martes, 12 de mayo de 2020

Volumen 15 de «Mi hija y la ópera»


14

   Unos cuantos meses habían transcurrido desde que agregué como contactos a Ángel, mi paisano cartagenero; y a Fran, de Elda. A pesar del tiempo pasado y de nuestra relativa cercanía geográfica continuaba sin conocerles en persona, cosa que, lejos de contrariarme, agradecía. Permanecía cerril a la hora de negarme a enviar cualquier documento gráfico donde apareciera mi imagen. Esa recalcitrante postura se volvió en mi contra, y poco a poco se fueron diluyendo aquellas simpáticas sesiones que manteníamos durante horas en el chat, transformándose en escuetos y protocolarios correos electrónicos que preguntaban acerca de mis acontecimientos de fin de semana. Mensajes con los que daba rienda suelta a la imaginación, mintiendo sobre experiencias que nunca ocurrían debido al estilo de vida ermitaña impuesto por mi padre.
   Al final, transigí en la petición de mis amigos y acepté una cita con ellos aprovechando que se aproximaban las celebraciones de las fiestas patronales de los santos mártires San Abdón y San Senén, a finales de julio. Al igual que los encierros de septiembre aquellos festejos eran casi desconocidos para mí. Era el precio de vivir apartada del pueblo, no por la distancia, sino por la falta de arraigo con Calasparra y sus gentes. Les propuse que acudieran el domingo 30, por lo que se decía, el día grande de aquella festividad. Tras largas negociaciones vía mail con Ángel y Fran convinimos que visitarían mi localidad y, por ende, me conocerían, el viernes día 28. El punto de encuentro sería la puerta de un local al que llamaban El Crillas, del que mi padre hablaba maravillas. La propuesta inicial era la de acudir a dicho establecimiento de tapeo y cañas para después dirigirnos a alguno de los cercanos locales de copas del centro urbano de la población. Fiel a mis complejos, en cada comunicación, hacía alguna advertencia relacionada con mi físico y de mi exiguo interés en que nuestra amistad se convirtiese en otra cosa. Una semana antes del día convocado para el encuentro nos facilitamos nuestros números de teléfono. Tres o cuatro jornadas después recibí una llamada en el móvil que compartía con mi padre.
   —¿Violeta?, ¡soy Ángel! —saludó una voz alegre.
   —Hola, Ángel —contesté nerviosa.
   —Te llamaba para confirmar lo del viernes, es que no te he visto conectá estos últimos días.
   —Llevo una semana un tanto liada por mi reciente inscripción a la autoescuela.
   —Nos dijiste a las nueve en El Crillas —dijo.
   —Sí, Ángel, procuraré llegar antes que vosotros. Si ves a una chica delgada, con gafas, el cabello moreno, largo y rizado, y el rostro extravagante: esa soy yo.
   —¡Qué manía!...
   —Si lo digo para que vuestro interés de acudir al pueblo no tenga dobles intenciones.
   —Por mí no te preocupes, Violeta, que eres una pesá —dijo sin abandonar su deje bromista—. Es más, es el Fran quien tiene intención de ligar contigo.
   Me encantó escuchar por primera vez la voz de mi amigo. Emanaba seguridad. Sentí que había conversado con quien ha recibido de la vida buenas cartas para poder disputar, con sobrada tranquilidad, la partida del destino. Lamenté ser tan persuasiva sobre el verdadero motivo de nuestro encuentro creyendo que él pensaría que tanta preocupación por mi parte en ese sentido obedecería a mi falta de mundología. Di por sentado que mi padre no pondría objeciones a este asunto, craso error. Por lo visto, ser mayor de edad no suponía ningún obstáculo a que me impusiera condiciones para dicha cita.
   —Vamos a ver, hija, ¿cómo vas a ir al pueblo?, ¿en bicicleta?
   —Había pensado en que me trasladaras tú y que luego me trajesen ellos. Te recuerdo que, aunque no los conozca en persona, son amigos míos desde hace mucho tiempo.
   Mi progenitor negaba con la cabeza.
   —Como estoy seguro de que no vas a querer ir a la cita conmigo, te sugiero que vayas con alguien de confianza, por ejemplo, Juan.
   —¿Con qué Juan?, ¿con tu amigo Juan?, ¿el que lleva «Amor de madre» en el brazo? Pensarán que vengo a atracarles.
   —Te he dicho «Juan» porque él está más cerca de tu edad que de la mía y es una persona de confianza. Si no, propón un amigo que pueda ir contigo, que a mí me da igual.
   —¿A qué amigos, papá?, si mis verdaderos amigos son con quienes voy a quedar.
   —¿No dices que te llevas muy bien con el hijo de Maruja, la de la tienda?
   Ahí caí en la cuenta de que exagerar respecto al grado de amistad que se tiene con alguien puede ser contraproducente.
   —¿Antonio?, él tiene su propia peña en el pueblo, no dispondrá de tiempo para que yo le convoque.
   —Pues pregúntale, a no ser que quieras que te acompañe yo —conminó.
   —¡Papá, ya estoy harta de que me trates como si fuera una niña!
   —Hija, no quiero que te pase nada. Solo hazlo por mí. Quedar con Antonio te vendrá bien para conocer gente del pueblo, si no es tan intelectual como tus otros amigos tendrá otras virtudes.
   —Mis otras amistades son también corrientes.
   —Pero no los conoces del todo. Por favor, ve acompañada la primera vez, nada más, y luego… lo que quieras.
   A la mañana siguiente reflexionaba en cómo abordar el asunto a Antonio mientras me dirigía en bicicleta hacia su establecimiento. Mi petición de que me acompañara para conocer a unas personas cuya existencia él ignoraba no debería resultarle más violento que acudir a una cita conmigo, que a diferencia de lo que mi padre creía, mantenía una relación de clienta-dependiente con una pizca de confianza que, en mi opinión, no distaría respecto a la de otro consumidor de su comercio. Frené la bici y la hinqué junto a la puerta de la tienda mientras, desde el otro lado del cristal, contaba a ocho personas adultas esperando a ser atendidas. Me adentré y esperé a que uno a uno se fueran yendo. No era mi intención solicitar la ayuda de Antonio con la presencia curiosa de algún parroquiano, por lo que, a hurtadillas y acercándome a la entrada del comercio, cedí el turno a dos mujeres que accedieron al local después de mí. Dirigí la mirada a las estanterías con sobreactuado disimulo. Antonio lo detectó sin dejar de posar sus ojos en unas chuletas de carne que él mismo troceaba. Cuando la tienda se despejó de toda clientela ya solo quedaba su madre tras el mostrador de la verdura. Después de cerrar el cajón de la vieja caja registradora se asomó Antonio con rostro inquieto, ataviado con una bata blanca llena de chorretones ensangrentados.
   —¿Qué buscas, Violeta?
   —En realidad nada que puedas ofrecerme en esta tienda. Quería pedirte un favor personal.
   Cualquier tarea que pudiera estar realizando su progenitora fue paralizada incontinenti para acaparar toda su atención en nuestro dialogo. Percibía como único sonido el resuello fatigado propio de los obesos.
   —He quedado con unos amigos en El Crillas, pasado mañana por la noche.
   Antonio me contemplaba atónito, ignorando qué interés podría suscitarle dicho acontecimiento. Sentí el peso de la mirada de su madre en mi cogote.
   —Esos amigos son de Internet —proseguí—, no los conozco en persona. Mi padre me ha puesto la condición de que acuda a la cita con alguien del pueblo, y he pensado que tú…
   —Vale.
   —¿Ah, sí? —pregunté sorprendida por su total disposición.
   —Sí. ¿Entonces tengo que ir a recogerte?
   —No. Quedamos en el bar, y ya cuando llevemos un rato, si lo deseas, te marchas con tus amistades.
   —No había quedao, pero al final siempre acabo con mi peña. Y como estamos en fiestas a lo mejor vienen mis primos de Cehegín.
   —No, hijo —prorrumpió su madre que, como cabría de esperar, atendía nuestra conversación—. Tú estate toda la noche con Violeta que es de muy buena familia y no como tus primos de Cehegín, que son chusma, que toda la familia de tu padre son clavaícos a él.
   —Si eso es lo que le estaba diciendo, madre, que lo que haga falta.
   —Yo me conformo con que me esperes a la hora indicada —dije—. Luego, lo que veas.
   —Que a mí no me importa irme contigo y con tus amigos de Internet               —insistió—, ¿cuántos van?
   —Dos amigos, Ángel y Fran.
   —¿Alguna chica?
   —No, yo nada más—confesé a sabiendas de que este último dato no le motivaría.
   —Bueno, no pasa na.
   —De acuerdo, pues nos vemos en El Crillas.
   —Violeta, dile a tus amigos que en el letrero del bar pone El Mejorano, que a lo mejor se lían.
   —Muy bien, Antonio, gracias. Y si luego permaneces un rato con nosotros, como tú conoces el pueblo mejor que yo nos podrás servir de cicerone.
   —¿De cice qué?
   Abandoné la tienda con una pequeña compra y la titánica satisfacción de contar con la colaboración de aquel tipo. Pensé que, amén de otros lugares del mundo, existía la posibilidad de encontrarme con amigos potenciales en Calasparra. Antonio era un chico popular en el pueblo y gozaba de toda la simpatía de sus coterráneos. Una paulatina amistad con él podría suponerme beneficios a medio plazo.

