domingo, 12 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 9


8

   Dani se convirtió a partir de aquel momento en la única persona que entraba a casa. Sus dotes para la enseñanza propiciaron que, además de clases de piano, fuese mi profesor en las materias lectivas que los niños de mi edad recibían en el colegio. Un vendedor ambulante, cuyo nombre era Domingo, también se acercaba cada mañana a casa, pero nunca sobrepasaba la valla que delimita la parcela, tocaba la bocina muy temprano anunciando su llegada y nos traía los pedidos de todo tipo de productos alimenticios y tomaba nota de los siguientes. Siempre lo atendía mi padre desde la verja, que abría para que el viejo pudiera dar la vuelta sin demasiadas maniobras. Yo nunca trataba con él; por eso, apenas conocí a ese señor hasta poco antes de jubilarse.
   El tiempo que mi padre y yo dedicábamos a Yako en aquellos meses de oscuridad nos sirvió para domesticarle. Una vieja pelota de tenis era su juguete preferido, nunca se hartaba de perseguirla, ¡qué diferencia con los humanos!, que enseguida acabamos aburriéndonos de lo mismo. Bueno, todas las personas, exceptuando al maniático de mi progenitor. Repetitivo hasta la enajenación, la narración de un día cualquiera de su vida podría valer para resumir la mayoría de los de su existencia en Calasparra. Era como un reloj, comenzaba con un paseo matinal de al menos una hora; después escuchaba una ópera por la mañana mientras atendía las necesidades del jardín y cortaba algunas flores que usaba para decorar la casa y, de paso, proporcionarle fragancia. Yo, mientras tanto, resolvía los ejercicios y otras tareas que la tarde anterior me encomendaba Dani. Luego un litro de cerveza para «recuperar líquidos» (eso mi padre, yo no tomaba nada). Servidora se ocupaba de cocinar algunas de las recetas que aprendí de mi tía. Comíamos más bien temprano, entre la una y las dos de la tarde, le seguía una pequeña siesta; y después, otra ópera, la de las tardes solía ser en vídeo, era la mejor forma de apreciar la teatralidad del género, en otras ocasiones introducía algún compact disc y leía alguno de la ingente variedad de libros clásicos que ostentan las estanterías del salón, yo hacía lo propio, acompañándolo al otro lado del sofá; luego venía Dani y con ello, las tediosas clases lectivas y de piano, incluso darle a las teclas me resultaba soporífero, en ocasiones mi padre se anexaba a nosotros en un intento huero de ayudar o quién sabe si de aprender. Por la noche yo veía la televisión en el salón, en esto le había ganado la batalla hacía ya un tiempo al excéntrico que vivía conmigo, él se iba a su aposento a escuchar música, sobre una mecedora que situó entre su cama y la ventana, con el tercer o cuarto vaso de whisky del día reposando sobre la mesilla. Algunas veces le oía roncar con un libro abierto sobre su pecho, todavía se me­cía, como si sus pies continuasen el impulso mientras dormía. Una vez le apagué la música y me dijo que todavía la estaba oyendo, confesó que le gustaba que se mezclase la melodía con los sueños que tenía con mi madre, a modo de banda sonora; algunas veces dormía toda la noche en la mecedora, casi siempre con la misma ropa que había llevado todo el día; otras veces, si se despertaba y creía que yo dormía plácidamente en mi cuarto, accedía a la «habitación prohibida» y permanecía allí un tiempo extenso, algunas veces hasta el amanecer, le escuchaba suspirar rememorando un pasado glorioso y feliz. Su barba había crecido mucho y, pese a no haber cumplido cuarenta, empezaba a estar encanecida.

   Corría el mes de marzo de 1993, cuando mi padre, la persona a la que adjetivaban como el solitario de la montaña, el leñador, el náufrago u otros apelativos que lo calificaban como anacoreta, me planteó que hiciéramos un viaje.
   —Cariño, ¿te gustaría que visitáramos alguna ciudad?
   —¿Cómo? —pregunté con indisimulable estupefacción—, ¿dónde?
   —Pues donde quieras, pero tiene que ser una ciudad grande.
   —Vale, pues entonces elijo París.
   —No, hija, tiene que ser una ciudad que esté en España, que no quiero conducir tan lejos.
   —Entonces Barcelona que quiero ver el lugar donde se celebraron las olimpiadas, y si no… a Sevilla, donde se hizo lo de la Expo —expuse creyendo que podía elegir el destino.
   —¿Y no te gustaría ir a la capital, a Madrid?
   —¿A Madrid? —cuestioné encogiéndome de hombros—, ¿para qué? Aunque, vamos para allá si es lo que quieres, pero no entiendo por qué me preguntas si quiero ir a un sitio u otro.

