sábado, 4 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 3



2

   Todos los bienes de mi abuelo, el negocio, unos locales arrendados a otros comercios y dos viviendas —la del pueblo y la de la ciudad— cayeron en manos de mi padre. Debía reunirse con el asesor de la empresa, y con Paco, quién había acabado como mano derecha de mi abuelo tras la marcha de su hijo. Por ello tuvimos que permanecer unos días en Cartagena, lo cual fue un alivio para mí tras los primeros días de clase.
   —¿Quieres que nos quedemos a vivir aquí? —preguntó mi padre refiriéndose a la ciudad que le vio crecer.
   Asentí.
   —Ya sabes, Violeta, que tendrás que cambiar de colegio.
   —¿Podré ir con la tita?
   —Laura te podrá visitar más veces si vivimos en Cartagena, pero no será en la misma casa donde vivíamos hace tiempo.
   —¿Por qué?
   —Porque la casa la vendimos para comprar la de Calasparra. Ahora nos compraremos una mejor, pero durante un tiempo tendremos que quedarnos en la del abuelo Pepe, donde yo vivía cuando tenía tu edad.
   —Yo quiero vivir en la casa de la piscina, diles que se vayan a quienes la compraron.
   —No se puede, Violeta. No se puede.
   —¿Podrá estar Lily?
   —¿Cómo es que la recuerdas todavía? —preguntó sorprendido, y sin esperar mi respuesta añadió—. Si ella quiere, sí.
   Mi padre confiaba no estar más de una semana en la ciudad de la que soy oriunda para tomar las riendas de la empresa y conocer todos los entresijos patrimoniales. Me dejó en casa de mis abuelos maternos y me visitaba a la hora de comer. Por las noches, sin embargo, prefería pernoctar solo en el deshabitado hogar en el que vivió su infancia. Una de las numerosas pertenencias recién heredadas.
   Al tercer o cuarto día, sobre una mesa de camilla, en un pequeño salón sin uso de la casa de mis abuelos, vi una foto; eran una mujer y una niña, rubias y resplandecientes. Deduje que serían las añoradas personas que desaparecieron siendo yo bebé y cuyos rostros desconocía. Dada mi baja estatura intenté sujetar con los dedos el marco para aproximarlo hacia mí y poder observarlo con detenimiento, con tal mala suerte, o torpeza, que terminó cayéndose al suelo desmontándose la moldura que encerraba el cristal. Mi tía Laura estaba en la universidad, y mi abuelo había acudido muy temprano a sus partidas diarias de dominó con otros pensionistas. Mi abuela, que era la única compañía adulta que me ofrecía la casa en aquel momento, abandonó los fogones donde cocinaba el guiso que tocara aquel día y salió corriendo en mi búsqueda.
   —¿Qué has roto?, ¡inútil!
   —¡Nada! —exclamé aterrada al ver su cara.
   —¡Madre mía!, ¡has roto la foto!, ¡has roto la foto!
   —Ha sido sin querer —dije comenzando a llorar en un fútil intento de clemencia.
   —Mira, hija del demonio —gruñó mientras sujetaba el marco desmontado—, ¿ves a esta niña?, pues es tu hermana Susana, ella era guapa y no como tú, ¡destrozona!
   Coloqué mis brazos frente a mi cara para protegerme, como en otras muchas ocasiones en las que ella me amedrantaba finalizando su acusación con una bofetada que regalaba sin claro motivo, me agarró de la muñeca y, casi colgando, me arrastró hacia una habitación que contaba con la particularidad de tener un pestillo por el lado exterior de la puerta. Entró conmigo y una vez dentro me empujó saliendo deprisa, dejándome paralizada por el desconcierto, después cerró la puerta y echó el pasador que resonó con ímpetu. El cuarto estaba a oscuras salvo unos pequeños rayos de luz que provenían de una persiana bajada casi del todo. Presa del pánico comencé a sollozar.
   —¡Ahí te vas quedar hasta que dejes de llorar! Niñata de las narices…
   Me encontré con un golpe de suerte cuando mi padre, más temprano de lo habitual, llamó al timbre de la casa de mis abuelos. Ella, antes de abrirle la puerta, movió el pestillo dejando la posibilidad de que yo misma pudiera liberarme.
   —¿Es mi hija quién llora?
   —Sí, estará por ahí llorando por alguna tontuna. Los niños, Andrés, lloran por cualquier tontería, te lo digo yo que sé mucho de to’esto.
   —Mire, doña María, un niño que llora, por estúpido que sea el motivo, es un niño que sufre, y aunque usted siempre dice que los niños tienen que aprender con palos, no será con mi hija, y menos si estoy presente, ¿qué quiere, que me quede impasible viendo cómo Violeta llora desconsolada por un castigo que no comprende?
   —No me tires de la lengua, que bien sabe Dios que cuando os vengáis pa’cá y la niña tenga que quedarse en esta casa, la educaré como hice con mis hijas. Voy a llevarla más derecha que a una vela.
   Estuve a tientas mientras escuchaba su conversación, palpando distintos objetos, que ahora creo, que serían viejas mecedoras y otros enseres rotos cuyo uso final sería el de ocupar espacio más que el de otra utilidad, acerté con el picaporte y conseguí salir de la tenebrosa habitación, o como llamaba mi abuela: «El lugar de las niñas que no están bautizadas». Aquel tiempo me pareció una eternidad, y aunque el llanto paró en cuanto oí la voz grave de mi padre. Dos surcos de lágrimas, que marcaban la silueta de mis mejillas y el inevitable jadeo de a quién le ha faltado la respiración por el terror, delataron mi sufrimiento.
   —Hija, ¿qué ha pasado?
   Negué con la cabeza, y un suspiro se escapó cuando mi padre me abrazó, después me tomó en sus brazos.
   —Hoy he hecho lentejas, mi Emilio tiene que estar al llegar —dijo mi abuela haciendo caso omiso a la expresión de mi rostro.
   —No, no me voy a quedar doña María, y me llevo a mi hija, prepáreme la ropa de Violeta que nos vamos ahora mismo —ordenó con mirada idéntica a la del día que me llevó al colegio por segunda vez.
   Sé que él podría haber sido más contundente con mi abuela si le hubiera confesado lo ocurrido esa mañana, pero por miedo a futuras represalias o un lejano cariño de cuando me daba golosinas, callé. Después de echar con displicencia mi ropa en un bolso, se dirigió a recoger el marco y regresó con él en la mano.
   —¡Mira, Andrés!, mira lo que ha hecho tu hija con la foto de tu mujer y tu Susana, que en paz descansen, la ha tirao al suelo y la ha roto.
   —Ha roto el marco, la foto está intacta, no es para tanto. Tenga, mil pesetas, que seguro que tiene para unos cuantos marcos como este que le ha roto mi hija y pueda poner la foto de nuevo —sacó de la cartera un billete de color verde que dejó sobre una de las mesas del comedor.
   —¿Y pa’qué quiero yo el dinero?
   —Prefiero darle el dinero a que vuelva a castigar a mi hija.
   Angelico, si Violeta no sabía lo que hacía —dijo mi abuela sonriéndome con ojos desbordados de cinismo—, si es porque a los muertos hay que dejarlos descansar, y al ver las caras de mi hija y mi nieta, tan hermosas, en el suelo…
   —Adiós, doña María, ¡Violeta, dile adiós a la abuela!
   No abrí la boca, levanté la mano con evidente desgana, mi padre me sacaba de la casa tomada en brazos, apoyé mi cabeza en su hombro y vi cómo, a sus espaldas, mi abuela me contemplaba con el rostro lleno de ira situando su dedo índice frente a sus labios realizando el internacional gesto de «silencio».
   De camino a Calasparra mi padre me propuso un juego.
   —Solamente tienes que contestarme con la cabeza, así que no se podrá decir que te has chivado ni nada parecido, ¿vale?
   —Vale —contesté.
   —No, ya lo has hecho mal, tienes que responderme sin decir nada con la voz, sólo con la cabeza.
   Afirmé sin decir nada, dándole a entender que comprendía el juego, él me observaba desde el retrovisor.
   —¿Te ha pegado hoy la abuela?
   Negué.
   —¿Te ha metido miedo?
   Afirmé.
   —¿Se porta mal contigo?
   Aseveré de nuevo gestualmente.
   —Y ¿qué te ha dicho?
   Me paralicé no sabiendo bien qué muecas debía emplear para informarle.
   —Puedes hablarme Violeta, ya se ha acabado el juego, ¿qué te ha dicho la abuela?
   —Dice de mí que soy «una demonia», que no estoy bautizada, me ha encerrado en una habitación por tirar sin querer una foto y también ha dicho, señalando la cara de Susana, que ella era guapa.
   —Eso no es un insulto —musitó sosteniendo la vista desde el espejo.
   —Después ha dicho que yo no lo era.
   —¿Entonces has visto a la mamá y a la hermana?, y ¿qué te han parecido?
   —Que son rubias —la verdad es que no retuve nada más, salvo que mi madre sostenía en brazos a Susana, pero los rostros se difuminaron de mi memoria, puede que por el susto.
   Mi padre condujo con semblante serio y meditabundo durante el resto del trayecto que por fin nos traía a casa.