   Me apeé del viejo coche que conducía mi padre junto a la Iglesia de la Merced, frente al bar, era las nueve y cinco de la noche. Se despidió sin siquiera echar un vistazo al entorno para indagar quiénes serían los chicos que deberían estar esperándome, se marchó en dirección opuesta a nuestro domicilio, especulé que tal vez no le apetecería maniobrar debido al gentío que recorría la calle. Total, nadie le esperaba en nuestro hogar. Yo agradecí el gesto, no quería que me soltase besos o cualquiera de sus frases sentenciosas que no dejan en buen lugar mi madurez. Yo me apoderé del teléfono móvil, con la advertencia de que a la mínima incidencia llamase a casa. Me acerqué hacia El Crillas que estaba a unos pocos metros. El lugar estaba atestado de peatones que se dirigían en todas direcciones, varios carricoches con sus respectivos progenitores se cruzaron frente a mí con sincronía diestra. Sentí el nerviosismo palpitar cuando las miradas de los transeúntes se posaron sobre mí con la indeseable impresión de estar fuera de lugar. Como una advenediza me adentré en el establecimiento y me encontré con un par de jubilados que dialogaban a gritos acodados en la barra; y a Antonio, en el final del bar, sosteniendo una cerveza y contándole batallitas a la camarera. Él no se percató de mi presencia, por lo que, en vez de saludar, abandoné el local en búsqueda de mis dos amigos cibernautas. Me topé con una pareja de chicos nada más salir, al lado derecho de la puerta. Hablaban animados mientras fumaban. Muy distintos entre ellos y desemejantes respecto a los que deambulaban por la zona. Antes de que yo llegara a presentarme, los dos se miraron de soslayo y exclamaron al unísono: «¡Violeta!». Saludé al dúo con besos protocolarios y no remedié caer en el desconcierto pues sus apariencias no eran tal como las había imaginado. Con toda seguridad, ellos apreciarían esa misma sensación. Entramos al bar y ahí continuaba Antonio, con su vocerío y sus risas.
   —¡Hombre, ya era hora de que vinierais! —gritó desde el fondo del local.
   —Os presento a Antonio —anuncié con apocamiento a mis nuevos conocidos.
   —A ver, tú eres el cartagenero —acertó Antonio dirigiéndose a Ángel.
   —Sí —respondió el joven estrechándole la mano.
   —Y tú, el de Elche.
   —De Elda— dijo Fran.
   —¡Bah!, de Alicante —respondió Antonio—. Bueno, vamos a tomarnos unas cañas que la primera ronda va por mi cuenta.
   —De eso nada, aquí pago yo que tenemos que celebrar que, ¡por fin!, hemos conocido a Violeta —añadió Fran trazando una mueca sonriente.
   Nos sentamos junto a una mesa con sendos bancos a cada lado. En uno, Fran y Antonio dándole la espalda a la entrada del local; y enfrente, Ángel y yo. Contemplé la cara de niño pillo que mostraba mi compañero de asiento, de rostro bello, pelo corto de punta, casi tan delgado como yo e incluso de menor estatura. Me turbó apreciar unos anclajes metálicos en sus piernas formando anómalas protuberancias en el pantalón. Fran, aparentaba mayor edad que la que indicaba en su perfil como usuario informático, de cabello engominado, pulcro en sus atuendos, lucía un polo de marca y una fina chaqueta de color azul marino que le otorgaba un toque muy elegante.
   —¡Mira, Violeta! —dijo Ángel elevándose el bajo de los pantalones—, yo no tengo complejo por esto.
   —¿Qué te ocurrió? —pregunté creyendo que ese amasijo de metales sobre sus tobillos se debía a una enfermedad.
   —Me di un leñazo con una moto. Estuve un montón de tiempo en el hospital, y bueno, aquí estoy… puedo andar. Los médicos dijeron a mis padres que estaría toda mi vida en una silla de ruedas y ¡fíjate…! —advirtió que su amigo se estaba dirigiendo a la camarera y añadió—: ¡Acho, Fran, pídeme una cerveza!
   —Ya están pedidas —terció Antonio—, y unas cuantas cortezas de cerdo, que aquí las hacen buenas.
   —Pues llevas lo del accidente con mucha entereza —le dije a Ángel.
   —Al principio, cuando tuve el tortazo contra el coche, estaba hecho polvo. Fue hace dos años, yo tenía quince. Pero gracias a la rehabilitación y a unas cuantas operaciones... puedo manejarme solo sin que nadie me ayude.
   Entretanto, Antonio y Fran parloteaban animados, ya comenzaban a hacer planes para los encierros de septiembre. El bar se llenó de clientes con el mismo apremio que en nuestra mesa iban sirviéndose cervezas. Por suerte, Antonio le daba la espalda al resto del establecimiento y no advirtió la presencia de mi padre que se presentó de improviso. Lo acompañaba Juan, situados al principio de la barra, en el lado opuesto del local. Supe que ya me había visto cuando me crucé con sus ojos, los cuales, con deplorable fingimiento, proyectó sobre la imagen de un viejo cartel de una corrida de toros en La Condomina. Se dirigió al barman desde lejos y le hizo con los dedos el gesto de victoria; después, al ver al camarero coger un par de vasos, interpreté que le requería dos cervezas. Con otra seña rápida, que yo descifré como: «ponme lo de siempre» consiguió que le preparasen un par de ogros (una gigantesca corteza de cerdo, con mayonesa, anchoa y boquerón en vinagre). Comprendí por su sintonía con los camareros que frecuentaba aquella taberna más de lo que imaginaba.
   No se demoraron mucho y al poco reanudaron su marcha. Ni mi padre ni Juan me saludaron. Entonces, por estar algo achispada, me dejé llevar por la introspección y abandoné mentalmente la mesa. Reparé en las notables diferencias entre mi progenitor y su acompañante. A uno le llamaban el Leñador; barbiespeso de vello níveo que parecía manado de un cuento. Robusto, de tez morena y luciendo aquellas camisas de cuadros, declarando no estar a la última moda; el otro, el hijo del Chapas, un enclenque casi imberbe con perilla de varios días, exhibiendo camiseta de tirantes, colgantes y tatuajes cuyos pigmentos contrastaban con su piel blancuzca y velluda en lugares donde ni siquiera los varones suelen tener pelo, como en los hombros. Ambos, carcajeaban con vehemencia, haciéndose muestras de cariño masculino simulando, con sus bromas alegres, puñetazos en el pecho y abrazos colmados de frenesí. Percibí que el resto del bar también reía de irreprimible júbilo cuando aquel recuerdo de mi padre y su amigo se esfumaba de mi memoria a la par que regresaba de mi ensimismamiento. Para alinearme al estado de ánimo del lugar, arranqué con una risotada que no estuvo bien vista por ninguno de los comensales de mi mesa: Fran estaba relatando la muerte por ahogamiento de su padre en una de las playas de Santa Pola. Salimos de aquella taberna sobre las diez y media, consulté a nuestro «guía» calasparreño para que me informase de cuál era el establecimiento más conveniente para dirigirnos. Dudábamos entre proseguir de tapas en un bar o acudir a un local de copas. Fran y Ángel conversaban unos pasos por detrás, su preocupación era otra.
   —¡Violeta! —dijo Ángel—. Nos vamos. Fran se encuentra mal.
   Observé que su amigo se cubría con su chaqueta mientras asentía.
   —Vaya, ¿qué te pasa? —pregunté al eldense.
   —Nada importante, algo no me ha sentado bien, pero antes de que pase a mayores nos vamos. Tengo que dejar a Ángel en Cartagena.
   —Os podéis quedar en mi casa —propuso Antonio a Fran.
   —Las copas nos las tomamos otro día —dijo Ángel con rostro que pretendía aparentar resignación—. Hasta pronto, Violeta.
   Entrambos partieron con paso presto. Unas gotas de fina lluvia comenzaron a precipitarse, y aunque mi padre aguardaría junto al teléfono a que lo llamase, rogué a Antonio a que me acercara a mi domicilio.
   —¿Que te lleve a casa?
   —Por favor.
   —Vente conmigo, que te presentaré a mucha gente de mi peña. Venga, no seas tonta.
   —No, Antonio. Prefiero ir a mi casa, está empezando a llover y me gustaría irme. Otro día quedamos, si te apetece.
   Antonio, que conducía con bastante cautela, se preguntaba sobre las posibles razones de la repentina marcha de mis amigos.
   —¿Qué es lo que le habrá pasao al Fran pa’querer irse tan pronto?
   —Ni idea. Tal vez no le ocurriese nada. Solo que no le gustaría el sitio, o nosotros, o qué se yo…
   —Conmigo ha hablao un buen rato.
   —Ya os he visto, más que conmigo. A lo mejor he sido yo quien no le ha agradado. Se ve que se ha desinteresado por lo que yo podía ofrecerle y no ha querido perder el tiempo aquí con nosotros.
   Fue justo al cerrar los labios, tras emitir las últimas sílabas de crítica hacia mis amigos, cuando me percaté de que yo había actuado de un modo idéntico con Antonio en el momento en el que me quedé a solas con él. Ya avistaba en lontananza las luces de mi hogar, todavía con el reconcomio de haber manejado a mi ingenuo convecino, cuando rompí mi mudez para prometerle un próximo encuentro con el propósito de conocer a su peña local. Antonio aceptó de buen grado. La armoniosa y cálida música de Norma, de Bellini, me acogió al adentrarme en el salón. Mi padre leía junto al calor de la lámpara y del whisky, levantó la vista de la página y me interrogó acerca de la cita.
   —No sé por qué me preguntas, te he visto espiándome en El Mejorano.
   —Ya sé que me has visto, pero no te quejarás, he sido discreto.
   —¿Discreto?, si te hubiera mirado Antonio ya verías tú dónde se habría ido la discreción. Además, yendo con Juan es imposible pasar desapercibido, que menuda pinta tenéis los dos.
   Pretendí ser hiriente con aquel comentario, aunque no surtió efecto.
   —Sí, el gordo y el flaco… el punto y la i... Bueno, dime, ¿qué tal te parecen tus amigos?
   —Te voy a contar una cosa, papá; Fran, un estirado; Ángel, un chaval muy simpático que habla más que piensa, aunque un excelente tipo. Pero el que mejor impresión me ha dado: ya lo conocía.
   —¿Antonio?
   —En efecto. Es un chico inculto y vulgar, pero tiene un trasfondo noble. Para mí, esa es la mejor virtud que alguien puede atesorar.
   —Desde luego que sí, hija. Aunque no está de más recordarte que la maldad va siempre de la mano de la ignorancia.
   Mi padre reanudó sus quehaceres, lo contemplé durante unos segundos, bebió un pequeño trago de su copa, con parsimonia; abrió de nuevo la página del libro en el lugar donde se había detenido, como si aquel hombre que no alcanzaba los cincuenta y aparentaba más de sesenta años pudiera centrarse en la lectura abandonando cualquier pensamiento que le asaltase tras nuestra conversación. Sonreía sin motivo manifiesto humedeciéndose el dedo para pasar la hoja. A veces creía que el apodo del Loco —que junto al del Leñador le decían en el pueblo— le iba como anillo al dedo. No dejaba de sorprenderme que un tipo como él (cuyas preocupaciones no se hallaban fuera de la música, los libros o el jardín) destruyera su mutismo para preguntarme por asuntos mundanos.
   —Papá, ¿por qué me tratas como a una niña?
   —Violeta —expuso mientras cerraba el libro injiriendo el dedo índice como muesca entre sus páginas—, tienes que pensar que nuestra soledad me obliga a que yo asuma varios roles, además del de padre.
   —¿De qué roles me hablas?
   —No tienes madre, ni hermana mayor, ni ninguna amiga íntima que yo sepa. La única persona que podría preguntarte sobre tus relaciones personales es tu tía Laura que se va a casar dentro de un mes, y bastante tiene con eso y con lo de su madre. No es que quiera entrometerme en tu vida, pero déjame con mi poca experiencia que pueda darte mi opinión, solo quiero eso.
   Cavilé en las palabras de mi padre, tal vez, ese era uno de los muchos precios que debíamos pagar por nuestro destierro. Me abochornaba conversar con él en determinados asuntos pero, al fin y al cabo, no sabría con quién si precisase de algún consejo. Aquella noche, antes de acostarme, encendí el ordenador y envié un correo electrónico a Ángel y Fran. Pretendía mantener el contacto, al menos de manera virtual. En el mensaje mostraba mi preocupación por su regreso a casa y por el estado de salud del alicantino. Volví a reiterarme en mi disculpa acerca de la carcajada que solté de manera involuntaria cuando se contaba la angustiosa agonía del padre de Fran en la costa, justificándome con la excusa de mi falta de experiencia en eventos sociales y de lo fácil que me resultaba evadirme en situaciones tensas. No obtuve respuesta al mismo ni tampoco los vi conectarse en los siguientes días. La parte positiva de la visita de mis amigos internautas fue la de favorecer una aproximación hacia alguien que, de otro modo, hubiera sido difícil de conocer: un tipo llamado Antonio, verdadero propulsor de un cambio de actitud que me acercó a mis congéneres calasparreños.



