jueves, 11 de junio de 2020

Volumen 33 de «Mi hija y la ópera»



4

   Las jornadas transcurrieron implacables, el estado físico de mi padre nos revelaba que nos encontrábamos ante su inexorable fin. La máquina que le ayudaba a respirar producía un estridente sonido que impedía el descanso a todo aquel que procurase reposar en su dormitorio. De igual modo yo dormía la siesta sobre su cama mientras él, desde su mecedora, intentaba releer alguna de las muchas obras que atesorábamos en casa desde tiempos inmemoriales. Creo que ya ni leía, utilizaba el libro para dirigir su mirada y pensar. Otras veces lo cerraba, descorría la cortina y le echaba un vistazo al pueblo y quién sabe si a la infinitud del paisaje, meciéndose con suavidad. Yo solo abandonaba la habitación cuando Trini, la enfermera que le asistía, se adentraba para realizar su ingrata labor de limpieza. Conociéndole, debió ser humillante para él. No quiero imaginar cómo tuvo que sentirse cuando en ese mismo cuarto lo desnudaron y ataron a la pared durante días.
   Desde que Marisa supo que yo estaba embarazada no permitió que colaborase con ella en su comercio. Adujo que me encontraría mejor en casa, aunque yo creo que fue una manera de escapar del hogar al que solo venía para comer, cenar y dormir si es que acaso podía conciliar el sueño con el molesto silbido que originaba el aparato que proporcionaba oxígeno a su pareja. Mantuve en secreto lo del embarazo a mi padre, aunque poco a poco iba prosperando la idea de que él vería con buenos ojos que su genética no iba a interrumpirse conmigo. Confiaba en que en algún arranque de valentía aprovechase un momento propicio para informar al futuro abuelo de la existencia de una criatura que se gestaba dentro de mí antes de que fuese demasiado tarde.
   El día 19 celebré, casi a solas con mi padre, el vigésimo cuarto aniversario de mi nacimiento. Fue un acto apagado con el que pretendimos diferenciar aquel sábado de los tediosos días de febrero. Él no salía de su dormitorio y supongo que por aquel entonces ya asumía que jamás bajaría las escaleras con vida. Por ser una circunstancia especial le subí un vaso de whisky, algo que tenía más que prohibido, no por la enfermedad, sino para evitar reducir los efectos de los medicamentos. Yo no tomé alcohol, ni podía ni me apetecía, comí unos dulces que había comprado Trini para la ocasión. Pese a caer en fin de semana Marisa no pudo acompañarnos, alegaba mucho trabajo atrasado en su taller lleno de lienzos, marcos y tristeza. Como iba siendo frecuente en aquellos últimos días regresó al hogar tarde; tanto, que ya dormitábamos en nuestras respectivas alcobas. Trini comenzó a pernoctar en casa, decía que estaba tan agradecida por la generosa remuneración y a la cordialidad con que la tratábamos que no le importó carecer de tiempo personal. Aquella mujer soltera de cincuenta años, tez clara y mirada servicial se había convertido en pocas semanas en alguien más de la familia.

   Mi padre exigió a su pareja un último acontecimiento, este coincidiría con el 9 de marzo, cumpleaños de Marisa. Ella no quería hablar de celebraciones y menos aún si se trataba de algo tan macabro como el de juntar una fiesta con una despedida, puesto que él procuraba convencerla para aprovechar el evento como un adiós en vida a sus allegados, algo que solo tienen el privilegio —decía este— aquellos que son conocedores de su inminente final. Durante los días que transcurrieron hasta esa fecha solo extraigo la siguiente conversación con mi padre, un diálogo, a priori, irrelevante pero que ahora considero como trascendental, de tal manera que marcó el devenir de los meses posteriores a su marcha.
   —Cuando muera —dijo con voz débil—, vete a un sitio que esté cerca de la costa.
   —Yo soy de aquí, padre. Me gusta este lugar.
   —En este sitio siempre hemos sido desconocidos, eres una persona con una sensibilidad especial, vende esta casa y compra una que tenga vistas al mar, te ayudará a escribir, a componer piezas de piano, a ver la vida de otro modo. No quiero que te quedes aquí, tengo enemigos que seguirán siendo tuyos.
   Interpreté aquellas palabras como una advertencia promovida por el temor a que me sucediese algo similar a lo que le ocurrió en aquel mismo dormitorio mientras yo me encontraba en Estados Unidos.
   —Venga, descansa —susurré.
   —Violeta, tienes que llamar a Cristóbal, a nuestro asesor, él te informará de qué es lo mejor para tu economía. Como sabes, heredarás un patrimonio que te permitirá vivir con tranquilidad. Solo te pido que si vendes algo que sea para comprar otra cosa, que el dinero en las manos se acaba pronto.
  —Que sí, pesao —afirmé cansada de hablar con naturalidad sobre algo tan doloroso.
   —¿Quién va a venir para el cumpleaños de Marisa?
   —Pues espero que todos a los que he llamado, el problema es que cae en miér­coles y no sé si todos los invitados podrán asistir. La tía me ha dicho que ella y Alberto lo tienen complicado, si Marisa no tuviera esa manía de hacer la celebración el mismo día de su cumpleaños…
   —Hija, yo opino lo mismo que ella, no se debe celebrar en otro día que no sea el señalado en el calendario. Todos los días tienen su lado bueno y su lado malo, si quisiéramos hacerlo todo los sábados o los domingos se estaría discriminando a las personas que trabajan en esas jornadas.
   —Que sí… papá…
   Lo silencié con un beso en la frente. Su expresión famélica era desgarradora, el resuello de su respiración me infundía desasosiego, más cuando constataba cómo apuraba indignamente las últimas fuerzas que la naturaleza le había concedido. Me senté en la cama para observar su manera de dormir, él levantaba los párpados en ocasiones con un rostro privado de los colores que exteriorizan salud. Recordé mi niñez y adolescencia aquella tarde mientras mi padre intentaba conciliar el sueño y ganar, durante un momento, la batalla al dolor.
