sábado, 1 de septiembre de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 22


21

   Las duras palabras de los futuros yernos de Marisa cayeron como pesadas piedras, sepultándome e introduciéndome en un caparazón de desconfianza, comenzando otra etapa de aislamiento al mundo, y únicamente mi padre, Marisa y Antonio mantenían un contacto cotidiano conmigo.
   El recurrente pensamiento de la idílica imagen de Isabel me conturbaba, pero me sirvió para convencerme de que no estaba enamorada de Antonio, pensaba que mi relación con él se debía a que yo no podía aspirar a otra persona, detestaba su ingenuidad, sus razonamientos simplones y su escasa cultura. Yo ya sabía que mi relación con él no iba a sobrepasar la fase de algún esporádico beso en la boca al saludarnos y al despedirnos.
   Aunque en ocasiones Antonio se acercaba a lo que yo podía considerar como un novio, desprendiéndose eventualmente de la etiqueta de bruto que yo le había colgado. Había transcurrido un mes desde la visita de las hijas de Marisa y sus pretendientes a casa, tomábamos café en la misma heladería donde nos besamos en público por primera vez. En esta segunda ocasión, la desapacible temperatura del otoño nos constriñó a que no nos sentásemos en la terraza sino en el confortable interior con la molestia de tener que soportar el jaleo de la clientela y todos los sonidos propios de una cafetería en plena actividad.
   —Antonio, dime la verdad, ¿tú qué has visto en mí para que quieras estar conmigo? —pregunté a sabiendas de que podía herirme con una respuesta sincera.
   —Pues, no sé, Violeta —contestó desprevenido—, hablas muy bien, eres muy inteligente, sabes de casi to y eso sin haber ido prácticamente a la escuela, tocas el piano tan bien que salí de tu casa flipando. Mis amigos, los de la peña, dicen que tienes un embrujo misterioso y te envuelve un aura serena. Me gustas porque te tengo cariño y me comprendes. No to el mundo es bueno conmigo.
   Contemplé maravillada a Antonio, en ese instante me pareció una persona encantadora con la que valía la pena compartir el tiempo, le sonreí sin decir nada hasta que me vi reflejada en uno de los espejos del local, cerré la boca mecánicamente, ¡qué poco me gustaba ver aquella doble hilera desordenada de dientes!

   Las Navidades se presentaron de improviso, eran las primeras que celebrábamos con Marisa en casa, nos comentó que sus hijas nos visitarían para la Nochebuena. Antonio no podría venir para tal acontecimiento, como único hijo que vivía en Calasparra su deber era acompañar a su madre en la cena.
   La compañera sentimental de mi padre se encargó de decorar apropiadamente la casa, todo lo que este le permitió. No estábamos acostumbrados a ver nuestro hogar lleno de luces de colores y de numerosos adornos dorados que disimularon durante un mes la tétrica y sobria decoración donde todo objeto debía tener una finalidad de uso.
   Las hermanas vinieron juntas la tarde del 24 de diciembre, Carlos Bonache no asistió, al igual que mi amigo Antonio, sus obligaciones familiares le impidieron viajar desde Murcia. El otro Carlos, El Zapata, ya había dejado de ser pareja de Ana al mes de que ella comenzara en la universidad, tal como su progenitora había presagiado.
   Cuando ellas llegaron ya se estaba preparando un copioso y suculento banquete: marisco, solomillo de cerdo, canapés con caviar —que mi padre, en su terquedad de llamarle a las cosas por su nombre, me corregía: «huevas de lumpo»—, y un largo etcétera. Una cena más laboriosa que lujosa, aunque en cualquier caso yo hubiese preferido una buena tortilla de patatas. Colaboré con Marisa en la distribución de la vajilla y de la cubertería sobre la mesa sintiendo que me comportaba como una cenicienta puesto que Isabel y Ana, con evidentes muestras de tedio se postraron en el sofá para zapear frente al televisor los distintos programas en diferido que se emitían aquel día.
   Deseé encontrarme con un solo instante para estar a solas con Isabel y poder entablar algún diálogo que pudiera darme pistas sobre su personalidad, pero no se dieron las circunstancias. Aquella atractiva chica y su hermana estaban más pendientes de que acabara la cena y de buscar un pretexto para salir pronto al pueblo y reunirse con sus viejos amigos que de permanecer en casa.
   Ataviadas con elegantes vestidos negros acertadamente arropados con bellos abrigos, las dos hermanas salieron a las doce de la noche en búsqueda de diversión. Me planteé llamar a Antonio que me había contado días antes que tenía pensado quedar con sus primos de Cehegín para salir de copas por Calasparra después de la cena, propuesta a la que fui invitada y que por supuesto decliné. Aferrándome ahora a la que era la única alternativa para no acabar la velada patéticamente junto a Marisa y mi padre viendo la aburridísima televisión que ofrecían los canales aquella madrugada, quemé el último cartucho y marqué el móvil de Antonio hasta que, al quinto o sexto intento, atendió la llamada.
   —¡Feliz Navidad, Violeta! —contestó eufórico, mientras se escuchaba al otro lado del auricular unas cuantas voces que le jaleaban acoplándose con el ruido de la música discotequera. 
   —¿Dónde estás?
   —Estoy en el aparcamiento.
   Se refería a un sitio donde, en ocasiones —siempre sin mí—, se reunía con sus amistades de Cehegín (la mayoría, familiares suyos). Aquel lugar se encontraba fuera del núcleo urbano y cerca de una nueva zona de locales nocturnos.
   —¿Puedes recogerme y me tomo una copa con vosotros?
   —Es que… estoy con mis primos —se excusó, recordándome que se hallaba junto a los cehegineros que tan mala prensa tenían entre nuestras amistades de la peña.
   —¿No habrá ninguna chica entre tú y yo? —pregunté para presionarle a que acudiera a por mí, importándome bien poco en el caso hipotético de que poseyera alguna relación paralela.
   —¿Qué… qué… qué dices? —tartamudeó.
   Ya conocía a Antonio lo bastante como para saber que si tartajeaba, indicaba dos posibilidades, por nerviosismo, o por ir borracho. Aquella noche concentraba ambas condiciones. Finalmente se atuvo a recogerme, sin embargo tardó una largo tiempo en llegar.
   Mi padre y Marisa, desconcertados por la hora en la que informé que me marchaba de casa, procuraron persuadirme con que no valía la pena salir tan tarde para recogerse tan temprano. Y es que, hasta ese día, Antonio me solía dejar sobre las dos de la madrugada, casi a la misma hora a la que vino a por mí aquella noche.
   Ojalá no hubiera desoído los consejos de aquella pareja que disfrutaba de un cava en el sofá apelando al sentido común. No me sentí molesta como otras veces en las que se ponía en duda mi madurez, tenía en la mente un gran objetivo que ni siquiera era el de presumir de amistades para disfrutar de la Nochebuena, sino el de cruzarme con Isabel por alguna de las calles de Calasparra.
   —Es una locura que salgas a esta hora —insistió mi padre con voz adormilada al escuchar el coche de Antonio y su despreciable música.
   —Con esa falda vas a pasar mucho frío —advirtió Marisa.
   —Es que es la única falda decente que tengo, no me voy a poner pantalones hoy —conviene aclarar, que el término «decente» para referirme a la falda lo empleé como sinónimo de adecuada porque, desde luego, no era muy decorosa.
   —Ten mucho cuidado, hija. Llévate el móvil —dijo Marisa que se acunaba su cabeza en el vientre de su amado.
   Aprecié que ella mostraba más preocupación por mi seguridad que con sus propias hijas. Tampoco me extrañaría que su intuición femenina le advirtiera de que algo muy peligroso iba a sucederme.

   Antonio mascaba chicle ansiosamente desde el interior de su Seat Ibiza, su mirada no me infundía la más mínima confianza, le pedí que bajase el volumen de la música, que podría resultar molesta a los habitantes de mi casa y para mis vecinos que seguro que la escuchaban en la distancia.
   —¿Dónde has quedado con tus primos? —pregunté una vez cogíamos la carretera hacia el pueblo.
   —Siguen en el aparcamiento, hasta que no acabemos con las botellas no nos vamos a ningún bar.