sábado, 9 de mayo de 2020

Volumen 14 de «Mi hija y la ópera»



13

   Se celebraba la Eurocopa de Bélgica y Países Bajos de 2000 cuando los «correligionarios» Pedro y Juan, que parecían siameses adheridos al costado, volvieron a frecuentar nuestra morada. En la primera francachela, España fue derrotada por Noruega, como siempre el resultado del encuentro parecía no determinar el devenir de la noche. Cenamos después del partido, insistieron en que bebiera cerveza, la tomé con algo de asco y miedo. Haber sido testigo de lo que le ocurrió a mi futuro tío Alberto —le quedaban pocas semanas para contraer matrimonio con Laura—, por el consumo desmedido de bebidas alcohólicas, me condicionó a que ingiriese la cerveza con cierta mesura. Al igual que el vino, que le relevó para acompañar a una exquisita carne comprada para tan «eximia» ocasión. Admito que nunca me ha seducido el alcohol, presenciar las modorras que padecía mi padre con frecuencia, amén de otras particularidades personales que atribuyo a sus excesos, me han generado cierta antipatía hacia la bebida.
   Oía su disparatada tertulia mientras degustaba el café en la sobremesa, la única taza frente a unos pequeños vasos de licor que, mi padre y sus amigos, bebían al trago. Un mejunje —decían— para facilitar la digestión. Como no participaba en sus conversaciones, para romper el hielo, Pedro me propuso que tocara el piano. Aunque aquel público de tres personas ya me había sufrido cuando practicaba, la impresión de que lo que interpretase sería escuchado por ellos con suma atención me hizo palpitar la cafeína en mi piel. Tomé uno de esos desagradables chupitos de orujo que me retorció avinagrando la expresión facial y me encaminé hacia el piano. Mi padre, para aliviar la tensión que suponía que seis ojos estuvieran clavados en mi espalda, se marchó hacia la cocina para preparar unas copas a sus amistades. Ejecuté algunos fragmentos de melodías compuestas por mí, noté por el rabillo del ojo que me contemplaban boquiabiertos.
   —¡Cagoendios, cómo toca tu hija! —Aclamó Juan dirigiéndose a la cocina atendiendo a la llamada de mi padre.
   Pedro, mucho más cortés y con el deleite en sus ojos, esperó a que finalizase la selección aleatoria de canciones de aquella fugaz representación.
   —Violeta, en este preciso instante, eres el ser más bello del universo —dijo mientras aplaudía.
   No supe qué contestar a aquel genio de la oratoria y el buen gusto. Giré el tronco sin despegarme de la silla y le regalé una sonrisa vergonzosa. Pedro se encendió un puro y me devolvió una mirada condescendiente.
   —¿Ese último tema que has interpretado, es de tu cosecha?
   —Sí, ¿te ha gustado?
   —Me ha encantado, y eso que es la primera vez que lo escucho, cuando lo haya oído un par de veces y extasiado por la belleza del movimiento de tus finas manos al teclear tendré un conato de síndrome de Sthendal.
   —Si lo deseas toco alguna melodía conocida —propuse no entendiendo muy bien qué quiso decirme.
   —No. Prefiero escuchar tu música.
   Justo cuando posé mis dedos en el teclado y comenzaba a sonar una de mis últimas composiciones me interrumpió:
   —¿Conoces la de Memorias de África?
   Asentí y, sin mediar palabra, arranqué con la conocida melodía del tema principal del famoso filme. Tras la interpretación Pedro volvió a encomiar mis dotes artísticas, palabras obstaculizadas por culpa de la enérgica ovación de los que reaparecían en el salón: Juan y mi padre exhalando un cigarrillo (lo que prometía una noche eterna). No quise concluir ahí la sesión, creciéndome ante los vítores de aquel público entregado culminé el recital con un tema nostálgico que me servía de calentamiento cuando tocaba a dúo con Dani: una pieza de Michael Nyman.
   —Andrés, conozco profesores de piano del Conservatorio de Murcia que no lo hubieran hecho mejor que Violeta —dijo Pedro.
   —Tía, te podrías ganar la vida con esto —añadió Juan—, ¿qué tema has tocao que has emocionao a tu padre?
   —He tocado Big My Secret, de la película El Piano.
   —Hija, no toques esta música, ¡coño!, y menos si estamos celebrando algo.
   —Bueno, celebrando… los noruegos han vencido uno a cero —dijo Pedro.
   —Respondiéndote a ti, Chapicas —indicó mi padre dirigiéndose a Juan—, mi hija sabe tocar muy bien, doy crédito, pero no se atreve a dar el paso para tocar en público, en cierto modo la comprendo, a mí me pasaba igual, de joven.
   Me levanté del taburete entusiasmada y con orgullo, tomé asiento junto a ellos en uno de los sofás, deseé calmar el nerviosismo de la actuación acompañándoles con una copa para estar a la altura de su animada charla, pero en seguida el agotamiento y el alcohol ingerido durante la cena pasaron factura.
   —Violeta, vete a la cama.
   —Papá, tengo diecinueve años —contesté con arrebato somnoliento por sentirme recriminada por mi transposición.
   —Si es que te estás durmiendo, hija —dijo adoptando un tono más cariñoso.
   Renegando entre dientes, con algo de pesadez en la cabeza y la boca un tanto pastosa, me despedí de Pedro y Juan casi sin mirarles y subí hacia mi alcoba. Con el tiempo entendí cuánto mal podía causarme el alcohol en mi conducta y de las tonterías que podría llegar a hacer estando borracha, como relataré más adelante, aquella noche tuve fortuna, el exceso solo me produjo sed. Desperté dos horas después de haberme acostado. Acudí al baño a beber agua, en silencio y a oscuras, la iluminación del salón alumbraba vagamente el pasillo de la planta superior. Sé que chispeaba un poco, y tal vez por ello, en aquella madrugada de junio, se hallaban en el interior de la casa en vez de instalarse en el exterior como solían hacer en sus encuentros nocturnos. El humo ascendía hasta los dormitorios pero no me quejé. Escuché la voz de mi progenitor, sus dos camaradas debían de atenderle con expectación. Utilizaba un tono confidencial, como cuando se va a contar un chisme o un secreto, ese aspecto me llamó la atención. Oteé sus sombras desde lo alto de la escalera y agucé el oído:
   —Os lo repito —insistió mi padre—, jamás debe salir de esta casa lo que os voy a decir.
   Ellos no respondieron, debieron de afirmar con la cabeza. De inmediato, prosiguió:
   —El día que enterraron mi mujer y a mi hija no estuve presente en el cementerio. Antes, mi padre me había ayudado a vestirme, llevaba dos días sin dormir y no había ingerido nada hasta ese momento. A Violeta la cuidaban su tía y sus abuelos maternos que también estaban destrozados. Supe después, por la prensa, que aquel cementerio estuvo lleno de familiares, amigos y curiosos, a los que se sumaron periodistas y autoridades del Ayuntamiento de Cartagena. Yo no tenía fuerzas para presenciar cómo enterraban unos ataúdes, casi vacíos, con las cenizas de Patricia y Susana. Sé que, a un par de kilómetros antes de llegar al cementerio de Santa Lucía, abrí la puerta del coche de mi padre y salí corriendo. Un sentimiento de locura me apresó: Quería quitarme la vida.
   Realizó una pausa, tal vez para beber y humedecer sus labios secos, procuré que no se escuchase mi agitada respiración como consecuencia del desasosiego. Permanecí callada e inmóvil, desde la semioscuridad que me brindaba la primera planta, atendiendo aquel relato:
   —Durante horas estuve deambulando por uno de esos barrios marginales de Cartagena. Sé que quería morir, no tenía valor para tirarme delante de un tren o arrojarme al puerto atado a una roca, pero algo tenía que hacer para terminar con mi sufrimiento. Pensé que lo mejor se­ría que alguien me matase, provocar a un individuo para que me hiriese de muerte, empecé a temblar y quise paliar el miedo con una botella de whisky. Vestido de negro, con grandes ojeras y mi aspecto decrépito entré a una tienda; cogí una botella, di media vuelta y me fui. Las dos personas que estaban tras el mostrador, un joven y un hombre más mayor, que supongo que sería su padre, no me dijeron nada, permanecieron inmóviles, asustados por un tipo cuyo semblante debería horrorizar.
   »Deseé que me hubiesen pegado un tiro en la espalda o me hubieran atacado hasta provocarme la muerte, pero no lo hicieron. Salí de la tienda y me introduje en aquel barrio zigzagueando por las calles sin destino alguno.
   Jamás había oído hablar a mi padre con esa modulación propia de una confesión. Conocía el dato de su incomparecencia al sepelio, e incluso podía comprender su escaso interés en continuar viviendo, pero nunca me había mencionado que acabó robando en un establecimiento.
   —Fui a una plaza con una estatua en el centro y cuatro bancos a cada uno de los lados —continuó—. Me senté en uno de ellos con la botella de whisky entre mis piernas. Frente a mí, un grupo de cuatro jóvenes fumando chocolate y bebiendo cerveza. Los miré desafiante, los efectos del alcohol y los días sin dormir hicieron que mi cabeza se moviera como un lento péndulo, aun así, persistí en mi empeño de provocarles. Mis ojos se cerraban muy a mi pesar, ellos ya habían advertido mi presencia y de mi visible borrachera, bromearon haciendo comentarios sobre mi vestimenta negra: «Cuidao con este tipo que viene de un tablao flamenco», decían entre risas. Me acerqué tambaleándome a ese grupo que podían haberme hecho picadillo si hubieran querido y les grité: «¡Matadme, matadme si queréis, mi vida es una mierda!». «¡Vámonos!», se dijeron, y se dispersaron no queriendo buscar problemas con un loco. Me senté en el banco donde estaban ellos, quería que lo considerasen como una provocación y acabaran conmigo, pero no vinieron. El sueño acabó por rendirme en aquel lugar, ni siquiera el viento que se levantó aquella noche de septiembre me despertó.
   »Horas después, uno de los chicos que estaban en ese banco donde yo dormía se acercó a mí. Me increpó, me dijo que no le caían bien los borrachos y me empujó fuerte contra el respaldo. Noté los efectos del alcohol en mi cabeza a modo de pinchazos, tendría que ser ya de madrugada porque no había nadie en la calle. La mirada de aquel joven, que no sería mayor de edad, me hizo pensar que estaba muy drogado. Mi desorientación contribuyó a que no respondiese a las represalias de aquel chaval, cogí la botella, desenrosqué el tapón y eché un trago. Le dije a aquel tipo que si tenía huevos, que me matara.
   Efectuó otra pausa, ignoro si para darle un sorbo a su copa o para provocar más expectación, aprecié por su sombra que se mantenía de pie, intuyo que Pedro y Juan atendían embobados. Mi boca estaba deshidratada y percibía los latidos de mi corazón.
   —¿Qué pasó? —susurró Juan.
   —Repito, lo que voy a contar a continuación, queridos amigos, no deberá salir de esta habitación, nunca se lo he contado a nadie, pondría en peligro mi integridad, confío en vosotros ahora que tengo la necesidad imperiosa de contároslo. Me tenéis que prometer que jamás saldrá esta confesión de aquí.
    Entrambos debieron de afirmar con gestos, se quedó un silenció que evidenciaba el interés que suscitaba aquella revelación. Yo por fin iba a saber qué aconteció en aquellos días que estuvo desaparecido.
   —Aquel chico me dio una bofetada, era bastante más bajo y menos pesado que yo, esperando a que actuase con más contundencia con mis dos brazos le di un empujón que le hizo retroceder unos diez metros hasta que se cayó. Sacó una navaja y con la frase: «Vas a morir», se acercó hacia mí. Por un lado quería que me diera un golpe certero en el corazón, morir desangrado y reu­nir­me con mi mujer y mi hija, pero un indeseado instinto de supervivencia quiso que me defendiese del agresor.
   Mi padre calló, tal era el mutismo que creí distinguir el leve zumbido del frigorífico entre las exhalaciones de los cigarrillos, resaltando sobre el banal sonido de la llovizna.
   —Cogí su brazo —dijo reanudando el soliloquio— y se lo quebré empujándolo contra el banco, soltó la navaja que quedó bajo mis pies, él daba alaridos de dolor, le había partido algún hueso, cogí su navaja y lo miré, sentí que mi corpulencia y rabia me habían servido de ayuda y pensé que abusaba de un niño. Estaba dispuesto a irme y dejarle gritar hasta que le auxiliasen los vecinos cuando pronunció una frase que, de haberla omitido, le hubiera salvado: «Me cago en tos tus muertos».
   »Sujeté con firmeza la navaja, que estuve a punto de tirar a la estatua de aquel jardín, y me mordí los labios con fiereza. Saldría sangre de mi boca antes de que se me nublara la mente y le clavase la navaja en uno de sus ojos. Ahí tendido, y suplicándome piedad, lo dejé. Nunca sabré si acabé con su vida, no me dio tiempo para atestiguarlo porque distinguí cómo las luces se encendían, notaba el alboroto que se estaba generando en torno a las casas cercanas a la plaza.
   »Con el arma todavía en la mano me fui corriendo, los vecinos en calzoncillos salieron detrás de mí. No llegaron a cogerme, aquella carrera hizo que despertarse de la enajenación y supe de pronto que me encontraba en el barrio de Los Mateos, uno de los más peligrosos de Cartagena. Tiré la navaja a un descampado, a kiló­metros del suceso, cerca de Torreciega, a las afueras de la ciudad.
   —¡Cagoendios, Andrés!, ¿qué pasó? —preguntó Juan.
   —La verdad, querido amigo, es que no lo recuerdo con claridad, sé que estuve durante días siguiendo las vías del tren, varios kilómetros, comí de los desperdicios de humanos y animales. Llegué a mi casa de Cartagena un viernes, no sin antes arremeter con otro malnacido que tuvo la mala suerte de encontrarse conmigo en el camino. Aquella tarde granizó, pude refugiarme en casa y no lo hice, me quedé fuera, en la piscina, tal vez algún golpe certero del hielo en mi cabeza terminara conmigo, no tuve suerte. Me emborraché hasta caer al suelo y al día siguiente tiré mi ropa negra ensangrentada a la basura.
   El sigilo se apoderó de aquel trío. Inquieta por la precisión de la historia y de cómo mi padre pormenorizó los detalles de aquel crimen, subí el único peldaño que había descendido de la escalera y me dirigí cautelosa al dormitorio. Una vez allí pulsé el interruptor de la luz con fuerza, realicé un sonoro bostezo y acudí al baño a beber agua: pretendía que notaran mi presencia e impedir con ello que intercambiasen juicios de valor. Me acosté con el estómago anegado de líquido y no conseguí conciliar el sueño, aprecié en los susurros de Juan y Pedro una evidente conmoción. Conforme transcurrieron los minutos, el asunto fue reemplazado por temas menos desagradables. Doy fe, apenas pude dormir hasta la alborada.