   Volvimos a la rutina: al colegio, que, tras los dos primeros días, me aterraba; a las óperas; a las clases de piano. Únicamente un cambio, el teléfono sonaba a cada momento. Mi padre hablaba todos los días por él, y cada viernes nos visitaba Paco, que de repente se había convertido en la persona en la cual mi padre había delegado la gerencia. Venía a comunicar las novedades y otros muchos pormenores del negocio que tenían a bien hablar directamente. Aprovechaba la estancia para que mi padre le firmara talones y otros documentos, y le pedía autorización o consejo para cualquier asunto que conllevara un gasto. Se quedaba a comer con nosotros en aquellas citas que con el tiempo denominaron como «El informe semanal». Supe con los meses que Paco y su mujer, Consuelo, fueron elegidos en su día a que fuesen mis padrinos en un bautizo que jamás llegó a celebrarse. Mi padre alegó que yo debía tomar dicha decisión libremente, y que yo sepa, no ha ejercido ninguna influencia al respecto. Jamás he pisado una iglesia desde que tengo uso de razón.
   Mi tía Laura vivió con nosotros durante los meses de julio y agosto de 1987, tras casi un año con el único contacto que el telefónico. La admiración, y sobre todo, la adoración que sentía hacia ella debía ser lo más parecido a la que se tiene a una madre. La calidad de las comidas y las cenas mejoraron notablemente. Ella dormía en la misma habitación que yo, y a pesar de disponer de dos camas, casi siempre se acostaba conmigo, como cuando nos visitaba en Cartagena. Aquello propició que mi padre descansara de mis frecuentes intromisiones a su dormitorio las noches en que las paredes crujían por el frío o cuando era embestida por alguna de mis habituales pesadillas.
   Laura decía en ocasiones que era una soberana estupidez disponer de tres habitaciones en la planta de arriba, para que sólo acabasen usándose dos como dormitorios, desaprovechando una de las estancias de la vivienda para guardar bajo llave herramientas y otros utensilios para el mantenimiento de la casa y el jardín y que, por ello, sus padres no pudieran pasar la noche cuando acudían a visitarnos.

