lunes, 27 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 19



18

   El único inconveniente que afloró tras las primeras semanas de convivencia con Marisa, fue que, naturalmente, yo había dejado de tener intimidad. No es que su estancia me molestase, y si así hubiera sido, fue compensada con creces por los beneficios que aportaba a mi padre su presencia. Sus hijas, ambas con una vida social agitada, no percibirían la ausencia de su madre en su casa durante los fines de semana. Por eso, el paso siguiente que di al del aislamiento fue el de fingir todo lo contrario, pretendía parecer una persona independiente y poco hogareña, por lo que debía de estar el mayor tiempo posible de los sábados y los domingos «desaparecida».
   Como siempre, me valí de la total disposición de Antonio hacia mí y lo manejé para que estuviera a todas horas conmigo (siempre y cuando el horario de su tienda se lo permitiese). Las noches teníamos garantizada la diversión con nuestras amistades de la peña. Sólo me bastaba con que las mañanas de los domingos hiciésemos alguna excursión y por las tardes largos paseos por el pueblo. Absorbí el tiempo libre de mi amigo en aquellas ocupaciones que, a pesar del calor, nos fueron aficionando a las caminatas, al punto de que en poco tiempo conocimos buena parte de las rutas de senderismo de toda la comarca.
 
   Era la noche de un cálido domingo cuando, después de cenar en el Bar Casino, y en mi afán de prolongar la cita, le propuse a Antonio ir en coche al santuario, a unos seis kilómetros de Calasparra y no muy lejos de mi casa. Por el camino le decía que, según la leyenda que data de varios siglos, un pastor se encontró con una imagen de la Virgen entre las rocas, dejada posiblemente por un caballero cristiano, y que la gente del pueblo no pudo trasladar a la localidad, por lo que comenzó a ser venerada en dicho emplazamiento. En mi maquinación no se encontraba ilustrar a mi amigo sobre el origen del santuario, sino la de hacer ameno el tiempo que estábamos juntos y, con ello, regresar lo más tarde posible a mi domicilio. Reconozco que mi padre llevaba meses sin ponerme objeciones respecto a la hora de regreso a casa, aunque yo, cada fin de semana, la alargaba un poco más que el anterior. Paseamos a pie el trayecto que unía la explanada del aparcamiento hasta el Santuario Virgen de la Esperanza, recorriendo ambos las escalinatas y otras zonas a distintas alturas junto al río Segura colmadas de bancos vacíos y húmedos. El lugar, sin el habitual gentío, parecía de ensueño, acompañados únicamente por el sonido del chirrido de los grillos y del ululo de los búhos y los árboles acompasados en una bella sinfonía con el agradable rumor del agua vertiginosa. El eco de nuestras pisadas en aquel lugar vacío, conferían cierta atmósfera siniestra a aquella lóbrega zona del río en su  paso por el santuario.
   Pensativos —ya habíamos agotado el cupo de palabras que pueden intercambiarse en una jornada— transitábamos junto a la orilla del río, el silencio entre nosotros ya no nos incomodaba. De pronto, escuchamos un carcajeo entre la oscuridad, vislumbramos el centelleante fulgor de una viejo bidón metálico ardiendo que haría las veces de barbacoa, a pesar de la distancia pude avistar varios rostros reflejados por las llamaradas.
   Debían de ser unos cuantos porreros de litrona en mano que aprovecharían aquel desértico lugar, apartado del itinerario policial, para estar tranquilos, lejos de la mirada acusadora de cualquier vecino. Antonio me sugería que diésemos la vuelta antes de que nuestra presencia fuese detectada por aquel grupúsculo de jóvenes que maldecían a los santos entre carcajadas, cuando escuchamos la siguiente frase: «¡Cagoendios con los mosquitos!». Era la inconfundible expresión de Juan. Me acerqué unos cuantos metros con la intención de poder divisar a ese hatajo de blasfemos para, finalmente, cerciorarme de que estaba allí, con su habitual camiseta remangada hasta los hombros, con la compañía de cuatro especímenes de similar facha.
   El sensor de mi sentido común debía de estar averiado puesto que me alegré de ver a Juan después de tantos meses e inicié la marcha para aproximarme al grupo y saludarle. Desde la invisibilidad que nos proporcionaba la oscuridad, Antonio me agarró de un brazo para impedir que avanzase.
   —No vayas para allá —susurró—, ¿no has visto qué pintas tienen?
   —Pero a uno de ellos le conozco. Es un buen amigo de mi padre.
   —Ya lo sé, el Chapicas. Pero hay dos ahí que iban al colegio conmigo y son chusma. Ya robaban lo que podían cuando eran críos.
