martes, 25 de septiembre de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 38



9

   Al primer lugar donde acudimos una vez quedó confirmado nuestro parentesco tras la prueba de hermandad fue a la casa de nuestra única tía. Ella jugaba en el jardín de su mansión, junto a nuestros pequeños primos. Llegamos sin avisar; Paco, fiel a su palabra, no le había advertido de nada. Yo insistí en darle la más maravillosa de las sorpresas a Laura, no calculando bien el grado de emoción que toleraría al encontrarse con su ahijada después de varias décadas incluyéndola en el grupo de seres que ella consideraba bajo tierra. Tuvimos que llamar a una ambulancia porque se desmayó cuando le contamos la historia y le enseñamos el infalible test genético.
   Ha transcurrido mes y medio desde entonces, y Marta —que, lógicamente, así desea que la llamemos— ha venido varias veces de Tres Cantos, localidad donde reside. Yo también le he devuelto alguna visita, conocí a sus hijos: Susana y Ángel que son tan repelentes y caprichosos como cabría esperar de una familia acostumbrada a atesorar riqueza. Me contó que se había casado con un tal Jaime Alonso, un hombre diez años mayor que ella perteneciente a un adinerado clan dedicado durante generaciones a los negocios inmobiliarios y que solía codearse con lo más granado de la fauna política de la capital.
   Procuraba exteriorizar naturalidad cuando mi hermana me contaba que se vengaba de las infidelidades de su esposo acostándose con el joven jardinero o el monitor de pilates, emulando a muchos personajes femeninos de series norteamericanas; lo cual no debería escandalizarme demasiado cuando en este último mes he alternado coitos sin miramientos entre mi maestro de yoga y mi venerada Isabel.
   Somos muy diferentes a pesar de que compartimos genes. Marta es esbelta, de pupilas claras y tez morena, de solárium, ¡cómo no! Yo sin embargo no he dejado de ser una enclenque de ojos saltones y una mancha facial que cubre buena parte de mi rostro cual parche ocular, algo que podría disimular si me hubiera dejado seducir por los avances de la ciencia, los cuales no se precisan cuando realmente se valora la verdadera belleza: la espiritual.
   Me sorprende que mi hermana, cuyos artistas predilectos son Miguel Bosé y Alejandro Sanz, haya asistido a más representaciones operísticas que yo. Decía que a su marido le regalaban entradas y comparecían en las funciones más motivados por el compromiso social que por mera afición. El vivo retrato de quienes yo tildaba de esnobistas en los vestíbulos de los pocos teatros que he visitado hasta el momento.
   Fue también para mí un asombro constatar que ella no conocía nada de la tierra que la vio nacer, apenas sabría ubicar en un mapa la ciudad de Cartagena, lugar donde vivió hasta casi los tres años, jamás había escuchado hablar de Calasparra —un tipo de arroz, atinó después de devanarse los sesos—, y digamos que el único contacto, que ella supiera, con la región de la que es originaria lo tuvo con un miembro del grupo murciano Second tras una noche desenfrenada de sexo, drogas y rock alternativo.
   Marta es una persona superficial y se deja cautivar expeditamente por el prejuicio fácil y la soberbia. Tengo mucho tiempo por delante para infundirle valores basados en una vida sencilla y honesta, pensamiento inculcado por nuestro progenitor del que cada vez me siento más orgullosa.
  Ahora he comprendido que he tenido mucha suerte al no tener una infancia que fuera sobre ruedas como la de mi hermana. Aunque tal vez sus primeros recuerdos fuesen pesadillas, soñando noche tras noche con unos rostros difuminados que nunca logró retener: los de sus primeros familiares, nosotros.

   Todo concluye en la noche de ayer, la del 11 de julio de 2010. Terminábamos de presenciar el partido de fútbol entre España y Holanda, estábamos toda la familia reunida en casa, mi hermana y su prole; nuestra tía, Alberto y sus dos hijos; y por supuesto mi pequeño Andrés. Laura y yo nos acordamos de mi padre, que ni en sus mejores ensoñaciones sospecharía que la Selección Española disputaría toda una final de un Campeonato del Mundo. La embriaguez colectiva de la victoria puede conseguir que una persona realice actos sandios, y pese a no ser demasiado futbolera salté por los sofás mientras me desgarraba la voz cuando Iniesta atizó un puntapié al balón estrellándolo contra la red, marcando un tanto que pasará a los anales de la historia y que será recordado incluso cuando ninguno de sus coetáneos exista. El gesto perplejo con el que me observaba mi hijo al presenciar tamaña celebración tampoco lo olvidaré.
   Después aplaqué la circunstancial euforia serenándome frente al mar, dedicando unos cuantos minutos a la abstracción mental. En contraste al abrumador silencio de todas las noches, aquélla era una velada de estridentes cláxones, sonidos pirotécnicos y juerga popular cuyos vítores podían escucharse a kilómetros. En cuanto aquieté los pensamientos tomé dos decisiones que, sin duda, cambiarán mi destino. Primeramente hablé con mi hermana, le propuse realizar un viaje a un lugar remoto, un desplazamiento lo sobradamente extenso para fomentar nuestro hermanazgo, iríamos con nuestros hijos, sobre todo con el mío, él debía conocer a una persona. Ella, que ya ha estado varias veces en la ciudad de Nueva York, no encontró problema en volver a visitarla conmigo y con Andrés en estas próximas semanas. Me sonrió cómplice sabedora de cuál es el verdadero motivo de la expedición americana.
   —Tendremos que comenzar ya con las reservas —apuntó—, vamos a ser unos cuantos.
   —Pues espera, que puede que se incorpore alguien más al viaje —informé hurgando en el bolso en búsqueda del móvil.
   Acto seguido me dirigí a mi dormitorio, a un sitio que me confiriera algo de privacidad ante el jolgorio que imperaba en el salón. Con más determinación que nunca telefoneé a Isabel.
   —¡Violeta, somos campeones! —clamó a modo de saludo.
   —He visto el partido junto con mi hermana.
   —No me acostumbro a escuchar esa palabra de tus labios. Todavía no doy crédito, espero que pronto pueda verla en persona.
   —Podrás, si quieres venirte con nosotras a Nueva York —anuncié constatando mi afonía.
   —Lo haría encantada, pero no sé si pinto mucho entre dos hermanas que acaban de conocerse.
   —Isabel, quiero que ella te conozca, y por otro lado puede ser nuestra oportunidad para afianzar nuestra relación.
   —¿A qué se debe este giro repentino?, ¿no decías que podías estar sin mí?
   —Por eso precisamente, porque mi corazón no alberga ningún temor respecto al futuro. —Y creo que fue así, tras pronunciar aquellas palabras, cuando tuve la certeza de que la felicidad consiste en poseer el control de los sentimientos, algo que puede desarrollarse con la práctica del desapego emocional. El bienestar personal nunca debe depender de terceros, tan solo de uno mismo.