   En los tres días posteriores mi padre articuló menos palabras que en aquella hora donde relató, con pelos y señales, lo acaecido aquella infausta semana de septiembre. Me sentí dolida por no haberme contado nada al respecto, máxime, habiendo sido testigo de lo fácil que le fue intimar con sus amigotes dichas confidencias. Por suerte, aquella noche acabaría siendo una de las últimas batallas de resistencia al alcohol y a las horas. A mi progenitor no le sentaban nada bien.




jueves, 7 de mayo de 2020

Volumen 13 de «Mi hija y la ópera»



12

   Los meses sucedieron con celeridad, Dani ya había dejado de venir a casa, contrajo matrimonio con la dependienta de la tienda de regalos y mantuvo sus clases particulares en Calasparra. De manera esporádica ejecutaba piezas de piano en locales nocturnos de la comarca del Noroeste, eventos a los que nunca pude asistir. A finales de 1998 algo inédito ocurrió: por primera vez acudí al pueblo yo sola. Siempre había ido acompañada de mi padre, y creo recordar que en una ocasión con mi tía. A partir de entonces, comencé a bajar a la localidad con algo de frecuencia, en bicicleta como medio de transporte, empezando a dominar la batalla a mi complejo estético, o al menos en parte. Sin embargo, el único lugar que visitaba era una tienda de ultramarinos, el motivo por el cual inauguramos esta tendencia de compra no fue otra que la jubilación de Domingo, el encargado durante años de abastecer nuestra despensa transportando desde su vieja furgoneta los productos que le demandábamos.
   Poco antes de que nos comunicara el cese de su actividad laboral, después de tanto tiempo, conversé con él por primera vez (solía atenderlo mi padre). Domingo era una persona de campo, casi sin dientes e, incomprensiblemente, siempre llevaba el aspecto de no haberse afeitado en tres días. Sin estar al corriente de los años que cumplía sé que aparentaba muchos más. Pero su mayor peculiaridad era que caminaba sin adoptar demasiados cambios al mismo encorvamiento con el que conducía. Anunciaba su presencia con un largo sonido de claxon, si no acudíamos a su llamada depositaba las bolsas del pedido junto a la verja. Dialogué con Domingo porque la curiosidad acerca de nuestros vecinos comenzaba a serme inaguantable.
   Cierto día, cuatro o cinco meses antes (estaba celebrándose el Mundial de Fútbol de Francia), después de una noche loca, tras el partido España contra Bulgaria con el resultado de seis a uno a favor de los nuestros, se marcharon Pedro y Juan con un turismo que conducía el primero. Ya había amanecido, Yako les siguió tras la estela del coche. A pesar del entumecimiento, porque estaba recién levantada, corrí detrás de mi perro con los mismos atuendos con los que había dormido. Mi fiel amigo desistió de la persecución justo frente a la parcela de nuestros vecinos y accedió a ella por la verja que se había quedado abierta, dado que Domingo, que también hacía reparto en aquella casa, estaba dejándoles un encargo. Jadeando por la carrera y paralizada por el miedo permanecí inmóvil en el límite de la parcela esperando a que Yako saliese.
   —Buenos días —susurró el viejo repartidor antes de introducirse en su vehículo que apenas había atravesado el umbral de la verja—, no dejes el perro aquí que se lo comen.
   —Buenos días, señor Domingo —saludé trémula—, ¿me podría ayudar a sacarlo, por favor?
   —No te preocupes, niña, llámalo que saldrá hacia la puerta, voy a tu casa que, viendo las caras de Pedro, el listo, y del Chapicas, con los que me acabo de cruzar… veremos a ver si tu padre me atiende.
   Asombrada por la precisa información que poseía de nosotros, me disgustó que, a mis diecisiete años, me tratase como a una niña y que se negara a prestarme apoyo en un lugar donde él entraba con frecuencia y yo era una intrusa.
   —Cógelo pronto —reiteró guiñándome un ojo mientras arrancaba la furgoneta—, que no lo ves más.
   —¡Yako! —berreé.
   Mi perro ladró y de la puerta de la casa apareció una mujer de negro, canosa y entrada en carnes. Yako se lanzó hacia mí con tanto impulso que casi me tira al suelo.
   —¡Ah, eres tú! —saludó en tono neutro, incongruente con su expresión beligerante.
   —Hola, mi nombre es Violeta, he venido a recoger a mi chucho, el muy estúpido se ha colado en su jardín, de verdad que lo siento.
   —Pues nada, hija. Adiós.
   —Espere, señora —pedí a pesar del pavor que engendraba en mí aquella situación—, usted sabe mi nombre, pero yo debería saber el suyo, al fin y al cabo somos vecinas desde hace mucho tiempo.
   —Mi nombre poco te importa.
   Cerró la puerta de su vivienda con furia, yo iba a hacer lo propio con la verja del jardín —sin mostrar, eso sí, ninguna exacerbación— cuando oí el chirrido de una ventana que se abría, intuyo que correspondía al salón de la casa. Alertado por escuchar una voz que desconocería se asomó una figura monstruosa, un ser horrendo que me examinaba atónito, o, al menos, ese era el semblante que reflejaba su asimetría ocular, carecía de orejas y poseía una boca enorme, las hendiduras del rostro descubrían unas facciones imperturbables, un mohín que fusionaba el sufrimiento con la estupefacción. El cabello, castaño, rizado y muy voluminoso que procuraba disimular aquella abominable cara. Mi perro y yo corrimos despavoridos hacia nuestra finca. Caí entonces en la cuenta de que aquella fisonomía que aprecié, meses atrás, desde la nueva habitación no era una ilusión óptica. Mi padre, con envoltura resacosa, me recibió exigiéndome explicaciones sobre dónde había ido. Quise relatarle lo recién acontecido con los habitantes de la casa con los que compartíamos carril, pero enseguida me silenció: «No tengo la cabeza para historias, voy a ver si consigo dormir un poco».
   Permanecí toda la jornada reflexionando sobre lo acaecido a primera hora de la mañana, aquello explicaba muchos porqués, comprendí el motivo de su aislamiento, y de que en el colegio me dijeran que vivía en la «Senda de los monstruos», donde, con toda seguridad, yo entraba en el lote. Me pregunté qué tipo de trastorno tendría el chico aquel y que, tiempo después, gracias a Internet, me permití indagar: el Síndrome de Treacher Collins (o una patología similar, puesto que los síntomas eran idénticos a los que observé en la página web). Me armé de toda la paciencia del mundo y al día siguiente madrugué como nunca para esperar a Domingo y bombardearlo a preguntas. Solo él podría aportar datos de lo que le había sucedido a aquel ser humano.
   —Buenos días, señor Domingo.
   —Hola, niña, ¡qué raro no ver a tu padre abriéndome la verja!, ¿pudiste sacar a tu perro de la casa de doña Josefa?