   Nací en el seno de una familia perfecta, tenía una madre y una hermana de las que jamás he tenido ni una imagen borrosa como recuerdo. Vivíamos en una casa de ensueño en Cartagena. Un maldito día de septiembre nuestra vida cambió para siempre, ellas quedaron enjauladas en el interior de un automóvil. Todavía se hallarían con vida, en el habitáculo del coche transformado de improviso en un inaccesible amasijo metálico, cuando el camión que las aprisionaba explotó. ¿Qué habría hecho mi hermana, aquella bella e inocente criatura de dos años y medio, para merecer tal fin? ¿Y mi dulce madre que me dio la vida y no se separó de mi incubadora hasta que la abandoné? ¿Acaso estarían pagando con ese castigo del destino los errores personales de una vida anterior?
   Ninguna de las dos tuvo en cualquier caso peor desenlace que mi afligido padre. Durante larguísimos veintitrés años y medio había convivido con la pesadilla de sobrevivir a su amada mujer que originó su afición a la ópera, y a una hija que, ejerciendo de orgullosa hermana mayor, me sostenía en brazos cuando yo solo tenía seis meses. Una inefable amargura con la que se vio obligado a lidiar para poder cuidar de mí. Aquel hombre cuyo cuerpo, en contra de sus deseos, combatía por unos días más de vida en una contienda de antemano perdida con la muerte, era mi única familia. Cuando pereciese ya no tendría a nadie, salvo lo que se estaba engendrando en mi vientre que sería mi garantía para salir adelante.
   Reminiscencias de toda una existencia me sacudían incansables como olas en la orilla mientras luchaba en mi personal guerra contra el cansancio. Podía agruparlas en unas pocas: el piano, la música, la soledad del hogar… junto al perseverante recuerdo de las tumbas, las de mis abuelos y, en especial, la losa que cubría los ataúdes de mi madre y mi hermana, con el mármol helado y sucio por la tierra que era movida por el viento eterno y las hojas marchitas caídas de los árboles del cementerio con su particular danza sobre las lápidas. Solo yo reparaba en aquel singular baile y quién sabe si los muertos desde la infinitud del tiempo, creyén­dose olvidados. La existencia de mi progenitora y sobre todo la de mi hermana apenas habría dejado huella en el mundo, excepto para mí, que sin conocerlas, derramaba lágrimas saladas en un llanto silencioso y de impotencia mientras contemplaba a mi padre que, en su duermevela, abría los ojos para cerciorarse que, en efecto, aún permanecía con vida.
   Andrés Rosique Marín agonizaba ante mí. No era una persona cualquiera de entre todas las que hayan podido existir en la historia de la humanidad, era el ser que lo sacrificó todo para que yo sea ahora quien soy. Me sobrevenían remembranzas de largos paseos por la montaña de la que nunca nos separamos en toda nuestra estancia en Calasparra, y de interminables diálogos que concluían sin que me diera una sola respuesta que satisficiera mis complicadas preguntas existenciales. Y un recuerdo nostálgico de mi niñez surgía con nitidez, destacando sobre cualquier otro, era la evocación de una tarde en una loma cercana, con nuestros pies colgados desde un montículo que asomaba a un barranco, donde presenciamos el más bello de los atardeceres sobre el pueblo.
   —¿Por qué lloras? —musitó mi padre, extrayéndome del ensimismamiento.
   —No puedes morirte, te necesito —imploré arrodillándome junto a su mecedora mientras lo abrazaba.
   —Tranquila, que hasta que no se celebre el cumpleaños de Marisa no puedo irme. Cuando lo celebremos me despediré de todos, menos de ti.
   —¿Qué quieres decir?
   —Ya no quiero que Marisa se quede con nosotros. Además, hace meses que ya no me comporto como un hombre con ella.
   —¿Y eso qué tendrá que ver?
   —Nuestra relación no ha sido otra cosa que eso. Mi compañera siempre será tu madre. Marisa lo ha sabido desde el principio, y no quiero morir entre sus brazos.
   Yo movía la cabeza en señal de negación por el conflicto interno de desconocer si lo que me decía era cierto, o que tal vez sospechaba de su pareja del mismo modo que yo había recelado de ella en los últimos meses.
   —Dejará esta casa después de su cumpleaños, pero no quiero que perdáis el contacto —continuó para evitar suspicacias—, solo que no me apetece que vea cómo me sigo deteriorando, es una cuestión de… ¿cómo se dice?... ¿de orgullo?
   Habilitamos el dormitorio de mi padre para que los asistentes a la celebración pudieran subir y charlar con él a la vez de que pudieran tomar un bocado. Enchufamos una pequeña nevera junto a la ventana y ubicamos en el centro una mesa repleta de bocadillos y platos con aperitivos. Pedro fue el primero en llegar, se sentó en la cama frente a la mecedora. Delante de mí y con todos los eufemismos que era capaz de utilizar, informó a mi padre de que los que le habían hecho daño se encontraban entre rejas. No tuvo respuesta alguna, su amigo estaba incómodo de que la conversación pudiera adoptar un lenguaje más conciso y que yo pudiera enterarme de algo que él creía que desconocía. Pedro se mantuvo callado el resto de la velada sosteniendo una copa de cerveza con su congénita elegancia, asomado a la ventana de la habitación, vislumbrando la espléndida panorámica que ofrece el pueblo en lontananza.
   Oteé junto a Pedro la llegada del vehículo de Isabel que se adentraba en el carril. Ella y su hermana no podían faltar a la celebración del cumpleaños de su madre. Vinieron de Murcia con el propósito de hacernos compañía un rato e irse de inmediato. Alegaban asuntos estudiantiles que, por lo que contaban, no les daban tregua. Una chica les acompañaba, se llamaba Lucía, era una compañera de piso —según me informó Marisa—; vestía con pantalones militares y camiseta de tirantes que junto con un pelo corto y puntiagudo ajaba su nombre y femineidad. Ni siquiera subió a conocer a mi padre, aunque fuera por la sombría curiosidad de contemplar a un moribundo. Permaneció en la puerta de casa todo el tiempo, fumando con la misma celeridad y frecuencia en sus caladas con que escupía; se tocaba la entrepierna a lo Michael Jackson aunque con bastante menos apostura, más bien se asemejaba a un legionario abandonando un prostíbulo, rascándose sus genitales infestados de parásitos. Mi atención se centró después en unas amistades de Marisa, unas vecinas por lo que deduje, las cuales cesaron sus carcajadas cuando accedieron a la habitación, con semblante de pésame saludaron al agonizante sin conceder siquiera un minuto para batirse en retirada.
