martes, 21 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 16


15

   Me cité con Antonio, coincidiendo asiduamente con buena parte de sus amigos de la peña, durante todos los fines de semana de aquel verano. Salvo en el penúltimo de agosto, aquella fecha estaba reservada al casamiento de mi tía Laura con Alberto, mi padre y yo volvimos a pisar suelo cartagenero después de casi cuatro años para asistir al enlace.
   Tuvieron el acierto de ubicarnos en la mesa presidencial, ya que no conocíamos a ningún otro invitado excepto a mi abuela María que por aquel entonces ya estaba hecha un vegetal. Los padres del novio se encontraban al otro lado de los recién casados, irradiaban glamour por los cuatro costados, esclavizados por tontas frivolidades. Nuestro humilde aspecto y ademanes sencillos contrastaban con los del resto de comensales. Yo me había comprado un vestido que me iba largo, el cual me obligó a que caminase firme y cauta para evitar pisarlo con unos tacones a los que nunca estaré acostumbrada; mi padre estrenó traje para la ocasión, parecía no estar muy cómodo con él, a menudo se levantaba el cuello de la camisa con los dedos para permitir que pasara aire por su oprimida tráquea. Los novios estaban radiantes y los comensales  —casi todos, familiares de Alberto, compañeros de General Electric y profesores de Maristas— se dirigían a los protagonistas de la boda con una cercanía y confianza que mi padre y yo habíamos perdido por nuestra lejanía y extravagancias. Mi tía se convirtió de repente en casi una desconocida que poco tenía que ver con esa segunda madre que una vez fue.
   Recuerdo cómo mi padre me provocaba la risa cuando de reojo me miraba cómplice a cada sorbo de cerveza, vino o champán que daba Alberto.

   Con el permiso de conducir ya en mi poder, no dependía de nadie para bajar al pueblo. La última semana de agosto, justo la siguiente a la de la celebración del matrimonio de mis tíos, ocurrió algo extraño. Llegué a casa después de una de las muchas salidas nocturnas con Antonio y sus amigos, escuché el piano a pesar de que ya era la una de la madrugada. Mi padre sólo tocaba el piano si estaba acompañado de gente y rebosaba alegría; o por el contrario, en soledad cuando la tristeza le embargaba. No realicé mucho ruido al entrar, aunque sé que pudo advertir mi regreso por las luces del coche y los ladridos de bienvenida de Yako. Interpretaba una de esas canciones que me han acompañado durante toda mi existencia, esta concretamente la había compuesto para mi madre poco antes de que falleciese. Aprecié en sus ojos, rojos y ausentes, que había bebido más de lo habitual, y en sus mejillas coloradas descubrí alguna lágrima. Apartó su mirada de sus dedos para situarla en dirección a la ventana, tal vez, para comprobar que su viejo automóvil estaba bien aparcado, concluyendo la ejecución antes de tiempo.
   —¿Qué te ocurre, papá?
   —Estoy harto de estar solo —respondió levantando las manos del teclado, para apurar las últimas gotas de una copa vacía que por medio de un posavasos descansaba sobre el piano.
   —¿Es porque todas las noches quedo con Antonio y sus amigos?
   —No, cariño, eso me alegra. Es bueno que hagas tu vida y seas independiente. Mi soledad no es de ahora, sino de hace casi veinte años. Echo mucho de menos a tu madre y, por qué no decirlo, la compañía de una mujer.
   —Papá, ya sabes que yo no vería con malos ojos que encontraras a una mujer con quien convivir. Acuérdate que de pequeña te decía que te casaras con Laura.
   —Hija, eso que tú nos decías, aparte de la broma, era porque tenías celos de que Dani se encaprichase de la tía y querías el camino libre. Menuda manipuladora estabas hecha.
   Sonreí asintiendo mientras él se incorporaba poniendo rumbo a su dormitorio.
   —No sé, Violeta —prosiguió justificando su flaqueza—, se avecina un mes muy complicado para mí, ya lo sabes.
   Mi padre se detuvo, besó sus dedos y sopló en dirección a la fotografía familiar de 1981 que engalanaba el salón. El óleo con la imagen de mi hermana se había ubicado nuevamente en la antigua habitación prohibida, la cual se explotaba como despacho donde se emplazaba el ordenador que solía usar yo, también ofrecía una pequeña cama para invitados que nunca se utilizaba.

   Llegó septiembre y, con él, las Fiestas de Nuestra Señora de la Esperanza. Estas celebraciones traían consigo a los famosos encierros taurinos que, en muy poco tiempo, habían logrado una enorme popularidad en la comarca. Antonio era miembro de la peña llamada Glóbulos Rojos, muy activa durante los festejos. Todos los días de aquella semana frenética de feria se convocaban para comer, beber o llevar a cabo cualquier actividad de entretenimiento. Había quien corría delante de los novillos cada mañana, en ese grupo se encontraba Antonio. Aquella gente, de todas las edades y clases sociales, era verdaderamente amistosa conmigo, nunca me juzgaron por mi apariencia física.
   Reconozco que, en ocasiones, me suponía un enorme esfuerzo aguantar hasta el final de la noche. El encierro, con el cielo ya amanecido, era el colofón con el que se culminaba cada velada. Retornaba a casa tras comprobar que mi amigo y sus compañeros de peña concluían con éxito la carrera después de que les persiguieran peligrosos astados de casi quinientos kilogramos.