   A las dos o tres semanas de aquella conversación marchamos a Madrid. Huelga decir que mi padre no contemplaba otra opción que no fuese visitar dicha ciudad, preguntarme para que escogiera, muy seguramente, obedecería a que daría por sentado mi respuesta por un deseo personal de antaño en el que repetía constantemente que me gustaría vivir en la capital de España, y que mi padre oiría alguna vez cuando mi tía repasaba conmigo las capitales europeas. Nunca había rebasado las fronteras de la región murciana por ninguna de las provincias limítrofes, menos aún por el litoral. Así que por nimio que pudiera parecer el viaje, era, en efecto, muy especial para mí. No comprendía bien por qué íbamos un fin de semana a pernoctar las concurridas noches de viernes, sábado y domingo, cuando podíamos elegir los días de semana que quisiéramos al no estar ni él ni yo sujetos a los horarios de trabajo y colegio como la mayoría de los mortales (salvo las clases vespertinas de Dani, las cuales podía eludir sin mayor problema).
   Llegamos al Hotel Atlántico en Gran Vía el viernes a las once de la noche. Cansados por el trayecto, poco hicimos antes de descansar en la confortable habitación salvo una liviana cena y un corto paseo por el centro de Madrid.
   Aprovechamos la mañana del sábado para realizar unas compras, él adquirió un traje y yo elegí un bonito vestido en una tienda muy distinguida donde las dependientas en un principio fueron reacias a atenderme. Mi padre me indicó que debía ponérmelo la noche del domingo, ¿el motivo?, una sorpresa. Por la tarde caminamos por El Retiro, un lugar inmenso de fastuosos jardines coronado por aquel estanque verdaderamente hermoso, la gente paseaba sin reparar demasiado en mí, lo que me produjo una agradable sensación. Espectáculos al aire libre con saltimbanquis, malabaristas, mimos y otros artistas callejeros que interactuaban con fascinados transeúntes. Aquellas imágenes se mantendrán para siempre grabadas en mi retina.
   A la mañana siguiente anduvimos en dirección a la Puerta del Sol y luego hacia la Plaza Mayor, la impresión de pasar desapercibida ante la muchedumbre resultaba confortable a la par de extraña. Contemplé a los cuadros expuestos en la calle y el talento que se respiraba entre aquellos artistas de aire bohemio. Por la tarde partimos hacia la Casa de Campo. Caminábamos mucho y cuando la distancia era considerable tomábamos un taxi, nuestro automóvil permaneció estacionado en el mismo parking durante toda nuestra estancia en Madrid. A mi padre no le gustaba conducir en zonas urbanas, menos aún en una gran ciudad.
   Descansamos en torno a una hora en el hotel. Después, mi padre se duchó para vestirse después con el traje que le habían vendido el sábado.
   —Venga, Violeta, que tenemos que ir a un sitio importante. Vístete con lo que te compraste ayer.
   Con aquella insistencia echó por tierra mi designio de usar cada uno de los tres pantalones que me había traído de Calasparra para cada una de las noches. Dos eran vaqueros: uno azul y el otro, negro. El tercer pantalón era blanco, y mi objetivo inicial era usarlo conjuntado con una camisa a rayas la noche del domingo. No pudo ser, y al fijarme en el espejo de la habitación del hotel me encontré elegantemente ataviada con vestido negro que dejaba en evidencia mi pálida piel. Hubiera sido más acertado dejarme el cabello suelto, pretendiendo disimular parte de mis facciones, pero lucía una sencilla coleta como peinado. Observé con detenimiento mis ojos saltones; la mancha de nacimiento que cubría media cara; el acné al borde de la eclosión que amenazaba con dejarme el rostro tan crateriforme como la luna («las hormonas de la pubertad» —decía mi padre—), mis cejas asimétricas; y el mentón, de tan poca prominencia que parecía avergonzando de presentarse junto al resto de la cara; mi nariz, fina y aguileña, mostrándose altiva ante semejante imagen; y mi boca, los dientes superiores grandes y pronunciados, y los inferiores, torcidos y medio escondidos en una mandíbula desigual. Verme me producía dolor, tanto que incluso lo somatizaba en un malestar físico. Caí en la cuenta de los pocos y diminutos espejos que poseíamos en casa y al contemplar mi imagen con detenimiento originó que me sobreviniera una incomodidad punzante que detectaba en el bajo abdomen.
   Aunque era temprano para cenar mi padre me propuso tomar un bocado, los nervios sobre adónde me llevaba, sumados al dolor de barriga, me obligaron a declinar la idea y no consumí alimento salvo un refresco de naranja. Caminamos hasta el Paseo del Prado, desconozco si por casualidad, o que pretendía que viera la fachada de uno de los museos más importantes del mundo. Aunque luego supe que, en su maquinación, procuraba hacer tiempo. Finalmente, a las ocho menos cuarto, después del zigzagueante paseo y frente al Teatro de la Zarzuela, me topé con la sorpresa que mi padre había estado tramando durante meses: un cartel que anunciaba que, aquel domingo 25 de abril de 1993, se representaba La Flauta Mágica de Mozart —mi ópera preferida por aquellos años—, justo en el mismo lugar donde nos hallábamos, a muy pocos minutos de que comenzara la función.
   Un señor se acercó y nos dio los tiques, no recuerdo bien sus rasgos, pero supe por la conversación que mantuvieron, que aquel hombre ya había tratado con mi padre con anterioridad. Nos acogió un rimbombante vestíbulo al adentrarnos al teatro, en él, cientos, tal vez miles de personas, casi todas vestidas de brunos colores, concretamente los caballeros, que lucían trajes, gafas de intelectual y bufandas, prendas, éstas últimas, un tanto impropias para la época del año y la temperatura de aquellos días en la capital. Las damas, vestidas de gala y de aspecto frívolo, realizando comentarios, por ejemplo, sobre la juventud de Mozart cuando le sorprendió la muerte. Percibí al instante, un público en su mayoría esnobista que no conocía la obra y la vida del compositor austriaco a la cota que yo, a mis doce años, alcanzaba. Entonces contemplé altiva a todos los corrillos que formaban los asistentes y me sorprendí murmurándome que aquella ópera no era para ellos, que parcamente disfrutarían de unos pocos fragmentos célebres, sino para mí. Mi padre me comentaba, tímido y observando a los presentes, cómo se las ha­bía ingeniado para realizar las reservas del hotel y de las entradas de mi obra predilecta cuando un señor se nos acercó con un «ustedes no son de aquí», supongo que por el acento murciano, nuestro aspecto probablemente estrafalario, o tal vez, por estar aislados de los numerosos círculos de personas que tertuliaban sobre la biografía del músico. Fue aquel amable hombre quien nos indicó qué puerta del teatro debíamos franquear para encontrar nuestros asientos.
   Accedimos al patio de butacas, los sillones estaban en una ubicación excelente, cercana al escenario. Los músicos afinaban sus instrumentos, mi padre, que lucía barba y una tez morena que parecía recién venido de construir una carretera en una isla desierta, realizó cierta pose de atención y respeto a los intérpretes. Comenzó a sonar la Obertura, ambos, sin comunicarnos verbalmente, nos sonreíamos con complicidad sabedores de estar viviendo un momento único, presenciar una ópera en directo no tenía parangón con todas las que pudiéramos haber estado escuchando o viendo en discos compactos, casetes o vídeos. Por primera vez vi a mi padre actuar con protocolo, dejándose llevar por los aplausos o vítores que sucedían a los fragmentos conocidos, seguramente, en contra de sus principios sobre la individualidad y el borreguismo.
   Varias horas después terminó la representación. Tras la interminable ovación, a la que a los intérpretes se les agasajaba ramos de flores entre aclamaciones, nos marchamos, ya cuando la mayoría de las butacas estaban vacías. No nos dijimos nada, estábamos conmovidos. Afortunadamente para la integridad de mi padre, no se trataba de su ópera predilecta —también del mismo autor—, cuyo final tiene una belleza, que de haberla presenciado en vivo, habría sucumbido a la emoción.
   Sabíamos que rumbo al hotel nos encontraríamos con una cadena de comida rápida. Antes de pisar suelo madrileño, días atrás, ya había compartido con mi padre mi deseo de visitar una. Esa noche, llegó la propuesta.
   —¿Quieres que piquemos algo?, no has tomado nada desde mediodía.
   —Me sigue doliendo la barriga, pero si es una hamburguesa…
   Era ya de madrugada, pero a pesar de la hora, la ciudad mantenía algo de chispa. Un ambiente, por otro lado, peligroso, donde pululaban mendigos y gente de mal vivir que repartía folletos de clubes nocturnos a viandantes con evidentes síntomas de embriaguez. Todos nos abrían paso percatándose de nuestro decidido caminar mientras ignorábamos su presencia comentando los mejores instantes de aquel sueño hecho realidad.
   Con mirada hastiada nos recibió un chico con gorra tras el mostrador de la hamburguesería, echó un vistazo al reloj resoplando, nos encontrábamos, pues, a tres o cuatro minutos de que el local pudiera declararse oficialmente cerrado. Debía atendernos y no parecía disponer de ningún compañero que le ayudase. El sitio estaba casi vacío, sólo una mesa ocupada, en una esquina, con dos adolescentes con camisetas de tirantes rotuladas con los nombres de ídolos del baloncesto americano. Mi padre solicitó al escurridizo dependiente una hamburguesa gigante, así como todo lo demás, yo pedí uno de esos menús que tanto anunciaban por televisión y que iban dirigidos para niños, en cierto modo, hasta esa noche yo lo era. Mi padre pagó la cuenta y se dirigió al sótano de aquel establecimiento en búsqueda de los aseos.
   Me senté sola en la mesa más cercana a la barra, esperando con timidez y palmaria ansiedad a que el camarero me avisase de que nuestro pedido estaba listo. Uno de los chicos que aguardaban al final del local se acercó al mostrador exigiendo otra cerveza al empleado. Examiné con indisimulable pavor su apariencia, repleto de cadenas, una camiseta de tirantes roja con el nombre de Jordan y el número veintitrés, se expresaba con un acento que no acerté a concretar, pero con toda probabilidad no provenía de los oriundos de Madrid, llamó a su amigo que presentaba claros indicios de borrachera.
   —Mira, pana, asómate. Esto solo se ve una vez en la vida.
   El otro, ataviado de una camiseta amarilla que aludía a los Lakers y bajo una ridícula gorra gigante cuya visera protegía de una hipotética luz solar, se levantó raudo de su mesa acercándose con gesto de asombro y la cabeza oblicua como si padeciera tortícolis. Su sonrisa no podía contener más maldad, llevaba un Jesucristo dibujado en un brazo y varias insignias colgadas del cuello que, tal vez, explicarían la absurda inclinación de su cabeza.
   —¿A ti qué te pasa, fea, que tienes que salir de noche para que nadie se asuste de verte por el día? —preguntó una vez arrimado a mi mesa.
   Amordazada por el pánico no respondí ansiando que mi padre apareciera ipso facto.
   —Debe de ser retrasada, aunque tiene un bonito vestido, ¿vemos qué tiene que pueda valernos? —preguntó el de rojo a su amigo.
   El de amarillo asintió con mirada malévola.
   Afortunadamente mi padre los escuchó, subió los peldaños del sótano, imagino, de tres en tres, la imagen de un hombre trajeado, con espesa barba, de casi metro noventa de altura y unos ciento veinte kilogramos de peso no los espantaría tanto como su expresión de hombre lobo en plenilunio, ávido de sangre.
   —¡Vámonos! —se dijeron al unísono al verse sorprendidos remangando mis atuendos.
   El de camiseta amarilla corrió primero, parecía haber recuperado por completo y en el acto la movilidad en el cuello. No tuvo tino con la puerta de salida del local, que en vez de tirar debía empujar, y estampó su cara en el cristal cayendo al suelo en el interior de la hamburguesería, permitiendo salir fuera del establecimiento al primero en increparme —el de camiseta roja—, el cual huía despavorido sin mirar atrás. Mi padre andaba lentamente en dirección a la puerta, tenía a su merced al otro macarra, todavía aturdido, tumbado con la mano en la boca tras el encontronazo. Se desabrochó los botones de su chaqueta para poder atizar al joven con mayor comodidad. Posiblemente dudó entre asestarle un puñetazo o aprovechar que el contrincante permanecía en el suelo para propinarle una contundente patada, pero cogió una silla de plástico roja que levantó con las dos manos para golpear a aquella rata que se había despojado de toda dignidad y suplicaba indulgencia con mirada de ratoncito. La sirena sigilosa de un vehículo policial alumbró de azul las fachadas de la Gran Vía y pasó vertiginosa de un lado a otro de la céntrica calle. Mi padre sopesó los riesgos de machacar a aquel sujeto cuyo peso no sería muy superior al mío para, finalmente, dejarle escapar lloriqueando.
   —Vete de aquí, imbécil.
   Paradojas de la vida: la policía salvó de una paliza segura a aquel aprendiz de delincuente.
   —Ha hecho usted muy bien en no pegarles —dijo con acento muy parecido al de los anteriores individuos, el empleado de la hamburguesería que había desaparecido del mostrador en el momento de la ofensiva de estos—. Luego, irían a buscarle y, tarde o temprano, le encontrarían.
   Mi padre le miró con arrogancia, carcajeó forzadamente, mientras añadía:
   —Tengo desde hace años a gente buscándome, mucho más peligrosa que estos mequetrefes, y todavía no me han encontrado.
   El chico bajó la cabeza sin replicar. Recuerdo que esa última frase me pareció en su momento como la propia tras un suceso de esa índole. Con el tiempo he sabido que había mucha verdad detrás de aquellas palabras.
   —Voy a por otra cerveza —dijo mi padre mientras rendía cuentas a la hamburguesa. Su manera de masticar y engullir me recordaba a la voracidad con la que Yako devoraba el jamón cocido que yo le quitaba a mis bocadillos.
   Salimos de la hamburguesería camino del hotel, ya hacía algo de frío, mi padre me aferró del hombro en señal de protección, comencé a llorar sin que él se percatase, me sentí vejada por aquellos impertinentes jóvenes, me encontré especialmente vencida por las circunstancias. Mi odio superaba al miedo, con una sensación que me evocaba al día en el que el Nazi me empujó a un charco, deseaba la muerte a aquellas personas con todas mis fuerzas, bajo el brazo de mi padre y con el sonido fugaz de los vehículos pensé que ya no podía sucederme nada más degradante, y ¡qué equivocada!, estaba a kilómetros de sentir verdadera humillación, a unos doscientos, más o menos. Cuatro horas después supe, con convicción, qué es vivir un momento de vergüenza extrema.
   En el ascensor del hotel, le dije a mi padre, lo que yo sabía que no quería oír.
   —Me gustaría irme ahora a Calasparra, me encuentro mal.
   —Hija, mañana muy temprano nos iremos.
   —No. Quiero irme ya, te lo pido por favor.
   —Violeta, es muy tarde, se nos va a hacer de día por el camino, tenemos la noche pagada.
   —Papá, no es broma, no quiero estar aquí, tengo miedo, quiero volver a casa y ver a Yako. Me encuentro muy mal y creo que es por algún mal presentimiento.
   —Bueno, pues me ducho a ver si me despejo y nos vamos. Porque tú podrás dormir pero yo tendré que tomarme algún café por el camino.
   Nos cambiamos de ropa, mi padre se vistió con unos vaqueros y un polo, yo me atavié de las prendas que, en origen, había pensado para el domingo: pantalones blancos y camisa.

