viernes, 17 de marzo de 2017

Útimas palabras de «Mi hija y la ópera»

Últimas palabras de Mi hija y la ópera:


«…Sonaban los últimos compases de la melodía Intermezzo de Mascagni cuando desperté de un maravillosa experiencia onírica. En el sueño aparecía mi padre, sentado en su mecedora, en aquel mismo dormitorio, con mirada perdida murmurando para sí: «Mi hija y la ópera». Frase que repitió un par de veces entretanto asentía levemente con la cabeza. Abrió su libro para cerrarlo al cabo de unos segundos con señal de negación. De inmediato, con actitud firme, se despojó de los tubos que le suministraban oxígeno y bebió un último trago de whisky mientras desplazaba la cortina para contemplar con semblante nostálgico los soleados tejados de las casas del pueblo. Divisó el resto del paisaje que ofrecía la ventana y luego dirigió su vista hacia la cama para constatar que yo le observaba con profunda quietud. Me afirmó con ojos telepáticos un gesto que interpreto como «ahora», cerrando los párpados a la vez que su espalda  se amoldaba a la mecedora mientras unas lágrimas se precipitaban bordeando unos labios que dibujaban un rostro amable y pacífico.

De repente, en aquel mismo sueño, me encontré sentada sobre una roca de una pequeña cala de piedrecillas redondas. Avisté a mi padre a lo lejos ataviado de prendas blancas en el final de la playa, comenzó a caminar despacio. Al otro lado de la orilla, el más cercano a mi ubicación, se encontraba una bella dama de cabello rubio, luciendo un vestido albo que se removía sobre la espuma de las olas. Mi anciano progenitor aligeró su marcha acercándose a la mujer. Percibí que rejuvenecía a cada paso. Cuando finalmente se encontraron, mi padre tenía el aspecto de un veinteañero, moreno y sin barba, con una apariencia que irradiaba felicidad. Se abrazó a aquella joven de la cual no albergaba la más mínima duda de su identidad, se trataba de Patricia Domínguez Tortosa: la persona que me dio la vida.
Después, e inexplicablemente, me encontré a mí misma convertida en un bebé de pocos meses, y a mi lado mi hermana, con la edad que debía tener cuando desa­pareció. Nuestros padres nos cogieron en brazos y se marcharon juntos.

En un fulgor de sagacidad deduje que la ensoñación vivida me adentró al paraíso que mi progenitor anheló durante muchos años.
Onírico o no, su edén personal era reencontrarse con su familia. Idéntica, a la que el destino le arrebató varias décadas atrás.

Así fue como lo soñé; y así debería de haber ocurrido.»


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lunes, 13 de marzo de 2017

Final de «Mi hija y la ópera»

Fragmento del Final de Mi hija y la ópera:


«He habitado en un lugar de profundo silencio conocido como el hogar de las almas, desde aquí, el Ser Supremo me ha asignado una vida en el más idóneo de los escenarios: en los sucesores de mi familia. Con genes similares, y la dicha de contar como antepasados a los de mi propia estirpe, naceré a primeros de 2011; cinco décadas después de mi última muerte, allá, por la Nochevieja de 1955. No ha sido un largo periodo en comparación con mis cuatro primaveras terrenales.»


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martes, 7 de febrero de 2017

Capítulo 9, Acto III, de «Mi hija y la ópera»

Final del Acto III, de Mi hija y la ópera:


«Una vez me contó mi padre que la insuperable melodía de Nessun dorma de Turandot fue el fragmento que lo atrajo al fascinante mundo operístico, casualmente, entretanto finalizo con las últimas palabras de esta autobiografía escucho de fondo Diecimila anni al nostro imperatore, el coro con el que concluye la ópera postrera de Giacomo Puccini y que tiene claras evocaciones al celebérrimo aria. Esta pieza del final probablemente fuese compuesta por Franco Alfano, discípulo del maestro italiano, ya que el gran compositor falleció dejando inconclusa una de sus grandes obras.
   No quisiera, dicho sea de paso, dejar inacabado mi relato, por lo que he de ponerle fin sin más dilación. Todo esto es lo que ha ocurrido en estos años, la historia de mi vida no ha sido otra cosa que lo que aquí se ha contado, podría haber tenido mejor final, o haber finalizado tramas que se han quedado a medias, pero es así, carece de los desenlaces novelescos propios de autores con imaginación, el manuscrito es el que es, porque no es otra cosa que un resumen de mi existencia. ¿Qué le vamos a hacer?
   A propósito, de los cuantiosos correos electrónicos que recibo de mis viejos conocidos, extraigo el siguiente fragmento, me lo envió Pedro, y es realmente fantástico:


   Querida Violeta, ¿cómo van las cosas por la costa? Aquí poco ha cambiado. Marisa y yo nos hemos mudado de casa, ahora residimos en una urbanización cercana al lugar donde vivíais. A ver si un día te acercas con Isabel, con la que sé que has reanudado la amistad, y regresas a tu pueblo aunque sea para constatar personalmente de que todo sigue igual. En ocasiones salimos a andar por las sendas que recorríamos contigo y con tu padre. Hay un rumor por toda la comarca que cuenta que un señor con espesa barba blanca, ayuda a los caminantes extraviados o necesitados de auxilio. Sabes que soy la persona más escéptica del mundo, pero cuando han llegado a mis oídos todas esas historias no he podido evitar esbozar una sonrisa creyendo que se trataba del "Siddartha calasparreño", un alma que siempre deseó encontrarse con su verdad existencial. Tú ya sabes a quién me estoy refiriendo.»


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