   Con el agotamiento derivado de una noche sin descanso llegué a mi domicilio cierta mañana, creo recordar que la penúltima de las fiestas de septiembre. Me desconcertó encontrarme con la verja abierta en vez de entornada. Preocupada por una posible escapada de Yako, introduje mi automóvil en la finca con toda la prudencia que me permitía mi estado de alarma que procuraba avistar a mi perro que no me recibía como de costumbre. Pisé un reguero de sangre que se dirigía hacia la puerta de la entrada de la vivienda que, para mayor angustia, se hallaba abierta. La franqueé corriendo mientras gritaba «papá» y mentaba a los santos. No le encontré en la primera estancia de nuestro hogar, nadie respondía a mi llamamiento, las cortinas ondeaban en el salón con arrebato rompiendo levemente el silencio con el zarandeo de la tela en la pared. Deseando que mi progenitor estuviera dormido, ascendí deprisa la escalera y accedí a su dormitorio. Estaba vacío. Escuché una voz que repetía en susurro: «Hijo de perra». No la identifiqué y un escalofrío me sobrevino, lentamente me aproximé hacia mi dormitorio, adentrándome —con un coraje que todavía hoy me asombra—, sin lograr descubrir nada de relevancia. Con sigilo, y a una distancia considerable para evitar ser sorprendida, me arrodillé para comprobar que debajo de mi cama no se encontraba nadie.
   —¿Papá? —gimoteé, atenazada por el pánico.
   —Ven, Violeta —contestó con la entonación recuperada.
   Percibí su voz desde la habitación de invitados, la que estuvo años cerrada con llave. Me acerqué, topándome con mi padre que me recibió cabizbajo sentado en la cama, con el rostro ensangrentado y el hacha, con la que tiempo atrás hirió a mi perro, sobre la colcha.
   —¿Qué te ha pasado, padre? —pregunté aterrorizada.
   —El muy hijo de puta se me ha escapado —atinó a contestar.
   Observé el lienzo de mi hermana tirado en el suelo, con el marco despegado y rajado en dos partes. Comprendí en aquel instante que alguien había asaltado nuestra casa y que mi padre lo cazó desprevenido.
   —¿Estás herido?
   —No, la sangre es del hombre al que he pillado in fraganti.
   —¿Qué ha ocurrido?
   —Han intentado robarnos, hija. Al menos, uno de ellos se ha llevado una lección de la que se acordará toda su vida.
   —¿Has llamado a la policía?
   —Mejor no la llames —contestó tajante mientras efectuaba con las palmas de las manos un movimiento que invitaba a la calma.
   —Papá, por favor, cuéntame sin ambages lo que ha sucedido aquí esta noche, por lo que más quieras.
   —Me quedé durmiendo en el sofá, escuché a Yako ladrar, pero no le di importancia, entonces noté un ruido en esta habitación, percibí cómo cerraba la puerta con tiento y, sin pensarlo, cogí el hacha y subí. Abrí la puerta, y antes de que pudiera darse la vuelta le sorprendí dándole un certero golpe en su mano cuando estaba abriendo este cajón.
   Advertí que el receptáculo que señalaba mi padre asomaba desencajado de la cómoda y se mostraba astillado por la parte superior.
   —Quiso hacerme frente al principio—continuó—, y creo que luego dudó en tirarse por la ventana, pero lo pensó mejor y se fue hacia la puerta. Aún tuve ocasión de encajarle un hachazo en la espalda. Ese delincuente huyó despavorido y, por sus chillidos, trató de advertir a su compinche: «el leñador me ha atacado».
   —¿Nos han quitado algo?
   —No han robado nada que yo sepa, he mirado abajo y está todo intacto, he visto que están todas las joyas de mamá. Pero han hecho algo peor.
   Creí que hacía referencia a la brecha en el cuadro de mi hermana y no pregunté para evitar indignarlo reconstruyendo de nuevo los acontecimientos. Me arrimé en silencio para comprobar la rotura del tercer cajón, el que tenía reservado para compilar las noticias del accidente de mi madre.
   —Ten cuidado, no te manches —advirtió a sabiendas de lo que me iba a encontrar dentro.
   Presa del pánico intenté cerrar sin éxito el cajón en cuanto contemplé el charco de sangre que teñía de rojo el amasijo de papeles, además de un dedo completo amputado y varias falanges que posaban sobre los viejos recortes de periódico.
   —¡Joder, papá! —exclamé horripilada—, ¿le has seccionado media mano?, te van a meter en la cárcel.
   —Ese quinqui no robará más, al menos en esta casa —sentenció mi padre.
   —¿Que no?, ¡posiblemente venga con una pistola y nos mate!
   —Ese tipo no podrá apretar un gatillo en su vida, a no ser que sea zurdo, cosa que dudo si se tiene en cuenta que rebuscaba con la diestra en el interior…
   —¡Déjate de gilipolleces!, nos va a salir muy caro que te hayas tomado la justicia por tu mano. Deberías haber llamado a la policía, pero nunca agredir a esa gentuza poniéndote a su altura. Ya no podré coger el sueño con tranquilidad en la vida.
   —No te preocupes, que ya estoy yo para defenderte con el hacha. Pienso dormir con ella en la cama.
   —¿Y qué te piensas, que eres mi perro guardián?
   —Violeta —dijo adoptando un tono severo, a sabiendas de que yo no estaba al tanto de la funesta noticia—. Esos tipos le han dado carne envenenada a Yako. Han matado a nuestro perro.
   Salí hacia el jardín vociferando el nombre de mi mascota hasta que lo encontré exánime en un escondrijo, en la parte trasera de la vivienda, donde acudía cuando enfermaba. Una chuleta mordisqueada junto a él delataba el modus operandi de aquellos ladrones.
   Siempre he creído que cuando los humanos o animales mamíferos perecían, lo hacían con los ojos abiertos. Contemplé a Yako y parecía estar durmiendo, meneé su cabeza y lo levanté en peso rogando a Dios que su ausencia de aliento se debiera a que se hallase bajo los efectos del tóxico, pero que conservase todavía con un atisbo de vida que mantuviera mi esperanza de recuperarlo. Expectación que se difuminó cuando mi padre me agarró de los brazos y me separó de mi fiel amigo al escuchar que yo decía con insistencia: «Levanta, Yako, hoy vas a entrar conmigo a casa, seguro que papá no nos dice nada, venga. Levanta, amigo, venga, Yako, venga…».

   Con lágrimas en los ojos, e hipando, ayudé a mi progenitor en la limpieza de la habitación y de todo el goteo sanguinolento que abarcaba desde aquella sala hasta la verja de acceso a nuestra finca. «Tenías que haberle cortado el cuello» murmuraba mientras pasaba la fregona por la escalera.
   Haber estado toda la noche sin dormir pronto me pasó factura. Indiqué a mi padre que me iba a acostar. Él aprobó con la cabeza mi decisión mientras con la manguera procuraba limpiar la sangre incrustada en el diminuto enlosado intercalado y superpuesto sobre la tierra que comprendía la distancia de la entrada a la vivienda hasta el lugar donde solíamos aparcar el vehículo. No conseguí conciliar el sueño con tranquilidad, la muerte de mi perro y una posible represalia por parte de los delincuentes eran pensamientos que erraban por mi mente hasta azorarme, concediéndome toda una sesión de pesadillas que nublaron mi entendimiento durante un extenso periodo de tiempo.

   El sábado siguiente, ya acabadas las fiestas, acudí a la tienda de Maruja y su hijo para proveer de alimentos nuestra alacena. Antonio hizo eco de una noticia aparecida en la prensa local que aludía a un delincuente de Calasparra que había sido atendido en un hospital cercano por la amputación de varios dedos. En un quiosco próximo a su comercio adquirí un periódico regional que abordaba el suceso de la siguiente manera:

COMARCAL
Herido de arma blanca en los encierros de Calasparra
Según fuentes del Hospital del Noroeste de Caravaca, la mañana del miércoles 6 de septiembre, un hombre de 30 años de edad y con las iniciales de J.B.H., de etnia gitana y natural de la pedanía calasparreña de Valentín, fue atendido de urgencia tras la amputación de varios dedos de su mano derecha y una fractura en el omóplato derecho de consideración ocasionadas por arma blanca. El individuo, un toxicómano con numerosos antecedentes por robo, no pudo concretar el origen de las heridas, aunque el Jefe de la Policía Local de Calasparra apunta a una posible reyerta callejera producida durante las fiestas patronales de dicha localidad.

   Emulé a mis vecinos espiando tras las cortinas durante semanas. Aguardando con sospecha e incertidumbre una más que probable venganza.
   Días antes enterramos el cuerpo de Yako, unas pocas horas después de que lo mataran. Mi padre cavó una pequeña fosa junto a la higuera, era su árbol preferido para cobijarse del sol cuando buscaba descanso en las interminables tardes de verano.
   —Papá, ¿crees que vendrán? —pregunté sin haberme recuperado todavía de las pesadillas que padecí aquella mañana.
   —No, no creo hija, no te preocupes.
   —¿Por qué crees que hay gente que roba y se dedica a hacer el mal?
   —Algunos, Violeta, no viven en paz. Así como en las guerras no hay buenos ni malos, a ese tipo lo han educado codiciando lo ajeno porque, de algún modo, piensa que nosotros, somos los malos de su película. Que voluntariamente los hemos dejado apartados de la sociedad, marginados, etcétera. En su ignorancia, creen que somos el enemigo y que ellos se creen con el derecho de buscar la compensación de lo que a cada uno le pertenece; infringiendo unas reglas sociales que, en verdad, son injustas.
   —Justificas lo injustificable: mataron a Yako.
   Mi padre seguía echándole tierra en la cavidad donde yacía nuestro perro. Me contempló asintiendo y sé que comprendió perfectamente mi irritación. Su filosofía donde todo el mundo nace bueno y que las circunstancias de la vida son las que acaban convirtiendo a que alguien delinca no se podía sostener. Menos aún aquel día.



