miércoles, 3 de junio de 2020

Volumen 28 de «Mi hija y la ópera»


27

   Como una fugitiva escurridiza merodeaba por las frenéticas calles de Manhattan procurando no coincidir con Isabel. Cansada de dar vueltas, caí en la cuenta de que el único sitio donde no podría encontrármela, por carecer de boutiques, sería en mi lugar preferido. Me encaminé a aquel enorme parque de naturaleza y paz, rodeado de rascacielos, por la Central Park West. Anduve hasta encontrar un banco soleado, que en invierno son los más solicitados, muy próximo al Edificio Dakota, cercano al lugar donde asesinaron a John Lennon. Se había conmemorado el aniversario de su muerte hacía pocos días, una amplia zona se hallaba llena de flores y mensajes en homenaje al músico. Me acordé entonces de Dani, mi profesor de piano y de su peculiar sentido de la estética, con esas gafas graduadas de sol con cristales redondos, las cuales usaba incluso en el interior de casa, no para emular al compositor inglés, sino para evitar ponerse las suyas habituales, unas de pasta con las patillas pegadas al resto de la montura por medio de cinta aislante negra. Evoqué unas palabras que siendo niña le escribí y dejé sobre el piano para que las leyera y de las cuales me arrepentí en cuanto supe aquella misma tarde de los sentimientos que él declaraba hacia mi tía Laura: «En este mundo hay reyes y súbditos, ricos y pobres, guapos y feos. Todos, menos estos últimos, pueden alternar su estado en la vida. Si eres capaz de apreciar la belleza del alma, más allá de la superficial, tal vez puedas encontrarme hermosa». Documento que guardó entre sus partituras y que nunca mencionó.
   Rememorando aquella nota no pude impedir que mi pensamiento viajase hasta Isabel, una afortunada que parecía no apreciar las virtudes que la vida le había regalado. En cualquier momento me hubiera cambiado por ella, con sus facciones, con sus nimias inquietudes, una insustancial existencia que envidiaba con toda mi alma. Un descomunal sentimiento de despecho experimentaba hacia mi compa­ñera de viaje originado por la ensañada humillación a la que me sometió horas antes. Unos chicos con instrumentos de percusión y cuerda se aproximaron al lugar donde me encontraba consiguiendo que se evaporasen aquellas elucubraciones angustiosas. Uno de ellos me entregó un panfleto con la publicidad de un local llamado Copacabana con el mensaje de «Actuaciones en vivo» como reclamo y cuya ubicación estaba señalada dentro de un pequeño plano de una parte de Manhattan. Al instante deduje que eran de raíces hispanas porque entre ellos hablaban un español latinoamericano.
   —¿Qué tipo de música se toca allí? —pregunté al joven que me había dado el folleto.
   —Música latina, señorita, tocamos nosotros también y muchos grupos caribeños de la ciudad, si usted decide ir diga que viene de mi parte: soy Jonas. Detrás está el sello de nuestro grupo.
   Aquel apolíneo muchacho de piel marrón me obsequió con varias entradas. Esa mañana estaba destinada —entre otros planes— para elegir a qué musical asisti­ría­mos por la noche del nutrido abanico de títulos que se estaban representando en Broadway. Yo lo tenía claro: en cualquier lugar donde no estuviese Isabel. No tenía intención de llamarla, y en mi pulso personal con ella me decanté por acudir al establecimiento donde actuarían el grupo de jóvenes que acababa de conocer, en vez de pugnar por una onerosa butaca en un insípido musical que poco se asemejaba a la ópera por mucho que Isabel se empeñase en afirmar que los musicales son la evolución del género operístico. A la una de la tarde, hora de Nueva York, escuché el timbre de mi móvil. Era ella.
   —¿Violeta?, ya sé qué musical vamos a ver: Chicago.
   —Yo no iré —contesté.
   —¿Cómo? —protestó con tono sorpresivo revelando un gran cinismo—. ¿Y a dónde quieres que vayamos?
   —Pues tú a Chicago y yo a Copacabana.
   —No te entiendo.
   —Que no me apetece asistir a un musical. Prefiero ir a un local donde me ha invitado un conocido.
   —Pues me voy contigo.
   —Isabel, he quedado. Prefiero que no te vengas —manifesté con indisimulado resentimiento.
   Las horas transcurrieron deprisa aquella tarde, telefoneé a casa en varias ocasiones y nadie atendió la llamada, supuse que mi padre estaría durmiendo. No marqué el móvil de Marisa porque no me apetecía hablar con nadie de esa familia, empecé a madurar la descabellada idea de que mi progenitor y yo éramos víctimas de ese clan perverso que jugaba con nuestros sentimientos. Me encaminé hacia el hotel para cambiarme deseando no toparme con Isabel y marchar enseguida al establecimiento donde tenía pensado permanecer durante toda la velada. Tuve suerte, en la media hora que invertí en ducharme y mudarme de ropa estuve sola, noté que por la habitación solo había pasado el personal de limpieza.
   A las ocho de la tarde ya estaba en la puerta del Copacabana, el local estaba casi vacío, por eso me senté junto a una mesa de la primera fila. Solicité un margarita, que era a los cócteles como Central Park a los lugares de Nueva York. Emulé las refinadas poses de Isabel cuando doblé las piernas y comencé a remover el contenido con la pajilla usando la mano derecha, sosteniendo la copa con la otra. Un majestuoso piano de cola presidía el centro del escenario todavía desierto. La tentación de subir a tocarlo y mostrar todo mi talento ante el teclado era cada vez mayor, pero una probable reprimenda por parte de la gerencia del establecimiento me retenía en la silla. Dieron comienzo las actuaciones, grupos de salsa, bossa nova, merengue y toda la variedad imaginable de música caribeña se fueron relevando con la misma frecuencia que yo consumía los cócteles. Avisté a los chicos que me habían regalado la entrada por la mañana, me identificaron pronto, acercándose a saludar con el exultante entusiasmo de quienes están a punto de saltar al escenario. Me sentía muy cómoda en aquel lugar, sensación que no tardó en detectar el presentador del espectáculo que hilvanaba con una brillante elocuencia las actuaciones de los grupos. Aquel interesante tipo mezclaba el español y el inglés con una ambigüedad que no se sabía con exactitud en qué idioma hablaba. En uno de los intermedios se dirigió a mí, micrófono en mano, casi en un perfecto castellano y me preguntó si estaba disfrutando de la noche, a lo que enmudecí como una timorata afirmando con la cabeza.
   Como colofón al espectáculo, el maestro de ceremonias tocó el piano acompa­ñado de varios de los anteriores músicos. Se podía apreciar un alegre espíritu de confraternización entre aquellos camaradas que llevarían tiempo interpretando canciones de manera conjunta. Tras aquella última actuación los clientes fueron desalojando el local. Admirada por la capacidad que poseía aquel artista de ejecutar piezas imposibles para mí lo contemplé desde la mesa. Observaba el modo ágil con el que se encargaba de coordinar el trabajo de los empleados que recogían con diligencia los utensilios del escenario. Bien porque ya no había clientela en el establecimiento y deseaba que finiquitara la consumición y me marchase, o porque leyó en mis ojos la expresión de asombro, que aquel hombre se acercó a mi mesa.
