jueves, 16 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 13



12

   Los meses sucedieron con celeridad, Dani ya había dejado de venir a casa, contrajo matrimonio con la dependienta de la tienda de regalos y mantenía sus clases particulares en el pueblo. Esporádicamente ejecutaba piezas de piano en locales nocturnos de la comarca del Noroeste.
   A finales de 1998 algo inédito ocurrió: por primera vez acudí al pueblo yo sola. Siempre había ido acompañada de mi padre, y creo recordar que en una ocasión con mi tía Laura. A partir de entonces, comencé a bajar a la localidad con algo de frecuencia, en bicicleta como medio de transporte, empezando a dominar la batalla a mi complejo estético, o al menos en parte. Lo que sí que había logrado era a relativizar mi aspecto físico, ya no lo consideraba tan traumático. Sin embargo, el único lugar que visitaba de Calasparra era una tienda de ultramarinos cuya propietaria atendía al nombre de Maruja y a la que ayudaba su hijo Antonio. El motivo por el cual inauguramos esta tendencia de compra no fue otra que la jubilación de Domingo, el encargado durante años de abastecer nuestra despensa transportando desde su vieja furgoneta los productos que le demandábamos.
   Poco antes de que nos comunicara el cese de su actividad laboral, después de tantos años, conversé con él por primera vez (siempre lo hacía mi padre). Domingo era una persona de campo, casi sin dientes e, incomprensiblemente, siempre llevaba el aspecto de no haberse afeitado en tres días. Sin estar al corriente de los años que cumplía sé que aparentaba muchos más. Pero su mayor peculiaridad era que caminaba sin adoptar demasiados cambios al mismo encorvamiento con el que conducía. Solía anunciar su presencia con un largo sonido de claxon, si no acudíamos a su llamada, depositaba las bolsas del pedido junto a la verja. Dialogué con Domingo porque la curiosidad acerca de nuestros vecinos comenzaba a serme inaguantable.
   Cierto día, cuatro o cinco meses antes (estaba celebrándose el Mundial de Fútbol de Francia), después de una noche loca, tras el partido España contra Bulgaria con el resultado de seis a uno a favor de los nuestros, se marcharon Pedro y Juan con un turismo que conducía el primero. Ya había amanecido, Yako les siguió tras la estela del coche. A pesar del entumecimiento, porque estaba recién levantada, corrí detrás de mi perro con los mismos atuendos con los que había dormido. Mi fiel amigo desistió de la persecución justo frente a la parcela de nuestros vecinos y accedió a ella por la verja que se había quedado abierta, dado que Domingo, que también hacía reparto en aquella casa, estaba dejándoles un encargo. Jadeando por la carrera y paralizada por el miedo permanecí inmóvil en el límite de la parcela esperando a que Yako saliese.
   —Buenos días —susurró el viejo repartidor antes de introducirse en su vehículo que apenas había atravesado el umbral de la verja—, no dejes el perro aquí que se lo comen.
   —Buenos días, señor Domingo —saludé trémula—, ¿me podría ayudar a sacarlo, por favor?
   —No te preocupes, niña, llámalo que saldrá hacia la puerta, voy a tu casa que, viendo las caras de Pedro el listo y el Chapicas, con los que me acabo de cruzar… veremos a ver si tu padre me abre la puerta o se acaba de acostar.
   Asombrada por la precisa información que poseía de nosotros, me disgustó que, a mis diecisiete años, me tratase como a una niña y que se negara a prestarme apoyo en un lugar donde él entraba periódicamente y yo era una intrusa.
   —Cógelo pronto —reiteró guiñándome un ojo mientras arrancaba la furgoneta—, que no lo ves más.
   —¡Yako! —berreé.
   Mi perro ladró y de la puerta de la casa apareció una mujer de negro, canosa, entrada en carnes, desaliñada y con mirada reñidora. Yako se lanzó hacia mí con tanto impulso que casi me tira al suelo.
   —¡Ah!, eres tú. La vecina —saludó en tono neutro, incongruente con su expresión beligerante.
   —Hola, mi nombre es Violeta, he venido a recoger a mi chucho, el muy estúpido se ha colado en su jardín, de verdad que lo siento.
   —Lo sé. Pues nada, hija. Adiós.
   —Espere, señora —pedí a pesar del pavor que engendraba en mí aquella situación—, usted sabe mi nombre, pero yo debería saber el suyo, al fin y al cabo somos vecinas desde hace mucho tiempo.
   —Mi nombre poco te importa.
   Cerró la puerta de su vivienda con furia, yo iba a hacer lo propio con la verja del jardín —sin mostrar, eso sí, ninguna exacerbación— cuando oí el chirrido de una ventana que se abría, intuyo que correspondía al salón de la casa. Seguramente alertado por escuchar una voz que desconocería se asomó una figura monstruosa, un ser horrendo que me examinaba atónito o, al menos, ése era el semblante que reflejaba su asimetría ocular, carecía de orejas y poseía una boca desproporcionadamente grande, las hendiduras del rostro descubrían unas facciones imperturbables, un mohín que fusionaba el sufrimiento con la estupefacción. El cabello, castaño, rizado y exageradamente voluminoso procuraba, vanamente, disimular aquella abominable cara. Mi perro y yo corrimos despavoridos hacia nuestra casa. Caí entonces en la cuenta de que aquella fisonomía que aprecié, meses atrás, desde la nueva habitación no era una ilusión óptica.
   Mi padre, con envoltura resacosa, me recibió exigiéndome explicaciones de adónde había ido, quise relatarle lo recién acontecido con los habitantes de la casa con los que compartíamos carril, pero enseguida me silenció argumentando literalmente «No tengo la cabeza para historias, voy a acostarme a ver si consigo dormir un poco».

