sábado, 25 de abril de 2020

Volumen 8 de «Mi hija y la ópera»



7

   Teresa regresó a la semana siguiente con la excusa de que debía realizar un trabajo en Moratalla, una localidad cercana a Calasparra. Estuvo un par de noches en casa, las del miércoles y jueves. Alegaba que una cena con nuestra compañía siempre sería más cálida que la fría estancia en un hotel. Mi padre ingenió un plan, logrando que ella se hospedase con nosotros minimizando mi desapro­bación: él me cedería su dormitorio y ellos dormirían en cada una de las camas de mi cuarto, mi padre en la mía —especificó insistente—; y Teresa en la que solía acostarse mi tía. La mujer procuró ganarse mi cariño en aquellas estancias nocturnas. Yo no conseguí ver en ella otra cosa que una intrusa que relegaba a Laura de nuestras vidas. Me dijo que el lunes subsiguiente debía terminar el estudio de calidad que desarrollaba en una fábrica moratallense y que, por ello, traería desde Cartagena a su perra para que jugase con Yako. Esa misma noche, mi tía me llamó por teléfono para anunciarnos que vendría con su madre a pasar el fin de semana con nosotros, por primera vez desde que murió mi abuelo Emilio. No disponíamos de camas suficientes, pero Laura indicó sin reparos que se avendría a dormir en el sofá del salón.
   La mañana del viernes amaneció calurosa y azul, las cigarras, en su esplendor, ensordecían el aire ardiente. Teresa se marchó hacia la fábrica prometiendo que pronto regresaría. Ella partiría a Cartagena —decía— después de comer, porque mi padre insistía en que necesitábamos salir pronto para realizar las compras de abastecimiento para el fin de semana.
   —Parece que me echas de casa —cuchicheaba Teresa.
   —No, es que tengo que ir al pueblo y cuando llegue la abuela de Violeta será un lío.
   —Pero si son las cuatro, y con este calor no va a haber nada abierto.
   —La tienda donde suelo ir abre a la hora que vaya.
   —Andrés, le he dicho a tu hija que el lunes traigo a mi perrita Cuqui.
   —Adiós, Teresa, te abro la verja.
   Ella introdujo una gran bolsa de viaje en el maletero de su utilitario. Al fran­quear el umbral de la puerta enrejada con su vehículo se detuvo junto a mi padre, él le cogió de la mano izquierda que agarraba el volante y la acarició durante segundos, como yo estaba presente no hicieron nada más. Con el rostro todavía enardecido se dispuso a entornar la verja, molesto porque Yako y yo no nos apartábamos, obstaculizando el cierre.
   —Hija, no digas luego que ha estado nuestra amiga Teresa en casa. No lo comprenderían.
   —Ya me lo dijiste anoche cuando sonó el teléfono y sabíamos que era la tita.
   Deseaba preguntarle el porqué de tanto secreto, aunque lo sospechaba. Acto seguido escuchamos que el vehículo de Teresa se detuvo a unos cincuenta metros, se cruzaba por el angosto carril con el Mercedes que mi padre había heredado de mi abuelo Pepe y que a la postre conducía mi tía. El impacto del tiempo se apreciaba notablemente en este automóvil en relación al nuestro, cuyo uso era casi inexistente. Les ayudamos a sacar el equipaje del coche, junto al resto de bolsas del hipermercado Continente Cartagena, rebosantes de compras y fiambreras con comida. Mi abuela, pese a su falta de lucidez, acertó a llegar hasta la cocina, vestida de negro y apoyada de un bastón se sentó en la silla más cercana a la ventana.
   —¡Ay, Señor, hace una calor que pa’qué!
   Mi tía fulminó con la mirada a mi padre que contemplaba callado, y un tanto atemorizado, el elevado número de bolsas esparcidas por todo el suelo de la cocina; sin saludarlo se dirigió a mí para darme dos besos protocolarios y faltos de cariño. Me pareció raro, dado el tiempo que llevaba sin vernos.
   —Tenía intención de ir a la tienda de Maruja a comprar —dijo mi padre para romper el incómodo silencio—, pero estoy viendo todas las cosas que habéis traído y…
   —Andrés —interrumpió Laura—. ¿Podría hablar contigo un momentito?
   Mi padre salió hacia el jardín y se dirigió al punto más lejano a la cocina, mi tía le seguía detrás, con paso lento, los brazos cruzados y su vista clavada en el suelo.
   —¿Quién es esa rubia cuarentona que salía de aquí?, ¿es la misma que escuchaba anoche reírse cuando hablé con Violeta y que ella negó?
   —Es una amiga de la infancia que ha venido a hacer unas cosas por la comarca y luego nos ha hecho una visita —contestó descubriéndome tras una de las cortinas del salón—. ¡Ponte a hacer algo de provecho que esta conversación es de mayores!
   Por supuesto que no me fui a hacer otra cosa, pretendí continuar «la escucha» en otra de las estancias de mi casa que pudiera ofrecerme buena audición e invisibilidad. Elegí mi dormitorio, cuya ventana abierta posibilitaba que llegase el sonido de lo que abajo, en el jardín, sucedía. Los cuchicheos eran ininteligibles aunque pude descifrar en los reproches de mi tía cierta alusión al afeitado reciente de mi padre y algo parecido a que no había sido paciente con ella. Después de una pausa oí una bofetada, o eso creí. Me asomé con mucha cautela y vislumbré a mi padre con una mano en la mejilla siguiendo el paso de mi tía que corría llorando en dirección a casa.
   Aquel comienzo de fin de semana fue de luto, ni siquiera la música sonaba con la alegría de otras ocasiones. El silencio entre los cuatro era palpable, mi abuela permanecía ausente y solo rompía su mutismo en disparatadas conversaciones frente al espejo o el televisor. Yo me sentía culpable con mi tía por haberme confabulado con mi padre en sus sombrías intenciones que, por aquel entonces, no comprendía por completo. Él parecía derrotado, menos aún que Laura, cuyo semblante, conforme transcurrían las horas, iba cambiando de encrespado a afligido. Ambos no se dirigieron la palabra, salvo en la mesa, con frases del estilo a: «pásame el pan». Todo cambió el domingo, como si quisieran pactar una tregua, mi padre y mi tía salieron de paseo al alborear. Aunque los ronquidos de mi abuela me despertaron muy temprano no me permitieron acompañarles. Hacía mucho calor cuando llegaron, a eso de las once, caminaban parsimoniosos mientras sonreían, incluso parecía que se gastaban bromas el uno al otro agarrándose del hombro o de la cintura. Ya de cerca, donde las expresiones delatan las más profundas emociones, aprecié en sus miradas una miscelánea de melancolía y un forzado estoicismo. Nunca he sabido cuáles fueron los mensajes de disculpa o reproche que pudieron haberse lanzado en aquella ronda matutina, pero fue un punto de inflexión en nuestras vidas. Aquella mujer llamada Laura Domínguez Tortosa había sido, hasta entonces, lo más parecido a una figura materna. Las cosas nunca volvieron a ser iguales.