   El murmullo de nuestra conversación había crecido de volumen y aquello nos delató. Distinguí cómo todos sus ojos se dirigían hacia el punto donde estábamos. Para ellos no deberíamos ser más que unas sombras que bisbiseaban.
   —¿Quién anda? —preguntó Juan que por edad debería ser el líder de aquella pequeña sociedad de maleantes.
   —Buenas noches, Juan, soy Violeta, me acompaña un amigo —dije mostrando toda la cordialidad que me permitía el temor que me sobrevino al escucharle.
   —¡Ah, hola! —expresó sin manifestar entusiasmo alguno—. Este es un sitio peligroso paandar a estas horas.
   Observé mientras me acercaba —frenada por la extremidad de Antonio que todavía me aferraba— que mi interlocutor gesticuló rápido hacia uno de sus socios, mueca que, por cierto, no logré descifrar, la interpreté como si procurara evitar que yo les descubriera fumando hachís. Me percaté que entre Juan y el sujeto que escondía la mano se encontraba un individuo orondo cuyo rostro me resultó familiar. Él ya sabía quién era yo.
   —Bueno, Juan, nosotros regresamos que es muy tarde, a ver si te pasas un día por casa —dije no muy convencida de desear que aquello ocurriese.
   —Sí, que hace tiempo que no voy —respondió más pendiente otra vez del flacucho moreno que de mí.
   Dispuesta a dar media vuelta y desaparecer con Antonio de aquel sitio, volví a reparar en el grandullón, preguntándome de qué conocía a aquel joven que se mordía de rabia con su escasa dentadura ya ennegrecida como resultado de la mala vida. Y entonces le reconocí: era Manuel, el Nazi, aquel niño al que mi padre propinó un puñetazo cuando le sorprendió empujándome a un charco.
   La misma intuición que ya me había advertido de que estaba en zona hostil me tentó a que observase a todo el grupo con todo el detenimiento que el pavor me concedía. No noté nada en particular en relación a los restantes, hasta que el viento esparció del fuego del bidón unas ascuas incandescentes que se dirigieron al de la camiseta roja —el tipo al que tantas señas efectuaba Juan— comenzando este a agitar las manos para evitar quemarse la cara con las chispas. Con toda la luminosidad de las llamas pude comprobar con claridad que ese hombre carecía de varios dedos.
   Presa del pánico tiré del mismo brazo del que Antonio antes me sujetaba, emprendiendo el regreso no sin que primero volviese la mirada para confirmar lo que ya había visto, convenciéndome de que las falanges que le faltaban a ese individuo se habían quedado amputadas en el interior de uno de los cajones de la cómoda donde mi padre atesoraba las reliquias de la etapa feliz de su vida.
    —Vámonos de aquí, por favor —tartamudeé en secreto a Antonio, aligerando el paso.
   —Venga —apremió con desasosiego.
   Supuse que Juan ya sabría que yo había advertido aquel detalle y que, lógicamente, habría atado cabos, por lo que fui cada vez acelerando la marcha rezando que no nos siguiesen.
   —¡Esperad! —gritó la voz del Chapicas pareciéndome que se encaminaba presto hacia nosotros.
   —¡Corre! —exclamé a Antonio soltándome de su brazo.
   Únicamente necesitábamos alcanzar nuestro vehículo antes que ellos, mi amigo no tendría problema alguno, era corredor en los encierros, el reto se centraba en que yo llegase a tiempo. Al poco, retrocedí la vista y en la oscuridad sólo aprecié un leve jadeo, el sonido a mis espaldas de una lata de refresco producido por un involuntario puntapié delataba su proximidad. Me detuve para hacer frente a mis perseguidores, no como acto de valentía sino por ahogamiento y fatiga, el deporte nunca ha sido mi especialidad y ya había pulverizado los músculos caminando por la mañana. Se acercaba solamente Juan. Sorprendentemente venía andando, y aunque mi cabeza no estaba para estúpidas distracciones me acordé de las películas de zombis en las que los muertos, marchando lentamente y con torpeza, atrapaban a los vivos que corrían despavoridos. Su mirada mantenía una expresión serena, cosa que no me invitaba a la tranquilidad. Por fortuna, el resto del grupo perma­necía a metros de distancia, ajenos a nosotros, retomando sus actividades insalubres y sus majaderas risas. Antonio retrocedió cuando se percató que recorría el camino en solitario y ante la presencia desafiante de Juan, que ya estaba junto a mí, se puso en guardia alzando los puños como un boxeador antes de que sonase la campana.
   —Déjanos en paz —gritó Antonio.
   —Chico, esto no va contigo —contestó el Chapicas con sus ojos clavados en mí.
   —Si la tocas, te machaco —dijo mi amigo.
   Sabía que, por la gran diferencia de masa corporal, Juan poco podría hacer con Antonio y me relajé al darme cuenta de que si hubiera querido agredirnos, ha­bría solicitado ayuda a sus amistades.