Andrés, VIII

   La sala de espera del Hospital Virgen del Rosell se convirtió en una expectante reu­nión familiar la Nochebuena de 1978. Sentado junto a Andrés se hallaba su padre y algunos parientes de Patricia. La mañana del 25 de diciembre vino al mundo Su­sana, nombre elegido como recuerdo al personaje homónimo de Las Bodas de Fígaro, la ópera preferida de su padre por aquel entonces.

   Los negocios del padre de Andrés habían crecido en personal y número de estable­cimientos. A las antiguas tiendas cartageneras de Juan XXIII y Ramón y Cajal, se aña­dieron dos comercios, uno en Alameda de San Antón; y otro en Ronda Norte, éste último en la ciudad de Mur­cia. Los cincuenta kilómetros que separaban el establecimiento murciano del resto de los comercios de la empresa obligaron a que Pepe y su hijo delegaran en Paco para dirigirlo. El amigo de Andrés se había ganado la confianza de la regencia por su competencia y lealtad. Las verdulerías precursoras del pequeño imperio de los Rosique fueron cerradas años atrás, arrendando los locales a empresas de ali­mentación.
   Con el nacimiento de su hija pensó Andrés que sería adecuado realizar un cambio de domicilio y destinó todos sus ahorros a la adqui­sición de una nueva vivienda sin escatimar en el precio. Antes de que Susana cumpliera un año, la familia se había trasladado a El Rosalar, una zona residencial situada en Tentegorra, a cuatro kilóme­tros de la ciudad. La casa disponía de varias plantas y estaba cercada por una finca colmada de árboles y arbustos, salvo en la parte poste­rior de la vivienda, donde en una planicie de césped quedaba encuadrada una gran piscina. Andrés podría ser uno de los propietarios más jóvenes de aquel vecindario.
   Los quehaceres de la vivienda, sumados a los de la pequeña criatura, exigieron la contratación de Lily Mrowiec, una mujer de origen francés y padre polaco que ayudaría en las tareas del hogar cuando Susana no precisase de sus cuidados. La niñera llevaba dos décadas en España, era viuda de un militar de Cartagena. Prefirió permanecer en el país a pesar de no tener familia y apenas unas pocas amistades. Por beneficio de am­bas partes, convinieron al poco tiempo, que la estancia en la casa de aquella mujer fuese intensiva de lunes a viernes incluyendo la pernoctación, destinando uno de los muchos dormitorios de la planta superior para su uso personal. Rondaba la cincuentena, contaba con varios años de experiencia como cuidadora de niños. Vestía con ropas oscuras que contrastaban con su cabello canoso. El cariño entre los habitantes de la casa fue creciendo de tal manera que la em­pleada, fuera de lo pactado, acudía incluso algunos fines de semana a cocinar, cuidar de la pequeña o adecentar la casa. Había adoptado el rol de abuela que en ab­soluto molestaba al matrimonio.
 
   Era un tórrido sábado de verano de 1980, cuando Paco —que ya residía en la ba­rriada de El Infante, en Murcia—, invitado por su amigo Andrés, acudió a la casa de la familia Rosique Domínguez acompañado de Consuelo, su novia. Ella era de la pedanía murciana de Aljucer, vestía prendas anticuadas, impropias de una joven de veinte años.
   —Prohibido hablar de la empresa —propuso el anfitrión a Paco mientras saludaba a la pareja.
   —Sí, que para eso tenemos el resto de días de la semana.
    Andrés se encaminó hacia la cocina para ayudar a su mujer a preparar el aperitivo, dejando a sus invitados a solas con Susana que correteaba alegre alrededor de la pareja.
   —Menuda casa tienen, ¿eh, Consuelo? —susurró Paco.
   —Ya sabes, los ricos, se lo quedan todo, y por mucho que tú trabajes, ellos ganarán más. Estoy segura de que si te montaras por tu cuenta, podríamos en poco tiempo tener una casa igual. Por cada peseta que tú ganas, él se lleva cien. Puedes estar en­lomao para que funcione su tienda que le da igual.
   —No hables así de Andrés que gracias a él tengo un buen sueldo, dirijo una tienda, y tengo a mi cargo a un vendedor, un técnico, una dependienta… y ¡cállate que nos van a oír!
   —Si es que eres tonto de lo bueno que eres, pero tonto de remate —concluyó Con­suelo oyendo al matrimonio acercarse con el sonido de los platos y los vasos.
   Por la noche, cuando Paco y Consuelo se habían marchado a Murcia, Andrés se dirigió a su mujer.
   —¡Qué buenas personas son!
   —Ya lo creo que sí —dijo entre bostezos, sentán­dose junto a su hija que dormía en el sofá.
   —Ha sobrado algo de vino, ¿te apetece?
   —He bebido un vaso de cerveza en la cena y creo que ya es suficiente, no debo be­ber más y, ¿sabes por qué? —preguntó con un tono que suscitaba cierta intriga.
   Andrés no respondió, simplemente la miró con interés.
   —Creo que estoy embarazada.

   Y era cierto lo que decía, porque Violeta, la autora de La hija del Leñador, ya había sido engendrada.

lunes, 20 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 15


14

   Unos cuantos meses habían transcurrido desde que agregué a mis contactos a mi paisano cartagenero, Ángel, y a Fran, de Elda. A pesar del tiempo pasado y de nuestra relativa cercanía geográfica continuaba sin conocerles en persona, cosa que, lejos de contrariarme, agradecía. Permanecía cerrilmente expeditiva a la hora de negarme a enviar cualquier documento gráfico donde apareciera mi imagen, justificándome siempre con esta pregunta: «¿Cambiaría tu amistad hacia mí si contemplases una foto mía?».
   Esa recalcitrante postura se volvió en mi contra y poco a poco se fueron diluyendo aquellas simpáticas sesiones que manteníamos durante horas en el chat, transformándose en escuetos y protocolarios correos electrónicos que preguntaban acerca de mis acontecimientos de fin de semana. Mensajes con los que daba rienda a mi imaginación mintiendo sobre experiencias que nunca ocurrían debido al estilo de vida ermitaña impuesto por mi padre.
   Finalmente transigí en la petición de mis amigos y acepté una cita con ellos aprovechando que se aproximaban las celebraciones de las fiestas patronales de los santos mártires San Abdón y San Senén, a finales de julio. Al igual que los encierros de septiembre, aquellos festejos eran casi desconocidos para mí. Era el precio de vivir apartada del pueblo, no por la distancia, sino por la falta de arraigo con Calasparra y sus gentes. Les propuse que acudieran el domingo 30, por lo que se decía: el día grande de aquella festividad. Tras largas negociaciones vía mail con Ángel y Fran convinimos que visitarían mi localidad y, por ende, me conocerían, el viernes día 28. El punto de encuentro sería la puerta de un local al que llamaban el Crillas, del que mi padre hablaba maravillas, a las nueve de la noche. La propuesta inicial era la de acudir a dicho establecimiento de tapeo y cañas para después dirigirnos a alguno de los cercanos locales de copas del centro urbano de la población. Fiel a mis complejos, en cada comunicación, hacía alguna advertencia relacionada con mi físico y de mi exiguo interés en que nuestra amistad se convirtiese en otra cosa. «Seguro que exageras —respondía Ángel—».