   —Very good! —dije aplaudiendo a sabiendas de que se iba a dirigir a mí en español.
   —Vi que le gustó la actuación —dijo con acento caribeño y enorme sonrisa.
   —Me ha apasionado. Y usted toca el piano de maravilla, créame que entiendo bastante de esto.
   —Mi nombre es Andrew García, mitad puertorriqueño, mitad neoyorquino, y soy el encargado de que funcione este paraíso.
   —Encantada —dije estrechándole la mano—, mi nombre es Violeta Rosique. Soy también pianista, muy famosa en España.
   No entiendo por qué añadí esa fanfarronería, pero la dije; tal vez por un delirio de grandeza empujado por el alcohol o, a lo mejor, que pretendía coquetear con aquel tipo y demostrarme que podía ligarme a un hombre. Por desgracia, mi compañera de viaje no estaba ahí para atestiguarlo. Andrew pidió a uno de sus camareros un ron añejo y otra copa para mí. Yo ya había perdido la cuenta de los margaritas bebidos. Él era un personaje de singular atractivo, tan alto como delgado, de piel oscura que disimulaba unas grandes marcas de acné en su rostro, cabello muy corto, ojos expresivos y una sonrisa partida por la separación de sus dos enormes dientes incisivos. Debería de tener veinte años más que yo, y no era alguien al que podría definir como guapo, pero su encanto residía en su carisma sobre el escenario. Estoy convencida de que buena parte de las mujeres —y de algún que otro hombre— que estuvieron allí presentes en la actuación, no se habrían andado con remilgos si este le hubiera chasqueado sus largos dedos con el furtivo propósito de mantener un tórrido encuentro sexual.
   —Me gustaría verte tocar —expresó con mirada seductora.
   —No me agrada tocar en público —dije fingiendo una timidez que había desa­parecido hacía horas.
   —¿Qué público?, solo hay unos pocos empleados recogiendo.
   —Este no es el tipo de escenario donde suelo interpretar mis recitales, pero si me lo pides tú…
   Bebí media copa de un trago y me subí, con cuidado de no caerme, al entablado donde se encontraba el piano de cola. Otra noche más el alcohol condicionaba mi comportamiento. Ejecuté una de mis composiciones preferidas, interpretada con buena dosis de virtuosismo, una mezcla de estilos entre Enya, Michael Nyman y Suzanne Ciani. Algunos de los trabajadores que todavía se hallaban en el establecimiento aplaudieron. Con la autoestima por las nubes descendí a la sala y me aproximé hacia aquel músico de mirada penetrante.
   —¿De dónde eres, cariño? —preguntó.
   —Soy de Murcia, en el sureste de España —al apreciar en su rostro una mirada de cálculo, precisé—: al lado de Andalucía.
   —¡Ah, sí, Andalucía!, sevillanas, flamenco…
   —Bueno, cerca de allí —zanjé para no dedicar mi valioso tiempo explicando la situación geográfica de mi comunidad autónoma a quien no deseaba conocer en profundidad.
   —Mucho calor por el sur, ¿no?
   —Sí, pero no te creas, en invierno hace frío, aunque no como el de aquí.
   Un camarero llamado Smith nos sirvió otra ronda de lo mismo al comprobar que nuestros vasos se habían vaciado. Me toqué la sudorosa frente y noté que los efectos de la borrachera no me dejaban pensar con lucidez.
   —No sé si podré pagar la cuenta —informé sin pudor—, he consumido demasiada bebida, ¿aceptáis tarjetas españolas, de la CAM, en concreto?
   —Aquí no vas a pagar, lo que debía esta mesa ha quedado saldado con tu actuación.
   —Eres un ángel —agradecí cariñosa—. Mañana vendré de nuevo, muchas gracias por todo.
   —¿Estás casada? —preguntó sin soltarme la mano.
   En ese instante comprendí que, si yo quisiera, podría acostarme con aquel tipo que no me atraía sexualmente, pero creí que podría dar una lección a Isabel y demostrarle que no era lesbiana. Se me ocurrió la atolondrada idea de continuar coqueteando con él y llevármelo a la habitación del hotel. Una vez allí, sorprendida por la presencia de Isabel, que debería de estar ya acostada, pediría disculpas por mi despiste a mi noctívaga conquista y «si te he visto no me acuerdo». El puertorriqueño se marcharía para siempre y mi compañera de viaje, confusa y remordida, jamás volvería a tildarme de homosexual.
   —Estuve a punto de casarme —mentí reanudando el diálogo—, pero sorprendí a mi prometido, un conocido escritor español, con mi mejor amiga en la cama. Por eso me vine a Nueva York, para airearme y resarcirme. Hasta ahora no me he topado con nadie que valga la pena, y es una lástima porque, aunque acabo de decirte que mañana vendré, en realidad retorno a España. Tú eres lo único que me he encontrado en esta ciudad que sea merecedor de un bello recuerdo.
   —Smith, encárgate de cerrar, lo pendiente de esta mesa va por mi cuenta —dijo a su empleado encaminándose al exterior del local llevándome de su mano.
   —¿A dónde vamos?
   —Mi amor, creo que tu prometido merece un escarmiento, ¿en qué hotel te alojas?
   —En el Sheraton New York, en la Séptima.
   Idénticas palabras dijo Andrew al primer taxista libre que circuló frente al local. Él procuró besarme repetidas veces en los labios, aunque yo, adoptando una postura prudente, mantenía toda la distancia que me permitía el habitáculo del vehí­culo que nos trasladaba al hotel. Pretendía postergar el inicio de los besuqueos hasta el último momento, cuando ya entrásemos a la habitación donde Isabel se hallaría aguardándome. Imprevisto que espantaría al fogoso músico.
   —Perdona, ¿cómo dijiste que te llamabas?
   —Violeta —mascullé con seriedad a aquel hombre que no se había molestado en retener mi nombre y, sin embargo, estaba convencido de que iba a copular conmigo.
   Avergonzada y cabizbaja franqueé con Andrew la puerta giratoria de entrada del hotel. Atravesamos el inmenso vestíbulo hasta los ascensores. Comenzó a besarme cuando las puertas se cerraron creyendo que mi negativa en el taxi obedecería a la mirada indiscreta del conductor por el retrovisor. No le puse impedimentos a que lo hiciera en el cuello porque nuestro fugaz romance se encontraba en su tramo final. Al adentrarnos en la habitación me encontré con el más desagradable contratiempo: Isabel no estaba. El plan se había ido al traste, Andrew se encontraba conmigo a solas y mi escasa lucidez por culpa del alcohol no me ofrecía un plan alternativo. La única salida que se me ocurría era el de demorar el inaplazable encuentro sexual con alguna peregrina evasiva, ansiando que Isabel regresase cuanto antes. Gané tiempo gracias al protocolo propio de estas situaciones:
   —Si no te importa voy a tomar un roncito —dijo Andrew agarrando uno de esos botellines del minibar y un lata de cola.
   —Claro que sí —resoplé aliviada—, voy a ducharme. Enseguidita salgo.