   A las tres de la madrugada del lunes partimos de Madrid en dirección a Murcia. El coche se desplazaba salvando camiones de basura y otros vehículos nocturnos destinados a la limpieza, ahora sí estaba la ciudad solitaria, los semáforos y las luces de las farolas proporcionaban algo de color a nuestras silenciosas caras. Hicimos una primera parada en un bar de carretera en Mota del Cuervo, mi padre necesitaba tomar un café y estirar las piernas, yo no tomé nada.
   Ya en la provincia de Albacete comenzó a llover, yo no podía conciliar el sueño a pesar del cansancio y del traqueteo del automóvil. Mi mente insomne cavilaba analizando mis complejos, en los comentarios insultantes y en las expresiones prejuiciosas de todas las personas que trataban conmigo, como si diesen por sentado de que tras mi fachada se escondía un ser con cierto retraso mental, como si yo hubiera elegido los genes que componen mi rostro y que, por ello, fuera culpable de haber nacido así. Lloré en silencio, no quería que mi padre se distrajera de la conducción por el caprichoso anhelo de no ver cumplido el lejano deseo de mi niñez de ser normal. El ruido de los coches que se cruzaban a toda velocidad por aquella carretera mojada y la melodía de Inneggiamo de Cavalleria Rusticana (que mi padre, por ventura, elevó de volumen) atenuaron el sonido de mis amargos suspiros. Lágrimas de lluvia caían sobre el cristal del coche compartiendo mi pena. ¿Podría pasar alguna vez desapercibida?, ¿por qué se me otorgaba una personalidad determinada por tener un aspecto concreto? Aún hoy sigo sin encontrar respuesta a todas aquellas reflexiones.
   Hicimos una última parada en un bar de La Roda, media docena de noctámbulos y madrugadores camioneros que consumían café, junto a sendas botellas de Soberano, me miraron con asombro, todos desconcertados, yo no me había percatado todavía del porqué, sospeché que mi corta edad en un lugar como ése y a esa hora no podía causar tanta estupefacción, incluso con mi peculiar rostro de ojos lacrimosos. Mi padre iba detrás de mí, al contemplar la escena y el punto donde todos habían clavado sus ojos me detuvo y me echó un vistazo de arriba abajo. Pasó su mano por la frente y contuvo la respiración unos segundos, me dijo que le acompañara hacia el coche, abrió el maletero y sacó una de mis bolsas de viaje indicándome sin pudor alguno que me cambiase en los aseos de señora que se ubicaban al final de la barra de aquel decrépito local de carretera, y que si fuera preciso acudiríamos a una farmacia de guardia. Noté que mi entrepierna estaba húmeda, creí que sería sudor, aprecié que mis pantalones blancos habían experimentado un cambio de color en esa zona y, entonces reparé en las advertencias al respecto que tiempo atrás me anunció mi tía: me había llegado la menstruación.