   Una semana antes del día convocado para el encuentro, nos facilitamos nuestros números de teléfono. Tres o cuatro jornadas después recibí una llamada en el móvil que compartía con mi padre.
   —¿Violeta?, ¡soy Ángel! —saludó una voz alegre al otro lado del auricular.
   —Hola, Ángel —contesté con timidez.
   —Te llamaba para confirmar lo del viernes, es que no te he visto conectá estos últimos días.
   —Llevo una semana un tanto liada por mi reciente inscripción a la autoescuela.
   —Nos dijiste a las nueve en el Crillas —dijo.
   —Sí, Ángel, procuraré llegar antes que vosotros. Si ves a una chica delgada, con gafas, el cabello moreno, largo y rizado, y el rostro extravagante: ésa soy yo.
   —¡Qué manía!...
   —Si lo digo para que vuestro interés de acudir al pueblo no tenga dobles intenciones.
   —Por mí no te preocupes, Violeta, que eres una pesá —dijo sin abandonar su deje bromista—. Es más, es el Fran quien tiene intención de ligar contigo.
   Me encantó escuchar por primera vez la voz de mi amigo. Emanaba seguridad. Sentí que había conversado con quien ha recibido de la vida buenas cartas para poder disputar, con sobrada tranquilidad, la partida del destino. Lamenté ser tan persuasiva sobre el verdadero motivo de nuestro encuentro creyendo que él pensaría que tanta preocupación por mi parte en ese sentido obedecería a mi falta de mundología.
   Di por sentado que mi padre no pondría objeciones a este asunto, craso error. Por lo visto, ser mayor de edad no suponía ningún obstáculo a que me impusiera condiciones para dicha cita.
   —Vamos a ver, hija, ¿cómo vas a ir al pueblo?, ¿en bicicleta?
   —Había pensado en que me trasladaras tú y que luego me trajesen ellos. Te recuerdo que, aunque no los conozca en persona, son amigos míos desde hace mucho tiempo.
   Mi progenitor negaba categóricamente con la cabeza.
   —Como estoy seguro de que no vas a querer ir a la cita conmigo —dijo—, te sugiero que vayas con alguien de confianza, por ejemplo, Juan.
   —¿Con qué Juan?, ¿con tu amigo Juan?, ¿el que lleva «Amor de madre» en el brazo? Pensarán que vengo a atracarles.
   —Te he dicho «Juan» porque él está más cerca de tu edad que de la mía y es una persona de confianza. Si no, propón un amigo que pueda ir contigo que a mí me da igual.
   —¿A qué amigos, papá?, si mis verdaderos amigos son con quienes voy a quedar.
   —¿No dices que te llevas muy bien con el hijo de Maruja, la de la tienda?
   Ahí caí en la cuenta de que exagerar respecto al grado de amistad que se tiene con alguien puede ser contraproducente.
   —¿Antonio?, él tiene su propia peña en el pueblo, no dispondrá de tiempo para que yo le convoque.
   —Pues pregúntale a no ser que quieras que te acompañe yo —conminó.
   —¡Papá, ya estoy harta de que me trates como si fuera una niña! —alegué.
   —Hija, no quiero que te pase nada. Sólo hazlo por mí. Quedar con Antonio te vendrá bien para conocer gente del pueblo, si no es tan intelectual como tus otros amigos tendrá otras virtudes.
   —Mis otras amistades son también corrientes.
   —Pero no los conoces del todo. Por favor, ve acompañada la primera vez, nada más, y luego… lo que quieras.

   A la mañana siguiente, reflexionaba en cómo abordar el asunto a Antonio mientras me dirigía en bicicleta hacia su establecimiento. Mi petición de que me acompañara para conocer a unas personas cuya existencia él ignoraba, no debería resultarle más violento que acudir a una cita conmigo, que a diferencia de lo que mi padre creía, mantenía una relación estrictamente de clienta-dependiente con una pizca de confianza que, en mi opinión, no distaría excesivamente respecto a la de otro consumidor de su comercio.
   Frené la bici y la hinqué junto a la puerta de la tienda mientras, desde el otro lado del cristal, contaba a ocho personas adultas esperando a ser atendidas. Me adentré y esperé a que uno a uno se fueran yendo. No era mi intención solicitar la ayuda de Antonio con la presencia curiosa de algún parroquiano, por lo que, a hurtadillas y acercándome a la entrada del comercio, cedí el turno a dos mujeres que accedieron al local después de mí. Dirigí la mirada a las estanterías con sobreactuado disimulo. Antonio lo detectó sin dejar de posar su mirada en unas chuletas de carne que él mismo troceaba. Cuando la tienda se despejó de toda clientela ya sólo quedaba su madre tras el mostrador de la verdura. Tras cerrar el cajón de la vieja caja registradora, se asomó Antonio con rostro inquieto, ataviado con una bata blanca llena de chorretones ensangrentados.
   —¿Qué buscas, Violeta?
   —En realidad nada que puedas ofrecerme en esta tienda. Quería pedirte un favor personal.
   Cualquier tarea que pudiera estar realizando su progenitora fue paralizada incontinenti para acaparar toda su atención en nuestro dialogo, percibía como único sonido el resuello fatigado propio de los obesos.
   —He quedado con unos amigos en el Crillas pasado mañana a las nueve de la noche.
   Antonio me contemplaba atónito, ignorando qué interés podría suscitarle dicho acontecimiento. Sentí el peso de la mirada de su madre en mi cogote.
   —Esos amigos son de Internet —proseguí—, no los conozco en persona. Mi padre me ha puesto la condición de que acuda a la cita con alguien del pueblo, y he pensado que tú…
   —Vale —afirmó lacónico.
   —¿Ah, sí? —pregunté sorprendida por su total disposición.
   —Sí. ¿Entonces tengo que ir a recogerte?
   —No. Quedamos en el Crillas, mejor, y ya cuando llevemos un rato, si lo deseas, te marchas con tus amistades.
   —No había quedao, pero al final, siempre, acabo con mi peña. Y como estamos en fiestas a lo mejor vienen mis primos de Cehegín.
   —No, hijo —prorrumpió su madre que, como cabría de esperar, atendía nuestra conversación—. Tú estate toda la noche con Violeta que es de muy buena familia y no como tus primos de Cehegín, que son chusma, que toda la familia de tu padre son clavaícos a él.
   —Si eso es lo que le estaba diciendo, madre, que lo que haga falta.
   —Yo me conformo con que me esperes en el bar a las nueve. Luego, lo que tú veas.
   —Que a mí no me importa irme contigo y con tus amigos de Internet               —insistió—, ¿cuántos van?
   —Dos amigos, Ángel, de Cartagena; y Fran que viene desde Elda.
   —¿Alguna chica?
   —No, ninguna chica, la única yo —confesé a sabiendas de que este último dato no le motivaría especialmente.
   —Bueno, no pasa na.
   —De acuerdo, pues entonces el viernes a las nueve en el Crillas.
   —Violeta, dile a tus amigos que en el letrero del bar pone El Mejorano, que a lo mejor se lían.
   —Muy bien, Antonio, gracias. Y si luego permaneces un rato con nosotros, como tú conoces el pueblo mejor que yo nos podrás servir de cicerone.
   —¿De cice qué?
   Abandoné la tienda con una pequeña compra y la titánica satisfacción de contar con la colaboración de aquel tipo. Pensé que, amén de otros lugares del mundo, existía la posibilidad de encontrarme con amigos potenciales en Calasparra. Antonio era un chico extremadamente popular en el pueblo y gozaba de toda la simpatía de sus coterráneos. Una paulatina amistad con él podría suponerme beneficios a medio plazo.