   Agradecida por la inesperada ralentización de sus intenciones comencé a serenarme cerrada en el cuarto de baño. Si prolongaba un poco la ducha tal vez él se quedaría durmiendo o lo sorprendiese mi compañera de habitación, cualquier alternativa era válida menos acabar retozándome con aquel tipo. Con aquella esperanza remoloneé todo lo que pude mi estancia en el baño. Escuchaba al otro lado de la puerta el sonido plano y amodorrado de un comentarista de un canal de veinticuatro horas de deportes que provenía del televisor, hasta que la voz grave de puertorriqueño penetró como un exabrupto:
   —Niña, ¿has terminado ya?, te espero impaciente.
   Aún con temor por lo que me aguardaba fuera, agradecí que me llamara «niña», hasta que reparé que, si lo hizo así, fue por no acordarse de mi nombre. Salí envuelta en una toalla, casi a hurtadillas, lamentando no haber introducido en el baño muda de recambio. Él se incorporó de la cama que usaba Isabel donde estaba recostado con un vaso.
   —Ya es hora de que tú y yo nos venguemos de tu novio —dijo mientras me agarraba de las muñecas para después besuquearme por todo el cuello y lanzarme con cierta violencia hacia mi cama.
   —¡Detente, Andrew!, mi novio tiene que estar al llegar —imploré a la vez que cerraba las piernas para no dejar a la vista lo que ofrecía el hueco de la toalla.
   —No seas remilgada, mi amor, he visto que toda la ropa que hay en esta habitación es tuya, me ha dado tiempo para eso y más —indicó llevando la mirada a una mesita donde ya habían tres botellines de destilados vacíos con otros tantos refrescos consumidos.
   Aquel hombre de piel oscura y que, a ojo, debiera pesar la mitad que mi padre —aunque midiese parecido— podría conmigo si yo pretendiera resistirme. Desató la toalla que mantenía oculta mi desnudez extendiéndola debajo del cuerpo, sobre las sábanas, cerré los ojos rezando que fuera inminente la llegada de Isabel. Con gran pericia sujetó mis tobillos y los alzó a cada uno de sus hombros, descendió sus pantalones vaqueros hasta la altura de los muslos dejando al aire su miembro viril, el cual no pude contemplar pero sí sentir para catalogarlo como descomunal. Supuse que aquel encuentro sexual me dolería más que el que mantuve con Antonio, pero no sospechaba cuánto. Tras varios intentos para introducir su pene, los quejidos que me provocaban las lacerantes fricciones de nuestros genitales le indicaron que me estaba penetrando. Excitado por el dolor que sabía que me estaba induciendo se contoneó con furia animal durante unos segundos descargando casi de inmediato toda su hombría en mi interior.
   A escasos dos palmos de mi rostro se encontraba su cara, y a cada lado de su cabeza mis pies, con los pulgares separados, que revelaban mi extenuación por aquella experiencia efímera. Quizás trató de complacerme con sus largos dedos cuando cesaron sus convulsiones producidas por las últimas gotas de la eyaculación, caricias que se abortaron de repente cuando escuchamos el sonido de la tarjeta magnética en la ranura de la puerta: era Isabel que se adentraba en la habitación pulsando el interruptor de la luz. Andrew se apartó de la cama con reflejos felinos dejando caer mis tobillos sobre las sábanas en una postura poco apropiada para ser presenciada por alguien ajeno a lo que estaba aconteciendo. Se levantó los pantalones y con toda seguridad terminaría de adecentarse en el pasillo rumbo a los ascensores, sin despedirse y sin echar la vista atrás, con el pánico en el cuerpo creyendo que quien nos había sorprendido era ese novio ficticio al que yo me refería minutos antes. Me hallaba boca arriba con restos de semen del puertorriqueño en el vello púbico, y una sensación de escozor que me impedía cerrar las piernas en su totalidad, las mantenía con una abertura leve, al igual que la puerta de nuestra habitación que dejaba escapar nuestras voces al exterior. Es irónico, pero la última vez que Isabel me vio fue cuando encendió la luz la noche anterior y me contempló en una postura parecida, también desnuda, con mi rostro igual de estupefacto.
   —¡Violeta!, ¿quién coño es ese negro?
   —Se llama Andrew —contesté tapándome con la toalla.
   —¿Y qué hace ese tío en nuestra habitación?, ¿estás loca?, ¿te crees que te puedes traer el ligue de una noche sin al menos advertírmelo? Desde luego, Violeta —dijo disminuyendo el tono encrespado—, cada día me sorprendes más.
   —¿Qué tal Chicago? —pregunté con el ingenuo propósito de cambiar de conversación.
   —¡¿Que qué tal Chicago?! —chilló—. ¿Cómo me preguntas por el musical después de haberte pillado infraganti follando con un negro de dos metros?, ¿de dónde has sacado a ese tío?
   —Lo he conocido esta noche, no es otra cosa que una aventura pasajera.
   —Espero que tomes medidas con tanta promiscuidad.
   Me derrumbé por mi estupidez, no había tomado ninguna precaución anticonceptiva debido a los insuficientes recursos que tiene mi mente cuando está embotada por el alcohol, anulando, mi ya de por sí escasa asertividad. La sensación de haber sido utilizada por las circunstancias iba creciendo conforme la lucidez intelectual se abría paso entre sollozos. Quise decirle a Isabel que aquella situación correspondía a una reacción originada por las palabras pronunciadas por ella la noche anterior, pero callé.
   —Ahora llora, Violeta, pero no te puedes imaginar lo que podría haber pasado si ese tipo hubiera sido un delincuente o un asesino: ¡Qué idiota eres!
   Por segunda madrugada consecutiva me acosté desnuda y maltratada por los crueles comentarios de mi compañera de viaje.

   Un incómodo silencio nos despertó la mañana del domingo, la última de nuestra expedición neoyorquina. Aquel era un día libre que dedicamos a la visita del edificio Empire State y por la noche al Bar Coyote, sugerido con persistencia por la hermana de Isabel antes de que partiésemos de España. Cenamos antes en un italiano de la Segunda Avenida, un larguísimo y congelado paseo nos esperaba hasta aquel famoso bar.
   —Está lejos este sitio —manifesté cruzada de brazos.
   —Vamos a ir para hacernos un par de fotos y nos vamos al hotel —expresó Isabel con un inquebrantable resentimiento.
   —Ir pa na es tontería, como dicen los de Cruz y Raya.
   —Pero no te voy a dejar beber alcohol —repitió por enésima ocasión.
   Llegamos al local, unas despampanantes chicas bailaban sobre la barra. Isabel escrutaba mi reacción ante dos bellas mujeres danzando junto a nosotras. Poco me importaban, a mí solo me atraía ella, la hija de Marisa Martínez Salamanca, por insólito que pudiera parecerme. Aquella noche tuve la absoluta certidumbre de que el amor de mi vida no sería un hombre sino la mujer con la que me había ido de viaje y que ahora me despreciaba. Para mayor escarnio: la hijastra de mi padre. El trayecto a casa fue taciturno, apenas hablamos entre nosotras durante el regreso. Nuestras conversaciones monosilábicas se debían a una circunstancia, una experiencia que con toda seguridad ninguna de las dos contaríamos a terceros: el encuentro sexual de la madrugada del sábado 11 de diciembre de 2004. La noche que toqué el cielo.