   Permanecí toda la jornada reflexionando sobre lo acaecido a primera hora de la mañana, aquello explicaba muchos porqués, comprendí el motivo de su aislamiento, y de que en el colegio me dijeran que vivía en la «Senda de los monstruos», donde, con toda seguridad, yo entraba en el lote. Me pregunté qué tipo de enfermedad tendría el chico aquél y que, tiempo después, gracias a Internet, me permití indagar: el Síndrome de Treacher Collins (o una patología similar, puesto que los síntomas eran idénticos a los que observé en la página web).
    Me armé de toda la paciencia del mundo y al día siguiente madrugué como nunca para esperar a Domingo y bombardearlo a preguntas. Sólo él podría aportar datos de lo que le había sucedido a aquel ser humano. Me reconcomía la curiosidad.
   —Buenos días, señor Domingo.
   —Hola, hija, ¡qué raro no ver a tu padre abriéndome la verja!, ¿pudiste sacar a tu perro de la casa de doña Josefa?
   —Sí, pero podía haberme ayudado.
   —¿Por qué, hija?, si bromeaba cuando dije que se lo iban a comer, es un bulo lo que dicen que hacen con los perros.
   —Pues me lo creí, son muy raros.
   —Pensé que, como sois vecinos, os conoceríais. En el pueblo los tienen por locos, pero yo que les conozco te digo que no son peligrosos.
   —¿Cuántas personas viven en esa casa?
   —Dos, doña Josefa y su hijo, al que nadie conoce.
   —Yo lo he visto —informé solemne.
   —¿Que lo viste? —preguntó perplejo—, ¿dónde?
   —Asomado a la ventana, le había visto su silueta en bastantes ocasiones, pero nunca le había visto el rostro hasta ayer, ¿qué le ocurrió, se quemó?
   —No hija, no se quemó, nació así la criatura, y te confieso que yo también lo he visto, nunca digo esto en el pueblo porque me molestarían con preguntas. Me aterré al verlo, su madre siempre lo tiene escondío, hay quien dice que atao, que le da de comer en un recipiente como si fuera un animal. A pesar de sólo haberle visto una vez, noto su presencia tras las cortinas en esa casa donde nunca me han dejao entrar.
   —Vaya, nació así, como yo —murmuré.
   —Violeta, tú no puedes compararte con él. Al poco de nacer, su padre los abandonó, doña Josefa, que en el pueblo le llamábamos la Pepi, era amable, y guapísima, una de las mujeres más hermosas de por aquí. Ahora vive apartá del mundo, nunca sale, su hijo, que rondará los veinte años, jamás ha salío de esas cuatro paredes, nunca ha ido al colegio y son los médicos quienes se dirigen a su casa. Su madre, y eso no me lo ha dicho ella porque tampoco habla mucho conmigo, es muy creyente, y piensa que su hijo es un castigo de Dios. O eso es lo que se rumorea en Calasparra.
   Las palabras de Domingo me hicieron recapacitar, a partir de aquel momento comencé a sentirme afortunada, las cartas que había repartido el destino me aventajaban respecto a otras personas. Calibré mi situación y me comparé con aquel ser que habitaba a menos de cien metros de mi hogar cuya vida estaba sentenciada desde que nació. Me sentí fatal por haber tenido que huir de aquel rostro y enseguida comprendí que debía obrar acorde a mis principios. Sin sopesarlo con mi padre, que todavía roncaba a pesar de lo avanzado del día, decidí hacer una visita de cortesía a mis vecinos.
   Había visto en las películas estadounidenses que, en ocasiones, para dar bienvenida a un recién llegado al vecindario se le agasajaba con un pastel. Hice lo propio, elaboré una tarta de manzana, cuya receta —cómo no— aprendí de mi tía Laura. Me siguió Yako, lo que no me importó porque, de alguna manera, me sentía protegida.
   —Hola, doña Josefa —saludé sosteniendo el dulce con mis dos manos junto a mi perro que movía la cola anheloso de conocer todos los rincones de la parcela más cercana a nuestra residencia.
   —¿Qué quieres? —espetó distante.
   —Me gustaría disculparme con esta tarta de que mi perro entrase ayer en este jardín sin su consentimiento.
   —No tienes por qué preocuparte, muchacha.
   —¿Podría entrar, señora?
   —No.
   —Me gustaría conocer a su hijo.
   —Aquí vivo yo sola —sentenció.
   —Señora, lo he visto en alguna que otra ocasión tras la ventana —confesé con gesto cómplice—. Le prometo una cosa, sólo quiero saludarle, como vecina, no le juzgaré por su apariencia. Se lo juro.
   Me observó durante medio minuto, me repasó de arriba abajo con el ceño fruncido y, luego, relajó el semblante.
   —Te dejaré entrar —convino adoptando nuevamente una expresión circunspecta—, pero dos cosas: la primera, si cuando salgas de aquí tienes pesadillas… tú te lo has buscado; y luego, dile a tu padre que no ponga las zarzuelas ésas tan temprano, detesto despertarme con esa maldita música.
   Asentí a sabiendas de que sería imposible cumplir la segunda condición.
   Ella me abrió la puerta, dejé a Yako correteando en el jardín y me introduje en su domicilio manteniendo en equilibrio la tarta cuya carga comenzaba a resultar pesada en mis enjutos brazos. La casa se encontraba lúgubre y segregaba de sus rancias paredes un insufrible hedor a humedad. Estaba llena de imágenes de santos, crucifijos y estatuas de la Virgen. La penumbra se ocultaba titilante gracias a la luz de número ingente de velas dispuestas en lugares estratégicos. Me dirigió hacia una habitación, más oscura todavía, estaba el suelo acolchado y disponía de cubos de colores con letras y números típicos de las guarderías. Ahí estaba él, sentado en una esquina con aquel rostro impropio de este mundo. Aterrorizado por toparse conmigo lanzó un agudo alarido.
   —Hola, me llamo Violeta —saludé disimulando el temblor.
   —No te va a responder —contestó su madre—, no puede hablarte, sus deformaciones impiden que pueda hablar. Sólo grita, según el tipo de grito sé si el agua está fría, templada o caliente, o si le gusta una comida o no, pero poco más. Se llama Eduardo.
   La mujer agarró la tarta y sin mediar palabra la depositó en el suelo. Aquella criatura la engulló con las manos en pocos segundos, pensé que padecería de inanición o quizá sería su manera de comer. Doña Josefa sondeaba mi reacción como si yo estuviera presenciando una actuación circense. Aquel chico debería de medir, si consiguiera estirarse, cerca de un metro noventa, exteriorizaba deformaciones en su espalda y extremidades. Pa­recía haberse desarrollado en el interior de una jaula.
   —¿Cuántos años tiene? —pregunté a la madre.
   —Nació en el setenta y… ¿en qué año estamos?
   —En el noventa y ocho —respondí—, junio del noventa y ocho.
   —Veinte años tiene entonces. Los médicos me dijeron que no llegaría a esta edad, y ahí lo tienes, todavía jugando con sus cosas.
   —Pero ¿ve la televisión o interactúa con otras personas o animales? —curioseé suponiendo la contestación.
   —La tele no, porque se haría preguntas, quiero que piense que no es tan raro, una vez me trajeron un perro que él mismo mató porque no paraba de ladrarle, si has oído alguna vez que se lo comió ya te digo yo que es mentira. Lo único que ve del mundo exterior es por la ventana, afortunadamente por nuestro carril pasa poca gente. 
   Abandoné aquel hogar, convencida de que la realidad puede resultar inimaginablemente perturbadora, vociferé el nombre de mi perro por si acaso la leyenda que corría en torno a aquel tipo y su apetito por los canes fuese cierta.
   Nunca volví a adentrarme en esa vivienda, si bien, evalué durante un tiempo la posibilidad de entablar amistad con ese ser de rostro imposible, pero su retraso mental era demasiado profundo. Aquel joven de veinte años, cerebro pueril y cara de alienígena era una verdadera víctima de sus circunstancias. A partir de aquel día, cada vez que transitaba frente a la casa de mis vecinos saludaba sonriente a pesar de que ellos mantuvieron su talante irreverente.

   Aquella experiencia contribuyó a subsanar mi autoconfianza perdida con los años, con el tiempo conseguir llevar una vida algo más independiente. Conocí por aquel entonces a Maruja, la dueña de la tienda de ultramarinos, a la que comencé a visitar cuando el señor Domingo se jubiló. Aquella mujer hacía honor a su nombre, una chismosa que en las primeras ocasiones disparaba preguntas del tipo: «¿Tú de quién eres?» o «¿Cuánto tiempo llevas aquí?», y después me interrogaba pretendiendo sonsacar información, por ejemplo, sobre las personas que conocía del pueblo y todo tipo de impertinencias similares. No obstante, era una señora que se comportaba de una manera simpática conmigo, lo cual era lógico, dado que mi padre y yo adquiríamos casi de todo en su comercio. Mostraba un aspecto excesivamente descuidado, seguramente duplicaba en kilos su peso ideal. A menudo despachaba en bata, zapatillas y rulos sobre un cabello pobre y plateado, desaliño fomentado por residir en la misma trastienda del local. Usaba gafas con cristales de culo de vaso y poseía una elocuencia tirando a torpe que le confería un inevitable halo de ignorancia. Su marido había fallecido recientemente por cáncer de pulmón, las lenguas maledicentes del pueblo aludían a un lento suicidio causado por el tabaco, alegando que éste, fumaba para no soportar a su esposa por muchos años. Su hijo Antonio era afable conmigo, por lo que decían muy popular y querido en Calasparra, años después sería uno de los más famosos corredores de los encierros de septiembre. Corporalmente no era nada del otro mundo, pelo castaño y la mandíbula inferior muy pronunciada. Un bruto a la hora de articular palabras, no paraba de blasfemar y de realizar expresiones simplonas cargadas de muletillas, pero escribía aún peor, sus notas y tiques eran todo un insulto a la ortografía. Se lo podía perdonar gracias a su comportamiento risueño. Me complacía su modo de atenderme y, por primera vez, alguien de mi generación no realizaba muecas o comentarios despectivos sobre mi apariencia física.