   Me apeé del viejo coche que conducía mi padre junto a la Iglesia de la Merced, frente al bar, era las nueve y cinco de la noche. Se despidió sin siquiera echar un vistazo al entorno para indagar quiénes serían los chicos que deberían estar esperándome, se marchó en dirección opuesta a nuestro domicilio, especulé que tal vez no le apetecería maniobrar debido al gentío que recorría la calle. Total, nadie le esperaba en nuestro hogar. Yo agradecí el gesto, no quería que me soltase dos besos o cualquiera de sus frases sentenciosas que no dejan en buen lugar mi madurez. Yo me apoderé del teléfono móvil, con la advertencia de que, a la mínima incidencia, llamase a casa. Me acerqué hacia el Crillas que estaba a unos pocos metros. El lugar estaba atestado de peatones que se dirigían en todas direcciones, varios carricoches con sus respectivos progenitores se cruzaron frente a mí con sincronía diestra. Sentí el nerviosismo palpitar cuando las miradas de los transeúntes se posaron sobre mí con la indeseable impresión de estar fuera de lugar. Como una advenediza me adentré en el establecimiento y me encontré con un par de jubilados que dialogaban a gritos acodados en la barra; y a Antonio, en el final del bar, sosteniendo una cerveza y contándole batallitas a la camarera. Él no se percató de mi presencia por lo que, en vez de saludar, abandoné el local en búsqueda de mis dos amigos cibernautas. Me topé con una pareja de chicos nada más salir al lado derecho de la puerta. Hablaban amistosamente mientras fumaban. Muy distintos entre ellos, y radicalmente desemejantes respecto a los que deambulaban por la zona. Antes de que yo llegara a presentarme, los dos se miraron de soslayo y exclamaron al unísono: «¡Violeta!».
   Saludé al dúo con besos protocolarios y no remedié caer en el desconcierto pues sus apariencias no eran tal como las había imaginado. Con toda seguridad, ellos apreciarían esa misma sensación. Entramos al bar y ahí continuaba Antonio, con su vocerío y sus risas.
   —¡Hombre, ya era hora de que vinierais! —gritó desde el fondo del local.
   —Os presento a Antonio —anuncié con timidez a mis nuevos conocidos.
   —A ver, tú eres el cartagenero —acertó Antonio dirigiéndose a Ángel.
   —Sí —respondió el joven estrechándole la mano.
   —Y tú, el de Elche.
   —De Elda— dijo Fran.
   —¡Bah!, de Alicante —respondió Antonio—. Bueno, vamos a tomarnos unas cañas que la primera ronda, la pago yo.
   —De eso nada, aquí pago yo que tenemos que celebrar que, ¡por fin!, hemos conocido a Violeta —añadió Fran trazando una mueca sonriente.
   Nos sentamos junto a una mesa con sendos bancos a cada lado. En uno, Fran y Antonio dándole la espalda a la entrada del local; y enfrente, Ángel y yo. Contemplé la cara de niño pillo que mostraba mi compañero de asiento, de rostro bello, pelo corto de punta, casi tan delgado como yo e incluso de menor estatura. Me turbó apreciar unos anclajes metálicos en sus piernas formando anómalas protuberancias en el pantalón. Fran, aparentaba mayor edad que la que indicaba en su perfil como usuario informático, de cabello engominado, pulcro en sus atuendos, lucía un polo de marca y una fina chaqueta de color azul marino que le otorgaba un toque muy elegante.
   Mi primera impresión de Ángel se acercaba a la de una persona reservada, ¡cómo me equivoqué!
   —¡Mira, Violeta! —mostró elevándose el bajo de los pantalones—, yo no tengo complejo por esto.
   —¿Qué te ocurrió? —pregunté creyendo que ese amasijo de metales sobre sus tobillos se debía a una enfermedad.
   —Me di un leñazo con una moto. Estuve un montón de tiempo en el hospital, y bueno, aquí estoy… puedo andar. Los médicos dijeron a mis padres que estaría toda mi vida en una silla de ruedas y ¡fíjate…! —advirtió que su amigo se estaba dirigiendo a la camarera y añadió—: ¡Acho, Fran, pídeme una cerveza!
   —Ya están pedidas —terció Antonio—, y unas cuantas cortezas de cerdo que aquí las hacen buenas.
   —Pues llevas lo del accidente con mucha entereza —le dije a Ángel asombrada.
   —Al principio, cuando tuve el tortazo contra el coche, estaba hecho polvo. Fue hace dos años, yo tenía quince. Pero gracias a la rehabilitación y a unas cuantas operaciones... puedo manejarme solo sin que nadie me ayude.
   Entretanto, Antonio y Fran parloteaban animados, ya comenzaban a hacer planes para los encierros de septiembre. El bar se llenó de clientes con el mismo apremio que en nuestra mesa iban sirviéndose cervezas. Por suerte, Antonio le daba la espalda al resto del establecimiento y no advirtió la presencia de mi padre que se presentó de improviso. Lo acompañaba Juan, situados al principio de la barra, en el lado opuesto del local. Supe que ya me había visto cuando me crucé con sus ojos, los cuales, con deplorable fingimiento, proyectó sobre la imagen de un viejo cartel de una corrida de toros en La Condomina. Se dirigió al barman desde lejos y le hizo con los dedos el gesto de victoria; después, al ver al camarero coger un par de vasos interpreté que le requería dos cervezas. Con otra seña rápida, que yo descifré como: «ponme lo de siempre» consiguió que le preparasen un par de ogros (una gigantesca corteza de cerdo, con mayonesa, anchoa y boquerón en vinagre). Comprendí por su sintonía con los camareros que frecuentaba aquella taberna más de lo que imaginaba.
   No se demoraron mucho y al poco reanudaron su marcha, ni mi padre ni Juan me saludaron. Entonces, seguramente por estar algo achispada, me dejé llevar por la introspección y abandoné mentalmente la mesa. Reparé en las notables diferencias entre mi progenitor y su acompañante. Al uno le llamaban el Leñador, barbiespeso de vello níveo que parecía manado de un cuento. Robusto, de tez morena y luciendo aquellas camisas de cuadros declarando visiblemente no estar a la última moda; el otro, el hijo del Chapas, un enclenque casi imberbe con perilla de varios días, exhibiendo camiseta de tirantes, colgantes y tatuajes cuyos pigmentos contrastaban con su piel blancuzca y velluda en lugares donde casi ningún varón tiene pelo, como en los hombros. Ambos, carcajeaban con vehemencia, haciéndose muestras de cariño masculino simulando, con sus bromas alegres, puñetazos en el pecho y abrazos colmados de frenesí. Percibí que el resto del bar también reía de irreprimible júbilo cuando aquel recuerdo de mi padre y su amigo se esfumaba de mi memoria a la par que regresaba de mi ensimismamiento. Para alinearme al estado de ánimo del lugar, arranqué con una risotada que no estuvo bien vista por ninguno de los comensales que me acompañaban: Fran estaba relatando la muerte por ahogamiento de su progenitor en una de las playas de Santa Pola.

