viernes, 28 de octubre de 2016

Capítulo 3, Acto II, «Mi hija y la ópera»

Final del Capítulo 3, Acto II de Mi hija y la ópera:

«En el final de aquel verano no me despedí de mi tía llorando como en los anteriores, el viento y las nubes anunciaban tormenta aquella tarde de domingo, el camino de gravilla, que otrora corría persiguiendo el vehículo de Laura, lo anduve hasta la mitad. Ya disponía de Dani para mí sola. Alcé la vista a la única vivienda que se encontraba entre la carretera y nuestra casa, unos vecinos que, a pesar de los escasos cien metros que nos separaban, eran unos desconocidos a los que únicamente distinguíamos tras las cortinas de sus ventanas en las noches o días oscuros, en los cuales encendían las luces del interior que en ocasiones titilaban como si el resplandor fuera producido por velas. Aquella tarde descubrí la silueta de una mujer oronda, noté que me observaba, como si no supiera que su figura se recortase tras la ventana, procedí con lo que solía hacer mi padre cada vez que pasábamos por la puerta de su destartalada residencia: saludar con la mano. Tras el gesto, la sombra se apartó con brusquedad agitando la cortina, para volver segundos después.»


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domingo, 23 de octubre de 2016

Capítulo 2, Acto II «Mi hija y la ópera»

Final del segundo capítulo, Acto II de Mi hija y la ópera:

«   —No he querido ofenderte, Laura, y si lo he hecho, perdona; simplemente no pesaba que te fueras a poner en mi contra. Me he molestado porque dices que estoy depresivo, y yo opino que la depresión es la ausencia de motivaciones, yo ya las tengo: mi hija y la ópera. No intentéis quitarme por unos días a mi pequeña, que Violeta podrá estar perfectamente sin mí, pero yo no puedo estar sin ella.
   La conversación fue diluyéndose a otros asuntos que ya no recuerdo, y ni falta que hace. Quedé fascinada por aquellas palabras de mi padre. Una persona desaliñada, de aspecto rudo, de tez casi negra por tanto sol y una espesa barba que le hacía parecer un náufrago, que vestía incluso en invierno camisas de manga corta, algunas veces, desabotonadas —seguramente por las calorías que le aportarían sus enormes vasos de whisky—, pero que me había dicho que me necesitaba. Si alguna vez hizo algún gesto de queja o menosprecio hacia mí, si en alguna ocasión me gritó o me zarandeó, se me olvidó para siempre aquella fría tarde.
   —Violeta, ¿me has dicho que encendiera la chimenea?
   Sacudí la cabeza afirmando. Mi padre únicamente la prendía si yo se lo solicitaba, de hecho, a él no le gustaba observar el fuego, le daba la espalda cuando comenzaba a llamear.
   —¿Se quedarán a cenar, no? —preguntó mi padre dirigiéndose a los adultos que nos acompañaban.

   Todos dijimos que sí. Estaba tan acostumbrada a contestar cada pregunta que escuchaba que me sentí estúpida afirmando que yo también me quedaría a cenar en mi propia casa, ante la afable sonrisa de mi tía Laura, la inexcusable risa de mi abuelo y la execrable carcajada de mi abuela.»


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Capítulo 2, Acto II «Mi hija y la ópera»

Final del segundo capítulo, Acto II de Mi hija y la ópera:

«   —No he querido ofenderte, Laura, y si lo he hecho, perdona; simplemente no pesaba que te fueras a poner en mi contra. Me he molestado porque dices que estoy depresivo, y yo opino que la depresión es la ausencia de motivaciones, yo ya las tengo: mi hija y la ópera. No intentéis quitarme por unos días a mi pequeña, que Violeta podrá estar perfectamente sin mí, pero yo no puedo estar sin ella.
   La conversación fue diluyéndose a otros asuntos que ya no recuerdo, y ni falta que hace. Quedé fascinada por aquellas palabras de mi padre. Una persona desaliñada, de aspecto rudo, de tez casi negra por tanto sol y una espesa barba que le hacía parecer un náufrago, que vestía incluso en invierno camisas de manga corta, algunas veces, desabotonadas —seguramente por las calorías que le aportarían sus enormes vasos de whisky—, pero que me había dicho que me necesitaba. Si alguna vez hizo algún gesto de queja o menosprecio hacia mí, si en alguna ocasión me gritó o me zarandeó, se me olvidó para siempre aquella fría tarde.
   —Violeta, ¿me has dicho que encendiera la chimenea?
   Sacudí la cabeza afirmando. Mi padre únicamente la prendía si yo se lo solicitaba, de hecho, a él no le gustaba observar el fuego, le daba la espalda cuando comenzaba a llamear.
   —¿Se quedarán a cenar, no? —preguntó mi padre dirigiéndose a los adultos que nos acompañaban.

   Todos dijimos que sí. Estaba tan acostumbrada a contestar cada pregunta que escuchaba que me sentí estúpida afirmando que yo también me quedaría a cenar en mi propia casa, ante la afable sonrisa de mi tía Laura, la inexcusable risa de mi abuelo y la execrable carcajada de mi abuela.»


