viernes, 7 de septiembre de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 26



25

   Isabel estuvo en casa ultimando los preparativos del viaje un día antes de nuestro periplo aeroportuario. Ya habíamos conversado telefónicamente numerosas veces en las anteriores jornadas convirtiéndose la organización en toda una obsesión para ambas.
   —Ahora en diciembre —explicaba Isabel— tenemos que llevar mucha ropa de abrigo. En Nueva York hace un frío que pela.
   —Yo he pensado —dije— en comprar allí parte del vestuario que vaya a usar, así podré llevarme la maleta con menos peso, al menos en la ida.
   —No te preocupes, que yo también tengo pensado gastarme todo el dinero que me dé mi madre.
   En realidad, nuestros padres nos habían entregado tres mil euros para que los cambiásemos en dólares antes de partir. Era un presupuesto conjunto «No tenéis necesidad de malgastarlos íntegramente» decía el cabeza de familia. Él, reticente a que dos mujeres portásemos tanta cantidad de dinero en efectivo nos exigió mucha responsabilidad y cuidado.
  —Para mí no hace falta que compréis ningún souvenir.
  —Tranquilo, papá, no nos gastaremos toda la pasta, pero de que no te compre nada: olvídate. Recuerda que yo participé en el concurso para que tú presenciaras Aida en el Metropolitan Opera de Nueva York. ¡Qué menos que me gaste un duro en ti!
   —Di que sí, Violeta —intervino Marisa—, y a mí me compráis algo bonito, algo que no ocupe mucho espacio, pero no la típica camiseta del corazón, la ene y la i griega, que yo no soy de ese tipo de prendas.
   —Pues mira —terció mi padre—, a mí traedme una de esas, que cuando me recupere voy a volver a hacer senderismo. Dentro de una semana, cuando hayáis regresado, tendré fuerzas. Ya lo veréis.
   —¿Me lo dices en serio, papá?
   —Sí, hija, estar tan débil me ha hecho querer tirar para adelante. Tu madre y tu hermana tendrán que esperar unos cuantos años para que me reúna con ellas, ¿no crees?
   Enmudecí sabiendo que si mantenía el rumbo de aquella conversación podía desagradar a Marisa. Un silencio embarazoso se apoderó del salón hasta que Isabel, con su congénita habilidad para resolver situaciones de ese tipo, desvió la atención hacia otro asunto.
   —Violeta, ¿a qué museos quieres que vayamos?, tengo varios apuntados, casi todos muy cerca de nuestro alojamiento.
   Ella trataba de controlar hasta los detalles, llevaba consigo un bolígrafo enganchado a un cuaderno donde escribía sus anotaciones. A su vez, había adquirido en una agencia de viajes una guía turística de la ciudad.
   —En realidad —continuó señalando un punto de un plano desplegable—, casi todo lo importante está en Manhattan. El hotel está en el centro.
   —Ya sé que nuestro hotel está en la isla de Manhattan, por eso podremos ir andando a todos los lugares que quieras sin mayor problema. Lo idóneo será improvisar sobre la marcha.
   Con aquella declaración puse de manifiesto mi absoluto desconocimiento del tamaño de aquella isla, un distrito más, de los cinco que componían la ciudad de Nueva York. Calasparra apenas ocuparía una pequeña parte de Central Park, un enorme parque que se quedaba insignificante en Manhattan, que ni siquiera ocupaba el área de otros distritos de la misma urbe como Queens.

   Partimos en dirección al aeropuerto de Alicante la tarde del domingo 5 de diciembre, hace un par de semanas. Haríamos noche en Madrid y al día siguiente, muy temprano, volaríamos rumbo a América. Mi padre se despidió de nosotras en casa, sobre todo de mí con un largo abrazo, se encontraba indispuesto para conducir y detestaba ir de copiloto.
   —La semana que viene —informó sonriendo débilmente—, iré con Marisa a recogeros, disfruta del viaje, hija, y recuerda una cosa: eres encantadora, solo hay que ver cómo tocas el piano y lo que sabes de música, gracias a estos dones tienes este viaje. Isabel, pasadlo bien y cuida de Violeta que para eso tú eres la mayor.
   —No te preocupes, Andrés, que tu hija y yo sabemos cuidarnos de nosotras mismas.
   —¡Venga, chicas! —gritó Marisa apretando el claxon—. Entrad al coche, que no llegaréis a tiempo al avión.
   Intuí que la mirada impertérrita de mi progenitor escondía una evidente preocupación por mi desplazamiento y quién sabe si una pizca de celos, no por los escollos que le habían impedido viajar a la ciudad más famosa del planeta, sino por no poder presenciar Aida en un teatro mítico.

   Llegamos a Nueva York a las tres de la tarde hora local, agotadas por el ajetreo aeroportuario y del largo vuelo nos dejamos conducir por las personas de la organización que estaban esperándonos y que nos guiaron hasta el hotel. La decoración navideña de las calles y comercios podía distinguirse hasta en el más apartado de los lugares. La incontenible euforia que nos causaba la ciudad lidió con el cansancio, el cambio horario y las gélidas temperaturas que estábamos soportando. Finalmente, la comodidad de la habitación nos cautivó para acabar envueltas en los brazos de Morfeo.
   Estábamos alojadas en el Sheraton New York, en la Seventh Avenue, muy próximo a Times Square, la habitación era discreta con dos camas apenas separadas, las vistas eran magníficas y la penumbra solo podía lograrse corriendo la cortina. Me desperté a las seis de la mañana, Isabel ya se había levantado con antelación suficiente para ya tener colgada su ropa en los armarios y distribuidos sus avíos de belleza por todo el cuarto de baño. Yo ni siquiera había deshecho la maleta.
   Aquel día íbamos a destinarlo a visitar las inmediaciones del hotel y conocer la ciudad a unas cuantas manzanas a la redonda, que ya era bastante. Y por supuesto: ir de compras por la Quinta Avenida, momento anhelado por Isabel desde su más remota infancia.
   Yo, que ya sentía remordimientos en cuanto adquirí unas pocas prendas (un par de vaqueros, una camisa y un abrigo), no pude más que maravillarme por la nimia contención de mi acompañante a la hora de hacer uso del dinero. En una sola tienda invertimos media mañana porque Isabel decidió probarse una innumerable colección de vestidos para la representación operística del día siguiente. Compró dos trajes muy caros, y por ventura para aquella mujer presumida, lejos de las miradas censuradoras de mi padre y de su madre.
   Las calles estaban atestadas de personas que caminaban entre el gentío y las luces, no había escaparate en toda la metrópoli que no insinuara la cercanía de la Navidad. Aunque lo más fascinante lo encontraba en pequeños detalles, mi presencia no despertaba la curiosidad entre la muchedumbre. Cualquier transeúnte, por extravagante que fuera, pasaba desapercibido. Nadie se giraba con descaro para admirar la belleza de Isabel, que seguramente también reparó en que pasaba inadvertida, y no sentí las miradas de desprecio que siempre me han acompañado como si yo fuese culpable de que la genética se hubiera despistado con el puzle de mi rostro.
   La oportunidad de mejorar mi escaso nivel de inglés se fue al traste, era siempre Isabel quien se dirigía a los taxistas o camareros cuando no eran ellos los que se comunicaban con nosotras en español. Desde el primer día adquirimos como propias ciertas costumbres neoyorquinas y ya nos trasladábamos de un lugar a otro con un perrito caliente o una porción de pizza en nuestras manos. Como un rebaño nos apelotonábamos junto a la multitud en los semáforos, y abríamos el paso entre los peatones a la hora de cruzar con una pericia extraordinaria si se tiene en cuenta que ambas nos hemos criado en una localidad muy pequeña.
   A la mañana siguiente, la del día que se representaba Aida, la reservamos a la visita de dos exposiciones museísticas: una en el MoMA y otra en el Museo de Historia Natural. Ambas muy cerca de lo que para mí fue el más gratificante descubrimiento de la ciudad: Central Park.