   De los quince que, grosso modo, formaban el grupo de primos y amigos de Cehegín tan sólo iba una chica, la novia de un tipo al que le llamaban el Sartenes, apodo que tiene su origen en que de adolescente trabajó en una hamburguesería. Me arrimé a ella por el simple hecho de encontrar como afinidad el que hubiera nacido mujer, sobre todo a partir del momento en que comencé a notar que Antonio se desperdigaba de mí con frecuencia entre los automóviles de sus amigos.
   La acompañé después a un pequeño bar cercano donde nos dirigimos para ir al baño, ella ya mostraba síntomas de embriaguez, como el resto de la tropa. Antes habíamos atravesado toda la explanada llena de turismos aparcados con los maleteros abiertos y la música sonando con fuerza, las cuales se mezclaban según franqueábamos los grupúsculos que rodeaban la parte trasera de los vehículos en cuyo interior se hallaban bolsas de hielo, vasos de plástico y botellas. Algunos chicos nos lanzaron piropos, que irían destinados a esta chica que ni de lejos podía parecerse a Ana la hija de Marisa; y mucho menos a Isabel, a la cual me pareció ver en numerosas ocasiones cada vez que me topaba con alguna espalda femenina que tuviera su mismo cabello moreno y largo, con la frustración de que, siempre, se trataba de otra joven.
   Cuando llegamos de nuevo al lugar donde estaban estacionados los vehículos de los cehegineros, entre carcajadas, escuché lo siguiente: «A ver si con tu amiga dejas ya de pajearte», aquella frase iba dirigida a Antonio y fue vociferada por uno de sus primos que tenía la particularidad de propinar una estruendosa palmada en la espalda del tendero, exactamente cada treinta segundos, con una sincronización pasmosa. No me sorprendí, en cualquier caso, por aquel dato que posiblemente haya exagerado al rememorarlo, lo que sí me maravilló fue la impasibilidad de mi amigo que, siendo objeto de sus burlas y estando yo como testigo, no efectuaba gesto de que le molestara que, a cada momento, le recordasen su fama de onanista. Incluso cuando sus propios primos se dirigían a él como «Pajillero» parecía inmutarse.
   «Menuda panda de intelectuales» —murmuré irónica—. Procuré ignorar aquellos comentarios ansiando que pronto se terminase el alcohol y nos fuésemos al calor de los locales de copas. Anhelaba sobre todo coincidir con Isabel, a ella nunca la encontraría en un descampado atestado de borrachos y coches tuneados.
   —Paji —dijo el de las palmaditas—, ¿te acuerdas cuando saltemos la valla de la Paqui pa’ver cómo cagaba?
   Antonio asentía sonriendo. Mudo y pletórico de euforia.
   Al contemplarlos deduje enseguida lo sumiso que era mi amigo con ellos, por eso comprendí que no insistiera demasiado en que coincidiese con sus primos de Cehegín. Qué diferencia entre la versión pusilánime que estaba presenciando de Antonio aquella noche respecto a la actitud bizarra que adoptó cuando procuró defenderme con porte de boxeador ante las amenazas de Juan en el santuario. Fue evocar aquel incidente de agosto y como si lo hubiera llamado telepáticamente apareció de frente, todavía a lo lejos, la figura de Manuel el Nazi, al que pude vislumbrar su enorme contorno entre varios coches de por medio, Se encaminaba hacia mi ubicación con un andar característico que le confería incluso más pavura a su ya aterradora imagen. Me quedé inmóvil, creyéndome protegida por la compañía que formaba aquel hatajo de bebedores empedernidos, entre los que se encontraba Antonio, al que no le advertí de la cercanía de aquel tipo por miedo a que se sintiera envalentonado por la presencia de su séquito y quisiera atemorizar a Manuel. Por ventura, el Nazi transitó por nuestra zona sin reparar en mí. Se dirigía hacia unos contenedores para orinar, tan sólo estábamos de paso hacia su destino final.
   El frío me acució a que consumiera alcohol, ya no sólo con el pretexto de entrar en calor, sino para contribuir a que se acabara la bebida cuanto antes y, así, partir en el menor tiempo posible hacia los pubs. Un buen rato después llegamos a un pequeño garito regentado por un conocido de Antonio que abarrotamos en un santiamén en cuanto nos adentramos toda la comitiva. Todos bebían chupitos y otras variedades de alcohol al mismo ritmo frenético con que fumaban.
   —¿Conoces a la Reme?, es la novia de mi primo el Sartenes —me dijo Antonio por tercera vez en esa noche.
   —Sí, claro que la conozco Antonio, hemos ido juntas al baño unas cuantas veces.
   —Es pa que te integres, que te veo muy apartá.
   —Vais todos muy raros.
   Una hora más tarde abandonamos el local, pretendíamos marcharnos hacia otra zona del pueblo, era preciso coger de nuevo los automóviles. Intenté decirle a solas el inapropiado comportamiento que sus primos y amigos de Cehegín tenían hacia él. Y sobre todo, lo extraña que me estaba resultando la velada; como cuando me despistaba: que él se «escapaba» fuera o al baño y desaparecía varios minutos.
   —¿Por qué no arrancas? —pregunté con cierta curiosidad a Antonio, más ocupado de extraer la cartera de su chaqueta que de mover la llave del contacto de su automóvil.
   Echó su asiento para atrás para dejar espacio entre sus articulaciones y el salpicadero, pasó su mano por encima de mis desarropadas rodillas, las aparté en un acto reflejo, no buscaba mis piernas sino la guantera, sacó la carpeta donde debían de custodiarse los documentos del vehículo y la situó sobre sus muslos, escogió una de las tarjetas de crédito de su portamonedas donde también extrajo una pequeña bolsa con un contenido blanco, deslió el diminuto alambre verde que la mantenía cerrada e introdujo la esquina de la tarjeta para volcar una exigua parte de aquella sustancia en la carpeta de Seguros Zurich que se hallaba con restregones blanquecinos sobre el oscuro plastificado que evidenciaba que había sido utilizada recientemente.
   —¿Quieres una raya? —me preguntó sin levantar la vista de la carpeta, ignorando mi estupefacta expresión.
   Abandoné el coche sin responderle, no quería presenciar cómo esnifaba cocaína. Aguardé fuera unos instantes, no podía marcharme ni molestar a mi padre a las cuatro de la madrugada. Muerta de frío e impaciencia esperé a que terminase, rogando que no apareciera la policía por algunas de las bocacalles adyacentes. A él poco parecía importarle el riesgo en aquel instante, mantenía esa especie de acto ceremonioso en silencio desde el interior de su automóvil. Un primo suyo se acercaba al coche, le di dos golpes en el cristal para advertir a Antonio la cercanía del familiar, a lo que miró hacia el espejo retrovisor y prosiguió con su ritual sin inmutarse. Ingenua de mí, que creía en ese momento que él estaba consumiendo a escondidas de todos, y yo era la única del grupo que no había probado la coca. Incluso Reme, con la que había confraternizado en las últimas horas, iba drogada.
   —Hazme una, primo —fue lo único que pronunció aquel tipo que se sentaba en el asiento que yo había desocupado por vergüenza.

