miércoles, 22 de abril de 2020

Volumen 6 de «Mi hija y la ópera»


5

   De lunes a viernes, reemplazando las clases escolares, apoyaba a mi padre en las arduas tareas domésticas. Buena parte de aquel tiempo lo destinó a enseñarme a cocinar recetas sencillas. Las lecciones de piano que recibía los sábados se cambiaron a las tardes del martes y del jueves. Con esta medida —buena por partida doble— evitaba que Dani coincidiera con Laura; y conseguía tener a mi tía en exclusividad para optimizar el temario que cada fin de semana me aguardaba. Ella aprovechaba sus desplazamientos desde Cartagena para llevar y traer documentos relacionados con los negocios de mi padre y, así, descargar a Paco de su semanal informe que se convirtió en mensual. Seguían cayendo, no obstante, en viernes las visitas de la persona a la que yo llamaba «padrino». Él discutía con mi padre, junto al escritorio, en una de las esquinas del salón, acerca de contratos de personal, nóminas y sobre la prioridad de a cuáles proveedores debían firmar un talón o un pagaré. Lo único que recuerdo es que por aquel entonces sonaba menos el telé­fono. «He delegado demasiado en él», se repetía mi padre, aludiendo a su mano derecha en la empresa. Aquel hombre alegre y de pronunciada tripa, al que ahora se le juzgaba sobre su capacidad para coordinar el trabajo del resto de empleados, demostró, desde el principio, obediencia militar en todas las decisiones de mi padre, su jefe. Incluso cuando la medida pudiera perjudicarle.
   Las pocas conversaciones telefónicas que mantenían, adquirían, cada vez, un tono más agresivo, al menos, por parte de la persona que yo escuchaba. Aquello acabó por inquietarme. Por lo que deduje, las ventas del departamento informático no estaban dando los resultados previstos y la inversión había sido enorme. Sin que nadie me lo contara con exactitud, todavía sin cumplir los diez años, sabía que la crisis había llegado a Material de oficina Rosique, Sociedad Limitada.
   Algunos de esos días de invierno nos dirigimos a las ciudades de Murcia y Cartagena. Mi padre visitó sus comercios, contribuyendo con su presencia, en un vano intento de resurgir la empresa. Poca ayuda pudo ofrecer al percatarse de que conocía los nombres de sus empleados, pero no reconocía los rostros de la mayoría de los trabajadores. Los productos expuestos en estanterías y vitrinas eran un enigma para él, nada que ver con los que se comercializaban una década antes, cuando acudía a sus tiendas de manera diaria, época de la que yo no fui testigo. Se había quedado obsoleto, y no sabía cómo debía tirar del carro de una empresa cuyo funcionamiento desconocía de cerca, salvo las labores burocráticas.
   En uno de esos viajes a Cartagena visitamos a mis abuelos. Laura no estaba, mi abuela barría la acera de la puerta de su casa y, luego, hacía lo propio con las de los vecinos. Mi abuelo Emilio, resignado a las nuevas extravagancias de su mujer, permanecía sentado sobre el escalón de la entrada a su vivienda, fumando y saboreando un brandi a las once de la mañana. En silencio, observaba con enfado a mi padre, como si tuviera que darle alguna explicación. Hizo referencia a su afeitado, y añadió que, viéndole así, parecía estar de nuevo con su «hija». Recuerdo muy bien el tono mordaz que empleó con aquella última palabra. Tampoco me saludó mi abuelo con mucho más afecto, acariciándome el cabello sin mirarme. Parecía más preocupado por salvar su copa, posada en el suelo, de un puntapié, que de mis sentimientos. La estancia duró el tiempo que mi padre destinó a consumir un bote de cerveza que él mismo tuvo que servirse del frigorífico. Mi abuela seguía barriendo a treinta metros de su casa, supongo que nos había visto, pero siguió con su faena. No me produjo miedo en esta ocasión, sino extrañeza.
   —Adiós, don Emilio —dijo mi padre tocándole el hombro.
   —Andad con Dios.
   —Adiós, abuelito —dije dándole dos besos que no atinó a corresponder.
   Aquella fue la última vez que le vi con vida. Todavía evoco su aroma, una mezcolanza de puro, coñac y colonia Brumel.