   El final de esta historia es, evidentemente, el inicio de otra. Un horizonte esperanzador se abre camino después de tanta adversidad. Ahora toca zanjar esa especie de idilio erótico que mantengo con Antonio, mi monitor de yoga, que, adelanto, no le concederá importancia alguna, dispone de demasiadas amantes a quienes repartir afecto y semen.

   Una vez me contó mi padre que la insuperable melodía de Nessun dorma de Turandot fue el fragmento que lo atrajo al fascinante mundo operístico, casualmente, entretanto finalizo con las últimas palabras de esta autobiografía escucho de fondo Diecimila anni al nostro imperatore, el coro con el que concluye la ópera postrera de Giacomo Puccini y que tiene claras evocaciones al celebérrimo aria. Esta pieza del final probablemente fuese compuesta por Franco Alfano, discípulo del maestro italiano, ya que el gran compositor falleció dejando inconclusa una de sus grandes obras.
   No quisiera, dicho sea de paso, dejar inacabado mi relato, por lo que he de ponerle fin sin más dilación. Todo esto es lo que ha ocurrido en estos años, la historia de mi vida no ha sido otra cosa que lo que aquí se ha contado, podría haber tenido mejor final, o haber finalizado tramas que se han quedado a medias, pero es así, carece de los desenlaces novelescos propios de autores con imaginación, el manuscrito es el que es, porque no es otra cosa que un resumen de mi existencia. ¿Qué le vamos a hacer?

   A propósito, de los cuantiosos correos electrónicos que recibo de mis viejos conocidos, extraigo el siguiente fragmento, me lo envió Pedro, y es realmente fantástico:

   Querida Violeta, ¿cómo van las cosas por la costa? Aquí poco ha cambiado. Marisa y yo nos hemos mudado de casa, ahora residimos en una urbanización cercana al lugar donde vivíais. A ver si un día te acercas con Isabel, con la que sé que has reanudado la amistad, y regresas a tu pueblo aunque sea para constatar personalmente de que todo sigue igual. En ocasiones salimos a andar por las sendas que recorríamos contigo y con tu padre. Hay un rumor por toda la comarca que cuenta que un señor con espesa barba blanca, ayuda a los caminantes extraviados o necesitados de auxilio. Sabes que soy la persona más escéptica del mundo, pero cuando han llegado a mis oídos todas esas historias no he podido evitar esbozar una sonrisa creyendo que se trataba del «Siddartha calasparreño», un alma que siempre deseó encontrarse con su verdad existencial. Tú ya sabes a quién me estoy refiriendo.

lunes, 24 de septiembre de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 37



8

   Algunas mañanas, después de dejar a mi hijo en el colegio, abro las ventanas de toda la casa y toco el piano, me encanta la sensación de la brisa marina mientras interpreto aleatoriamente melodías a la par que las cortinas serpentean esparciendo ese olor a mar que se impregna en las paredes hasta que el salitre se mezcla con mis melancólicas lágrimas. Ahora entiendo por qué mi progenitor interrumpía las ejecuciones con brusquedad, porque su música evocaba a sus difuntos.

   Unos jubilados germanos, vecinos nuestros en los meses de invierno, son los únicos que aplauden mis composiciones; él es un encantador caballero de nombre impronunciable, afirma ser un apasionado de la ópera, con predilección por Wagner y Gluck; yo le rebato, siempre amistosamente, por mi inclinación hacia los autores italianos, aunque un día confesé que, de niña, mi ópera preferida era La Flauta Mágica de Mozart, escrita en alemán. Para que me entendiera se lo tuve que indicar en su título original: Die Zauberflöte.
   De su mujer, una persona extremadamente culta y de un alto nivel espiritual, he aprendido en estos años algo fundamental en mi vida actual: la práctica del yoga. Realizo con ella todos los días una serie de ejercicios para, finalmente, meditar frente al mar, sobre la arena de la playa durante un lapso que nunca es inferior a una hora. Al principio me costaba mantener la postura tanto tiempo, pero ahora me animo incluso a tomar ese baño gélido con el que ella concluye su sesión introspectiva. Es tan escaso el vecindario en el periodo invernal que mi hijo y yo hemos estrechado profundos lazos con el viejo matrimonio. Tanto, que les reprochamos que nos abandonen en los meses estivales cuando se marchan a Erasbach, lugar de donde son oriundos. Ellos no soportan el gentío y la temperatura canicular de este sitio.

  Como cabría esperar, mis tíos y sus vástagos nos han visitado con frecuencia en esta etapa, Alejandro ya tiene casi una década de vida, y Patricia —que comparte con mi madre, además del nombre, la fecha de nacimiento— cumplirá cinco años el 13 de octubre.
   Las numerosas visitas recíprocas dieron comienzo el primer verano, con el Mundial de Fútbol de Alemania 2006 donde nos juntábamos toda la familia para seguir los partidos de España. Al igual que antaño, a Laura y a mí poco nos atraía el lance del encuentro, seguíamos interesadas por las piernas de los futbolistas, Alberto no le otorgaba importancia a nuestros comentarios sobre la atractiva masculinidad de los jugadores; él sí prestaba atención al desarrollo del juego, al igual que su hijo.