   Llegó la noche que prometía ser mágica. Isabel se vistió con un elegantísimo traje negro que ensalzaba —aún más, si cabe— su beldad. Yo me atavié con el mismo vestido que me puse en la boda de mi tía Laura años atrás, que había planchado impecablemente antes de introducirlo en la maleta y que el dilatado trayecto desde mi casa hasta la habitación del hotel lo había arrugado. Qué extraña me sentía con tacones y con qué estilo y naturalidad los lucía mi acompañante.
   El taxista nos dejó justo en la puerta del teatro, sin despegar mis nalgas del asiento del vehículo y desde el cristal escudriñé con mirada intensa, y seguramente boquiabierta, todo el recinto frente a las cristaleras de la fachada del Metropolitan, sobre todo la fuente que en tantísimas ocasiones contemplábamos mi padre y yo al inicio de cada ópera en DVD cuando esta había sido grabada en aquel escenario. Un colosal círculo de personas, todas vestidas de negro y con largos abrigos aguardaban expectantes en los aledaños del frontispicio. De lo poco que podía extraer de sus conversaciones en inglés eran los nombres de Pavarotti, Mirella Freni, Plácido Domingo... Nombres propios de tenores y sopranos, no escuché el de ningún compositor. Como suele pasar, los profanos del género suelen estar más interesados en los intérpretes que en los creadores. Y allí estaba yo, que con dos representaciones en directo en toda mi existencia, podía ilustrar a cualquiera de los allí presentes sobre la vida y obra de Giuseppe Verdi.
   Ambas nos encontrábamos apartados de todo corrillo, sensación que me evocó a cuando mi padre y yo estuvimos en el Teatro de la Zarzuela. Isabel, tal vez incómoda por nuestro mutismo y aislamiento quiso matar el silencio con un comentario muy desafortunado:
   —Mira esa pareja, cualquier día te ibas a encontrar en Murcia a dos negros para ver una ópera.
   La fulminé con la mirada, pero un inefable sentimiento hacia esa mujer que iba in crescendo contribuyó a que me relajase adoptando una expresión neutra. Ni siquiera contesté. Afortunadamente para ella, no se hallaba mi progenitor con nosotras para darle una pequeña charla sobre los prejuicios y respecto a la ignorancia de las personas que opinan basándose simplemente en la apariencia física.
   —¿Cuáles son tus óperas preferidas? —me preguntó esquivando la tensión que produjo su frívolo comentario a la vez que el vaho salía impulsado por su boca y sus brazos se cruzaban.
   —¿Mis preferidas?, pues además de esta que vamos a ver —refiriéndome a Aida—: La Bohème, La Traviata, Tosca, Madama Butterfly, Carmen, Rigoletto
    En ese instante detuve la retahíla de las que considero que son mis obras predilectas, aprecié que Isabel me afirmaba con la cabeza sin mostrar demasiado interés. Se fijaba más en las vestimentas de las señoras y en las miradas de los hombres que, con más o menos disimulo, trataban de cruzar sus ojos con ella.
   Justo en aquel instante caí en la cuenta de que todas las óperas que había mencionado contaban con un denominador común: las protagonistas de aquellas obras acababan muriendo. Algunas veces por una enfermedad originada por el desamor como en La Bohème y La Traviata; en otras acababan suicidándose, como en Tosca y Madama Butterfly; y en el resto, asesinadas por enamorarse de la persona equivocada como en Carmen, Rigoletto y Aida, la obra que por fin iba a disfrutar en directo.
   —¿Entramos? —preguntó mi bella partenaire cuando observó acceder al interior a un grupo de personas que atestaban la puerta principal.
   —Sí, que estoy muerta de frío —dije dándole la última calada al cigarro.
   Entregué las localidades a Isabel por si acaso debíamos comunicarnos con algún anglófono. Yo la seguía, admirando su delicado caminar y nerviosa por la inminente representación. Sopesé compartir la reflexión sobre la coincidencia que incumbía a los trágicos finales de mis óperas preferidas, aunque pensé que Isabel atribuiría poca importancia a aquella casualidad, y tal vez viese en mí a una persona siniestra a la que le atraía la muerte.
   Una vez acomodadas en nuestras respectivas butacas —con una magnífica vista del escenario—, retorné mi pensamiento a aquellos personajes femíneos que tanto me fascinaban. Mujeres cuyas vidas hubiera sustituido por la mía, pese a sus funestos desenlaces.
   Nunca he conocido el verdadero amor, Antonio ha sido mi única pareja hasta el momento, un chico con el que tenía más apego por conveniencia que por haber estado enamorada de él, todo acabó cuando una lamentable noche me desvirgó, forzándome, con un encuentro sexual tan escueto como patético. Daniel, mi profesor de piano, había sido un amor platónico que se inició en mi infancia y que se mantuvo hasta bien entrada la adolescencia, él me miraba, con ojos de orgullo, como una talentosa alumna a la que instruyó para que tocase con sensibilidad y destreza. En cualquier caso, una niña fea a la que jamás vio como una hembra. Había una tercera persona en mi vida, un alma que me producía unas emociones confusas que habían evolucionado de la simple admiración por una belleza extraordinaria a un sentimiento que se acercaba a lo pasional, aquel ser que me embelesaba sobremanera era la mujer que tenía a mi lado, en la butaca de la izquierda.
   Cuando terminó la función, Isabel y yo quedamos prendadas por la sublime obra de Verdi. Posiblemente, aquella noche ella cambió para siempre su concepto sobre la música. En mi caso, por muchas óperas que yo hubiera visto en vídeo, una representación en directo era algo sin parangón.
   —Ya había oído algunas partes de esta ópera —me dijo al final de los aplausos.
   —Te di los compactos para que los escucharas en tu coche antes de hacer el viaje, ¿es que no llegaste a oírlos?
   Mi acompañante se encogió de hombros añadiendo al gesto una sonrisa con la cual conseguía sin mayor esfuerzo mi indulgencia. Seguramente, ni se molestó en abrir la carátula.
   —¿Cuál es la parte que más te ha gustado? —pregunté intuyendo la respuesta.
   —La de las trompetas, esa que hace: «pam, pam; papapapam…».
   Intentó realizar la melodía con más o menos acierto, la interrumpí antes de que su euforia la ridiculizara ante aquel público que se abrigaba entretanto abandonaba el teatro.
   —Ese fragmento, Isabel, es conocido como la Marcha Triunfal.
   —Ah, muy bien —sentenció sin preámbulos—. Oye, Violeta, tenemos que celebrarlo, yo no me quiero ir de Nueva York sin tomar un manhattan.
   —¿Eso qué es, un cóctel?
   —Sí, vamos. Preguntaré al taxista por un sitio que tenga fama de preparar buenos cócteles.
   Mientras nos aproximábamos a la ubicación donde un taxi recogía a otros espectadores en Lincoln Center persuadí a Isabel para que postergáramos la copa para otra noche. Aturdida todavía por el cambio horario y otros síntomas que podría calificar como «Síndrome de Sthendal» (vértigo y palpitaciones por presenciar tanta belleza) pusimos rumbo al hotel. Mi acompañante no opuso demasiada resistencia puesto que estaba tan extenuada como yo.
   Ya en la habitación cogí una chocolatina del minibar con el propósito de aliviar el mareo, casi ni tuve tiempo para quitarme la ropa y dormirme con las notas del último acto de aquella ópera de Verdi resonando todavía en mi cabeza.