   Un sábado de diciembre, el ruido de un coche levantado los guijarros blancos del camino que accede a nuestra casa nos advertía de que alguien se acercaba a vernos. Observé al asomarme a la ventana y descorrer la cortina que aquella ventosa tarde de invierno traía a mis abuelos y a Laura que habían venido sin avisar. Mi tía se apeó del automóvil para abrir la verja, que mi padre solía dejar entornada, y que mi abuelo, que iba a los mandos del vehículo, lo introdujese en el jardín. El coche era de la misma marca y modelo que el de mi padre. Por lo visto, al heredarlo de mi abuelo Pepe, se encontró con dos automóviles idénticos y, sin ninguna necesidad de malvenderlo, se lo regaló a mi abuelo Emilio.
   —Andrés, ya que aquí no se celebra la Navidad, y dando por sentado de que no vas a querer ir a nuestra casa, podrías dejar que Violeta se viniera con nosotros    —solicitó mi abuelo mientras dejaba el abrigo en el perchero y se disponía a encenderse un puro dirigiéndose después en búsqueda de una copa para echarse coñac.
   —No, no se va a ir —contestó mi padre—, Violeta, ¿tú quieres irte a Cartagena en las vacaciones navideñas?
   Me encogí de hombros en vez de negarme por no herir los sentimientos de mi tía y, en parte, de mi abuelo.
   —Pero si es que le tienes el seso comío con tanta tontería sobre la religión y to’lo que tenga que ver con Dios, ¿por qué no fuisteis al cementerio el día de tos los Santos? —arremetió mi abuela—, a ver, niña, ¿es que no quieres bautizarte? ¿Quieres ser una atea como tu padre?
   Volví a mostrarme indiferente y muda, no por miedo a dar una respuesta que a mi abuela no satisficiera, sino porque me sentía abrumada por tanta pregunta y, en concreto, porque desconocía qué cambios iban a producir en mí ese bautismo que tanto mentaba.
   —Mira, Andrés —expuso mi abuelo—, nosotros vendríamos aquí para la Nochebuena si es que tuviésemos un sitio donde dormir luego, pero como tienes un dormitorio cerrado con llave para enredos… ¿No sería mejor que los trastos los dejaras en el patio y que esa habitación pudiera servir para las visitas?, ¡vamos, digo yo!
   —Si está cerrada es para que la niña no se haga daño con los utensilios, hay tijeras de podar, serruchos, martillos…
   —Pero vamos a ver, Andrés —interrumpió mi abuelo—, que tu hija toca el piano. No es una subnormal, no le va a pasar nada si dejas las herramientas guardadas en otro sitio, pero bueno, ésta es tu casa, no quiero yo…
   —Don Emilio, sabe que le respeto y su opinión me importa, pero por ahora, la habitación seguirá como está, cerrada. Respecto a estas Navidades mi pequeña estará conmigo.
   —Pero si para ti las Navidades no dejan de ser unos días cualquiera —replicó mi abuelo—, no celebras nada, seguirás oyendo ópera como siempre y me gustaría que tu hija viviese lo especial de estas fechas… el discurso del Rey en Nochebuena…, ver a los Martes y Trece en Nochevieja…
   —Como si mi hija entendiese algo de todo lo que usted ha mencionado. No tiene edad para reírse ni de los de Martes y Trece ni del Rey. Además, si no celebro las Navidades es porque en la Nochevieja de 1955 murió mi hermano; de acuerdo que apenas le conocí, pero el día de Navidad de 1978 nació Susana, nuestra Susana. No puedo celebrar nada en unas fechas coincidiendo con este recuerdo tan profundamente triste para mí. No es por aversión a una festividad religiosa como pensáis.
   —¿Y tu hija, qué tiene que ver con todo esto? —intervino mi tía—, ella no tiene por qué vivir en un estado de depresión permanente por el simple hecho de que su padre esté traumatizado.
   —Laurita, no te ofendas, pero no te inmiscuyas en este asunto, que sabes que te tengo mucho aprecio.
   —Por ahí no vayas, cuñado. Para empezar, tengo veinte años, por lo que deja de tratarme como si fuera una niña, y otra cosa te digo, a tu hija la quiero como si fuera mía, dormíamos juntas cuando ella estaba en Cartagena, y este verano igual, y eso que Violeta ¡desprende un calor con lo delgada que es…! Yo soy lo más parecido a una madre que ella conoce, porque tu hija, si fuera por ti, no sabría de otra cosa que de música clásica, de cómo se toca el piano, de cuáles son los mejores senderos para llegar al otro lado del monte y de cómo hay que cortar la leña, poco más.
   —No he querido ofenderte, Laura, y si lo he hecho, perdona; simplemente no pesaba que te fueras a poner en mi contra. Me he molestado porque dices que estoy depresivo, y yo opino que la depresión es la ausencia de motivaciones, yo ya las tengo: mi hija y la ópera. No intentéis quitarme por unos días a mi pequeña, que Violeta podrá estar perfectamente sin mí, pero yo no puedo estar sin ella.
   La conversación fue diluyéndose a otros asuntos que ya no recuerdo, y ni falta que hace. Quedé fascinada por aquellas palabras de mi padre. Una persona desaliñada, de aspecto rudo, de tez casi negra por tanto sol y una espesa barba que le hacía parecer un náufrago, que vestía incluso en invierno camisas de manga corta, algunas veces, desabotonadas —seguramente por las calorías que le aportarían sus enormes vasos de whisky—, pero que me había dicho que me necesitaba. Si alguna vez hizo algún gesto de queja o menosprecio hacia mí, si en alguna ocasión me gritó o me zarandeó se me olvidó para siempre aquella fría tarde.
   —Violeta, ¿me has dicho que encendiera la chimenea?
   Sacudí la cabeza afirmando. Mi padre únicamente la prendía si yo se lo solicitaba, de hecho, a él no le gustaba observar el fuego, le daba la espalda cuando comenzaba a llamear.
   —¿Se quedarán a cenar, no? —preguntó mi padre dirigiéndose a los adultos que nos acompañaban.
   Todos dijimos que sí. Estaba tan acostumbrada a contestar cada pregunta que escuchaba que me sentí estúpida afirmando que yo también me quedaría a cenar en mi propia casa, ante la afable sonrisa de mi tía Laura, la inexcusable risa de mi abuelo y la execrable carcajada de mi abuela.