   Paco y Consuelo también han frecuentado asiduamente nuestro hogar desde que nos instalamos en Cabo de Palos, sus visitas siempre han venido acompañadas de regalos, sobre todo para Andrés, al que tratan como a un nieto. En los cuantiosos paseos que dábamos antes por la playa o en las calles recoletas e inclinadas de la urbanización me solía quejar a Paco, siempre en tono jocoso, que todavía no había ejercido como padrino recriminándole no haber recibido obsequio alguno durante toda mi infancia. Cada vez que se lo recordaba nos invitaba a comer en La Tana, restaurante donde, según él, se cocina el mejor caldero de todo el contorno del marmenorense.

   Para mi total asombro, desde hace dos años mantengo una relación sentimental abierta con un monitor de hatha yoga que tiene a sus espaldas cinco décadas de vida. Él está casado y tiene varios hijos repartidos en La Manga, El Algar, y otros lugares de la Comarca de Cartagena. Con él tuve el primer orgasmo que me ha provocado un varón e incluso llegué a cuestionar mi orientación sexual dado al incontenible atractivo que posee este mujeriego que descubre en todas las féminas una parte encantadora. Conviene precisar que Antonio Gracia, mi «guía» —como a él le gusta definirse—, dista todo un universo respecto a las firmes convicciones de mi vecina Dorothea, mi verdadera mentora espiritual.

   Por fin conocí personalmente a Berta Ferreyra, mi vieja amistad argentina que, tras diez años de relación por la red se avino a visitarme junto con Águeda, mi amiga de Cataluña que se había presentado años atrás en el sepelio de mi padre. Ambas quedaron fascinadas por los duetos de piano que interpretaba con mi pequeño, el cual ya era todo un especialista frente a las teclas. No en vano, Andrés prefiere los teclados electrónicos, puede que no tarde mucho en regalarle uno. Hay que rendirse a la evidencia, mi hijo tiene en sus genes la capacidad para manejarse con este tipo de instrumentos musicales, no me cabe duda. No obstante, soy menos inflexible que mi padre tanto con el piano como con la ópera, y no lo atosigo con mis anhelos de que se convierta en una persona culta y abrumadoramente habilidosa ya de niño. Es por ello que mi criatura todavía anteponga Dora la exploradora a Verdi. Y he de decir que incluso yo ahora disfruto con mi pequeño de una niñez que nunca tuve.

   Y ya, por último, ocurrió lo impensable. Sucedió la tarde de un sábado de enero de este mismo año. La encontré al otro lado de la puerta de mi domicilio, con una extraña expresión que pretendía encubrir el reconcomio con la serenidad, como si se tratara de un fantasma del pasado que aspirase saldar un asunto pendiente.
   —Hola, Isabel —saludé.
   —Buenas tardes, Violeta. Me ha costado encontrar la casa, he estado casi una hora dando vueltas, te hubiera llamado, pero como cambiaste de número de teléfono…
   —Sí, el número viejo lo perdí porque el móvil estaba a nombre de mi padre y me costaba menos hacerme una línea nueva que cambiar de titular. Claro, que a ti no te llamé para notificártelo —expliqué sin mostrar ningún tono que revelase resquemor.
   Isabel asintió comprendiendo mis palabras.
   —Aquí es todo un reto encontrarme —añadí refiriéndome a mi nuevo hogar—, ¿quién te ha dado mi dirección?
   —Mi madre tenía el teléfono de tu padrino, y él me indicó en qué zona vivías, no me dio tu número porque me dijo que no sabía mirarlo en el móvil, que le llamara en otro momento… No le volví a llamar, creyendo que te encontraría fácilmente, que sería como en Calasparra que la música se oiría a bastantes metros de la casa.
   —No soy tan fanática como mi padre; además, aquí tenemos vecinos cercanos a los que podríamos molestar; por otro lado, en esta época del año si no tienes los cristales cerrados la humedad te cala los huesos. Pero no te quedes ahí, pasa.
   Isabel accedió mientras se desprendía del abrigo. Se negó a tomar un café que le ofrecí, yo me hice una tila. Conoció a mi hijo que jugaba con la videoconsola en su cuarto; mi pequeño, ignorando la importancia que yo otorgaba a la visita, simplemente atinó a decir hola casi sin despegar la vista de la pantalla. Ella me puso al día de todas las novedades ocurridas en el último lustro: Antonio había tenido un grave accidente de tráfico que le ha dejado severas secuelas, que su madre y Pedro había contraído matrimonio un viernes y que dos excursionistas desorientados fueron ayudados por un extraño caminante al que describían con la imagen de mi padre, convirtiendo ahora la existencia de este en toda una leyenda por aquel lugar.
   Mi hijo se acostó bien entrada la noche, en aquel momento yo llevaba varias infusiones e Isabel unas cuantas cervezas. Me siguió contando cosas, hasta que llegamos al grano de lo que debía haberme explicado en las cinco horas anteriores, o tal vez, en algún momento entre los cinco años transcurridos desde nuestro encuentro sexual. Me confesó haber tenido algún escarceo amoroso con mujeres, entre las que se hallaba Lucía, el marimacho que la acompañaba las últimas veces que la vi. Yo le informé de mi relación con mi monitor de yoga, «nada serio»     —recalqué inconscientemente en varias ocasiones—. Los ojos de incredulidad de Isabel no lograron herirme.
   El caso es que, tras la cena, una cosa llevó a la otra, y ambas entramos a mi dormitorio con una botella de destilado, un par de vasos y una renacida lascivia que nunca creí que volvería a sentir en mis entrañas, consumando definitivamente aquello que dejamos a medias en la ciudad de los rascacielos.
   A diferencia de la noche del viaje no bebimos en exceso, lo cual no reprimió que nos realizásemos caricias desinhibidas hasta que el sueño nos derrotó.