   Los planes matutinos establecidos para el día siguiente comprendían la visita a Wall Street y una excursión por la «Zona Cero», muy recomendada por la guía de Nueva York de la que Isabel no se despegaba. Sin embargo, tras meditarlo al despertarme, quise poner tierra de por medio entre Isabel y yo, mi inquietud por las sensaciones que estaban germinando en mi interior nada se asemejaban al sentimiento de cariño fraternal que debía experimentar por la hija de Marisa. Esperé al bufet del desayuno, todavía en el hotel, para anunciárselo:
   —Esta mañana quiero estar en Central Park, pasear a solas, ya me contarás qué tal es Wall Street y esa tienda que te han dicho tus amistades que es de visita obligada.
   —¿Century Twenty One? —precisó Isabel con un perfecto acento.
   —Sí. Me apetece pasear pero por aquí cerca, no me pide el cuerpo coger el metro o el taxi, de lo poco que he visto de esta ciudad ya sé en qué zona me quiero perder. Cuando termines todo el itinerario que tienes previsto por el bajo Man­hattan me llamas.
   —¿De verdad que no te quieres venir de compras?, me han dicho que ese centro comercial es mejor incluso que Macy’s.
   Sin conocer nada de los establecimientos que ella elogiaba le respondí             —precedido de una larga pausa puesto que estaba terminando de masticar el cruasán para después darle un último sorbo al interminable café—:
   —Las compras de ropa son gratificantes para quien puede lucirlas y ese no es mi caso.
   Ella silenció mientras finiquitaba su naranjada, me miró pasmada, como escrutando un enfado en mis ojos. Procuré relajarla de cualquier duda sobre mi extraño comportamiento con un beso en la mejilla.
   —Luego nos llamamos —dije encaminándome a la salida.
   —Hasta luego, bonita —concluyó.
   Aquella frase, muy propia de Isabel, era una simple manera de despedirse, pero me estremeció produciendo una especie de vacío en la boca del estómago y agitando mis palpitaciones. «Ojalá, lo de bonita —pensé—, lo dijera con sinceridad».
   Llegué a Central Park con el claro propósito de reflexionar en paz, extasiarme con el paisaje que me ofrecía aquel lugar y efectuar una tranquila llamada a mi padre. Ese jueves le hacían unas pruebas médicas. Eran las once y media de la mañana, confiada en que mi progenitor ya hubiese dormido la siesta —según huso horario español—, lo llamé para informarme de su estado.
   —Hola, ¿no te habré despertado, verdad?
   —No, hija. Comimos hace un rato, hemos llegado muy tarde de La Arrixaca. Me han tenido hasta las tres de la tarde.
   —¿Cómo estás? —abordé sin tapujos.
   —Como un roble. Bueno, casi, aunque Marisa no deja que me tome ni una cerveza.
   —Hazle caso, papá, que tú eres muy responsable para algunas cosas, pero muy insensato para otras.
   Se produjo entonces un silencio de unos segundos.
   —Por cierto —reanudé el diálogo—, ¿irás el sábado al Romea?
   —No. Al final irán Marisa y Pedro; yo no estoy para muchas representaciones.
   —Vaya, pues menudo regalo te ha hecho Pedro que no vas a poder disfrutarlo.
   —No te preocupes, era una manera de compensarle, te recuerdo que él creía que se iba contigo para Nueva York hasta que te decantaste por Isabel. Estoy ahora muy cansado, ya iré a una ópera contigo, con Marisa o con quién quiera apuntarse para ir a Murcia, y si hace falta, nos vamos a Madrid.
   Enmudecí sin saber qué expresar.
   —Oye —prosiguió—, ¿y qué tal la ópera?
   —Espectacular, aunque me gustó más la que vi contigo —refiriéndome a La Flauta Mágica que presencié en Madrid la noche que dejé de ser niña.  
   —Bueno, ya me contarás. Voy a ver si Marisa ha terminado de fumar, últimamente se pasa las horas en el jardín, llamando por teléfono y con el cigarrillo entre sus dedos, ¿está hablando ahora con Isabel?
   —No sé.
   —¿Es que no estás con ella? —inquirió adoptando un tono de preocupación.
   —Sí, está comprando unas hamburguesas —improvisé—, a ver si cojo algún kilillo, que no me vendrá mal.
   —Estás muy bien así, hija.
   —Así que ¿el sábado estarás solo?
   —Sí, y no pasará nada. Ya te digo que no necesito ayuda, es más, Marisa y Pedro se van a Murcia mañana viernes, porque un primo de Pedro, ese que es poeta y se llama Carlos Gargallo y del que tantas veces habla, tiene un recital por la noche. Entonces irán a ver el recital el viernes y se quedan para la ópera del sábado.
   —¿Dónde coño pasarán la noche? —pregunté.
   —Creo que irán a un hotel donde trabaja un amigo de Pedro, se quedarán dos noches. Yo les he dicho que no pasa nada, que podré sobrevivir sin ayuda.
   Quedé perpleja ante lo que había escuchado por teléfono, no quise seguir indagando para evitar translucir en mis preguntas algún juicio de valor que pudiera malquistar la relación de mi padre con su pareja o con su mejor amigo. Aunque admito que me resultó de una extrañeza abrumadora que la noche de ópera en el Romea, con unas entradas que a mi progenitor le regaló Pedro, se había transformado en un viaje a Murcia con dos noches de hotel entre este y Marisa, una mujer que consideraba como una madre.
   Decidí matar el tiempo y el desasosiego yendo a una hamburguesería limítrofe a aquel inmenso parque. El sol calentaba a duras penas la hierba húmeda. Tras devorar la hamburguesa y liquidar el refresco me tumbé usando mi bolso de cabecera y me abrigué cruzándome de brazos que coloqué con fuerza sobre mi pecho. Procuré desechar los pensamientos malignos respecto a la disparatada expedición intelectual que iban a brindarse aquellas personas tan próximas a mí como desentendidas al padecimiento de mi padre.
   Me despertó el timbre del móvil, era Isabel, ya había obscurecido aunque el frío no había logrado despertarme. Casualmente soñaba con ella, me reclamaba con ojos embaucadores desde su cama, su desnudez podía apreciarse con sutilidad desde los pliegues de sus cálidas sábanas.
   Me incorporé para atender la llamada, todavía desorientada y engarrotada por las bajas temperaturas. En mi mejilla derecha impactó un balonazo propinado por un niño que jugaba en los alrededores, aquello provocó que se me cayesen el móvil y las gafas, además de dejarme media cara ardiendo.