Andrés I

   Podría empezar dándome a conocer, pero eso importa poco ahora, la historia que viene a continuación bien podría ser un extenso prólogo del manus­crito titulado: «La hija del leñador», escrito por Violeta Rosique, y que yo voy a intercalar dentro del mismo. Estas palabras no tienen otro objetivo que el de aclarar parte del pasado de su padre. Tal vez con ello puedan comprenderse algunos de sus actos.
   La familia de Andrés se instaló en Cartagena a finales de los años cincuenta del pasado siglo XX, eran agricultores de una pedanía del municipio murciano de Torre Pacheco. Pepe Rosique había convencido a su mujer para abandonar su pequeña localidad, no sólo en búsqueda de prosperidad sino como remedio para superar el fallecimiento de su hijo Antonio, nacido dos años antes que Andrés, al que una gripe se lo llevó a la edad de cuatro. La salud del mayor de sus retoños nunca fue buena, quizás tuvo marcado en su destino una defunción prematura, es posible que las cosas sucediesen porque así debiesen ocurrir. Dolores Marín Vivancos, su madre, enmudeció desde entonces, desatendiéndose para siempre. Murió tres años más tarde sin enfermedad aparente en su nueva casa de la calle Trafal­gar, un soleado día de diciembre de 1958, a un mes para alcanzar los treinta años, dejando a un niño de cinco y a un marido vaciado por las circunstancias y el tra­bajo.
   El hogar donde residía Andrés no poseía grandes lujos pero era espacioso, lejos quedaba aquella casa lóbrega de las afueras de Roldán que había sobrevivido varias generacio­nes. Tras la muerte de su mujer, Pepe se dedicó plenamente a sus verdulerías, las ocupacio­nes labo­rales propiciaron que acudieran al cuidado del pequeño una abuela y una tía de la fa­milia materna. Ambas, madre e hija, vestían uniformadas con vestidos negros y procedían de Balsicas, población donde había nacido Dolores y en la que se le había dado sepultura.
   No comprendía aquel niño, que jamás tuvo recuerdo de su her­mano, cómo la mujer que le dio la vida desapareció dando paso a aquellas decrépitas señoras     —aunque su tía Caridad no hubiese cumplido los veinticinco—, a las que apenas conocía y cuyos senti­mientos hacia él parecían ser una carga más que de la propia satisfacción que podría suponer el cuidado de un familiar desa­ten­dido.

   Cierto día, jugando al fútbol en el recreo, propinó un puntapié a la pelota con tan mala fortuna que vino a dar en los testículos de un contrincante de su misma clase. El compañero quedó encorvado por el dolor, y antes de que el causante del balonazo se acercara a disculparse, se incorporó maldiciendo: «Eres un hijoputa». El pequeño Andrés, al que a sus espaldas llamaban «el Huérfano», se lanzó contra el niño atizando patadas y puñetazos con furia hasta que varios estudiantes le redujeron. A la salida del colegio, un tal Lorenzo Ramírez, hermano mayor del agredido, co­nocido con el apodo de «el Funerario», esperó las instrucciones del pequeño escol­tado por media docena de chavales de su misma edad.
   —¡Este es Rosique! —acusó con el dedo el hermano menor.
   Nuestro protagonista no pudo hacer otra cosa que usar sus brazos como escudo, acuclillarse y esperar a que aquella tropa de adolescentes, dos cursos mayo­res que él, terminaran de pegarle ante un corro enorme de medio centenar de impasi­bles alumnos que observaron expectantes aquella paliza como postre a su aburrida jornada lectiva.
   Esperó despierto a que su padre llegara, cerca de las once, lacrimoso, trató de contarle lo sucedido implorando venganza ante aquella humillación sufrida. Pepe, lejos de consolarle, le interrumpió aludiendo que «las cosas de niños, se resuelven entre niños» concluyendo:
   —Hijo, la próxima vez te defiendes, no querrás que vaya a hablar con tus profesores con todo lo que tengo que hacer. Cuando hagas la mili no podré estar yo para defen­derte ni para hablar con tus superiores. La vida es dura, así que ve aprendiendo que yo a tu edad fumaba y me iba de putas.
   A sus diez años decidió que nunca más volvería a llorar delante de su padre.

viernes, 3 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 2

ACTO I

La hija del leñador

1

   Como el pájaro que cada mañana se posa en mi ventana y me contempla con detenimiento: siempre he querido volar, ser libre, que me admirasen desde la distancia sin que nadie pudiera atraparme. Nunca lo había conseguido, hasta hace bien poco.
   He cumplido condena en esta casa desde que mi padre me trasladó en mi remota infancia a esta especie de cárcel, coreada constantemente por música de ópera como triste banda sonora de mi vida. No sé si la reclusión a la que me he visto sometida durante años obedece a sus circunstancias. O a las mías.
   Calasparra, 19 de diciembre de 2004, mi nombre es Violeta Rosique Domínguez. Estas dos últimas semanas de mi vida han sido frenéticas, de la más delirante, a la peor de toda mi existencia. He recibido una noticia terrible hace unos días y, por ello, he tomado el diario que me regaló mi tía Laura cuando yo era una niña y que durante años me ha acompañado en las noches de soledad, basándome en él para la creación de este relato. En mi opinión, la historia que voy a narrar merece ser contada.