   —Sí, pero podía haberme ayudado.
   —¿Por qué?, si bromeaba cuando dije que se lo iban a comer, es un bulo lo que dicen que hacen con los perros.
   —Pues me lo creí, son muy raros.
   —Pensé que, como sois vecinos, os conoceríais. En el pueblo los tienen por locos, pero yo que les conozco te digo que no son peligrosos.
   —¿Cuántas personas viven en esa casa?
   —Dos, doña Josefa y su hijo, al que nadie conoce.
   —Yo lo he visto —informé solemne.
   —¿Que lo viste? —preguntó perplejo—, ¿dónde?
   —Asomado a la ventana, le había advertido su silueta en bastantes ocasiones, pero nunca le había visto el rostro hasta ayer, ¿qué le ocurrió, se quemó?
   —No, hija, no se quemó, nació así la criatura, y te confieso que yo también lo he visto, nunca digo esto en el pueblo porque me molestarían con preguntas. Me aterré al verlo, su madre siempre lo tiene escondío, hay quien dice que atao, que le da de comer en un recipiente como si fuera un animal. A pesar de solo haberle visto una vez, noto su presencia tras las cortinas en esa casa donde nunca me han dejao entrar.
   —Vaya, nació así, como yo —murmuré.
   —Niña, tú no puedes compararte con él. Al poco de nacer, su padre los abandonó; doña Josefa, que en el pueblo le llamábamos la Pepi, era amable, y guapí­sima, una de las mujeres más hermosas de por aquí. Ahora vive apartá del mundo, nunca sale, su hijo jamás ha salío de esas cuatro paredes, nunca ha ido al colegio y son los médicos quienes se dirigen a su casa. Su madre, y eso no me lo ha dicho ella porque tampoco habla mucho conmigo, es muy creyente, y piensa que su hijo es un castigo de Dios. O eso es lo que se rumorea en Calasparra.
   Las palabras de Domingo me hicieron recapacitar, a partir de aquel momento comencé a sentirme afortunada, las cartas que había repartido el destino me aventajaban respecto a otras personas. Calibré mi situación y me comparé con aquel ser que habitaba a menos de cien metros de mi hogar cuya vida estaba sentenciada desde que nació. Me sentí fatal por haber tenido que huir de aquel rostro y enseguida comprendí que debía obrar acorde a mis principios. Sin sopesarlo con mi padre, que todavía roncaba a pesar de lo avanzado del día, decidí hacer una visita de cortesía a mis vecinos. Había visto en las películas estadounidenses que, en ocasiones, para dar la bienvenida a un recién llegado al vecindario se le agasajaba con un pastel. Hice lo propio, elaboré una tarta de manzana, cuya receta —cómo no— aprendí de mi tía Laura. Me siguió Yako, lo que no me importó porque, de alguna manera, me sentía protegida.
   —Hola, doña Josefa —saludé sosteniendo el dulce con mis dos manos junto a mi perro que movía la cola anheloso de conocer todos los rincones de la parcela más cercana a nuestra residencia.
   —¿Qué quieres? —espetó distante.
   —Me gustaría disculparme con esta tarta de que mi perro entrase ayer en este jardín sin su consentimiento.
   —No tienes por qué preocuparte, muchacha.
   —¿Podría entrar, señora?
   —No.
   —Me gustaría conocer a su hijo.
   —Aquí vivo yo sola —sentenció.
   —Señora, lo he visto en alguna que otra ocasión tras la ventana —confesé con gesto cómplice—. Le prometo una cosa, solo quiero saludarle, como vecina, no le juzgaré por su apariencia. Se lo aseguro.
   Me observó durante medio minuto, me repasó de arriba abajo con el ceño fruncido y, luego, relajó el semblante.
   —Te dejaré entrar —convino adoptando una nueva expresión circunspecta—, pero dos cosas: la primera, si cuando salgas de aquí tienes pesadillas… tú te lo has buscado; y, luego, dile a tu padre que no ponga las zarzuelas esas tan temprano, detesto despertarme con esa maldita música.
   Asentí a sabiendas de que sería imposible cumplir la segunda condición. Ella me abrió la puerta, dejé a Yako correteando en el jardín y me introduje en su domicilio manteniendo en equilibrio la tarta cuya carga comenzaba a resultar pesada en mis enjutos brazos. La casa se encontraba lúgubre y segregaba de sus rancias paredes un insufrible hedor a humedad. Estaba llena de imágenes de santos, crucifijos y estatuas de la Virgen. La penumbra se ocultaba titilante gracias a la luz de un número ingente de velas dispuestas en lugares estratégicos. Me dirigió hacia una habitación, más oscura todavía, estaba el suelo acolchado y disponía de cubos de colores con letras y números típicos de las guarderías. Ahí estaba él, sentado en una esquina con aquel rostro impropio de este mundo. Aterrorizado por toparse conmigo lanzó un agudo alarido.
   —Hola, me llamo Violeta —saludé disimulando el temblor.
   —No te va a responder —contestó su madre—, no puede hablarte, sus deformaciones lo impiden. Solo grita, según el sonido sé si está alegre o furioso, pero poco más. Se llama Eduardo.
   La mujer agarró la tarta y sin mediar palabra la depositó en el suelo. Aquella criatura la engulló con las manos en pocos segundos, pensé que padecería de inanición o quizá sería su manera de comer. Doña Josefa sondeaba mi reacción como si yo estuviera presenciando una actuación circense. Aquel chico debería de medir, si consiguiera estirarse, cerca de un metro noventa, exteriorizaba deformaciones en su espalda y extremidades. Pa­recía haberse desarrollado en el interior de una jaula.
   —¿Cuántos años tiene?
   —Nació en el setenta y… ¿en qué año estamos?
   —En el noventa y ocho —respondí—, junio del noventa y ocho.
   —Veinte años tiene entonces. Los médicos me dijeron que no llegaría a esta edad, y ahí lo tienes, todavía jugando con sus cosas.
   —Pero ¿ve la televisión o interactúa con otras personas o animales? —curioseé suponiendo la contestación.
   —La tele no, porque se haría preguntas, quiero que piense que no es tan raro, una vez me trajeron un perro que él mismo mató porque no paraba de ladrarle, si has oído alguna vez que se lo comió ya te digo yo que es mentira. Lo único que ve del mundo exterior es por la ventana, menos mal que por nuestro carril pasáis poca gente. 
   Abandoné aquel hogar, convencida de que la realidad puede resultar perturbadora. Vociferé el nombre de mi perro por si acaso la leyenda que corría en torno a aquel tipo y su apetito por los canes fuese cierta. Nunca volví a adentrarme en esa vivienda, si bien, evalué durante un tiempo la posibilidad de entablar amistad con ese ser de rostro imposible, pero su retraso mental era demasiado profundo. Aquel joven de veinte años, cerebro pueril y cara de alienígena era una verdadera víctima de sus circunstancias. A partir de aquel día, cada vez que transitaba frente a la casa de mis vecinos saludaba sonriente a pesar de que ellos mantuvieron su talante irreverente.