Andrés IV

   A primera hora de la mañana acudió Andrés, con la servilleta escrita por Patricia en la mano, a una tienda de discos de la calle Santa Flo­rentina.
   —¿Tienen ustedes Turandot, de Puccini?
   —¿Eso qué es? —preguntó la dependienta.
   —Es una ópera —especificó a sabiendas de la poca información que podría facilitarle la joven.
   —La música clásica está por ahí. —dijo señalando al fondo de la tienda.
   En la estantería sólo se exhibían tres viejas grabaciones de ópera en discos de vinilo, dos de Verdi: Rigoletto y Aida; y una de Mozart: Don Giovanni. Le preguntó a la empleada si podía encargar el título que buscaba, ella afirmó añadiendo que tendría que dejar un dinero en señal y que en, aproximadamente, una semana lle­garía la obra que solicitase.

   El viernes, 9 de julio de 1976, llegaron los discos de la ópera Turandot. No sería la única novedad de aquella jornada. Escuchó cada uno de los discos que inte­graban la obra. Su oído no estaba acostumbrado a la ópera y puede que al principio le resultase aburrida, hasta que en el tercer acto, y tras una hora prestándole atención a la música, aparecieron unas notas que sugerían el leitmotiv de la melodía Nessun dorma. Se levantó sobresaltado dirigiéndose al tocadiscos para elevar el volumen, en­seguida se percató de que no era con exactitud la misma música que había oído el verano anterior, pero sospechaba que pronto se mostraría con la misma belleza que recordaba. A los pocos minutos sonó el aria. Andrés observó la parte del vinilo donde se deslizaba la aguja para repetir después el fragmento, lo escuchó con tanto entusiasmo que terminó canturreando cada uno de los tres «vincerò!» con los que culminaba aquella pieza. Sus vecinos debieron pensar que aquel joven que vivía solo era muy raro.
   Varias veces consecutivas escuchó la ópera esa tarde de descanso profesional, tantas como whiskys bebió sentado en el sillón de su salón. Luego se encaminó a su local habitual.
   —Patricia, ya he oído Turandot, es impresionante.
   —Sabía que te iba a gustar —dijo —, siéntate donde puedas, mira qué lío tenemos hoy.
   —Tráeme algo dulce, necesito azúcar.
   Ella le sirvió una tarrina de chocolate con leche merengada.
   —Mira, Andrés, mañana es el cumpleaños de mi prima Asun, si no tienes planes estaría bien que nos acompañaras —propuso Patricia al dejar el helado—, saldremos cuando termine de trabajar, iremos primero a la calle Cuatro Santos y luego a La Dama de Oro, ¿te apuntas, o qué?
   —¿Tanta pena te doy que tienes que quedar conmigo por lástima?, a mí me gusta venir aquí solo, no es porque no tenga con quién salir.
   —Tranquilo que yo te lo he dicho porque me caes bien, no porque vayas siempre solo —dijo airada mientras se marchaba al otro lado de la terraza advirtiendo los aspavientos de un cliente.
   Andrés cayó en la cuenta, casi de inmediato, de que había bebido más que costumbre y de haber parecido un grosero. Avergonzado, tal vez, de parecer un cliente insociable, llegó a la conclusión de que llevaba casi un año asistiendo incansablemente a la heladería con el principal propósito de encontrarse con la bella mujer que conoció el mismo día que escuchó por primera vez el aria de Puccini. Aquella tarde, fue la segunda ocasión en la que tuvo la posibilidad de apreciar la melodía que le había turbado en los últimos meses.