   Un manto blanco cubría el monte un viernes de febrero de 1991, los tejados nevados del pueblo regalaban a la retina una imagen de postal. Aquel día se presentaría Paco, que se quedaría a comer con nosotros para versar con mi padre sobre una posible venta de la empresa a una de la competencia. Los gerentes de la firma interesada, conocidos como los hermanos Rivas, acudirían por la tarde. Pretendían poner precio al negocio de mi padre para apoderarse con ello de uno de sus más notables rivales dentro del marco regional. Un lujoso automóvil negro se plantó en el jardín aquella gélida tarde, de él salieron dos personas trajeadas de azul marino, eran Jaime y Ernesto Rivas. Mi padre se había arreglado para la ocasión vistiendo un pantalón gris y una camisa blanca; Paco —según decía—, se trajeaba en los eventos a los cuales acudía en representación de la empresa; asistió a este con una chaqueta verde oscura y prescindió de la corbata alegando que los viernes se permitía dicha licencia. Lo que más podría haber asombrado a mi padre fue constatar que aquellos populares hermanos apenas superarían los treinta años de edad. De perfecta oratoria y mejor pose, Ernesto, el que parecía más joven, llevó las riendas de la negociación.
   —Me muero por un café —pronunció al sentarse en el sofá en el que ya se había acomodado su hermano—. Esto de venir de copiloto durante la siesta…
   Mi padre, desde el sillón, me ordenó que trajera cuatro cafés de la cafetera cuyo silbido otorgaba al lugar de la reunión un aire familiar que, desde luego, no lo proporcionaba el asunto a tratar. Paco continuaba de pie, el nerviosismo sobre la incertidumbre de su futuro laboral le hacía caminar en círculo, alrededor del triángulo que formaban el sillón, el sofá y la mesa donde los hermanos Rivas habían dejado unos documentos que debían ser una especie de contrato.
   —Me he estado preguntado en estos días —dijo entrando al grano mi padre— sobre los distintos porqués de su impaciente propuesta.
   —Por una sencilla razón, porque ambas partes ganamos —respondió Ernesto—. Y será mejor que nos tuteemos, ya que somos colegas del sector. El mercado nos es favorable y creemos que es conveniente comprarte tu negocio, respetando al personal que tienes en tu empresa, que entrar en una guerra de precios donde terminaremos venciendo y vosotros arruinados. No queremos perder el tiempo, y lo honesto es proponerte una oferta para que puedas sacar partido a todos los años trabajados por ti y por tu padre, al que, por cierto, el nuestro le manda recuerdos.
   —Mi padre murió hace cinco años.
   Serví el café en las tazas y las llevé de una en una a la mesa, en un quinto viaje el azucarero y las cuatro cucharillas, con evidentes dotes para el servicio. Los presentes celebraron con una sonrisa reverencial que no se me cayese ningún utensilio en el trayecto. Jaime asió una de las tazas, echó varias cucharadas de azúcar y se levantó en dirección al despacho de mi padre, al otro lado del salón.
   —Rosique, ¿te importa que haga una llamada? —preguntó Jaime señalando el teléfono—, es que tengo que ver un asunto con unos clientes.
   Mi padre negó, dándole autorización. Ernesto, mucho más protocolario, miró a su hermano lamentando con una mueca su atrevimiento. Jaime se notaba menos calculador que el otro, iba engominado con un espeso cabello moreno a un lado, era de mayor grosor corporal que, asociado al desabrochado nudo de la corbata y a un paquete de elegantes cigarrillos que se le trasparentaban en el bolsillo de la camisa, le atribuían cierto aire a ejecutivo concupiscente, colmado de placeres, como la carne, y esta en todas sus versiones. Ernesto, sin embargo, parecía un educado ministro tomando café. Al comprobar que Jaime prolongaba la conversación telefónica, mi padre giró el sillón para estar aún más de frente con Ernesto y tratar de los detalles de la operación, cogió los documentos que compo­nían el acuerdo y les echó una ojeada, no sin antes expulsarme del salón con una sacudida de su cabeza. Por supuesto que no me fui del todo, me quedé al amparo de la puerta de la cocina curioseando lo que sucedía al otro lado, lamentando que el aparato telefónico estuviera más cerca de mí que la mesa donde se estaba negociando el futuro de nuestra economía.
   —Paco, vente para acá —o algo así dijo mi padre para leer junto a él los detalles del contrato.
   —Oye, Andrés —cuchicheó Ernesto—, esto es una cosa entre tú y yo. Es un asunto de gerentes.
   —Resulta, Ernesto, que Paco es al que tengo dirigiendo la empresa y, aunque el propietario soy yo, siempre escucho su opinión.
   Estuvieron leyendo por encima algunos párrafos, se indicaba en los mismos que se respetaría al personal y sus condiciones económicas, en especial, las de los más veteranos. Hablaron de una cifra que iba al final de la propuesta, la cual no pude escuchar por culpa de Jaime y sus innumerables muletillas mientras vociferaba por teléfono. Ernesto repasaba sus gestos con clara expectación, tenía la mirada aguileña y pose de buitre, parecía disimular que sentía frío cuando una mano buscaba a la otra intentando frotarla. Tenía el pelo muy corto y unas finas gafas le conferían un aspecto culto y reflexivo. Virtudes que no impedían que se descubriera, tras su fachada, a una persona con un alto grado de manipulación y codicia. Su hermano, el parlanchín, no aparentaba atesorar esas dotes.
   —El lunes os damos una respuesta —concluyó mi padre—, tenemos que ver esto con detenimiento y hablarlo con nuestro asesor fiscal.
   Los hermanos partieron con sus trajes oscuros en su bruno automóvil que se fue alejando en la negrura de aquella tarde glacial. Paco se marchó media hora después. Antes de irse argumentó que vender la empresa sería tirar por tierra el trabajo de varias generaciones y despreciar al personal que se había dejado la piel defendiendo un nombre y un proyecto conjunto. Implorándole que no se dejase seducir se despidió abrazando a su amigo y besándome varias veces en el mismo moflete, que, como un mal augurio, me evocó a mi abuelo Emilio, la única persona que me besaba de tal forma.
   —Hasta pronto, ahijada.
   —Hasta pronto, padrino —respondí, usando la mano para eliminar la saliva en mi mejilla.
   Al quedarnos solos mi padre abrió un estuche con varios compactos de la ópera Tristán e Isolda, insertando el primer disco. Me miró y le extrañó mi expresión, la que adopto cuando quiero que me den explicaciones.
   —¿Qué te pasa?
   —Papi, no me gusta esa gente, sobre todo el más callado, el que no ha hablado por teléfono.
   —Sí. Tiene pinta de ser un cínico.
   —¿Qué es un cínico? —pregunté siguiéndole hasta la cocina donde comenzó a servirse un whisky.
   —Es una persona que aparenta ser tu amigo, que te miente sin que se le note mucho, ¿comprendes?
   —¿Como los vecinos que se esconden cuando saludamos?
   —No, los vecinos son vergonzosos, poco tiene que ver con eso. Un cínico es… a ver, ¿te acuerdas de la abuela, que decía que te quería mucho, pero cuando estaba a solas contigo te pegaba?
   Asentí confundida sin tener muy claro si aquellos sujetos encorbatados trataban de pegarle a mi padre o algo parecido.
   —Y, sin son malos, ¿por qué no los echas como hiciste con el Carnicero?
   —En realidad, querida hija, no son malos, son empresarios. Su padre y, la vida, les ha adoctrinado bien. Ahora, aunque jóvenes, son perros de presa, muy astutos y mejores negociantes. Hacen lo que creen que deben de hacer. El mundo empresarial es una selva, no hay contemplaciones con los débiles. Ellos buscan su beneficio, ¿has visto el coche que tienen?, ¿a que es bonito?
   —Sí, muy bonito.
   —Pues seguro que envidiarán a un vecino, familiar o conocido que tenga un coche más grande. En el fondo, viven siendo unos infelices porque la codicia nunca te satisface del todo.
   Mientras procuraba comprender aquellas palabras repiqueteó el timbre del telé­fono que ya solía atender yo. Mi tía Laura, con voz apagada, quería hablar con mi padre.
   —¿Qué pasa con la tita, va a venir? —pregunté cuando colgó el auricular, extrañada de que no estuviera de camino a casa, como cada tarde de viernes.
   —Hoy no viene, pero mañana la podrás ver, iremos a Cartagena.
   —¿Entonces, tendré clase?
   —No, iremos a ver al abuelito, que está malo.
   Laura había comunicado, en la llamada, que su padre había sufrido un infarto y estaba hospitalizado. El frío de la madrugada y el temor sobre el futuro de mi abuelo me obligaron a dormir en la alcoba de mi padre, al otro lado de la cama. Sus ronquidos me parecían música celestial en comparación al traqueteo producido por el viento en la ventana de mi cuarto. A una hora inaudita volvió a sonar el teléfono, eran las seis de la mañana.
   —¿Diga? —carraspeó mi padre— ¡Vaya por Dios! ¿Cómo estás?
   Hubo un momento largo en el que mi padre no habló, se podía apreciar al otro lado del auricular una voz compungida hasta el paroxismo.
   —Laura, tranquilízate. Vamos para allá.
   Todavía aturdida, reparé en que mi padre acudió al cuarto de baño sin encender las luces creyendo que yo dormía. Incluso pude distinguir, en la distancia, que se encerró en el aseo no solo para orinar, porque juraría que le escuché orar. Partimos muy temprano hacia Cartagena, aunque ya nuestro destino no sería el previsto (el hospital), sino el Tanatorio Estavesa, no muy lejos del Virgen del Rosell, lugar donde mi estimado abuelo exhaló su último suspiro tras sufrir un segundo infarto, a unos cuantos pasillos de las incubadoras donde yo subsistí las primeras semanas de vida.
   Durante el camino nos invadió el silencio, las nubes grises se desplazaban vertiginosas; en la radio, una voz plana comentaba la última hora de la Guerra del Golfo. Me acordé de las batallitas milicianas que narraba mi abuelo; decía que se libró de la Guerra Civil, por joven; y de la Segunda Guerra Mundial, por suerte. Nunca he sabido cuánto había de cierto en todo aquello, siempre se dirigía a mí cómo el que va a contar un cuento, mezclando la verdad y la exageración con tono risueño. Utilizaba palabras amables no solo conmigo, sino con todo el mundo. Pensé que mi tía y mi abuela estarían atravesando un momento amargo, y así era, en parte. Accedimos a una de las salas del tanatorio, me sorprendió ver a mi tía Laura vestida de negro, junto a ella, mi abuela que, con mirada inexpresiva, parecía no asumir la defunción de su marido. Laura corrió hacia nosotros, puso sus gafas sobre su cabeza para que no se dañase la montura, y se estrujó con mi querido acompañante. Observé, tímida, que pendía de su mano un pañuelo, sin saber qué otra cosa hacer ante aquel abrazo eterno. Al retirarse de su pecho se dirigió a mí y me regaló dos besos mojados. Advertí que la camisa de mi padre estaba humedecida de lágrimas y quién sabe si de mucosidad.
   Dentro de un receptáculo acristalado estaba mi abuelo, inerte, como si se hubiese quedado dormido con el traje puesto. Mi padre me apartó del cristal ordenán­dome que saludara a mi abuela. Le obedecí. Seguía sentada con la mirada abstraída, le lancé dos rápidos besos en sendas mejillas sin que meneara la cabeza, mantenía la vista en el suelo. Junto a ella me senté cuando mi padre y mi tía se excusaron para dirigirse un momento a la cafetería. Aprecié que la sala donde me hallaba estaba repleta de personas desconocidas. Llegué a percibir murmullos que me aludían: «Esta debe de ser la nieta». Un señor se acercó y tendió su mano como muestra de condolencia, durante unos segundos me paralicé no sabiendo qué hacer y le respondí, dubitativa, con la mía. Era la primera vez que alguien me estrechaba la mano. Aquel hombre aparentaba ser coetáneo a mi abuelo. Ataviado con traje gris oscuro, sombrero y bastón, sería uno de los compañeros de juego de sus múltiples partidas de dominó.
   —Hola, Violeta, tu abuelo me hablaba mucho de ti, estaba muy orgulloso, decía que tocas el piano como Mozart, lamentaba no tenerte cerca para verte más a menudo.
   Permanecí en silencio durante unos minutos, sorprendida de que alguien a quien no había visto nunca conociera mi nombre. Mi padre me cogió de la mano cuando volvió de la cantina y nos fuimos al hogar que una vez compartió con su progenitor. La casa de mi abuelo Pepe se encontraba tal como se la dejó hacía ya un lustro. En todo ese tiempo, mi padre había entrado solo en un par de ocasiones. La vivienda mostraba lobreguez hasta que levantamos las persianas, descorrimos las cortinas y abrimos las ventanas, procurando eliminar aquel olor a vacío y olvido. Los tabiques estaban descascarillados por la humedad, una lámina de polvo cubría los muebles y un marco del Real Madrid que rezaba: «Un equipo para la historia» colgaba de la pared más amplia del salón. En la imagen, un gran número de jugadores de los años cincuenta que posaban con unos cuantos trofeos sobre el césped del estadio. Las otras paredes exhibían fotografías en blanco y negro. Una, con mi padre, en pantalón corto y tirantes, devorando un muslo de pollo frente al objetivo de la cámara; en otra instantánea, mi abuela con un vestido negro de época; y en otra imagen, un niño pequeño, intuyo que de cuatro años de edad, con un trajecito y con los ojos cerrados, debía ser mi tío Antonio. De soslayo observé a mi padre, mirándolas con detenimiento y la emoción contenida.
   —Papi, ¿aquí hay fotos de la mamá y de la hermana?
   —Sí, deben de estar en alguna de las cajas que contienen fotografías que hay por alguno de estos muebles.
   Tiré de una desvencijada cajonera que servía como mesa del televisor.
   —Pero no las busques ahora que te vas a ensuciar —prosiguió—, otro día que vengamos con más tiempo. Vamos a descansar que mañana hay que ir al cementerio, allí podrás ver los retratos de tu madre y de tu hermana.
   —Papi —dije realizando una notable pausa—. ¿Cuándo morimos, qué pasa?
   —Ninguna persona viva te podrá dar una respuesta verdadera, pero según a quién preguntes te contestará según sus creencias.
   —Y, ¿qué crees que pasa?
   —Pues, la verdad, no sé. Supongo que el cuerpo se descompone y la naturaleza lo recicla. De alguna manera pasa a ser otra vida, ¿te acuerdas de aquel gato que estaba muerto junto a un pino y que cada día se iba haciendo más pequeño hasta que desapareció junto al tronco?
   —Claro que me acuerdo, echaba peste.
   —De algún modo, la muerte del gato supuso nutrientes para el pino y le ayudó a crecer más fuerte. Con una persona pasaría igual que con cualquier otro animal, lo que ocurre, es que hay algo dentro de cada ser humano que no se apaga. La vida parece acabarse cuando el cuerpo muere, pero la existencia perdura, ¿cómo?, pues ni yo ni un científico ni un cura, te lo podríamos explicar.
   —La señorita Bermejo decía que cuando muramos iremos al cielo y que allí seremos almas para siempre, ¿crees que mamá estará en el cielo, viéndonos?
   —No sé si nos estará viendo, pero creo que estará esperándonos, seguro que está ahora recibiendo al abuelo.
   —¿El alma tiene cara?, porque si no, ¿cómo conoce mamá al abuelo?, y, ¿Susana, seguirá teniendo el aspecto de niña?
   —Joder, hija, sí que le das vueltas a las cosas —dijo mi padre para ganar un poco de tiempo en sus improvisadas respuestas—. Supongo que cuando morimos nos mostramos ante la eternidad con nuestros rasgos más bellos, es como si siempre tuviéramos veinte años.
   —Entonces, yo seguiré siendo fea siempre, porque, si no, nadie me reconocería.
   —No digas eso nunca, Violeta, no lo digas.
   Dieron sepultura a mi abuelo el diez de febrero de 1991. Aquella fría mañana de domingo pisé por primera vez el cementerio de Santa Lucía, lugar donde se hallaba la lápida de mi madre y de mi hermana, ubicada junto a la de mi abuelo. Mi padre, que tampoco había visitado aquel lugar, me señaló con el dedo las dos pequeñas fotos circulares que permanecían, desde hacía casi una década, a sendos lados de la tumba. Qué incongruente me pareció encontrarme con las sonrientes imágenes de mi madre y mi hermana en aquel macabro espacio. Sus ataúdes ―explicó mi padre— habían sido colocados uno encima del otro. Dos ángeles de piedra simbolizando la vida después de la muerte se postraban, con expresión ausente, sobre el granito gris oscuro donde estaban tallados sus nombres.