martes, 4 de septiembre de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 25



24

   Hasta este pasado mes de noviembre nunca había visto a mi padre acudir al médico. Sin embargo, en una misma semana visitó el centro de salud del pueblo en dos ocasiones, Marisa nunca le dejaba ir solo, yo les acompañé en la segunda cita, cuando lo derivaron al Hospital Comarcal del Noroeste, en Caravaca de la Cruz.
   Los médicos del hospital nos tranquilizaron sobre su estado informándonos de que su deterioro físico podría responder a un virus del sistema digestivo.
   Marisa y yo nos encontrábamos ante varias situaciones que debíamos resolver, una de ellas era la del viaje a Nueva York, mi pretensión en principio era cedérselo a ellos. Esa alternativa era ahora imposible, mi padre no se hallaba con la salud necesaria para realizar un desplazamiento de tanta distancia a dos semanas vista. Tampoco podría acompañarme Marisa, que debería de estar a su lado cuidándolo. La única opción posible era la de buscar en mi entorno más próximo una compañía para mi marcha a Estados Unidos. El principal candidato no era otro que Pedro. Casualmente, el amigo de mi padre quería regalarle a él y a Marisa dos entradas para el Romea, en la capital murciana, que coincidían con la fecha de mi desplazamiento a la Gran Manzana. Parecía un inopinado intercambio de regalos, él le obsequiaba a mi padre y a su pareja con entradas para el Teatro Romea y yo le invitaría al Metropolitan Opera de Nueva York como mi acompañante. Una especie de agradecimientos recíprocos, este a mi padre por su desprendida amistad, y yo con Pedro porque, al fin y al cabo, conseguí el premio gracias a que él me sugirió que participase en el concurso radiofónico.
   Lo que quedaba claro es que mi padre sí podría recuperarse para acudir a la representación en Murcia, pero era poco tiempo como para albergar la idea de cruzar el Atlántico. Finalmente la decisión de que fuera Pedro mi compañero de viaje se decantaba como la principal —y única— elección. ¿Quién me hubiera dicho hace tan solo unos meses que aquel tipo cincuentón que había dedicado toda una vida a escribir una novela, todavía inacabada, y que subsistía gracias a las rentas de unas patentes de su progenitor iba a ser, ahora, la persona con quién compartiría habitación de hotel?