   Como una premonición a lo que iba a acontecer aquella jornada, la mañana del día siguiente amaneció con el cielo encapotado, cuya fecha denominé con el tiempo como «el lunes de las despedidas». Mi tía y mi abuela se marcharon temprano a Cartagena. De repente, Laura debía acudir a unos cursos de prácticas en Los Hermanos Maristas La Sagrada Familia, centro escolar del que después fue profesora (por el volumen de sus equipajes estoy convencida de que la intención, a priori, era permanecer más días que los de aquel fin de semana). Mi padre, ajeno a la despedida, trozaba las ramas sobrantes de un chopo cortado días antes. Partir troncos era para él un ejercicio de meditación y gimnasia, pero aquel día, que presagiaba lluvia, procuraba restaurar la guarida de Yako a base de madera troceada cubierta por una lona de plástico. Nunca he sabido muy bien por qué mi padre siempre decía que jamás nos faltaría leña.
   A las doce se plantó Teresa en la puerta de nuestra casa ataviada de un vestido inapropiado para visitar una finca o una fábrica. Llevaba consigo a Cuqui, una perra pequeña en tamaño aunque no en edad. El animal lucía, a pesar del bochorno canicular, un atuendo conjuntado con su propio collar y el bolso de su dueña. Intentó morderme en cuanto quise acariciarla. Ya no me arrimé más a la perrita mostrando total desprecio hacia la mascota cuando Teresa la dejó en el suelo. Desconozco la raza, podría ser caniche, pequinés o chihuahua, aunque recuerdo su pelo marrón oscuro. Yako, en alerta por los agudos ladridos de la criatura, que pretendía atemorizarme merodeando mis sandalias, se arrojó sobre Cuqui tras una fulminante galopada. Sujetando entre sus fauces al malogrado animal, lo llevó al otro lado del jardín donde lo zarandeó durante interminables segundos. Mi padre corrió tras él e intentó separar las quijadas del más grande de los canes con sus propias manos. Con celeridad buscó otra solución encontrando el hacha no muy lejos de aquella nube polvorienta. Un hachazo certero entre el lomo y la pata izquierda hizo separar los colmillos de mi perro como acto reflejo, consiguiendo con ello apartar de entre los dientes a la moribunda mascota que ya había cesado de emitir aullidos. La perra se había convertido en gelatina de sangre inerte sobre el suelo. Yako se desangraba como consecuencia de la agresión. Mi padre, con las manos ensangrentadas (en parte, suya, ya que fue mordido por nuestro perro al intentar arrebatar a Cuqui de sus fauces), acudió hacia Yako agarrando de nuevo el hacha. Teresa y yo continuábamos temblando y chillando, con el horror en nuestros rostros.
   —¡Mi Cuqui! —gritó Teresa—. ¡Ha matado a mi perrita que me regalo mi ex hace diez años!
   —¿No se mueve? —preguntó mi padre, sabiendo la respuesta, mientras dirigía hacia Yako su peor cara.
   —No. La ha matado ese lobo vuestro —dijo, hipando, retirándose las lágrimas de sus mejillas con el puño.
   Mi padre agarró la correa de nuestro perro con una mano, usando las rodillas sobre el cuerpo tendido de Yako, procurando paralizar cualquier movimiento, levantó el hacha con la mano derecha pretendiendo asestar un hachazo en el cuello.
   —¡No lo hagas, papá! —grité mientras corría para interponerme entre mi padre y mi mascota.
   —Mátalo, es una bestia, podría hacer lo mismo con tu hija, es un peligro tener un animal salvaje como este en casa. Mátalo, Andrés —dijo Teresa que, manchada de sangre y odio, había perdido toda distinción.
   —¡Papi, no lo mates!, ¡no mates a mi perrito!, ¡no lo mates, por favor! —grité agarrando con todas mis fuerzas el brazo de mi padre que se mantenía en alto sosteniendo el hacha.
   —Si no acabas con ese perro te juro que no vuelvo —anunció aquella dama  convertida, ahora, en bruja.
   Mi padre miró a Teresa y luego a mí que, gimoteando, suplicaba misericordia para mi perro. Soltó el hacha y lo cogió en brazos.
   —Violeta, busca una caja y una toalla, vamos a llevarlo a un veterinario.
   Ya había anochecido cuando íbamos de vuelta a casa por la avenida Juan Ramón Jiménez. Las farolas iluminaban con intermitencia a Yako, ambos está­bamos en el asiento trasero, me miraba con ojos cansados y creo que agradecidos. Lastimado y con medio cuerpo vendado apenas se movía dentro de la caja de cartón de un vídeo Panasonic adquirido años atrás para poder ver óperas en formato VHS. Pensé que la afición de mi padre por almacenar hasta los embalajes de un electrodoméstico se justificaba en situaciones como aquella. Giramos por la calle del Teniente Flomesta, una de las entradas a Calasparra, para enseguida torcer hacia la calle Ordóñez, la cual desembocaba hacia la estrecha carretera que su­bía al santuario. Sabía que mi perro no era un asesino, que me defendió de aquel diminuto intruso de ojos saltones. Yo salvé a Yako de una muerte casi segura, pero a él le debía mi alegría y las ganas de levantarme cada mañana. Mi padre, aunque conducía lento, iba enfurecido. No paraba de repetirse que el perro era un peligro y que lo iba a enseñar a hostias.
   Cuando alcanzamos el camino de gravilla que concluye en nuestra casa distinguimos un Ford plateado en la puerta, junto a la verja, era el automóvil de Paco. Se encontraba solo, con un halo de humo sobre él. Al vernos no mostró su afable sonrisa como en otras ocasiones. Vestía de negro, según nos aproximábamos a su coche más evitaba coincidir su mirada con la nuestra. Cuando mi padre detuvo el vehículo para saludarlo y abrir la verja, él devolvió el saludo apagando el cigarrillo con un pisotón que denotaba rabia. Mi padre me ordenó que introdujera algún viejo cojín en la caja que servía de nido a Yako y que cuidara de este toda la noche. Alegando que yo no podría transportar tanto peso esperé a que él lo hiciera. Mientras sujetaba la caja, y la llevó junto al sofá, conversaba con su viejo amigo.
   —¿Llevas mucho tiempo esperando, Paco?
   —Cinco pitillos.
   —¿Y por qué no has llamado avisándome de que venías?
   —Llamé, pero no lo cogisteis. Vine de todos modos.
   —Dime, ¿hay algún problema con la empresa?
   Paco asintió con la ira reflejada en sus ojos.
   —A ver, ¿qué pasa? —preguntó mi padre.
   —Hoy he estado leyendo el contrato que firmaste con el hijo de la gran putísima de Ernesto Rivas; en él aparece que se mantuviera el sueldo y el cargo, pero los cometidos podrían cambiar según la evolución de la empresa.
   —Sí, eso es cierto, tú estabas presente cuando rectificamos el contrato —explicó mi padre—, ¿qué problema hay?
   —Pues el problema es que quieren deshacerse de mí, me dicen que como han tenido que suprimir a la empleada de la limpieza debo ser yo, por falta de personal, quien deba asumir esos cometidos. O sea, Andrés, que me han dicho que barra y friegue el suelo de los comercios delante de todos los subalternos que, por mi competencia y lealtad, tenía cuando vendiste la empresa.
   Entendí en ese instante, que mi padre había cedido ante aquellas aves de rapiña que nos visitaron el mismo viernes que a mi abuelo Emilio le dio el infarto.
   —Incluso me han dicho que puedo seguir viniendo en traje —añadió Paco—. Eso me lo dijo Jaime, el hermanísimo. ¿Por qué entregaste la empresa, querido amigo, por qué?
   —Pensé que la solución pasaba por un cambio de dueño.
   —A ti, además de lo que te llevaste, te quedan los arrendamientos de esas tiendas y de las otras propiedades que tu padre dejó, pero a mí me están humillando con la intención de que me vaya a otro sitio y, así, liberar la cláusula del contrato que mantiene mi sueldo.
   —Lo siento, intentaré hablar con los Rivas. Mañana los llamo.
   —No, no tienes que hablar con nadie, Andrés. Yo me iré, y todas las personas de la empresa que fueron leales a ti se marcharán también. Quería trasladarte en mi nombre, y en el de todos, que nos has vendido. Ahora duerme, si es que tienes algo de conciencia.
   Paco se marchó de casa dando un portazo que enfatizó la reverberación de sus últimas palabras. Mi padre ni siquiera salió a abrirle la verja en aquella noche de maravillosas estrellas que titilaban en la ennegrecida bóveda. Aquel lunes oscuro, desaparecieron de nuestra cotidianeidad tres personas: mi abuela, Teresa y Paco, que hasta hoy no han vuelto a pisar esta fría casa en la que, ahora, recapitulo mi vida. Solo Laura ha venido después de mucho tiempo (muy cambiada, por cierto). Aquel día se gestó el preludio de nuestra verdadera soledad.