   Durante meses, la señora Maruja y su hijo Antonio fueron las únicas personas del pueblo con las que mantuve algún trato particular, más adelante entablé amistad con gente de muy lejos. Mi padre me había comprado, años atrás, una computadora personal para mi formación educativa, cuyo uso, prácticamente, quedó extinguido con la marcha de Daniel, mi profesor. En los últimos tiempos me había centrado en las labores del hogar, sin descuidar claro está, ni al piano ni a mi padre, al que ya le cubría una espesa y emblanquecida barba.
   Reanudé el uso de mi viejo ordenador en cuanto conseguimos que Internet llegara a casa. De repente, me encontré gracias a los foros de algunas webs, con grupos de personas con afinidades similares a las mías y, aún sin conocerlas físicamente, podría catalogarlas como amigas. Nuestra conexión, primordialmente, se daba por medio de los canales de mensajería instantánea.
   En una comunidad de internautas aficionados a la ópera conocí a Berta Ferreyra, una argentina de treinta y nueve años, oriunda de su capital. Se identificaba  con el gentilicio de porteña que prefería al de bonaerense. De alto nivel intelectual y económico, aquella mujer recientemente divorciada siempre acababa sus conversaciones conmigo con la promesa de que, pronto, me visitaría en un perentorio viaje a España. En otro foro, donde los que participábamos éramos apasionados del piano, conocí a otra de mis grandes amistades: Águeda Salamó, de veintinueve años y natural de Barcelona, amaba a partes iguales el instrumento que nos vinculaba como todo lo relacionado con Oriente. Acabó convirtiéndose en una virtual hermana mayor a la que yo, en ocasiones, reclamaba consejos. El cariño que experimentaba por ambas fue transformándose a un triángulo fraternal e inquebrantable que posiblemente perdure siempre.
   Conocí también a dos chicos con los que mantenía contacto vía chat o correo electrónico, ellos participaban en una web de amigos de la Región de Murcia de cuyo foro yo también era miembro. Fran Pérez, de veinticinco años, procedente de Elda, en Alicante, aunque sus antecesores paternos vivieron en Caravaca (muy cerca de mi pueblo) y luego Ángel, algo menor que yo, diecisiete años, de Cartagena, la ciudad que me vio nacer. Ambos jóvenes, que también eran amigos entre sí, me trataban en un plano mucho más desinhibido y frívolo. Albergaban un especial interés en que les enviara algún archivo que contuviera una imagen mía, propuesta que siempre objeté. Percibía cierto tono picante en las conversaciones que manteníamos los tres a la vez, y una pretensión por cortejarme que, a veces, parecía una lucha por ver quién de los dos lograba con éxito que yo me aviniese a quedar a solas con él; cosa que, sinceramente, me hacía sentirme estimada, sabedora de la imposibilidad de que ocurriera dicha cita.
   Fran y Ángel estuvieron durante meses «pretendiéndome» desde la invisibilidad de la red. En un tono más serio, me propusieron convocar un encuentro para conocerme en persona (entre ellos ya habían quedado en diversas ocasiones), a lo que yo siempre me negaba alegando motivos de toda índole. La realidad, obviamente, no era otra que el temor al rechazo y mi falta de confianza, todavía maltrecha por un pasado que poco a poco se iba disipando. Por primera vez, mi universo se expandía fuera de las paredes de mi casa.


Andrés VII

   En el ocaso del verano Andrés y Patricia decidieron casarse, marcaron el plazo de seis meses para dar tiempo a los preparativos del enlace. Patricia y su madre se encargaron casi de la totalidad de los asuntos concernientes a la boda. Andrés, con el crecimiento de la empresa, utilizó el escaso tiempo del que disponía para la adquisición del traje y los obligados encuentros con el sacerdote de la Parroquia de San Fulgencio.

   Era una fría tarde de enero de 1977, cuando se topó con la prima de Susana que sa­lía de la Confitería Gallego, muy cerca de su casa.
   —¿Andrés? —preguntó dudando si era él.
   —¡Begoña!
   —Ya me he enterado de que te casas.
   —Sí, en un par de meses.
   —Una pregunta, y espero que no te moleste —musitó Begoña adquiriendo una entonación más confidencial —¿qué te pasó con mi prima?
   —Con tu prima no pasó nada, simplemente me di cuenta de que estaba enamorado de otra mujer.
   —¡Pero si bebías los vientos por ella!, ¡será que no se notaba!
   —Me encandiló su hermosura, lo admito, pero tiene una manera que me hacía sentir insignificante. Conoces a tu prima mejor que yo.
   Begoña afirmó.
   —Susana no se acordará de mí.
   —Te equivocas —dijo—, a mi prima le afectó tu desprecio, y cuando se enteró de que estabas con la camarera de la heladería… casi enloquece. Dicen mis tíos de Bar­celona que ha estado en tratamiento por depresión.
   —No creo que tenga yo nada que ver en todo eso y espero que esté ya mejor.
   —No tienes por qué preocuparte, Andrés; mi prima, como sabes, ha tenido a todo el que se le ha antojado bajo sus pies. He sido testigo de cuántos hombres se le han acercado en una sola noche.
   Andrés asintió con levedad.
   »Cambiando de conversación —prosiguió Begoña—, he visto un cartel de: «Se necesita personal» en tu tienda de Ramón y Cajal. Mi hermano está buscando trabajo y he pensado que podrías hablar con él. Paco es un experto de mecánica y electrónica, ha estudiado para eso.
   —Del personal de esa tienda se encarga mi padre, haré todo lo que pueda para que tu hermano trabaje con nosotros.
   —Te lo agradezco mucho, Andrés. Me tengo que ir que se me están congelando las manos, ¡hasta pronto!
   Caminando en dirección a su casa, Andrés no pudo evitar pensar en las palabras de aquella chica, lamentando hondamente la fría y breve nota con la que comunicó a Susana su desinterés por ella. Se preguntaba sobre la conveniencia de pedir a Begoña o Paco el número de teléfono de su prima de Barcelona para llamarla y disculparse de tan pusilánime comportamiento, cosa que descartó al instante creyendo que sería inadecuado debido a la proximidad de su en­lace con Patricia.