   Los médicos que atendían a mi padre en Caravaca nos dijeron que debía acudir al Hospital Virgen de la Arrixaca, cercano a la ciudad de Murcia. El doctor que lideraba aquel grupo de facultativos encargados de sanar la enfermedad de mi padre se reunió conmigo y con Marisa a solas.
   —¿Son familiares de Andrés Rosique? —preguntó con gesto atareado mientras buscaba el expediente de mi padre en una maraña de documentos que se hallaban sobre la mesa de su despacho.
   Ambas afirmamos sin pronunciar palabra, temerosas de lo que se nos podría revelar.
   Su marido —expuso dirigiéndose a Marisa— parece que está un poquito mal, pero queremos hacer otras pruebas.
   —¿Qué le pasa? —preguntó ella con una valentía que yo no encontraba.
   —Por lo visto, el paciente manifiesta un cuadro de síntomas que se asemeja a la cirrosis, y en los análisis de sangre no parece haber evidencias de hepatitis. ¿Ha tenido alguna enfermedad importante en los últimos años?
   Marisa titubeó.
   —No que yo sepa —contesté—. Nunca va al médico.
   —Claro —argumentó el doctor—, por eso pasa lo que pasa. No voy a confirmar nada, vamos a esperar los resultados de La Arrixaca, los tendremos en unas semanas. Pero para empezar, cualquier mal hábito alimenticio que tenga nuestro paciente tiene que ser corregido. Debe reducir la grasa abdominal y, por supuesto, nada de alcohol.
   El médico recibió una llamada de teléfono, parecía una urgencia porque salió a toda prisa, casi sin despedirse, dejándonos solas en su consulta. Marisa y yo nos miramos y, sin expresar nada verbalmente, nos abrazamos entre lágrimas. Entrambas sabíamos que el facultativo, con una semántica bien elaborada para estos casos, nos estaba informando sin emplear palabras comprometedoras de la gravedad del asunto.
   Desoladas nos fuimos en su búsqueda ocultando la preocupación, él permanecía sentado en la butaca de uno de los muchos bancos que se extendían a cada lado del pasillo, observando con curiosidad alienígena a una máquina expendedora de café. Aquel hombre que exhibía ahora una inconmensurable paciencia, tanto que parecía que «esperaba su hora», era el mismo que había podido caminar durante horas por el monte y que era capaz de enfrentarse en solitario a varios delincuentes.
   El dilema sobre con quién me iría de viaje —si es que finalmente lo realizase— era tan nimio que durante días aparté mi preocupación de aquello. Por fortuna, Marisa cuidaba muy bien de mi padre, y aunque él se resignaba a que lo auxiliásemos puntualmente, bajo ningún concepto aceptaba que lo tratáramos con un desvalido. No tardó en apreciarse en él una cierta mejora a los pocos días, «solo con dejar de consumir alcohol y una dieta rica en frutas y verduras se pondrá de nuevo como un toro» —nos congratulábamos en privado las dos mujeres de la casa—.

   Cuando quedaba una semana para partir hacia Estados Unidos ya dábamos por sentado de que iría con Pedro que ya había aceptado la invitación. Mejor que viajar sola —pensaba—, en definitiva, el amigo de mi padre era un hombre de mundo que sabría desenvolverse con el inglés, con los protocolos de las terminales de los aero­puertos y con las costumbres urbanitas de los neoyorquinos. Lo de compartir la habitación lo sobrellevaba con pasmosa indiferencia, pero mentiría si no evoqué en aquellos días el recuerdo de aquel maduro intelectual metiéndose en mi cama con la evasiva de abrigarse junto a mí como en las libidinosas ensoñaciones de mi adolescencia.
   No obstante, Marisa desde casa y con la única herramienta que la del teléfono orquestó una solución que satisfaría el mayor de mis anhelos. Sin ella proponérselo, aquellas llamadas que realizó durante esa mañana cambiarían el curso de mi vida, y puede que de la suya.
   —Voy a plantearte una cosa —dijo mientras cerraba la tapadera de su móvil.
   —Dime.
   —Es sobre tu viaje. He pensado que en vez de irte con Pedro, que te vayas con mi hija Isabel, se lo he preguntado y ella estaría encantada.
   —¿Qué? —pregunté no dando crédito a lo que escuchaba mientras procuraba esconder mi regocijo.
   —Sí, hija, yo creo que sería mejor que fueses con ella a que hicieras el viaje con Pedro, digo yo que te debe resultar violento compartir dormitorio con un hombre. Y con mi hija compaginarás mucho más, a pesar de que os veáis muy poco.
   —Dile a tu hija que estaré encantada de que venga conmigo a Nueva York, ¿qué piensa su novio? —pregunté sin reparar demasiado en cómo reaccionaría Pedro en cuanto supiera que iba a ser sustituido como acompañante.
   —¿Carlos?, ese chico ya es historia. Y fíjate que me alegro, no me gustaba, con lo buena chica que es mi Isabel y se fue del piso que compartían de la noche a la mañana. Por eso creo que le vendrá bien este viaje, para despejarse un poco, que falta le hace. Te puedo asegurar que se maneja muy bien con el inglés.
   El contentamiento no podía ser mayor, por un lado mi padre recobraba poco a poco la robustez, y por otro, las expectativas que se presentaban en mi inminente marcha a Estados Unidos lo habían redimido de la indolencia.

   Unos días antes de tomar el primero de los vuelos que nos llevaría a América mantuve una pequeña conversación con mi progenitor:
   —Hija, cuando vengas de Nueva York tenemos que hablar de muchas cosas.
   —Sí, pero no será porque ahora piensas que te vas a morir.
   —No, Violeta, pero tenemos que dejar las cosas claras sobre el testamento, y también, que me cuentes qué tal el Metropolitan.
   —Claro, aunque tú me tendrás que contar qué tal en el Romea, porque no serás capaz de rechazar la invitación de tu amigo.
   —Por supuesto, un regalo así hay que aprovecharlo.
   —Papá, una pregunta: ¿lo que tenemos en las cuentas bancarias, es para preocuparse? —indagué sin tapujos sobre una cuestión que me inquietaba desde hacía tiempo.
   —En absoluto. Hemos vivido sin grandes lujos, pero en realidad, la casa de Cartagena está tasada en más de medio millón de euros, los locales que tenemos alquilados a la empresa de los hermanos Rivas tienen un valor en la actualidad de otro medio millón y en las cuentas bancarias hay una cantidad considerable.
   Aquella mañana de primeros de este mes de diciembre caí en la cuenta de que nuestro sobrio estilo de vida se apartaba considerablemente de las verdaderas posibilidades con las que contábamos. Que sin ser ricos, al menos podíamos haber disfrutado de ciertas comodidades. Nunca se ha escatimado en comida, pero hemos tenido un vehículo para los dos, hemos residido en una vieja vivienda de paredes húmedas que apenas han sido restauradas durante estas dos décadas. Reparé en que mi padre, a sus cincuenta y un años, nunca había subido a un avión y que jamás había rebasado las fronteras de España. Y yo estaba a punto de hacerlo por primera vez.
   —Papá, ¿por qué nunca hemos viajado lejos y la gente que vive acomodada sí?, ¿por qué no poseemos una casa en la playa o un chalé con piscina?
   —Violeta, la felicidad no está en ir a una playa y estar rodeados de gente, en hacer cola para ir a un restaurante de moda, ir a donde está todo el mundo porque es lo que se tiene que hacer. Desde luego no es para gente como nosotros. ¿Crees que una cerveza en un bar de Roma está mejor que una del Mejorano? Yo no necesito viajar, ni siquiera para presenciar una ópera, la puedo ver en casa, tranquilo, sin tener que aguantar los pedantes comentarios del personal. Incluso puedo detenerla si necesito ir al baño.
   —¿Te he dicho alguna vez que estás loco, papi?
   —Muchas.
   —Porque… tú eres conscientes de que lo estás, ¿verdad?
   —Sí, hija, loco por ti.

