sábado, 12 de enero de 2019

10 motivos por los cuales hay que salir a caminar


   Estimados amigos, comienzo este 2018 limpiando este viejo blog, primordialmente usado para fines literarios, con la intención de fomentar el senderismo, una de mis actividades favoritas. No deja de ser un decálogo como tantos otros que se pueden encontrar en cualquier página de Internet, pero he preferido dedicarle unos minutos y establecer mi criterio personal. 


10 VENTAJAS DE SALIR A CAMINAR

1. Te hace sentir bien. Está comprobado que aumenta los niveles de endorfinas, serotoninas y otro tipo de hormonas y neurotransmisores que nos producen felicidad.

2. Energía solar. Si el día en el que sales a caminar es soleado, tienes garantizada la luz solar recomendada. Esto se agradece muchísimo en invierno.  La absorción de vitamina D tiene mucho que ver con la exposición solar. Eso sin contar con la alegría que produce la luz por sí misma.

3. Bueno para el corazón. Numerosos estudios acreditan que andar es cardiosaludable y más que recomendado en pacientes con problemas cardiacos. Eso sí, siempre y cuando el esfuerzo sea moderado. 

4. Es fácil y barato. De todos los deportes que se te puedan ocurrir muy pocos son tan baratos como el de practicar senderismo. Claro que uno se puede gastar dinero en accesorios superfluos, pero en verdad lo principal es llevar ropa cómoda y calzado adecuado. 

5. Fomenta el compañerismo. Todos aquellos que hemos tenido la suerte de salir a andar con alguien enseguida nos hemos percatado de que el compañero, aunque sea un recién conocido, se convierte en amigo a los pocos kilómetros y si alguien necesita agua, comida, un apoyo o cualquier otra cosa lo va a encontrar sin necesidad de pedirlo. 

6. Quemas calorías. Aunque sea una perogrullada recordarlo, cualquier actividad física genera un importante gasto de calorías. Otra cosa es ya el hambre que genera o la cerveza de «recompensa». 

7. Conoces gente noble. Es más probable conocer gente con buenos principios en el mundo del senderismo (o deporte en general) que en cualquier otro lugar, iglesias incluidas. 

8. En familia. Pocos deportes podrás practicar donde se puedan juntar distintos niveles de entrenamiento. La máxima es pasarlo bien y siempre e inevitablemente se va al ritmo del más lento. Los rápidos que se entretengan tomando fotos, por ejemplo. 

9. Lugares hermosos. Hay infinitud de lugares donde solo se puede acceder andando. Y no es necesario gastar una ingente cantidad de dinero en viajes. Muchos están más cerca de lo que imaginas. 

10. Amistad. Una de las más importantes razones, las confidencias, conversaciones que se mantienen en una ruta, especialmente cuando no es muy numerosa, no tienen nada que ver con las charlas en las barras de los bares y esas amistades de «puta madre» con personas que, a lo mejor, no conseguirás recordar al día siguiente.

       Ahí lo dejo y si alguien quiere unirse a nuestro equipo (en la región de Murcia) que no dude en hacérmelo saber.

domingo, 30 de septiembre de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 39




FINAL

   Desde el principio lo he sabido todo, o así lo he creído; sin embargo, los datos que poseo serán eliminados para siempre dentro de unos instantes. En este lugar la percepción temporal es absolutamente disímil a la de cualquier otro medio. He sido testigo de cómo mi madre llegó tras de mí, y mi padre le sucedió a los pocos años, ya estaba por aquel entonces la mujer de mi hermano y bastante después vino él. Todo ha pasado en un suspiro para los que nos hallamos aquí, los cuales somos meros espectadores de lo que ocurre. Ellos ya están en paz, con su círculo cerrado, pero ahora el destino pretende brindarme otra oportunidad corporal, una nueva existencia que en el mundo de los mortales se denomina: palingenesia.
   He habitado en un lugar de profundo silencio conocido como el hogar de las almas, desde aquí, un Ser Supremo me ha asignado una vida en el más idóneo de los escenarios: en los sucesores de mi familia. Con genes similares, y la dicha de contar como antepasados a los de mi propia estirpe, naceré a primeros de 2011; cinco décadas después de mi última muerte, allá, por la Nochevieja de 1955. No ha sido un largo periodo en comparación con mis cuatro primaveras terrenales.
   Violeta está embarazada de su profesor de yoga, confió demasiado en la seguridad que prometía el sexo tántrico. Ella lo sabrá dentro de muy poco, cuando regrese de su viaje a América, será una verdadera prueba para Isabel que ama incondicionalmente a mi futura progenitora. Serán buenas madres para mí, de igual modo que sé que me protegerá Andrés, el nieto de mi hermano. Yo nunca lo recordaré así, salvo en sueños y otros caprichos de la mente que entremezcla sin aparente sentido: realidad, ensoñaciones, fantasías y vidas anteriores.