martes, 2 de junio de 2020

Volumen 27 de «Mi hija y la ópera»


26

   Había un restaurante brasileño llamado Bossa Nova, situado en la Novena Avenida, del cual Isabel me había contado por teléfono que era el idóneo para nuestra cena de aquella noche, quedamos allí. Pasé antes por el hotel para mudarme la ropa que se encontraba teñida de verde por el césped de Central Park. Llegué al restaurante diez minutos más tarde de lo acordado. Isabel me esperaba en la barra de aquel local bebiendo una sangría que poco se parecía a la que preparaba su madre. Consumimos gran cantidad de cerveza y vino. Alcohol que apenas pudo ser neutralizado dada la frugalidad de los alimentos sólidos que ingerimos. Al abandonar el establecimiento Isabel me agarró del cuello con su brazo.
   —Esta noche es para nosotras, y lo prometido es deuda, así que: ¡Vámonos de cócteles!
   —Sí, así nos quitaremos el frío.
   —¡Y las preocupaciones! —afirmó con fruición.
   —Y, por supuesto, las inhibiciones —continué dándole un beso en la cara, el segundo del día sin motivo aparente.
   Ella se paró obligándome a que me detuviese a su lado, contempló mis ojos con seriedad mientras soltaba su brazo. Levantó mis gafas hasta la frente, mis pupilas, sin la ayuda de las lentes, se moverían de un lado a otro buscando un punto donde centrar la mirada.
   —Violeta, eres una tía de puta madre, te quiero un montón.
   —Yo también te… aprecio —articulé nerviosa ansiando que su desdibujado rostro se arrimase al mío y nos aconteciese algo idílico.
   —¡Taxi! —prorrumpió Isabel.
   Embelesada deslicé las gafas de mi aceitosa frente maldiciendo la inoportuna aparición del taxista. Llegamos por fin al famoso local de copas donde Isabel decía que se preparaban los mejores cócteles de Nueva York, de América o del mundo (así, de manera aleatoria y sin ningún criterio, clasificó durante la velada al establecimiento según se iba animando). Esperamos a que el camarero nos indicase la mesa donde íbamos a tomar asiento, carcajeábamos por cualquier cosa, un simple tropezón de alguna de nosotras provocaba la más clamorosa risotada.
   —A ver —enuncié sosteniendo la carta, una vez que estaba sentada frente a ella—, ¿qué cóctel te vas a pedir, un manhattan?
   —Un manhattan dice esta, voy a pedir desde el primero hasta el último de la carta. O hasta que aguante.
   —Isabel, hay doce en la lista.
   —Pues empezaré por el primero —indicó decidida.
   Un joven de pelo largo y tiesamente ramificado se aproximó a tomarnos nota con un dispositivo y un lápiz óptico con el que pulsaba la pantalla. Qué diferencia con los locales que frecuentaba en Calasparra, donde el camarero memorizaba el pedido o, en su defecto, apuntaba con un bolígrafo en una pequeña libreta.
   —Espera, Isabel, que voy a pedirlo yo.
   Hi! —saludó el amable chico afroamericano.
   Hello, my friend, two cocktails; for me: a bloody mary; and, for her —señalé con el dedo a Isabel—: one daiquiri.
   —¿Españolas, no? —dijo el camarero—. Enseguida les sirvo.
   —¿Lo he dicho bien? —pregunté a mi acompañante.
   —Si te ha entendido será que sí —contestó sonriente.
   El calor implacable del local empañaba mis gafas, eché un vistazo en rededor mientras utilizaba una servilleta para limpiar los cristales.
   —¡Hermana! —exclamó eufórica—, ¡que te estás apavando!
   Interpreté aquella palabra como un sinónimo de adormecerse. Traté de aniquilar el silencio que tanto parecía incomodarle con un sutil requiebro a la vez que sorbía con la pajilla.
   —Oye, Isabel, ¿te han dicho alguna vez que eres clavada a Nuria Roca?
   —Pues, mira, sí me lo han dicho, un compañero de La Merced, en Murcia, un amigo de Carlos Bonache.
   —¿Mencionas a tu novio con el apellido?
   —Querrás decir mi ex. A él todo el mundo le llama Bonache, prefería que lo llamasen por el apellido a que lo llamaran con su nombre de pila. Será porque su familia paterna es muy popular allí —interrumpió un segundo su animada perorata—. Y ahora que te observo con atención: ¿sabes a quién te pareces tú?
   Negué con la cabeza deseando no escuchar algo desagradable.
   —Te pareces a Paz Padilla, ¿sabes quién es?
   —Sí —afirmé aliviada—, claro que lo sé, una humorista gaditana. Ya quisiera parecerme, puedo asemejarme en su delgadez, su nariz; pero ella no posee esta mancha que parece un parche pirata que me rodea el ojo izquierdo.
   —Siempre igual, Violeta, siempre igual —reprobó con gesto resignado.
   Isabel llevaría tres cócteles y yo dos —la verdad es que ya había perdido la cuenta de nuestras consumiciones—. Los diálogos ensartados, de improviso, se habían convertido en sinceras confidencias.
   —¿Te acuerdas de Antonio? —pregunté sin preámbulos mientras mi cabeza se meneaba con levedad y mis ojos realizaban un esfuerzo por mantener la mirada en un punto.
   —¿De Antonio, el de la tienda?, ¿el que fue tu novio?
   —Sí, el zafio ese.
   —Hiciste bien en dejarlo —dijo apurando la copa.
   —Lo dejé porque me violó.
   —¡¿Cómo?! —clamó Isabel—. Pero ¿no teníais relaciones sexuales?
   Por desgracia, la música de pub sonaba a bajo volumen en aquel instante. Todos los hispanohablantes próximos a nuestra mesa —que no eran pocos— empezaron a prestarnos atención.
   —Yo no quería hacer el amor con él —susurré sintiendo todavía el peso de las miradas de buena parte del local—. Nunca lo habíamos hecho, fue en Nochebuena, la madrugada que nos vimos tú y yo, casi amaneciendo, ¿lo recuerdas?
   —Menudo pedal llevaba Antonio —añadió Isabel asintiendo.
   —Aquella noche él había consumido mucha droga y alcohol. Estaba muy agresivo, deseó tener sexo conmigo, y es verdad que no ejercí demasiada resistencia, primero porque pesa el doble que yo y poco podía hacer, pero sobre todo porque me entró pánico y me dejé llevar por temor a que me agrediese. Desde entonces, jamás he vuelto a estar a solas con Antonio. Yo sé que él se arrepintió de lo que hizo, pero es imperdonable la humillación a la que me sometió, y bueno, aunque me dé vergüenza admitirlo: ahí perdí la virginidad.
   —¡Qué hijo de puta el farlopas de los cojones!, ¿por qué no lo denunciaste?
   —Porque me imploró clemencia, y porque tampoco creo que me agrade la idea de que acabe en la cárcel.
   —¿Sabes? —comenzó a delatar Isabel adoptando un tono suave—, cuando iba al Instituto Emilio Pérez, unos chicos que iban al mismo centro abusaron de mí y de una amiga llamada Esperanza. Caminábamos por una de esas cuestas vacías que había desde el instituto a mi casa, era una tarde de invierno y ya estaba oscuro. Estaban bebiendo cervezas y fumando canutos cuando íbamos a pasar junto a ellos, molestas por los piropos de mal gusto que proferían cuando nos veían, cruzamos la calle para evitarles, siguiendo nuestro trayecto por la acera de enfrente.