   —Escucha, Violeta —dijo Juan adoptando un tono neutro—, quiero hablar contigo, a ser posible a solas.
   —Ni lo sueñes, no me quedo contigo ni muerta —alegué.
   —Dile a tu amigo que se aparte un poco, no quiero que me oiga, y créeme, que lo que te voy a decir me compromete a mí menos que a tu padre.
   Realicé un gesto a Antonio para que acatara la petición, se situó en una distancia prudencial para que, aun sin escucharnos, se mantuviera al acecho. Bajo la tenue luz de una titilante farola y la atenta mirada de mi amigo que presenciaba la escena en la distancia Juan se acercó a mi oreja.
   —Violeta —cuchicheó—, voy a proponerte un negocio.
   —No quiero saber nada de ti.
   —Escucha, niña, tú no dices na a tu padre de lo que has visto aquí, y ni yo, ni ninguno de mis colegas tomará represalias contra él. Créeme que si, en vez de ser tu padre, es otro el que le corta los dedos a mi amigo, habríamos ido ya a quemarle la casa.
   —Pero mi padre era tu amigo —dije llorando.
   —Lo era, pero dejó de serlo hace tiempo —masculló—, tu padre tiene todas las de perder. Si el Negro decidiera denunciar la agresión que recibió cuando lo pillaron en tu casa, te puedo asegurar que la condena sería más alta pa tu padre que pa él, y otra cosa que seguro que no sabes, más vale que tú y él estéis callaos que sé cosas de tu padre muy graves, y que no prescriben con el tiempo.
   De manera implícita, Juan hacía una clara alusión al asesinato que mi padre les confesó entre copas —a él y a Pedro—. Aparté con asco los salivazos que había soltado en mi mejilla (lo que ya se estaba convirtiendo en un clásico entre las conversaciones con los que, meses atrás, frecuentaban mi casa) y procuré darle réplica cuando me sujetó fortísimamente con el brazo, prosiguiendo:
   —Es más, no íbamos a robar dinero, tan sólo joyas. Joyas y cuatro relojes que estaban olvidaos. Lo del cuadro fue un accidente, no queríamos na’más, tu padre nos había dicho a mí y a Pedro que eran valiosas, y sin embargo ahí estaban, cerrás durante años. A mí me cuesta mucho salir adelante, he estao en la cárcel por vender droga, y la recogida de chatarra da sólo pa’comer, ¿qué quieres, que vea cómo un tipo como tu padre, cuya única ocupación es la de podar el jardín tenga tantas cosas valiosas guardás?
   »Tu padre vendió la empresa de tu abuelo y vive de los alquileres, no tiene problemas económicos. Su vida es la que cualquiera quisiera tener. Menos lo de escuchar ópera, que vaya rollazos nos metía.
   —Mi padre, como sabes, sufrió un gran shock con la pérdida de su mujer y su hija mayor y, para colmo, tuvo que hacer frente él solo al cuidado de su hija pequeña después de tamaño trauma.
   —No me hagas reír —interrumpió.
   —Juan, tu amigo Andrés te ha dado todo lo que ha tenido; y tú y Pedro habéis estado en mi casa infinitud de veces. Os tiene aprecio, seguro que se pregunta por qué no te has acercado últimamente a visitarlo.
   —Ya he perdío la amistad con tu padre y con el repipi de Pedro, siempre me han mirao como alguien inferior. Y otra cosa te cuento: ¿Sabes que tu padre me dijo que se cargó a un payo por el simple hecho de haberle hecho novatás en la mili?
   Negué con la cabeza con la absoluta certidumbre de que hablaba bajo los efectos de sustancias estupefacientes.
   —Pues sí, niña, ese es tu padre: un tío que me hubiera matado, porque lo de las novatás era mi especialidad en el instituto, ningún niñato se me escapaba.
   Comprendí en el acto que el mundo de aquel ser acomplejado distaba sobre el que yo he vivido, que las bases donde se alzaban su educación o moralidad estaban mal cimentadas desde su más remota infancia. Considero incluso, que si mi padre o Pedro le miraban por encima del hombro a un individuo que en cada frase se jactaba de defecar sobre el Creador, hicieron lo correcto.
   —Tranquila —prosiguió su discurso—, porque ninguno de nosotros queremos vengarnos. De hecho, Manuel que es el más corpulento de todos, no quiso ir a vuestra casa por si se tenía que enfrentar a tu padre. Vamos a dejarlo pasar, tú no dices na y no habrá represalias por nuestra parte.
   —De acuerdo —afirmé para marcharme cuanto antes—, tú y yo no nos hemos visto.
   Juan asintió con firmeza.
   —Violeta, ¿quieres que vaya? —preguntó impacientado Antonio en la distancia todavía sin desprender un ápice de tensión en su expresión corporal
   —No. Ya me voy —contesté echándole un último vistazo al rostro de aquel traidor.
   Antonio y yo abandonamos aquel tenebroso lugar enmudecidos, pero con el tácito convencimiento de que jamás volveríamos de noche a ese sitio. Andábamos deprisa, casi corriendo y le agarré su mano, apretujándola, descargando así mi nerviosismo hasta llegar a su automóvil.