   Nos levantamos de la mesa sobre las diez y media, consulté a nuestro «guía» calasparreño para que me informase de cuál era el establecimiento más conveniente para dirigirnos. Dudábamos entre proseguir de tapas en un bar o acudir a un local de copas. Fran y Ángel conversaban unos pasos por detrás, su preocupación era otra.
   —¡Violeta! —dijo Ángel—. Nos vamos. Fran se encuentra mal.
   Observé que su amigo que se cubría con su chaqueta mientras asentía.
   —Vaya, ¿qué te pasa? —pregunté suspicaz al eldense.
   —Nada importante, me encuentro mal y antes de que pase a mayores nos vamos. Que antes tengo que dejar a Ángel en Cartagena.
   —Si quieres te puedes quedar en mi casa —propuso Antonio a Fran—, incluso hay sitio para los dos.
   —Las copas nos las tomamos otro día —dijo Ángel con rostro que pretendía aparentar resignación—. Hasta pronto, Violeta.
   Entrambos partieron con paso presto, unas gotas de fina lluvia comenzaron a precipitarse, y aunque mi padre aguardaría junto al teléfono a que lo llamase, rogué a Antonio a que me acercara a mi domicilio.
   —¿Que te lleve a casa?
   —Por favor.
   —Vente conmigo, que te presentaré a mucha gente de mi peña. Venga, no seas tonta.
   —No, Antonio. Prefiero ir a mi casa, está empezando a llover y me gustaría irme. Otro día quedamos si te apetece.
   Mi padre, que permanecía junto a teléfono fijo del salón, atendió mi llamada. Yo le comunicaba que no era necesario que se presentase a recogerme. Antonio, que conducía con bastante cautela, se preguntaba después sobre las posibles razones de la repentina marcha de mis amigos.
   —¿Qué es lo que le habrá pasao al Fran pa’querer irse tan pronto?
   —Ni idea. Tal vez no le ocurriese nada. Simplemente no le gustaba el sitio, o nosotros, o qué se yo…
   —Conmigo ha hablao un buen rato.
   —Ya os he visto, más que conmigo. A lo mejor he sido yo quien no le ha agradado. Se ve que se ha desinteresado por lo que yo podía ofrecerle y no ha querido perder el tiempo aquí con nosotros.
   Fue justamente al cerrar los labios, tras emitir las últimas sílabas de crítica hacia mis amigos, cuando me percaté que yo había actuado de un modo idéntico con Antonio en el momento en el que me quedé a solas con él.

   Ya avistaba en lontananza las luces de mi hogar, todavía con el reconcomio de haber manejado a mi ingenuo convecino, cuando rompí mi mudez para prometerle un próximo encuentro con el propósito de conocer a su peña local. Antonio aceptó de buen grado.
   La armoniosa y cálida música de Norma, de Bellini, me acogió al adentrarme en el salón. Mi padre leía junto al calor de la lámpara y del whisky, levantó la vista de la página y me interrogó acerca de la cita.
   —No sé por qué me preguntas, te he visto espiándome en El Mejorano.
   —Ya sé que me has visto, pero no te quejarás, he sido discreto.
   —¿Discreto?, si te hubiera mirado Antonio ya verías tú dónde se habría ido la discreción. Además, yendo con Juan es imposible pasar desapercibido, que menuda pinta tenéis los dos.
   Pretendí ser hiriente con aquel comentario, aunque no surtió efecto.
   —Sí, el gordo y el flaco… el punto y la i... Bueno, dime, ¿qué tal te parecen tus amigos?
   —Te voy a contar una cosa, papá; Fran, un estirado; Ángel, un chaval muy simpático que habla más que piensa, aunque un excelente tipo. Pero el que mejor impresión me ha dado: ya lo conocía.
   —¿Antonio?
   —Efectivamente. Es un chico inculto y vulgar, pero no posee entre sus cualidades la maldad y tiene un trasfondo noble. Para mí, ésa es la mejor virtud que alguien puede atesorar.
   —Desde luego que sí, hija. Aunque no está de más recordarte que la maldad va siempre de la mano de la ignorancia.
   Mi padre reanudó sus quehaceres, lo contemplé durante unos segundos, bebió un pequeño trago de su copa, con parsimonia; abrió de nuevo la página del libro en el lugar donde se había detenido, como si aquel hombre que no alcanzaba los cincuenta y aparentaba más de sesenta años pudiera centrarse en la lectura abandonando cualquier pensamiento que le asaltase tras nuestra conversación. Sonreía sutilmente sin motivo manifiesto humedeciéndose el dedo para pasar la hoja. A veces creía que el apodo «el Loco» —que junto al mote de «el Leñador» le decían en el pueblo— le iba como anillo al dedo. No dejaba de sorprenderme que un tipo como él (cuyas preocupaciones no se hallaban fuera de la música, los libros o el jardín) destruyera su mutismo para preguntarme por asuntos mundanos.
   —Papá, ¿por qué me tratas como a una niña?
   —Violeta —expuso mientras cerraba el libro injiriendo el dedo índice como muesca entre sus páginas—, tienes que pensar que nuestra soledad me obliga a que yo asuma varios roles además del de padre.
   —¿De qué roles me hablas?
   —No tienes madre, ni hermana mayor, ni ninguna amiga íntima que yo sepa. La única persona que podría preguntarte sobre tus relaciones personales es tu tía Laura que se va a casar dentro de un mes, y bastante tiene con eso y con lo de su madre. No es que quiera entrometerme en tu vida, pero déjame con mi poca experiencia que pueda darte mi opinión, sólo quiero eso.
   Cavilé en las palabras de mi padre, tal vez, ése era uno de los muchos precios que debíamos pagar por nuestro destierro. Me abochornaba conversar con él de determinados asuntos pero, al fin y al cabo, no sabría con quién si precisase de algún consejo.
   Aquella noche, antes de acostarme, encendí el ordenador y envié un correo electrónico a Ángel y Fran. Pretendía mantener el contacto, al menos de manera virtual. En el mensaje mostraba mi preocupación por su regreso a casa y por el estado de salud del alicantino, volví a reiterarme en mi disculpa acerca de la carcajada que solté involuntariamente cuando se contaba la angustiosa agonía del padre de Fran en la costa, justificándome con la simplona excusa de mi falta de experiencia en eventos sociales y de lo fácil que me resultaba evadirme en situaciones tensas. No obtuve respuesta al mismo, ni tampoco los vi conectarse en los siguientes días. La parte positiva de la visita de mis amigos internautas fue la de favorecer una aproximación hacia alguien que, de otra manera, difícilmente hubiera tenido la posibilidad de conocer: un tipo llamado Antonio, verdadero propulsor de un cambio de actitud que me acercó a mis congéneres calasparreños.