   Yo narré la obertura y los capítulos que iban con el título de «Andrés», insertados en la historia relatada por mi sobrina. En breve penetraré en el embrión que está gestándose en sus entrañas, alcanzando la rencarnación en el preciso instante en el que un ser adquiere conciencia de sí mismo, justo a partir de ese momento quedará prácticamente aniquilada cualquier reminiscencia habida en mi memoria.

   Mi nombre fue Antonio Rosique, como probablemente siga siendo en este ciclo ulterior. No dejaría de ser por ello otra coincidencia siempre regida por los hilos del destino. Como todo lo que acontece en el universo y de lo que está fuera de él.



***





…Sonaban los últimos compases de la melodía Intermezzo de Mascagni cuando desperté de un maravillosa experiencia onírica. En el sueño aparecía mi padre, sentado en su mecedora, en aquel mismo dormitorio, con mirada perdida murmurando para sí: «Mi hija y la ópera». Frase que repitió un par de veces entretanto asentía levemente con la cabeza. Abrió su libro para cerrarlo al cabo de unos segundos con señal de negación. De inmediato, con actitud firme, se despojó de los tubos que le suministraban oxígeno y bebió un último trago de whisky mientras desplazaba la cortina para contemplar con semblante nostálgico los soleados tejados de las casas del pueblo. Divisó el resto del paisaje que ofrecía la ventana y luego dirigió su vista hacia la cama para constatar que yo le observaba con profunda quietud. Me afirmó con,  ojos telepáticos, un gesto que interpreto como «ahora», cerrando los párpados a la vez que su espalda  se amoldaba a la mecedora mientras unas lágrimas se precipitaban bordeando unos labios que dibujaban un rostro pacífico.
De repente, en aquel mismo sueño, me encontré sentada sobre una roca de una pequeña cala de piedrecillas redondas. Avisté a mi padre a lo lejos ataviado de prendas blancas en el final de la playa, comenzó a caminar despacio. Al otro lado de la orilla, el más cercano a mi ubicación, se encontraba una bella dama de cabello rubio, luciendo un vestido albo que se removía sobre la espuma de las olas. Mi anciano progenitor aligeró su marcha acercándose a la mujer. Percibí que rejuvenecía a cada paso. Cuando finalmente se encontraron, mi padre tenía el aspecto de un veinteañero, moreno y sin barba, con una apariencia que irradiaba felicidad. Se abrazó a aquella joven de la cual no albergaba la más mínima duda de su identidad, se trataba de Patricia Domínguez Tortosa: la persona que me dio la vida.
Después, e inexplicablemente, me encontré a mí misma convertida en un bebé de pocos meses, y a mi lado mi hermana, con la edad que debía tener cuando desa­pareció. Nuestros padres nos cogieron en brazos y se marcharon juntos.

En un fulgor de sagacidad deduje que la ensoñación vivida me adentró al paraíso que mi progenitor anheló durante muchos años.
Onírico o no, su edén personal era reencontrarse con su familia. Idéntica, a la que el destino le arrebató varias décadas atrás.

Así fue como lo soñé. Así debería de haber ocurrido.




martes, 25 de septiembre de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 38