Andrés, III

   Nuestro protagonista se convirtió en un joven retraído e in­seguro tras aquel fracaso sobre el escenario. Su renovada amistad con José Blázquez (y la comitiva que solía acompañarle en sus juergas nocturnas) propiciaron que adquiriese hábitos poco saludables, conducta que se incrementó cuando se independizó. Adquirió una vivienda en el séptimo piso de uno de los bloques de Urbincasa, en la calle Almirante Baldasano, cercana a la casa de su padre.
   Fue en agosto de 1975 cuando escuchó el aria de Nessun dorma de la ópera Turandot que provenía de un balcón cercano. Sería el decaimiento producido por estar varios días de resaca, o la tristeza que irradiaba aquella última tarde de agosto, o tal vez una lejana evocación de su madre, o el recuerdo de su solitario padre con el que apenas conversaba fuera del trabajo, o todo junto, que la melodía exaltó la más profunda emoción que jamás había sentido por unas notas musica­les. Había anochecido cuando salió a dar un paseo con aquel canto todavía en la cabeza que le turbaba constantemente. Llegó una heladería cercana, como cualquier otro domingo el local estaba repleto de clientes. Bebía whisky con hielo y tarareaba la melodía que había deleitado sus sentidos.
   No había finiquitado la copa cuando aparecieron dos atractivas jóvenes. Una de ellas era de cabello moreno largo y liso, el verano había coloreado su piel en un tono café con leche, lucía un sencillo vestido rojo de tirantes y dos pendientes blancos con forma de perlas adornaban sus facciones. Se sentaron a dos mesas de Andrés, con varios clientes de por medio, lo que no supuso obstáculo para su visión, liquidó la consumición de un trago e hizo un gesto al camarero solicitando otra. Ella, preguntándose qué haría un tipo joven to­mando una copa solo en una heladería, o por simple casualidad, clavó sus ojos en él, este los bajó de inmediato al coincidir su mirada con aquella expresión iluminada y volvió a levantarlos de nuevo en dirección a la chica que ya se había centrado en re­mover y sorber su granizado con elegancia. La joven volvió a observarle el tiempo justo como para hacerle entender que era consciente del interés que había mostrado hacia ella; aquella si­rena le hizo un guiño cómplice y junto a su acompañante desapareció en dirección a la ave­nida Reina Victoria atravesando las Casas de Peralta. En aquel instante le sobrevino la melodía, escuchada horas atrás, de la que solo intuía que correspondería a un fragmento de ópera. No conocía ni la obra ni el autor, de la misma manera que tampoco sabía nada de la muchacha; aquel día había sido especial por aque­llas dos exaltaciones de la belleza sin parangón. Entrambas, la melodía, primero; y la morena, después, tenían un origen desconocido y una localización imposible para él.
   Durante un tiempo intentó sintonizar algún programa de radio donde se reprodujesen de nuevo aquellas notas que conservaba en su memoria, y, sin faltar noche alguna, acudía a la misma heladería con el propósito de coincidir con la mujer que co­noció aquel último domingo de agosto. En ninguno de los casos tuvo éxito inmediato. Pasaron los meses y poco a poco fue adquiriendo confianza con Óscar, el único empleado de la heladería en la temporada de invierno, y con doña Carmen, la propietaria, que regentaba el local tras la caja registradora. Con los clientes habituales charlaba sobre el principal tema de la época: la muerte de Franco y los importantes cambios políticos, lo que proporcionaba largas e intensas tertulias. No en vano, la principal razón por la que comparecía con frecuencia al establecimiento no era otra que la de volver a coin­cidir con la misteriosa fémina del verano anterior.