   Acabamos la noche en un local cercano a la subida del santuario, con un poco de fortuna me acercaría pronto a casa. Entré por no permanecer sola en el vehículo, aunque mi desgana se fulminó en cuanto vislumbré en el interior de la discoteca a las hijas de Marisa custodiadas por un cuantioso cortejo de varones. Isabel bailaba con el garbo que cabría esperar de una persona así, sorteando con elegancia a una serie de apuestos jóvenes que merodeaban en rededor con el vano propósito de flirtear con ella. La contemplé en la distancia, seguramente embelesada, con un silencio en mi interior que hacía indiferente la atronadora música que ahogaba la sala. Ana me hacía aspavientos a su lado, y se acercaron las dos hermanas a saludarnos a mí y a Antonio cuyos ojos brillaban con el mismo fulgor que los focos psicodélicos de la pista de baile.
   —¡Qué suerte!, tienes a tu novio cerca —me gritó Isabel al oído, sosteniendo un vaso de tubo en una mano y un cigarrillo en la otra.
   Meneé la cabeza con gesto afirmativo con una mueca que se acercaba a la sonrisa, aunque creo que me delataba una expresión de preocupación que no sabía disimular. Estuve a muy poco de suplicarle que me llevase a casa, pero entonces dejaría en mal lugar la situación con la que me encontraba de carambola; de ser una triunfadora acompañada por su novio (por estúpida que pareciese su danza frente al altavoz) a una desesperada que buscaba que alguien le acercase a su domicilio ante la deplorable disposición de su pretendiente.
   —¿Te pasa algo, Violeta? —me chilló nuevamente cerca de la oreja.
   —No, simplemente me encuentro extenuada. No tengo costumbre de trasnochar —vociferé afónica a Isabel.
   Retorné al grupo donde se encontraba Antonio, estuvieron bailando como estúpidos hasta prácticamente adueñarse de la pista. Pasadas las seis de la mañana y con el estómago atiborrado de bebidas energéticas imploré a que alguien de la pandilla me llevase a la tranquilidad de mi hogar. Finalmente Antonio decidió trasladarme.
   Permanecimos callados todo el camino, el silencio en este caso era verdaderamente incómodo. Cuando viró hacia la subida del santuario, en dirección a mi morada, Antonio redujo el estrepitoso volumen de la radio, de repente, torció el vehículo en un camino justamente anterior a la senda que desembocaba en mi anhelada residencia. Creí que, con aquella parada, buscaba disculparse sobre su injustificable comportamiento valiéndose de la calma que nos brindaba la soledad y la hermosura del crepúsculo matutino en el horizonte. Pero lejos de pronunciar palabra alguna se acercó a mí y me besó violentamente en los labios.
   —Ahora no, Antonio, estoy agotada. Llévame a mi casa, por favor.
   Sin decirme nada se abalanzó sobre mí, reclinó con destreza el asiento donde me encontraba y empezó a besarme el cuello, poseído. Intenté defenderme, pero mi esquelético cuerpo poco podía hacer ante su corpulenta complexión. Colérico y desbordado de incontenible energía levantó mi falda mientras sujetaba mi cintura con su otro brazo. De inmediato se bajó la cremallera de su pantalón y deslizó sus calzoncillos para agarrar su miembro con los dedos. Era imposible que pudiera sucederme esto —pensaba aterrada—, jamás imaginé que fuera a perder mi inocencia de aquella manera. Desplazó mis bragas hacia un lado tratando de introducir su órgano genital en mi interior, consiguiéndolo después de atroces intentos. Nunca había tenido un coito hasta entonces, pero conocía lo suficiente de sexualidad como para saber que su falo no estaba completamente erecto a pesar de la ominosa excitación que revelaba su rostro. Anquilosada por el pánico y el estupor, sólo pude corresponder con un fugaz beso en su hombro por miedo de que aquella agresión sexual empeorase e incluso peligrara mi integridad física. Después ya no sentí fricción en mi vagina pues le sobrevino el orgasmo a los pocos segundos de haber comenzado —que en aquel momento los consideré eternos—. Inició un sonido agudo que emitía con sus dientes y su lengua a la vez que me miraba con ojos endemoniados, su cuerpo se sacudía sobre el mío mientras eyaculaba con una expresión final que se hallaba entre la rabia y la frustración.
   Se incorporó a su asiento, arrancó el automóvil y pulsó los elevalunas para bajarlos y eliminar el vaho de los cristales.
   —Perdóname —fue lo único que articuló hasta que me dejó en la puerta de mi parcela.
   Me adentré en casa después de una noche lamentable que tuvo como colofón aquel aciago suceso. Estaba temblorosa de frío y miedo, con el llanto contenido me dirigí sigilosamente hacia el baño para ducharme y limpiarme concienzudamente el semen que se había agrumado entre mi vello púbico y ropa interior. Los rayos de sol ya iluminaban las habitaciones y no quería despertar ni a mi padre ni a Marisa que todavía dormían ajenos a mi terrible experiencia.
   Me acosté confundida por tener imprecisa la línea de hasta dónde debe llegar una pareja con la que se mantiene una relación durante meses, o si de algún modo, acontecimientos de aquella índole tenían alguna justificación si el que los realizaba era una persona a quien se consideraba como «novio».
   Un profundo resentimiento nació a partir de aquel momento al que era mi pretendiente, amigo y confidente, que en un estado de absoluta ebriedad me desproveyó de la virginidad y de la ya exigua dignidad que albergaba mi ser.



Andrés, IX

   El jueves, 19 de febrero de 1981, vino al mundo Violeta, su nombre se escogió por ser este, el del personaje principal de La Traviata, la obra predilecta de su madre. Era una mañana nublada que descargó lluvia con la misma rabia que el llanto de la niña al ver la luz. Ella no nació con la rebosante salud de Susana, por lo que poco después de haber salido de las entrañas de su madre fue trasladada a una incubadora.
   Andrés quedó impresionado cuando vio a su pequeña, de menos de dos kilogramos, dentro de aquella jaula transparente, rodeada de tubos y cables. Las facciones del bebé no podían equipararse a las de su hermana, una mancha facial cubría la mitad del rostro cercando con un color rojizo oscuro todo el ojo izquierdo.
   —Doctor, ¿qué le pasa a mi hija?
   —Tiene un cuadro de insuficiencia respiratoria, ictericia y…
   —Me refiero a la cara —interrumpió Andrés.
   —No se lo puedo decir con toda seguridad, pero es muy probable que sea un hemangioma capilar congénito. Para que usted me entienda: una mancha de vino.
   —¿Y eso, se le quitará?
   —Señor Rosique, créame, ese no es el mayor problema que tiene ahora mismo su hija.
   Lily se había quedado al cuidado de Susana. Cuando llegó Andrés del hospital preparaba café atendiendo la visita de la madre y la hermana de Patricia que acababan de llegar para interesarse por el parto.
   —Como no nos llamas… hemos venido a tu casa —dijo María a su yerno.
   —Ha sido niña —anunció Andrés mientras se desprendía del abrigo—. Patricia está bien.
   —Otra «hembra» más en la familia —dijo la abuela—, ¡desde luego…!
   —Entonces, ¡se llamará Violeta! —exclamó Laura— ¿puedo ser su madrina?
   —Ya tienes como ahijada a Susana —respondió Andrés abatido.
   —¿Le ocurre algo, señor? —preguntó Lily —, ¿o es cansancio?
   —Está en una incubadora, ha nacido con muchos problemas, los médicos me han dicho que me espere lo peor. Patricia todavía no lo sabe.
   Un silencio profundo se apoderó del salón, tan sólo el alegre balbuceo monosilábico de Susana que jugaba serpenteando entre las piernas de los adultos con un peluche en la mano rompía el clima enmudecido de la casa «ma-ma-ma…».

   Tres domingos transcurrieron hasta que dieron el alta a Violeta, y en cierto modo, a su madre, que sólo se ausentaba del hospital para asearse, estar unos minutos con su hija mayor y descansar lo justo para no desfallecer. En las numerosas visitas de amistades y vecinos que recibieron en casa, una frecuente pregunta y siempre la misma respuesta por parte de los padres:
   —¿Y esta manchica que tiene en la cara?
   —Se le irá quitando poco a poco, con el tiempo.

   El trabajo que requería Violeta obligaba a que Patricia le pidiese a Lily que se cen­trara en el cuidado de sus hijas, dejando en un segundo plano las tareas habituales del hogar. «Os ha salido una soprano por escuchar tanta ópera» decía la niñera cuando el bebé chillaba.
   Sólo su tía Laura, de catorce años, poseía el don de apaciguar a la pequeña de la casa. Ella, que se quedaba algunos fines de semana proporcionando cobertura a las libranzas de Lily, no puso objeción alguna cuando su hermana demandó su presencia a todas horas durante la época estival.