PATRICIA DOMÍNGUEZ TORTOSA
13 DE OCTUBRE DE 1957 — 12 DE SEPTIEMBRE DE 1981
D.E.P.

SUSANA ROSIQUE DOMÍNGUEZ
25 DE DICIEMBRE DE 1978 — 12 DE SEPTIEMBRE DE 1981
D.E.P.

   Reparé en que mi padre observaba boquiabierto la tumba, hasta que, de reojo, apreció el peso de mi mirada. Ambos nos encontrábamos frente a nuestra verdadera familia, callados y vacíos de espíritu. Invadiéndonos a preguntas de las que jamás obtendremos respuestas. La comitiva que había acudido a dar el último adiós a mi abuelo comenzaba a abandonar el lugar. Mi tía Laura, con gafas oscuras, a pesar de la poca luz solar que ofrecía aquel día, arrancó un par de flores del sinfín de coronas que rodeaban la lápida de su padre, se acercó a nosotros y las posó sobre la de su hermana y sobrina. Unas lágrimas se precipitaban desde su lánguido rostro. Se acercó a la foto de mi madre, la acarició con sus dedos y besó la imagen musitando: «Hermana, cuánto daría por tenerte ahora, y te envidio porque sé que ya estarás junto a papá, ¡te quiero tanto a pesar del tiempo!, tenías mi edad cuando te fuiste, ya te he perdonado que te marcharas sin despedirte. Ahora quiero que seas tú la que me perdones, por lo que siento y quiero. Perdóname, porque si no puedes tú… si no puedes tú… yo no podré». Su voz se quebró un segundo antes de que mi padre la envolviera en un silencioso abrazo.
   Los tres salimos a varios metros de distancia del séquito que custodiaba a mi abuela hacia el exterior del camposanto. Aquel sitio era verdaderamente tétrico, más todavía con el eco de nuestros pasos en aquellos infinitos pasillos de lápidas, muertos y soledad. Mi padre se decía: «Ni siquiera tienen un epitafio». Laura cambió el tercio informándonos de que, durante un espacio indeterminado de tiempo, no podría visitarnos los fines de semana, alegando que su madre debía estar asistida por ella ahora más que nunca. Al final del largo camino se podía avistar la puerta del cementerio, la muchedumbre se dispersaba como ramas de una palmera en dirección a sus vehículos, una mujer enlutada se dio la vuelta y entró de nuevo al recinto, era mi abuela: «¿Habéis visto a mi Emilio?, ¿ande se habrá metío mi marío?».



