiene intención de ligar contigo.
   Me encantó escuchar por primera vez la voz de mi amigo. Emanaba seguridad. Sentí que había conversado con quien ha recibido de la vida buenas cartas para poder disputar, con sobrada tranquilidad, la partida del destino. Lamenté ser tan persuasiva sobre el verdadero motivo de nuestro encuentro creyendo que él pensaría que tanta preocupación por mi parte en ese sentido obedecería a mi falta de mundología. Di por sentado que mi padre no pondría objeciones a este asunto, craso error. Por lo visto, ser mayor de edad no suponía ningún obstáculo a que me impusiera condiciones para dicha cita.
   —Vamos a ver, hija, ¿cómo vas a ir al pueblo?, ¿en bicicleta?
   —Había pensado en que me trasladaras tú y que luego me trajesen ellos. Te recuerdo que, aunque no los conozca en persona, son amigos míos desde hace mucho tiempo.
   Mi progenitor negaba con la cabeza.
   —Como estoy seguro de que no vas a querer ir a la cita conmigo, te sugiero que vayas con alguien de confianza, por ejemplo, Juan.
   —¿Con qué Juan?, ¿con tu amigo Juan?, ¿el que lleva «Amor de madre» en el brazo? Pensarán que vengo a atracarles.
   —Te he dicho «Juan» porque él está más cerca de tu edad que de la mía y es una persona de confianza. Si no, propón un amigo que pueda ir contigo, que a mí me da igual.
   —¿A qué amigos, papá?, si mis verdaderos amigos son con quienes voy a quedar.
   —¿No dices que te llevas muy bien con el hijo de Maruja, la de la tienda?
   Ahí caí en la cuenta de que exagerar respecto al grado de amistad que se tiene con alguien puede ser contraproducente.
   —¿Antonio?, él tiene su propia peña en el pueblo, no dispondrá de tiempo para que yo le convoque.
   —Pues pregúntale, a no ser que quieras que te acompañe yo —conminó.
   —¡Papá, ya estoy harta de que me trates como si fuera una niña!
   —Hija, no quiero que te pase nada. Solo hazlo por mí. Quedar con Antonio te vendrá bien para conocer gente del pueblo, si no es tan intelectual como tus otros amigos tendrá otras virtudes.
   —Mis otras amistades son también corrientes.
   —Pero no los conoces del todo. Por favor, ve acompañada la primera vez, nada más, y luego… lo que quieras.
   A la mañana siguiente reflexionaba en cómo abordar el asunto a Antonio mientras me dirigía en bicicleta hacia su establecimiento. Mi petición de que me acompañara para conocer a unas personas cuya existencia él ignoraba no debería resultarle más violento que acudir a una cita conmigo, que a diferencia de lo que mi padre creía, mantenía una relación de clienta-dependiente con una pizca de confianza que, en mi opinión, no distaría respecto a la de otro consumidor de su comercio. Frené la bici y la hinqué junto a la puerta de la tienda mientras, desde el otro lado del cristal, contaba a ocho personas adultas esperando a ser atendidas. Me adentré y esperé a que uno a uno se fueran yendo. No era mi intención solicitar la ayuda de Antonio con la presencia curiosa de algún parroquiano, por lo que, a hurtadillas y acercándome a la entrada del comercio, cedí el turno a dos mujeres que accedieron al local después de mí. Dirigí la mirada a las estanterías con sobreactuado disimulo. Antonio lo detectó sin dejar de posar sus ojos en unas chuletas de carne que él mismo troceaba. Cuando la tienda se despejó de toda clientela ya solo quedaba su madre tras el mostrador de la verdura. Después de cerrar el cajón de la vieja caja registradora se asomó Antonio con rostro inquieto, ataviado con una bata blanca llena de chorretones ensangrentados.
   —¿Qué buscas, Violeta?
   —En realidad nada que puedas ofrecerme en esta tienda. Quería pedirte un favor personal.