   Lo que sucedió a continuación podría considerarse como una simple casualidad, aunque Andrés lo interpretó como una increíble y deliciosa coincidencia de las que ocurren una vez en la vida y a la cual habría que atribuirle un significado. Alzó la vista y distin­guió a lo lejos cómo la joven de cabello moreno que conoció el verano ante­rior se acercaba con distinción a la heladería. Venía acompañada de una señora de mediana edad, ambas se acomodaron a la única mesa que quedaba libre. La observó con detenimiento, calibrando los pequeños cambios físicos que le había producido el último año, llegando a la conclusión de que sólo su piel es­taba más pálida; por lo demás, seguía irradiando el mismo glamour que en sus recuerdos.
   Un escalofrío tembloroso le sobrevino, pero la inspiración de la música escu­chada horas antes que parecía anunciar las apariciones de la sirena, y la va­lentía de las copas ingeridas, terminó creyendo que la terraza estaba vacía de clientes. Se levantó hacia el lugar donde tomaba asiento la chica, aprovechando que la acompañante se adentró al local en búsqueda de los baños.
   —El último domingo de agosto estuviste aquí —dijo Andrés sin saludar.
   Ella acababa de encender un cigarrillo y lo miró de arriba abajo sorprendida de tan original intromisión. Antes de que pudiera tildarle de loco él apostilló:
   —Sí, en agosto del verano pasado, sé que eras tú.
   La joven hizo un gesto de cálculo y asintió.
   —Es cierto, no he venido desde entonces —aseveró con una delicada pronunciación—, ¿cómo te has acordado después de tanto tiempo?
   —Una mirada como la tuya es imposible de olvidar. No eres de aquí, ¿de dónde eres?
   —Soy de Barcelona, pero mi madre, que es la mujer que ha venido conmigo, nació aquí. Tengo primos cartageneros a los que veo en los meses de verano y algunas navidades.
   —Bueno, no te molesto más —se despidió, constatando que la madre se acer­caba con premura—, me llamo Andrés, a ver si coincidimos otra noche.
   —De acuerdo —susurró mientras afirmaba con la cabeza—, yo Susana.
   Él volvió a su mesa y advirtió que su consumición había desaparecido.
   —¡Óscar! —exclamó—, tenía una copa llena en mi mesa.
   —Sabes que siempre te atiende Patricia, pregúntale a ella.
   —¡Ah!, ¿estás todavía aquí? —terció la joven camarera dirigiéndose a Andrés con la bandeja llena de helados y la mirada de enojo que podría imputarse al estrés de la jornada—. Pensé que te habías marchado.
   Él no le contestó, volvió a sentarse en su sitio y puso sus ojos en Susana mientras escuchaba a su acompañante recriminarle por su manera de vestir.
   —Hija, esto no es Barcelona, aquí te pones escote y se te acer­can los muchachos como locos.
   Susana sonrió tras el comentario de su madre y miró de soslayo a Andrés, enfadado aún por la acción de Patricia, que se levantaba de su mesa echándole un último vistazo a la bella barcelonesa. Él realizó un gesto de despedida con la cabeza que fue devuelto con los ojos de una loba ante una presa fácil.
    Se dirigió rumbo a casa suspirando, le esperaba la princesa Turandot, otra vez. Llevaría unos pocos metros andados, intentando no sucumbir a la tentación de echar la vista atrás, cuando al­guien mencionó su nombre desde la terraza.
   —¡Andrés! —volvió a gritar Patricia acercándose a paso ligero con la bandeja sostenida entre el torso y sus dos brazos en forma de aspa— Al final lo de mañana se ha suspendido; y si te había dicho que nos acompañaras no es porque me des pena de que siempre estés solo, así que tampoco vayas ahora de donjuán que no tienes que demostrar nada.
   Andrés quiso explicarle a su amiga que todos los meses que había destinado a frecuentar la heladería buscaba un único propósito: coincidir con Susana, sin embargo, creyó que no era buen momento para confesarlo.
   —Hasta mañana, Patricia.
   Ella regresó a la terraza sin despedirse.

sábado, 11 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 8



7

   Teresa regresó a la semana siguiente con la excusa de que debía realizar un trabajo en Moratalla, una localidad cercana a Calasparra. Estuvo un par de noches en casa, concretamente, miércoles y jueves. Alegaba que una cena con nuestra compañía siempre sería más cálida que la fría estancia en un hotel. Mi padre ingenió un plan, logrando que ella se hospedase con nosotros minimizando mi desapro­bación: él me cedería su dormitorio, y ellos dormirían en cada una de las camas de mi cuarto, mi padre en la mía —especificó en ello con insistencia—; y Teresa, en la que solía acostarse mi tía Laura.
   La mujer procuró ganarse mi cariño en aquellas estancias nocturnas. Yo no conseguí ver en ella otra cosa que una intrusa que relegaba a Laura de nuestras vidas. Me dijo que el lunes subsiguiente debía terminar el estudio de calidad que desarrollaba en una fábrica moratallense y que, por ello, traería desde Cartagena a su perra para que jugase con Yako.
   Esa misma noche mi tía me llamó por teléfono para anunciarnos que vendría con su madre a pasar el fin de semana con nosotros, por primera vez desde que murió mi abuelo Emilio. No disponíamos de camas suficientes, pero Laura indicó sin reparos que se avendría a dormir en el sofá del salón.
   La mañana del viernes amaneció calurosa y azul, las cigarras en su esplendor ensordecían el aire ardiente, Teresa se marchó hacia la fábrica prometiendo a mi padre que pronto regresaría. Ella partiría a Cartagena —decía— después de comer, porque mi padre insistía en que necesitábamos salir pronto para realizar las compras de abastecimiento para el sábado y el domingo.
   Se podía apreciar a mi padre soliviantado aquella tarde, deseaba evitar a toda costa que Teresa y Laura coincidiesen.
   —Parece que me echas de casa —cuchicheaba Teresa.
   —No, es que tenemos que comprar, y cuando llegue mi suegra será un lío.
   —Pero si son las cuatro, y con este calor, no va a haber nada abierto.
   —La tienda donde solemos ir abre a la hora que vayamos.
   —Andrés, le he dicho a tu hija que el lunes traigo a mi perrita Cuqui.
   —Muy bien, Teresa, te abro la verja.
   Ella introdujo una gran bolsa de viaje en el maletero de su utilitario. Al franquear el umbral de la puerta enrejada con su vehículo se detuvo junto a mi padre, él le cogió de la mano izquierda que agarraba el volante y la acarició durante segundos, como yo estaba presente no hicieron nada más. Con el rostro todavía enardecido mi padre se dispuso a entornar la verja, molesto porque Yako y yo no nos apartábamos obstaculizando el cierre.
   —Hija, no le digas a la tita y a la abuela que ha estado nuestra amiga Teresa en casa. No lo comprenderían.
   —Ya me lo dijiste anoche cuando sonó el teléfono y sabíamos que era la tita quien llamaba.
   Deseaba preguntarle el porqué de tanto secreto, aunque lo sospechaba. Acto seguido escuchamos que el vehículo de Teresa se detuvo a unos cincuenta metros, justamente se cruzaba por el angosto carril con el Mercedes que mi padre había heredado de mi abuelo Pepe y que a la postre conducía mi tía. El impacto del tiempo se apreciaba notablemente en este automóvil en relación al nuestro, cuyo uso era prácticamente inexistente.
   Les ayudamos a sacar el equipaje del coche, junto al resto de bolsas del Hipermercado Continente Cartagena, rebosantes de compras y fiambreras con comida. Mi abuela pese a su falta de lucidez acertó a llegar hasta la cocina, vestida de negro y apoyada de un bastón se sentó en la silla más cercana a la ventana.
   —¡Ay, Señor!, ¡hace una calor que pa’qué!
   Mi tía fulminó con la mirada a mi padre que contemplaba callado, y un tanto atemorizado, el elevado número de bolsas esparcidas por todo el suelo de la cocina; sin saludarlo se dirigió a mí para darme dos besos protocolarios y faltos de cariño. Me pareció raro dado el tiempo que llevaba sin vernos; molesta conmigo por haber encubierto las visitas de Teresa a nuestra casa o, simplemente, de mi falta de complicidad con ella.
   —Tenía intención de ir a la tienda de Maruja a comprar, pero estoy viendo todas las cosas que habéis traído y yo ya no sé… —dijo mi padre para romper el incómodo silencio.
   —Andrés —interrumpió Laura con sonrisa fingida—. ¿Podría hablar contigo un momentito?
   Mi padre salió hacia el jardín y se dirigió al punto más lejano a la cocina, mi tía le seguía detrás, con paso lento, los brazos cruzados y su vista clavada en el suelo.
   —¿Quién es esa rubia cuarentona que salía de aquí?, ¿es la misma que escuchaba anoche reírse cuando hablé con Violeta y que tu hija negó?
   —Es una amiga de la infancia que ha venido a hacer unas cosas por aquí, y luego nos ha hecho una visita —contestó descubriéndome tras una de las cortinas del salón—. ¡Violeta, ponte a hacer algo de provecho que esta conversación es de mayores!
   Por supuesto que no me fui a hacer otra cosa, pretendí continuar «la escucha» en otra de las estancias de mi casa que pudiera ofrecerme buena audición e invisibilidad, elegí mi dormitorio cuya ventana abierta, además de un deslumbrante sol, posibilitaba que llegase el sonido de lo que abajo, en el jardín, sucedía. Los cuchicheos eran ininteligibles aunque pude descifrar en los reproches de mi tía cierta alusión al afeitado reciente de mi padre y algo parecido a que no había sido paciente con ella. Después de un silencio oí una bofetada, o eso creí, con miedo a ser descubierta me asomé con mucha cautela tras escuchar el guantazo y vislumbré a mi padre con una mano en la mejilla siguiendo el paso de mi tía que corría llorando en dirección a casa.
   Aquel comienzo de fin de semana fue de luto, ni siquiera la música sonaba con la alegría de otras ocasiones. El silencio entre los cuatro era palpable, mi abuela permanecía ausente y sólo rompía su mutismo en disparatadas conversaciones frente al espejo o el televisor. Yo me sentía tremendamente culpable con mi tía por haberme confabulado con mi padre en sus sombrías intenciones que, por aquel entonces, yo no alcanzaba a comprender por completo. Mi padre parecía derrotado, menos aún que Laura, cuyo semblante, conforme transcurrían las horas iba cambiando de encrespado a afligido. Ambos no se dirigieron la palabra salvo en la mesa con frases del estilo a: «pásame el pan».