   Ya se había hecho muy tarde, era la madrugada del lunes y Antonio debía abrir su tienda al amanecer. No creo que fuera esa su mayor preocupación, condujo agresivamente en dirección al pueblo, las sinuosas curvas y la estrecha calzada ya no acrecentaban mi temor, más era imposible. Continuábamos callados, sin volumen en la radio, con la compañía tan sólo del rumor del motor de su Seat Ibiza. Mi casa estaba de paso en el camino, a algo menos de doscientos metros de la carretera que descendía a Calasparra. Paró el vehículo junto a la verja de casa y quitó el contacto de la llave.
   —Me tienes que contar qué te ha dicho ese individuo.
   —No, Antonio, ahora no, te lo aclaro en otro momento.
   —Pero ¿te ha amenazao?
   —No —mentí—, y es la verdad. Es un asunto que tiene que ver con mi padre, ya te contaré mañana.
   Advertí que el Renault Megane de Marisa no estaba aparcado en el jardín, habría preferido pasar la noche en su domicilio. Mi padre estaría solo, leyendo y escuchando la ópera Don Pasquale de Donizetti que podía percibirse desde nuestra distancia. Por el reflejo de árboles, sabía que tenía la luz de su dormitorio encendida (la ventana de su habitación miraba hacia el pueblo y no hacia la verja). Dirigí la vista hacia la casa de mis vecinos cuyas desiguales siluetas detrás de la cortina conseguía vislumbrar, sé que verían el automóvil, pero no les saludé dudando que pudieran detectar nuestra presencia en el interior oscuro del vehículo. De­sa­broché el cinturón de seguridad para abandonar el coche, después besé en la mejilla a Antonio, y lo prolongué durante unos segundos como un gesto fraternal, cargado de cariño, que pretendía mostrar mi agradecimiento hacia su actitud en las últimas horas, y sobre todo, por la unión cómplice que, sin haberlo deseado, nos había originado el suceso en los aledaños del santuario. Antonio me sujetó de la barbilla, y fue acercándose poco a poco hasta que sus labios se encontraron con los míos, no supe qué hacer, así que cerré los ojos. Duró unos instantes, un segundo tal vez, pero el mundo se paralizó en aquel momento. Nunca me habían besado en la boca.
   Salí del coche en silencio y me despedí de aquel hombre con sonrisa pueril y pensamiento indeciso, desconocía si lo que acababa de ocurrir se debía a una cosa puntual fomentada por los últimos acontecimientos o al preludio de algo verdaderamente hermoso.
   Entré en casa y me dirigí hacia los dormitorios, contemplé durante unos segundos a mi padre que dormía en la mecedora, bajé el volumen de la música hasta equipararla al sonido de sus ronquidos. Dolida por su exceso de ingenuidad, y de lo que él ignoraba por no desconfiar de quienes llevan en la cara el cartel de la sospecha, le besé en la frente, acostándome con la pena de que uno de sus amigos, cuyo nombre nunca debería revelar, le había traicionado con inimaginable vileza.
   Sorprendentemente no me costó conciliar el sueño en aquella noche de emociones encontradas y de nuevas experiencias, pero el agotamiento de haber estado caminando durante todo el día y la breve carrera en el santuario me había desintegrado la musculatura de las piernas.