   Cualquier tarea que pudiera estar realizando su progenitora fue paralizada incontinenti para acaparar toda su atención en nuestro dialogo. Percibía como único sonido el resuello fatigado propio de los obesos.
   —He quedado con unos amigos en El Crillas, pasado mañana por la noche.
   Antonio me contemplaba atónito, ignorando qué interés podría suscitarle dicho acontecimiento. Sentí el peso de la mirada de su madre en mi cogote.
   —Esos amigos son de Internet —proseguí—, no los conozco en persona. Mi padre me ha puesto la condición de que acuda a la cita con alguien del pueblo, y he pensado que tú…
   —Vale.
   —¿Ah, sí? —pregunté sorprendida por su total disposición.
   —Sí. ¿Entonces tengo que ir a recogerte?
   —No. Quedamos en el bar, y ya cuando llevemos un rato, si lo deseas, te marchas con tus amistades.
   —No había quedao, pero al final siempre acabo con mi peña. Y como estamos en fiestas a lo mejor vienen mis primos de Cehegín.
   —No, hijo —prorrumpió su madre que, como cabría de esperar, atendía nuestra conversación—. Tú estate toda la noche con Violeta que es de muy buena familia y no como tus primos de Cehegín, que son chusma, que toda la familia de tu padre son clavaícos a él.
   —Si eso es lo que le estaba diciendo, madre, que lo que haga falta.
   —Yo me conformo con que me esperes a la hora indicada —dije—. Luego, lo que veas.
   —Que a mí no me importa irme contigo y con tus amigos de Internet               —insistió—, ¿cuántos van?
   —Dos amigos, Ángel y Fran.
   —¿Alguna chica?
   —No, yo nada más—confesé a sabiendas de que este último dato no le motivaría.
   —Bueno, no pasa na.
   —De acuerdo, pues nos vemos en El Crillas.
   —Violeta, dile a tus amigos que en el letrero del bar pone El Mejorano, que a lo mejor se lían.
   —Muy bien, Antonio, gracias. Y si luego permaneces un rato con nosotros, como tú conoces el pueblo mejor que yo nos podrás servir de cicerone.
   —¿De cice qué?
   Abandoné la tienda con una pequeña compra y la titánica satisfacción de contar con la colaboración de aquel tipo. Pensé que, amén de otros lugares del mundo, existía la posibilidad de encontrarme con amigos potenciales en Calasparra. Antonio era un chico popular en el pueblo y gozaba de toda la simpatía de sus coterráneos. Una paulatina amistad con él podría suponerme beneficios a medio plazo.

   Me apeé del viejo coche que conducía mi padre junto a la Iglesia de la Merced, frente al bar, era las nueve y cinco de la noche. Se despidió sin siquiera echar un vistazo al entorno para indagar quiénes serían los chicos que deberían estar esperándome, se marchó en dirección opuesta a nuestro domicilio, especulé que tal vez no le apetecería maniobrar debido al gentío que recorría la calle. Total, nadie le esperaba en nuestro hogar. Yo agradecí el gesto, no quería que me soltase besos o cualquiera de sus frases sentenciosas que no dejan en buen lugar mi madurez. Yo me apoderé del teléfono móvil, con la advertencia de que a la mínima incidencia llamase a casa. Me acerqué hacia El Crillas que estaba a unos pocos metros. El lugar estaba atestado de peatones que se dirigían en todas direcciones, varios carricoches con sus respectivos progenitores se cruzaron frente a mí con sincronía diestra. Sentí el nerviosismo palpitar cuando las miradas de los transeúntes se posaron sobre mí con la indeseable impresión de estar fuera de lugar. Como una advenediza me adentré en el establecimiento y me encontré con un par de jubilados que dialogaban a gritos acodados en la barra; y a Antonio, en el final del bar, sosteniendo una cerveza y contándole batallitas a la camarera. Él no se percató de mi presencia, por lo que, en vez de saludar, abandoné el local en búsqueda de mis dos amigos cibernautas. Me topé con una pareja de chicos nada más salir, al lado derecho de la puerta. Hablaban animados mientras fumaban. Muy distintos entre ellos y desemejantes respecto a los que deambulaban por la zona. Antes de que yo llegara a presentarme, los dos se miraron de soslayo y exclamaron al unísono: «¡Violeta!». Saludé al dúo con besos protocolarios y no remedié caer en el desconcierto pues sus apariencias no eran tal como las había imaginado. Con toda seguridad, ellos apreciarían esa misma sensación. Entramos al bar y ahí continuaba Antonio, con su vocerío y sus risas.