   Desperté horas después, todavía de noche. La acidez estomacal, junto a la sequedad bucal, me fastidiaba recordándome por qué el alcohol que tengo en casa es únicamente para las visitas de Paco. Me encontraba de mal humor, algo que no sé hasta qué punto debía atribuírselo al whisky o a haberme dejado seducir tan fácilmente por los cantos de aquella sirena humana que dormitaba plácidamente desnuda bajo la calidez de las sábanas.
   Verifiqué que mi hijo resollaba con mueca risueña sobre la cabecera de su cama, ajeno a lo que había sucedido en el dormitorio contiguo y con los anuncios publicitarios de la madrugada penetrando en su subconsciente. Exasperadamente maniático —como su abuelo—, se despertaba si le apagaba el televisor. Ahora entiendo por qué un día se levantó pidiéndome que le comprara una plataforma vibratoria de esas que tanto anunciaban.
   Yo me había desvelado, pero era demasiado temprano para bajar a la playa y practicar la meditación, decidí salir al balcón arropada con una gruesa manta con la intención de reflexionar, la estampa que se presentaba en el horizonte invitaba a ello. Avisté las primeras luces del alba que dividían el mar y el cielo en miles de tonos azul marino. Recordé una historia que una vez me narró mi padre y que después supe que aludía a Susana, la perturbada de pelo blanco que me visitó en Calasparra pocas semanas antes de que yo diera a luz. En aquel testimonio, contaba que sintió rabia de sí mismo cuando percibió que había sucumbido a los encantos de aquella mujer, que de joven, por lo que describía, tendría un aspecto similar al de Isabel, una persona acostumbrada a utilizar a quienquiera que se le pusiera como objetivo con el simple chasquido de sus dedos. Él se fue entonces en búsqueda de mi madre, afrentando con aquel simple gesto a una mujer que hasta ese instante se creía dueña de la situación.
   No es que yo pretendiera que Isabel enloqueciese, amén de que ella nunca se ha comportado como una petulante ególatra tal como se decía de Susana, ni yo poseo la lozanía de mi antecesor en sus años mozos. Pero no estaba dispuesta a seguir el camino que ella quisiera marcarme y estar a expensas de sus antojos. «No seas marioneta de quien no te quiera de verdad» decía mi padre, al igual que: «Una de las cosas más importantes que tenemos es la libertad de hacer aquello que deseamos y la voluntad para no depender de los caprichos de nadie». Frases que recorrían mis sinapsis neuronales con la misma persistencia con que la bruma anunciaba el alba.

   La mañana amaneció con una nube de sentimientos encontrados, el indisimulable enamoramiento que profesaba hacia Isabel y la inevitable sensación de haber sido un títere ante sus pretensiones.
   El correteo de mi hijo al levantarse la despertó. Se acercó a darle un beso al pequeño, andaba con el cabello enmarañado y ese donaire que solo ella atesora.
   —Buenos días, Andrés —saludó frotándose los ojos y desperezándose—, ¡qué guapo eres!
   Él la miró un segundo sin pestañear para luego continuar su embate con el vaso de leche con cereales. ¡Hasta en lo glotón se parece a su abuelo!
   No sabía cómo abordar la situación con Isabel, me fijé en el contraste de su piel con la de mi hijo, y ahí se me encendió una chispa. Seguramente, sería el argumento más estéril y mentecato de todos los que podía haber usado para zanjar la relación. Pero utilicé ese.
   —Isabel —articulé sin levantarme del sillón ni despegar la vista del suelo para que mi mirada no delatara la contradicción de mis palabras.
   —Dime.
   —¿Te acuerdas de lo que dijiste en el Metropolitan, que te resultaba extraño ver a un negro asistir a una ópera?
   Ella me lanzó una expresión estupefacta que me tachaba, cuando menos, de enajenada.
   —Mi hijo es negro —proseguí—. No quiero que crezca rodeado de gente prejuiciosa como tú.
   —A ver, Violeta, yo ni me acuerdo ya de eso; pero ¿qué me estás contando?    —preguntó temerosa de haber dormido junto a una perturbada.
   —Lo que quiero decirte, Isabel, es que lo mejor será que te marches, ¿no decíamos que éramos casi hermanas?
   No concedió siquiera un minuto para arreglarse el pelo, le dio otro beso a mi hijo que devoraba ahora una magdalena. Agarró su abrigo y se despidió de nuestras vidas dando un portazo.
   Por suerte sé que aquel brote, mezcolanza de rencor e insensatez, no volverá a repetirse, ¿cómo?, aumentando el tiempo diario de meditación y dejando de consumir cualquier bebida que contenga alcohol.
   Días después rescaté su número de móvil y la telefoneé hasta que conseguí mitigar su enfado, nos llamamos a partir de entonces todas las semanas y puede decirse en la actualidad que somos algo más que amigas.