lunes, 3 de septiembre de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 24


23

   A mis veintitrés años solo hay dos cosas de las que puedo hacer gala: mi talento frente al piano y mis conocimientos de música clásica. De ambas virtudes estoy orgullosa, pero siempre he creído que nunca podría exhibirlas fuera del círculo más próximo. Ha sido en este último año cuando he conseguido realizarme con mis dos grandes pasiones.
   Gracias a los consejos de Marisa me desprendí de la losa de la timidez que tanto me atenazaba. Empecé a tocar el piano en el mismo local donde Daniel interpretaba su repertorio de melodías cuando, años atrás, dejó de ser mi profesor. El miedo escénico pude superarlo sin demasiadas dificultades ya que me vi arropada por mi padre y Marisa, y también por Pedro y Soledad que no se perdieron ninguna de mis actuaciones. Sé que Antonio, el tendero, estuvo en el primero de aquellos recitales, medio a escondidas, confundido con la clientela de la barra. Seguramente quiso comprobar con sus ojos lo que vería anunciado en los muchos carteles de publicidad del establecimiento que se colocaron por el pueblo: «Velada amenizada por la pianista Violeta Rosique».

   Por otro lado, Pedro me informó en cierta ocasión, hace unos pocos meses, que había escuchado en Radio Nacional de España que se iba a celebrar un concurso en el que podían participar los oyentes del programa Clásicos populares junto con los de otras emisoras europeas. Era una especie de congreso anual donde se reunían musicólogos y melómanos cuyo colofón consistía en una competición sobre los conocimientos de música clásica, en el cual se otorgaba un premio al ganador. El evento se llevaría a cabo en el mes de noviembre y, casualmente, en una ciudad española (por lo visto, cada año se efectuaba en un lugar distinto del viejo continente). Recuerdo que cuando me lo dijo practicábamos senderismo, una afición que solíamos efectuar los domingos por la mañana y casi siempre íbamos los cuatro: Marisa, mi padre, Pedro y yo.
   —Violeta —demandó Pedro con tono circunspecto—, deberías ir a Madrid y demostrar lo que sabes de música clásica.
   —Mi padre entiende mucho más que yo —respondí con modestia.
   —No, hija, puede que yo tenga obsesión por la ópera pero tú sabes mucho más y no sólo de ese género, sino de la música clásica por extensión. Conoces muy bien las biografías de los autores y te has pasado la vida, leyendo y releyendo los libros de historia del arte que tenemos en casa. Eres una enciclopedia andante.
   —Eso que dice tu padre es verdad —terció Marisa, secándose con la muñequera el sudor que emanaba de su frente.
   —Bueno, bueno, un poco de calma —dije—. Que conocer mucho no garantiza siquiera que pueda participar, supongo que allí concursarán personas de gran conocimiento musical.
   —Pedro —dijo mi padre en tono imperativo—. ¿En qué consiste ese concurso?, cuéntanos.
   Pedro se sirvió de la interrupción para explicar los detalles entretanto el resto usábamos las rocas cercanas para tomar asiento y escucharle con atención.
   —Vamos a ver, por lo que he podido oír en Clásicos populares, cada año se realiza un concurso relacionado con los conocimientos en música clásica. Es como el Saber y ganar de Jordi Hurtado pero por la radio, y se ciñe exclusivamente a la música y a la vida de los compositores. Este año es en Madrid, el pasado no recuerdo bien si dijeron en Londres o Roma, da igual, el caso es que varía anualmente. Por lo que sé son varias emisoras las que promocionan dicho concurso, y unas cuantas las empresas que participan en el patrocinio. El premio es un viaje a Nueva York para el ganador, y si no me equivoco la estancia en Madrid durante el concurso también está sufragada, supongo que antes deberías pasar una prueba, porque digo yo que lo de acudir a la ciudad, así, de buenas a primeras, no será accesible para todo el mundo, sino para los que lleguen a esa fase final. Yo creo, Violeta, que debes inscribirte y cuando tengas que ir a Madrid que te acompañe tu padre.
   —Yo no iré —interrumpió mi progenitor—, que vaya ella sola o acompañada de quien quiera que ya es mayorcita.
   Marisa y Pedro se miraron sobresaltados, seguramente extrañados por la vehemente contestación. Yo sin embargo no la interpreté como impertinente, sino que me daba carta blanca para irme con quien quisiera en un hipotético viaje a la capital.
   —No deis por sentado de que vaya a concursar. Voy a mirar primero por Internet a ver si tienen por ahí las bases del concurso y escucharé a partir de ahora el programa a ver qué dicen. No obstante, en el caso de que finalmente participase, debería prepararme mucho si pretendo estar a la altura.
  Retornamos a casa con las camisetas mojadas aquella mañana calurosa de octubre tras haber andado unos cuantos kilómetros de cuestas escoltados por pinos, matorrales y piedras. Mi padre caminaba con una gruesa rama que la utilizaba para ayudarse a subir o para evitar resbalarse a la hora de afrontar un desnivel de un palmo escaso, a diferencia nuestra, y a pesar de su experiencia en estas expediciones, mostraba claros síntomas de fatiga. Incluso a veces, solicitaba una mano de apoyo cuando el sendero se inclinaba demasiado. Exhausto, rogó a Marisa que le llevase la mochila que contenía un par de botellas de agua ya casi vacías. Algo impropio en él, que era totalmente incapaz de demandar la colaboración de una mujer para un trabajo físico. Ahí me percaté por primera vez del débil estado de mi padre.