   »Tres o cuatro cruzaron hacia nosotras, nos tocaron los pechos desde dentro de nuestros jerséis, metieron sus manos haciéndose paso por mis pantalones, por debajo de mi ropa interior y la de mi amiga que estaba inmovilizada por el miedo. Para colmo, uno de los chicos se lamía sus dedos haciendo un desagradable gesto con su lengua. Comencé a gritar para pedir ayuda y salieron corriendo en cuanto las ventanas de aquella pequeña calle se abrieron. Espe y yo acabamos llorando y abrazadas aquella tarde. Traumatizadas por lo ocurrido, con el tiempo, dejamos de vernos.
   Isabel hipaba y le temblaba la barbilla. Confesar aquel suceso habiendo bebido la había consternado.
   —¿Se chupó los dedos después de haberos tocado ahí dentro? —pregunté seña­lando su entrepierna con la mirada procurando detener su llanto.
   —Sí —articuló casi sin voz.
   —Tendríais que haber tenido la menstruación.
   Isabel me miró durante unos segundos con dos notables surcos de lágrimas, yo cerré los ojos temerosa de que pensara que mi comentario frivolizaba su espantosa experiencia. Por suerte, soltó una sonora carcajada. «Vaya panda de guarros», dijo con el semblante destensado. Oscilando por la acera y agarradas la una de la otra nos dirigimos al hotel con una indefinible mezcolanza de risas y lágrimas. La calidez de la habitación nos acogió con delicadeza, me tumbé sobre la cama nada más entrar, boca arriba y sin desprenderme de prenda alguna. No creo que acabara durmiendo, pero sé que emití un ronquido. Isabel se acercó y me quitó los zapatos.
   —Será mejor que te quites la ropa si vas a dormir, y tápate. Yo necesito una ducha rápida para espabilarme.
   Ella se desvistió en la habitación, cubierta por una fina lencería se dirigió al cuarto de baño. En lugar de cerrar la puerta —como hacíamos casi siempre que lo usábamos—, la dejó entornada. El sonido del líquido precipitándose por la bañera me despejó, contemplé que entre la puerta y el marco se apreciaba la sombra de Isabel que se contoneaba al son del chorro de agua que se esparcía impúdica por su cuerpo.
   —Te recomiendo que te duches —dijo mientras cerraba el grifo para echarse gel—, te vendrá bien para tu cabeza, si no, mañana tendrás resaca.
   —Voy a hacerte caso —expresé vergonzosa—, cuando tú salgas me ducho.
   —Entra conmigo, tonta, ¿es que nunca te has duchado al lado de una mujer?, ¡cómo se nota que nunca has ido a un gimnasio!
   Me retiré las prendas con la misma parsimonia y timidez que cuando me lo pedía el ginecólogo, caminé desnuda y con miedo porque el suelo estaba resbaladizo. Eché a un lado la cortina que mantenía oculto el interior de la tina del resto del cuarto de baño y allí me encontré a la mujer más bella del planeta, llena de espuma, regalándome una impagable sonrisa.
   —Venga, allá voy —anuncié disimulando mi retraimiento.
   Isabel se desplazó para que me ubicara debajo del reguero de agua tibia que lanzaba el grifo. Ella, a su vez, terminaba de frotarse con sus propias manos por todos los recovecos de su cuerpo.
   —Oye —susurró—, lamento lo que te pasó con Antonio.
   —Y yo con lo que os sucedió a ti y a tu amiga —dije bajando la mirada.
   —Lo que nos hicieron a Espe y a mí fue poco comparado con lo tuyo. Lo nuestro fue algo como esto:
   Isabel deslizó su mano derecha por buena parte de su piel con el fin de aglutinar espuma entre sus dedos, se acercó a mi vello púbico, como si pretendiera enjabonarme ahí, luego extendió su dedo corazón para efectuar una rápida caricia por los labios de mi vagina.
   —¿A que no es para tanto? —preguntó con una voz tan pícara como sus ojos.
   —No. Bueno, depende de quién te lo haga y el tacto que tenga —exhalé reprimiendo la convulsión que me había producido aquel gesto.
   Ella volvió a acariciarme de nuevo con su mano derecha y sujetando mi espalda con la izquierda, estremecida por el roce de sus dedos en la zona más sensible de mi piel, comencé a desinhibirme sintiendo entonces un incontenible placer. Me agarré al hierro anclado a sendas paredes del cuarto de baño donde pendía la cortina. Bajo la lluvia de la ducha repitió ese baile diestro con sus dedos hasta que nuestros cuerpos quedaron liberados de cualquier resto jabonoso. Ella me cogió de una mano invitándome sin palabras que abandonase la tina. Desnudas y mojadas nos dirigimos hacia la cama donde yo había dormido las noches anteriores.
   Un hilo de luz de los rascacielos de Nueva York salvaba las cortinas de la habitación, la puerta entornada del baño también permitía que se colase una vaga luminosidad. Isabel me empujó con suavidad y me tumbé dócil sobre la colcha, comenzó a acariciarme la cara con sus dedos y me besó en los labios. Debió notar mis agitadas pulsaciones cuando fue descendiendo con besuqueos por toda mi erizada piel. Se detuvo cuando su nariz se introdujo en mi ombligo y su boca rondaba la zona baja de mi vientre, casi en el pubis. Fueron unos segundos mágicos de inusitada pasión. Después noté el roce de su lengua en el mismo punto donde antes, en la ducha, había situado su dedo corazón. Su movimiento circular y de cadencia sincronizada me hizo cabalgar sobre la humedecida cama, mis manos se agarraron a sendas partes del cabecero, cerré los ojos y me centré en las sensaciones que me producía aquella desorbitada manifestación de concupiscencia. Al poco, un terremoto de escalofríos precedieron a unos incontenibles gemidos que me introdujeron hacia una descomunal ola de placer en la que durante un instante, el tiempo y el espacio se desligaron de mi universo interior. Nunca había alcanzado el clímax acompañada de nadie, jamás había sentido algo parecido en mi vida.
   Realicé una leve pausa hasta que mi mente regresó a la habitación. Me incorporé, la cama se hallaba empapada ya no solo por nuestra piel humedecida sino por mis involuntarios fluidos emanados tras el éxtasis. Pretendí hacer lo propio con ella, dejándola boca arriba sobre su cama, ella se dejó llevar sumisa, comencé a besar sus prominentes pechos y fui deslizándome hacia abajo para suministrarle el mismo placer que ella me había inducido. Era inimaginable poseer para mí a aquella diosa tumbada a la espera del roce de mi piel en sus zonas más íntimas, yo nunca había hecho nada semejante y supuse que para Isabel también sería una nueva experiencia. Separé sus muslos en búsqueda de su más recóndito secreto, percibí la dulce fragancia de su ser y un ligero matiz del aromático gel cuando comencé a utilizar mi lengua, labios y dientes, tal vez, con desmesurado salvajismo, promovido por la intensidad de aquel momento. Todavía no entiendo lo que sucedió después:
   —¿Qué estamos haciendo? —exclamó como si hubiera estado en trance el último cuarto de hora.
   Atónita elevé el rostro de sus piernas ansiando que aquello fuera una observación involuntaria, sin mala intención, propiciada por el frenesí de lo que nos estaba sucediendo.