   Mi madre me trajo al mundo una mañana lluviosa de 1981, semanas antes de lo previsto, el calendario indicaba un jueves de febrero, cuatro días antes del famoso intento de Golpe de Estado español. En el 23F, los tanques y otros vehículos militares abandonaban con ritmo poco ceremonioso el Cuartel de España 18, muy cercano a nuestra morada cartagenera, generando preocupación a los vecinos de la zona. A todos, menos a mis padres. Yo me debatía entre la vida y la muerte dentro de una incubadora, y así estuve durante semanas.
   No poseía ninguna imagen mía anterior a los cuatro años, por lo que, prácticamente, no pude construir ningún recuerdo hasta esa edad, tampoco tuve fotos de mi madre o de mi hermana para asociarlas a un rostro concreto. Sólo las descripciones que de ellas hacía mi tía Laura contribuyeron a que lograse ponerles cara cuando aparecían en mis ensoñaciones.
   He crecido oyendo conversaciones imaginarias que mantenía mi progenitor con mi madre y mi hermana mayor. Solía hacerlo en los primeros años, siempre de noche. Ahora sé que estaría influido por la ingente cantidad de alcohol que mi padre con­sumía por aquel entonces, abocándolo a un trastornado mundo ficticio. Hacer memoria de cómo se respondía «quiero jugar con esta muñeca» imitando la voz de una niña me sobrecoge todavía hoy tanto como cuando le escuchaba cantar «Susanita tiene un ratón…» y sus palabras se terminaban quebrando.

   Mis primeras remembranzas son vagas y aisladas, casi inconexas, sé por lo que he podido recopilar por conversaciones con mi padre y mi tía que vivía en Cartagena, en una urbanización llamada El Rosalar, Tentegorra; en una fastuosa vivienda de inmenso jardín y preciosa piscina. Recuerdo a Lily, mi niñera, una mujer llena de oscuridad, de cabello cano y gafas de gruesos cristales que ampliaban unos apáticos ojos azules. Su acento lo recuerdo muy bien a pesar de los años. Proveniente de Francia, se casó con un militar cartagenero que pereció en unas maniobras en Chinchilla. Todos los cuidados y atenciones relacionadas con la comida y el aseo que recibí por aquella época no eran de otras personas que no fueran Lily o mi tía.
   No recuerdo que mi padre se ocupara de mí hasta que, a la edad de cinco años, nos mudamos aquí, a Calasparra. Él era alto, de gran corpulencia, con el abdomen prominente, aunque nunca lo hubiera definido como gordo. Una barba cubría su rostro, y mostraba una mirada ausente e inexpresiva, supongo que la propia de alguien que hubiera sufrido un suceso como el acaecido la mañana del 12 de septiembre de 1981, fecha que tengo más marcada que la de mi propio nacimiento. Aquel día mi madre y mi hermana desaparecieron calcinadas en un accidente de tráfico.
   Sospecho que aquella circunstancia propició con los meses que mi padre huyese de tan regia mansión y de la ciudad, aislándose en el hogar en el que todavía vivo hoy, una casa de campo camino del santuario: lóbrega, de pequeñas ventanas, solitaria y tranquila. Muy tranquila. Se decía que tenía en común con la casa de Cartagena, los cuatro kilómetros que distaban del bullicio urbano. Apartados de los estridentes cláxones de los automóviles y del murmullo de la gente del pueblo, se prefirió sin duda el canto de las cigarras y los grillos. Hoy sigue siendo para mí un enigma los motivos por los cuales mi padre eligió este lugar del que no tenía arraigo alguno, a cien kilómetros de nuestra familia y de su empresa. Lily intentó acompañarnos en nuestro particular retiro, pero se le negó argumentando que la distancia sería para ella un gran inconveniente. En Calasparra no tenía a nadie. «Tampoco en Cartagena», matizó mi niñera en una de las pocas frases que recuerdo de ella.
   Mis abuelos y mi tía, sin comprender la decisión de mi padre, accedieron a visitarnos en ocasiones, siempre en días que cayesen en fin de semana. Mi abuelo Emilio era bajito y calvo, de facciones rubias y ojos claros, decían que mi madre y mi hermana habían heredado sus ojos azules. De semblante serio que, según se contaba, no hacía justicia al carácter alegre de años atrás. Fue adoptando con el tiempo un estado melancólico y depresivo que acabó por prejubilarlo de Telefónica.
   —Andrés, ¿por qué te has venido tan lejos? —preguntó mi abuelo en una de esas visitas de domingo—, ¿es que no vas a seguir trabajando? Tienes que seguir adelante, pero este no es el camino.
   Mi padre parecía comprenderlos asintiendo, pero no se dejaba persuadir.
   —Y la cría —añadía mi abuela—, contigo aquí, solicos, ¿acaso estás capacitao pa’cuidarla?
   De luto sempiterno mi abuela rayaba el analfabetismo, aunque los que la cono­cían de tiempo creían que su intelecto se capuzó el mismo día que perdió a su primogénita y a la mayor de sus nietas, hecho del que culpaba a mi padre y en cierto modo a mí. Nunca fui de su agrado, y siendo yo muy niña ya realizaba insensibles comentarios comparándome con Susana: «¡Qué bonica era tu hermana!».
   Mi tía Laura se mantenía misteriosamente en silencio cuando discutían mis abuelos con mi padre, por su edad no se creería con la potestad para recriminarle nada a este. Exteriorizaba una gélida mirada, afligida por el sentimiento de culpa de no haber podido evitar que me separasen de ella, todavía en la tristeza, era la única persona de mi entorno que me sonreía con cierta frecuencia. Ella tendría unos diecinueve cuando me alejaron de sus besos, su cariño y comprensión. Estudiaba para ser profesora y podría describirla físicamente como de, cabello largo y rizado, y casi tan delgada como yo soy ahora. Unas finas gafas que utilizaba para leer le otorgaban un aspecto sereno y culto. Ya notaba por aquel entonces en el comportamiento de mi tía que las vicisitudes de la vida le habían hecho madurar anticipadamente.