jueves, 23 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 18



17

   Me parecía verdaderamente un misterio descubrir qué tipo de virtudes pudo encontrar Marisa en mi padre, tan huraño, hermético, maniático y, mayormente, tan rudo; ¡qué contraste con ella!, excelente conversadora, con una escucha activa en la que jamás interrumpía, prudente en sus opiniones… Aunaba perspicacia y modestia como nadie, polifacética en cuanto al arte —en este aspecto sí comulgaban—, pintaba de maravilla exhibiendo algunos de sus cuadros en las viejas paredes de nuestro hogar, también se arrancaba a cantar con su espléndida voz mientras arpegiaba la guitarra siguiéndome a mí o a mi progenitor frente al piano.
   Dudo de que mi padre contase a Marisa que había sido capaz de matar a un ser humano, como una vez confesó a sus amigos, o incluso de amputar media mano a un delincuente con un hachazo, así como de haber atacado a su propio perro, a mi malogrado Yako. A veces yo pensaba que él, con sus acciones, se acercaba a la imagen que todos asumimos de un criminal que a la de una persona culta, amante de la ópera y la literatura como a él le gustaba definirse. Tenía, en cualquier caso, bien merecido su apodo de «el Loco», que, con toda seguridad, ya habría llegado a los oídos incrédulos de Marisa.
   Sólo albergaba mi padre algo que realmente le molestaba, el excesivo consumo de alcohol. Marisa padeció de un marido bebedor y agresivo, ella no permitiría nunca que su amado se convirtiese en aquello que una vez repudió hasta la consunción. De alguna manera, consiguió que mi padre moderase aquel mal hábito, aunque no descarto que este echase algún trago a escondidas a la mínima ocasión. Por suerte, él no solía perder la cabeza por muy ebrio que estuviese, en el peor de los casos le vencería el sueño prematuramente, justo después de la cena. Un argumento que por ahora le salvaba.

   Mi padre nos preparó un asado un sábado de junio, Marisa y yo, después de poner la vajilla y los cubiertos sobre la mesa, descorchamos un vino e hicimos tiempo echándonos una copa y charlando mientras fuimos contemplando uno a uno todos los cuadros colgados en el salón, la mayoría pinturas suyas. Ella se detuvo ante la gran foto familiar de 1981 y la observó con detenimiento.
   —¿Las echas de menos?
   —¿A quién, a mi madre y hermana?
   —Sí —indicó volviendo la vista hacia mis ojos para medir mi reacción.
   —Ellas se fueron cuando yo tenía seis meses. Dicen los científicos que nadie puede acordarse de nada anterior a los tres años, pero en ocasiones cierro los ojos, e intento recuperar de mi retina la grabación de sus imágenes, como si pudiera rescatarlas de la noche de los tiempos y que en algún lugar de mi cerebro pudiera haber quedado registrada su memoria.
   —¡Qué poética!
   —La verdad es que no tengo recuerdo alguno —proseguí regresando de mi abstracción—, por eso no las echo de menos. Lo que no ignoro es que mi padre quedó abatido, conmocionado para siempre. Muchas veces me han dicho de él que era una persona divertida y amable.
   —Hay personas peores —añadió Marisa insinuando la conducta de su anterior pareja y señalando con la vista hacia un cuadro con un rostro de lágrimas y un fondo oscuro que, al parecer, fue inspirado por aquel individuo.
   —Claro que sí. Y debo felicitarte, admito que mi padre ha mejorado mucho contigo.
   La pintora me lanzó una mirada alegre. Ella había restaurado el cuadro de mi hermana y el corazón de mi progenitor, yo no podía pagar de otra manera más que con una inefable gratitud por todos los cambios que la relación le estaba originando a este. Verle ahora lleno de vida y renovado me reemplazaba a un padre que nunca tuve, sumido profundamente en una sempiterna nostalgia.