   La temporada alta daba comienzo en junio y una joven llamada Patricia empezó a trabajar en el turno de tarde. La empleada era una estudiante de historia del arte que aprovechaba los meses estivales para poder sufragar parte de los estudios. A los pocos días ya había entablado amistad con Andrés.
   —No está bien que una chica tan joven fume —le dijo él en uno de sus descansos—, ¿no te dicen nada en casa?
   —Tengo diecinueve —reveló mientras exhalaba una bocanada de humo—, mi madre dice que las mujeres que fuman son de vida alegre, ya sabes, pero en mi clase fumamos todas. Lo raro es ver a un hombre que no fume —dijo con sus ojos orientados hacia el cenicero vacío.
   —Dicen que fumar provoca cáncer, entre otras cosas.
   —Eso he leído en algún sitio, pero yo no quiero vivir muchos años, con llegar a cumplir sesenta me conformo. Si conocieras a mi padre… lleva fumando, según dice, desde crío, y no ha ido al médico en la vida.
   —Patricia, lo de tu padre es la típica excepción a la que nos aferramos para justificar nuestros excesos.
   —Pues lo mismo deberías hacer tú con el alcohol que bebes.
   —Eso hago, solo tomo una por la tarde y otra por la noche.
   —Y las que te tomarás en otros lugares. Además, whisky, bebida de viejos.
   —Niña, que lo que te digo de fumar es por tu bien. Seguro que a tu novio no le gusta que apestes a tabaco.
   —No tengo novio ni falta que me hace, hasta que no termine mis estudios no puedo permitirme estar tonteando con nadie.
   Dos personas se acercaron a la heladería, Patricia apuró la última calada y apagó el cigarrillo en el cenicero que nunca usaba Andrés. Una noche de finales de junio hablaron de música. La terraza estaba vacía por una tormenta ocurrida horas antes. Él le habló de su pasado musical, de los ensayos de su grupo y de su corta trayectoria como cantautor. Ella manifestó que conocía algo de música clásica.
  —Oye, ¿y si yo te tararease una melodía que me suena a una ópera o zarzuela, sabrías decirme de quién es?
   —Prueba, aunque esos géneros no son mis preferidos, pero alguna ópera tengo en casa, de las que mi padre escucha por un tío mío solterón que es muy aficio­nado a todo lo antiguo.
   Él tarareó, con más o menos pudor, la melodía que tanto le había conmovido el ve­rano anterior, con bastante éxito a pesar del tiempo transcurrido porque Patricia la identi­ficó en el acto.
   —¡Es de Turandot! —exclamó—, el fragmento no recuerdo cómo se llama.
   —¿Y quién es el autor?
   —No me puedo creer que alguien tan melómano no conozca a Puccini y no haya escuchado ópera de este compositor. Te sonará Verdi, al menos.
   —Sí —mintió Andrés, y acertando casi por casualidad dijo—: un italiano, el de Aida.
   —Y el de La Traviata también, la única ópera que puedo aguantar hasta el final.
   —Anda, apúntame el título que me has dicho en un papel y el nombre del músico ese.
    Patricia cogió el bolígrafo que colgaba desde el bolsillo delantero de su camisa y en un servilleta de papel apuntó:

Turandot
Giacomo Puccini




jueves, 23 de abril de 2020

Volumen 7 de «Mi hija y la ópera»


6

   Aunque mi tía depusiera nuestros encuentros de fin de semana, fue ella la que me proporcionó los libros de texto que le servían de apoyo en nuestras clases para que los estudiase, telefoneándome casi todas las noches para tantear mi evolución. La conferencia de los sábados era bastante más larga porque hacíamos un repaso semanal a todo lo aprendido. Recuerdo que, en ocasiones, mi padre comentaba con Laura que anhelaba que yo desarrollase mi talento realizando actividades que me motivasen, que no perdiera demasiado el tiempo con aquello que no satisficiera mis intereses o capacidades. En otras conversaciones telefónicas discutían, él mantenía su negativa a habilitar la habitación secreta con el subterfugio de que las herramientas y otros enredos peligrosos no podían almacenarse en otro lugar. Yo creo que intentaba evitar que mi abuela prolongase su estancia en nuestra casa, o, tal vez, su santuario era intocable.
   Daniel y mi padre colaboraban también en mi desarrollo educacional, con más paciencia por parte de mi profesor que por el otro; definitivamente, Dani demostraba atesorar aptitudes para la enseñanza. Una tarde de sábado estuvimos los tres, ensayando una canción que permanecerá en mi memoria para siempre, con mi padre a la guitarra, la cual desenfundó después de mucho tiempo; Daniel y yo tocábamos a dúo el piano, él en las graves, pulsando las notas del acompaña­miento; y yo en las agudas, interpretando la melodía. Ejecutamos una canción de The Beatles que Dani cantaba en un inglés perfecto: Let It Be. Aquellas tardes musicales del verano de 1991, en las que intercambiábamos instrumentos, me unieron más, si cabe, a mi profesor de piano. Él no paraba de repetirme la extraordinaria semejanza física que descubría entre mi padre, de nuevo con barba, y Paul McCartney.
   En una de esas tardes, los ladridos de Yako desde el exterior se sincronizaron con nuestra música. Interrumpimos la interpretación porque sabíamos que aquello era el indicio de que alguien se acercaba a la finca, nuestro perro nunca ladraba sin motivo. Un desconocido vehículo aguardaba a que le abriéramos la verja. Acompañé a mi padre que saludó entusiasmado a la mujer que lo conducía. Atendía al nombre de Teresa. Dani aprovechó la ocasión para coger su bicicleta y salir de nuestro domicilio sin despedirse, demostrando una vez más su falta de sociabilidad.
   —Hola, Violeta —saludó la señora después de derretirse en un prolongado abrazo con mi padre.
   —Hola —respondí, confusa por la información que aquella mujer anónima poseía de mí.
   —¡Cuánto tiempo, Andrés! —sonrió tomándole de un brazo.
   —¿Has encontrado bien el camino?
   —Hasta Calasparra perfecto, después, por la carretera hacia el santuario no he tenido problemas porque está bien indicada. Ya una vez en la subida, no recuerdo si me dijiste: a unos cuatro kilómetros del pueblo, un carril de gravilla que se abre a la derecha… y he llamado a vuestra vecina de allí —indicó Teresa señalando la única vivienda que comparte el sendero con la nuestra—; que por tu nombre no te conoce, pero me ha preguntado si la persona que estaba buscando era muy aficionada a la música y, al responder que sí, me ha indicado que era esta casa.
   —¿Has conseguido hablar con mis vecinos? —preguntó extrañado—. Llevamos cinco años aquí y no les conocemos en persona.
   —Yo no he llegado a ver a la mujer, apenas si ha abierto la puerta, no ha salido en ningún momento, por la voz debe de ser mayor.
   Teresa —según entendí en la cena— había sido amiga de mi padre, casi novia, pero que por circunstancias de la vida no acabaron siéndolo. Todo eso antes de que mis padres se conocieran. Tendría unos cuarenta, pero el paso de los años le había dejado menor huella. Vestía una escotada camisa blanca y una ceñida falda gris que dejaba a la vista sus rodillas. Lucía unas elegantes joyas de oro que hacían resplandecer su cuello y muñecas. Delgada, aunque de torso exuberante, con un peinado recogido que no ajaba su ondulado cabello rubio. Fumaba tanto como hablaba, decía que acababa de separarse de su segundo marido, y que en una próxima ocasión iba a traer a Cuqui, una perrita de pedigrí, de la que vaticinaba que haría buenas migas con Yako, el cual iba cada vez aclarando el pelo según dejaba de ser un cachorro.
   Ambos bebieron vino, yo diría que demasiado. Salieron al jardín sin retirar la vajilla de la mesa con el pretexto de fumar un cigarrillo y tomar una copa disfrutando de la calidez de la noche colmada de estrellas y el suave canto de los grillos. Cuando conversaban a solas me pareció escuchar en ella lo mucho que sentía lo acontecido aquel fatídico día de septiembre de 1981; también hablaron de un tal Manuel, amigo común por lo que deduje, que poseía una prole de cierta consideración. Desde la ventana de la cocina, simulando recoger los enredos, presté toda mi atención a sus gestos cuando callaron. La mano de mi padre fue a parar sobre el hombro de Teresa, ella torció su cabeza para rozar con la mejilla sus dedos, se penetraban con la mirada, él deslizó su otra mano a la parte del rostro que ella había dejado al descubierto, aquella mujer se contoneaba con expresión pícara al son de las caricias que recibía, sus caras comenzaron a acercarse y, ¡de repente!, se cayó un plato que no tuve la pericia de situar sobre el fregador.
   —¡Violeta! —gritó mi padre irrumpiendo en la casa—. Deja eso, que tú no vales para limpiar, tú has nacido para deleitar al mundo con el piano.
   El tono imperativo que empleaba, a veces, garantizaba que la réplica por mi parte fuese inexistente. Mientras recogía los trozos de loza esparcidos en el suelo me ordenó que interpretase todas las canciones que había aprendido con Dani y, luego, las que yo había compuesto. Que realizara una exhibición de la eminente pianista que él hacía gala, entretanto, le mostraría a Teresa el resto de la casa. Descendieron a los veinte minutos, yo continuaba tocando, podría estar horas sin repetir una sola melodía, aparté la vista de las teclas y advertí el desairado aspecto de ambos bajando la escalera, ella estaba despeinada y a sus impecables atuendos se les había esfumado el garbo. Comentando las fantásticas vistas al pueblo que podían divisarse desde los dormitorios, efectuaba un repetido gesto procurando alisar, con la mano, la camisa para después insertarla entre su falda y abdomen. Me recordó a los días de colegio en los que la pereza me vencía y me vestía a toda prisa. Se despidieron detrás de la verja, ya en el carril, con otro abrazo. Prometieron verse en poco tiempo, no se besarían porque yo estaba —como diría mi padre: «sopando»—, el automóvil estaba arrancado, era muy tarde y le quedaba un largo camino a Teresa.