   —¡Hombre, ya era hora de que vinierais! —gritó desde el fondo del local.
   —Os presento a Antonio —anuncié con apocamiento a mis nuevos conocidos.
   —A ver, tú eres el cartagenero —acertó Antonio dirigiéndose a Ángel.
   —Sí —respondió el joven estrechándole la mano.
   —Y tú, el de Elche.
   —De Elda— dijo Fran.
   —¡Bah!, de Alicante —respondió Antonio—. Bueno, vamos a tomarnos unas cañas que la primera ronda va por mi cuenta.
   —De eso nada, aquí pago yo que tenemos que celebrar que, ¡por fin!, hemos conocido a Violeta —añadió Fran trazando una mueca sonriente.
   Nos sentamos junto a una mesa con sendos bancos a cada lado. En uno, Fran y Antonio dándole la espalda a la entrada del local; y enfrente, Ángel y yo. Contemplé la cara de niño pillo que mostraba mi compañero de asiento, de rostro bello, pelo corto de punta, casi tan delgado como yo e incluso de menor estatura. Me turbó apreciar unos anclajes metálicos en sus piernas formando anómalas protuberancias en el pantalón. Fran, aparentaba mayor edad que la que indicaba en su perfil como usuario informático, de cabello engominado, pulcro en sus atuendos, lucía un polo de marca y una fina chaqueta de color azul marino que le otorgaba un toque muy elegante.
   —¡Mira, Violeta! —dijo Ángel elevándose el bajo de los pantalones—, yo no tengo complejo por esto.
   —¿Qué te ocurrió? —pregunté creyendo que ese amasijo de metales sobre sus tobillos se debía a una enfermedad.
   —Me di un leñazo con una moto. Estuve un montón de tiempo en el hospital, y bueno, aquí estoy… puedo andar. Los médicos dijeron a mis padres que estaría toda mi vida en una silla de ruedas y ¡fíjate…! —advirtió que su amigo se estaba dirigiendo a la camarera y añadió—: ¡Acho, Fran, pídeme una cerveza!
   —Ya están pedidas —terció Antonio—, y unas cuantas cortezas de cerdo, que aquí las hacen buenas.
   —Pues llevas lo del accidente con mucha entereza —le dije a Ángel.
   —Al principio, cuando tuve el tortazo contra el coche, estaba hecho polvo. Fue hace dos años, yo tenía quince. Pero gracias a la rehabilitación y a unas cuantas operaciones... puedo manejarme solo sin que nadie me ayude.
   Entretanto, Antonio y Fran parloteaban animados, ya comenzaban a hacer planes para los encierros de septiembre. El bar se llenó de clientes con el mismo apremio que en nuestra mesa iban sirviéndose cervezas. Por suerte, Antonio le daba la espalda al resto del establecimiento y no advirtió la presencia de mi padre que se presentó de improviso. Lo acompañaba Juan, situados al principio de la barra, en el lado opuesto del local. Supe que ya me había visto cuando me crucé con sus ojos, los cuales, con deplorable fingimiento, proyectó sobre la imagen de un viejo cartel de una corrida de toros en La Condomina. Se dirigió al barman desde lejos y le hizo con los dedos el gesto de victoria; después, al ver al camarero coger un par de vasos, interpreté que le requería dos cervezas. Con otra seña rápida, que yo descifré como: «ponme lo de siempre» consiguió que le preparasen un par de ogros (una gigantesca corteza de cerdo, con mayonesa, anchoa y boquerón en vinagre). Comprendí por su sintonía con los camareros que frecuentaba aquella taberna más de lo que imaginaba.