   Pepe finalizó la entrevista con Paco comunicándole que comenzaría a trabajar al día siguiente. Llamó al teléfono del comercio de la plaza Juan XXIII donde generalmente trabajaba su hijo para anunciarle su decisión.
   —Andrés, ese amigo tuyo que ha venido a por lo del trabajo es un «lince».
   —Me alegro de que te haya gustado, a mí también me lo parece.
   —Otra cosa, hijo, ¿habéis visto algo sobre el banquete de la boda?, lo digo porque si quieres hablo con los Ramones.
   —¿Te refieres al Restaurante Ramón de Los Alcázares?
   —Sí.
   —Me parece buen sitio, llámalos, y si tienen libre el seis de marzo lo comento con Patricia y su familia.
   —Pues no te preocupes, que ya me encargo yo de la reserva, de la negociación y de todo.
   —Gracias, papá.
   Había días en los que una varita mágica parecía tocar a Pepe y ese era uno de ellos. A Andrés le contentaba conversar con su padre cuando este no tenía su habitual carácter amargado y crispado. A la media hora se presentó en la oficina de su progenitor, saludó a Lola, la de­pendienta; y a Luis, uno de los técnicos; accediendo al despacho de gerencia avisando con dos raudos toques con los nudillos.
   —Hola, he venido para comentarte unas cosillas de las tiendas que no he po­dido matizar por teléfono, y, así, aprovechamos para hablar de la celebración de mi boda, ¿dónde quieres que te invite a comer?
   —Tú invítame a comer… y luego pago yo.

  A mediodía del primer domingo de marzo de 1977, contrajeron matrimonio Andrés Rosique Marín y Patricia Domínguez Tortosa. El novio vestía un sobrio traje oscuro; la novia, un exquisito vestido blanco: lo que dictaba la época. De los po­cos invitados de la familia Rosique, algunos empleados, entre los cuales se hallaba Paco, más en calidad de amigo del prometido que como trabajador de las empresas de Pepe. Asistieron también familiares de Balsicas, mayoritariamente primos de Andrés y algún que otro allegado de la rama paterna de Roldán. Entre los numerosos convida­dos de la familia Domínguez Tortosa se contaba con la inseparable prima Asunción. Otros amigos comunes a la pareja comparecieron en el evento: José Blázquez, con decrépito as­pecto justificado por él mismo como «por los abusos de la vida»; y Antonio López, que acudió a la cita acompañado de Alejandro, algo más que un amigo, que además le ayudaba en los arreglos musicales.
   La boda tuvo su momento culmen en el momento que se partió de la tarta, ritual acompañado del fragmento Va pensiero de la ópera Nabucco. Qué lástima que los instantes de felicidad sean prácticamente inapreciables, unas pocas gotas de agua en el mar de la vida.

   El timbre del teléfono rompía el silencio la mañana de un sábado de septiembre de ese mismo año, Patricia descolgó el aparato, Antonio López pre­guntaba por Andrés. Ella pronunció el nombre de su esposo para que lo atendiera y permaneció junto a él, sabía por la entonación que empleaba el músico que el motivo de la llamada era preocupante.
   —Han encontrado muerto a José —saludó Antonio con voz profunda.
   —¿A qué José?, ¿a José Blázquez? —preguntó Andrés.
   —Sí —admitió sucinto para evitar que sus palabras se quebrasen.
   —¿Qué ha pasado?
   —Lo han encontrado muerto en una de esas casas abandonadas que hay en El Moli­nete, tenía una jeringuilla junto a él, es muy probable… —en ese momento Antonio se derrumbó.
   —Bueno, déjalo —Andrés esperó a que su amigo recuperase el habla—. ¿Quién te lo ha dicho?
   —Mis padres. Han escuchado los gritos de su madre cuando ha ido la policía a co­municárselo.
   Las familias de Antonio y José vivían en la misma planta del mismo edificio, vivien­das contiguas separadas tan sólo por unos finos tabiques.
   —¿Qué ha ocurrido? —preguntó Patricia a su marido.
   —Mi amigo Jose ha muerto. Era el más joven del trío Los Prohibidos.
   Ella le abrazó durante unos segundos. Después, Andrés se dirigió en si­lencio hacia el piano, situado frente a una de las paredes del salón. Comenzó a pulsar algu­nas teclas, de forma inconexa, sin melodía alguna. Su único propósito era esconder su rostro del campo de visión de su mujer. Unas lágrimas se precipitaron sobre el teclado.

miércoles, 15 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 12



11

   El trasiego que mi padre produjo accediendo a intervalos más o menos regulares a la habitación secreta me dejó en vela casi toda la madrugada. Le oía cerrar con llave cada vez que la abandonaba, quería evitar a toda costa que nuestra curiosidad rompiese la mágica sorpresa que nos aguardaba. Escuchaba, asimismo, los ronquidos de Alberto que atravesaban el tabique que separaba mi dormitorio de donde él pernoctaba. Presentí que mi tía estaría despierta, imaginando en los recuerdos con los que se toparía al adentrarse a la sala que tantos años nos había estado vetada. Yo creía conocer todo lo que allí se almacenaba. ¡Cuán equivocada estaba!
   Me levanté sobre las nueve, mi padre había salido a caminar, y mi tía y Alberto desayunaban en la cocina, ambos callados, el silencio sólo se rompía con el roce de las cucharillas en las tazas de café con leche que removían persistentemente.
   —Buenos días, tita, buenos días, Alberto.
   —Buenos días, Violeta —saludaron a la vez.
   —¿Y mi padre? —pregunté a sabiendas de que estaría fuera recorriendo su itinerario matutino con el único propósito de dar fin al incómodo mutismo de la pareja—. Se habrá ido a andar por ahí.
   Me respondí antes de que contestasen nada, percibí que mi presencia podría resultarles embarazosa cuando aprecié en sus rostros una reciente discusión.
   Por suerte, no tardó mucho en aparecer mi padre con la frente sudorosa, enfrentándose al gélido exterior con una simple camiseta de manga corta. Tragó con vehemencia de una botella de agua que había sobre la encimera y se dirigió hacia la escalera.
   —Laura, Violeta, voy a abrir la habitación. Subid cuando queráis.
   Mi tía y yo nos pusimos de pie desplazando, sincrónicamente, las sillas hacia atrás con las corvas. Alberto, discreto y conocedor del momento íntimo que íbamos a vivir, no nos acompañó, salió al jardín en búsqueda de Yako.
   Percibí por última vez el sonido quejicoso de la llave en aquella puerta, una mezcla de metal y madera resquebrajándose. Mi padre levantó las persianas y descorrió las cortinas para que la luminosidad inundara el cuarto, habría abierto las ventanas de no ser que mi tía y yo continuábamos en pijama. La habitación estaba más diáfana de lo que imaginaba. Una silla y una cómoda, con cuatro cajones, que era presidida por un jarrón de flores que contenía, entre otras, narcisos e hibiscos de varias tonalidades cromáticas. Aunque lo más impresionante de la sala colgaba de las paredes. Reparé en que la primera y única vez que accedí a aquella habitación tendría la mitad de edad que en aquel momento, el recuerdo era tan vago que los rostros de las personas retratadas habían acabado difuminándose en mi mente como consecuencia de los años. El tiempo había cambiado la posición del lienzo al óleo de Susana por el retrato familiar donde yo aparecía tomada por mi hermana, y mi madre nos sostenía en cuclillas. Noté la mirada contemplativa de mi padre evaluando nuestras reacciones, mi tía comenzó a llorar en cuanto vio la imagen de su hermana en toda su magnificencia con aquel vestido blanco y su largo cabello rubio.
   —Violeta, siento haberte hecho entrar tan tarde aquí, no sabía cómo ibas a reaccionar.
   —Papá, me gustaría que estos cuadros estuvieran en el salón.
   Realizó un ademán afirmativo y abrió el primer cajón de la cómoda que escondía un cofre que contenía pendientes de oro, colgantes de perlas y, entre otros tesoros, relojes sincronizados en hora con su perpetuo tictac percibiéndose levemente, lo que indicaba que mi padre les habría sustituido las pilas durante todos aquellos años. En el segundo cajón acumulaba fotografías, instantáneas de él, de mi madre, algunas de mi hermana siendo bebé, incluso de Lily, la niñera, a la que reconocí con facilidad. Una foto me conmovió profundamente, se había realizado con una de esas cámaras que las revelan de inmediato, se celebraba un cumpleaños, habían muchas velas sobre una tarta, en el lado izquierdo de la mesa, mi abuela y mi tía en edad adolescente; en la parte derecha, mi madre sonreía y le entregaba un regalo a mi hermana, un paquete rojo con una cinta dorada, ella, ilusionada por recibir el obsequio, abría aquellos iluminados ojos llenos de vida y futuro. Mi padre aparece detrás de ellas en la imagen, saboreando el feliz momento. También había un hueco en la foto para mí, a la izquierda de mi hermana, sentada en una trona muy grande todavía para una criatura tan diminuta, yo era un bebé con escasos meses de vida, impávida, con aquel rostro carente de ilusión, mirando hacia la cámara que, presupongo, manejaría mi abuelo Emilio. Repasé de nuevo las caras de todas aquellas personas alegres y, salvo a mi tía, a ninguno de los que sobrevivieron al destino los he visto sonreír de aquel modo. ¡Qué jóvenes estaban!, y ¡cuán viejos los convirtió la fatalidad al poco tiempo! Aparté la fotografía cuando noté que la mojaba con mis propias lágrimas.
   —Esa foto fue en el cumpleaños de tu abuela, en el verano del ochenta y uno  —precisó mi padre cuando apreció la emoción en mi rostro.
   —¿Y el regalo para Susana? —pregunté extrañada.
   —En realidad era una caja vacía, le daba igual lo de dentro, disfrutaba sólo con la caja y los colores del papel de regalo, siempre había que darle un paquete vacío cada vez que se celebraba algún cumpleaños, yo le dije a tu madre que ésa sería la última vez que haríamos el paripé de la caja, que ya era mayor para que supiera que no en todas las celebraciones había de darle algo a ella, y ojalá me hubiera estado callado, lo hubiera dado todo para haber seguido regalándole una caja por cada cumpleaños que ha celebrado cualquiera de la familia y que ella no ha estado presente.
   A mi padre se le había quebrado la voz en las últimas palabras, volvió a contemplar la fotografía y difícilmente atinó a musitar: «mi pequeña Susana, mi pequeñina».
   Abandonó la habitación dejándonos a mi tía y a mí que, entre lágrimas, indagábamos entre cajones y armarios. Colgados de un guardarropa nos hallamos con los vestidos de mi madre, perduraban impecables.
   —Todo lo de ahí os pertenece, si os gusta cualquier cosa la cogéis —dijo la cada vez más tenue voz de mi padre mientras descendía las escaleras.
   Entretanto, mi tía Laura se paralizaba admirando los vestidos de fiesta que una vez ostentó su hermana, yo abría un cajón, encontrándome con varios recortes de periódico relacionados con el accidente y multitudinario entierro. Me impactó, más que ningún otro, uno del diario La Verdad de Cartagena, con fecha del 13 de septiembre, cuya noticia adjunto a continuación:

SUCESOS LOCALES
Tragedia en accidente de tráfico
A las 11 de la mañana de ayer, un vehículo marca Seat 131 de color blanco con matrícula MU-3121-G, que circulaba por la carretera de Tentegorra en dirección a Cartagena, colisionó lateralmente con un camión cisterna cargado de combustible, de la marca Pegaso, con matrícula MU-1429-N, propiedad de la compañía Campsa y que se dirigía por la calle Peroniño en dirección a Canteras. El violento accidente produjo un gran incendio a veinte metros del cruce, en sentido a Canteras, que pudo divisarse a varios kilómetros a la redonda. El conductor del camión, Joaquín Roca Espinosa, salió aún con vida del mismo falleciendo por las graves quemaduras durante su traslado al Hospital Virgen del Rosell. La conductora del automóvil, Patricia Domínguez Tortosa, y su hija, Susana Rosique Domínguez, fallecieron calcinadas, quedando sus cuerpos atrapados dentro del vehículo, debajo del camión. Tardaron varias horas en extinguir el fuego, y los dos cadáveres quedaron reducidos a cenizas y a algunos restos óseos, según ha afirmado el Responsable de Comunicaciones del Servicio de Bomberos de Cartagena. Testigos oculares del siniestro manifestaron que el turismo realizó una serie de maniobras extrañas antes de llegar al cruce, no dándole tiempo a frenar ante la señal de stop.

   Nunca he sabido muy bien por qué mi padre se mortificaba acumulando esas trágicas noticias, por la prensa me enteré de que mi madre se había saltado un stop y fue la causante del accidente. La idea de que ella y mi hermana murieron quemadas, enjauladas en su propio vehículo, era aterradora.
   —Mira estas cartas —señaló Laura.
   —A ver… —dije cogiéndolas con ansia.
   Las epístolas llevaban la letra de mi padre, conté quince folios, cada uno de ellos era un escrito dirigido a mi madre, todos con la misma fecha, la del seis de marzo: el aniversario de su boda. Las notas estaban ordenadas desde la más reciente, año 1996; a la más antigua, de 1982. Las hojeé con rapidez y en seguida aprecié que eran verdaderas cartas de amor, escritas desde lo más profundo de su corazón, ni de lejos conocía esa faceta de una persona que mataba las horas partiendo leña y bebiendo whisky. Las guardé sin doblar ni romper el orden entre mi camiseta y el pijama con temor de que mi tía aspirara a leerlas o que mi padre pretendiese requisármelas receloso de mostrar sus emociones más introspectivas. Las llevé hacia mi dormitorio depositando aquel tesoro documental bajo la almohada. Una voz me solicitaba desde el otro cuarto:
   —¡Violeta!
   —Dime, Laura —respondí accediendo nuevamente a la habitación prohibida.
   —Desearía llevarme esta cadena. Se la regalé a tu madre cuando se casó, es lo único que quiero de aquí.
   —Sabes que puedes llevarte lo que quieras.
   Mi tía solicitó mi colaboración para que le colocase la gargantilla, era un fino collar de oro con un corazón, abandonó la habitación con sentimiento de congoja pareciendo haber revivido unos instantes junto a mi madre. Bajando las escaleras se cruzó con mi padre que, reparando en la alhaja, le aseguró que a su hermana le complacería que la llevara consigo. Ella asintió con levedad.
   —Hija, estoy preparado para tus preguntas —anunció franqueando el umbral de la puerta.
   —Ya te las haré, papá; ahora prefiero permanecer en silencio, tengo el presentimiento de que la hermana y la mamá están aquí.
   —Por eso he tenido todas sus cosas aquí reunidas.
   —Sí, pero me gustaría que el cuadro familiar se mudara al salón —insistí.
   —Luego lo bajo.
   Mi padre se marchó besándome en la frente, escuchaba el alboroto que mi tía y a Alberto producían al recoger sus bártulos, preparaban su marcha a Cartagena. Abrí cada una de las dos ventanas que tenía la habitación, la que apuntaba al sur, y la que se hallaba situada en el este, observé cómo la corriente de aire ondeaba las cortinas, aunque todavía no me había despojado del pijama, la brisa fresca no impidió que me asomara a curiosear la panorámica que me brindaban las nuevas vistas. Giré la mirada hacia la casa de nuestros únicos vecinos y, nuevamente, algo me llamó la atención de lo que ocurría en dicha vivienda. A cien metros no pueden apreciarse con exactitud los rostros, pero con el resplandor del sol en la cara y el viento que apartó su cortina, logré avistar una cabeza monstruosa, gigante, que a lo lejos advirtió mi presencia retrocediendo para diluir en la penumbra sus horripilantes facciones. Tras unos segundos titubeando, pensé que era una ilusión óptica de la luz solar fulgurada en unos cristales, tal vez translúcidos, que distorsionaban su cara, quizá un espejismo fomentado por sus extrañas conductas y rarezas.
   Mi tía Laura y su novio partieron hacia Cartagena, me despedí de ellos con notable efusividad sabedora de que hasta el día de su enlace matrimonial no volvería a verlos y que todavía distaba mucho tiempo para aquello. Era un día de grandes emociones.