lunes, 20 de abril de 2020

Volumen 5 de «Mi hija y la ópera»


4

   El verano del noventa acabó, y una sorpresa me aguardaba como aperitivo al curso escolar: mi señorita, María Bermejo, había sido trasladada a otro colegio. Su lugar lo ocupaba ahora doña Catalina, una mujer al borde de la jubilación a la que conocía de vista por ser profesora de otras clases del centro. Transmitía respeto, incluso la temían mis compañeros, de entre ocho y nueve años, casi de su estatura. No parecía achantarse ni siquiera con el director, todo lo contrario a su antecesora. Para conocernos nos ordenó que durante el fin de semana escribiésemos una redacción con un tema común, que contáramos en un máximo de dos folios aquello que habíamos hecho en verano. El texto que más le gustase se leería en alto por el alumno ganador y recibiría un sonoro aplauso como premio.
   No deposité demasiado entusiasmo en la redacción, tenía pavor a enfrentarme a una lectura en voz alta con todos los ojos de la clase clavados en mí, pero tal vez yo aventajaba a la mayoría de mis compañeros: mi afición a la lectura y las anotaciones en mi diario me proporcionaban cierta superioridad a la hora de plasmar por escrito un pensamiento, a las que había que sumar las larguísimas horas de hastío frente a la ventana de mi habitación, con vistas al pueblo, que ya a mi corta edad esgrimía cómo inspiración. El martes, a las diez de la mañana, la profesora anunció que la autora de la redacción ganadora respondía al nombre de Violeta Rosique. La carta que viene a continuación no ha tenido ningún retoque, fue escrita así hace catorce años:

¿Qué he hecho en verano?
Este verano ha sido especial para mí, las clases de piano y las óperas fueron sustituidas, en parte, por el televisor, un electrodoméstico que apenas usamos en casa. La excusa para encenderlo fue el Mundial de Italia. Desde primeros de junio a primeros de julio estuvimos viendo los partidos de España, y cuando perdimos contra Yugoslavia vimos otros partidos importantes, como la final: Alemania contra Argentina. Ni a mi tita ni a mí nos gusta el fútbol y, en verdad, a mi padre tampoco, pero la oportunidad de ver la tele en el salón en vez de estar oyendo ópera y leyendo era única. Los tres animábamos a la selección, sobre todo los goles de Míchel, del que dice mi tita que es muy guapo. Mi tita viene todos los veranos a casa desde Cartagena, porque mi madre y mi hermana murieron cuando yo era bebé, y así me hace compañía.
Algunas veces en casa somos cuatro: mi padre, mi tita, Dani, que es mi profesor de piano, y yo.
A mí me gusta Dani, él se ha enamorado de mi tita, mi tita va detrás de mi padre y mi padre me quiere a mí. Es como un círculo incomprensible, pero es lo que es.
La última semana de agosto se fue mi tita y, como siempre, la echo de menos, ya no vendrá a casa hasta las vacaciones de Navidad, mi padre dice que es poco tiempo, pero entiende que a mí me parezca una eternidad. Me quedo de nuevo con la soledad de la casa, la música, los libros y sin amigos.
¡Ah!, se me olvidaba, en la puerta de casa dejaron un cachorro de pastor alemán. Mi padre me dijo que si lo quería tener en el jardín tendría que ser responsable con él. Le doy de comer y, a veces, le doy juego, pero mi padre se enfada porque con sus patas raya el coche y se hace caca en la puerta de la casa. Le puse de nombre “Señor Perro”, pero mi tita lo bautizó como Yako, desde entonces yo también le llamo así.
Ha empezado el curso y me reencuentro con mis compañeras de clase que sueñan con ser princesas o modelos y casarse con un futbolista. Yo simplemente sueño con ser normal, que la gente no me mire con desprecio, ni que otros niños se rían de mí. Echaré de menos este año a la señorita Bermejo, aunque creo que con doña Catalina estaré protegida.
Habría hecho más larga la redacción, pero es que no me ha pasado nada más este verano, me gustaría decir que he estado de viaje, que hemos ido a la playa, pero desde que termina el colegio, hasta que vuelve a empezar, no he salido del jardín de mi casa salvo cuando el coche de mi tita se va, al final del verano, por el camino de piedras y yo la sigo hasta que me canso.

   Miré de soslayo a la profesora indicando que el texto estaba finalizado. Había leído con voz temblorosa y las mejillas ardiendo. Agaché la vista al suelo cuando recibí el aplauso de todos mis compañeros y aprecié en doña Catalina una lucha interna por no echar una lágrima frente a sus pupilos. Cuando terminó la clase me pidió que esperara, quería hablar a solas conmigo, algunos se extrañaron porque aquella petición siempre iba encadenada a una regañina por parte del tutor. Dos minutos después de que sonara el timbre, y todos los estudiantes abandonaran el aula, comenzó la ensalada de preguntas.
   —Dime la verdad, Rosique, ¿quién te ha ayudado en la redacción?
   —Nadie, doña Catalina.
   —Si no pasa nada si alguien te hubiera echado una mano, es que me parece imposible que alguien de nueve años escriba así.
   —La he hecho yo sola, señorita, se lo prometo; mi padre no sabía que debía hacerla, y no hemos tenido a nadie más en casa —aduje.
   —Si tú lo dices… me lo creo. Voy a tener que darle crédito a lo que me contó María —refiriéndose a la señorita Bermejo—, que eras muy especial. ¿Lees muchos libros?
   Asentí.
   —¿Cuáles?
   —Me los suele recomendar mi padre, dice que tienen que ser de los que pueda comprender, por ejemplo, El Principito. Aunque he leído libros mucho más largos y complejos como El ingenioso hidalgo don Quijote de la…
   —Sí, El Quijote —interrumpió.
   —Y… ¿es verdad que sabes tocar el piano?
   —Mi profesor dice que muy bien para la edad que tengo, que soy su mejor alumna, mi padre cree que no tiene más alumnos.
   —Respecto a las óperas, ¿es cierto eso de que siempre estáis oyéndolas en casa?
   —Sí, señorita. A mí me gustan algunas, pero otras son un rollo.
   —¿Te deja escuchar otra cosa?
   —Una vez mi tía trajo una cinta de un grupo llamado Europe, la pusimos y me encantó, mi padre la sacó del equipo de música y casi la rompe a golpes, le dije que esa música me gustaba y él me explicó a gritos que no había que confundir una canción pegadiza con una obra de arte. Luego le dije que era un intolerante, y él me preguntó si aquella era una de esas palabras que había aprendido de la maes­tra. Cuando mi padre dice «la maestra», se refiere a Laura, mi tita, que está estudiando para ser profesora, como usted.
   Doña Catalina reía a carcajadas.
   —Todo un personaje, tu padre —añadió cuando recuperó la respiración.
   —Señorita, él tiene que estar esperando fuera del colegio, no le gusta que tarde.
   —Muy bien, hija, sal corriendo y dile que me gustaría hablar con él.
   El ruido de la lluvia me despertó temprano, eran las siete, las gotas impactaban abundantes en la ventana de mi dormitorio. Comenzaba cuarto curso y, por primera vez, asistiría a clase con entusiasmo gracias a que la redacción me hizo sentir valorada. Percibía en la mirada de mis compañeros una mezcla de aprecio y admiración. Durante el desayuno recordé a mi padre que mi nueva profesora le había citado al final de la jornada lectiva, él engullía un producto de repostería de los que traía Laura de Cartagena, levantando la vista del café asintió con gesto solícito. No salieron las cosas como esperaba aquella mañana lluviosa. Sin la protección de la señorita Bermejo, algunos escolares —la mayoría de otros cursos— volvieron a insultarme. Destacaba entre ellos un tal Manuel, un chaval rubio, de voluminosa silueta y enormes mofletes, tres o cuatro años mayor que yo, que ya exhibía el dibujo de una esvástica en un brazo. Él debía conocerme bien, puesto que su hermana pequeña era compañera de mi clase.
   —Mofeta, ¿te crees muy lista por ganar un concurso? —preguntó Manuel—, ¿sabías que en los ataúdes de tu hermana y tu madre solo pusieron ladrillos? Es lo que se hace cuando no hay cuerpo que enterrar.
   —Cállate, se lo voy a decir a doña Catalina.
   —Ya ves tú, empollona, el miedo que me da la vieja.
   —Se lo diré a mi padre.
   —Tampoco tengo miedo a «tu papá», aunque parezca el hombre lobo.
   El corrillo de secuaces que acompañaba a Manuel no cesó de vitorear cada una de las proclamaciones del abusón. Algunos le daban coba por miedo, una cabeza rebasaba al segundo de mayor tamaño del grupúsculo. Aterrada salí corriendo, levantando con mis botas el barro de aquel patio con el ansia de que mi padre estuviera puntual a la cita con la profesora en la puerta de entrada del colegio, al final de la recta. Él permanecía en el coche, y mi cara debió ser un poema porque salió raudo a mi encuentro. Entonces comencé a llorar, liberando, sana y salva, todo el estrés acumulado por el pánico.
   —¿Qué te pasa, Violeta? —preguntó estrechándome en sus brazos.
   —Me han dicho cosas muy feas.
   —¿Quiénes? —inquirió echando un vistazo de trescientos sesenta grados.
   —Unos niños muy malos que se han metido conmigo, con mamá y con Susana, sobre todo uno muy grande que se llama Manuel —confesé retrocediendo la mirada para avistarle a él y a su tropa que ya habían salido espantados.
   Enfurecido me tomó en brazos y se adentró al colegio exigiéndome que le guiara hacia mi clase donde le esperaba doña Catalina.
   —Usted debe ser el señor Rosique —dijo la voz de mi profesora cuando mi padre irrumpió en el aula, dejándome fuera con la puerta entornada.
   —Sí, y me gustaría saber por qué consiente que los niños insulten a Violeta. Su anterior maestra me prometió que se haría cargo de que nadie la atemorizase.
   —Bueno, los niños son espontáneos y no se les puede vigilar todo el tiempo, pero el motivo de querer hablar con usted, no es otro que para comentar la enorme capacidad intelectual que parece que tiene su hija, se sale de lo normal, ¿ha leído su redacción?
   —¿Qué redacción? —gritó sorprendido por el cambio de tercio—, ¿esa que ha estado haciendo este fin de semana? No me dejó leerla, le daba vergüenza. Eso que me quiere usted contar está muy bien, doña Catalina, pero alguien en este colegio tiene que vigilar que mi hija no sea objeto de burla por parte de los estudiantes.
   —Sabe que no se lo puedo garantizar, hablaré con el director y el resto de profesores, pero fuera de las clases no podemos hacer nada.
   —Si veo a un niño asustando a mi hija, lo va a lamentar toda su vida —amenazó mi padre, y, ante la ambigüedad de la frase por no tutear a doña Catalina, aña­dió—. Y no me refiero a usted, sino al niño.
   —Veo, don Andrés, que hoy no ha sido un buen día para quedar con usted. Después de lo que he oído de su hija acerca suya me lo imaginaba menos temperamental.
   Salió del aula airado sin añadir palabra, dio un portazo y me agarró de la mano.