9

   Al primer lugar donde acudimos una vez quedó confirmado nuestro parentesco tras la prueba de hermandad fue a la casa de nuestra única tía. Ella jugaba en el jardín de su mansión, junto a nuestros pequeños primos. Llegamos sin avisar; Paco, fiel a su palabra, no le había advertido de nada. Yo insistí en darle la más maravillosa de las sorpresas a Laura, no calculando bien el grado de emoción que toleraría al encontrarse con su ahijada después de varias décadas incluyéndola en el grupo de seres que ella consideraba bajo tierra. Tuvimos que llamar a una ambulancia porque se desmayó cuando le contamos la historia y le enseñamos el infalible test genético.
   Ha transcurrido mes y medio desde entonces, y Marta —que, lógicamente, así desea que la llamemos— ha venido varias veces de Tres Cantos, localidad donde reside. Yo también le he devuelto alguna visita, conocí a sus hijos: Susana y Ángel que son tan repelentes y caprichosos como cabría esperar de una familia acostumbrada a atesorar riqueza. Me contó que se había casado con un tal Jaime Alonso, un hombre diez años mayor que ella perteneciente a un adinerado clan dedicado durante generaciones a los negocios inmobiliarios y que solía codearse con lo más granado de la fauna política de la capital.
   Procuraba exteriorizar naturalidad cuando mi hermana me contaba que se vengaba de las infidelidades de su esposo acostándose con el joven jardinero o el monitor de pilates, emulando a muchos personajes femeninos de series norteamericanas; lo cual no debería escandalizarme demasiado cuando en este último mes he alternado coitos sin miramientos entre mi maestro de yoga y mi venerada Isabel.
   Somos muy diferentes a pesar de que compartimos genes. Marta es esbelta, de pupilas claras y tez morena, de solárium, ¡cómo no! Yo sin embargo no he dejado de ser una enclenque de ojos saltones y una mancha facial que cubre buena parte de mi rostro cual parche ocular, algo que podría disimular si me hubiera dejado seducir por los avances de la ciencia, los cuales no se precisan cuando realmente se valora la verdadera belleza: la espiritual.
   Me sorprende que mi hermana, cuyos artistas predilectos son Miguel Bosé y Alejandro Sanz, haya asistido a más representaciones operísticas que yo. Decía que a su marido le regalaban entradas y comparecían en las funciones más motivados por el compromiso social que por mera afición. El vivo retrato de quienes yo tildaba de esnobistas en los vestíbulos de los pocos teatros que he visitado hasta el momento.
   Fue también para mí un asombro constatar que ella no conocía nada de la tierra que la vio nacer, apenas sabría ubicar en un mapa la ciudad de Cartagena, lugar donde vivió hasta casi los tres años, jamás había escuchado hablar de Calasparra —un tipo de arroz, atinó después de devanarse los sesos—, y digamos que el único contacto, que ella supiera, con la región de la que es originaria lo tuvo con un miembro del grupo murciano Second tras una noche desenfrenada de sexo, drogas y rock alternativo.
   Marta es una persona superficial y se deja cautivar expeditamente por el prejuicio fácil y la soberbia. Tengo mucho tiempo por delante para infundirle valores basados en una vida sencilla y honesta, pensamiento inculcado por nuestro progenitor del que cada vez me siento más orgullosa.
  Ahora he comprendido que he tenido mucha suerte al no tener una infancia que fuera sobre ruedas como la de mi hermana. Aunque tal vez sus primeros recuerdos fuesen pesadillas, soñando noche tras noche con unos rostros difuminados que nunca logró retener: los de sus primeros familiares, nosotros.