   Sin embargo, ninguno de los sucesos contados hasta ahora, de los transcurridos en estos últimos años, ha sido el verdadero causante de que haya reanudado la historia de mi vida. De hecho, el relato cobra sentido por un acontecimiento ocurrido hace escasamente unos días. Pero será mejor que comience por el principio:
   Podía haber sido una jornada cualquiera de nuestra vida solitaria, mi hijo ondeaba una cometa cerca de casa, correteaba por nuestra diminuta playa sosteniendo los mandos con bastante pericia para un niño que todavía no ha cumplido los cinco. Era nuestra actividad preferida de los sábados, yo le contemplaba sosteniendo unas sandalias en la mano y caminando descalza de un lado al otro de la orilla emulando a mi madre cuando la avisté en el sueño que tuve cuando mi padre murió. Al llegar a casa me encontré con el preludio de lo que iba a ser el día más impensado de toda mi existencia.
   La luz roja de mi BlackBerry parpadeaba incesante sobre la mesa de la cocina, me avisaba de que tenía varias llamadas perdidas, concretamente siete, y todas del mismo contacto: Paco Martínez Nova. Alarmada por la insistencia marqué de inmediato su número y conversé con él.
   —Padrino, ¿ocurre algo?
   —¡Por fin hablo contigo, Violeta!, comenzaba a preocuparme —saludó con voz agitada.
   —¿Qué sucede, le ha pasado algo a Consuelo?
   —No, hija. No es nada malo, pero no te lo puedo contar por teléfono. Estoy esperando la llegada de alguien, en cuanto venga salgo para allá. No quedes con nadie esta tarde en tu casa.
   —¿Me podrías decir de qué se trata? —expresé—. No entiendo el porqué de tanto secretismo.
   —Si te lo digo ahora no te lo vas a creer y vas a pensar que es una locura. En una hora recibirás nuestra visita, créeme, es muy importante.
   Cuando corté la comunicación pensé que lo que me pretendía contar mi padrino es que iba a ser padre, luego reparé en que Consuelo estaría cerca de los cincuenta años, difícil gesta esa. Las dudas que había sembrado Paco, y su inminente visita, me causaban inquietud, cogí la botella de whisky para echar un trago hasta que me acordé de la promesa de mantenerme siempre sobria. La dejé en la encimera porque seguro que mi padrino le daría uso cuando llegara. Decidí aplacar el nerviosismo tocando el piano, mi hijo estaba merendando un bocadillo en el balcón, embobado, como contando las olas, yo no podía probar bocado.
   Así estuve todas las horas de aquella soleada tarde, frente al teclado, en el centro del salón. Al igual que de niña, la exacerbación del momento imposibilitaba que posara la vista en mis dedos, mi mirada vagaba por todas los cuadros colgados de las paredes que estaban dentro de mi campo de visión, contemplé con detenimiento el óleo con la imagen de Susana, el que fue restaurado por Marisa; para luego detenerme en el retrato familiar donde aparecíamos toda la familia y que tantos años estuvo escondido en la «habitación prohibida», fotografía que cuenta con casi tres décadas de existencia. Justo en el momento en el que mi mente deambulaba por aquellas lejanas remembranzas de mi niñez sonó el timbre.
   Creo que no pude esconder mi asombro cuando abrí la puerta. Delante de mí se encontraban Paco y dos desconocidos, a su lado un señor con sombrero, bigote y un puro que apagó ipso facto; era el vivo retrato del Puccini que aparece en las enciclopedias. Detrás de los dos hombres se encontraba una mujer de exquisita belleza, rubia y de refinado vestuario, su expresión no debía distar mucho de la mía, no apartó de mí sus ojos pasmados.
   —Buenas noches —saludé boquiabierta.
   —Hola, Violeta —dijo Paco—, entiendo que estés sorprendida por la compañía con la que vengo.
   Asentí con el semblante rígido intentado no exteriorizar más mi confusión.
   —Te presento —añadió mi padrino con el vano propósito de suavizar el ambiente—, este señor es don Lorenzo Ramírez, detective; antiguo inspector de la Policía Nacional de Cartagena; por cierto, me he enterado después que fue compañero de tu padre en el colegio.
   —Encantada —manifesté estrechándole la mano—, ¿entonces fue amigo de mi padre?
   —No exactamente, su padre iba a clase de un hermano menor —concretó con voz de fumador empedernido—. Pero se puede decir que el destino ha conseguido que salde una deuda con él.
   —¿Qué quiere decir? —pregunté rayando el desconcierto absoluto.
   —En unos minutos lo sabrá.
   —Esta chica —intervino Paco—, se llama Marta Urquijo de Zamora, vive en Madrid, es la primera vez que viene a la Región de Murcia. El motivo de su estancia aquí es lo que ahora debemos explicarte. Pero antes me gustaría tomarme un whisky con cola, ¿quieres uno, Ramírez?
   —Venga, lo necesitaré.
   —¿Quieres algo, Marta? —ofrecí a la elegante joven que me observaba de un modo que empezaba a importunarme.
   —¿Tienes algún refresco light?
   —No.
   —¿Y cerveza sin alcohol?
   —Tampoco —mascullé evidenciando las limitaciones que poseo para atender una visita.
   —Entonces quiero agua.
   No podía esperar otra réplica de esa mujer de expresión avinagrada y fino acento. Percibía en su rostro el gesto impertinente de quien observa a un bicho raro, yo le copiaba la mueca para que adoptase otra actitud, pero en cuanto apartaba mis ojos de los suyos volvía a repetir su persistente mirada. Decidí romper la tensión encendiendo el equipo de música y reproducir el sonido de cualquier disco que estuviera dentro, comenzó a escucharse la ópera Norma. Paco y el detective regresaban con sus vasos, en ellos no se apreciaba desasosiego, sino más bien un semblante de mutua complacencia. Fuimos a sentarnos en los sofás que se hallaban junto a la enorme cristalera que asoma al Mediterráneo. Mi padrino sacó del bolsillo un documento escrito a bolígrafo antes de acomodarse a mi lado.
   —Violeta, esta carta que tengo aquí la escribió mi prima Susana la noche antes de suicidarse. No te la voy a leer porque no quiero alargarme. En ella dice algo que un día pretendí contaros a ti y a tu padre. Aunque te la voy a resumir. En la nota dice que, tras muchos días esperando el momento idóneo, la mañana del 12 de septiembre de 1981, ella, acompañada de dos amigos, y con la intención de dar un susto a tu familia y obtener algo de dinero, secuestraron a tu hermana Susana que tendría unos dos años.
   —Dos años y medio, largos —concreté.
   —Según cuenta —continuó—, un coche que era conducido por mi prima se detuvo delante del vehículo que conducía tu madre obligándola a frenar. Detrás había otro coche donde estaban sus dos amigos, uno de ellos raptó a tu hermana introduciéndola en el vehículo y huyeron. Por las noticias supieron que el Seat que conducía tu madre, seguramente, nerviosa por lo sucedido y en el intento de perseguirlos, colisionó con un camión de combustible.
   Marta se levantó del sofá, intuí que le desinteresaba la historia que estaba relatando Paco basada en la carta de una enferma mental. Comenzó a rondar junto a nosotros examinando todos los pormenores de la decoración del salón.
   —Paco, ¿qué me estás diciendo? —pregunté enojada.
   —Ahora es cuando debería hablar yo —terció Ramírez.
   —¡No! —imploré— ¿Qué queréis de mí?, ¿acaso necesitáis dinero?, ¿qué pretendéis, venderme una historia rocambolesca de la cual ya no quiero saber nada?
   —Yo no necesito ningún dinero tuyo —intervino Marta que escudriñaba el lienzo de mi hermana Susana como si se tratase de una marchante de arte—. Quiero la verdad.
   —Ahijada, ese comentario me ofende, escucha a Ramírez.
   —Escuche, Violeta —rogó el detective con una modulación que invitaba a la calma—, ¿usted sabía que en los cuerpos de su hermana y de su madre solo había cenizas y unos pocos huesos que no pudieron identificarse?
   —Sí, algo así.
   —Pues deje una puerta abierta a lo que le voy a contar. En cuanto Paco me dio la carta, pude investigar a partir de los pocos datos que disponía, la prima estaba muerta y no sabíamos los nombres de sus supuestos colaboradores. Aun así, estuve durante meses visitando a antiguos delincuentes de los ochenta, es la ventaja que tiene haber dedicado toda la vida a la policía.
   »Encontré a viejos maleantes, que perfectamente podrían conocer a quienes presuntamente colaboraron en aquel secuestro, eso sí, con la capacidad neuronal justa para aportar datos precisos. Me contaron que aquellos individuos, por miedo a lo ocurrido con su madre, decidieron desprenderse de la criatura secuestrada vendiéndola en el mercado negro a un viejo matrimonio de Madrid, que creerían que la niña vendría de alguna drogadicta o una mujer de la calle. Conociendo a aquellos delincuentes, la suerte fue que no la mataran. Es por ello, que a falta de un análisis de ADN que corrobore mi investigación…
   —¡Cielo santo! —chilló Marta rasgando el aire mientras señalaba con el índice el retrato familiar que estaba colgado cerca del piano— ¡Esa niña de ahí soy yo!
   El inspector pasmado por los alaridos interrumpió su discurso. Paco observaba inmóvil mi reacción, dirigí la mirada a la chica acercándome a ella cautelosamente, después contemplé el cuadro y cotejé la fisonomía de esa mujer con el bello rostro de mi hermana. Habían pasado treinta años desde que se realizó la fotografía, pero, quienquiera que fuera, compartía con la imagen bastantes rasgos faciales. Aprecié después que su mentón se meneaba de modo similar al de mi padre cuando se conmovía.
   —Dispongo de un sinfín de fotos de cuando tenía más o menos esa edad —me dijo hipando—, mis padres las recopilaron en varios álbumes que resumían toda mi niñez. Ellos jamás me dijeron que era adoptada. Nunca entendí por qué no tenía imágenes de cuando era bebé como el resto de mis amigos, ahora ya lo sé. Puedo jurarte por mis dos hijos que esta criatura que está junto a ti soy yo.
   La mancha de vino que siempre ha singularizado mi cara no dejaba atisbo a la duda sobre quién era el bebé que sostenía mi hermana.
   Resucitada de repente, aquella desconocida, se encontraba enfrente a mí después de toda una existencia viviendo separadas. Esa mujer, que siempre creyó que era hija única de un matrimonio mayor, se hallaba arrodillada perjurando ser la niña de la imagen, la cual dejó de llamarse Susana el día que la secuestraron. Temblando, me agaché para abrazarla y preguntarle entre sollozos: «¡¿Hermana!?».
   Ella asintió con una mueca de incertidumbre que bien podría asemejarse a la mía, nuestras mejillas estuvieron tanto tiempo pegadas que las lágrimas que se precipitaron al suelo de cada una de las barbillas eran una mezcla de las de ambas. Así permanecimos, sin movernos durante varios minutos, instante que fue coronado por el aria Casta Diva de Bellini.