   Había trasnochado demasiado, por eso no me desperté hasta que los estentóreos coros de Rigoletto conquistaron mi letargo. Eran las diez, el sol invadía toda la casa, mi padre ya debería haber realizado su paseo matutino por el bosque, me asomé a la ventana y observé que podaba un ciprés, tarareando, con más o menos acierto, las frases del duque de Mantua. Le vi extraño, se había pasado la cuchilla por la cara, otra vez. Después de la siesta de aquella veraniega tarde, la temperatura nos brindó una pequeña tregua. Escuchábamos La Bohème, de la cual apostillaba, en aquel tiempo, que era su obra favorita —siempre con permiso de Las Bodas de Fígaro, de la que, con frecuencia, comentaba de que si Dios compusiese óperas no la podría haber superado—. Balanceándose en una de las viejas mecedoras que perduraban en el jardín, describía la escena del dúo O soave fanciulla cuando le interrumpí.
   —La mujer de anoche te miraba como la tita.
   —Es una mirada de aprecio hacia alguien al que se le tiene cariño, hija.
   —Papi, estás muy guapo cuando te afeitas, prefiero verte sin barba.
   Me miró con exasperación, con mis comentarios impedía que se embelesase escuchando el conmovedor final del primer acto. Yako se acercó tratando de que yo jugase con él. Algunas veces me mordía cuando se retozaba buscando, en mi mano, una vieja pelota de tenis, era muy temperamental y casi nunca me obe­decía; en cambio, la presencia de mi padre, malhumorado, le aterraba. El viento se levantó de repente, pronto emergieron, tras las cumbres de la sierra de San Miguel, unas nubes oscuras que se precipitaron furiosas y abundantes a los pocos minutos. Mi padre y yo nos adentramos en casa, Yako tenía prohibido el acceso al interior de la vivienda. Como era verano, la guarida que le ofrecía el montón de leña de la época invernal no existía. Asustado, nuestro perro no comprendía por qué no podía protegerse del agua. Pedí, por favor, a mi padre que le permitiera entrar a casa. Ante su negativa, salí junto a Yako. Con el pesado animal entre mis brazos, y a merced de la lluvia, me postré ante la puerta implorando misericordia.
   —Venga, pasad —dijo cuando comprobó que yo no cedería con facilidad y el riesgo contingente de tener que cuidar a su hija acatarrada.



miércoles, 22 de abril de 2020

Volumen 6 de «Mi hija y la ópera»


5

   De lunes a viernes, reemplazando las clases escolares, apoyaba a mi padre en las arduas tareas domésticas. Buena parte de aquel tiempo lo destinó a enseñarme a cocinar recetas sencillas. Las lecciones de piano que recibía los sábados se cambiaron a las tardes del martes y del jueves. Con esta medida —buena por partida doble— evitaba que Dani coincidiera con Laura; y conseguía tener a mi tía en exclusividad para optimizar el temario que cada fin de semana me aguardaba. Ella aprovechaba sus desplazamientos desde Cartagena para llevar y traer documentos relacionados con los negocios de mi padre y, así, descargar a Paco de su semanal informe que se convirtió en mensual. Seguían cayendo, no obstante, en viernes las visitas de la persona a la que yo llamaba «padrino». Él discutía con mi padre, junto al escritorio, en una de las esquinas del salón, acerca de contratos de personal, nóminas y sobre la prioridad de a cuáles proveedores debían firmar un talón o un pagaré. Lo único que recuerdo es que por aquel entonces sonaba menos el telé­fono. «He delegado demasiado en él», se repetía mi padre, aludiendo a su mano derecha en la empresa. Aquel hombre alegre y de pronunciada tripa, al que ahora se le juzgaba sobre su capacidad para coordinar el trabajo del resto de empleados, demostró, desde el principio, obediencia militar en todas las decisiones de mi padre, su jefe. Incluso cuando la medida pudiera perjudicarle.
   Las pocas conversaciones telefónicas que mantenían, adquirían, cada vez, un tono más agresivo, al menos, por parte de la persona que yo escuchaba. Aquello acabó por inquietarme. Por lo que deduje, las ventas del departamento informático no estaban dando los resultados previstos y la inversión había sido enorme. Sin que nadie me lo contara con exactitud, todavía sin cumplir los diez años, sabía que la crisis había llegado a Material de oficina Rosique, Sociedad Limitada.
   Algunos de esos días de invierno nos dirigimos a las ciudades de Murcia y Cartagena. Mi padre visitó sus comercios, contribuyendo con su presencia, en un vano intento de resurgir la empresa. Poca ayuda pudo ofrecer al percatarse de que conocía los nombres de sus empleados, pero no reconocía los rostros de la mayoría de los trabajadores. Los productos expuestos en estanterías y vitrinas eran un enigma para él, nada que ver con los que se comercializaban una década antes, cuando acudía a sus tiendas de manera diaria, época de la que yo no fui testigo. Se había quedado obsoleto, y no sabía cómo debía tirar del carro de una empresa cuyo funcionamiento desconocía de cerca, salvo las labores burocráticas.
   En uno de esos viajes a Cartagena visitamos a mis abuelos. Laura no estaba, mi abuela barría la acera de la puerta de su casa y, luego, hacía lo propio con las de los vecinos. Mi abuelo Emilio, resignado a las nuevas extravagancias de su mujer, permanecía sentado sobre el escalón de la entrada a su vivienda, fumando y saboreando un brandi a las once de la mañana. En silencio, observaba con enfado a mi padre, como si tuviera que darle alguna explicación. Hizo referencia a su afeitado, y añadió que, viéndole así, parecía estar de nuevo con su «hija». Recuerdo muy bien el tono mordaz que empleó con aquella última palabra. Tampoco me saludó mi abuelo con mucho más afecto, acariciándome el cabello sin mirarme. Parecía más preocupado por salvar su copa, posada en el suelo, de un puntapié, que de mis sentimientos. La estancia duró el tiempo que mi padre destinó a consumir un bote de cerveza que él mismo tuvo que servirse del frigorífico. Mi abuela seguía barriendo a treinta metros de su casa, supongo que nos había visto, pero siguió con su faena. No me produjo miedo en esta ocasión, sino extrañeza.
   —Adiós, don Emilio —dijo mi padre tocándole el hombro.
   —Andad con Dios.
   —Adiós, abuelito —dije dándole dos besos que no atinó a corresponder.
   Aquella fue la última vez que le vi con vida. Todavía evoco su aroma, una mezcolanza de puro, coñac y colonia Brumel.