   Los últimos en llegar fueron mis tíos y mi primo. Los tres cumplieron con protocolo, era una despedida en toda regla sin omitir palabras dolorosas. Alberto le dio dos palmaditas en el hombro y con mirada compasiva le dijo que fuese fuerte, luego obligó a su hijo a que le diera un beso a aquel ser humano que parecía un cadáver. Bajé con mi tío y mi primo a la cocina, saqué del frigorífico un refresco para uno y un zumo de piña para el otro que estaba a poco de cumplir cuatro. El niño se fue a corretear por el salón y a pulsar sin discriminación las teclas del piano. Aprovechando la intimidad que nos ofrecía la cocina Alberto me confesó algo.
   —¿Sabes, Violeta?, cuando conocí a Laura supe por su mirada que tenía en mente a otro hombre. Durante meses pensé que era su forma de ser, hasta el día que vine a esta casa. Entonces comprendí que tu tía estaba enamorada de tu padre. Pensarás que estoy loco, y no me gustaría que saliese esto de aquí, pero estoy convencido de que ellos tuvieron algo, y si no sucedió nada sería porque el respeto al alma de tu madre lo impidió.
   —Alberto —expresé con serenidad—, cuando era niña le pedía a mi padre que se casase con la que ahora es tu mujer.
   —En verdad solo quería decirte que lo sabía. Laura y yo nos queremos mucho, de hecho, ahora te lo dirá, vamos a ser padres de nuevo. Pero todo lo que te digo no me libera de la vieja sensación de haberme sentido como un segundo plato. Nunca he hablado de esto con ella porque sé que me lo negaría. Pero los ojos no mienten, y he sido testigo de cómo se miran.
   Contemplé de arriba abajo a Alberto, me pareció un desequilibrado que pretendía demostrar estar al corriente de cualquier infidelidad de pensamiento de su cónyuge hacia su cuñado, aunque se tratase de celos retrospectivos. Cuando fui de nuevo al dormitorio Laura era la única compañía junto a mi padre, el revuelo de mi primo trasteando el piano y el sigilo con que subí las escaleras contribuyeron a que mi tía no advirtiese mi presencia. Entonces escuché una frase que le otorgaba credibilidad al mensaje de Alberto:
   —Andrés, si tú hubieras querido…
   Distinguí desde la puerta que él negaba con la cabeza sobre la mecedora.
   —Recuerdo que me enamoré el día que te conocí, yo era una niña. Te casaste con mi hermana, aunque yo te seguía admirando en la distancia, como un amor platónico, pero cuando tuvimos la oportunidad de compartir la vida, juntos, con tu hija, la niña a la que dediqué toda mi juventud, me despreciaste.
   Mi respiración me delató, mi tía guardó la compostura besando en la frente a mi padre y secándose las lágrimas anunció:
   —Estoy embarazada.
   Aquel podría haber sido un buen momento para añadir «yo también», pero ninguno de los dos les habría concedido crédito a mis palabras.
   —Hasta siempre, Lauri, que sigas siendo muy feliz —balbuceó con la voz descompasada por ausencia de oxígeno.
   Ella le besó la mano y le acarició el cabello, dejó la habitación a paso ligero rompiendo en sollozos.
   —¿Cuántos quedan en casa? —atinó a preguntar con la mirada perdida—, ¿me puedes poner alguna de Puccini?
   Bajé en cuanto comenzaron a sonar los primeros compases de Tosca. Se habían ido casi todos, incluso Isabel, con la que no me crucé más que unos breves vocablos de salutaciones. Aquella bella idiota no era merecedora de los sentimientos que me originaba; no obstante, el simple hecho de sentirla cerca me cosquilleaba el estómago. El silencio generado por la ausencia de invitados solo era roto por el bisbiseo de Pedro y Marisa en el interior de la cocina. Me acerqué hasta donde se encontraba el dúo para sorprenderles con una mirada cómplice que ambos se regalaban. Él estaba sentado sobre la encimera mientras ella preparaba café. Ambos bajaron sus abochornados ojos en cuanto se percataron de mi aparición. Fue entonces cuando todos mis auspicios se convirtieron en una terrible convicción. Ellos podían reprimir sus emociones delante de todos e incluso fingir una confraternización con el propósito de hacer más llevadera la enfermedad de mi progenitor, pero yo sé cómo se miraban, como los ojos anhelosos con que yo contemplaría a Isabel. Los mismos que señalaba Alberto, refiriéndose a mi tía hacia mi padre.




miércoles, 10 de junio de 2020

Volumen 32 de «Mi hija y la ópera»



3

   La salud de mi padre mermó tras la visita de su buen amigo Paco. A partir de entonces convirtió la planta superior de nuestra vivienda en una especie de fortaleza donde descansaba, se aseaba y escuchaba música. Si bajaba las escaleras era para comer algo. Atribuí a la ansiedad que me producía la enfermedad de mi progenitor cuando somaticé el estrés con dolores en el vientre y en los pechos, incluso no me extrañó que la menstruación se demorase al estar padeciendo en mis carnes el declive físico de la única persona que ha estado junto a mí desde siempre. Por las mañanas, la congoja y la tortura psicológica a la que estaba siendo sometida me producía náuseas, de tal manera que casi siempre acababa por provocarme el vómito. Toda aquella sintomatología no me atormentaba en comparación a la posibilidad de haber quedado encinta, porque aunque fuera remota la probabilidad, existía un exiguo riesgo de concepción por aquel par de minutos donde el puertorriqueño de dientes separados descargó su líquido entre mis piernas la estúpida noche en que pretendí demostrar a Isabel un ilusorio desapego hacia ella.