   Escuché por fin en el programa la convocatoria del famoso concurso. Dejándome llevar por la inexplicable intuición de que mi vida cambiaría a partir de entonces decidí participar. Tal como se indicaba en las bases envié un correo electrónico y me inscribí. En un mensaje de respuesta automática me comunicaron que pronto recibiría una llamada donde se evaluarían mis conocimientos, si esta prueba era superada podría ir a Madrid para medirme con otros participantes europeos en el mes de noviembre.
   Aquellas largas jornadas las pasé escuchando clásicos a todas horas: sinfonías, cuartetos, conciertos, oratorios… Salvo ópera, en este género estaba sobrada. También leí las biografías de Puccini, Verdi, Mozart, Wagner, Donizetti, Bellini, Rossini, Monteverdi, Bizet, Masenet, Häendel, Bach, Gounod, Strauss —con este apellido, los más significativos—, y un largo etcétera. El concurso se había convertido en un reto personal, no por el viaje, sino para demostrarme que toda una existencia mortificada por la incesante música confería ahora un sentido a mi vida.
   A los pocos días atendí la llamada telefónica procedente de la dirección del concurso, era la primera criba a superar, me imaginé pronto en la capital de España cuando comenzaron a preguntarme cada una de las diez cuestiones, cuyas respuestas hacederas eran del tipo: «¿En qué ciudad centroeuropea nació Mozart?» o «¿Cuántas sinfonías compuso el compositor alemán Ludwig van Beethoven?».

   Llegué a Barajas sola desde el aeropuerto de Alicante donde mi padre y Marisa me dejaron, por aquellos días se representaba Rigoletto en el Teatro del Bosque, en Móstoles, aproveché el viaje para presenciar un gran ópera en directo. En mi maleta dos o tres pantalones, algunas camisetas, mi nuevo portátil (con el que precisamente comencé hace unos días a escribir esta historia) y un libro de biografías de compositores célebres que era para mí como una Biblia para un sacerdote.
   La segunda prueba era una convocatoria presencial, nos reunimos un par de decenas de participantes de todas las nacionalidades: italianos, austriacos, franceses, alemanes… Aquella pequeña competición tenía la finalidad de dejar el grupo de concursantes en cinco. Los que acabarían como finalistas.
   Las preguntas eran de tipo test, casi todas con las opciones «Sí» o «No», concediéndonos muy poco tiempo para contestarlas, ahí estribaba tal vez la dificultad junto con las impertinentes miradas con que los jueces nos examinaban. Una de las preguntas que recuerdo por ejemplo era: «¿Tosca es anterior a Madama Butterfly?», cuya respuesta, obviamente, era afirmativa —ahora conozco la biografía de Puccini más que la mía propia—, otra de las que me acuerdo consistía en aclarar si la última sinfonía de Haydn era la 94 o la 104, sin duda escogí la segunda opción, la también conocida como Sinfonía Londres (aunque numerosos musicólogos sugieren que habría que añadir hasta cuatro obras al colosal número de sinfonías de este autor). Desconozco si logré acertarlas todas puesto que dudé en un par de preguntas, pero no importó demasiado puesto que sin especificar los resultados me comunicaron que había pasado a la final.
   Aquella noche me dirigí a la ciudad de Móstoles para ver Rigoletto. Me habría acercado al Teatro Real o al de la Zarzuela, recorrido que incluso podía haber hecho caminando desde mi hotel. Sin embargo, prefería desplazarme un poco más lejos y asistir a una ópera que ciertamente me fascinaba. Durante toda la tarde procuré contactar con mi padre para comunicarle que había alcanzado la última etapa del concurso y que debía esperar un par de días para poder escuchar el desenlace en una retransmisión que se efectuaría simultáneamente para varias emisoras europeas, pero estaba con el móvil apagado. Envié un mensaje corto al dispositivo de Marisa ya que ella tampoco me lo descolgaba. Ni siquiera atendían el teléfono de casa, cosa que comenzó a inquietarme.
   Antes de pedir un taxi que me llevase hasta el Teatro del Bosque me fui a cenar a un establecimiento perteneciente a una cadena de hamburgueserías (lo cual ya se estaba convirtiendo en un clásico en mis visitas a Madrid). El trayecto a Móstoles me sirvió para reparar en el ignoto miedo que poseía a la gran ciudad, el pánico enardecido que sentía a la hora de entablar la más breve conversación con cualquier desconocido era algo a lo que jamás me acostumbraría. Desasosiegos inducidos posiblemente por la intranquilidad originada al no poder contactar ni con mi padre ni con Marisa durante toda la tarde.
   Apagué el móvil en cuanto tomé asiento en la butaca, junto a mí, a sendos lados, dos parejas de enamorados de edades dispares, entusiasmados por la inminente representación se besuqueaban sin tapujos: ¡qué violenta me sentí! Me quedé petrificada, sin querer mirar a ningún lado con la vista puesta en el telón hasta que el comienzo de la Obertura lo replegó.
   A las tres horas, después de la ópera de Verdi y sus respectivas pausas en los entreactos, salí encendiendo el teléfono antes incluso de buscar un taxi que me trasladase al hotel. Descubrí varías llamadas perdidas de los números de mi padre y Marisa; a pesar de la intempestiva hora marqué el contacto que iba asociado a la palabra «Papá». Dio tono como seis o siete veces, y casi a punto de que interrumpiese la conexión y optara por marcar el de su pareja fue descolgado.
   —Hola, Violeta —saludó ella en tono apático
   —¿Qué ha pasado?, llevo desde las seis llamándoos para anunciaros que he pasado a la final, y que por tanto, estaré dos días más en Madrid.
  En ese instante un taxi se acercó hacia mi ubicación y se detuvo.
  —Al Hotel Atlántico, en Gran Vía —indiqué al conductor.
  —¿Qué? —preguntó Marisa al otro lado del auricular.
  —No, Marisa, estaba hablando con el taxista, resulta que el teatro adonde me he dirigido está bastante lejos del hotel.
   —Perdona que no te haya cogido el móvil. Hemos tenido un día de infarto.
   —No pasa nada, estaba preocupada, simplemente; te he dejado varios mensajes en el contestador y te he escrito un SMS.
   —Sabes que de esas cosas yo no entiendo, me aparecen varias figuritas en la pantalla, pero no sé, hija. En fin, me alegro mucho de que hayas pasado a la final, cuando despierte tu padre se lo contaré, ahora está durmiendo.
   La alegría por haber alcanzado la final del concurso y la emoción de la ópera eclipsaba la intranquilidad de aquel desencuentro telefónico. Supuse que mi progenitor se había quedado traspuesto como muchas otras noches, luego supe que no, que entretanto yo estaba en la capital, en Calasparra las cosas no acontecían como siempre.