   Aquella experiencia contribuyó a subsanar mi autoconfianza perdida con los años, con el tiempo conseguir llevar una vida algo más independiente. Conocí por aquel entonces a Maruja, la dueña de la tienda de ultramarinos, a la que comencé a visitar cuando el señor Domingo se jubiló. Aquella mujer hacía honor a su nombre, una chismosa que en las primeras ocasiones disparaba preguntas del tipo: «¿Tú de quién eres?» o «¿Cuánto tiempo llevas aquí?», y después me interrogaba pretendiendo sonsacar información, por ejemplo, sobre las personas que conocía del pueblo y todo tipo de impertinencias similares. No obstante, era una señora que se comportaba de una manera simpática conmigo, lo cual era lógico, dado que adquiríamos casi de todo en su comercio. Mostraba un aspecto descuidado, duplicaba en kilos su peso ideal. A menudo despachaba en bata, zapatillas y rulos sobre un cabello pobre y plateado, desaliño fomentado por residir en la misma trastienda del local. Usaba gafas con cristales de culo de vaso y poseía una elocuencia tirando a torpe que le confería un inevitable halo de ignorancia. Su marido había fallecido por cáncer de pulmón, las lenguas maledicentes del pueblo aludían a un lento suicidio causado por el tabaco, alegando que este fumaba para no soportar a su esposa por muchos años. Su hijo Antonio era afable conmigo, por lo que decían, muy popular y querido en Calasparra. Años después sería uno de los más famosos corredores de los encierros de septiembre. En lo corporal no era nada del otro mundo, pelo castaño y la mandíbula inferior muy pronunciada. Un bruto a la hora de articular palabras, no paraba de blasfemar y de realizar expresiones simplonas cargadas de muletillas, pero escribía aún peor, sus notas y tiques eran todo un insulto a la ortografía. Se lo podía perdonar gracias a su comportamiento risueño. Me complacía su modo de atenderme y, por primera vez, alguien de mi generación no realizaba muecas o comentarios despectivos sobre mi apariencia física.
   Durante meses, la señora Maruja y su hijo Antonio fueron las únicas personas del pueblo con las que mantuve algún trato particular, más adelante entablé amistad con gente de muy lejos. Mi padre había comprado, años atrás, una computadora personal para mi formación educativa, cuyo uso quedó extinguido con la marcha de Daniel, mi profesor. En los últimos tiempos me había centrado en las labores del hogar, sin descuidar, claro está, ni al piano ni a mi padre, al que ya le cubría una espesa y emblanquecida barba. Reanudé el uso de mi viejo ordenador en cuanto conseguimos que Internet llegara a casa. De repente, me encontré gracias a los foros de algunas webs, con grupos de gente con afinidades similares a las mías y, aún sin conocerlas en persona, podría catalogarlas como amigas. Nuestra conexión se establecía, por lo general, por medio de los canales de mensajería instantánea. En una comunidad de internautas aficionados a la ópera conocí a Berta Ferreyra, una argentina de treinta y nueve años, oriunda de su capital. Se identificaba con el gentilicio de porteña que prefería al de bonaerense. De alto nivel intelectual y económico, aquella mujer recién divorciada siempre acababa sus conversaciones con la promesa de que, pronto, me visitaría en un perentorio viaje a España. En otro foro, donde los que participábamos éramos apasionados del piano, conocí a otra de mis grandes amistades: Águeda Salamó, de veintinueve años y natural de Barcelona, amaba a partes iguales el instrumento que nos vinculaba como todo lo relacionado con Oriente. Acabó convirtiéndose en una virtual hermana mayor a la que yo, en ocasiones, reclamaba consejos. El cariño que experimentaba por ambas fue transformándose a un triángulo fraternal e inquebrantable que, espero, perdure siempre.
   Conocí también a dos chicos con los que mantenía contacto vía chat o correo electrónico, ellos participaban en una web de amigos de la Región de Murcia de cuyo foro yo también era miembro. Fran Pérez, de veinticinco años, procedente de Elda, en Alicante, aunque sus antecesores paternos vivieron en Caravaca (muy cerca de mi pueblo), y luego Ángel, algo menor que yo, diecisiete años, de Cartagena, la ciudad que me vio nacer. Ambos jóvenes, que también eran amigos entre sí, me trataban en un plano mucho más desinhibido y frívolo. Albergaban un especial interés en que les enviara algún archivo que contuviera una imagen mía, propuesta que siempre objeté. Percibía cierto tono picante en las conversaciones que manteníamos los tres a la vez, y una pretensión por cortejarme que, a veces, parecía una lucha por ver quién de los dos lograba con éxito que yo me aviniese a quedar a solas con él; cosa que me hacía sentirme estimada, sabedora de la imposibilidad de que ocurriera dicha cita. Fran y Ángel estuvieron durante meses «pretendiéndome» desde la invisibilidad de la red. En un tono más serio, me propusieron convocar un encuentro para conocerme en persona (entre ellos ya habían quedado en diversas ocasiones), a lo que yo siempre me negaba alegando motivos de toda índole. La realidad no era otra que el temor al rechazo y mi falta de confianza, todavía maltrecha por un pasado que poco a poco se iba disipando. Por primera vez mi universo se expandía fuera de las paredes de mi casa.