   Debía enfrentarme a la realidad, por lo que decidí hacerme una prueba de embarazo, de esas que miden las hormonas en la orina, antes de ir al médico y pasar por el mal trago de contar una historia inverosímil a una persona que me conoce desde niña. Aproveché que me tocaba trabajar en el comercio de Marisa para acudir esa misma mañana a la farmacia del pueblo que menos había visitado en esos últimos años. Adquirí un test de embarazo de los que prometían una fiabilidad del noventa y nueve por ciento de acierto en caso de ser resultado «positivo». Cerré con llave desde dentro de la tienda aprovechando la tranquilidad y discreción que me ofrecía el establecimiento de la pareja de mi padre. Esperé unos minutos con la puerta cerrada al público y allí constaté el resultado del test que no vaticinaba ni el más fatídico de mis augurios.
   Mareada por los acontecimientos, que como las olas de un tsunami me batían inclementes, me acerqué al mismo inodoro donde había estado sentada minutos antes y vomité todo el desayuno y buena parte de mis jugos gástricos. Bajé la tapa, aturdida y empapada de gélido sudor, y apoyé en ella mi cabeza. Sin haberme desmayado nunca, intuía que estaba a punto de perder el conocimiento. El sonido cadente de unas llaves impactando en el cristal del escaparate me extrajo del desfallecimiento. Abandoné el cuarto de baño efectuando un gran esfuerzo para recuperar la estabilidad, llamaba la chica de la tienda de regalos que sostenía junto a la puerta el cuadro que, días antes, dijo que llevaría para enmarcar. Abrí sin preocuparme demasiado por mi aspecto.
   —Encarni, no está Marisa, deja el cuadro y yo le digo ahora que has venido. De verdad que no te puedo atender, no me encuentro bien.
   —No, si ya se te ve, tienes la cara blanca, ¿has vomitado?
   Miré mi camisa y advertí que desde el cuello hasta los faldones se encontraban restos a medio digerir de una tostada con tomate de color café con leche.
   —¿Necesitas ayuda? —dijo posando la pintura sobre el mostrador y ayudán­dome con uno de sus brazos a que me mantuviera erguida.
   —Si me llevas a casa me harías el favor de mi vida —imploré entregándole las llaves de mi Ford Focus.
   —Mira qué suerte, yo conduzco uno igual, ¿vives en la subida del santuario, verdad? —dijo mientras bajaba las persianas de la tienda.
   —Sí, te indico el camino.
   —¿Te ha sentado algo mal? —preguntó mientras arrancaba el coche.
   —Sí. Esto —respondí mostrándole el dispositivo que indicaba mi preñez sin casi margen de error.
   —¡Enhorabuena!
   —No ha sido buscado, Encarni, es el alto precio que he de pagar por la enorme cantidad de tonterías que he cometido en el puto viaje a Nueva York. Ojalá nunca hubiese ganado ese maldito concurso, cuando regreso mi padre se está muriendo, me enamoro de alguien que nunca me corresponderá y, para colmo, vengo gestando una criatura de un tipo que vive a miles de kilómetros de distancia que ni se acordará de mí, y de cuyo aspecto tampoco es que yo conozca mucho más salvo que es tan alto como negro, regentaba un local llamado Copacabana y, eso sí, es un artista con el piano. Gira ahora por aquí —indiqué con una energía recuperada señalando una calle que atajaba el trayecto.
   Encarni condujo mi automóvil con los ojos puestos en la carretera, seguro que se preguntó por Antonio, nuestro amigo común, y por las razones por las cuales yo había cometido tales disparates, pero no abrió la boca. No la conocía mucho, tan solo de algunas noches coincidiendo por la peña, en las fiestas de los encierros y algún que otro encuentro casual por las calles de Calasparra, pero sabía que de los labios discretos de aquella chica de cabello corto medio rojizo y de mirada serena no saldría nada.
   —Ahora le pido a Marisa que te acerque al pueblo. Tuerce a la derecha —señalé metros antes de alcanzar el carril que confluía desde mi casa—. Por favor, no le digas a nadie que estoy embarazada.
   Introdujo mi vehículo en el interior de la parcela, le agradecí con una sonrisa cansada tal atención. Marisa salió de casa desconcertada, y luego, desde su coche, llevó a Encarni a Calasparra. Al poco regresó a nuestro domicilio, yo ya le había contado de mi indisposición para trabajar, ella prefirió dejar su comercio cerrado por un día, inquietada por el deplorable aspecto con que había llegado subió hasta mi dormitorio para interesarse por mi salud.
   —Hoy tendré que cuidar de los dos —expresó al verme echada sobre la cama sin desvestirme—, ¿tienes fiebre?
   —No, he tenido un pequeño mareo y no me veía capacitada para conducir.
   —Sigue tumbada y descansa un poco.
   —Marisa.
   —Dime.
   —Necesito un abrazo tuyo.
   Ella me lo dio con cierta distancia.
   —Deberías cambiarte la camisa.
   —¿Sigue mi padre durmiendo? —pregunté mientras me ponía un pijama.
   —Sí, pobrecico, la medicación que está tomando lo deja somnoliento. Pero es que si no se la toma se queja de que le duele un sitio u otro. Prefiero verle dormir.
   —Marisa, estoy embarazada —anuncié sin preámbulos.
   Durante unos segundos el estupor de su mirada se convirtió en inexpresiva, creyó que bromeaba.
   —¿Qué has dicho? —inquirió tras sondear mi semblante.
   —Me he hecho un test de embarazo. Ha dado positivo.
   —¿Pero de quién, a ti no te gustaban…?
   —¿Que si me gustaban qué?
   —Nada, hija. ¿Quién es el padre?
   Haciendo alarde de fantasía e improvisación le narré una idílica velada con un tal Andrew que poco se asemejaba a lo acontecido aquella noche.