   —¿No te das cuenta de que nuestros padres están juntos? —continuó Isabel levantándose enloquecida—. Que somos hermanastras. Es más, yo no soy lesbiana, y… no sabía que tú lo fueras.
   Encendió la luz de la habitación, me contemplé en el espejo del armario la estúpida postura que todavía conservaba: el trasero elevado y el estupor reflejado en mi rostro. No le dije nada, me volví hacia mi cama cuya colcha perduraba con un cerco húmedo como señal de lo que nos había acontecido y me acosté sin cubrirme con ninguna prenda.
   —Yo tampoco soy lesbiana —murmuré para mí mientras me arropaba con las mantas.
   No obstante, el bochorno no frenó al sueño que me arrastró veloz. Mi último pensamiento antes de abandonar el estado de vigilia fue el de que, al menos, yo sí había tenido un orgasmo.

   Una fastidiosa sequedad bucal me despertó a las diez de la mañana. Aprecié un dolor de cabeza que en absoluto podría equipararse al malestar originado por el menosprecio de mi compañera de habitación. Ella ya se había ido, empleé aquel momento para ducharme con tranquilidad. Bajé a la cafetería del hotel con el ávido objetivo de beberme un litro de zumo y varios cafés. Allí estaba Isabel, de espaldas a la puerta de acceso, hojeando un diario neoyorquino. No reparó en mi presencia, hubiera sido una situación embarazosa para las dos, decidí marcharme a deambular por las calles de Manhattan, no sin antes buscar en una tienda cercana refrescos de cafeína azucarados que pudieran proporcionarme energía y aliviar la sed. El evento predestinado para aquella noche era el de acudir a un musical en Broadway, empero yo prefería estar sola. Mi autoestima se había hecho añicos, así como la posibilidad de ser feliz en la vida.




lunes, 1 de junio de 2020

Volumen 26 de «Mi hija y la ópera»



25

   Isabel estuvo en casa ultimando los preparativos del viaje un día antes de nuestro periplo aeroportuario. Ya habíamos conversado por teléfono numerosas veces en las anteriores jornadas convirtiéndose la organización en toda una obsesión para ambas.
   —Ahora en diciembre —explicaba Isabel— tenemos que llevar mucha ropa de abrigo, en Nueva York hace un frío que pela.
   —Yo he pensado —dije— en comprar allí parte del vestuario que vaya a usar, así podré llevarme la maleta con menos peso.
   —No te preocupes, que yo también tengo pensado gastarme todo el dinero que me dé mi madre.
   En realidad, nuestros padres nos habían entregado tres mil euros para que los cambiásemos en dólares antes de partir. Era un presupuesto conjunto «No tenéis necesidad de malgastarlos» —decía el cabeza de familia, reticente a que dos mujeres portásemos tanta cantidad de dinero en efectivo.
  —Para mí no hace falta que compréis ningún souvenir.
  —Tranquilo, papá, no nos gastaremos toda la pasta, pero lo de que no te compre nada: olvídate. Recuerda que yo participé en el concurso para que tú fueras al Metropolitan Opera. ¡Qué menos que me gaste un duro en ti!
   —Di que sí, Violeta —intervino Marisa—, y a mí me compráis algo bonito y que no ocupe mucho espacio, pero no la típica camiseta del corazón, la ene y la i griega, que yo no soy de ese tipo de prendas.
   —Pues, mira —terció mi padre—, a mí traedme una de esas, que cuando me recupere voy a volver a las caminatas. Dentro de una semana, cuando hayáis regresado, tendré fuerzas. Ya lo veréis.
   —¿Me lo dices en serio, papá?
   —Sí, estar tan débil me ha hecho querer tirar para adelante. Tu madre y tu hermana tendrán que esperar unos cuantos años para que me reúna con ellas, ¿no crees?
   Enmudecí sabiendo que si mantenía el rumbo de aquella conversación podía desagradar a Marisa. Un silencio embarazoso se apoderó del salón hasta que Isabel, con su congénita habilidad para resolver situaciones de ese tipo, desvió la atención hacia otro asunto.
   —Violeta, ¿a qué museos quieres que vayamos?, tengo varios apuntados, casi todos muy cerca de nuestro alojamiento.
   Ella trataba de controlar hasta los detalles, llevaba consigo un bolígrafo enganchado a un cuaderno donde escribía sus anotaciones. A su vez, había adquirido en una agencia de viajes una guía turística de la ciudad.
   —En realidad —continuó señalando un punto de un plano desplegable—, casi todo lo importante está en Manhattan. El hotel está en el centro.
   —Ya sé que nuestro hotel está en la isla de Manhattan, por eso podremos ir andando a todos los lugares que quieras sin mayor problema. Lo idóneo será improvisar sobre la marcha.
   Con aquella declaración puse de manifiesto mi absoluto desconocimiento del tamaño de aquella isla, un distrito más, de los cinco que componían la ciudad de Nueva York. Calasparra apenas ocuparía una pequeña parte de Central Park, un enorme parque que se quedaba insignificante en Manhattan, que ni siquiera ocupaba el área de otros distritos de la misma urbe, como Queens.

   Partimos en dirección al aeropuerto de Alicante la tarde del domingo 5 de diciembre, hace un par de semanas. Haríamos noche en Madrid, y al día siguiente, muy temprano, volaríamos rumbo a América. Mi padre se despidió de nosotras en casa, sobre todo de mí con un largo abrazo, se encontraba indispuesto para conducir y detestaba ir de copiloto.
   —La semana que viene iré con Marisa a recogeros; disfruta del viaje, hija, y recuerda una cosa: eres encantadora y gracias a tu inteligencia has conseguido este premio. Isabel, cuida de Violeta que para eso tú eres la mayor.
   —No te preocupes que ella y yo sabemos cuidarnos de nosotras mismas.
   —¡Venga, chicas! —gritó Marisa—. Entrad al coche, que no llegaréis a tiempo al avión.
   Intuí que la mirada impertérrita de mi progenitor escondía una evidente preocupación por mi desplazamiento y quién sabe si una pizca de celos, no por los escollos que le habían impedido viajar a la ciudad más famosa del planeta, sino por no poder presenciar Aida en un teatro mítico. Llegamos a Nueva York a las tres de la tarde hora local, agotadas por el ajetreo aeroportuario y del largo vuelo nos dejamos conducir por las personas de la organización que estaban esperándonos y que nos guiaron hasta el hotel. La decoración navideña de las calles y comercios podía distinguirse hasta en el más apartado de los lugares. La incontenible euforia que nos causaba la ciudad lidió con el cansancio, el cambio horario y las gélidas temperaturas que estábamos soportando. La comodidad de la habitación nos cautivó para acabar envueltas en los brazos de Morfeo.