Andrés, VII

   En el ocaso del verano la pareja decidió casarse, ellos marcaron el plazo de seis meses para dar tiempo a los preparativos del enlace. Patricia y su madre se encargaron casi de la totalidad de los asuntos concernientes a la boda. Andrés, con el crecimiento de la empresa, utilizó el escaso tiempo del que disponía para la adquisición del traje y los obligados encuentros con el sacerdote de la Parroquia de San Fulgencio. Era una fría tarde, de enero de 1977, cuando se topó con la prima de Susana, que sa­lía de la Confitería Gallego, muy cerca de su casa.
   —¿Andrés? —preguntó dudando si era él.
   —¡Begoña!
   —Ya me he enterado de que te casas.
   —Sí, en un par de meses.
   —Una pregunta, y espero que no te moleste —musitó Begoña adquiriendo una entonación más confidencial —¿qué te pasó con mi prima?
   —No pasó nada, me di cuenta de que estaba enamorado de otra mujer.
   —¡Pero si bebías los vientos por ella!, ¡será que no se notaba!
   —Me encandiló su hermosura, lo admito, pero me hacía sentir insignificante. Conoces a tu prima mejor que yo.
   Begoña afirmó.
   —Susana no se acordará de mí.
   —Te equivocas —dijo—, a mi prima le afectó tu desprecio, y cuando se enteró de que estabas con la camarera de la heladería… casi enloquece. Dicen mis tíos de Bar­celona que ha estado en tratamiento por depresión.
   —No creo que tenga yo nada que ver en todo eso. Espero que ya esté mejor.
   —No tienes por qué preocuparte, Andrés; mi prima, como sabes, ha tenido a todo el que se le ha antojado bajo sus pies. He sido testigo de cuántos hombres se le han acercado en una sola noche.
   Andrés asintió con levedad.
   »Cambiando de conversación —prosiguió Begoña—, he visto un cartel de: «Se necesita personal» en tu tienda de Ramón y Cajal. Mi hermano está buscando trabajo y he pensado que podrías hablar con él. Paco es un experto de mecánica y electrónica, ha estudiado para eso.
   —Del personal se encarga mi padre, haré todo lo que pueda para que tu hermano trabaje con nosotros.
   —Te lo agradezco mucho, Andrés. Me tengo que ir que se me están congelando las manos, ¡hasta pronto!
   Caminando en dirección a su casa Andrés no pudo evitar pensar en las palabras de aquella chica, lamentando hondamente la fría y breve nota con la que comunicó a Susana su desinterés por ella. Se preguntaba sobre la conveniencia de pedir a Begoña o Paco el número de teléfono de su prima de Barcelona para llamarla y disculparse de tan pusilánime comportamiento, cosa que descartó al instante creyendo que sería inadecuado debido a la proximidad de su en­lace con Patricia. Pepe finalizó la entrevista con Paco comunicándole que comenzaría a trabajar al día siguiente. Llamó al teléfono del comercio de la plaza Juan XXIII donde trabajaba su hijo para anunciarle su decisión.
   —Andrés, ese amigo tuyo que ha venido a por lo del trabajo es un «lince».
   —Me alegro de que te haya gustado, a mí también me lo parece.
   —Otra cosa, hijo, ¿habéis visto algo sobre el banquete de la boda?, lo digo porque si quieres hablo con los Ramones.
   —¿Te refieres al Restaurante Ramón de Los Alcázares?
   —Sí.
   —Me parece buen sitio, llámalos, y si tienen libre el seis de marzo lo comento con Patricia y su familia.
   —Pues no te preocupes que ya me encargo yo de la reserva, de la negociación y de todo.
   —Gracias, papá.

  A mediodía del primer domingo de marzo de 1977 contrajeron matrimonio Andrés Rosique Marín y Patricia Domínguez Tortosa. El novio vestía un sobrio traje oscuro; la novia, un exquisito vestido blanco: lo que dictaba la época. De los po­cos invitados de la familia Rosique, algunos empleados, entre los cuales se hallaba Paco, más en calidad de amigo del prometido que como trabajador de las empresas de Pepe. Entre los numerosos convida­dos de la familia Domínguez Tortosa se contaba con la inseparable prima Asunción. Otros amigos comunes a la pareja comparecieron en el evento: José Blázquez, con decrépito as­pecto por «los abusos de la vida»; y Antonio López, que acudió a la cita acompañado de Alejandro, algo más que un amigo, que además le ayudaba en los arreglos musicales. Qué lástima que los instantes de felicidad sean casi inapreciables, unas pocas gotas de agua en el mar de la vida.
   El timbre del teléfono rompía el silencio la mañana de septiembre de ese mismo año, Patricia descolgó el aparato, Antonio López pre­guntaba por Andrés. Ella pronunció el nombre de su esposo para que lo atendiera y permaneció junto a él, sabía por la entonación que empleaba el músico que el motivo de la llamada era preocupante.
   —Han encontrado muerto a José —saludó Antonio con voz profunda.
   —¿Qué ha pasado?
   —Lo han encontrado muerto en una de esas casas abandonadas que hay en El Moli­nete, tenía una jeringuilla junto a él, es muy probable… —En ese momento Antonio se derrumbó.
   —Bueno, déjalo. —Andrés esperó a que su amigo recuperase el habla—  ¿Quién te lo ha dicho?
   —Mis padres. Han escuchado los gritos de su madre cuando ha ido la policía a co­municárselo.
   Las familias de Antonio y José residían en vivien­das contiguas, separadas tan solo por unos finos tabiques.
   —¿Qué ha ocurrido? —preguntó Patricia a su marido.
   —Mi amigo Jose ha muerto. Era el más joven del trío Los Prohibidos.
   Ella le abrazó durante unos segundos. Después, él se dirigió en si­lencio hacia el piano, situado frente a una de las paredes del salón. Comenzó a pulsar algu­nas teclas, de forma inconexa, sin melodía alguna. Su único propósito era esconder su rostro del campo de visión de su mujer. Unas lágrimas se precipitaron sobre el teclado.