   Un manto blanco cubría el monte un viernes de febrero de 1991, los tejados nevados del pueblo regalaban a la retina una imagen de postal. Aquel día se presentaría Paco, que se quedaría a comer con nosotros para versar con mi padre sobre una posible venta de la empresa a una de la competencia. Los gerentes de la firma interesada, conocidos como los hermanos Rivas, acudirían por la tarde. Pretendían poner precio al negocio de mi padre para apoderarse con ello de uno de sus más notables rivales dentro del marco regional. Un lujoso automóvil negro se plantó en el jardín aquella gélida tarde, de él salieron dos personas trajeadas de azul marino, eran Jaime y Ernesto Rivas. Mi padre se había arreglado para la ocasión vistiendo un pantalón gris y una camisa blanca; Paco —según decía—, se trajeaba en los eventos a los cuales acudía en representación de la empresa; asistió a este con una chaqueta verde oscura y prescindió de la corbata alegando que los viernes se permitía dicha licencia. Lo que más podría haber asombrado a mi padre fue constatar que aquellos populares hermanos apenas superarían los treinta años de edad. De perfecta oratoria y mejor pose, Ernesto, el que parecía más joven, llevó las riendas de la negociación.
   —Me muero por un café —pronunció al sentarse en el sofá en el que ya se había acomodado su hermano—. Esto de venir de copiloto durante la siesta…
   Mi padre, desde el sillón, me ordenó que trajera cuatro cafés de la cafetera cuyo silbido otorgaba al lugar de la reunión un aire familiar que, desde luego, no lo proporcionaba el asunto a tratar. Paco continuaba de pie, el nerviosismo sobre la incertidumbre de su futuro laboral le hacía caminar en círculo, alrededor del triángulo que formaban el sillón, el sofá y la mesa donde los hermanos Rivas habían dejado unos documentos que debían ser una especie de contrato.
   —Me he estado preguntado en estos días —dijo entrando al grano mi padre— sobre los distintos porqués de su impaciente propuesta.
   —Por una sencilla razón, porque ambas partes ganamos —respondió Ernesto—. Y será mejor que nos tuteemos, ya que somos colegas del sector. El mercado nos es favorable y creemos que es conveniente comprarte tu negocio, respetando al personal que tienes en tu empresa, que entrar en una guerra de precios donde terminaremos venciendo y vosotros arruinados. No queremos perder el tiempo, y lo honesto es proponerte una oferta para que puedas sacar partido a todos los años trabajados por ti y por tu padre, al que, por cierto, el nuestro le manda recuerdos.
   —Mi padre murió hace cinco años.
   Serví el café en las tazas y las llevé de una en una a la mesa, en un quinto viaje el azucarero y las cuatro cucharillas, con evidentes dotes para el servicio. Los presentes celebraron con una sonrisa reverencial que no se me cayese ningún utensilio en el trayecto. Jaime asió una de las tazas, echó varias cucharadas de azúcar y se levantó en dirección al despacho de mi padre, al otro lado del salón.
   —Rosique, ¿te importa que haga una llamada? —preguntó Jaime señalando el teléfono—, es que tengo que ver un asunto con unos clientes.
   Mi padre negó, dándole autorización. Ernesto, mucho más protocolario, miró a su hermano lamentando con una mueca su atrevimiento. Jaime se notaba menos calculador que el otro, iba engominado con un espeso cabello moreno a un lado, era de mayor grosor corporal que, asociado al desabrochado nudo de la corbata y a un paquete de elegantes cigarrillos que se le trasparentaban en el bolsillo de la camisa, le atribuían cierto aire a ejecutivo concupiscente, colmado de placeres, como la carne, y esta en todas sus versiones. Ernesto, sin embargo, parecía un educado ministro tomando café. Al comprobar que Jaime prolongaba la conversación telefónica, mi padre giró el sillón para estar aún más de frente con Ernesto y tratar de los detalles de la operación, cogió los documentos que compo­nían el acuerdo y les echó una ojeada, no sin antes expulsarme del salón con una sacudida de su cabeza. Por supuesto que no me fui del todo, me quedé al amparo de la puerta de la cocina curioseando lo que sucedía al otro lado, lamentando que el aparato telefónico estuviera más cerca de mí que la mesa donde se estaba negociando el futuro de nuestra economía.
   —Paco, vente para acá —o algo así dijo mi padre para leer junto a él los detalles del contrato.
   —Oye, Andrés —cuchicheó Ernesto—, esto es una cosa entre tú y yo. Es un asunto de gerentes.
   —Resulta, Ernesto, que Paco es al que tengo dirigiendo la empresa y, aunque el propietario soy yo, siempre escucho su opinión.
   Estuvieron leyendo por encima algunos párrafos, se indicaba en los mismos que se respetaría al personal y sus condiciones económicas, en especial, las de los más veteranos. Hablaron de una cifra que iba al final de la propuesta, la cual no pude escuchar por culpa de Jaime y sus innumerables muletillas mientras vociferaba por teléfono. Ernesto repasaba sus gestos con clara expectación, tenía la mirada aguileña y pose de buitre, parecía disimular que sentía frío cuando una mano buscaba a la otra intentando frotarla. Tenía el pelo muy corto y unas finas gafas le conferían un aspecto culto y reflexivo. Virtudes que no impedían que se descubriera, tras su fachada, a una persona con un alto grado de manipulación y codicia. Su hermano, el parlanchín, no aparentaba atesorar esas dotes.
   —El lunes os damos una respuesta —concluyó mi padre—, tenemos que ver esto con detenimiento y hablarlo con nuestro asesor fiscal.
   Los hermanos partieron con sus trajes oscuros en su bruno automóvil que se fue alejando en la negrura de aquella tarde glacial. Paco se marchó media hora después. Antes de irse argumentó que vender la empresa sería tirar por tierra el trabajo de varias generaciones y despreciar al personal que se había dejado la piel defendiendo un nombre y un proyecto conjunto. Implorándole que no se dejase seducir se despidió abrazando a su amigo y besándome varias veces en el mismo moflete, que, como un mal augurio, me evocó a mi abuelo Emilio, la única persona que me besaba de tal forma.
   —Hasta pronto, ahijada.
   —Hasta pronto, padrino —respondí, usando la mano para eliminar la saliva en mi mejilla.
   Al quedarnos solos mi padre abrió un estuche con varios compactos de la ópera Tristán e Isolda, insertando el primer disco. Me miró y le extrañó mi expresión, la que adopto cuando quiero que me den explicaciones.
   —¿Qué te pasa?
   —Papi, no me gusta esa gente, sobre todo el más callado, el que no ha hablado por teléfono.
   —Sí. Tiene pinta de ser un cínico.
   —¿Qué es un cínico? —pregunté siguiéndole hasta la cocina donde comenzó a servirse un whisky.
   —Es una persona que aparenta ser tu amigo, que te miente sin que se le note mucho, ¿comprendes?
   —¿Como los vecinos que se esconden cuando saludamos?
   —No, los vecinos son vergonzosos, poco tiene que ver con eso. Un cínico es… a ver, ¿te acuerdas de la abuela, que decía que te quería mucho, pero cuando estaba a solas contigo te pegaba?
   Asentí confundida sin tener muy claro si aquellos sujetos encorbatados trataban de pegarle a mi padre o algo parecido.
   —Y, sin son malos, ¿por qué no los echas como hiciste con el Carnicero?
   —En realidad, querida hija, no son malos, son empresarios. Su padre y, la vida, les ha adoctrinado bien. Ahora, aunque jóvenes, son perros de presa, muy astutos y mejores negociantes. Hacen lo que creen que deben de hacer. El mundo empresarial es una selva, no hay contemplaciones con los débiles. Ellos buscan su beneficio, ¿has visto el coche que tienen?, ¿a que es bonito?
   —Sí, muy bonito.
   —Pues seguro que envidiarán a un vecino, familiar o conocido que tenga un coche más grande. En el fondo, viven siendo unos infelices porque la codicia nunca te satisface del todo.
   Mientras procuraba comprender aquellas palabras repiqueteó el timbre del telé­fono que ya solía atender yo. Mi tía Laura, con voz apagada, quería hablar con mi padre.
   —¿Qué pasa con la tita, va a venir? —pregunté cuando colgó el auricular, extrañada de que no estuviera de camino a casa, como cada tarde de viernes.