   Aquella mujer no sólo transformó algunos aspectos de su amado, implantó novedades culinarias, de las comidas sencillas de exigua elaboración, pasaron a otras de mejor calidad y presentación. Tal vez, el mayor cambio que se produjo fue el de la liberalización de nuestro hogar de la hegemonía operística. A ella no le disgustaba la ópera, al contrario, era una gran apasionada de la música clásica. Aunque poco a poco se comenzó a escuchar bandas sonoras en casa, lo cual no molestó demasiado a mi padre dado que mayoritariamente era música orquestal. Después introdujo muy sutilmente a otros artistas como Secret Garden, Vangelis o Franco Batiatto. Reconozco que pronto me sentí muy influenciada por sus gustos musicales, no tanto para al otro inquilino de la casa.
   —No quiero escuchar música de nadie que esté vivo —manifestó.
   —Pero, cariño —replicó Marisa—, ¡con lo melómano que tú eres!
   —Bastante tengo ya con oír a «la deprimida» por las mañanas.
   Mi padre aludía a las melodías de Enya que servían como hilo musical en la tienda de antigüedades. Estoy totalmente convencida de que a él no le desagradaba aquella música, del mismo modo que sé que no le incomodaba escuchar a compositores como Hans Zimmer, Ennio Morricone, Trevor Jones, Howard Shore, John Barry… Autores de cuyas biografías comencé a interesarme, al igual que en su momento hice con los grandes maestros clásicos.
   Otra de las muchas ventajas que supuso la convivencia con la restauradora fue la de que ahuyentó a los amigos de mi padre. Acabaron definitivamente las maratonianas visitas nocturnas de humo, copas y risas que concluían cuando yo me levantaba. Juan desapareció completamente de nuestras vidas, y Pedro, en ocasiones puntuales comparecía en casa para pedir prestado algún libro u ópera.
   Cierta mañana, de compras por el casco urbano, me topé precisamente con Pedro; me propuso tomar una cerveza en El Cantero. Su insistencia y la cercanía con el bar —lo teníamos enfrente— me impidieron declinar la invitación.
   —¿Qué tal os va, encanto? —Siempre me llamaba así cuando iba «contento».
   —Perfectamente, ya imaginarás, con Marisa todo ha cambiado.
   —¿Quieres que te cuente un secreto, Violeta?, la amiga de tu padre era mi amor platónico cuando coincidí con ella en el colegio. ¿Tú sabes lo que te he querido decir con esto?
   —Claro que sí —dije mientras se proyectaba en mi cerebro la imagen de Dani, mi profesor de Piano.
   —Fíjate que ella, es siete años mayor que yo, y si las cuentas no me fallan, uno más que tu padre. Huelga decir, que Marisa no aparenta ni de lejos la edad que tiene. A lo que iba, el caso es que cuando yo iba a tercer o cuarto grado, que así se llamaban por aquel entonces los cursos, ella era ya toda una adolescente, y con mucha diferencia, la chica más atractiva que pasaba por el colegio. Toda la clase estábamos encaprichados de ella.
   —Sí, muy bien —articulé confusa—, pero ¿qué pretendes decirme con todo esto?
   —Pues que tu padre es un cabroncete —afirmó—, que mucho Leñador y todo eso, pero se ha llevado, tal vez por Providencia Divina, a una mujer que nos hemos disputado medio pueblo cuando se separó del hijo puta. Eso sí, su primogénita me recuerda mucho a ella, a lo mejor, con un poco de suerte la engatuso y quién sabe si tú y yo acabamos como «cuñados».
   Aprecié en sus ojos brillantes, en el polo azul claro con un tono más oscuro a la altura de las axilas y en los salivazos que expelía en su farfullo, que estaba achispado. Por eso resté importancia a sus inapropiados comentarios. Liquidé de un trago fulminante la cerveza y me levanté del taburete atropelladamente. Alcé la vista hacia los presentes, en su totalidad jubilados con pantalón gris, camisa de cuadros o rayas, boina y un palillo entre sus dientes (como si fuera el uniforme oficial de los asiduos del local). Me contemplaban sin apartar la mirada con ese descaro que parece que solo poseen los mayores. Yo era conocida por todo el pueblo, mi rostro es difícil de pasar inadvertido y por tanto de olvidarse. Podía leer en aquellos ojos sus pensamientos: «Míralos, Perico el listo está rondando a la hija del Leñador».