   No se demoraron mucho y al poco reanudaron su marcha. Ni mi padre ni Juan me saludaron. Entonces, por estar algo achispada, me dejé llevar por la introspección y abandoné mentalmente la mesa. Reparé en las notables diferencias entre mi progenitor y su acompañante. A uno le llamaban el Leñador; barbiespeso de vello níveo que parecía manado de un cuento. Robusto, de tez morena y luciendo aquellas camisas de cuadros, declarando no estar a la última moda; el otro, el hijo del Chapas, un enclenque casi imberbe con perilla de varios días, exhibiendo camiseta de tirantes, colgantes y tatuajes cuyos pigmentos contrastaban con su piel blancuzca y velluda en lugares donde ni siquiera los varones suelen tener pelo, como en los hombros. Ambos, carcajeaban con vehemencia, haciéndose muestras de cariño masculino simulando, con sus bromas alegres, puñetazos en el pecho y abrazos colmados de frenesí. Percibí que el resto del bar también reía de irreprimible júbilo cuando aquel recuerdo de mi padre y su amigo se esfumaba de mi memoria a la par que regresaba de mi ensimismamiento. Para alinearme al estado de ánimo del lugar, arranqué con una risotada que no estuvo bien vista por ninguno de los comensales de mi mesa: Fran estaba relatando la muerte por ahogamiento de su padre en una de las playas de Santa Pola. Salimos de aquella taberna sobre las diez y media, consulté a nuestro «guía» calasparreño para que me informase de cuál era el establecimiento más conveniente para dirigirnos. Dudábamos entre proseguir de tapas en un bar o acudir a un local de copas. Fran y Ángel conversaban unos pasos por detrás, su preocupación era otra.
   —¡Violeta! —dijo Ángel—. Nos vamos. Fran se encuentra mal.
   Observé que su amigo se cubría con su chaqueta mientras asentía.
   —Vaya, ¿qué te pasa? —pregunté al eldense.
   —Nada importante, algo no me ha sentado bien, pero antes de que pase a mayores nos vamos. Tengo que dejar a Ángel en Cartagena.
   —Os podéis quedar en mi casa —propuso Antonio a Fran.
   —Las copas nos las tomamos otro día —dijo Ángel con rostro que pretendía aparentar resignación—. Hasta pronto, Violeta.
   Entrambos partieron con paso presto. Unas gotas de fina lluvia comenzaron a precipitarse, y aunque mi padre aguardaría junto al teléfono a que lo llamase, rogué a Antonio a que me acercara a mi domicilio.
   —¿Que te lleve a casa?
   —Por favor.
   —Vente conmigo, que te presentaré a mucha gente de mi peña. Venga, no seas tonta.
   —No, Antonio. Prefiero ir a mi casa, está empezando a llover y me gustaría irme. Otro día quedamos, si te apetece.
   Antonio, que conducía con bastante cautela, se preguntaba sobre las posibles razones de la repentina marcha de mis amigos.
   —¿Qué es lo que le habrá pasao al Fran pa’querer irse tan pronto?
   —Ni idea. Tal vez no le ocurriese nada. Solo que no le gustaría el sitio, o nosotros, o qué se yo…
   —Conmigo ha hablao un buen rato.
   —Ya os he visto, más que conmigo. A lo mejor he sido yo quien no le ha agradado. Se ve que se ha desinteresado por lo que yo podía ofrecerle y no ha querido perder el tiempo aquí con nosotros.
   Fue justo al cerrar los labios, tras emitir las últimas sílabas de crítica hacia mis amigos, cuando me percaté de que yo había actuado de un modo idéntico con Antonio en el momento en el que me quedé a solas con él. Ya avistaba en lontananza las luces de mi hogar, todavía con el reconcomio de haber manejado a mi ingenuo convecino, cuando rompí mi mudez para prometerle un próximo encuentro con el propósito de conocer a su peña local. Antonio aceptó de buen grado. La armoniosa y cálida música de Norma, de Bellini, me acogió al adentrarme en el salón. Mi padre leía junto al calor de la lámpara y del whisky, levantó la vista de la página y me interrogó acerca de la cita.