   Cierto día de aquel verano celebraron en casa el cumpleaños de la abuela María. La familia estaba sentada de ter­tulia con vaporosas tazas de café sobre la mesa.
   —Andrés, ¿sabéis ya quiénes van a ser los padrinos de Violeta? —preguntó su suegro mientras se echaba una copa de coñac.
   —Patricia y yo hemos decidido que sean Paco y Consuelo.
   —¿Paco es al que tenéis en Murcia?
   —Sí.
   —¿Y qué dicen?
   —No se lo hemos dicho todavía, el cura nos ha puesto fecha para octubre, he pen­sado que como él tiene este mes de agosto vacaciones, en quedar con ellos y comunicárselo el primer sábado de septiembre, con la excusa podríamos hacer una carne, espero que puedan venir ustedes también.
   —El primer sábado de septiembre no podemos —dijo Patricia— ¿no te acuerdas que quedaste con Ginés, el fotógrafo, para hacernos una foto en su estudio?
   —¡Ah, sí! —recordó Andrés que se encaminó hacia el almanaque situado en la co­cina; desde allí continuó—: Pues entonces el sábado siguiente, el 12 de septiembre, ¿os parece bien una carne a la brasa?
   Todos asintieron.
   —Y hablando de fotos, voy a sacar la cámara, y a ver si alguien se digna a sacar la tarta.
   Andrés fotografió a la familia cuando coreaban «cumpleaños feliz», en el instante en que su suegra soplaba las velas y durante la entrega de regalos que por parte de sus hijas y su marido fue recibiendo. Susana, fiel a la tradición, exigía también un paquete de colorines.
   —Por favor, don Emilio, coja la Polaroid —dijo su yerno.
   El abuelo realizó una instantánea cuando Patricia le entregaba el regalo a Susana, ambas se miraban sonrientes, Andrés aparecía tras ellas con la alegría propia del momento, con una mano sobre la espalda de su mujer y con la otra abrazando desde atrás a su hija de dos años y medio que, rebosante de felicidad, aceptaba la caja envuelta en un papel festivo. Violeta, a la izquierda de su hermana, sorprendida por el flash, fue la única de todo el salón que miró frente a la cámara.

jueves, 30 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 21



20

   Ana, la menor de las hijas de Marisa, tenía previsto irse en septiembre, justo después de los encierros, a Murcia para vivir junto a su hermana Isabel. Se había matriculado en la universidad de la capital y, como cabría esperar, permanecería grandes temporadas lejos de Calasparra. La mayor estaba comprometida sentimentalmente con un joven murciano, por eso apenas venía al pueblo salvo algún esporádico fin de semana. La pequeña aprovecharía esa circunstancia y la libertad que le brindaba no estar tutelada por su progenitora. Además, al carecer de vehículo propio para poder desplazarse con total independencia le obligaría a quedarse en la ciudad y, con ello, desligarse cautamente de su relación con un chico de la localidad; un romance —según contaba su madre— no tan consolidado como el de su hermana Isabel.
   Mi padre y Marisa establecieron que, a partir de dicho momento, vivirían juntos permanentemente y no sólo durante los fines de semana, como se estaba haciendo hasta entonces. Acogí la idea con entusiasmo, mi progenitor escalaría un peldaño en su camino hacia la felicidad y la casa ganaría en limpieza. Admito que las labores del hogar no han sido nunca mi especialidad, excusa que no puedo atribuirle a la falta de tiempo.
   Quisieron celebrar dicho acontecimiento con una comida donde las hijas de Marisa, acompañadas de sus respectivos pretendientes, vendrían a casa a conocer la nueva  residencia de su madre y de paso a sus viejos moradores.
   —Violeta, dile a tu amigo que venga también —dijo mi padre refiriéndose a Antonio.
   —El sábado, 15, ¿no?
   —Sí, el sábado después de los encierros. Porque antes, con las fiestas, algunos puede que no quieran venir.
   —Ya sabes que Antonio hasta las tres de la tarde no acaba.
   —Pues cuando salga que se venga para casa, le estaremos esperando. Además, ¿no decías que quería conocerme? —preguntó creyendo que mis observaciones sobre el horario se trataban de objeciones a la cita.
   —Sí, papá, él te conoce remotamente y la reputación que te precede en el pueblo es bastante injusta.
   Marisa, que se encontraba en el otro lado del salón, afirmaba con la cabeza declarando estar de acuerdo con mi comentario.
   —Pues díselo, que no me gustaría que faltase nadie —nos indicó mi padre a ambas.
   Aquella conversación se había efectuado a finales de agosto, el estío había transcurrido fugaz inducido por los últimos acontecimientos: la perfidia de la que ostentaba Juan hacia mi progenitor, los encuentros casuales con un Pedro beodo en los bares del pueblo, esa especie de idilio que estaba viviendo con Antonio que yo mantenía a raya en la fase de los besos en los labios impidiendo que alcanzara un grado más libidinoso… Para bien o para mal, aquel verano me hizo tener conciencia de que existía un mundo fuera de estas cuatro paredes y aunque no estaba a la altura de mis expectativas: Vivía.

   Se acercaba el vigésimo aniversario de la tragedia que marcó nuestra existencia acaecida un 12 de septiembre, mi padre y yo nunca hablábamos de eso cuando la fecha estaba cerca, pero sé que él tenía muy presente aquella dolorosa efeméride. Aunque procuraba disimularlo no concediendo a esa jornada nada de particular actuando como si fuera otro día cualquiera. En la víspera de tan temida fecha, un suceso terrible conmocionó al planeta, al punto de que cuando llegó el sábado, cuatro días después, aún sin tener los televisores encendidos para que las noticias no eclipsaran nuestro evento, fue la conversación estrella en la mesa. Cada uno de los tres años que han transcurrido a partir de entonces, la prensa, en memoria del 11 de septiembre de 2001, nos ha recordado hasta la saciedad de que nos hallábamos a un solo día de la fecha en la que conmemorábamos silenciosamente nuestro personal infortunio.
   Marisa y mi padre se habían encargado de todos los preparativos para la celebración del sábado, mi único cometido fue el de encargar telefónicamente a Antonio un pedido que el mismo traería cuando terminase de trabajar. Los aperitivos ya estaban en la mesa que habíamos sacado de la cocina al exterior, totalmente desplegada para la ocasión, cuando un BMW azul oscuro con matrícula reciente atravesó el umbral de la verja que da acceso a nuestro jardín. Lo conducía Carlos Bonache, novio de la hija mayor de Marisa que estaba junto a él. Todavía recuerdo con nitidez aquel primer instante en que vi a Isabel en el asiento del copiloto, con un porte tan elegante que parecían haberse equivocado de lugar. En el asiento trasero estaban Ana, la hermana pequeña y Carlos Zapata. Estos dos últimos rostros me resultaron vagamente familiares, posiblemente habría coincidido con ellos por las calles del pueblo en estos últimos tiempos de autonomía personal.
   Tras las pertinentes presentaciones esperábamos, cerveza en mano, a que se terminara de cocinar el asado. Matando el incómodo silencio de quienes se acaban de conocer con insustanciales diálogos encadenándolos con frases que abordaban el asunto más importante del momento y que había conturbado a toda la humanidad.
   —Anda que lo que ha pasado en Nueva York… —dijo Carlos Zapata mientras abría con la boca un pistacho.
   —Ya te digo —contestó su cuñada Isabel a la vez que inclinaba el vaso de cerveza que su madre rellenaba.
   «Los Carlos», eran bien diferentes; el mayor de ellos, Carlos Bonache, rondaría los veinticinco años, bien parecido, alto y moreno, ataviado de pulcras y elegantes prendas, de cabello engominado hacia un lado. Su padre era un empresario murciano del transporte y su familia gozaba de cierto prestigio en la industria pastelera de la capital. Estudiaba en la misma Facultad de Derecho donde había conocido a Isabel. A su agraciada fachada habría que sumarle una excelente dicción y una elocuencia propia de un político. Un abogado en ciernes con un inconmensurable talento sobre el papel. Carlos Zapata, el calasparreño, era una pésima imitación de su cuñado, aunque igualmente pedante, si bien, los conocimientos de este chico y su forma de expresarlos distaban profusamente de su homónimo. Aparentaba tener mi edad, y era excesivamente escuálido. Luego supe que él había cursado en el mismo colegio donde yo estudié, pero no le reconocí porque su cara habría cambiado tanto… No creo que él tuviera ninguna duda acerca de mí. Lucía pelo de punta un tanto impropio para un veinteañero y unos granos faciales al borde de la eclosión que le daban cierta verosimilitud a ese look adolescente. En rigor, yo creo que el acné que padecía se debía a mala alimentación, hábitos poco saludables o ambas cosas. Su rostro era una perenne expresión del que está falto de sueño, y su sonrisa torcida sin motivo llegaba a exasperarme. El Zapata —que así era conocido en la localidad— tenía a pesar de todo un talento innato para hilvanar, en pocos segundos, asuntos tan dispares como la desaparición de Las Torres Gemelas al cambio de emisión del programa Redes de Eduard Punset. En verdad, esta última conversación solamente la mantenía con su tocayo.