domingo, 19 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 14



13

   Se celebraba la Eurocopa de Bélgica y Países Bajos de 2000 cuando los «correligionarios» Pedro y Juan, que parecían siameses adheridos al costado, volvieron a frecuentar nuestra morada. En la primera francachela, España fue derrotada por Noruega, como siempre el resultado del encuentro parecía no determinar el devenir de la noche. Cenamos después del partido, insistieron en que bebiera cerveza, la tomé con algo de asco y miedo. Haber sido testigo de lo que le ocurrió a mi futuro tío Alberto —le quedaban pocas semanas para contraer matrimonio con mi tía Laura—, por el consumo desmedido de bebidas alcohólicas, me condicionó a que ingiriese la cerveza con cierta mesura. Al igual que el vino, que le relevó para acompañar a una exquisita carne comprada para tan «eximia» ocasión. Admito que nunca me ha seducido el alcohol, presenciar las modorras que padecía mi padre con frecuencia, amén de otras particularidades personales que atribuyo a sus excesos, me han causado cierta antipatía hacia la bebida.
   Oía su disparatada tertulia mientras degustaba el café en la sobremesa, la única taza frente a unos pequeños vasos de licor que, mi padre y sus amigos, bebían al trago, un mejunje —decían— para facilitar la digestión. Como no participaba en sus conversaciones, para romper el hielo, Pedro me propuso que tocara el piano. Aunque aquel público de tres personas ya me había sufrido cuando practicaba, la impresión de que lo que interpretase sería escuchado por ellos con suma atención me hizo palpitar la cafeína en mi piel. Tomé uno de esos desagradables chupitos de orujo que me retorció avinagrando la expresión facial y me encaminé hacia el piano.
   Mi padre, para aliviar la tensión que suponía que seis ojos estuvieran clavados en mi espalda, se marchó hacia la cocina para preparar unas copas para sus amistades. Ejecuté algunos fragmentos de melodías compuestas por mí. Noté por el rabillo del ojo que me contemplaban boquiabiertos. Profundamente admirados por lo que estaban presenciando.
   —¡Cagoendios, cómo toca tu hija! —aclamó Juan dirigiéndose a la cocina atendiendo a la llamada de mi padre.
   Pedro, mucho más cortés y con el deleite en sus ojos, esperó a que finalizase la selección aleatoria de canciones de aquella fugaz representación.
   —Violeta, en este preciso instante, eres el ser más bello del universo —dijo mientras aplaudía.
   No supe qué contestar a aquel genio de la oratoria y el buen gusto. Giré el tronco sin despegarme de la silla y le regalé una sonrisa vergonzosa. Pedro se encendió un puro y me devolvió una mirada condescendiente.
   —¿Ese último tema que has interpretado, es de tu cosecha?
   —Sí, ¿te ha gustado?
   —¿Que si me ha gustado? Me ha encantado, y eso que es la primera vez que lo escucho, cuando lo haya oído un par de veces y extasiado por la belleza del movimiento de tus finas manos al teclear tendré un conato de síndrome de Sthendal.
   —Si lo deseas toco alguna melodía conocida —ofrecí no entendiendo muy bien qué quiso decirme.
   —No. Prefiero escuchar tu música.
   Justo cuando posé mis dedos en el teclado y comenzaba a sonar una canción compuesta recientemente, me interrumpió:
   —¿Conoces la de Memorias de África?
   Asentí y, sin mediar palabra, arranqué con la conocida melodía del tema principal del famoso filme.
   Tras la interpretación Pedro volvió a encomiar mis dotes artísticas, palabras obstaculizadas por culpa de la enérgica ovación de los que reaparecían en el salón: Juan y mi padre exhalando un cigarrillo (lo que prometía una noche eterna). No quise concluir ahí la sesión, creciéndome ante los vítores de aquel público entregado culminé el recital con un tema nostálgico que me servía de calentamiento cuando tocaba a dúo con Dani: una pieza de Michael Nyman.
   —Andrés, conozco profesores de piano del Conservatorio de Murcia que no lo hubieran hecho mejor que Violeta —dijo Pedro visiblemente conmovido.
   —Tía, te podrías ganar la vida con esto —añadió Juan—, ¿qué tema has tocao que has emocionao a tu padre?
   —He tocado Big My Secret, de la película El Piano.
   —Hija, no toques esta música, ¡coño!, y menos si estamos celebrando algo.
   —Bueno, celebrando… los noruegos han vencido uno a cero —dijo Pedro.
   —Respondiéndote a ti, Chapicas —indicó mi padre dirigiéndose a Juan—, mi hija sabe tocar muy bien, doy crédito, pero no se atreve a dar el paso para tocar en público, en cierto modo la comprendo, a mí me pasaba igual de joven.
   Me levanté del taburete entusiasmada y con orgullo, tomé asiento junto a ellos en uno de los sofás, deseé calmar el nerviosismo de la actuación acompañándoles con una copa para estar a la altura de su animada charla, pero en seguida el agotamiento y el alcohol ingerido durante la cena pasaron factura.
   —Violeta, vete a la cama.
   —Papá, tengo diecinueve años —contesté con arrebato somnoliento por sentirme recriminada por mi transposición.
   —Si es que te estás durmiendo, hija —dijo mi padre adoptando un tono más cariñoso.
   Renegando entre dientes, con algo de pesadez en la cabeza y la boca un tanto pastosa, me despedí de Pedro y Juan casi sin mirarles y subí hacia mi alcoba.