   Leí a escondidas, durante el resto de la jornada, las cartas de mi padre a mi difunta madre, conociéndole, sabía que podría incomodarle que yo leyese cómo desnudaba sus sentimientos y mostraba sus más insondables inquietudes en aquellas misivas hacia la mujer que me dio la vida. A su vez, la lectura de aquellos textos me conmovió sobremanera, al punto de que tuve que disfrazar mi turbación toda la tarde. En la mayoría de los escritos le informaba de mi evolución escolar y de los progresos frente al piano; también se hacía preguntas sin respuesta de cómo sería la existencia tras la vida, le exigía que se manifestase de algún modo si pudiese; y le suplicaba perdón por lo que hacía y pensaba. Aunque lo que más me impresionó: el orgullo que sentía por mí. De todas las cartas extraigo la siguiente, que define de manera sublime nuestra vida en aquel tiempo:

Viernes, 6 de marzo de 1987
   Mi amor, hoy cumplimos diez años de casados, hace tiempo que empecé a aceptar la idea de que no vas a volver, que tu cuerpo, junto al de Susana, desapareció en aquella columna de humo aquel fatídico día. Ésta es mi sexta carta y no te hablaré de cuánto lamento que te mandara sola con nuestra hija mayor a Cartagena.
   Violeta empezó el colegio, tiene una profesora que la cuida, yo estoy tranquilo, dice que tiene aptitudes para el aprendizaje, y eso que no la ha visto tocar el piano, pero le falta liderazgo, supongo que los compañeros de clase le recordarán su aspecto a cada momento. Este invierno ha estado enferma, ha faltado muchos días a clase, la he cuidado con todo mi cariño, ya es toda una experta en música clásica y en óperas, le gusta La Traviata, que era la que te gustaba a ti, y La Flauta Mágica que es la que más veces escucha.
   Mi padre murió el año pasado, ¿le has visto?, eso espero. Siempre te dije que no creía en la vida después de la muerte, pero ahora no me queda otra si quiero levantarme por la mañana con ganas de sobrevivir.
   La adaptación a este pueblo no me ha costado nada, de hecho, me gusta Calasparra, la única pega es que dirijo la empresa a golpe de teléfono, y cada viernes me reúno con Paco para tomar decisiones y firmar documentos.
   Se me hace difícil la idea de que Violeta haya cumplido seis años y que tenga más edad que su hermana mayor, porque no sé si Susana sigue siendo una niña de dos años y medio, o crece, me desconcierta mucho pensar que mi criatura está creciendo sin que yo pueda verlo.
   No hay noche en la que no sucumba al sueño recordando aquella tarde de verano en la playa de El Portús y en la que nos dimos nuestro primer beso. Patricia, ¡te echo tanto de menos…!, Si pudieras decirme que estás bien… Te juro que dejaría de beber si supiera que la vida tiene un sentido. Si no te manifiestas seguiré bebiendo, tal vez así consiga reunirme contigo un poco antes, allá, dondequiera que estuvieses. Bien sabe Dios que si sigo viviendo es por nuestra pequeña, de la que cada vez estoy más orgulloso.
   Hasta el año que viene, si no antes. Te quiere, tu querido amor y compañero de vida hasta el final de su existencia.
   Tu Andrés.

   Habíamos terminado de cenar, la complicidad que nos ofrecía la tenue luz y la calidez del fuego de la chimenea, me impulsaron a conversar con mi padre sobre algunos pasajes de toda esa recopilación de cartas que escapaban a mi comprensión. La curiosidad, finalmente, subyugó a la vergüenza que, a priori, podía albergar sobre el contenido de las mismas y fui al grano respecto a lo que narraba el texto más antiguo, que aludía a la primera semana de la tragedia y a unos actos terribles acontecidos días más tarde.
   —Papá, ¿qué sucedió después del entierro?
   —Yo no fui, hija, no pude. Estuve unos días fuera.
   —¿Y quién estuvo conmigo? —inquirí.
   —Tu tía Laura, algunas veces en la casa de tus abuelos, y otras veces estabas con Laura y la niñera en casa esperando a que yo viniese.
   —¿Y qué pasó en esos días que permaneciste desaparecido? —indagué sin rodeos.
   —No quiero recordarlo, Violeta, mejor que no.


Andrés VI

   El sábado amaneció soleado y Andrés se le­vantó temprano y decidió ultimar unos asuntos pendientes en una de sus tiendas. Aquel día debía ser especial: Susana, se había ofrecido a citarse a solas con él.
   Atravesaba la avenida Alfonso XIII, cerca de las once de la mañana, en dirección a «Material de oficina Rosique» de la plaza Juan XXIII, cuando se cruzó con Patricia y una niña que la acompañaba. Le costó reconocer a su amiga sin el uniforme de la heladería; vestía con una camiseta de tirantes y un pantalón negro corto luciendo unas piernas bronceadas. Sostenía varías bolsas en una de sus manos.
   —¿Adónde vas?
   —Vengo de la lonja. Unos recados que me ha mandado mi madre.
   —¿Y esta muchacha tan guapa? —preguntó en cuclillas.
   —Es mi hermana Laura, tiene nueve años.
   —Hola, Laura, me llamo Andrés, eres incluso más guapa que tu hermana.
   —¿Eres el novio de Patricia?
   —No le hagas caso, venga, vámonos —dijo la mayor.
   —¡Qué más quisiera yo! —contestó él.
   —Entonces me pido ser tu novia —reclamó la niña esforzándose en liberar su mano de la de su hermana.
   —¿Qué tal con tu amiga la morena? —preguntó Patricia mientras dirigía la mirada al estridente tráfico de la avenida.
   —Pues nada, bien.
   —Es guapa.
   —Como tú —dijo sin pretender resultar diplomático.
   —Bueno, pero te has fijado en ella —contestó a la vez que agarraba con firmeza el antebrazo de su hermana—. ¡Laura!, tenemos que irnos.
   Andrés calló.
   —Por cierto —dijo Patricia—, he comprado dos óperas de Verdi: Aida y Rigoletto, cuando quieras te las dejo, seguro que te gustan tanto como Turandot, además, am­bas tienen fragmentos famosos que habrás oído alguna vez. Mi tío Pedro, ese del que te he hablado que es un fanático de la ópera, me ha dicho que me deja La Bohème para que la oiga, dice que es de las que te gustan desde la primera vez.
   —Cuando tú quieras, a propó­sito, ¿las has comprado en Carrots?
   —Sí, ¿por?
   —Por nada, pura intuición. Oye, tengo prisa.
   —Yo también.
   Ambos retomaron su rumbo en sentidos opuestos, él se giró tras cruzar la avenida para comprobar cómo se marchaban las dos hermanas con notable ligereza.