   Antonio llegó a casa a las tres y cuarto de la tarde, con su vehículo más sucio y abollado que nunca. Tenía una frase escrita con el dedo con la cita poco ingeniosa de «Lávalo marrano» (acentuar la primera palabra ha sido cosa mía), que llevaba trazada en el cristal trasero de su Seat Ibiza y que, afortunadamente, no estaba en el campo visual de la mayoría de invitados. Abrió el maletero para descargar el pedido que yo le había solicitado por la mañana: varias cajas de cerveza, botellas de whisky y ron, hortalizas, rosquillas… Acudió con la misma ropa con la que había trabajado —salvo el delantal—, alguna salpicadura sanguinolenta se hallaba en la vieja camisa azul celeste que resultaban inadvertidas ante los grandes cercos blanquecinos que rodeaban las axilas humedecidas.
   —¡La Virgen, qué calor! —fue su tarjeta de presentación mientras apilaba la mercancía junto a su coche para transportarla a la cocina en un único viaje.
   —¡Chico!, ¿necesitas ayuda? —se ofreció Carlos Bonache creyendo que se trataba de un repartidor.
   —No, yo lo llevo to —contestó levantándose en cuclillas sosteniendo toda la compra trabada hábilmente en vertical, mientras expelía a la vez de lo que supuse que sería un pedo, a lo que le prosiguió de inmediato un voluntario carraspeo, confirmando la ventosidad.
   —Os presento a Antonio —anuncié dirigiéndome al grupo de jóvenes deseando que solamente yo me hubiera percatado del escatológico sonido.
   Me aproximé a él, mientras este los saludaba, en un ademán de auxiliarle con parte de la hilera de paquetes que soportaba con sus brazos.
   —Tenías que haberte cambiado de ropa —mascullé a Antonio mientras cogía algunas bolsas.
   —Me dijiste que viniera en cuanto saliese de la tienda.
   El Zapata saludó a Antonio como un viejo conocido, también Ana, ambos eran tal para cual, en absoluto irradiaban el estilo glamuroso de la otra pareja. La pequeña de las hijas de Marisa, era guapa, una infinitud de veces más que yo, pero su belleza quedaba eclipsada por la de Isabel en la inevitable comparación con su hermana. Exhibía un bonito cabello largo, lacio y oscuro, nació un año después que yo, cuando Naranjito era la mascota del mundial de fútbol del que España fue anfitriona y del que decía mi progenitor que lamentaba no haberlo presenciado con la compañía de su padre a pesar de las numerosas llamadas que recibió de mi abuelo.
   Una leyenda negra corría en torno a Ana, la benjamina de aquella mesa —que me contó Antonio días después—, relacionada con una noche loca en la cual mantuvo relaciones íntimas con varios chicos a la vez, tres o cuatro se rumoreaba. Aquel chisme jamás habría llegado a oídos de El Zapata, y de haberlo logrado, él lo hubiera desdeñado como si de un bulo se tratase. Conociendo las limitaciones y prejuicios que descubría en cada palabra que profería, le hubiese sido imposible aceptar como pareja a alguien de tan incierto pundonor.

   Una vez inmersos en el asado aprecié alguna mirada fugaz de Marisa hacia mi padre reprendiéndole en silencio su voracidad a la hora de engullir los alimentos. Él no atendió sus observaciones, siempre decía que los modales no había que demostrarlos en la mesa, menos aun cuando esta se hallaba en su propia casa.
   Además de cafés y chupitos de orujo, unas botellas de destilados y refrescos iban a amenizar la sobremesa. Mi padre había hecho hincapié en que Antonio trajese de su establecimiento las mejores botellas de ron y whisky sin reparar en gastos. Parecía no estar al gusto de todos los comensales.
   —Es bueno este whisky —dijo Bonache—, pero mi padre tiene una selección de Chivas que ni te cuento. Eso sí que es calidad.
    Una de las frases que siempre he oído en casa desde pequeña es la de: «Las marcas son el canon de los acomplejados», mi progenitor no pudo reprimirse cuando le vio rellenar el vaso con un refresco, fusionándose con el destilado.
   —Pero ese Chivas tan bueno que tiene tu padre… ¿lo mezclas también con cola?, porque digo yo que eso es un sacrilegio. Si es bueno, no lo enturbies con otras bebidas.
   —Yo es que sólo soy de cubatas —alegó Carlos aludiendo a los combinados—. El whisky solo es de borrachos.
   Ante el embarazoso silencio que generó aquella apostilla, mi padre, al que jamás he visto echarse refresco a una copa, levantó su vaso.
   —Pues entonces, ¡brindo por los borrachos como yo!
   Cualquiera que conociese un poco a Marisa sabría que a ella no le agradó el brindis apreciando únicamente cómo removía la cucharilla en el café. Ella de­saprobaba expeditiva todo tipo de comentarios que hiciesen gala de excesos etílicos delante de su prole.
   —¿Sabéis que Violeta toca el piano como los ángeles? —preguntó Marisa virando el rumbo conversacional de la tertulia.
   —Ahora si queréis interpreto alguna pieza —ofrecí sin convencimiento, deseando que ninguno de los presentes lo considerase como una idea apetecible.
   —Antes tienes que enseñarnos la casa —solicitó Isabel efectuando una rápida mueca a su hermana para que nos siguiera.
   Marisa comenzó a recoger la vajilla sucia de la mesa, mi padre y Antonio permanecieron en la mesa exhibiendo camisas sudorosas y adoptando posturas casi idénticas (las dos manos entrelazadas detrás de la cabeza), para abordar un tema tan fútil como el fútbol, un mundo del que ambos, dicho sea de paso, no eran demasiado aficionados. El tendero, que tampoco era de fumar mucho, le ofreció un cigarrillo a su interlocutor, aceptándolo este de buen grado.
   Los cuñados ya se habían ido a dar un paseo por el jardín de nuestra parcela aprovechando la cálida temperatura y la tregua que el viento nos concedía aquella tarde. Con sus cubalibres en la mano conversaban como buenos camaradas, ajenos a las diferencias culturales con las que habían sido educados.
   Antes de subir la escalera Isabel se detuvo frente al cuadro familiar, se mantuvo unos instantes observándolo con detenimiento, sin expresar palabra. Ana, empero, se mostraba ansiosa por concluir la protocolaria presentación de nuestro hogar, más interesada en retornar a la mesa que en conocer los dormitorios.
   —¿Te llevas bien con nuestra madre, verdad? —preguntó Isabel en tono confidencial para impedir que Marisa desde la cocina pudiese oírla.
   —Desde luego, ella es un verdadero encanto. Ha cambiado notablemente a mi padre.
   —Nuestra madre también está muy bien con tu padre —intervino Ana—, nada que ver con el putero y alcohólico del nuestro.
   Isabel reprobó gestualmente la indiscreción de su hermana, el volumen que empleaba al hablar tampoco es que se acercase al que pretende contar un secreto.
   —Es bueno que hayamos venido a vuestra casa —continuó—, porque en el pueblo tenéis fama de raros y ahora que os conocemos nos parecéis gente normal.
   —¡Huy si mi padre supiera que lo tildas de normal!... —dije entre dientes.
   Marisa tal vez escuchó las palabras de su hija o quizá fue la providencia del destino, pues la llamó de inmediato para que colaborase con ella en colocar algún utensilio de la cocina. Ana bajó decidida dejándonos a solas a Isabel y a mí. Faltaba por enseñar el último dormitorio, el que permaneció durante años cerrado con llave, ahora usado indistintamente como oficina o habitación de invitados. En verdad, nunca ha tenido esta segunda función. El cuadro de mi hermana era con diferencia lo más atrayente del cuarto.
   —Este es el lienzo que restauró mi madre, lo vi en el taller, le echó muchas horas.
   Contemplando la belleza de mi hermana tan magníficamente plasmada en la pintura me detuve a observar de reojo a Isabel, con aquella beldad e inteligencia que jamás imaginé que pudieran aunarse en un mismo ser. Sólo con fijarse unos instantes en ella se adivinaba una persona de mundo, y escuchar el sonido de su voz era un deleite que estremecía mis sentidos, tanto como a mi padre podría impresionarle el virtuosismo del bel canto.
   —El cuadro es precioso y tu hermana era muy linda —prosiguió Isabel con cierta cautela para no ofenderme con aquel piropo dirigido a Susana.
   —Mi hermana —dije abandonando mi ensimismamiento—, si viviese, tendría una edad parecida a la tuya, sería tan guapa como vosotras, parece más familia vuestra que mía. Fíjate que además de mi fealdad soy torpe con avaricia, me he manchado de aceite la camisa, menuda pinta debo de tener.
   —Es imposible que alguien sea feo cuando se tiene el corazón que tienes tú     —aduló acariciándome con sus dedos mis sofocadas mejillas—. He oído que tienes un talento increíble para el piano y eres toda una experta en música clásica. Eres maravillosa, créeme, no sientas complejo alguno.
   Aquellas palabras me enmudecieron, admiré embobada su sonrisa perfecta y su mirada esplendente de color canela, las cortinas serpenteaban acariciándole la espalda y su cabello moreno ondulaba con la gracia de un televisivo anuncio de champú, dándome la impresión de estar ante la representación más sublime del universo. Aquella mujer de rostro angelical y silueta de revista ostentaba de una elegante manera de declamar las palabras que lo raro era que no trabajase como presentadora de televisión o algo similar. Estuvimos apenas un instante en que nos hallamos la una frente a la otra, en silencio. Permanecí inmóvil, sumisa ante cualquier gesto que ella hubiera realizado. Un raro sentimiento me acaeció de improviso: deseé besarla.
   Volví a la realidad aturdida por aquella extraña alteración de mis sentidos, levemente mareada me disculpé abandonando la habitación para dirigirme hacia mi cuarto con el subterfugio de cambiarme la camiseta manchada. Me encerré en el dormitorio, y durante unos segundos, estuve agarrando fuertemente el tirador y respirando profundamente para recuperar el aliento junto a la puerta. Escuchaba únicamente los latidos de mi corazón cuando comencé a oír el murmullo de la conversación de «los Carlos» que provenía del jardín. Me asomé para otearles, se hallaban bajo la higuera donde yacían los restos de Yako, parloteaban eufóricos creyendo que eran invisibles al resto, no lo estaban para mí que, desde la ventana de mi habitación, los divisaba con nitidez sin que ellos se percataran de mi sigilosa presencia en lo alto. Se estaban liando un cigarrillo —que estoy convencida de que sería un porro—, sus copas habían sido diestramente colocadas en las oquedades del árbol. Entre risotadas pude escuchar parte del diálogo.
   —¡Qué fuerte con la suegra! —exclamó El Zapata exhalando un espeso humo.
   —Menuda familia tienen nuestras chicas, anda que el tendero… ¡vaya tipo!, apuesto que no ha leído un puto libro en su vida, seguramente su mayor aspiración existencial será aparecer en Gran Hermano.
   Ellos se viraban con frecuencia para comprobar la retaguardia, creyéndose inadvertidos se iba cediendo mutuamente el canuto cada dos o tres caladas, continuaron hablando, me sentí un tanto incómoda por espiar a aquellos cretinos temerosa de ser descubierta, aunque permanecí impertérrita, observándoles desde arriba.
   —Y anda que la hija del tipo este —añadió Bonache—, menudo engendro, si aquel fue el primer espermatozoide que llegó al óvulo no quiero pensar qué habría salido del último, pero ¿qué hizo ese hombre con sus huevos, los ha tenido en radioactividad o algo así?
   El escandaloso carcajeo de El Zapata imposibilitó que escuchase con claridad lo que vino a continuación, aunque sé que aludía a la virilidad de mi padre y a la genética de mi madre.
   —Anda que cuando vaya a tocar el piano —advirtió El Zapata una vez recuperado del ataque de risa—, más le valdrá que se ponga una careta, porque yo no aplaudo a monos de circo ni a monstruos. Tienen un vecino por aquí que tiene fama de deforme, a lo mejor es esta tierra que está podrida.
   Después de proferir tamaña barbaridad sorbió de su vaso, un estúpido bailoteo ejecutaba con sus piernas sin sentido alguno. Las risotadas dificultaron que tragase el líquido arrojando todo el contenido de su boca sobre la cruz que sobresalía del pequeño montículo donde quedaba enterrado mi perro.
   Cerré la ventana de mi dormitorio, ya había oído suficiente, una fortísima sensación de rabia me acaeció, no fue en esta ocasión la tristeza el motivo de mis lágrimas, el llanto secretaba con mayor intensidad que los de las noches de postración y melancolía. El afán por vengarme de alguna manera colapsó mis sentidos «Esto no va a quedar así» me repetía.