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Capítulo 2, Acto II «Mi hija y la ópera»

Final del segundo capítulo, Acto II de Mi hija y la ópera:

«   —No he querido ofenderte, Laura, y si lo he hecho, perdona; simplemente no pesaba que te fueras a poner en mi contra. Me he molestado porque dices que estoy depresivo, y yo opino que la depresión es la ausencia de motivaciones, yo ya las tengo: mi hija y la ópera. No intentéis quitarme por unos días a mi pequeña, que Violeta podrá estar perfectamente sin mí, pero yo no puedo estar sin ella.
   La conversación fue diluyéndose a otros asuntos que ya no recuerdo, y ni falta que hace. Quedé fascinada por aquellas palabras de mi padre. Una persona desaliñada, de aspecto rudo, de tez casi negra por tanto sol y una espesa barba que le hacía parecer un náufrago, que vestía incluso en invierno camisas de manga corta, algunas veces, desabotonadas —seguramente por las calorías que le aportarían sus enormes vasos de whisky—, pero que me había dicho que me necesitaba. Si alguna vez hizo algún gesto de queja o menosprecio hacia mí, si en alguna ocasión me gritó o me zarandeó, se me olvidó para siempre aquella fría tarde.
   —Violeta, ¿me has dicho que encendiera la chimenea?
   Sacudí la cabeza afirmando. Mi padre únicamente la prendía si yo se lo solicitaba, de hecho, a él no le gustaba observar el fuego, le daba la espalda cuando comenzaba a llamear.
   —¿Se quedarán a cenar, no? —preguntó mi padre dirigiéndose a los adultos que nos acompañaban.

   Todos dijimos que sí. Estaba tan acostumbrada a contestar cada pregunta que escuchaba que me sentí estúpida afirmando que yo también me quedaría a cenar en mi propia casa, ante la afable sonrisa de mi tía Laura, la inexcusable risa de mi abuelo y la execrable carcajada de mi abuela.»


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miércoles, 12 de octubre de 2016

Capítulo 1, Acto II «Mi hija y la ópera»

Párrafo del Capítulo 1, Acto II de Mi hija y la ópera:

«No recuerdo que mi padre se ocupara de mí hasta que, a la edad de cinco años, nos mudamos a Calasparra. Él era alto, de gran corpulencia, con el abdomen prominente, aunque nunca lo hubiera definido como gordo. Una barba cubría su rostro, y mostraba una mirada ausente e inexpresiva, supongo que la propia de alguien que hubiera sufrido un suceso como el acaecido la mañana del 12 de septiembre de 1981, fecha que tengo más marcada que la de mi propio nacimiento.» 


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domingo, 9 de octubre de 2016

Capítulo 10, Acto I «Mi hija y la ópera»

Pasaje del capítulo 10, Acto I de Mi hija y la ópera:

   «En ese instante de desasosiego colectivo apareció el vehículo de Pepe que se intro­ducía en la finca tocando el claxon. En su rostro atemorizado pudo distinguirse un resoplido de alivio al ver a su hijo en el exterior de la casa.
   —¡Llevo el susto metido en el cuerpo hijo mío!, ha habido en el cruce de la carretera de Canteras un accidente gravísimo, con muertos, cuando me han dicho que el coche era un Seat 131 blanco pensé que podía ser el tuyo. No te puedes imaginar la alegría que me da verte. ¿Qué te pasa Andrés?... ¡Estás pálido!...
   Laura se asomaba desde la puerta de la entrada de la casa sosteniendo la guía te­lefónica e informando que había encontrado el número de la carnicería, se le des­plomó de sus manos sobresaltadas al avistar un vehículo patrulla de la Guardia Civil que estacionaba junto a la verja. A sus catorce años ya sabía que aquella visita no presagiaba nada bueno.
   Dos hombres uniformados de verde oscuro cerraban las puertas del automóvil y se adentraron en la finca con palpable consternación. Ambos se cuadraron en cuanto advirtieron la presencia de Andrés que, amilanado por una fatídica noticia, apenas podía mantenerse erguido. La familia, expectante y atemorizada enmudeció dejando que se apreciara la melodía proveniente desde el salón, el fragmento llamado Ebben, ne andrò lontana de Catalani.
   —¿Es usted familiar de don Andrés Rosique Marín?
   —Soy yo —asintió temblando con un hilo de voz.
   —¿Es propietario de un Seat 131 blanco, con matrícula de Murcia, tres, uno…?

   Los últimos números de la matrícula fueron imperceptibles debido a las maldiciones y los lamentos de los familiares y amigos que escuchaban a los miembros de la Benemérita. Andrés afirmó derrotado.»

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domingo, 2 de octubre de 2016

Capítulo 9, Acto I «Mi hija y la ópera»

Extracto del capítulo 9, Acto I de Mi hija y la ópera:


«El abuelo realizó una instantánea cuando Patricia le entregaba el regalo a Susana, ambas se miraban sonrientes, Andrés aparecía tras ellas con la alegría propia del momento, con una mano sobre la espalda de su mujer, y con la otra, abrazando desde atrás a su hija de dos años y medio que, rebosante de felicidad, aceptaba la caja envuelta en un papel festivo. Violeta, a la izquierda de su hermana, sorprendida por el flash, fue la única de todo el salón que miró de frente a la cámara.»


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