   Debía digerir incontinenti demasiada información, esa mujer con la que me estrujaba había franqueado la puerta de mi domicilio como una figura anónima para acabar siendo mi hermana Susana, a la que habían dado por muerta en un accidente de tráfico, aquel suceso que cambiaría para siempre la vida de nuestra familia, y que en su caso concreto transformó de lleno su existencia, modificando incluso su nombre y fecha de nacimiento.
   Paco se tapaba las cuencas oculares con las palmas de las manos ocultando el llanto a los presentes, pero la convulsión de todo su cuerpo delataba su conmoción. Le dije que era un motivo de alegría más que de tristeza, él me respondió: «no lloro por ti, sino por tu padre, este encuentro debía de haber ocurrido antes. Si le hubiera hecho caso a mi prima…».
   Lorenzo Ramírez, antiguo inspector de policía, un hombre acostumbrado a tratar con criminales se sonaba con un pañuelo.
   —Tienen que hacerse una prueba de ADN el lunes—dijo cuando recobró la compostura—, así disiparemos cualquier duda.
   —De acuerdo —articulamos unísonas en una inopinada compenetración fraternal.
   Mi hijo salió de su habitación renegando por la videoconsola que si no recuerdo mal se había bloqueado; al verme llorar se sorprendió, más aún cuando vio a Paco: «¡Padrino!» exclamó. Andrés, al igual que yo, le llamaba de ese modo. Se abrazó a él esperando que, como siempre, le hubiera traído un regalo. Aquel día, el obsequio fue para mí, el más extraordinario que jamás me hayan hecho.
   —Mira, hijo, esta mujer que está aquí conmigo es mi hermana. Es la tita…       —titubeé en el nombre—, la tita Marta.
   —¿Cómo se llama tu hijo, Violeta? —preguntó ella.
   —Se llama Andrés. Como nuestro padre.
   —Mis hijos se llaman Susana y Ángel; el pequeño, que tiene más o menos la misma edad que tu hijo, heredó el nombre de su abuelo, quien yo pensaba que era mi padre biológico. La mayor tiene nueve años, su nombre fue un capricho mío, siempre me gustó. A lo mejor lo he tenido presente en el subconsciente.
   Paco regresó del dormitorio de mi hijo después de resolverle el conflicto con la consola de videojuegos, Lorenzo Ramírez agarró su sombrero, y hurgó en el interior de los bolsillos de su pantalón hasta que extrajo un cilindro en cuyo interior se preservaba un puro.
   —Bueno, ya es hora de irnos —anunció el detective—. Marta, despídase de Violeta y recuerde que deben hacerse las pruebas.
   —¿Dónde vas a estar hasta el lunes? —pregunté a mi hermana.
   —Iré a Cartagena, me hospedaré en un hotel, he dejado a mis hijos con mi ex marido en Madrid.
   —Podrías quedarte aquí.
   Ella afirmó sonriente.
   —Padrino, no sé cómo agradecerte todo esto.
   —Violeta, yo lo único que he hecho ha sido poner dinero, el mérito es de este señor, el detective Ramírez.
   —Paco —informó el investigador—, de lo que tienes pendiente conmigo: olvídate.
   —¿A qué se debe eso, Ramírez?
   —Tenía una deuda personal con don Andrés Rosique, ya estoy en paz con él.
   Sin saber muy bien qué significaron aquellas palabras me despedí de ambos, mi hermana les acompañó para retirar su equipaje del maletero e introducirlo luego en mi casa.
   —¿Quieres que vayamos a cenar a algún sitio de La Manga? —pregunté cuando terminó de instalarse en uno de los dormitorios.
   —Por supuesto. Tenemos que contarnos muchas cosas, y este lugar es maravilloso, llévame a un restaurante donde pueda degustar un buen vino.
   Aunque sigo sin conocer todavía dónde están los mejores establecimientos gastronómicos del Mar Menor acerté con una de mis improvisaciones. Mi hijo con su inherente naturalidad comenzó a llamarle tita esa misma noche, yo aún sigo sin creerme lo que sucedió aquel día de mediados de junio.