   La voz de mi padre me llamaba desde el salón, habría pasado una hora entre silenciosas quejumbres de impotencia. Percibí dos golpecitos en la puerta.
   —Pasa —dije con la palabra entrecortada, anhelando que al otro lado estuviera Isabel.
   —Perdona que haya subido a molestarte —susurró Marisa—, es que nos encantaría que tocaras el piano antes de que se vayan mis hijas y sus novios.
   —No me apetece nada, me encuentro un poco mal.
   —Tienes los ojos hinchados, ¿te pasa algo?
   —Me he quedado durmiendo —improvisé.
   —Menudas ojeras tienes, hija, ¿de verdad que no te ocurre nada?
   —No, Marisa, debe de ser la cerveza que he tomado, no estoy acostumbrada.
   —Bueno, cariño, lo que veas. Pero seguro que dejas sorprendido al personal con tu maestría al piano, y así haces compañía a Antonio que lo noto un poco desplazado.
   Durante un par de minutos permanecí sentada en la cama respirando profundamente sopesando la idea de unirme al séquito que me aguardaba en el salón. Descendí las escaleras en silencio, en contraste con el jolgorio de conversaciones cruzadas que sostenían animadamente, me dirigí hacia la cocina y abrí el cajón donde se guardaban las bolsas de basura. Extraje un enorme saco de plástico negro y lo desplegué para poder cubrirme con él. Me tapaba medio cuerpo, desde la coronilla hasta la pelvis, a ciegas me encaminé hacia el piano procurando recordar la situación de los obstáculos. Me detuve cuando palpé el instrumento, el silencio había inundado la sala. Sin verlos, sentía el peso de sus miradas sobre mi figura que parecería una cutre e insólita criatura mitológica: una bolsa gigante de basura con piernas humanas. Ellos deberían creer que yo pretendía ejecutar una pieza musical totalmente a oscuras en un alarde de virtuosismo pero cualquier persona que tenga unos conocimientos mínimos de piano sabe perfectamente que no se requiere de un talento especial para tocar sin ojear el teclado.
   Me senté en el taburete y cuando supe que estaba frente a las teclas agujereé dos veces el saco permitiendo el orificio justo para que cupieran mis enjutos brazos y pudiera manejarlos con habilidad desde el exterior de la bolsa, luego la apreté para dejar constancia de que mi cabeza estaba sin visibilidad, unos finos pliegues me permitían el paso del oxígeno cada vez más necesario debido al nerviosismo. Tanteé con los dedos las teclas negras y adivinar, así, cuál de las notas blancas era do. No precisaba de más ayuda que esa para comenzar a tocar.
   Interpreté una de mis propias composiciones y que, por supuesto, no me supuso un enorme esfuerzo ejecutar a ciegas. Continué con un tema de Vangelis conocido por todos: Carros de Fuego. Quise obsequiar a Marisa con aquella deliciosa música que presentí que lograría emocionarla, y así fue.
   Una estentórea ovación cerró la actuación. Realicé una pausa y levanté con ímpetu la bolsa que me cubría, todos elogiaron la interpretación de mi composición y la del músico griego. Isabel, tan conmovida como su madre, casi lloraba. Supe después que aquella banda sonora se encontraba entre sus favoritas. Nunca se me olvidará el atónito rostro de Antonio que jamás me había escuchado tocar el piano, sus palabras hacia lo que había presenciado eran una mezcolanza de asombro y admiración. Si alguna vez él estuvo enamorado de mí, fue en ese preciso instante.
   —Me he puesto esta bolsa en la cabeza —dije al, todavía, entusiasmado público—, no para jactar de destreza, sino para no ofender a ninguno de los presentes. No vaya a ser que alguien tuviera que aplaudir a un monstruo.
   Los cuñados se miraron de reojo y creí apreciar en sus culpables expresiones, un atisbo de compasión hacia mí y de vergüenza. Mi padre, boquiabierto, se acercó exigiéndome explicaciones.
   —No es nada, papá, no te preocupes. Me sienta mal beber, estoy cansada y creo que lo mejor es que me vaya a mi dormitorio.
   Con un leve saludo con la cabeza me despedí de todos, menos de Antonio al que, con la promesa de rendirle cuentas de lo sucedido al día siguiente, besé en un punto intermedio entre la mejilla y los labios.
   Todos menos mi padre y Marisa se marcharon en los siguientes cinco minutos, Antonio, todavía confundido por mi vehemente reacción, aseguró a mi progenitor que vendría a casa con más asiduidad; las hijas de Marisa y sus indolentes parejas partieron hacia el pueblo para continuar la diversión en locales de copas. Los cuatro iban risueños, indiferentes al sufrimiento que padecía.
  No abandoné la habitación hasta la mañana siguiente, pensé que mi autoestima había tocado fondo, que ya no podía caber más humillación, menos aún, si esta era ocasionada por alguna persona de mi entorno. ¡Qué equivocada estaba!