   Estábamos alojadas en el Sheraton New York, en la Seventh Avenue, muy próximo a Times Square, la habitación era discreta con dos camas apenas separadas. Las vistas eran magníficas y la penumbra solo podía lograrse corriendo la cortina. Me desperté a las seis de la mañana, Isabel ya se había levantado con la antelación suficiente para tener colgada su ropa en los armarios y distribuidos sus avíos de belleza por todo el cuarto de baño. Yo ni siquiera había deshecho la maleta. Aquel día íbamos a destinarlo a visitar las inmediaciones del hotel y conocer la ciudad a unas cuantas manzanas a la redonda, que ya era bastante. Y por supuesto: ir de compras por la Quinta Avenida, momento anhelado por Isabel desde su más remota infancia. Yo, que ya sentía remordimientos en cuanto adquirí unas pocas prendas (un par de vaqueros, una camisa y un abrigo), no pude más que maravillarme por la nimia contención de mi acompañante a la hora de hacer uso del dinero. En una sola tienda invertimos media mañana porque Isabel decidió probarse una innumerable colección de vestidos para la representación operística del día siguiente. Compró dos trajes muy caros, y por ventura para aquella mujer presumida, lejos de las miradas censuradoras de mi padre y de su madre.
   Las calles estaban atestadas de personas que caminaban entre el gentío y las luces. Mi presencia no despertaba la curiosidad entre la muchedumbre. Cualquier transeúnte, por extravagante que fuera, pasaba desapercibido. Nadie se giraba con descaro para admirar la belleza de Isabel, y no sentí las miradas de desprecio que siempre me han acompañado como si yo fuese culpable de que la genética se hubiera despistado con el puzle de mi rostro. La oportunidad de mejorar mi escaso nivel de inglés se fue al traste, era siempre Isabel quien se dirigía a los taxistas o camareros cuando no eran ellos los que se comunicaban con nosotras en español. Desde el primer día adquirimos como propias ciertas costumbres neoyorquinas y ya nos trasladábamos de un lugar a otro con un perrito caliente o una porción de pizza en nuestras manos.
   Llegó la noche que prometía ser mágica. Isabel se vistió con un elegantísimo traje negro que ensalzaba —aún más, si cabe— su beldad. Yo me atavié con el mismo vestido que me puse en la boda de mi tía Laura años atrás, que había planchado antes de introducirlo en la maleta y que el dilatado trayecto desde mi casa hasta la habitación del hotel lo había arrugado. Qué extraña me sentía con tacones y con qué estilo y naturalidad los lucía mi acompañante. El taxista nos dejó justo en la puerta del teatro. Sin despegar mis nalgas del asiento del vehículo escudriñé con mirada intensa, y boquiabierta, todo el recinto frente a las cristaleras de la fachada del Metropolitan, sobre todo la fuente que en tantísimas ocasiones contemplábamos mi padre y yo al inicio de cada ópera en DVD cuando esta había sido grabada en aquel escenario. Un colosal círculo de personas, todas vestidas de negro y con largos abrigos, aguardaban expectantes en los aledaños del frontispicio. De lo poco que podía extraer de sus conversaciones en inglés eran las palabras: Pavarotti, Mirella Freni, Plácido Domingo... Nombres propios de tenores y sopranos, no escuché el de ningún compositor. Como suele pasar, los profanos del género suelen estar más interesados en los intérpretes que en los creadores. Y allí estaba yo, que con dos representaciones en directo en toda mi existencia, podía ilustrar a cualquiera de los allí presentes sobre la vida y obra de Giuseppe Verdi. Ambas nos encontrábamos apartadas de cualquier corrillo, sensación que me evocó a cuando estuve con mi padre en el Teatro de la Zarzuela. Isabel, tal vez incómoda por nuestro aislamiento, quiso matar el mutismo con un comentario muy desafortunado:
   —Mira esa pareja, cualquier día te ibas a encontrar en Murcia a dos negros para ver una ópera.
   Quise fulminarla con la mirada, pero un inefable sentimiento hacia esa mujer que iba in crescendo contribuyó a que me relajase adoptando una expresión neutra. Ni siquiera contesté. Por suerte para ella, no se hallaba mi progenitor con nosotras para darle una pequeña charla sobre prejuicios y la ignorancia de las personas que opinan basándose en la apariencia física.
   —¿Cuáles son tus óperas preferidas? —me preguntó a la vez que el vaho salía impulsado por su boca y sus brazos se cruzaban.
   —Pues además de esta que vamos a ver: La Bohème, La Traviata, Tosca, Madama Butterfly, Carmen, Rigoletto
    En ese instante detuve la retahíla de las que considero que son mis obras predilectas, aprecié que Isabel me afirmaba con la cabeza sin mostrar demasiado interés. Se fijaba más en las vestimentas de las señoras y en las miradas de los hombres que, con más o menos disimulo, trataban de cruzar sus ojos con ella. Justo en aquel instante caí en la cuenta de que todas las óperas que había mencionado contaban con un denominador común: las protagonistas de aquellas obras acababan muriendo. Algunas veces por una enfermedad originada por el desamor como en La Bohème y La Traviata; en otras acababan suicidándose, como en Tosca y Madama Butterfly; y en el resto, asesinadas por enamorarse de la persona equivocada como en Carmen, Rigoletto y Aida, la obra que por fin iba a disfrutar en directo.
   —¿Entramos? —preguntó mi bella partenaire cuando observó que se disolvía la muchedumbre que atestaba la puerta principal.
   —Sí, que estoy muerta de frío —dije dándole la última calada al cigarro.
   Entregué las localidades a Isabel por si acaso debíamos comunicarnos con algún anglófono. Yo la seguía, admirando su delicado caminar y nerviosa por la inminente representación. Sopesé compartir la reflexión sobre la coincidencia que incumbía a los trágicos finales de mis óperas preferidas, aunque pensé que ella atribuiría poca importancia a aquella casualidad o tal vez viese en mí a una persona siniestra a la que le atraía la muerte. Una vez acomodadas en nuestras respectivas butacas —con una magnífica vista del escenario—, retorné mi pensamiento a aquellos personajes femíneos que tanto me fascinaban. Mujeres cuyas vidas hubiera sustituido por la mía, pese a sus funestos desenlaces.
   Nunca he conocido el verdadero amor. Antonio ha sido mi única pareja hasta el momento, un chico con el que tenía más apego por conveniencia que por enamoramiento. Todo acabó cuando una lamentable noche me desvirgó, forzándome, con un encuentro sexual tan escueto como patético. Daniel, mi profesor de piano, había sido un amor platónico que se inició en mi infancia y que se mantuvo hasta bien entrada la adolescencia. Él me miraba, con ojos de orgullo, como una talentosa alumna a la que instruyó para que tocase con sensibilidad y destreza. En cualquier caso, una niña fea a la que jamás vio como una hembra. Había una tercera persona en mi vida, un alma que me producía unas emociones confusas que habían evolucionado de la simple admiración por una belleza extraordinaria a un sentimiento que se acercaba a lo pasional, aquel ser que me embelesaba sobremanera era la mujer que tenía a mi lado, en la butaca de la izquierda. Cuando terminó la función quedamos prendadas por la sublime obra de Verdi. Aquella noche ella cambiaría para siempre su concepto sobre la música. En mi caso, por muchas óperas que yo hubiera visto en vídeo, una representación en directo era algo sin parangón.
   —Ya había oído algunas partes de esta ópera —me dijo al final de los aplausos.
   —Te di los compactos para que los escucharas en tu coche antes de hacer el viaje, ¿es que no llegaste a oírlos?
   Mi acompañante se encogió de hombros añadiendo al gesto una sonrisa con la cual conseguía sin mayor esfuerzo mi indulgencia. Ni se molestó en abrir la cará­tula.
   —¿Cuál es la parte que más te ha gustado? —pregunté intuyendo la respuesta.