   A primera hora de la tarde, Susana se acercó a uno de los bloques de Urbincasa de la calle Almirante Baldasano y pulsó el botón del interfono que indicaba el séptimo B.
   —Soy Susana, te llamaba por si seguía en pie lo de quedar esta noche.
   —Sí, claro, sube.
   —No creo que haga falta, es sólo para concretar la hora —alegó Susana.
   —Prefiero que subas y hablemos aquí.
   Llegó a la última planta del edificio, al abrir la puerta del ascensor le recibió la música de Turandot que, por enésima ocasión en aquella semana, retumbaba en la casa.
   —¡Qué horror! —exclamó Susana—, ¿es una ópera?
   —Pasa, no te quedes ahí —dijo Andrés tras abrir la puerta y dirigirse de nuevo al salón para disminuir el volumen del tocadiscos—, te he dicho que subieras porque en esta comunidad hay mucho cotilla y no me gusta tener conversaciones por el Fonoporta.
   —A ver si te vas a creer que a las cuatro de la tarde y a cuarenta grados va a haber mucha gente pasando por la calle, y tú, ¿qué haces además de oír tanto grito en cami­seta de tirantes?
   —Pues leía La Colmena, de Cela; no está mal, aunque demasiados personajes.
   —Menudo plan para un sábado de verano, mis padres tienen una vida menos abu­rrida que tú.
   —Estoy guardando fuerzas para esta noche —dijo Andrés alzando con suavi­dad el mentón de Susana con sus dedos—, he pensado que en vez de salir, yo te pre­paro una deliciosa cena y después nos tomamos alguna copilla.
   —¿No te parece que vas muy rápido? —preguntó en tono adusto—. ¿O es que acaso quieres comerme a mí?
   Andrés enmudeció.
   —Que no… tonto, que es broma, aquí estaré a la hora que tú me digas —dijo con gesto pícaro y besándole en un punto cer­cano a la boca.
   —A las diez, si te parece bien —musitó paralizado.
   —Me voy, que he quedado con mi prima Bego para darme un baño. Esta noche nos vemos, ¡ciao!
   Con una bolsa de playa colgada en el hombro y un ligero atuendo blanco que translucía un bikini rojo se marchó cerrando la puerta. Esperando a los ascensores guiñó un ojo y lanzó un sensual beso al aire en dirección a la vivienda. «Estoy perdido» se dijo Andrés mientras continuaba admirándola desde la mirilla.

   A las diez en punto la cena estaba casi lista, el centro del comedor era presidido por una elegante mesa con una vajilla y cubiertos dispuestos cuidadosamente junto a una botella de vino descorchada en medio; en la cocina, dos entrecots de ternera cocinándose a fuego lento y una encimera que todavía no había tenido tiempo a adecentar; en el frigorífico, para que no perdieran el frío, dos cócteles recién preparados.
   Media hora después, el timbre anunciaba la llegada de Susana. Él le ofreció nada más adentrarse en casa uno de los cócteles que aguardaban en la nevera. Ella se lo bebió de un trago.
   —Está bueno —juzgó con una sacudida de cabeza.
   —Y también fuerte, lleva ginebra además de vermú —avisó mientras apreciaba la ro­jez producida por la exposición al sol en la piel de su invitada.
   —Vaya música tenías puesta esta tarde —dijo sin prestar atención a las indicaciones del anfitrión sobre la graduación del cóctel—, y ¡qué antigua!, ¿cómo te puede gustar algo así?
   —Para mí es belleza, es como tú, un placer para los sentidos.
   Susana callaba y se mostraba altiva, cual monarca arrogante al que le rinden pleite­sía, cuando en las palabras de Andrés descubría algún piropo.
   —Pero hay una importante diferencia entre la belleza de esta música y tu rostro —prosiguió—, sólo una seguirá siendo bella dentro de cien años.
   —Y ese piano, ¿sabes tocarlo? —preguntó Susana.
   —Claro, te lo dije anoche, ¿no lo recuerdas?
   —No, la verdad es que no siempre me acuerdo de lo que la gente dice, y menos de noche, que se dicen muchas tonterías. A partir de ahora, en tu caso, haré una excep­ción —concluyó Susana rematando la frase con una carcajada.
   Andrés se sentó frente al piano para realizar una breve demostración de su habilidad con el instrumento, levantó la tapa del teclado, justo en el instante en que los dedos se posaban sobre las teclas para dar comienzo la ejecución ella se aproximó, arrimán­dose a tal punto que había dejado su escote a pocos centímetros de la cabeza del pianista.
   —Tócame lo que quieras —murmuró remarcando el doble sentido de sus palabras.
   Se centró en el teclado interpretando una pieza que había compuesto recientemente, percatán­dose de inmediato que fue Patricia quién le inspiró aquella melodía cuando ella le confesó de la fascinación que podía causar a una dama si le dedicaba una bella canción. Este pensamiento, coincidiendo con el olor de la carne que advertía que ya había alcanzado su punto, le hizo inte­rrumpir la música súbitamente levantándose presto hacia la cocina.
   Sirvió los dos filetes en sendos platos que situó sobre la mesa, llenó las copas de vino con cierto protocolo y se sentó una vez Susana se ubicó en su sitio. Cenaron casi en silencio, sólo interrumpido por el leve sonido de los cu­biertos sobre los platos y algún comentario sucinto sobre el menú.
   —Dime la verdad, lo que has tocado en el piano, ¿en serio es tuyo?
   —Sí, Susana, casi todo lo que toco son piezas que he compuesto, pero por una razón: porque son más fáciles para mí. Como son mías no me cuesta nada tener que aprenderlas, y si me equivoco nadie lo notará, ¿comprendes?
   El chiste fue excesivamente sutil para los reflejos intelectuales de Susana que no dio ninguna señal de haberlo entendido, masticaba con lentitud, esforzándose en mantener abiertos los párpados.
   —Será mejor que nos vayamos al salón —sugirió Andrés al comprobar que la insola­ción, el cóctel y el vino comenzaban a pasar factura en el rostro de su invitada.
   Susana se acomodó junto a uno de los brazos del sofá, Andrés prometió sentarse con ella una vez trajese los cafés. Cuando regresó con la bandeja ella ya había sucumbido al sueño, repantigada con las dos piernas extendidas en diagonal ocupando todo asiento. Él la observó con deteni­miento, embelesado con la silueta que le confería aquel vestido ceñido hasta las rodi­llas de color rojo, como el carmín de sus labios, y del porte exquisito que no abando­naba ni adormilada. La reclinó en el sofá tentado en acariciarla, pero prefirió esperar.