   —Hoy no viene, pero mañana la podrás ver, iremos a Cartagena.
   —¿Entonces, tendré clase?
   —No, iremos a ver al abuelito, que está malo.
   Laura había comunicado, en la llamada, que su padre había sufrido un infarto y estaba hospitalizado. El frío de la madrugada y el temor sobre el futuro de mi abuelo me obligaron a dormir en la alcoba de mi padre, al otro lado de la cama. Sus ronquidos me parecían música celestial en comparación al traqueteo producido por el viento en la ventana de mi cuarto. A una hora inaudita volvió a sonar el teléfono, eran las seis de la mañana.
   —¿Diga? —carraspeó mi padre— ¡Vaya por Dios! ¿Cómo estás?
   Hubo un momento largo en el que mi padre no habló, se podía apreciar al otro lado del auricular una voz compungida hasta el paroxismo.
   —Laura, tranquilízate. Vamos para allá.
   Todavía aturdida, reparé en que mi padre acudió al cuarto de baño sin encender las luces creyendo que yo dormía. Incluso pude distinguir, en la distancia, que se encerró en el aseo no solo para orinar, porque juraría que le escuché orar. Partimos muy temprano hacia Cartagena, aunque ya nuestro destino no sería el previsto (el hospital), sino el Tanatorio Estavesa, no muy lejos del Virgen del Rosell, lugar donde mi estimado abuelo exhaló su último suspiro tras sufrir un segundo infarto, a unos cuantos pasillos de las incubadoras donde yo subsistí las primeras semanas de vida.
   Durante el camino nos invadió el silencio, las nubes grises se desplazaban vertiginosas; en la radio, una voz plana comentaba la última hora de la Guerra del Golfo. Me acordé de las batallitas milicianas que narraba mi abuelo; decía que se libró de la Guerra Civil, por joven; y de la Segunda Guerra Mundial, por suerte. Nunca he sabido cuánto había de cierto en todo aquello, siempre se dirigía a mí cómo el que va a contar un cuento, mezclando la verdad y la exageración con tono risueño. Utilizaba palabras amables no solo conmigo, sino con todo el mundo. Pensé que mi tía y mi abuela estarían atravesando un momento amargo, y así era, en parte. Accedimos a una de las salas del tanatorio, me sorprendió ver a mi tía Laura vestida de negro, junto a ella, mi abuela que, con mirada inexpresiva, parecía no asumir la defunción de su marido. Laura corrió hacia nosotros, puso sus gafas sobre su cabeza para que no se dañase la montura, y se estrujó con mi querido acompañante. Observé, tímida, que pendía de su mano un pañuelo, sin saber qué otra cosa hacer ante aquel abrazo eterno. Al retirarse de su pecho se dirigió a mí y me regaló dos besos mojados. Advertí que la camisa de mi padre estaba humedecida de lágrimas y quién sabe si de mucosidad.
   Dentro de un receptáculo acristalado estaba mi abuelo, inerte, como si se hubiese quedado dormido con el traje puesto. Mi padre me apartó del cristal ordenán­dome que saludara a mi abuela. Le obedecí. Seguía sentada con la mirada abstraída, le lancé dos rápidos besos en sendas mejillas sin que meneara la cabeza, mantenía la vista en el suelo. Junto a ella me senté cuando mi padre y mi tía se excusaron para dirigirse un momento a la cafetería. Aprecié que la sala donde me hallaba estaba repleta de personas desconocidas. Llegué a percibir murmullos que me aludían: «Esta debe de ser la nieta». Un señor se acercó y tendió su mano como muestra de condolencia, durante unos segundos me paralicé no sabiendo qué hacer y le respondí, dubitativa, con la mía. Era la primera vez que alguien me estrechaba la mano. Aquel hombre aparentaba ser coetáneo a mi abuelo. Ataviado con traje gris oscuro, sombrero y bastón, sería uno de los compañeros de juego de sus múltiples partidas de dominó.
   —Hola, Violeta, tu abuelo me hablaba mucho de ti, estaba muy orgulloso, decía que tocas el piano como Mozart, lamentaba no tenerte cerca para verte más a menudo.
   Permanecí en silencio durante unos minutos, sorprendida de que alguien a quien no había visto nunca conociera mi nombre. Mi padre me cogió de la mano cuando volvió de la cantina y nos fuimos al hogar que una vez compartió con su progenitor. La casa de mi abuelo Pepe se encontraba tal como se la dejó hacía ya un lustro. En todo ese tiempo, mi padre había entrado solo en un par de ocasiones. La vivienda mostraba lobreguez hasta que levantamos las persianas, descorrimos las cortinas y abrimos las ventanas, procurando eliminar aquel olor a vacío y olvido. Los tabiques estaban descascarillados por la humedad, una lámina de polvo cubría los muebles y un marco del Real Madrid que rezaba: «Un equipo para la historia» colgaba de la pared más amplia del salón. En la imagen, un gran número de jugadores de los años cincuenta que posaban con unos cuantos trofeos sobre el césped del estadio. Las otras paredes exhibían fotografías en blanco y negro. Una, con mi padre, en pantalón corto y tirantes, devorando un muslo de pollo frente al objetivo de la cámara; en otra instantánea, mi abuela con un vestido negro de época; y en otra imagen, un niño pequeño, intuyo que de cuatro años de edad, con un trajecito y con los ojos cerrados, debía ser mi tío Antonio. De soslayo observé a mi padre, mirándolas con detenimiento y la emoción contenida.
   —Papi, ¿aquí hay fotos de la mamá y de la hermana?
   —Sí, deben de estar en alguna de las cajas que contienen fotografías que hay por alguno de estos muebles.
   Tiré de una desvencijada cajonera que servía como mesa del televisor.
   —Pero no las busques ahora que te vas a ensuciar —prosiguió—, otro día que vengamos con más tiempo. Vamos a descansar que mañana hay que ir al cementerio, allí podrás ver los retratos de tu madre y de tu hermana.
   —Papi —dije realizando una notable pausa—. ¿Cuándo morimos, qué pasa?
   —Ninguna persona viva te podrá dar una respuesta verdadera, pero según a quién preguntes te contestará según sus creencias.
   —Y, ¿qué crees que pasa?
   —Pues, la verdad, no sé. Supongo que el cuerpo se descompone y la naturaleza lo recicla. De alguna manera pasa a ser otra vida, ¿te acuerdas de aquel gato que estaba muerto junto a un pino y que cada día se iba haciendo más pequeño hasta que desapareció junto al tronco?
   —Claro que me acuerdo, echaba peste.
   —De algún modo, la muerte del gato supuso nutrientes para el pino y le ayudó a crecer más fuerte. Con una persona pasaría igual que con cualquier otro animal, lo que ocurre, es que hay algo dentro de cada ser humano que no se apaga. La vida parece acabarse cuando el cuerpo muere, pero la existencia perdura, ¿cómo?, pues ni yo ni un científico ni un cura, te lo podríamos explicar.
   —La señorita Bermejo decía que cuando muramos iremos al cielo y que allí seremos almas para siempre, ¿crees que mamá estará en el cielo, viéndonos?
   —No sé si nos estará viendo, pero creo que estará esperándonos, seguro que está ahora recibiendo al abuelo.
   —¿El alma tiene cara?, porque si no, ¿cómo conoce mamá al abuelo?, y, ¿Susana, seguirá teniendo el aspecto de niña?
   —Joder, hija, sí que le das vueltas a las cosas —dijo mi padre para ganar un poco de tiempo en sus improvisadas respuestas—. Supongo que cuando morimos nos mostramos ante la eternidad con nuestros rasgos más bellos, es como si siempre tuviéramos veinte años.
   —Entonces, yo seguiré siendo fea siempre, porque, si no, nadie me reconocería.
   —No digas eso nunca, Violeta, no lo digas.
   Dieron sepultura a mi abuelo el diez de febrero de 1991. Aquella fría mañana de domingo pisé por primera vez el cementerio de Santa Lucía, lugar donde se hallaba la lápida de mi madre y de mi hermana, ubicada junto a la de mi abuelo. Mi padre, que tampoco había visitado aquel lugar, me señaló con el dedo las dos pequeñas fotos circulares que permanecían, desde hacía casi una década, a sendos lados de la tumba. Qué incongruente me pareció encontrarme con las sonrientes imágenes de mi madre y mi hermana en aquel macabro espacio. Sus ataúdes ―explicó mi padre— habían sido colocados uno encima del otro. Dos ángeles de piedra simbolizando la vida después de la muerte se postraban, con expresión ausente, sobre el granito gris oscuro donde estaban tallados sus nombres.