martes, 28 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 20




19

   Aquel lunes por la noche volví a quedar con Antonio. Aguardé en casa para que me recogiera una vez hubiera cumplido con sus obligaciones profesionales. Su automóvil franqueó la verja inmediatamente detrás del de Marisa. Ella cenaría con mi padre en casa y yo haría lo propio con Antonio en alguna taberna del pueblo, «Cada oveja con su pareja».
   Vacilé unos instantes en saludar a mi «pretendiente» con un beso en los labios o dos en las mejillas, dudé tanto que, finalmente, arrimé mis posaderas al asiento del copiloto y con un escueto: «Hola» cerré la puerta. Pretendíamos ir de tapas y cervezas de bar en bar, «de cañas» —como solían decir en la peña—. Antonio conducía ensimismado, ese estado de ausencia era muy raro en él, pues no solía conceder ni un segundo al silencio durante los primeros minutos de cada uno de nuestros encuentros. Creí que su comportamiento obedecía a lo que nos ocurrió la noche anterior en ese mismo vehículo, pero su preocupación era otra. Una vez realizadas las maniobras de aparcamiento, cerca de la Óptica Zapata, rompió su mutismo.
   —Violeta, ¿quién era esa gente?, ¿qué te dijo el Chapicas con tanto secretismo?
   —Es una historia sórdida. No te la puedo contar porque pondría en peligro a mi padre.
   —¿No confías en mí? —me preguntó con cierta incredulidad.
   —No es eso, tengo mucha confianza contigo, eres mi mejor amigo, incluso yo diría que eres algo más —lamenté de inmediato aquellas palabras que pronuncié, no era mi propósito aparentar desesperación en aclarar lo del beso y, por tanto, el estado de nuestra relación.
   —Bueno, si no quieres…
   —Antonio, ni siquiera a mi tía le contaría lo sucedido.
   Nos centramos en el tapeo, apenas teníamos hambre, lo cual podía ser normal en mí, pero sospechosamente extraño en él cuyo apetito era famoso en su entorno. Contaban de él que era capaz de engullir una pizza familiar para cuatro personas y un litro de cerveza como entrante. Nos acercamos a la terraza de la heladería La Jijonenca en la plaza del Ayuntamiento a tomar un par de granizados. Antonio arrimó su silla a la mía y me miró a los ojos con fijeza, y una sonrisa picarona que me derretía tanto como el hielo de mi vaso. Expectante y sin saber muy bien qué hacer lo contemplé con la misma persistencia en una improvisada y silenciosa batalla para comprobar quién conseguía mantener la mirada en el otro sin sucumbir al retraimiento. Me rendí prontamente dirigiendo mi vista hacia la pajilla que se obstinaba en remover la mezcla de horchata y limón del interior del vaso.
   —Yo pensaba que era alguien importante para ti y ya veo que no —dijo Antonio mientras exhibía el lado interno de su labio inferior procurando causar lástima.
   —No seas chantajista, no puedo contarte lo que ocurrió.
   Mi amigo, aquella noche, denotó atesorar de una inconmensurable aptitud para la persuasión, abordando el asunto a la mínima oportunidad. Cada intento suyo su­ponía una negativa por mi parte. Nunca sabré si decidió tirar la toalla o tal vez intentó probar con otro método que Antonio volvió a aproximar su silla a la mía hasta que llegaron a tocarse y, de nuevo, me acarició el mentón para acercárselo sutilmente a sus labios y abocarnos en otro ardiente beso.
   Sentí con la misma pasión que el primero aquel segundo contacto con su boca, tanto, que parecía una quinceañera encelada. Advertí sin demasiada preocupación la mirada intransigente de la clientela de la terraza y prolongamos nuestro besuqueo durante minutos. La mayoría de aquellas personas boquiabiertas reconocerían a Antonio y puede que a mí. No en vano, yo era conocida de oídas, aunque mi peculiar rostro facilitaba mi identificación, yo no sería más que una actriz de reparto en las muchas historias que tenían a mi padre como protagonista. Rumores que corrían en el pueblo, algunos inocuos, como el de su afición exacerbada a escuchar ópera; y otros, inicuos, como el de usar el hacha para atacar a sus congéneres, estos últimos extendidos recientemente, ya sabía yo ahora quiénes los estaban divulgando.
   Nos levantamos para dar un paseo hacia al otro lado de la plaza, buscábamos un lugar apartado donde seguir charlando, en ese instante decidí que Antonio era una persona a la que podía conferirle un secreto, encontramos un banco libre junto a un quiosco, le dije que comprase semillas de girasol —a él le encantaban—, y me propuse contarle parte de la historia.
   Antonio vació en su mano la mitad del contenido de una bolsa de pipas gigantes mientras yo me dispuse a relatarle un pedazo de la conversación que mantuve con Juan la noche anterior. Omití, no obstante, el fragmento en el que éste insinuaba estar al tanto de un asesinato perpetrado por mi progenitor décadas antes.
   —¡Qué fuerte! Fue tu padre quién le dio el hachazo al Negro —exclamó escupiendo una cáscara.
   —Sí, pero ni se te ocurra contarlo ni a tu madre.
   —Tranquila, si se lo digo a mi madre no querrá que me junte contigo.
   —Creerás ahora que todo lo que se comenta acerca de mi padre es cierto, que se toma la justicia por su mano, y de que está como una cabra… Y no pasa nada porque yo, a veces, también lo pienso.
   —No. Hizo bien en defender con uñas y dientes lo que le parecía importante.
   Contemplé con cierta fascinación a mi amigo, me había parecido un comentario tan diplomático que me resultaba extraño que hubiera salido de su cabeza.
   —Aunque, sabiendo cómo se las gasta —añadió recuperando su escaso filtro al hablar—, cualquiera le dice na. Tu padre da miedo y entiendo por qué se le conoce como el Loco.

   Las agujas del reloj del ayuntamiento marcaban exactamente la medianoche. Ambos estábamos rendidos por los acontecimientos de los últimos días. Decidimos dirigirnos hacia el coche. De camino hasta el aparcamiento caí en la cuenta de que Antonio apenas había intercambiado algunas palabras con su «futuro suegro» (en su tienda, cuando mi padre iba a comprar o cuando me acompañó a casa a presenciar una ópera donde reinó el silencio). Supuse que sería buena idea que conociera a mi único familiar cercano ahora que, entre el tendero y yo, había aflorado algo distinto a la amistad.
   —¿Quieres venir a casa?
   —¿Ahora? —preguntó confuso.
   —Ahora no, tonto. Algún día que puedas venir a comer con nosotros. Mi padre de cerca es muy diferente a ese maniático de la música que tanto le gusta jactarse. Él es una persona muy tranquila que, entre otras cosas, poda con mimo los árboles de nuestro jardín y recolecta diariamente flores que deposita en distintos rincones de la casa, también se va a caminar a la montaña cuando amanece para contemplar, desde la altitud, el río Segura y los arrozales en una especie de ejercicio espiritual —vendí una imagen de mi antecesor que parecía una experta en marketing.
   —Creía que era para estar a solas tú y yo —dijo Antonio que, en sus trece, llevaba tiempo sin escucharme interesado únicamente en el factor de acudir a casa sin otra compañía que la mía.
   —Déjate de estar a solas golfo, que eres un golfo —dije.
   El móvil de Antonio sonó justo en el instante en que estaba abriendo las puertas de su vehículo con el mando a distancia. Su madre le llamaba, al parecer, con desespe­rada urgencia porque había estallado una tubería que inundaba con celeridad el local y el género de las estanterías, Angustiada porque no lograba encontrar la llave de paso.
   —Hostias, Violeta, tengo que irme pa la tienda, es muy, muy, urgente, ¿puede venir alguien a recogerte? —preguntó mientras accedía al interior, arrancaba el vehículo y cerraba la puerta.
   —Sí, ahora llamo a mi padre y acude a por mí sin problemas —afirmé contrariada a la vez que elevaba el volumen de mi voz, convencida de que, con la puerta cerrada y el derrape de los neumáticos, no me escucharía.
   Busqué el teléfono en el interior de mi bolso, comprobé al desplegar el dispositivo que la pantalla estaba apagada. Se había agotado la batería. «Puta mierda de móvil» me dije en voz alta. Era la madrugada de un martes de agosto, sólo unos cuantos jóvenes permanecían en la calle, sopesé la idea de buscar una cabina pero debía transitar junto a un grupo de chavales que vociferaban con la misma frecuencia y vehemencia que destrozaban botellas de cristal. Tenía tantas ganas de irme a casa que, bloqueada, decidí emprender la marcha caminando hasta allí. La temperatura era placentera y me asaltó la intuición de que me encontraría pronto a Marisa de vuelta a su domicilio en su coche y le pediría el favor de que me acercase a mi hogar.