   —No sé por qué me preguntas, te he visto espiándome en El Mejorano.
   —Ya sé que me has visto, pero no te quejarás, he sido discreto.
   —¿Discreto?, si te hubiera mirado Antonio ya verías tú dónde se habría ido la discreción. Además, yendo con Juan es imposible pasar desapercibido, que menuda pinta tenéis los dos.
   Pretendí ser hiriente con aquel comentario, aunque no surtió efecto.
   —Sí, el gordo y el flaco… el punto y la i... Bueno, dime, ¿qué tal te parecen tus amigos?
   —Te voy a contar una cosa, papá; Fran, un estirado; Ángel, un chaval muy simpático que habla más que piensa, aunque un excelente tipo. Pero el que mejor impresión me ha dado: ya lo conocía.
   —¿Antonio?
   —En efecto. Es un chico inculto y vulgar, pero tiene un trasfondo noble. Para mí, esa es la mejor virtud que alguien puede atesorar.
   —Desde luego que sí, hija. Aunque no está de más recordarte que la maldad va siempre de la mano de la ignorancia.
   Mi padre reanudó sus quehaceres, lo contemplé durante unos segundos, bebió un pequeño trago de su copa, con parsimonia; abrió de nuevo la página del libro en el lugar donde se había detenido, como si aquel hombre que no alcanzaba los cincuenta y aparentaba más de sesenta años pudiera centrarse en la lectura abandonando cualquier pensamiento que le asaltase tras nuestra conversación. Sonreía sin motivo manifiesto humedeciéndose el dedo para pasar la hoja. A veces creía que el apodo del Loco —que junto al del Leñador le decían en el pueblo— le iba como anillo al dedo. No dejaba de sorprenderme que un tipo como él (cuyas preocupaciones no se hallaban fuera de la música, los libros o el jardín) destruyera su mutismo para preguntarme por asuntos mundanos.
   —Papá, ¿por qué me tratas como a una niña?
   —Violeta —expuso mientras cerraba el libro injiriendo el dedo índice como muesca entre sus páginas—, tienes que pensar que nuestra soledad me obliga a que yo asuma varios roles, además del de padre.
   —¿De qué roles me hablas?
   —No tienes madre, ni hermana mayor, ni ninguna amiga íntima que yo sepa. La única persona que podría preguntarte sobre tus relaciones personales es tu tía Laura que se va a casar dentro de un mes, y bastante tiene con eso y con lo de su madre. No es que quiera entrometerme en tu vida, pero déjame con mi poca experiencia que pueda darte mi opinión, solo quiero eso.
   Cavilé en las palabras de mi padre, tal vez, ese era uno de los muchos precios que debíamos pagar por nuestro destierro. Me abochornaba conversar con él en determinados asuntos pero, al fin y al cabo, no sabría con quién si precisase de algún consejo. Aquella noche, antes de acostarme, encendí el ordenador y envié un correo electrónico a Ángel y Fran. Pretendía mantener el contacto, al menos de manera virtual. En el mensaje mostraba mi preocupación por su regreso a casa y por el estado de salud del alicantino. Volví a reiterarme en mi disculpa acerca de la carcajada que solté de manera involuntaria cuando se contaba la angustiosa agonía del padre de Fran en la costa, justificándome con la excusa de mi falta de experiencia en eventos sociales y de lo fácil que me resultaba evadirme en situaciones tensas. No obtuve respuesta al mismo ni tampoco los vi conectarse en los siguientes días. La parte positiva de la visita de mis amigos internautas fue la de favorecer una aproximación hacia alguien que, de otro modo, hubiera sido difícil de conocer: un tipo llamado Antonio, verdadero propulsor de un cambio de actitud que me acercó a mis congéneres calasparreños.