   Con el tiempo entendí cuánto mal podía causarme el alcohol en mi conducta y de las tonterías que podría llegar a hacer estando borracha, como relataré más adelante. Aquella noche tuve fortuna, el exceso únicamente me produjo sed. Desperté dos horas después de haberme acostado.
   Acudí al baño a beber agua, en silencio y a oscuras, la iluminación del salón alumbraba vagamente el pasillo de la planta superior. Sé que chispeaba un poco, y tal vez por ello, en aquella madrugada de junio, se hallaban en el interior de la casa en vez de instalarse en el exterior como solían hacer en sus encuentros nocturnos. El humo ascendía hasta los dormitorios pero no me quejé. Escuché únicamente la voz de mi progenitor, sus dos camaradas debían de atenderle con expectación. Utilizaba un tono de voz confidencial, como cuando se va a contar un chisme o un secreto, ese aspecto me llamó la atención. Oteé sus sombras desde lo alto de la escalera y agudicé el oído:
   —Os lo repito —insistió mi padre—, jamás debe salir de esta casa lo que os voy a decir.
   Ellos no respondieron, debieron de afirmar con la cabeza. De inmediato, prosiguió:
   —El día que enterraban a mi mujer y a mi hija no estuve presente en el cementerio. Antes, mi padre me había ayudado a vestirme con pantalón negro y camisa del mismo color, llevaba dos días sin dormir, y se puede decir que lo único que había ingerido hasta ese momento era agua.
   »A mi hija Violeta, la cuidaban su tía y abuelos maternos que también estaban destrozados. Supe después, por la prensa, que aquel cementerio estuvo lleno de familiares, amigos y curiosos, a los que se sumaron periodistas y autoridades del Ayuntamiento de Cartagena. Yo no tenía fuerzas para asistir a ver cómo enterraban unos ataúdes casi vacíos donde estaban las cenizas de Patricia y Susana. Sé que, a un par de kilómetros antes de llegar al cementerio de Santa Lucía, abrí la puerta del coche de mi padre y salí corriendo, un sentimiento de locura me apresó: Quería quitarme la vida.
   Mi padre realizó una pausa, seguramente para beber y humedecer sus labios secos, procuré que no se escuchase mi agitada respiración como consecuencia del desasosiego. Permanecí callada e inmóvil, desde la semioscuridad que me brindaba la primera planta, atendiendo aquel relato:
   —Durante horas estuve deambulando por uno de esos barrios marginales de Cartagena y que, vagamente, recuerdo por mi enajenación. Sé que quería morir, no tenía valor para tirarme delante de un tren o arrojarme al puerto atado a una roca, pero algo tenía que hacer para terminar con mi sufrimiento, pensé que lo mejor se­ría que alguien me matase, provocar a un individuo para que me hiriese de muerte, empecé a temblar y quise paliar el miedo con una botella de whisky. Vestido de negro, con grandes ojeras y mi aspecto decrépito entré a una tienda; cogí una botella, di media vuelta y me fui. Las dos personas que estaban tras el mostrador, un joven y un tipo más mayor, que supongo que sería su padre, no me dijeron nada, permanecieron inmóviles, asustados por un tipo cuyo semblante debería horrorizar.
   »Deseé que me hubiesen pegado un tiro en la espalda o me hubieran atacado contundentemente hasta provocarme la muerte, pero no lo hicieron. Salí de la tienda y me introduje en aquel barrio zigzagueando por las calles sin destino alguno.
   Jamás había oído hablar a mi padre con esa modulación propia de una confesión. Conocía el dato de su incomparecencia al sepelio, e incluso podía comprender su escaso interés en continuar viviendo. Pero nunca me había mencionado que acabó robando en un establecimiento.
   —Fui a un pequeño parque con una estatua en el centro y cuatro bancos a cada uno de los lados de aquella plaza —continuó—. Me senté en uno de ellos con la botella de whisky entre mis piernas. Frente a mí, un grupo de cuatro jóvenes fumando chocolate y bebiendo cerveza. Los miré fijamente, desafiante, los efectos del alcohol y los días sin dormir hicieron que mi cabeza se moviera lentamente, como un péndulo, aun así, persistí en mi empeño de provocarles. Mis ojos se cerraban muy a mi pesar, ellos ya habían advertido mi presencia y de mi visible borrachera, bromearon haciendo comentarios sobre mi vestimenta negra: «Cuidao con este tipo que viene de un tablao flamenco» decían entre risas. Me acerqué tambaleándome a ese grupo que podían haberme hecho picadillo si hubieran querido y les grité: «¡Matadme, matadme si queréis, mi vida es una mierda!». «¡Vámonos!», se dijeron, y se dispersaron no queriendo buscar problemas con un loco. Me senté en el banco donde estaban ellos, quería que lo considerasen como una provocación y acabaran conmigo, pero no vinieron. El sueño acabó por rendirme en aquel banco, ni siquiera el viento que se levantó aquella noche de septiembre me despertó.
   »Horas después, uno de los chicos que estaban en ese banco donde yo dormía se acercó a mí. Me increpó, me dijo que no le caían bien los borrachos y me empujó fuertemente contra el respaldo. Noté los efectos del alcohol en mi cabeza a modo de pinchazos, tendría que ser ya de madrugada porque no había nadie en la calle. La mirada de aquel joven, que no sería mayor de edad, me hizo pensar que estaba totalmente drogado. Mi desorientación contribuyó a que no respondiese a las represalias de aquel chaval, cogí la botella, desenrosqué el tapón y eché un trago. Le dije a aquel tipo que si tenía huevos, que me matara.
   Mi padre efectuó otra pausa, ignoro si para darle un trago a su copa o para provocar más expectación, aprecié por su sombra que se mantenía de pie, intuyo que Pedro y Juan atendían embobados. Mi boca estaba deshidratada y percibí los latidos de mi corazón.
   —¿Qué pasó? —susurró Juan.
   —Repito, lo que voy a contar a continuación queridos amigos nunca deberá salir de esta habitación, nunca se lo he contado a nadie, pondría en peligro mi integridad, confío en vosotros ahora que tengo la necesidad imperiosa de contároslo. Me tenéis que prometer que jamás saldrá esta confesión de aquí.
    Entrambos debieron de afirmar gestualmente, se quedó un silenció que evidenciaba el interés que suscitaba aquella revelación. Yo por fin iba a saber qué aconteció en aquellos días que estuvo desaparecido.
   —Aquel chico me dio una bofetada, era bastante más bajo y menos pesado que yo, esperando a que actuase con más contundencia con mis dos brazos le di un empujón que le hizo andar hacia atrás unos diez metros hasta que se cayó. Sacó una navaja y con la frase: «Vas a morir» se acercó violentamente hacia mí. Por un lado quería que me diera un golpe certero en el corazón, morir desangrado y reu­nir­me con mi mujer y mi hija, pero un indeseado instinto de supervivencia quiso que me defendiese del agresor.
   Mi padre calló, tal era el mutismo que creí distinguir el leve zumbido del frigorífico entre las exhalaciones de los cigarrillos, resaltando sobre el banal sonido de la llovizna.
   —Cogí su brazo —dijo reanudando el soliloquio— y se lo quebré empujándolo contra el banco, soltó la navaja que quedó bajo mis pies, él daba alaridos de dolor, le había partido algún hueso del brazo, cogí su navaja y lo miré, sentí que mi corpulencia y rabia me habían servido de ayuda y pensé que abusaba de un niño. Estaba dispuesto a irme y dejarle gritar hasta que le auxiliasen los vecinos cuando pronunció una frase que, de haberla omitido, le hubiera salvado la vida: «Me cago en tos tus muertos».
   »Sujeté con firmeza la navaja, que estuve a punto de tirar a la estatua de aquel jardín, y me mordí los labios con fiereza. Seguramente saldría sangre de mi boca antes de que se me nublara la mente y le clavase la navaja en uno de sus ojos. Ahí tendido, y suplicándome piedad, lo dejé. Vi cómo las luces se encendían, notaba el alboroto que se estaba generando en torno a las casas cercanas a la plaza. Aquel chico gritó: «¡Hijo de perra!», mientras su cuerpo se retorcía de un dolor tremendo. Esas palabras me hicieron volver, saqué la navaja de la cuenca de su ojo y lo degollé, mientras se desangraba le arranqué parte de la oreja de un mordisco y la escupí junto a una cascada de sangre que salía de mi boca y que acabó en su malogrado rostro.
   »Con la navaja todavía en la mano salí corriendo, los vecinos en calzoncillos salieron detrás de mí. No llegaron a cogerme, aquella carrera hizo que despertarse de la enajenación, y supe de pronto que me encontraba en el barrio de Los Mateos, uno de los más peligrosos de Cartagena. Tiré el arma asesina a un descampado, a kilómetros del suceso, cerca de Torreciega, a las afueras de la ciudad.
   —¡Cagoendios, Andrés!, ¿qué pasó? —preguntó Juan.
   —La verdad, querido amigo, es que no lo recuerdo con claridad, sé que estuve durante días siguiendo las vías del tren, durante kilómetros, comí de los desperdicios de humanos y animales. Llegué a mi casa de Cartagena un viernes, no sin antes arremeter con otro malnacido que tuvo la mala suerte de encontrarse conmigo en el camino. Aquella tarde granizó, pude refugiarme en casa y no lo hice, me quedé fuera, en la piscina, tal vez algún golpe certero del hielo en mi cabeza terminara conmigo, no tuve suerte. Me emborraché hasta caer al suelo, y al día siguiente tiré mi ropa negra ensangrentada a la basura.
   El sigilo se apoderó de aquel trío. Inquieta por la precisión de la historia y de cómo mi padre pormenorizó los detalles de aquel crimen, subí el único peldaño que había descendido de la escalera y me dirigí cautelosa al dormitorio. Una vez allí, pulsé el interruptor de la luz con fuerza, realicé un sonoro bostezo y acudí al baño a beber agua: pretendía que notaran mi presencia e impedir con ello que intercambiasen juicios de valor al respecto. Me acosté con el estómago anegado de líquido y no conseguí conciliar el sueño, aprecié en los susurros de Juan y Pedro una evidente conmoción, conforme transcurrieron los minutos, el asunto fue reemplazado por temas menos desagradables. Doy fe, apenas pude dormir hasta la alborada.

   En los tres días posteriores mi padre articuló menos palabras que en aquella hora donde relató, con pelos y señales, lo acaecido aquella infausta semana de septiembre. Me sentí dolida por no haberme contado nada al respecto, máxime, habiendo sido testigo de lo fácil que le fue intimar con sus amigotes dichas confidencias. Por suerte, aquella noche acabaría siendo una de las últimas batallas de resistencia al alcohol y a las horas. A mi progenitor no le sentaban nada bien.