   Todo concluye en la noche de ayer, la del 11 de julio de 2010. Terminábamos de presenciar el partido de fútbol entre España y Holanda, estábamos toda la familia reunida en casa, mi hermana y su prole; nuestra tía, Alberto y sus dos hijos; y por supuesto mi pequeño Andrés. Laura y yo nos acordamos de mi padre, que ni en sus mejores ensoñaciones sospecharía que la Selección Española disputaría toda una final de un Campeonato del Mundo. La embriaguez colectiva de la victoria puede conseguir que una persona realice actos sandios, y pese a no ser demasiado futbolera salté por los sofás mientras me desgarraba la voz cuando Iniesta atizó un puntapié al balón estrellándolo contra la red, marcando un tanto que pasará a los anales de la historia y que será recordado incluso cuando ninguno de sus coetáneos exista. El gesto perplejo con el que me observaba mi hijo al presenciar tamaña celebración tampoco lo olvidaré.
   Después aplaqué la circunstancial euforia serenándome frente al mar, dedicando unos cuantos minutos a la abstracción mental. En contraste al abrumador silencio de todas las noches, aquélla era una velada de estridentes cláxones, sonidos pirotécnicos y juerga popular cuyos vítores podían escucharse a kilómetros. En cuanto aquieté los pensamientos tomé dos decisiones que, sin duda, cambiarán mi destino. Primeramente hablé con mi hermana, le propuse realizar un viaje a un lugar remoto, un desplazamiento lo sobradamente extenso para fomentar nuestro hermanazgo, iríamos con nuestros hijos, sobre todo con el mío, él debía conocer a una persona. Ella, que ya ha estado varias veces en la ciudad de Nueva York, no encontró problema en volver a visitarla conmigo y con Andrés en estas próximas semanas. Me sonrió cómplice sabedora de cuál es el verdadero motivo de la expedición americana.
   —Tendremos que comenzar ya con las reservas —apuntó—, vamos a ser unos cuantos.
   —Pues espera, que puede que se incorpore alguien más al viaje —informé hurgando en el bolso en búsqueda del móvil.
   Acto seguido me dirigí a mi dormitorio, a un sitio que me confiriera algo de privacidad ante el jolgorio que imperaba en el salón. Con más determinación que nunca telefoneé a Isabel.
   —¡Violeta, somos campeones! —clamó a modo de saludo.
   —He visto el partido junto con mi hermana.
   —No me acostumbro a escuchar esa palabra de tus labios. Todavía no doy crédito, espero que pronto pueda verla en persona.
   —Podrás, si quieres venirte con nosotras a Nueva York —anuncié constatando mi afonía.
   —Lo haría encantada, pero no sé si pinto mucho entre dos hermanas que acaban de conocerse.
   —Isabel, quiero que ella te conozca, y por otro lado puede ser nuestra oportunidad para afianzar nuestra relación.
   —¿A qué se debe este giro repentino?, ¿no decías que podías estar sin mí?
   —Por eso precisamente, porque mi corazón no alberga ningún temor respecto al futuro. —Y creo que fue así, tras pronunciar aquellas palabras, cuando tuve la certeza de que la felicidad consiste en poseer el control de los sentimientos, algo que puede desarrollarse con la práctica del desapego emocional. El bienestar personal nunca debe depender de terceros, tan solo de uno mismo.

   El final de esta historia es, evidentemente, el inicio de otra. Un horizonte esperanzador se abre camino después de tanta adversidad. Ahora toca zanjar esa especie de idilio erótico que mantengo con Antonio, mi monitor de yoga, que, adelanto, no le concederá importancia alguna, dispone de demasiadas amantes a quienes repartir afecto y semen.

   Una vez me contó mi padre que la insuperable melodía de Nessun dorma de Turandot fue el fragmento que lo atrajo al fascinante mundo operístico, casualmente, entretanto finalizo con las últimas palabras de esta autobiografía escucho de fondo Diecimila anni al nostro imperatore, el coro con el que concluye la ópera postrera de Giacomo Puccini y que tiene claras evocaciones al celebérrimo aria. Esta pieza del final probablemente fuese compuesta por Franco Alfano, discípulo del maestro italiano, ya que el gran compositor falleció dejando inconclusa una de sus grandes obras.
   No quisiera, dicho sea de paso, dejar inacabado mi relato, por lo que he de ponerle fin sin más dilación. Todo esto es lo que ha ocurrido en estos años, la historia de mi vida no ha sido otra cosa que lo que aquí se ha contado, podría haber tenido mejor final, o haber finalizado tramas que se han quedado a medias, pero es así, carece de los desenlaces novelescos propios de autores con imaginación, el manuscrito es el que es, porque no es otra cosa que un resumen de mi existencia. ¿Qué le vamos a hacer?

   A propósito, de los cuantiosos correos electrónicos que recibo de mis viejos conocidos, extraigo el siguiente fragmento, me lo envió Pedro, y es realmente fantástico:

   Querida Violeta, ¿cómo van las cosas por la costa? Aquí poco ha cambiado. Marisa y yo nos hemos mudado de casa, ahora residimos en una urbanización cercana al lugar donde vivíais. A ver si un día te acercas con Isabel, con la que sé que has reanudado la amistad, y regresas a tu pueblo aunque sea para constatar personalmente de que todo sigue igual. En ocasiones salimos a andar por las sendas que recorríamos contigo y con tu padre. Hay un rumor por toda la comarca que cuenta que un señor con espesa barba blanca, ayuda a los caminantes extraviados o necesitados de auxilio. Sabes que soy la persona más escéptica del mundo, pero cuando han llegado a mis oídos todas esas historias no he podido evitar esbozar una sonrisa creyendo que se trataba del «Siddartha calasparreño», un alma que siempre deseó encontrarse con su verdad existencial. Tú ya sabes a quién me estoy refiriendo.