   Los ladridos de Yako me despertaron a la mañana siguiente. Mi padre acababa de prepararme el desayuno y todavía conservaba la misma expresión facial del día anterior. En cambio, atribulada y desconcertada por los últimos acontecimientos no probé bocado, salí en pijama al jardín a llenarle el cuenco de las sobras de la cena a mi perro. Era un día soleado, con algunas nubes blancas con formas de caras que aparecían en el sur, sobre el pueblo. Con un cielo así era imposible vaticinar lo que iba a acontecer más tarde. Ya en el automóvil, de camino al centro escolar, mi padre me dijo que si alguien se atrevía a incomodarme que se lo hiciese saber, que ya lo buscaría para intimidarlo. No fue necesario.
   Otra vez, a la salida de clase, un grupo de dañinos escolares empezaron a seguirme con sus estúpidas burlas. Liderados de nuevo por Manuel López Ortuño, que había heredado el mote de su padre: el Carnicero, aunque otros, a partes iguales, le llamaban el Nazi. Quiso el destino que aquel despiadado gigante me llamase «huérfana» mientras me empujaba con furia sobre un charco y que aquello fuese presenciado en la distancia por mi padre. Me levanté embarrada y tan llena de odio como de humillación, advertí la llegada de mi progenitor que acudió en segundos, no para ayudarme a ponerme en pie, sino para propinarle un enérgico puñetazo a Manuel que caía justo en el mismo barrizal donde yo acababa de levantarme. Como palomas ante un pisotón en el suelo, todos sus seguidores se esparcían despavoridos. El chico, desorientado, escupía sangre con el pánico en los ojos y a merced de alguien cuya corpulencia difería en la misma proporción que la del propio chaval con la mía.
   —Si alguna vez te vuelvo a ver a menos de cien metros de mi hija: te mataré. Así que más vale que le huyas, por si acaso, que yo iré a la cárcel, pero tú a la tumba, y en tu féretro no hará falta ladrillos, gordinflón, ¡¿Me has entendido?!
   Aquel tipo, orgulloso de tener el Nazi como sobrenombre, que había amilanado durante años a todos aquellos que no le reían las gracias, escupía trozos de dientes suplicando que no le matara.
   —¡Papá, por favor, vámonos a casa! —rogué a varios metros de la escena con cierto tartamudeo. Dudo si mi padre le hubiera rematado con un pisotón en la cara, pero era la postura que estaba efectuando justo antes de oírme.
   Con la ira reflejada en su semblante, ese hombre con el que dormía algunas noches de invierno, se acercó con lentitud y me cogió en brazos, como siempre que intuía algún peligro para mí. Algunos profesores y padres corrían al lugar donde estaba tendido Manuel. Otros espectadores, como casi todos mis compañeros de clase, se iban replegando dándonos paso conforme avanzábamos hacia la salida del colegio. Nadie dijo nada, pero me dio la impresión de complicidad en aquel silencio. Estoy convencida de que si alguien se hubiera arrancado a aplaudir, más de uno le habría seguido. Temblando por el miedo y por la humedad del barro que empapaba mi ropa, escondí mi cara en su cuello. Él, sin embargo, advertía desafiante a los presentes qué podía ocurrirle a quien tuviera la imprudencia de amedrentarme.
   Las nubes dibujaban líneas naranjas en el cielo, yo jugaba con Yako en aquel magnífico atardecer, era el único amigo que no me juzgaba por mi aspecto. Mi padre cortaba leña, una tarea que solía realizar por la mañana. Sonaba una ópera de Puccini que provenía de nuestro hogar y que se escucharía con creces fuera de los límites de nuestra finca. Un viejo Renault verde oliva se acercó a casa y aparcó en la puerta, acto seguido sonó una bocina. Nunca había visto al tipo que conducía aquel turismo, pero enseguida deduje que era el padre de Manuel, una réplica de su hijo a doble escala, con una cara tan ancha que parecía un gigantesco emoticono enfadado reposando sobre el asiento. Hasta que abrió la puerta de su vehí­culo y aprecié que era más alto y corpulento incluso que mi padre. Había sido matarife en una empresa cárnica del pueblo, decían que acabó perdiendo el empleo porque amenazó a su jefe con un cuchillo. También tenía fama de putero, alcohólico y de haber propinado multitud de palizas a su mujer e hijos; tal vez aquello explicase por qué Manuel era tan agresivo y por qué su hija, de nombre Isabel, tan asustadiza. Mi padre salió a recibirlo a la verja de la casa sin soltar el hacha, sabedor de quién podría ser el hombre que se acercaba, con el sigilo característico del que va a retarse en un duelo.
   —¿Es usted don Andrés? —preguntó con mucho más respeto de lo que a priori podría entreverse en un hombre con esa guisa.
   —Sí —respondió mi padre que, con un rápido gesto de sus dedos, quería hacer ostensible la firmeza con que sujetaba la empuñadura.
   El Carnicero le observó con detenimiento: su espesa barba negra y un hacha sostenida por su mano derecha… Comenzaba el dueto Vogliatemi bene, del final del primer acto de Madama Butterfly, ahogando el sonido de los pájaros que se mezclaba con el ululo de los árboles y el viento, manifestando, en todo su esplendor, el melancólico carácter de los atardeceres de septiembre. Echó un vistazo a todo el perímetro para detener la mirada en la casa de nuestros vecinos cuyas siluetas se apreciarían tras la cortina. Debió pensar que aquel era un lugar siniestro.
   —¿Ha sido usted quién ha pegado a mi hijo esta mañana?
   —Yo he defendido a mi hija.
   —¿Cómo se atreve a pegarle a una criaturica de doce años?
   —Ha empujado a mi pequeña a un charco. Es más, su «criatura» debe pesar el doble que mi hija, como un joven de veinte años.
   —¡Manuelín, sal del coche! —gritó el padre—. Don Andrés, dígale a mi hijo que lo siente y que no volverá a repetirse.
   La tensión se palpaba en la distancia, después de unos incómodos segundos de silencio, una de las puertas traseras del Renault se abrió. Con una venda en la cara y una especie de algodón dentro de su boca se asomó Manuel. Corrí hacia casa nada más verle, bajé el volumen de la música para poder seguir escuchando la conversación, y desde la ventana enrejada de la cocina espié lo que en la puerta de nuestra parcela sucedía. Advertí que mi padre ya había abierto la verja y se dirigía al hijo levantando el hacha con gesto intimidante.
   —Mira, «Manuelín», la próxima vez que te vea cerca de mi hija te mato —gritó. Luego, sonrió al padre y en tono sosegado concluyó—: Ya está, don Manuel, ya me he disculpado.
   —¡Voy a llamar a la policía!, mejor aún, ¡voy a llamar a la Guardia Civil!        —conminó exaltado.
   —Y ¿qué les va a decir, que han venido a mi casa para que yo les amenace?
   —Vámonos, hijo, no llores, ya hemos perdido por hoy mucho tiempo y dinero con el dentista.
   —Espere un momento —dijo mi padre al ver que el Carnicero se intro­ducía en su automóvil como signo de retirada (el Nazi ya aguardaba dentro).
   Sacó de su bolsillo la cartera y le ofreció algunos billetes cuyo valor no pude distinguir en la distancia.
   —Tenga, para los gastos del dentista, y perdone mi actitud, pero mi hija está desprotegida ante monstruos como su hijo.
   —No, si mi Manuel se merece muchas hostias, pero no aprende, y, créame, le he pegado desde bien pequeño, pero no le he podido sacar punta.
   El vehículo maniobró parsimonioso por el angosto carril hasta cambiar el sentido de la marcha. Mi padre quiso zanjar el incidente despidiéndose con la mano. Hizo lo propio con nuestros vecinos, que permanecían tras las cortinas como tácitos espectadores. Aquellas sombras nunca devolvían el saludo. Al entrar a casa, pretendiendo disimular el peligro que aquella tarde se cernió sobre nosotros, compartió esta reflexión: «¿Has visto la cara de pan amasao que tenía el tío ese?… Parece ese pan de campo que nos trae Domingo algunas veces». A los pocos minutos de que los Carniceros se marcharan, mi padre descolgó una llamada de teléfono. Respondía con monosílabos, y con la mano libre se frotaba la nuca. El director del colegio lo había citado a primera hora del día siguiente.
   Entramos juntos al centro escolar, mi padre se dirigió al despacho de la máxima autoridad dejándome a solas en el patio donde el rumor ya merodeaba. Murmuraciones que relataban una encarnecida lucha: «el Carnicero versus el Leñador», alias, este último, con el que lo habían bautizado. No me importaba en absoluto que le llamaran así, ya que había oído alusiones anteriores como «la casa del loco» o «los de la senda de los monstruos» que hacían referencia a él, a mí o a ambos. Doña Catalina no me permitió el acceso al aula cuando el timbre que avisaba del comienzo de las clases repiqueteó, en sus ojos se entreveía tristeza. Sus palabras fueron lacónicas y concisas: «Espera fuera». Unos minutos bastaron para cerciorarme de que algo grave pasaba con mi futuro estudiantil. Mi padre caminaba muy deprisa y enojado el largo pasillo que separaba el despacho del director de mi aula.
   —Vámonos, Violeta.
   Me habían expulsado. Recuerdo que aquel día mantuve la primera conversación de adultos con mi padre. Le convencí de que no me matriculase en otro centro educativo, no quería revivir el proceso adaptativo que sufrí en el Colegio Nuestra Señora de la Esperanza. La solución no podría serme más beneficiosa: mi tía Laura vendría los fines de semana a impartirme clases particulares, se le pagaría el importe de las mismas y los gastos de desplazamiento —a lo que ella se negó aludiendo de que le ser­virían para entrenarse como futura docente—. La envidia que suscitaba hasta entonces la fijación que Dani tenía por ella se esfumó, en el acto, en comparación al cariño que desde siempre profesé hacia mi tía y del cambio que sus visitas podrían suponerme. Algo insólito ocurrió en uno de aquellos fines de semana de otoño de 1990: mi padre se afeitó la barba.