   Evoco aquellos días en casa como tediosos, no se escuchaba otra música que no fuera ópera, salvo en los fugaces instantes en los que mi padre tocaba el piano o me impartía clases de este mismo instrumento en las que él acababa siempre perdiendo la paciencia. Nunca he sabido hasta ahora, que el trato tan severo con el que fui educada los primeros años de mi vida, respondía al comportamiento que mostré desde el día que nací.
   Acudir al colegio suponía, a la sazón, una efímera liberación del particular arresto domiciliario al que me vi sometida hasta aquel momento. Lo inicié con cinco años, aunque gracias a mi tía, mis conocimientos superaban los de mis compañeros. Mi peculiar rostro, sumado a haber sido la última en incorporarme al curso, contribuyó a que la adaptación a la clase fuese nula. Por ventura, la señorita Bermejo me protegió de aquellas bestias a las que sus padres calificarían de angelitos.
   Comprendí en aquel primer día de colegio por qué mi padre no daba paseos conmigo por el pueblo, por qué era tan reticente a que nos visitasen personas ajenas a la familia y por qué insistía en que no saliera de casa argumentando que el Sol podría dañar mi pálida piel. Creo que aquella soleada mañana él no se movió de la verja que daba acceso al centro escolar.
   —¿Qué tal lo has pasado? —preguntó.
   —Se han burlado de mí, papi —respondí entre sollozos.
   —¿Quiénes?
   —Mis compañeros de clase, me han llamado mofeta, pirata tonta y muchos insultos más.
   Me silenció abrazándome con ternura. Nunca lo había hecho así antes.
   —No quiero volver al colegio. Los niños son malos.
   —Hablaré con tu señorita, y no hagas caso de los niños, son estúpidos, hacen lo que creen que deben de hacer para integrarse en el grupo y no salir de la manada. Si eres diferente te atacarán o se reirán de ti. Tú eres especial, seguro que nadie sabe tocar el piano como tú; estoy convencido de que ninguno de ellos ha escuchado una ópera en su vida, a ti te encanta La Flauta Mágica, por ejemplo. Eres única, genuina, original… Que no se te olvide. Ellos, sin embargo, son borregos que hacen lo que ven del resto del rebaño.
   »Pero dame tu palabra, Violeta, de que no les dirás a esos niños lo que son, basta con que tú y yo lo sepamos. Si se lo dices, habrás comenzado a actuar como ellos, ¿prometido?
   —Prometido, papi —asentí casi sin voz.
   Recuerdo que mi padre, cuando hablaba en serio, no se dirigía a mí como una niña, empleaba un lenguaje incomprensible para mi edad. No sé si fueron exactamente esas palabras las que pronunció, pero con el tiempo he sabido con exactitud todo lo que intentó decirme aquella mañana de septiembre de 1986.
   Tomándome en brazos se adentró en el Colegio Nuestra Señora de la Esperanza el segundo día de clase con un semblante que invitaba a la huida. No escatimaba en fulminar con la mirada a todo aquel niño que se atreviera a posar su vista en mí durante más de un segundo. Pretendía con aquella actitud amenazante, advertir de con quién deberían vérselas si alguien se aventurase a ultrajarme. Habló con el director y con doña María Bermejo, mi profesora. Enseguida confié en la señorita de cabello rubio y expresión ingenua. No parecía a priori ostentar de la autoridad suficiente para defenderme de mis compañeros, pero no disponía de más opciones para sobrevivir en «la jaula». Se comportaba especialmente dulce y atenta conmigo. Se comprometió con mi padre a que ningún alumno continuaría vejándome en el colegio.
    Al tercer día no pude asistir al centro escolar: mi abuelo Pepe había fallecido.

   De él poseo un recuerdo vago de cuando residíamos en Cartagena, nunca se presentó en nuestra casa de Calasparra. Me consta que a menudo enviaba emisarios, supongo que empleados, con regalos, pero jamás se acercó a dármelos en persona. Mi memoria evoca un hombre de cabello cano y piel arrugada, aparentemente solitario y orgulloso. Prepotente como todo aquel que atesora poder, pero no tenía a nadie, sólo al Real Madrid que no se acordaría de él cuando muriese. El dineral que obtuvo con sus empresas no le sirvió para encontrar la felicidad, o al menos, eso es lo que a mí me contaban. Acabé sabiendo con el tiempo, que un lamentable comentario por parte de mi abuelo hacia mi padre terminó por separarlos, cuando un mes y medio después del terrible suceso familiar recibieron dos vehículos que encargaron meses atrás: «El Mercedes no me lo tienes que pagar, te lo dejo con la intención de que te recuperes pronto del sufrimiento causado por el accidente. Y a ver si empiezas a trabajar ya, que se te ha muerto una hija, pero te queda otra».
   En el mes de julio, mi abuelo que apenas contaba sesenta años enfermó, se dijo que no soportó ver otro mundial de fútbol en solitario, sin la compañía de su hijo con el que compartía únicamente la afición por la selección española. Una vez escuché que el exceso de trabajo y las interminables noches de soledad con el vino como único camarada acabaron consumiéndolo.
   Por primera vez atisbé un surco de lágrimas en el rostro de mi progenitor mientras conducía el vehículo que había originado el último y definitivo conflicto con mi abuelo en dirección a Cartagena. A mi corta edad sabía que aquella persona con la mirada puesta en la carretera se culpaba de lo sucedido. Lo enterraron en el cementerio de Balsicas, junto a la lápida de mi tío Antonio, que nació antes que mi padre y falleció con cuatro años, y al otro lado, la tumba de mi abuela que feneció poco después que su hijo, quién sabe si de pena.
   Aquella ventosa tarde de gota fría los paraguas no nos protegieron del diluvio que se precipitaba en todas direcciones. Entre los comparecientes unos pocos familiares y toda la plantilla de la empresa de mi abuelo cuyos comercios cerraron por defunción.