   Todo cambió el domingo, como si quisieran pactar una tregua mi padre y mi tía salieron de paseo al alborear. Aunque los ronquidos de mi abuela me despertaron muy temprano no me permitieron acompañarles. Hacía mucho calor cuando llegaron a eso de las once, caminaban lentamente y sonreían, incluso parecía que se gastaban bromas el uno al otro agarrándose del hombro o de la cintura. Ya de cerca, donde las expresiones delatan las más profundas emociones, aprecié en sus miradas una miscelánea de melancolía y un forzado estoicismo. Nunca he sabido cuáles fueron los mensajes de disculpa o reproche que pudieron haberse lanzado en aquella ronda matutina, pero fue un punto de inflexión en nuestras vidas. Aquella mujer llamada Laura Domínguez Tortosa había sido, hasta entonces, lo más parecido a una figura materna. Las cosas nunca volvieron a ser iguales.

   Como una premonición a lo que iba a acontecer aquella jornada, la mañana del día siguiente amaneció con el cielo encapotado, cuya fecha denominé con el tiempo como «el lunes de las despedidas». Mi tía y mi abuela se marcharon temprano a Cartagena, de repente, Laura debía acudir a unos cursos de prácticas en Los Hermanos Maristas La Sagrada Familia, centro escolar del que después fue profesora (por el volumen de sus equipajes estoy convencida de que la intención, a priori, era permanecer más días que los propios de aquel fin de semana). Mi padre, ajeno a la despedida, trozaba las ramas sobrantes de un chopo cortado días antes. Partir troncos era para él un ejercicio de meditación y gimnasia, pero aquel día, que presagiaba lluvia, procuraba restaurar la guarida de Yako a base de madera troceada cubierta por una lona de plástico. Nunca he sabido muy bien por qué mi padre siempre decía que jamás nos faltaría leña por cortar.
   A las doce se plantó Teresa en la puerta de nuestra casa ataviada de un vestido inapropiado para visitar una finca o una fábrica, llevaba consigo a Cuqui, una perra pequeña en tamaño aunque no en edad, el animal lucía, a pesar del bochorno canicular, un atuendo conjuntado con su propio collar y el bolso de su dueña. De ojos saltones y actitud repelente intentó morderme en cuanto quise acariciarla, ya no me arrimé más a la perrita mostrando total desprecio hacia la mascota cuando Teresa la dejó en el suelo.
   Desconozco la raza, podría ser caniche, pequinés o chihuahua, aunque recuerdo su pelo marrón oscuro y su diminuto volumen. Yako, en alerta por los agudos ladridos de la pequeña criatura que pretendía atemorizarme merodeando mis sandalias, se arrojó sobre Cuqui tras una fulminante galopada. Sujetando entre sus fauces al malogrado animal, lo llevó al otro lado del jardín donde lo zarandeó durante interminables segundos. Mi padre corrió tras él e intentó vanamente separar las quijadas del más grande de los canes con sus propias manos, con celeridad buscó otra solución encontrando el hacha no muy lejos de aquella nube polvorienta. Un hachazo certero entre el lomo y la pata izquierda hizo separar los colmillos de mi perro como acto reflejo, consiguiendo con ello apartar de entre los dientes a la moribunda mascota que ya había cesado de emitir aullidos.
   La perra se había convertido en gelatina de sangre inerte sobre el suelo. Yako se desangraba como consecuencia de la agresión, brotándole por la pata un manantial rojizo que lo mantenía inmóvil. Mi padre, con las manos ensangrentadas (en parte, suya, ya que fue mordido por nuestro perro al intentar arrebatar a Cuqui de sus fauces) acudió hacia Yako agarrando de nuevo el hacha. Teresa y yo continuábamos temblando y gritando, con el horror en nuestros rostros por haber presenciado aquella espantosa escena.
   —¡Mi Cuqui! —gritó Teresa—. ¡Ha matado a mi perrita que me regalo mi ex hace diez años!
   —¿No se mueve? —preguntó mi padre, sabiendo la respuesta, mientras dirigía hacia Yako su peor cara.
   —No. La ha matado ese lobo vuestro —dijo, hipando, retirándose las lágrimas de sus mejillas con el puño.
   Mi padre agarró la correa de nuestro perro con una mano, usando las rodillas sobre el cuerpo tendido de Yako, procurando paralizar cualquier movimiento, levantó el hacha con la mano derecha pretendiendo asestar un hachazo en el cuello que le segara la vida al animal.
   —¡No lo hagas, papá! —grité mientras corría para interponerme entre mi padre y mi perro.
   —Mátalo, es una bestia, podría hacer lo mismo con tu hija, es un peligro tener un animal salvaje como este en casa. Mátalo, Andrés —dijo Teresa, que, manchada de sangre y odio, había perdido toda distinción.
   —¡Papi, no lo mates!, ¡no mates a mi perrito!, ¡no lo mates, por favor! —grité agarrando inútilmente con todas mis fuerzas el brazo de mi padre que se mantenía en alto sosteniendo el hacha, añadiendo—: ¡Yako, huye!
   —Si no acabas con ese perro, te juro que no vuelvo —anunció aquella dama  convertida, ahora, en bruja.
   Mi padre miró a Teresa y luego a mí que, gimoteando, suplicaba misericordia para Yako. Se desprendió del hacha y cogió a nuestro can en brazos.
   —Violeta, busca una caja y una toalla, vamos a llevarlo a un veterinario.