   —Violeta, entre todos vamos a matar a Andrés a disgustos, él no se va a morir de cáncer, él nos va a dejar por todo lo que está sucediendo en este tiempo, pero ¿en qué estabas pensando?
   Estuve a muy poco de confesarle, mirándole a los ojos, que lo sucedido tuvo su origen en un despecho hacia Isabel.
   —¿Recuerdas cuando esta Navidad no quería probar el vino, que dije que nunca más iba a tomar alcohol? —pregunté a Marisa.
   —Sí, claro que me acuerdo.
   —No lo dije sin motivo —reconocí añadiendo sinceridad a lo que ya le había contado—. La noche que supuestamente fuimos a presenciar el musical Chicago yo no estuve, fue tu hija sola. No me preguntes cómo pero acabé tocando el piano medio borracha en un local muy famoso de música caribeña. Todavía no sé por qué acabé en la cama con él, supongo que porque no paró de adularme, algo de lo que nunca estaré acostumbrada, al igual que al alcohol. Aquello fue un cóctel explosivo, porque aquel hombre me trató como a una princesa.
   —¡Qué insensatez!, ¿acaso no sabes que hay que tomar precauciones?
   —Marisa, ¿tú piensas que una persona con esta facha tiene que llevar un preservativo en el bolso por si se le ocurre follar con alguien? —grité.
   —Calla, que te va a escuchar —susurró refiriéndose a quien se encontraba en el dormitorio adyacente—. ¿Qué tienes pensado hacer?
   —No puedo interrumpir la gestación de una criatura que crece dentro de mí.
   —No me parece la mejor idea, ¿y tu padre?
   —Por ahora no se lo voy a decir. Si él está vivo para advertir el crecimiento de mi barriga, y eso espero, se lo anunciaré.

   Pocos días después de aquello nos visitó una ambulancia, a mi padre le costaba respirar. Pasé junto a él toda la noche en el hospital y al día siguiente exigió que se le diera el alta voluntaria regresando a casa con una aparatosa máquina de oxígeno. Marisa contrató los servicios de una antigua enfermera de ese mismo Hospital del Noroeste para que, a partir de entonces, atendiese a su pareja en las tareas menos dignas, entrambas sabíamos que era cuestión de tiempo que este necesitase asistencia continua en quehaceres que él se negaba en rotundo a que nosotras realizásemos. Pedro nos hizo una visita en aquellos días para informarnos a Marisa y a mí (a mi padre no le mencionamos nada) de que habían detenido a Juan, el Chapicas, Manuel, el Nazi y al Negro por asuntos turbios que iban desde la venta de drogas, a la tenencia ilícita de armas y robos con intimidación. Delitos que —según él— los mantendrían mucho tiempo en la sombra. Una intuición me decía que Pedro había dado uso a sus contactos en el ayuntamiento y la policía para, de alguna manera, saldar una deuda pendiente con su amigo.




martes, 9 de junio de 2020

Volumen 31 de «Mi hija y la ópera»



2

   Las Navidades transcurrieron en el estado taciturno que presagiábamos. Pedro acudió a casa la noche de fin de año, fue una de sus últimas visitas. Las hijas de Marisa comparecieron igualmente a tomarse las uvas con nosotros, también vinieron antes para conmemorar la Nochebuena. En ninguna de las dos noches pude establecer una conversación con mi idolatrada Isabel que me acercara un poco a ella. Alguna mirada a hurtadillas en sendas cenas ponía de manifiesto que volver a acariciar su piel sería una quimera mientras yo fuese para ella la encarnación de una estupidez perpetrada en una noche etílica. Solo mi tía, que estuvo al corriente del padecimiento de mi padre, se encargó de llamarnos con frecuencia manifestando su intranquilidad por la evolución de la enfermedad.
   Pese al inexorable advenimiento de su muerte, él intentaba continuar con su rutina que solo interrumpía cuando tenía que atender alguna visita. Sus largas expediciones por el monte se habían convertido en pequeños paseos por el carril en bata y zapatillas. Las intensas sesiones de poda de árboles y corte de leña fueron cambiando a la selecta recolección de flores y a la arrancada, hoja a hoja, del follaje marchitado y otras malas hierbas. La botella de cerveza que en otros tiempos liquidaba en cada comida había dado paso a una pequeña copa de vino. Y la voracidad con que masticaba y engullía desapareció siendo ahora un comensal de poco espíritu que parecía comer con asco. Incluso en sus costumbres musicales se pudieron apreciar diferencias, redujo la batería de títulos con los que maravillarse para apenas escuchar una variedad no superior a veinte obras entre las que se encontraban sus intocables: Puccini, Verdi y Mozart, junto a alguna obra de Wagner, Mascagni, Bizet y Rossini. No quería desaprovechar sus últimos momentos de vida con alguna ópera que no se encontrase entre sus favoritas.
   Fue a mediados de aquel enero, casi catorce años después de haberle visto por última vez, cuando se me ocurrió la idea de que mi padre podría reencontrarse con su viejo amigo Paco, persona a la que en mi infancia llamaba padrino. Se enemistaron por asuntos de trabajo en julio de 1991, y por orgullo dejaron de verse. Desconocía si aquel hombre fiel que conocí de niña albergaba todavía rencor hacia la persona que el destino imposibilitó que fuese su compadre, y aún a riesgo de que mi progenitor, en su testarudez, conservara algún resentimiento dirigido a quién tildó de desagradecido, me organicé para buscar un encuentro entre ambos y saldar una deuda pendiente con sus vidas. Pretendí sorprender a mi padre, por lo que me pondría en contacto con Paco: le comunicaría la enfermedad que estaba sufriendo su amigo, así bajaría la guardia ante una remota animadversión y cuando él se ajustase a la cita, le indicaría que debería fingir un encuentro casual por las calles de Calasparra y una vez escudriñada la respuesta de mi padre nos iríamos a casa a celebrar «tamaña coincidencia» (en el caso de que la reacción fuera positiva). Cogí un viejo dietario del año 1997 que se usaba como listín telefónico. Confiaba en que hubiera actualizado sus datos en aquella agenda muy posterior a la última vez que se vieron. Rebusqué su nombre mirando primero por la letra efe, de Francisco; no apareció ninguno que se apellidase Martínez. Más tarde indagué por la letra pe, y ahí encontré su nombre perdurando en el tiempo: Paco Martínez Nova. De inmediato efectué la llamada:
   —¿Diga? —atendió una voz femenina de edad madura.