jueves, 2 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 1


OBERTURA

   Todavía no había cumplido los veintiocho, aunque, por los acontecimientos sucedidos en la última semana, su rostro había envejecido tanto que podría haber pasado por un hombre dos décadas ma­yor. Andrés se adentró con actitud serena hacia el interior de su finca a pesar del enérgico aguacero que se precipitaba aquella tarde de septiembre de 1981. Llevaba demasiadas jornadas deambulando sin rumbo fijo hasta que deci­dió regresar a su hogar. Su ropa estaba ensan­grentada; por suerte, el color negro de su traje podía disimularla, solo las gotas rojizas que se desprendían de sus prendas mojadas evidenciaban que había dado para mucho aquella semana en la que se halló incomunicado del mundo.
   Saludó con la cabeza a Lily, la niñera, asomada al otro lado de la ven­tana. Ella le abrió la puerta antes de que llamase y le devolvió el saludo con su particular acento francés, mirándolo de arriba abajo. Laura, una adolescente que apenas alcanzaba los quince años, se encontraba en el sofá, frente a la puerta de la vivienda, acunaba entre sus brazos a un bebé de unos seis meses.
   —¿Se puede saber dónde has estado todo este tiempo? —preguntó la joven—. Mis padres y tu padre están muy preocupados.
   —No me acuerdo. Llevo días sin dormir —respondió Andrés con voz áspera—. Voy a acos­tarme. ¿Dónde están tus padres?
   —¿Y esa sangre? —inquirió, examinando la ropa de su cuñado.
   —De unos animales que he tenido que matar, ¿cómo está Violeta?
   —Tu hija está bien, gracias a mi madre y a mí. Como podrás imaginar hemos es­tado muy ocupadas con ella.
   —Yo no podré cuidarla, dependo de vuestra ayuda. Y ahora lo que necesito es descansar.
   —Para eso estamos —repuso la joven—, para atenderla, pero si te vas de nuevo avísanos, hemos estado preocupados por ti. Recuerda, Andrés, y que no se te olvide, que todos estamos sufriendo con lo sucedido.
   Él zanjó la conversación subiendo a su dormitorio. No había transcurrido ni una hora cuando regresó al salón.
   —¿Dónde está Lily?
   —Lily se acaba de ir —respondió Laura—. Ha estado toda la semana tras la ven­tana esperando a que volvieses, me ha dicho que si quieres que siga al cuidado de la casa y de Violeta que la llames.
   —¿Por qué no me lo ha dicho a mí directamente?
   —Porque tienes la mirada de un loco, ¿es que no te has visto en el espejo? He llamado a mis padres, vendrán a por mí y a por tu hija cuando pare de llover.
   —De acuerdo, mientras esperamos voy a poner La Traviata. Era la ópera preferida de tu hermana.
   Laura asintió desde el sofá, mantenía el rictus serio y se le entreveía la extenuación de las últimas jornadas reflejada en las pupilas. Permanecía con su sobrina en brazos, entretanto observaba cómo Andrés insertaba el primer vinilo y elevaba el volumen del tocadiscos. Cuando comenzó a escucharse la Obertura él se dirigió a la cocina, la música ahogaba el murmullo de la lluvia aunque se podía apreciar el tintineo de unos cubitos de hielo. A pesar del aire húmedo del exterior, él se había vestido con unos pantalones cortos, una camisa sin abrochar y unas chanclas. Regresó sosteniendo un vaso colmado de whisky, bailoteando al ritmo de los iniciales fragmentos del primer acto, posó el vaso sobre el piano, situado junto a una de las paredes del salón, y adoptando la postura de bra­zos en jarra elevó la vista al techo como si quisiera dirigirse a alguien, son­rió irónicamente, parecía desafiante, como si en verdad tuviera la certeza de que algún dios, demonio u otro ser estuviese divisándolo. No se equivocaba: yo le observaba. Incluso conocía sus pensamientos.
   Al poco dio comienzo la melodía del fragmento Libiamo ne’ lieti calici —el brindis de La Traviata—, arrebató de los brazos de su cuñada a la pequeña y empezó a danzar con la criatura que se despertó aterrada; sin embargo no rompió a llorar, lo cual le resultó extraño porque desde que nació se irritaba fácilmente.
   —¿Sabes, hija?, tu nombre es Violeta, y es por esta ópera de Verdi. Tu madre, si nos estuviera viendo, seguro que se alegraría de que bailase contigo, pero yo te voy a pre­guntar, pequeño demonio, ¿por qué no lloras ahora, eh? ¡¿Por qué no llo­ras ahora?!
   La danza se había convertido en un fuerte traqueteo hacia el bebé, el rostro de Andrés se había transfigurado. Por suerte para la pequeña, su tía estuvo rápida y la arrancó de las manos de su padre.
   —¿Qué haces, insensato?
   Laura protegió con sus brazos a la niña y sin añadir palabra, salvo una breve alu­sión a la demencia de su cuñado, subió al dormitorio que solía utilizar en las temporadas que pernoctaba en aquella casa.
   Andrés quiso mofarse de ese comentario danzando solo en el salón, realizaba el majadero meneo con sus brazos de estar tocando un violín invisible, en tanto brincaba alternando las pier­nas evitando con los saltos pisar las líneas que separaban las losas. Acto seguido, se acercó al piano, cogió el vaso y lo bebió de un trago; con los cubitos casi derretidos volvió a añadir con vehemencia el contenido de la botella. En ese momento tronó con fuerza y comenzó a diluviar en forma de granizo.
   —Ya no necesito hielo —se dijo refiriéndose al vaso que sostenía mientras abría una ventana para que pudiera escucharse la música en el jardín de la mansión.
   Agarró una de las mecedoras, la arrastró hacia el césped con el whisky en la otra mano dejándose apedrear por la granizada. Se mecía al sonido de la música acompañada por la estruendosa tormenta. El conte­nido del vaso se enturbió al instante pero siguió bebiendo con milagrosa tranquilidad a pesar de que el líquido ya no era whisky y los pedruscos de hielo le estaban produciendo heridas.
   Laura observaba pasmada aquel aconteci­miento tras la ventana de su dormitorio, la abrió levemente e imploró a su cuñado un poco de cordura.
   —¿Qué quieres, que te caiga un rayo?, ¡entra a casa!, ¡hazlo por tu hija!
   Andrés giró la cabeza hasta donde ella se encontraba y realizó una son­risa inexpresiva.
   La tempestad duró diez minutos, pero él siguió meciéndose a pesar de las contusio­nes producidas por el granizo, únicamente se levantó para cambiar el vinilo, cuando el pri­mero, de los tres de la obra, llegó a su fin.
   —Tienes sangre en la frente, por favor no salgas de nuevo —dijo Laura, oteándolo desde la mitad de la escalera.
   Sustituyó el disco y aprovechó para rellenarse la copa que bebió casi de un trago an­tes de retornar al jardín; apreció que los pedruscos de hielo flotaban todavía en la piscina, se acercó y, sujetando el vaso con la mano izquierda, se dejó caer de espal­das al agua haciendo el gesto de crucifixión. La sangre que desprendía su cabello dejó una gran mancha rojiza sobre la superficie de la piscina que se diluía lenta­mente, mezclándose con hojas, ramas e insectos que flotaban sobre el líquido os­curo.
   Sería que visualizó su postura en forma de cruz sobresaliendo en el agua que volvió a adentrarse en casa con premura, dejando tras de sí un reguero acuoso desde la entrada hasta su dormitorio; agarró el crucifijo que presidía la pa­red sobre el cabecero de la cama, lo empuñó desde el lado inferior del tra­vesaño largo de la cruz, como si fuera un hacha, descendió corriendo las escaleras arrimándose al piano y lo estrelló varias veces hasta romper la figura de madera, abollando la superfi­cie del piano y dejando restos de astillas en sus dedos.
   —¡Yo me arrodillé ante ti! —gritó dirigiéndose al trozo de crucifijo que continuaba entre sus dedos—. ¡Yo me arrodillé ante ti!
   Con su mano izquierda apartó las diminutas partículas de madera incrustadas en varias de sus falanges, limpiándolas también de sangre. Su frente y extremidades superiores continuaban ema­nando el líquido rojizo cuando se postró junto al instrumento musical y diri­gió la mirada a la fragmentada cabeza del crucifijo exclamando: «¡¡Tu sufri­miento en la cruz no puede compararse con el mío!!».
   Y así repitió varias veces, hasta que el agotamiento derrotó a aquel ser abandonado por la suerte y por las personas que hasta ese día lo espera­ron con impaciencia.