   Ya había anochecido cuando íbamos de vuelta a casa por la avenida Juan Ramón Jiménez, las farolas iluminaban intermitentemente a Yako, ambos estábamos en el asiento trasero, en silencio me miraba con ojos cansados y creo que agradecidos. Lastimado y con medio cuerpo vendado apenas se movía dentro de la caja de cartón de un vídeo Panasonic adquirido años atrás para poder ver óperas en formato VHS. Pensé que la afición de mi padre de almacenar hasta los embalajes de un electrodoméstico se justificaba en situaciones como aquélla. Giramos por la calle del Teniente Flomesta, una de las entradas a Calasparra, para enseguida torcer hacia la calle Ordóñez, la cual desembocaba hacia la estrecha carretera que su­bía al santuario. Sabía que mi perro no era un asesino, que me defendió de aquel diminuto intruso de ojos saltones que atendía al nombre de Cuqui. Yo salvé a Yako de una muerte casi segura, pero a él le debía mi alegría y las ganas de levantarme cada mañana. Mi padre, aunque conducía lentamente, iba enfurecido, no paraba de repetirse que el perro era un peligro y que lo iba a enseñar a hostias. Cuando alcanzamos al camino de gravilla que concluye en nuestra casa distinguimos un Ford plateado en la puerta junto a la verja, era el automóvil de Paco.
   Se encontraba solo, con un halo de humo sobre él, exhalaba las bocanadas con ímpetu, al vernos no mostró su afable sonrisa como en otras ocasiones. Vestía de negro, según nos aproximábamos a su coche más evitaba coincidir su mirada con la nuestra, cuando mi padre detuvo el vehículo para saludarlo y abrir la verja, él devolvió el saludo apagando el cigarrillo con un pisotón que denotaba rabia. Mi padre me ordenó que introdujera algún viejo cojín en la caja que servía de nido a Yako y que cuidara de él toda la noche. Alegando que yo no podría transportar tanto peso esperé a que él lo hiciera. Mientras sujetaba la caja y lo posaba suavemente junto al sofá conversaba con su viejo amigo.
   —¿Llevas mucho tiempo esperando, Paco?
   —Cinco pitillos.
   —¿Y por qué no has llamado avisándome de que venías?
   —Llamé, pero no lo cogisteis. Vine de todos modos.
   —Dime, ¿hay algún problema con la empresa?
   Paco asintió gravemente, con la ira reflejada en sus ojos.
   —A ver, ¿qué pasa? —preguntó mi padre preocupado.
   —Hoy he estado leyendo el contrato que firmaste con el hijo de la gran putísima de Ernesto Rivas; en él aparece que se mantuviera el sueldo y el cargo, pero los cometidos podrían cambiar según la evolución de la empresa.
   —Sí, eso es cierto, tú estabas presente cuando rectificamos el contrato —explicó mi padre—, ¿qué problema hay?
   —Pues el problema es que quieren deshacerse de mí, me dicen que como han tenido que suprimir a la empleada de la limpieza debo ser yo, por falta de personal, quien deba asumir esos cometidos. O sea, Andrés, que me han dicho que barra y friegue el suelo de los comercios delante de todos los subalternos que, por mi competencia y lealtad, tenía cuando vendiste la empresa.
   Entendí a partir de aquel instante, que mi padre había vendido en marzo la empresa a aquellas aves de rapiña que nos visitaron el mismo viernes que a mi abuelo Emilio le dio el infarto.
   —Incluso me han dicho que puedo seguir viniendo en traje —añadió Paco—. Eso me lo dijo Jaime, el hermanísimo. ¿Por qué vendiste la empresa, querido amigo, por qué?
   —Lo lamento mucho, Paco, simplemente quise sobrevivir a una situación delicada para todos. Pensé que era lo mejor para mí y para la subsistencia del personal que la empresa fuera vendida.
   —A ti, además de lo que te llevaste, te quedan los arrendamientos de esas tiendas y de las otras propiedades que tu padre dejó, pero yo me he quedado humillado. Han menospreciado mi talento con la intención de que me vaya a otro sitio y, así, liberar la cláusula del contrato que mantiene mi sueldo.
   —Lo siento, intentaré hablar con los Rivas. Mañana los llamo.
   —No, no tienes que hablar con nadie, Andrés. Yo me iré, y todas las personas de la empresa que fueron leales a ti se marcharán también. Quería trasladarte en mi nombre, y en el de todos, que nos has vendido. Ahora duerme si es que tienes algo de conciencia.
   Paco se marchó de casa dando un portazo que enfatizó la reverberación de sus últimas palabras. Mi padre ni siquiera salió a abrirle la verja en aquella noche de maravillosas estrellas que titilaban en la ennegrecida bóveda. Aquel lunes oscuro desaparecieron de nuestra cotidianeidad tres personas: mi abuela, Teresa y Paco, que hasta hoy no han vuelto a pisar esta casa fría en la que, ahora, recapitulo mi vida. Sólo Laura ha venido después de mucho tiempo (muy cambiada, por cierto). Aquel día se gestó el preludio de nuestra verdadera soledad.