   Apaciguado fue el inicio de aquel verano de 2001, Marisa había cubierto nuestras vidas con el manto de la estabilidad. Los dejaba a menudo a solas para que mi padre y ella estuviesen solos disfrutando de una ópera, regalándose arrumacos a cada momento. Me serví de esta circunstancia para comenzar tareas que anhelaba llevar a cabo desde siempre, más por pereza que por falta de tiempo: como la de escribir. En ocasiones le daba rienda suelta a mi capacidad narratoria enviando extensos correos a Berta o Águeda, mis amigas de la Red. Les contaba cómo se estaba trastornando mi vida, depresiva y solitaria, con la ausencia de cariño de mi padre que ahora iba dirigido a otra persona. Con la única amistad en la localidad de Antonio, un simplón cuyo hito no era otro que el de haber corrido delante de unos novillos en los encierros del pueblo. Pero le apreciaba y, tal vez, le miraba con ojos de deseo a aquel infeliz que si no me consideraba apta como para cortejarme menos aún le despertaría el apetito sexual. Cómo ansiaba de vez en cuando tomarme un whisky como mi padre, evadir mis temores y dejarme vencer por el sueño hasta que la luz del día me despertara con un ligero dolor de cabeza y la boca reseca. Pero ni siquiera me gustaba. Aquel aislamiento auto inducido provocó que me refugiase también en la lectura, con la única compañía de la música, aletargada en mi habitación.
   Una noche descendí hacia la cocina a tomar un vaso de leche, llevaba todo el día en mi dormitorio y muy probablemente llevaría demasiadas horas sin ingerir alimento, no me costaba ningún esfuerzo realizar ese tipo de ayunos. Desconozco la verdadera razón de aquellos retos personales que, a lo mejor, pretendían llamar la atención de mi progenitor. Algo que resulta ridículo cuando se llevan dos décadas de vida a las espaldas.
   Escuchaba a mi padre cómo le relataba a Marisa el desarrollo del cuarto acto de Las Bodas de Fígaro con un entusiasmo que me rememoró a mi niñez, cuando él me narraba las escenas que podían escaparse a mi comprensión. Ella sostenía una copa de vino y exhalaba suavemente el humo de un cigarrillo. No fumaba ni bebía en abundancia, pero contemplar toda una ópera un viernes por la noche justificaban dichas licencias. Llegué a la cocina atravesando el salón sin que reparasen en mi aparición. El sonido de las cucharadas de cacao tocándose con el cristal del vaso y los treinta segundos del microondas me delatarían con toda seguridad. Pero no hicieron ningún comentario hacia mí, permanecían embelesados contemplando la representación: «…Ahora es cuando Susana se disfraza de la condesa de Almaviva…», «…Aquí, Fígaro se da cuenta del engaño…», «…Esta escena me encanta porque es cuando el conde suplica perdón a la condesa, y bueno, mejor me callo para que la escuches…».
   Es inenarrable la manera con la que mi padre sentía la música, se dejaba envolver por ella, cerrando los ojos y amoldando su respiración a los compases para que sus cinco sentidos entraran en contacto con un estado que podría considerarse como de experiencia mística. Yo creo que su pasión por la ópera obedece a un tributo hacia mi difunta madre que, por lo que me ha contado, le proporcionó los datos de la obra Turandot con un simple canturreo que él hizo cuando estos apenas se conocían. Así fue cómo «mi protagonista» se aficionó a este género musical.
   Posteriormente, tras el éxtasis llegaba la pasión, a mi padre le costaba mantener el tipo en según qué finales, la obra de Mozart que acababan de presenciar era una de las que más sentimiento le producían. Daba igual las numerosas veces que la hubiera visto o escuchado.
   —Andrés —susurró Marisa—, ¿te has conmovido?
   —Es por la bebida, que potencia las emociones.
   —Deberías beber menos.
   —Lo sé, pero no disfrutaría lo mismo de la ópera.
   —Anda, bésame —concluyó ella.
   Subí a mi alcoba con sigilo para no romper el silencio que repentinamente había inundado el salón y con la total convicción de que en toda manifestación de mi padre había un recuerdo implícito hacia mi progenitora que hasta él incluso desconocería. Tal vez aquella circunstancia revelase por qué, aun habiendo escuchado una ópera bufa, terminaba, como casi siempre, consternado.
   Desvelada, pude oírles minutos después cuando mutuamente se silenciaban retozones y risueños con la tonta creencia de que pasarían inadvertidos mientras subían las escaleras en dirección a su dormitorio. No fueron ellos nada cuidadosos más tarde en las manifestaciones que, en la intimidad de su cuarto, dejaron escapar. Con la curiosidad que me caracteriza, aguanté el aliento para poder escuchar con total claridad los gemidos de Marisa intercalados con algún «te quiero» al otro lado de la pared. Aquella pareja que rozaba el medio siglo me hizo sentir esa noche terriblemente desdichada y patética.

miércoles, 22 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 17



16

   Un domingo por la mañana me llamó mi tía para informarme de una fantástica noticia: ¡Estaba embarazada! Por fin iba a tener un primo, con una diferencia de edad, eso sí, de más de veinte años. Sus progenitores barajaron los nombres de Alejandro y María según el sexo del futuro bebé. Una ecografía anticipó semanas más tarde de que nacería varón.
   Por aquella época mi apego hacia Antonio se había acrecentado de tal manera que difícil era el día que no charlábamos en su supermercado e inaudito el fin de semana que no quedábamos coincidiendo con su peña que ya consideraba como propia. Comencé a descubrir cierto encanto en la personalidad de aquel tipo y no sé si ese sentimiento era por aquel entonces recíproco. Incluso lo aficioné un poco a la ópera, a veces la escuchábamos en casa y otras en el coche. En otras ocasiones, simplemente salíamos para comer pipas en la plaza del Ayuntamiento mientras criticábamos a cualquiera de las amistades que teníamos en común.
   Mi padre conoció a una mujer elegante que irradiaba cierto halo bohemio y que atendía al nombre de Marisa. Ella, que se estaba encargando de restaurar el cuadro de mi hermana, regentaba un comercio de venta de antigüedades, libros y obras de arte. Una auténtica artista polivalente que igual pintaba un cuadro que tocaba la guitarra. Con aquella cultura y educación que traslucía no me resultó extraño que mi padre se encandilase nada más verla. Frecuentó a partir de entonces su tienda en una mixtura de interés por la evolución de la restauración del lienzo y un ofrecimiento de apoyo en las tareas del negocio alegando poseer tiempo de sobra, apreciándose con ello un indisimulado cortejo.