   El silencio reinó buena parte de aquellos primeros instantes juntas, en contraste con las cuantiosas preguntas que nos asaltaban mutuamente, pero parecía que no teníamos prisa, poseíamos el resto de nuestras vidas para conocer el pasado de la otra. ¿Acaso importaba ese mutismo después de treinta años separadas?

sábado, 22 de septiembre de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 36



7
  
   Mi pequeño nació con algo más de tres kilogramos de peso el 3 de septiembre de 2005. Por aquel entonces ya tenía apalabrada la vivienda en la que ahora resido. Finalmente mis tíos me facilitaron los datos de un conocido suyo que pretendía vender su casa en Cala Flores, un sinuoso complejo residencial junto al pueblo pesquero de Cabo de Palos, a unos treinta kilómetros de Cartagena. Posee unas espectaculares vistas al Mediterráneo.
   Afortunadamente mi niño se asemeja a su padre, conserva hoy los rasgos bellos con los que llegó al mundo y su piel tostada de mulato desentona con mi clara tez. Juntos formamos un fabuloso contraste de tonos cromáticos.
   Algunas veces, sobre todo cuando llegaba ese inenarrable lazo entre madre e hijo que es el amamantamiento, yo reflexionaba sobre las numerosas preguntas que se haría cuando creciese, respecto a su color de piel, o de su padre, o cualquier otra cuestión que pusiera en peligro el inquebrantable secreto que iba a imponerme en relación a su origen.

   Poco antes de que diera a luz me sucedió algo que propició que aligerase la mudanza a la costa. Ocurrió tras un atardecer tormentoso, nada que ver con los apacibles anocheceres que me regaló el último mes de agosto que habité en Calasparra. Los árboles se retorcían furiosos por el vendaval, la luna llena se traslucía tras el paso veloz de los nubarrones oscuros, aquello con­fería al jardín una estampa tétrica, la verja daba portazos al son del viento, desde que había muerto mi padre siempre cerraba todas las puertas con llave pero el voluminoso estado con el que me encontraba dificultaba algunas tareas, por eso no eché el candado aquel día. Avisté allí una incandescencia que levitaba en el aire, abrí la ventana para poder observar con nitidez aquella curiosidad lumínica, la verja cesó de dar golpes, alguien amortiguaba con su cuerpo los cadenciosos impactos. Agucé bien la vista y el sentido común para constatar que la rareza luminosa era un cigarrillo encendido que se acercaba en la negrura.
   —¿Quién es? —inquirí acobardada, resguardada tras la ventana con una escasa abertura que la hacía silbar.
   —¿Es esta la casa de Andrés, Andrés Rosique? —preguntó una extraña voz a la que no supe identificar ni edad ni género.
   —Sí —mascullé aterrada por la extravagante silueta que se aproximaba a mi ubicación.
   Cerré la ventana de un golpe. Contemplé, a menos de dos metros, a una mujer mayor que vestía una haraposa túnica blanca que flameaba al compás de su hirsuto cabello plateado. Apagó el pitillo que exhalaba con vehemencia y se dirigió hacia el cristal empañado.
   —Abre, Violeta, ábreme la puerta —exhortó.
   —No. Váyase o llamo a la policía ahora mismo —supliqué un tanto confusa de estar hablando con una desconocida que sabía mi nombre.
   El pánico de la situación, sumado al enorme tamaño de mi vientre, que impedía oponer resistencia o huir, descartó por completo la idea de que le permitiera el acceso a aquel ser de aspecto endemoniado.
   —Señora, si ha venido a ver a mi padre le informo que falleció hace unos meses.
   —Lo sé, quiero hablar contigo. Es importante.
   —Yo a usted no la conozco, y no reúno las condiciones para recibir visita alguna. Se lo repito, señora, márchese o marco el número de la policía.
   —Solo he venido a pedir perdón y a contarte una historia terriblemente cruel.
   —¿Y su nombre cuál es? —pregunté intuyendo de quién podría tratarse.
   —Me llamo Susana Hernández, soy prima de Paco, el amigo de tu padre. He vivido buena parte de mi existencia en centros psiquiátricos, el reloj de mi vida se detuvo una noche de julio de 1976; desde entonces todo fue rencor, tanto, que me arrastró a la locura.
   —¿Para qué ha venido exactamente?
   —He venido para confesarte la verdad, creo que es la única manera de liberar un poco el remordimiento que me ha dejado insomne durante décadas.
   —¿La verdad de qué? Ya ha pasado mucho tiempo desde entonces, ahora no puedo hablar con usted. Si le sirve para algo, mi padre ya le ha perdonado hiciera lo que hiciera, estoy segura.
   —De acuerdo, ya me voy. No será porque no lo he intentado.
   La mujer emprendió lentamente la marcha, prendió un cigarro con bastante dificultad, la incandescencia junto con su ondeante vestidura se difuminaron como la niebla en la obscuridad. Contemplé durante minutos el camino de piedrecillas que accede a nuestra parcela, esperando ver las luces de un automóvil encenderse, hecho que no llegó a ocurrir. Aquella dama fantasmagórica, de la cual ya me había advertido mi padrino que padecía una obsesión enfermiza por mi progenitor, pa­recía haber venido de las tinieblas. Conviene decir que al narrar esta escena no me he dejado llevar por lo que en la literatura se llama «falacia patética» (aquella mujer sombría me visitó, por casualidad o no, en una noche de niebla y viento, mi mente no ha exagerado un ápice de aquella atmósfera terrorífica). Lo recuerdo todo con perfección, aunque aquello sucediera hace ya un lustro. Por eso permanecí atrincherada en casa con todas las puertas cerradas con llave y continué aislada del mundo, porfídicamente, en un estado casi de enajenación, hasta que el curso de la naturaleza me obligó a abandonar mi viejo hogar para alumbrar a Andrés.
    