Andrés III

   Andrés se convirtió en un joven retraído e in­seguro tras aquel fracaso sobre el escenario. Por un lado, se obsesionó por el deporte; aunque, su renovada amistad con José Blázquez (y la comitiva que solía acompañarle en sus juergas nocturnas) propiciaron que adquiriese hábitos poco saludables. Conductas que se incrementaron cuando se independizó. Adquirió una vivienda en el séptimo piso de uno de los bloques de Urbincasa, en la calle Almirante Baldasano, cercana a la casa de su padre, dejando el piano como única pertenencia en su anterior residencia.
   Sus perpetuas resacas le hacían reflexionar de manera frecuente sobre su existencia, atrapándolo en un estado de sempiterna nostalgia. Fue en agosto de 1975 cuando ocurrió: escuchó el aria de Nesun dorma de la ópera Turandot que provenía de un balcón cercano.
   Sería el decaimiento producido por estar varios días sin descanso, o la tristeza que irradiaba aquella última tarde de agosto con las calles vacías de gente que apuraba sus vacaciones en otros lugares, o tal vez una lejana evocación de su madre, o el recuerdo de su solitario padre con el que apenas conversaba fuera del trabajo, o todo junto, que la melodía exaltó los más profundos sentimientos que jamás había sentido por unas notas musica­les.
   No había anochecido del todo cuando Andrés salió a dar un paseo con aquel canto todavía en la cabeza que le turbaba frenéticamente a cada momento. Llegó una heladería cercana a casa cuyo nombre era La Jijonenca, ha­bía salido sin compañía, quería reflexionar, meditar sobre las nefastas salidas noc­turnas. Como cualquier otro domingo de agosto el local estaba repleto de clientes, bebía un whisky con hielo y tarareaba la melodía que, horas atrás, había deleitado sus sentidos. No había finiquitado la copa cuando aparecieron dos atractivas jóvenes. Una de las dos era de cabello moreno largo y liso, el verano le había tostado la piel de un bellí­simo color café con leche, lucía un sencillo vestido rojo de tirantes y dos pendientes blancos con forma de perlas adornaban sus perfectas facciones. Se sentaron a dos mesas de Andrés, con varios clientes de por medio, lo que no supuso obstáculo para su visión, liquidó la consumición de un trago e hizo un gesto al camarero solicitando otra.
   Lo que allí ocurrió después podría considerarse como poco relevante, como lo que sucede en tantas terrazas en una noche de verano. Pero ella, preguntándose qué haría un tipo joven to­mando una copa solo en una heladería, o por simple casualidad, clavó sus ojos en él, que al coincidir su mirada con aquella expresión iluminada, los bajó de inmediato y volvió a levantarlos al instante en dirección a la chica que ya se había centrado en re­mover y sorber su granizado con elegancia. La joven morena volvió a mirar instantes después a Andrés sosteniendo la vista el tiempo justo como para hacerle entender de que era consciente de la fijación que él había mostrado hacia ella; aquella si­rena le hizo un guiño cómplice y junto a su acompañante desapareció en dirección a la ave­nida Reina Victoria atravesando las Casas de Peralta. Justo en aquel instante le sobrevino la melodía escuchada horas atrás de la que sólo intuía que correspondería a un fragmento de ópera. No conocía ni la obra, ni el autor, de la misma manera que tampoco sabía nada de la muchacha; aquel día había sido especial por aque­llas dos exaltaciones de la belleza sin parangón. Entrambas, la melodía primero, y la joven después, tenían un origen desconocido y una localización imposible para él.
   Durante un tiempo intentó sintonizar algún programa de radio donde se reprodujesen de nuevo aquellas notas que conservaba en su memoria, y siempre, sin faltar noche alguna, acudía a la misma heladería con el propósito de coincidir con la mujer que co­noció aquel último domingo de agosto. En ninguno de los casos tuvo éxito inmediato.

   Pasaron los meses y poco a poco fue cogiendo confianza con Óscar, el único empleado de la heladería en la temporada de invierno, y con doña Carmen, la propietaria, que regentaba el local tras la registradora. Con los clientes habituales charlaba sobre el principal tema de la época: la muerte de Franco y los importantes cambios políticos, lo que proporcionaba largas e intensas tertulias. No en vano, la principal razón por la que comparecía con fre­cuencia en la heladería, mañana, tarde y noche, no era otra que la de volver a coin­cidir con la misteriosa fémina del verano anterior.
   La temporada alta daba comienzo en junio y una joven llamada Patricia comenzó a trabajar en el turno de tarde. La empleada, de cabello rubio, era una estudiante de historia del arte que aprovechaba los meses estivales para obtener algún ingreso y poder sufragar parte de los estudios. A los pocos días, la jovial Patricia, ya había entablado amistad con Andrés.
   —No está bien que una chica tan joven fume —le dijo Andrés a Patricia e uno de sus descansos—, ¿no te dicen nada en casa?
   —Tengo diecinueve —reveló mientras exhalaba una bocanada de humo—, mi padre dice que las mujeres que fuman son de vida alegre, ya sabes, pero en mi clase fumamos casi todas. Lo raro es ver a un hombre que no fume —dijo con sus ojos hacia el cenicero vacío.
   —Pues no fumo —contestó—, porque ¿sabes que fumar provoca cáncer, no?
   —Sí, eso he leído en algún sitio, pero yo no quiero vivir muchos años, con llegar a cumplir sesenta me conformo. Si conocieras a mi padre… lleva fumando, según dice, desde crío, y tiene medio siglo. Y no ha ido al médico en la vida.
   —Patricia no seas tonta y fuma menos, lo de tu padre es la típica excepción a la que nos aferramos para justificar nuestros excesos.
   —Pues lo mismo deberías hacer tú con el alcohol que bebes.
   —Eso es lo que hago, como verás tomo una por la tarde y otra por la noche.
   —Y las que te tomarás en lugares. Además, whisky solo, bebida de viejos.
   —Oye, niña, que lo que te digo de fumar lo hago por tu bien. Seguro que a tu novio no le gusta que apestes a tabaco.
   —No tengo novio ni falta que me hace, hasta que no termine mis estudios no puedo permitirme estar tonteando con nadie.
   Dos personas se acercaron a la heladería, Patricia apuró la última calada y apagó el cigarrillo en el cenicero que nunca usaba Andrés.

   Una noche de finales de junio, Andrés y Patricia comenzaron a hablar de música, la terraza estaba vacía, horas antes, una tormenta dejó el aire frío y húmedo aniquilando a casi toda la clientela. Él le habló de su pasado musical, de los ensayos de su grupo y de su corta trayectoria como cantautor. Ella le confesó que gracias a un tío suyo conocía la música clásica.
  —Oye, ¿y si yo te tararease una melodía que me suena a una ópera o zarzuela, sabrías decirme de quién es?
   —Prueba, aunque esos géneros no son mis preferidos que digamos; alguna ópera tengo en casa, de las que mi padre escucha por un tío mío solterón que es muy aficio­nado a todo lo antiguo.
   Él tarareó, con más o menos pudor, la melodía que tanto le había conmovido el ve­rano anterior, con bastante éxito a pesar del tiempo transcurrido porque Patricia la identi­ficó en el acto.
   —¡Ah sí, Turandot! —exclamó—, el fragmento no recuerdo cómo se llama.
   —¿Y quién es el autor?
   —No me puedo creer que alguien tan culto no conozca a Puccini y no haya escuchado ópera de este compositor, ¿te sonará Verdi, al menos?
   —Sí, de Verdi ya conozco algo más —mintió Andrés, y acertando casi por casualidad añadió—: un italiano, el de Aida.
   —Y el de La Traviata también, la única ópera que puedo aguantar hasta el final.
   —Anda, guapetona, apúntame el título que me has dicho en un papel y el nombre del Pu­ccini ese.
    Patricia asintió, cogió el bolígrafo que colgaba desde el bolsillo delantero de la camisa del uniforme y en un servilleta de papel apuntó:

Turandot
Giacomo Puccini