   Durante meses, el cuidado de Violeta correspondió a su joven tía con la valiosa asistencia de sus abuelos maternos y el incesante apoyo de la niñera. Andrés se despreocupó de su hija, dejó de trabajar e incluso se podría decir que renunció a la vida. Su existencia carecía de sentido.

miércoles, 1 de agosto de 2018

La versión definitiva de «Mi hija y la ópera» en 39 volúmenes, y gratis


   De los varios proyectos literarios en los que estoy inmerso actualmente, uno de ellos era el de dejar la novela Mi hija y la ópera (publicada inicialmente por Editorial Dédalo en 2014) lo más presentable posible para futuras ediciones. He pensado compartir con todos los que la hayan leído, y los que no, toda la obra en 39 volúmenes (entre uno y dos capítulos por volumen) que iré agregando a este blog, de uno en uno, cada noche, a partir de mañana aprovechando que estamos en agosto y es un mes de «descanso» y disponemos de más tiempo para ese ejercicio saludable que es la lectura.

   Esta versión definitiva estará en Amazon (en formato eBook) a mediados de septiembre, y en papel... bueno, eso no está en mi mano. Pero para los que tengáis en formato papel la obra y queráis esta última versión os adelanto de que será totalmente gratuita. Ya corro yo con los gastos con tal de hacer una hoguera con las dos primeras ediciones impresas, je, je, llamadme loco.

   Para quien esté interesado realmente en la lectura de esta obra, mi sugerencia es que se suscriba al blog y así le llegará la notificación de cuando se agregue un volumen nuevo, porque las redes sociales no siempre "avisan" al momento.

   Gracias a todos de antemano.

domingo, 29 de julio de 2018

Bukowsky y "La máquina de follar"



   Después de un tiempo sin actividad voy a desempolvar este blog para comentar un libro que acabo de terminar de leer. No, no va a ser ahora un blog de reseñas literarias, conozco un sinfín de personas que ya hacen esto y lo hacen mejor que yo y no me seduce la idea de meterme en donde no me llaman.

   Aunque me encuentro en la obligación personal de hablar de este libro en concreto cuyo título es La máquina de follar, de Charles Bukowsky, y que su lectura ha sido recomendada por el gran escritor murciano Pedro Molina.

   Es una obra de 190 páginas con un título que podría resultar engañoso, porque aunque contiene en sus múltiples relatos historias de sexo es sobre todo un libro transgresor. Por un lado está el meramente gramatical, como el indebido uso de minúsculas, por ejemplo, tras los puntos. Por otro, y es el más llamativo para un lector convencional, es el de tener la capacidad de narrar la violación de una niña en medio de relatos que bien podrían tratarse de su biografía y adentrándose en la mente de “El malvado” en una narración omnisciente en tercera persona. La apología al alcohol es ciertamente patente, es raro el párrafo que no mencione una bebida alcohólica o que no narre una escena cuyos protagonistas se encuentren bajo síntomas de embriaguez. Luego está el lenguaje, y  ahí me recordó a las películas de Tarantino. Aunque, obviamente, si hay algún tipo de influencia sería, por cuestiones de antigüedad, de este segundo.

   El caso es que ha sido una lectura amena, con muchos momentos de humor. Un trabajo realizado por una incomprendida mente que a buen seguro escribiría siempre bajo los efectos del alcohol u otras sustancias. Pero deja un mensaje bien lúcido: El jodido mundo en el que vivimos. Frase que perfectamente podría haber parafraseado de Bukowsky. O de Pedro Molina, sin ir más lejos.