   El empleado de una agencia inmobiliaria me acompañaba la última vez que pisé la casa, yo había llegado desde mi nuevo hogar con mi niño que contaba con unos pocos meses de vida, hacía mucho frío y se había levantado un viento que no iba echar de menos en la costa. Accedimos al salón, observé los polvorientos muebles, la mayoría llegaron a aquella vivienda mucho antes que yo, y allí perdurarían olvidados y abandonados, recluidos entre lúgubres paredes quién sabe si por otros tantos años. Subí las escaleras con mi hijo en brazos, descorrí las cortinas y elevé las persianas de todas las ventanas de la planta superior. Pretendía que mis ojos se llevaran para siempre la imagen de los dormitorios en todo su esplendor. «Hasta siempre, vida», musité.
   El eco de mis pasos resonaba por todas las habitaciones mientras el comercial me realizaba preguntas irrelevantes sobre la vivienda. Salí al jardín, hacia el punto donde se encontraban los restos de Yako, entre la higuera y el último árbol que plantó mi padre, ahí me santigüé. La cruz ya había sido quitada, a la empresa no le interesaba que los futuros compradores dedujesen que allí se había enterrado un cuerpo, aunque ahora se tratara de los restos óseos de un animal. Prometí a mi bebé dirigiéndome a sus ininteligibles oídos que, en cuanto me lo pidiera, tendríamos una mascota en casa.
   Entretanto el agente cerraba todas las ventanas me dirigí a unos cincuenta metros de la parcela, al montículo donde acudía con mi padre y mi perro a descubrir cómo los matices de las casas del pueblo se transformaban de color según atardecía. Me senté con mi pequeño Andrés en mi regazo para comprobar que ya divisaba el paisaje con un entusiasmo similar al de su abuelo.
   —Esta imagen permanecerá para siempre en mi retina —murmuré a mi hijo.
   —¿Señorita Rosique, me firma la nota? —gritó el agente mientras cerraba la puerta principal.
   —Sí, ahora mismo voy.

   Con mi niño bien sujeto en su sillita para bebés conduje por el pueblo, no percibí nada especial, era otro día más de otoño en la localidad, ninguno de mis conocidos sabía que aquella mañana sería mi último paso por el lugar hasta la fecha, yo tampoco. En silencio me despedí de las calles, de las plazas, de sus afanadas gentes en sus quehaceres diarios, y del bello paisaje de los arrozales cuando ya el coche me llevaba en dirección a la autovía.
   ¿Recordaría alguien mi estancia en aquellas tierras? Únicamente, unas pocas personas podrían acordarse: Marisa y Pedro que vivirían sin mi presencia un romance sin fingimientos; Antonio, el hijo de Maruja, que tal vez suspiraría por mí tras su mostrador de carne por lo que pudo haber sido y no fue; y Juan el Chapicas, el cual, quien sabe si escarmentado por la mala vida, se hubiera reformado en alguien honrado. Nadie más del pueblo me echaría de menos. Puede que en un momento dado, alguien preguntase qué pasó con la hija del leñador, a lo que otro vecino contestaría «He oído que se marchó a otro lugar cuando su padre murió».
   El paisaje azulado y pintoresco del Mar Menor me recibió con aquellas reflexiones y la certidumbre de que mi grupo de allegados se había reducido meramente a mis padrinos y a mis tíos que, por cierto, acababan de ser padres por segunda vez. Le pusieron como nombre: Patricia.

   Los años han transcurrido inexorables desde entonces, la profundidad del mar que puedo avistar desde el balcón de casa me ha evocado miles de remembranzas con la misma sintonía con que las olas rompen con las rocas. De los más remotos recuerdos, en la suntuosa casa de Cartagena, pasando a mi primer día de Colegio en Calasparra, de aquel beso con Antonio, y la inevitable melancolía que me originaba la reminiscencia de Isabel, con el momento más dulce de todos los imaginables, cuando en la intimidad de la habitación neoyorquina me obsequió con la mirada de mayor frenesí que unos ojos pueden proyectar. Me acordaba a menudo de Andrew, el progenitor de mi hijo, que seguiría tocando el piano en su local de Manhattan ignorando que un ser que llevaba sus genes crecía en un lugar que no sabría ubicar en un mapamundi.
   Pero mis memorias más nostálgicas tenían a mi padre como protagonista, su singular personalidad, de sus largas historias que ingeniaba para infundirme sentimientos como miedo, tristeza, alegría, etcétera; y de cómo procuraba convencerme de que toda acción tiene su eco en la eternidad. Él disfrutaría contemplando el paisaje que yo diviso cada día, y admirar la infinitud del mar mezclándose con el cielo. Nunca me olvidaré de aquel precioso sueño, junto a la playa, donde aparecía mi madre a darle la bienvenida, justo en el instante en que él me dejó. Aquello debía significar algo y lo he descifrado ahora.