   —Hola, ¿está Paco? —pregunté sin acordarme de que el nombre de su esposa era Consuelo, sospechando que era ella quién estaba al otro lado del auricular.
   —Sí, ¿de parte de quién?
   —De su ahijada —anuncié enfática.
   —¡Ah, hola! —saludó confusa.
   Escuché al otro lado del teléfono un bisbiseo entre ella y su esposo.
   —¿Alicia? —preguntó una voz intrigada y cansada.
   —No, no soy Alicia, ¿eres Paco?
   —Sí. Es que… perdona, mi mujer está medio sorda y me ha dicho que la que llamaba era mi ahijada, y como mi única ahijada se llama Alicia… Además, me ha parecido muy raro que mi sobrina de diez años preguntase por mí.
   —Padrino, recuerdo cuando me decías que yo siempre sería tu ahijada aunque no estuviera bautizada.
   —¡Violeta! —exclamó Paco tras unos segundos de desconcierto.
   —¡Cuánto tiempo sin escucharte! —respondí.
   Una extensa pausa silenciosa imperó entre nosotros, interrumpida por la pronunciación de su nombre que repetí dos veces con entonación interrogativa.
   —Perdona, hija, es que me he emocionado al oírte, pensé que nunca más íbamos a hablar tú y yo. Desde que murió mi hermana… cualquier situación emotiva me arranca una lágrima.
   —Lamento lo de tu hermana —expresé sin saber de quién hablaba.
   —Y, ¿a qué se debe esta llamada?
   —Mi padre se está muriendo.
   —Vaya, ¿te ha dicho que me llames?
   —No. Él desconoce que yo fuera a ponerme en contacto contigo, pero sé que tú has sido su mejor amigo durante muchos años y he sido testigo de lo que le apenó que os distanciaseis. Si no hubiera sido por la soberbia que cada uno tenéis…
   —Con el tiempo he sabido que me enfadé con tu padre de manera desproporcionada, él vendió la empresa a unas personas sin escrúpulos, pero lo hizo por salvar al personal, yo no quería reconocer que mi gestión había dado lugar a aquella venta. Me comporté como un ingrato, al fin y al cabo él me dejó de encargado de sus comercios, dirigiendo a mucha gente. Puedo entender que no haya querido saber nada de mí.
   —Estoy convencida de que le agradará verte, he conseguido tu número de una agenda del año noventa y siete, si escribió en el nuevo listín tu nombre sería por algo.
   —Eso no quiere decir mucho, yo tengo números en mi dietario a los que no he llamado en años —dijo entonándolo de tal modo que no me resultó impertinente.
   —Bueno, tengo urdido un plan para que os podáis ver sin que él pueda negarse —anuncié para después contarle todo el designio.
   Quedé con Paco para que a las doce del mediodía, del lunes 17 de enero, estuviera frente a la Parroquia de la Merced, una iglesia de fachada azul que no tendría problemas para localizarla cuando le dije, como pistas adicionales, que su ubicación se encontraba entre El Crillas y el Restaurante Centro, lugares que él frecuentaba con mi padre cuando se iban a tapear en aquellos viernes de reunión semanal. La tarde del domingo, horas antes de aquella cita, entre los aplausos del final del segundo acto de El Barbero de Sevilla, con Marisa como compinche en el otro extremo del sofá, solicité a mi padre que me auxiliara en unas compras que iba a hacer en el pueblo al día siguiente. Por sorpresa, no le resultó peregrina la propuesta, por lo que no hube de añadir ningún efugio.
   —De acuerdo, hija, ¿qué es lo que hay que traer?
   —Un poco de todo, pero me tienes que ayudar porque tenemos que comprar cerveza, pan, verduras, frutas, etcétera; mucho peso para mí sola.
   —Pero con el frío que hace... Violeta, mejor será que se quede en casa             —intervino «mi cómplice» con naturalidad, aportando verosimilitud a la conversación.
   —No, Marisa, ya estoy harto, iré con mi hija, haga frío o no.
   Desde detrás de la cabeza de mi padre, que estaba sentado en medio de nosotras, le guiñé un ojo agradeciéndole su interpretación.

   Él se levantó temprano aquella mañana, más de lo que solía ser habitual por aquel entonces. Entusiasmado por poder cooperar con pequeñas tareas del hogar, me informó, en cuanto desperté, de que estaba listo para salir hacia el pueblo. Marisa ya se había ido a trabajar, a ella le tocaba aquel día. Ambas teníamos un sistema de turnos donde alternábamos el trabajo en su comercio con los quehaceres que suponían los cuidados de mi padre y las labores de la casa.
   —Papá, ahora no podemos ir a comprar —le repetía para ganar tiempo—. Tengo cosas que hacer.
   —Vamos, que ya estoy listo —insistía—. Deja las cosas que tengas para más tarde.
   Faltaban todavía dos horas para la cita con Paco, demasiado pronto para ir a Calasparra. Podía ralentizar la marcha hasta las diez y media con la excusa de una ducha que prolongué todo lo que pude. Partimos a las once de casa cuando la paciencia de mi padre se encontraba a punto de quebrantarse.
   —Hija, que vamos a comprar, no a una boda. No te arregles tanto.
   —Te recuerdo, papá, que en un comercio conocí a Antonio. Nunca se sabe.
   —Lo que no entiendo muy bien es por qué perdiste la amistad con ese chico. Era bruto, pegaba poco contigo, pero tanto como para dejar de comprar en su tienda…
   —El supermercado al que vamos ahora es más económico y tiene más surtido.