Andrés, II

   Era a finales de los sesenta cuando formó un conjunto musical con sus amistades de la infancia Antonio López y José Blázquez, circunstancia que le ayudaría a olvidarse de Teresa, una chica que fue novia de un amigo común y de la que se enamoró en la adolescencia. El joven Rosique había apren­dido a tocar la guitarra años atrás, gracias a la perseverancia de Antonio, el más talentoso de los miembros del grupo. Por aquel entonces ya había aban­donado los estudios y trabajaba en una de las tiendas de su padre, en los puestos de menor responsabilidad y sueldo. Con dieciséis años, el tiempo que destinaba a su empleo apenas le concedía espacio para asuntos ociosos, dedicándole a la música los fines de semana. Una madrugada de mediados de marzo de 1970, tras uno de sus ensayos, llegó a casa y se encontró una hoja escrita por su padre en el suelo, detrás la puerta de la entrada.

«Tu abuela ha muerto, me he ido a Balsicas,
llama a casa de los tíos»

   Pepe se refería a su suegra, la que estuvo al cuidado de su hijo du­rante unos años junto a su cuñada Caridad. Al día siguiente volvió temprano a Cartagena para recoger a Andrés con su flamante Seat 124.
   —Antes de que nos vayamos al pueblo voy a tumbarme un rato en el sofá y luego me aseo un poco —saludó Pepe.
   —¿De qué ha muerto? —preguntó con voz ronca.
   —Pues se ha pasado toda la vida diciendo que tenía ganas de morirse, y, al final, el Señor le ha hecho caso. La que me da pena es tu tía Cari, me ha dicho esta noche que hacía una semana que se había quitado el luto y, fíjate, otros cinco años más de negro.
   —Si te vas a tumbar en el sofá subo a acostarme de nuevo, llámame cuando tenga­mos que ir a Balsicas —dijo Andrés frotándose los ojos.
   —Esa es otra, siempre estás cansado, no me extraña que los lunes no puedas ni con tu alma. Este jueves, como es mi santo y el día del padre, no quedes con nadie, que por la noche me gustaría ir a cenar con­tigo. Ya está bien que, salvo en el trabajo, no pueda estar con el único familiar que tengo.
   —Tu familia son los jugadores del Madrid —masculló para sí.
   —¿Te parece bien que vayamos a Los Techos Bajos?
   —Pero tendrá que ser a mediodía, el jueves por la noche ensayamos.
   —¡Qué ganas tengo de que te centres y dejes todas esas tontunas! ¿Piensas acaso que puedes ganarte la vida con la música? Eso no es un trabajo de verdad y para eso hay que valer.
   Su hijo iba a preguntarle cuántas veces le había visto cantar o tocar la guitarra, pero calló. Al poco, entra­ron en el coche y partieron rumbo al pueblo, en silencio, como casi siempre. Esa tarde, después de la misa fúnebre, se dio sepultura al féretro de su abuela en el cementerio de Balsicas, contigua a la tumba de su abuelo Andrés, del que heredó el nombre. Junto a las lápidas de sus abuelos se hallaban las de su madre y hermano. Él no las veía desde niño:

ANTONIO ROSIQUE MARÍN
9 DE AGOSTO DE 1951 — 31 DE DICIEMBRE DE 1955
QUE DIOS ACOJA Y CUIDE DE NUESTRO HIJO

DOLORES MARÍN VIVANCOS
12 DE ENERO DE 1929 — 6 DE DICIEMBRE DE 1958
TU MARIDO NUNCA TE OLVIDARÁ

   El tiempo fue transcurriendo, implacable. A las actividades laborales se le unieron el carné de conducir y el servicio militar en Cartagena, traumático por culpa de las caprichosas bromas de los que, por circunstancias del destino, entraron al cuartel unos meses antes que él. Aquello hizo insostenible el ritmo de los ensayos y poco a poco se fue diluyendo el grupo y la amistad entre sus componentes. No se desligó de la música del todo, por lo que, además de aprender piano, empezó a componer canciones. Sus letras carecían de toda reivindicación polí­tica, algo poco habitual por aquel entonces.


   Unos amigos cantautores insistieron en que interpretase sus temas en público. Existía un bar, en la calle Ramón y Cajal, donde cualquier músico podría tocar a cambio de un pequeño porcentaje de la recaudación. Precisamente, fue el día de su vigésimo cumpleaños, el 22 de octubre de 1973, cuando empujado por su entorno decidió actuar en aquel local. Su ex compañero, Antonio López, ya lo había hecho meses antes con bastante éxito. Nunca sospecharía Andrés la mala jugada que le haría pasar el miedo escénico, fomentado por una coincidencia, ya que su idolatrada Teresa estaba entre el público. Actuó con nerviosismo, intentando no detener la mirada en la mesa donde se encontraba su vieja amiga. Perdió la concentración y cometió errores en algunos acordes, lo que derivó a que su voz titubease hasta acabar siendo ininteligible. Los espectadores, jóve­nes ebrios con ganas de diversión, aprovecharon los fallos del músico para acompañar la actuación con abucheos. No llegó a terminar la primera canción de las tres que iba a interpretar, dejó la guitarra en la única silla del escenario mientras la sala le ovacionaba irónica. Aquellos segundos le sirvieron para advertir la mirada avergonzada de Teresa. Días más tarde regresó para recoger la guitarra que había abandonado en el escenario y se disculpó con el propietario del local. Jamás supo Andrés que entre los espectadores del concierto se encontraba también su padre.



sábado, 18 de abril de 2020

Volumen 4 de «Mi hija y la ópera»



3

   Tendría ocho años cuando ocurrió lo inimaginable. Era una mañana de sol radiante y cielo azul, embellecido por un enérgico viento que hacía silbar los grandes árboles de nuestro jardín. Un técnico acudió a casa a revisar el cableado, no recuerdo si del teléfono o de la electricidad. Mi padre tuvo que dejarle abierta la «habitación prohibida», que así era como denominaba a la sala, cerrada con llave, del final del pasillo de cuya baranda asoma la escalera y colinda con el dormitorio principal. Sentí una indescriptible necesidad de curiosear en la habitación cuando vi entornada la puerta. Permitía pasar un halo de luz blanca, en la vida había visto que una sala fuese tan luminosa. Con la garantía de que la voz de mi padre, conversando con el técnico, resonaba desde la planta baja, aproveché el descuido y atravesé el umbral. Lo que me encontré en el interior nada tenía que ver con lo que siempre había oído. El cuarto parecía recién pintado, no como el resto de las paredes de la casa, un par de grandes ventanas abiertas que exhibían unas vistas inigualables del pueblo y la montaña, y unas esplendorosas cortinas, confeccionadas con una tela fina, casi transparente, que ondeaban con furor.
   Me sentí molesta de que mi padre me mintiera y negara el acceso a la habitación más radiante y pulcra de nuestra residencia, cuya fragancia evocaba a flores; las que cada mañana, bien temprano, recolectaba en el jardín. Había una cantidad ingente de retratos, algunos colgados, otros sobre una mesa junto a un joyero. Un armario medio abierto en el que asomaba ropa de mujer. Aunque lo más espectacular era un marco que presidía uno de los tabiques con una pintura al óleo con la imagen de mi hermana Susana. Aparentaba un año y medio de edad, era bellísima, sonreía sentada, llena de vida y futuro. En otra pared, una foto enorme donde aparecíamos los cuatro: mi padre, mi madre, mi hermana y yo; vestidos de blanco y con la piel morena. Me reconocí con facilidad, a pesar de ser un bebé de pocos meses, mi mancha y facciones picassianas me delataban. Susana me sostenía ejercitando un gran esfuerzo con sus brazos; en cuclillas se mostraba mi madre, de rostro lindo y sereno, que nos mantenía en equilibro desde atrás; mi padre, joven y afeitado, irreconocible en la imagen, estaba de pie, con una mano apoyada sobre el hombro de mi madre. Brotaba la felicidad en aquel cuadro, incluso yo lucía una mueca sonriente, algo a lo que mis labios no están acostumbrados. Escuché que mi padre subía los escalones y por miedo a represalias hui deprisa. Por suerte, repasaba la nota entregada por el técnico y no advirtió que abandonaba la habitación prohibida hacia su dormitorio. Se apresuró cuando descubrió la puerta abierta de su vedado templo y al ir a cerrarla me sorprendió sentada sobre su cama.
   —¿Qué haces?
   —Nada —murmuré dirigiendo la mirada al techo.
   —Eso es imposible, y menos una niña como tú que no está quieta nunca. Miedo me da oírtelo decir, que no haces nada. Anda, sal de aquí y ponte a tocar el piano, que hoy todavía no te has puesto. Dentro de poco tendrás un profesor que va a ser más exigente que yo, que te dejo hacer todo lo que te da la gana.
   No comprendía muy bien por qué mi padre mantenía clausurada aquella sala, la cual sería adecentada durante las horas que yo estaba en el colegio. Ha­bía creado un santuario de imágenes y recuerdos de toda su vida hasta la tragedia. ¿Aquellos objetos que atesoraba apartados del resto del hogar, obedecía a una especie de locura?, ¿los mantendría lejos de las estancias habituales para evitar que se removieran sus más dramáticas remembranzas?, ¿acaso quería impedir que me comparara con la apariencia de mi hermana? Con estas reflexiones y con la memoria imborrable de aquellos rostros, hasta entonces casi desconocidos, fui creciendo. Por temor a la reacción de mi progenitor no hablé de lo que me encontré allí, tiempo después me atreví a contárselo a mi tía Laura, la única confidente de mi niñez.