   Una hora de trayecto me esperaba en el peor de los casos, y a pesar de la temeridad que suponía andar por el camino que une Calasparra con mi casa, creí que me vendría bien para cavilar. En muy poco tiempo había sucedido de todo. Estuve pensando en Antonio y en la relación que estaba fraguándose lentamente, ¿sería capaz de practicar sexo con él? Era una idea que iba madurando con los últimos acontecimientos y, la verdad, la imagen de tenerlo encima de mí copulando no me agradaba en absoluto, más bien me parecía repugnante. Comprendí enseguida que lo que yo buscaba en aquella relación era disponer de compañía, complicidad, protección, todo lo que me había ofrecido en las últimas horas, como cuando me amparó de Juan y sus peligrosas compañías. Reflexioné a partir de ese instante en el riesgo que estaba asumiendo y la amenaza que corría si el Chapicas y sus amistades me encontrasen a solas por aquella carretera que a buen seguro la recorrerían de ida y vuelta en algún momento de la noche. Conforme iba ascendiendo, más caía en la cuenta de que estaba cometiendo una tremenda locura, sin apenas coches con los cuales cruzarme, ahora me ocultaba entre los árboles y la maleza del margen de la calzada cada vez que divisaba unas luces a lo lejos, incluso a sabiendas de que, con aquello, desperdiciaba la oportunidad de encontrarme con Marisa y de exigirle (ya no sería un favor, sino un auxilio) que me trasladase a mi apacible morada, pero no quería asumir más riesgos y quería evitar a toda costa tropezarme con aquella panda de energúmenos después de una juerga de drogas y alcohol, sumado a la ojeriza que les suscitaba ser la hija de alguien a quien aborrecían. Aligeré el paso desbordada por el manto de pánico que iba apresándome a cada curva. Justo en la mitad del camino me encontré con una vieja nave abandonada, que si ya con la luz del sol estremecía con su fachada, de noche se convertía en una fábrica fantasmagórica, con dos gigantescos ventanales en la pared frontal (a sendos lado del tejado) desfragmentados por el paso del tiempo, que le atribuían a la construcción una especie de mirada grotesca, con una puerta de metal destruida que se parecía a una boca emitiendo un chillido. De repente me acordé de una historia que decía que la habían incendiado para eliminar a los toxicómanos que en ella habitaban, nunca supe si fue cierto que murieron algunos de ellos entre colchones, basura, jeringuillas y excrementos, pero el temor de que algún alma que no hubiera encontrado el descanso eterno estuviese errando por aquel lugar me incitó a que emprendiese una rauda espantada.
   Mantuve la velocidad unas pocas decenas de metros, lo cual es mucho si se tiene en cuenta de que, a pesar de mi delgadez, nunca he sido atlética, y a aquella circunstancia se le debería de añadir que todo el camino era un kilométrico ascenso. Opté por mantener un ritmo rápido de todos modos y a mi memoria me llegó un relato que mi padre me contó de pequeña, hablaba de una tía suya llamada Caridad que murió atropellada de noche el mismo día de su cumpleaños, decía que siempre iba de luto y que aquél fue el motivo por el que el conductor del vehículo no la distinguió, arrollándola y desmembrando sus vísceras por dentro. Caprichos del destino, aquella madrugada vestía con pantalones negros y camisa azul marino que en la oscuridad es como el azabache. Empapada en sudor y con una brisa que comenzaba a molestar divisé, todavía a lo lejos, las cálidas luces de mi anhelada residencia.
   Alcancé por fin el camino de piedrecillas blancas que conducía hasta mi casa, en aquella senda comencé a sentirme a salvo porque era imposible cruzarse con un vehículo que no fuera propio o de algún conocido que soliese frecuentarnos, o en todo caso, de algo tan improbable como que nuestros vecinos hubiesen recibido visita. Las luces de un automóvil se encendieron desde el interior de nuestra parcela, debía de ser Marisa, que se marchaba más tarde de lo habitual, no quise que me viera a esas horas andando a solas. El sendero apenas poseía árboles o arbustos de consideración donde poder esconderme, tan sólo la tapia del terreno de mis vecinos, en sus lados perpendiculares al camino podían ofrecerme cierta invisibilidad a los ojos de la pareja de mi padre. Corrí hacia aquella pared antes de que los haces lumínicos que proyectaban los faros alcanzasen mi contorno, el muro era de cemento hasta la mitad, a partir de esa altura sobresalían unos barrotes de acero que acababan en forma puntiaguda. El vehículo de Marisa pasó sin que ella advirtiese mi presencia. De pronto me alumbró el resplandor de un farolillo que provenía de la misma parcela en cuyo muro me ocultaba.
   —Nene, ¿dónde estás, nene?
   Era la inconfundible voz de doña Josefa. Parecía que andaba en búsqueda de su hijo, aquel solitario joven de aspecto monstruoso y corazón infantil. Volví a dar la espalda al enrejado y permanecí inmóvil creyendo que en la oscuridad pasaría inadvertida. Mi respiración continuaba agitada por la caminata y por el último sobresalto con el turismo de Marisa. Notaba el frío roce de los barrotes detrás del omóplato en cada inspiración hasta que aprecié sobre mi hombro el suave tacto de una caricia que, por inesperada, me agitó apartándome del muro de sopetón. Creyendo que podía tratarse de un enorme insecto miré hacia el enrejado para descubrir que entre los hierros se encontraba, observándome curioso, el inefable rostro de mi vecino que había posado sus dedos sobre mí. Grité corriendo en dirección a casa y él extendió el eco de mi alarido con un aullido de inimaginable tono agudo.
   Me pareció escuchar a doña Josefa amonestando a su hijo por haber huido del interior de su vivienda, poco me importó los lamentos de aquel joven cuando la reprimenda se convirtió en un castigo físico. Yo sólo quería recorrer cuanto antes las pocas decenas de metros que me separaban hasta nuestro jardín y cerrar la verja.
   Mi padre, atemorizado por el griterío, salió de casa para recibirme afuera.
   —¿Qué ha pasado, hija?
   —No sé, creo que me he cruzado con un saltamontes y me ha entrado el pánico.
   —¿Y el otro grito?, porque habíais dos personas gritando.
   —Sería el hijo de la vecina que al oírme se habrá asustado.
   —Violeta, te conozco, sé que mientes.
   Agaché la vista para que no siguiera apreciando el vestigio del pavor reflejado en mi rostro.
   —Por cierto, ¿con quién has venido que no hay ningún coche en el carril?
   —Le he pedido a Antonio que me dejara en la carretera, quería caminar un rato en soledad —refiriéndome al escaso par de hectómetros que dista nuestra casa respecto al cruce.
   —Pues no hagas eso más, que nunca se sabe lo que puede pasar.
   Me abracé con mi padre como en los viejos tiempos, recordando las noches de tormenta cuando me acostaba en la misma cama que él, incluso siendo púber. De inmediato sentí mis palpitaciones y me aparté súbitamente con el deseo de que no se percatara del acelerado pulso de los latidos de mi corazón. El sonido de una música discotequera indicaba la presencia de un vehículo que descendía, vertiginoso, la carretera del santuario. Se escuchaban gritos, eran las voces eufóricas de Juan el Chapicas, Manuel el Nazi y el Negro entre otros, en búsqueda de diversión, jaleo y bronca. Estoy convencida de que se trataba de ellos.