   —¿Y desde cuándo eso me importa?, yo prefiero comprar a quien me conozca por el nombre y pueda saludarme cuando lo vea por la calle. Ahorrarme un euro me importa poco si ese dinero se va a las arcas de una multinacional.
   —Venga, entra al coche, Casqui. —Así le llamaba, con cariño, cuando comenzaba con el alegato de sus principios adoptando el rol de cascarrabias.
   Llegamos al supermercado, mi padre agarró una cesta roja de plástico. Siempre se ha creído vigoroso, lo suficiente para acarrear bártulos de cierto peso, incluso enfermo. Esa mañana se encontraba con más fuerza de la habitual en aquellos días. Aun no siendo así, él no consentiría que una mujer soportase el peso de la compra, menos aún si se trataba de su frágil hija. Me quedé en la puerta del comercio para telefonear a Paco y rogarle que se apresurase mientras avistaba en el interior a mi padre caminando despacio y desorientado entre los pasillos buscando las estanterías de los destilados.
   —Padrino, ¿estás ya cerca?
   —Voy de camino, me queda media hora.
   —Tarda lo menos posible que mi padre se ha levantado temprano y quiere hacerlo todo pronto.
   —Haré lo que pueda.
   Abandonamos el supermercado a las once y media, antes de lo previsto, no calculé la escasa clientela que tendría en la matinal de un lunes. De camino a nuestro automóvil pasamos por la puerta de la iglesia, Paco no había llegado.
   —Vamos a la tienda de una conocida mía —propuse.
   —¿Para qué? —preguntó exasperado.
   —Está aquí al lado, quejica, aprovecha la visita para comprarle algo a Marisa, seguro que le gustará. Además, creo que también vende artículos de menaje, hace falta cambiar todas las sartenes que tenemos en casa —mentí.
   —Pero si no están rotas —alegó incrédulo.
   —Papá, ¡cómo se nota que no cocinas!
   Nos adentramos en la tienda de regalos Encarna Navarro, cuya propietaria era una conocida de los Glóbulos Rojos, peña en la cual me introdujo Antonio años atrás.
   —Hola, Encarni, ¿las sartenes?
   —Muy bien, seguidme. Por cierto, dile a Marisa que tengo que dejarle un cuadro para que lo enmarque.
   Me maravillaba contemplar a mi padre en esa actitud tan sumisa, sin que su férrea impaciencia de antaño me crispase. En cualquier caso, hubiera preferido verle con salud en su antigua versión. Nos encaminamos en dirección al coche portando numerosas bolsas, tanto las del supermercado como las que acarreamos de la tienda de menaje, con un apropiado centro de mesa que sería del gusto de Marisa. Habría cien metros desde aquel punto hasta nuestro vehículo, antes tendríamos que franquear la fachada de la iglesia donde ya nos aguardaría Paco. Mi padre se empecinó en transportar las bolsas de mayor peso, lo que ralentizó nuestra marcha. Avisté a mi padrino apoyado sobre un Mercedes, un modelo actualizado similar al turismo que tuvimos durante tantos años. Según nos acercá­bamos pude apreciar su silueta, una enorme barriga que había crecido implacable y una calvicie que no podía ocultar con un peinado hacia delante como antes. Él me reconoció enseguida, mi mancha facial me delataba a pesar de que la última vez que nuestros ojos se cruzaron yo era una niña de diez años y ahora estaba a un mes de cumplir los veinticuatro. Lanzó el cigarrillo a la acera justo cuando está­bamos frente a él. Dio un fuerte pisotón para apagar la incandescencia de la colilla tratando también de llamar la atención de su viejo amigo que no levantaba la vista de las baldosas. Mi padre lo observó con semblante espantadizo, se detuvo y se acercó a su rostro. Enseguida reconoció su sonrisa y, de repente, soltó las bolsas de la compra por la emoción. En la caída se rompió una de las botellas de whisky, así como algunos huevos.
   —¿Paco? —preguntó consternado, sabiendo que se encontraba frente a su álter ego.
   Mi padrino afirmó con la cabeza, con la incómoda mudez originada por un nudo en la garganta se abrazó a su amigo y así estuvieron, en silencio, durante un rato.
   —¡Qué casualidad! —exclamó mi padre reanudando el habla—. ¿Qué haces por aquí?
   —Coincidencias del destino —respondió salvaguardando el secreto.
   —¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos?
   —Muchos cartones de tabaco —dijo Paco—. Muchos.
   Comprobando la grata sorpresa que había supuesto para mi progenitor toparse con su compadre después de tantos años le confesé que había sido una iniciativa mía.
   —Has hecho muy bien, hija, vámonos a casa a celebrarlo. ¿Sabes cómo llegar, Paco?
   —Sabría llegar a tu casa a ciegas.
   Mientras esperábamos a Marisa y a que se hiciera la hora de comer, Paco nos puso al día de sus asuntos profesionales.
   —Estoy trabajando —decía sosteniendo una jarra de cerveza— en una empresa llamada Fruvisa que se dedica a las telecomunicaciones. Soy jefe de ventas, no me va mal, tengo toda la movilidad que quiero; por ejemplo, esta mañana he enviado un correo electrónico para comunicar que iba a realizar unas visitas de cortesía a unos clientes de esta zona, y aquí me veis.
   —Me alegra de que te vaya bien. No te puedes ni imaginar lo mal que me he sentido durante este tiempo por todo lo que ocurrió.
   —Me fui pronto de la empresa de los Rivas.
   —Hiciste lo correcto, no sabía que esta gente fueran unos piratas.
   —Veo, Andrés, que no sabes lo que pasó —sondeó Paco en un tono privado.
   —No, dime —sonsacó con rostro sorpresivo.
   —La empresa ya no existe, y, ¿sabes de qué me enteré después? —anunció aña­diendo más aire de secretismo a la entonación—. Ha sido muy sonado en Cartagena. Los hermanos Rivas han acabado uno muerto y el otro en la cárcel.
   —¿Cómo es eso?
   —¿Te acuerdas de los dos, no?
   Su compadre afirmó.