   —La de las trompetas, esa que hace: «pam, pam; papapapam…».
   Intentó realizar la melodía con más o menos acierto, la interrumpí antes de que su euforia la ridiculizara ante aquel público que se abrigaba entretanto abandonaba el teatro.
   —Ese fragmento, Isabel, es conocido como la Marcha Triunfal.
   —Ah, muy bien —sentenció—. Oye, Violeta, tenemos que celebrarlo, yo no me quiero ir de Nueva York sin tomar un manhattan.
   —¿Eso qué es, un cóctel?
   —Sí, vamos. Preguntaré al taxista por el sitio ese famoso que prepara los mejores cócteles.
   Mientras nos aproximábamos a la ubicación donde un taxi recogía a otros espectadores en Lincoln Center persuadí a Isabel para que postergáramos la copa a otra noche. Aturdida todavía por el cambio horario y otros síntomas que podría calificar como «Síndrome de Sthendal» (vértigo y palpitaciones por presenciar tanta belleza) pusimos rumbo al hotel. Ella no opuso resistencia puesto que estaba tan extenuada como yo. Ya en la habitación cogí una chocolatina del minibar con la intención de aliviar el mareo, casi ni tuve tiempo para quitarme la ropa y dormirme con las notas del último acto de aquella ópera de Verdi resonando todavía en mi cabeza.
   Los planes matutinos establecidos para el día siguiente comprendían la visita a Wall Street y una excursión por la «Zona Cero», muy recomendada por la guía de Nueva York de la que Isabel no se despegaba. Sin embargo, tras meditarlo al despertarme, quise poner tierra de por medio. Las sensaciones que estaban germinando en mí no se asemejaban al sentimiento de cariño fraternal que debía experimentar por la hija de Marisa. Esperé al bufet del desayuno, todavía en el hotel, para anunciárselo:
   —Esta mañana quiero estar en Central Park, pasear a solas, ya me contarás qué tal es Wall Street y esa tienda que te han dicho tus amistades que es de visita obligada.
   —¿Century Twenty One? —precisó con un perfecto acento.
   —Sí. Me apetece andar, pero por aquí cerca, no me pide el cuerpo coger el metro o el taxi, de lo poco que he visto de esta ciudad ya sé en qué zona me quiero perder. Cuando termines todo el itinerario que tienes previsto por el bajo Man­hattan me llamas.
   —¿De verdad que no te quieres venir de compras?, me han dicho que ese centro comercial es mejor incluso que Macy’s.
   —Las compras de ropa son gratificantes para quien puede lucirlas y ese no es mi caso.
   Ella silenció mientras finiquitaba su naranjada, me miró pasmada, como escrutando un enfado en mis ojos. Procuré relajarla de cualquier duda sobre mi extraño comportamiento con un beso en la mejilla.
   —Luego nos llamamos —dije encaminándome a la salida.
   —Hasta luego, bonita —concluyó.
   Aquella frase, muy propia de Isabel, era una simple manera de despedirse, pero me estremeció produciendo una especie de vacío en la boca del estómago. Llegué a Central Park con el claro propósito de reflexionar en paz, extasiarme con el paisaje que me ofrecía aquel lugar y efectuar una tranquila llamada a mi padre. Ese jueves le hacían unas pruebas médicas. Eran las once y media de la mañana, confiada en que mi progenitor ya hubiese dormido la siesta —según huso horario español—, lo llamé para informarme de su estado.
   —¿No te habré despertado, verdad?
   —No, hija, comimos hace un rato, hemos llegado muy tarde de La Arrixaca. Me han tenido hasta las tres.
   —¿Cómo estás? —abordé sin tapujos.
   —Como un roble. Bueno, casi, aunque Marisa no deja que me tome ni una cerveza.
   —Hazle caso, papá, que tú eres muy responsable para algunas cosas, pero muy insensato para otras.
   Se produjo entonces un silencio de unos segundos.
   —Por cierto —reanudé el diálogo—, ¿irás el sábado al Romea?
   —No. Al final irán Marisa y Pedro; yo no estoy para muchas representaciones.
   —Vaya, pues menudo regalo te ha hecho Pedro que no vas a poder disfrutarlo.
   —No te preocupes, era una manera de compensarle, te recuerdo que él creía que se iba contigo para Nueva York hasta que te decantaste por Isabel. Estoy ahora muy cansado, ya iré a una ópera contigo, con Marisa o con quién quiera apuntarse para ir a Murcia, o a Madrid si hiciera falta.
   Enmudecí sin saber qué expresar.
   —Oye —prosiguió—, ¿y qué tal Aida?
   —Espectacular, aunque me gustó más la que vi contigo —refiriéndome a La Flauta Mágica y que presencié la noche que dejé de ser niña.  
   —Bueno, ya me contarás. Voy a ver si Marisa ha terminado de fumar, se pasa las horas en el jardín, llamando por teléfono y con el cigarrillo entre sus dedos, ¿está hablando ahora con Isabel?
   —No sé.
   —¿Es que no estás con ella? —inquirió adoptando un tono de preocupación.
   —Sí, está comprando unas hamburguesas —improvisé—, a ver si cojo algún kilillo, que no me vendrá mal.
   —Estás muy bien así, hija.
   —O sea, ¿el sábado estarás solo?
   —Sí, y no pasará nada. Ya te digo que no necesito ayuda, es más, Marisa y Pedro se van a Murcia mañana viernes, porque un primo de Pedro, ese que es poeta y del que tantas veces habla, Carlos Gargallo, tiene un recital por la noche. Por eso salen mañana y se quedan para la ópera del sábado.
   —¿Dónde coño pasarán la noche? —pregunté.
   —Creo que irán a un hotel donde trabaja un amigo de Pedro, se quedarán dos noches. Yo les he dicho que no pasa nada, que podré sobrevivir sin ayuda.
   Quedé perpleja ante lo que había escuchado por teléfono, no quise seguir indagando para evitar translucir en mis preguntas algún juicio de valor que pudiera malquistar la relación de mi padre con su pareja o con su mejor amigo. Aunque admito que me resultó de una extrañeza abrumadora que la noche de ópera en el Romea, con unas entradas que a mi progenitor le regaló Pedro, se había transformado en un viaje a Murcia con dos noches de hotel entre este y Marisa, una mujer que consideraba como una madre. Decidí matar el tiempo y el desasosiego yendo a una hamburguesería limítrofe a aquel inmenso parque. El sol calentaba a duras penas la hierba húmeda. Tras devorar la hamburguesa y liquidar el refresco me tumbé usando mi bolso de cabecera y me abrigué cruzándome de brazos. Procuré desechar los pensamientos malignos respecto a la disparatada expedición intelectual que iban a brindarse aquellas personas tan próximas a mí como desentendidas al padecimiento de mi padre.
   Me despertó el timbre del móvil, era Isabel, ya había obscurecido aunque el frío no había logrado despertarme. Casualmente soñaba con ella, me reclamaba con ojos embaucadores desde su cama, su desnudez podía apreciarse con sutilidad desde los pliegues de sus cálidas sábanas. Me incorporé para atender la llamada, todavía desorientada y engarrotada. En mi mejilla derecha impactó un balonazo propinado por un niño que jugaba en los alrededores, aquello provocó que se me cayesen el móvil y las gafas, además de dejarme media cara ardiendo.