   Llegó el día de la finalísima sin que apenas hubiese tenido contacto con el exterior del hotel. Estuve encerrada en la habitación leyendo y escuchando música, con el único descanso de las comidas y las pausas obligadas que me tomaba para tumbarme en la cama y repasar toda la información que releía. Nos reunieron a las diez de la mañana, el concurso se emitiría en directo a partir de las doce, una ingente comitiva de profesionales de la radio se entremezclaban con traductores, fotógrafos, etcétera. Abrumaba presenciar aquel enjambre humano dedicados en cuerpo y alma a nosotros. De mis cuatro contrincantes, un dato curioso: el más joven, duplicaba con creces mi edad. Me llamó profundamente la atención el rostro y la pintoresca vestimenta de uno de ellos; era un periodista austriaco —para muchos, el gran favorito—. Fue en cualquier caso un alivio tener la sensación de que para mí, el mero hecho de estar en la final, era ya de por sí un privilegio, por lo que los nervios se fueron apaciguando porque no me encontraba presionada por lograr la victoria. Era todo un honor competir y codearme con aquellos melómanos, expertos en el género, críticos de prensa especializada y escritores de eruditos libros de historia de la música.
   La última fase del concurso consistía en una prueba donde debíamos demostrar nuestra rapidez a la hora de reconocer una melodía, tan sólo se trataba de apretar un botón al escuchar un fragmento determinado y, en menos de cinco segundos, responder con el nombre del autor y la obra, no hacía falta entrar en más detalles. Ganaría el primero en alcanzar los tres puntos, uno por acierto. Sin embargo, apretar el pulsador y fallar la contestación supondría descontar un punto.
   Aguardábamos ansiosos la primera pregunta cada uno de los cinco finalistas que, frente a nuestro respectivo atril, formábamos un leve arco de circunferencia, como una media luna, sobre el escenario en dirección al salón de actos en cuyas butacas se podían divisar numerosos espectadores. Pocos, en relación a los radioyentes que se encontrarían al otro lado de las ondas.
   Desalentando a sus rivales, las dos primeras fracciones musicales las acertó quien gozaba de favoritismo por parte del público: el viejo de barba amarilla, crítico de un diario vienés. Conocía aquellas piezas que sonaron, pero no tuve la celeridad de aquel adversario. Sé que sus respuestas fueron: «Beethoven: Cuarta Sinfonía» y «Dvořák: Sinfonía del Nuevo Mundo».
   Todos dábamos por ganador al versado concursante austriaco cuando en la tercera pieza tuve suerte en reconocer, antes que nadie, que oíamos un fragmento perteneciente a L’Orfeo de Monteverdi.
   El siguiente retazo musical correspondía a Mahler, el vienés apretó al pulsador de su atril una centésima después que un compañero alemán de bigote y bastón que afortunadamente para mis intereses acertó.
   Detecté que la estrategia del participante austriaco consistía en pulsar el botón justo al cesar la música, para él y para mí, con aquellos cinco segundos que concedían para contestar nos bastaba para encontrar la respuesta en nuestro archivo neuronal. Apliqué este método con el fragmento que le sucedía y… et voilà!, a los tres o cuatro segundos de haber pulsado contesté: «Esto es de Carmen, de Bizet, unas notas que conciernen al tercer acto».
   Estaba empatada con aquel conocido crítico que contaba con el aplauso de un público cada vez más contrariado. Para la reputación del concurso el ganador debía de ser él, un hombre que por su trabajo y estilo de vida habría visitado numerosas veces la ciudad de Nueva York y otras grandes urbes del planeta. Yo, sin embargo, jamás había traspasado la frontera de España. Con aquel pensamiento atraje a la suerte que, por primera vez en mi vida, estuvo de mi parte.
   Comenzó a sonar una pieza que había sido una especie de leitmotiv de mi existencia y que en décimas de segundo averigüé; ya antes había apretado el pulsador rojo para impedir que se adelantase el pedante periodista. Era la voz de un tenor que cantaba: «Contessa perdono…». Eufórica y trémula respondí convencida:
   —Esto es de Mozart, de Las Bodas de Fígaro, en el cuarto acto, es el instante donde el conde pide perdón a la Condesa de Almaviva…
   La agitación del momento me animó a que alardease de mis conocimientos sobrepasando con creces el requisito mínimo de obra y autor de las respuestas, no necesitaban tantos datos. Interrumpieron mi discurso con un aplauso que fue seguido por una voz de megafonía que decía lo siguiente: «¡Correcto! …Y La ganadora del concurso de 2004 sobre música clásica es: doña Violeta Rosique Domínguez, de Murcia, España».
   Lloré desbordada por la emoción con el único reparo de que no mencionaran Calasparra, la localidad que me había visto crecer. Me acordé entonces de que el final de la ópera preferida de mi padre era de los pocos que le conmovían de verdad, como si de un mal presentimiento se tratara empecé a pensar en él y no me liberé de su recuerdo prácticamente hasta la vuelta a casa.
   No en vano, acababa de ganar un viaje a Nueva York con alojamiento incluido y dos entradas para la representación de Aida de las 7:30 PM para el 8 de diciembre de 2004 (cuyos resguardos todavía conservo en algún bolsillo de mi abrigo). Poco era aquel fabuloso premio comparado con la inyección de autoestima que recibí aquella jornada.

   Llegué al aeropuerto de Alicante a las dos de la tarde del día siguiente, no había podido conversar telefónicamente con mi padre desde que llegué a Madrid días atrás, siempre lo había hecho con Marisa, la única persona que acudió a recogerme. No le había concedido hasta entonces demasiada relevancia a ese hecho a sabiendas de lo poco hablador que es mi progenitor por teléfono.
   —Tu padre está enfermo, apenas se ha movido de la cama en estos días —me dijo Marisa nada más recibirme.
   —¿Está grave? —pregunté asustada como si ya supiera que la respuesta fuera afirmativa.
   —Esperemos que no, aunque está muy cansado. Si no está acostado en la cama, está tumbado en el sofá o balanceándose en su mecedora. Los médicos dicen que puede que se deba a la carencia de alguna vitamina. Yo creo que la preocupación de estar sin ti le pone enfermo. Se curará en pocos días. Por cierto, ¡enhorabuena por el premio!