   Mi padre soñaba con que me convirtiera en una gran pianista y él se veía limitado para seguir impartiéndome clases. Tras meses de búsqueda encontró al que, durante años, se convertiría en mi profesor de piano y, más tarde, de la vida, transformándose en mi amor platónico. Su nombre: Daniel García Torrente. Dani era un chico de dieciocho años, músico de conservatorio, culto e inteligente; en su frente, ya en aquella edad, galopaba una prematura calvicie. Con sus eternas gafas de sol graduadas, redondas al estilo John Lennon, que incluso llevaba puestas en el interior de nuestra oscura casa con la excusa de que no le agradaba el diseño de la montura de sus gafas de ver, en concreto, por la cinta aislante que recubrían las patillas, según decía, como consecuencia de su torpeza o de las constantes agresiones a las que se veía sometido por la «chusma», que el mismo aclaró como envidiosos vecinos de su edad y ex compañeros de clase del instituto, que verían en aquel chico, enjuto y falto de gallardía, el sumo de la pedantería. Las habladurías del pueblo decían que su padre, un músico frustrado, invirtió los escasos ahorros que le había dejado su adicción a los opiáceos para que estudiase violín o piano, suicidándose por ahorcamiento cuando su hijo era todavía un niño. Dani vivía con su madre gracias al dinero proveniente de las fábricas de conservas, propiedad de su familia materna. Su tarjeta de presentación fue memorable, y tal vez en ese primer instante me enamoré de él. Ocurrió un sábado:
   —Hola, Violeta, me ha dicho tu padre que sabes tocar muy bien el piano, pero que debes aprender un poco más para que te conviertas en una célebre artista y, que, después, tienes que darle lecciones a él con lo que yo te enseñe. —Hizo una pausa mirándome el rostro con fijación—. ¡Caramba, tienes una mancha de vino en la cara! Eso te confiere un aspecto interesante… enigmático… Sabía que me iba a encontrar con alguien especial cuando una niña de ocho quería aprender piano y, aun así, me he sorprendido gratamente, ¿me das un besito, preciosa?
   Negué con la cabeza, más por la mezcla de vergüenza e incredulidad que causaban aquellas cariñosas palabras que por desprecio. A excepción de la señorita Bermejo nadie ajeno a mi familia era tan amable conmigo.
   —Bueno, os dejo solos —dijo mi padre—, que si tocas el piano igual que adulas… convertirás a mi hija en Chopin.
   —De acuerdo, don Andrés, por cierto, ¿puedo correr las cortinas? —preguntó abriendo una carpeta repleta de partituras—, es que con estas gafas necesito luz.
   —Puedes hacer lo que quieras, como si te quieres tomar un café o echarte una cerveza. La casa es tuya. Y no me hables de usted que, a pesar de ser viudo y tener esta apariencia, tengo treinta y seis años.
   —De acuerdo, y gracias. Mejor me tomaré un café que si tomo cerveza a estas horas de la mañana no atino con la clase, si ya soy torpe sin beber alcohol, imagínese, señor Andrés, si bebo —dijo Dani silenciando la casa con una entrecortada carcajada nasal que fue interrumpida cuando la mitad de las hojas que había dejado sobre el atril del piano cayeron al suelo en todas direcciones.
   Mi padre abandonó el salón con una mirada que reconocía y con la que encadenaba una de sus frases: «a este chaval le falta un hervor» que, por suerte, renunció a compartir en ese instante. Con el tiempo pensé que aquel tipo era una especie de Steve Urkel, venido de Chicago a Calasparra. Con la salvedad de la decolorada piel, igual de enclenque, torpe e inteligente. Para mí: una persona encantadora.
   Mi tía Laura seguía visitándonos en aquella época con cierta frecuencia, sobre todo durante los fines de semana, siempre y cuando sus estudios y el miedo a conducir no se lo impidieran. También convivía en nuestro hogar largas temporadas en el verano. Recuerdo aquellos últimos domingos de agosto, nuestros adioses se convertían en una tragedia para mí. Ante la resignación de mi padre, que me miraba desde casa queriendo que comprendiera que no todo es posible en este mundo, corría llorando detrás del automóvil de mi tía hasta que yo alcanzaba exhausta el camino de asfalto. Ella mantenía el saludo sacando la mano desde la ventanilla mientras yo observaba jadeando cómo el coche y la música de Bon Jovi, que tanto le gustaba, se disipaban junto al atardecer.
   Desde la llegada de Dani a mi vida las separaciones con mi tía fueron cada vez menos dramáticas. Un irrefrenable enamoramiento sentía hacia mi profesor, imposible de que fuera recíproco, entre otras cosas por aquello de los diez años de diferencia entre nosotros, todo un abismo cuando el de mayor edad apenas si es eso: «mayor de edad». Lo que sí percibí en él fue un encaprichamiento hacia mi tía que no se molestaba en disimular, claro, era su «Laura Winslow». Pretendía enseñarle a tocar el piano gratis, sus visitas se alargaban cuando ella estaba en casa. En verano nos visitaba incluso los días en los que no debía impartirme clase. Pronto supo mi tía de sus intenciones, sabedora del poder que aquello le otorgaba seguía utilizando a Dani, no sé si por resarcirse de algún amor del pasado, para elevar su autoestima u otra finalidad más oscura.
   Sonaba muy suave la música de Wagner en una de las últimas noches del verano, con espectacular cielo estrellado. La brisa era tan leve que ni siquiera se escuchaba el habitual murmullo nocturno de los árboles. Mi padre y mi tía conversaban sentados en el jardín, estarían tomando lo de siempre: él un whisky, y ella un vaso de leche caliente con café que removía durante minutos. Yo llevaba horas acostada, la ventana abierta de mi dormitorio que asomaba a ese lado del jardín y el insomnio que me producía el sofocante calor, que puso en huelga a los grillos, posibilitaron que fuera audible su diálogo.
   —Laura, no es bueno que juegues con los sentimientos de Dani.
   —¿Acaso te molesta que alguien esté interesado en mí?
   —No me molestaría si no fuese porque al chaval le tengo aprecio, ¿sabes lo que me ha costado encontrar un profesor de piano aquí, en el pueblo? Además, a tus padres no creo que les guste mucho que estés en Calasparra flirteando con un canijo más joven que tú.
   —¿Y no será que ese fastidio que tú tienes responde a otra cosa? —preguntó ella.
   —No sé muy bien qué has querido insinuar, pero me gustaría recordarte que eres la tía de Violeta, te llevo trece o catorce años y, para colmo, eres la hermana de la persona con quien me casé.
   Observé ante la oscuridad de mi habitación, que no me delataba, cómo mi tía se levantó enojada, en dirección a casa.
   —Que sepas que si vine para acá desde Cartagena fue para evitarte —confesó mi padre con la mirada puesta en el césped.
   Ella paró su marcha, lo miró un segundo y prosiguió su camino hasta mi dormitorio. De haber sido invierno habría dado un portazo al adentrarse en él, hubiera sido una excelente excusa para justificar que me había despertado, pero no lo hizo, las puertas y las ventanas debían permanecer abiertas para dejar pasar todo el aire posible, por insignificante que fuese. Recurrí a mis grandes dotes de interpretación para hacerme la dormida. Laura siempre me besaba en la frente cuando accedía al dormitorio antes de irse a su cama, no lo hizo en esta ocasión.
   En el final de aquel verano no me despedí de mi tía llorando como en los anteriores, el viento y las nubes anunciaban tormenta aquella tarde de domingo, el camino de gravilla, que otrora corría persiguiendo el vehículo de Laura, lo anduve hasta la mitad. Ya disponía de Dani para mí sola. Alcé la vista a la única vivienda que se encontraba entre la carretera y nuestra casa, unos vecinos que, a pesar de los escasos cien metros que nos separaban, eran unos desconocidos a los que solo distinguíamos tras sus ventanas en las noches o días oscuros, en los cuales encendían las luces del interior que en ocasiones titilaban como si el resplandor fuera producido por velas. Aquella tarde descubrí la silueta de una mujer oronda que me observaba, como si no supiera que su figura se recortase tras la ventana, procedí con lo que solía hacer mi padre cada vez que pasábamos por la puerta de su destartalada residencia: saludar con la mano. Tras el gesto, la sombra se apartó con brusquedad, agitando la cortina, para volver segundos después.