PATRICIA DOMÍNGUEZ TORTOSA
13 DE OCTUBRE DE 1957 — 12 DE SEPTIEMBRE DE 1981
D.E.P.

SUSANA ROSIQUE DOMÍNGUEZ
25 DE DICIEMBRE DE 1978 — 12 DE SEPTIEMBRE DE 1981
D.E.P.

   Reparé en que mi padre observaba boquiabierto la tumba, hasta que, de reojo, apreció el peso de mi mirada. Ambos nos encontrábamos frente a nuestra verdadera familia, callados y vacíos de espíritu. Invadiéndonos a preguntas de las que jamás obtendremos respuestas. La comitiva que había acudido a dar el último adiós a mi abuelo comenzaba a abandonar el lugar. Mi tía Laura, con gafas oscuras, a pesar de la poca luz solar que ofrecía aquel día, arrancó un par de flores del sinfín de coronas que rodeaban la lápida de su padre, se acercó a nosotros y las posó sobre la de su hermana y sobrina. Unas lágrimas se precipitaban desde su lánguido rostro. Se acercó a la foto de mi madre, la acarició con sus dedos y besó la imagen musitando: «Hermana, cuánto daría por tenerte ahora, y te envidio porque sé que ya estarás junto a papá, ¡te quiero tanto a pesar del tiempo!, tenías mi edad cuando te fuiste, ya te he perdonado que te marcharas sin despedirte. Ahora quiero que seas tú la que me perdones, por lo que siento y quiero. Perdóname, porque si no puedes tú… si no puedes tú… yo no podré». Su voz se quebró un segundo antes de que mi padre la envolviera en un silencioso abrazo.
   Los tres salimos a varios metros de distancia del séquito que custodiaba a mi abuela hacia el exterior del camposanto. Aquel sitio era verdaderamente tétrico, más todavía con el eco de nuestros pasos en aquellos infinitos pasillos de lápidas, muertos y soledad. Mi padre se decía: «Ni siquiera tienen un epitafio». Laura cambió el tercio informándonos de que, durante un espacio indeterminado de tiempo, no podría visitarnos los fines de semana, alegando que su madre debía estar asistida por ella ahora más que nunca. Al final del largo camino se podía avistar la puerta del cementerio, la muchedumbre se dispersaba como ramas de una palmera en dirección a sus vehículos, una mujer enlutada se dio la vuelta y entró de nuevo al recinto, era mi abuela: «¿Habéis visto a mi Emilio?, ¿ande se habrá metío mi marío?».