    Es difícil comprender qué le pudo haber pasado por la cabeza a Andrés, pero de repente arrancó la hoja de un cuaderno y en la mesa, frente al sofá, dejó escrito lo siguiente:

NO ME ESPERES CUANDO DESPIERTES,
HE SALIDO A BUSCAR A LA PERSONA QUE QUIERO

   Cogió las llaves de su domicilio, cerró la puerta con delicadeza y marchó corriendo en dirección a la heladería. Una vez allí, se encontró en la terraza con Óscar, afanado en exceso, junto con una camarera que únicamente trabajaba en el turno de mañana. No les hizo pregunta alguna; accedió al local, en el otro lado del mostrador despa­chaba doña Carmen a un grupo de niños que formaban una hilera bien ordenada.
   —Buenas noches, doña Carmen, perdone, ¿es que no está Patricia?
   —No. Ha venido esta mañana y me ha dicho que deja de trabajar, venía junto a su hermana con lágrimas en los ojos. Algo grave le había sucedido, aunque sé que me ha mentido diciendo que era porque tenía que prepararse las asignaturas de septiem­bre, ¡cómo si no la conociera en este mes y medio que lleva trabajando!, y ¡fíjate qué faena tenemos esta noche!, le he dicho a la Paqui que trabaje la jornada completa hasta que encontremos sustitución para el turno de tarde, fíjate tú, la Paqui, con tres críos que tiene…
   —Vale, vale —zanjó Andrés percibiendo los ambages de la jefa en su explicación ante la mirada ponzoñosa de los niños que guardaban cola.
   —¿De chocolate y fresa en un cucurucho mediano? —preguntó la dueña dirigiéndose al primero de la fila.
   —Otra cosa más, doña Carmen, y perdone de nuevo, ¿me podría dar el teléfono de su casa? —imploró Andrés.
   —No debería dártelo, pero como eres de confianza…
   Con el consiguiente resoplido de los jóvenes, la mujer se movió hasta la caja registradora para sacar una libreta que usaba a modo de listín telefónico.
   —A ver, Emilio Pallarés, Emilio Frutos, Emilio Domínguez… aquí tengo el teléfono de mi primo, su padre. Apunta joven: cincuenta y uno, treinta y cuatro…
   —Muchas gracias, es muy importante para mí esta información; tenga, veinte duros, todos estos críos tienen su helado gratis.
   Dejó un billete de cien pesetas sobre el mostrador y se despidió ante la mirada de gratitud de los clientes.
   —El lunes nos vemos, doña Carmen, ¡adiós!
   —Anda con Dios, hijo, espero que te portes bien con la Patricia —dijo centrándose en sus labores—, fíjate que sabía que entre vosotros había algo…
   Eran más de las doce, muy tarde para efectuar una llamada al teléfono del domicilio de Patricia. En ese momento, un arranque de sensatez le surgió de improviso y cayó en el inapro­piado mensaje de la nota dejada en el salón.
   —¡Hostias, Susana! —masculló corriendo hacia su piso deseando que su invitada no se hubiese despertado.
   Un hedor agrio le recibió al introducirse en el ascensor, detectó tras echar la vista al suelo que procedía de un vómito color tinto, como el vino servido en la cena. Irrumpió en su hogar que parecía despejado aunque con el ambiente cargado de humo, advirtió un cenicero en el salón con media docena de colillas, gritó el nombre de Su­sana dirigiéndose hacia la cocina hasta que en la puerta del frigorífico se en­contró escrito con un pintalabios:

ERES UN HIJO DE PERRA,
ME LAS PAGARÁS

   Andrés pasó la noche en vela, restó relevancia a la amenaza creyendo que respon­dería al sentimiento despechado de una persona vanidosa y arrogante acostumbrada a triunfar con los hombres. Lo que nunca sabría en toda su vida son las nefastas consecuencias que sufriría por ello. Su preocupación era en ese momento Patricia, sin darse cuenta se había enamo­rado profundamente de la camarera de diecinueve años que trasmitía más madurez que Susana, cinco años mayor que ella.
   Aguardó impaciente a que llegase una hora adecuada para llamar por teléfono. A las diez de la mañana marcó el número.
   —¿Diga? —contestó una voz femenina.
   —Buenos días, ¿Patricia?
   —No, soy su madre, ¿quién es?
   —Soy Andrés, un amigo —anunció con timidez.
   —¡Ah, Andrés! —exclamó.
   Él pensó que se confundía de persona y calló desconcertado.
   —El de la ópera —añadió la madre—, anda que mi hija no habla de ti.
   —Sí, el de la ópera —confirmó incrédulo por su popularidad en aquella casa—, ¿está ella?
   —Se fue hace media hora a la playa, vino a por ella su prima Asunción, si quieres, le digo que la has llamado.
   —Sí, por favor, dígale que me llame, tome nota de mi número…
   Creyó que Patricia y su prima se dirigirían a Cala Cortina, la playa más cercana a la ciudad, no se atrevió a seguir indagando a la madre para evitar un «a ti qué te im­porta» como contestación. Se marchó hacia aquel lugar saturado de bañistas y no dio con ella. Enseguida volvió a casa creyendo que podría sonar el teléfono.
   Engullía con ansias un bocadillo, acompañado de un botellín de cerveza, en el salón, haciendo tiempo, anhelando recibir la llamada. Se acordó de una conver­sación que mantuvo con Patricia semanas atrás, decía que de niña solía ir en bicicleta a la playa de El Portús con una prima dos años mayor que ella.
   —¡Asun! —exclamó triunfante—, ¡su prima de Galifa!
   De nuevo cogió el coche, condujo hacia El Portús, una playa muy cercana al pueblo donde vivía la prima de Patricia. La mañana soleada que el día había brindado fue cambiando con el paso de las horas a una tarde ventosa con nubarrones que augura­ban tormenta. No tardó mucho en comenzar a llover, lo cual ralentizó la marcha de su vehículo. «Si está lloviendo allí no habrá nadie», se decía. Aún con este pensamiento persistió en llegar a su destino. En el camino se cruzó con una larga hilera de automóviles, bañistas que vendrían de vuelta a casa tras truncarse el día de playa por el mal tiempo.
   Ya había cesado el aguacero cuando dejó su vehículo en la explanada que servía de aparcamiento. El lugar estaba solitario, con la única compañía de una desvencijada bicicleta junto a un poste de hormigón. Se encaminó hacia la desértica cala de piedrecillas finas. Las nubes habían dado paso a un sol resplandeciente que pretendía esconderse tras la Sierra de la Muela. El viento amainó, escuchándose únicamente el sonido de las olas rompiendo en la arena.
   Distinguió, en el otro extremo de la playa, a una mujer que caminaba sobre la orilla en la dirección donde Andrés se encontraba; lucía un largo vestido blanco que ondeaba al viento al igual que su cabello, con una mano elevaba parte del atuendo, aunque no dedicaba demasiado esfuerzo en preservarlo de la humedad; en la otra, unas san­dalias. Fascinado por aquella imagen se fue aproximando hasta descubrir que se tra­taba de Patricia que paseaba con su pensamiento lejos de allí. El sol en la cara impidió que ella advirtiera la silueta de Andrés que se acercaba corriendo hacia su posición. A pocos metros para encontrarse, él aminoró la carrera y fue entonces cuando ella le reconoció no pudiendo disimular su alegría.
   No dijeron palabra alguna, únicamente se besaron en los labios.
   Una gran ola les batió inundándoles hasta las rodillas descendiendo en aquel ins­tante del fugaz paraíso en el que se hallaron insospechadamente. Se apartaron to­davía abrazados de la orilla. Una vez recuperado el aliento, Andrés mostró su asombro de cómo, llevando ese vestido, pudo desplazarse con aquella bicicleta desde Galifa, a dos kilómetros de la playa. Ella le preguntó que cómo supo que estaba allí.
   —Por intuición —contestó.
   —¿Desde cuándo te gusto, si puede saberse? —preguntó Patricia mirándole a los ojos y secándole las cejas con sus dedos.
   —Creo que me gustaste el día que escribiste en la servilleta el nombre de la ópera que ha­bía estado buscando desde hacía tiempo, ¿y tú?
   —Desde el día que te conocí, el mismo que empecé en la heladería; me equivocaba mucho, no sabía dónde estaban las cosas, algunos clientes me gruñeron y me dijeron que no valía para trabajar ahí. Incluso contigo actué de manera lamentable, me pediste un whisky y al cuarto de hora te traje otra cosa, pero tú no dijiste nada, simplemente me sonreíste.