   —Pues me dijeron que Ernesto, el que habló con nosotros, dejó a su hermano Jaime fuera, o sea, se adueñó de la empresa, que ambos habían heredado del padre, a base de manipulaciones y engaños, y terminó echando al confiado de su hermano a la calle.
   —¿Jaime quién era, el que hablaba por teléfono?
   —Sí, ese.
   Un silencio inundó el salón, conseguí escuchar el tictac del reloj de la cocina.
   —Pues Jaime —continuó mi padrino—, eso es lo que me dijeron, lo asesinó en la puerta de su casa. En el fondo, tanta codicia ha acabado con ellos.
   —No podían tener otro final —sentenció mi padre.
   —Bueno, y tú, ¿cómo estás? —preguntó Paco.
   —Supongo que sabrás que me queda poco.
   —Pero no parece que te estés muriendo.
   —Tengo cáncer en fase terminal, no se puede hacer mucho. Eso sí, reconozco que por el momento mi único síntoma es el profundo cansancio que padezco.
   —Mi hermana Begoña murió hace dos años en un accidente —anunció sin pa­ños calientes.
   —Vaya, no lo sabía, ¿qué pasó?
   —Pues un hijo de puta que se saltó un «ceda el paso».
   Aquellas palabras produjeron un embarazoso mutismo en la sala. Mi padre y yo nos miramos de soslayo, Paco reparó al instante en que mi madre y mi hermana, junto con un camionero, perecieron en un fatídico accidente de tráfico causado, según se dijo, por mi progenitora al saltarse un stop.
   —Lo siento, Andrés, no he querido…
   —La culpa de un accidente solo la tiene el destino —manifestó mi padre.
   Por suerte, el sonido del turismo de Marisa maniobrando desde el jardín desvió la atención del diálogo. Durante toda la sobremesa y hasta bien acabada la cena se estuvieron contando anécdotas de juventud, alguna sonrisa pude apreciar en aquellos envejecidos rostros. Aseverándonos de que en una visita inmediata vendría en compañía de Consuelo, nos confesó, más tarde, de la imposibilidad de su mujer para concebir.
   —La vida sin descendencia no tiene sentido, es muy triste —decía removiendo la cucharilla antes de darle el último trago al café.
   —Ojalá vengas pronto con la madrina —tercié para romper su estado casi gemebundo.
   —Menos mal que tengo sobrinos, y a mi ahijada Violeta, por supuesto. Fíjate que siendo tu padrino nunca te he hecho ningún regalo por tu cumpleaños —se lamentaba, sin saber que, años después, me entregaría el mejor obsequio que me han dado nunca.
   —No importa, prefiero verte a partir de ahora.
   Paco se levantó echando un vistazo a su reloj, quedaba un largo camino para Murcia. Cogió las llaves de su coche y el abrigo. Marisa, mi padre y yo le acompañamos hasta la puerta principal. Antes de abrirla se detuvo y negó con la cabeza, señal que yo interpreté como el de una lucha interna, parecía que no se quería marchar sin decirnos algo que él consideraba relevante.
   —Andrés, ¿tú te acuerdas de Susana, de mi prima Susana?
   —Sí, aquella preciosa mujer que se encaprichó de mí —afirmó con engreimiento—, ¿cómo le ha ido en la vida?
   —Pues no muy bien —contestó Paco con una mueca seria—. ¿Sabes?, la he visto media docena de veces desde que le diagnosticaron esquizofrenia, hace ya veinte años. Sostiene una estúpida teoría que nunca te he contado, porque darle importancia a las palabras de una chiflada no sería muy inteligente, pero me gustaría que la oyeras, decía que tú la dejaste por una camarera y que para hacerle daño le pusiste Susana a tu hija, con la intención de burlarte de ella.
   —A mi primogénita —interrumpió—, y tú lo sabes, le pusimos el nombre de Susana por Las Bodas de Fígaro, igual que Violeta es por La Traviata. Los personajes principales de las óperas preferidas de sus padres. Yo apenas me he acordado de esa mujer en mi vida. Era una egocéntrica y no me equivoqué.
   —Eso ya lo sé, Andrés, son palabras de una perturbada, pero la última vez que la vi, en el entierro de mi hermana, volvió a decir lo mismo, dijo que para vengarse de ti espió durante semanas a tu familia con la compañía de dos amigos con los que tuvo que acostarse para que le ayudaran en sus oscuros propósitos. Solo quería sacarte dinero, aunque al final se asustó porque se consideró responsable del accidente.
   —Basta, Paco, no sigas —contestó mi padre apretando los puños con la vista en el suelo—. Ya sufrí bastante con eso, no hagas comentarios que remuevan aquella tragedia, por favor.
   —Su resentimiento hacia ti no tenía límites. Siempre he pensado que eran promovidos por su locura, pero es tan pesada… Perdona, no tenía que haberte dicho nada de mi prima.
   —No te preocupes, dame un abrazo. Quiero verte antes de morir.
   —Tranquilo, volveré pronto —prometió Paco estrujándose con mi padre.
   Marisa salió para abrir la verja que daba acceso vehicular a nuestra parcela. El aire gélido de aquella noche invernal nos sirvió de excusa para que mi padre y yo permaneciésemos en casa. Perpleja por la historia que Paco acababa de contar, inquirí:
   —¿Quién es esa tal Susana?
   —Una indeseable con la que no tuve relación alguna. A propósito, la camarera a la que esa persona hacía referencia era tu madre.
   Recuerdo que subí pronto a mi dormitorio, había sido una jornada de emociones y de novedades que cobraron sentido con el tiempo, animándome a que le pusiera fin a esta historia que ahora está en las últimas. Oteé desde la escalera a mi padre, observaba desde la ventana las maniobras que Paco debía realizar para salir del jardín, limpiaba con una mano el vaho que dejaban sus exhalaciones en el cristal. Aprecié que en su pelo encanecido tenía un cerco de menos espesura capilar justo en la coronilla. Hizo un gesto con la mano despidiéndose de su amigo, yo creo que con la certeza de que aquel adiós iba a ser el último.