   Una tarde vino Marisa a casa para ver una ópera. Mi padre eligió Tosca para la ocasión, me sugirió, días antes, que invitase a Antonio. Ahí comparecimos los cuatro, frente al televisor, deleitándonos con aquella grabación realizada en el Metropolitan Opera de Nueva York, con un par de fuentes de palomitas en sendas cabeceras de la mesita rectangular; una por cada pareja que ocupaba cada uno de los dos sofás. Pronto quedó patente que mi complicidad con Antonio poco se asemejaba a las muestras de afecto que se dispensaban mi progenitor y su partenaire de cabello rizado y oscuro. Noté cómo mi amigo y yo nos sonrojamos cuando mi padre apartó suavemente con sus dedos una diminuta cáscara de maíz que se confundía con un lunar próximo a la comisura labial de su acompañante.
   Se había divorciado hacía ya cinco años, por el pueblo se rumoreaba que su ex marido tenía tanta afición a las tragaperras como al alcohol. Las lenguas chismosas murmuraban que en alguna ocasión su cónyuge le había maltratado físicamente. Contaba con dos hijas de edades cercanas a la mía, la mayor residía en Murcia y la pequeña, de la cual decía que era totalmente independiente, vivía con ella en Calasparra.
   —Tienes que conocer a mis hijas, te llevarías bien con ellas.
   —Por supuesto, Marisa.
   Su trato hacia mí era cordial en todos los ámbitos, resultaba obvio que procuraba conquistarme y, con aquello, ganarse la simpatía de mi padre, el cual no tardó en afeitarse y acicalarse conforme iba creciendo el cariño entre ambos.

   Ángel se dignó a enviarme un correo tras un prolongado tiempo sin saber nada de él ni de Fran. En el mismo, hacía referencia a la noche que vinieron al pueblo, la única vez que les he visto en mi vida. A continuación transcribo el mensaje íntegramente:

Hola Violeta q tal? :)
T envio correo pidiendote disculpas x mi comportamiento d es­to­s ultimos meses.
Hace tiempo q he dejado d ser amigo d fran, y x eso ahora me he dado cuenta d q estaba manipulado por el. La noche q estuvimos alli nos fuimos a murcia despues, el no estaba malo, yo no podia hacer nada, pq dependia de su carro para q me trayera a casa.
Me estuvo diciendo x el camino q tanto tu como tu amigo erais gente d poco mundo, gente d pueblo q no aporta nada bueno. Me jode haberme dejado influenciar por el.
Espero q podamos retomar la amistad y si quieres x tren o auto­bus vuelvo a calasparra.
Un saludo angel ;)                     
    
   Leí varias veces el texto hasta descifrarlo, deseé responderle y manifestar mi indignación, pero no lo hice, respiré aire profundamente y decidí actuar como mi padre cuando él decía que antes de dar una respuesta en caliente había que darse un largo paseo. Anduve hasta el pueblo para luego volver a subir hasta casa en una caminata kilométrica. Nunca le he llegado a contestar. A partir de entonces, me prepuse conectarme con menos frecuencia a Internet. Aún mantengo contacto, aunque con escasa asiduidad, con mis verdaderas amistades virtuales: Berta, la argentina y Águeda, la catalana. Ellas nunca le han dado verdadera relevancia a lo de conocernos en persona, doy por sentado que si no me ven agradable a la vista no lo van a encontrar como un gran inconveniente. Sobre seguro sé que no abandonaré este mundo sin estrecharles un abrazo.

   La tarde del miércoles 30 de mayo de 2001 me llamó Alberto pletórico de alegría para comunicarme que, con tres kilos y medio, había nacido Alejandro. Acudimos de inmediato a Cartagena a conocer a la criatura y felicitar a sus orgullosos progenitores.
   —¡Qué grande es! —expresé nada más verlo.
   —Ya se va ampliando la familia —dijo mi padre—, ¿es el primer nieto de tus padres, verdad, Alberto?
   —Sí, aunque tanto mi hermano como mi hermana, con sus respectivas parejas, van a ser padres este mismo año —dijo triunfante.
   —Violeta —terció Laura postrada en la cama—, Alberto tiene un congreso en Holanda la semana que viene, me encantaría que, en cuanto me diesen el alta, te vinieras a mi casa y me echaras una mano. Unos días nada más, ya sabes, con la abuela… yo no podré con todo.
   —Eso está hecho —dije orgullosa.
   —Pues nada, pasado mañana te vienes para acá de nuevo—zanjó, refiriéndose con «acá» a la ciudad de Cartagena.
   Abandonamos la habitación donde el milagro de la vida había emergido de las entrañas de mi tía. Tras la puerta, una minúscula sala de espera donde aguardaban los progenitores de Alberto, de refinada apariencia incluso en un hospital. Mi abuela también estaba sentada allí, ausente del mundo y barboteando para sí, como si rezase frenéticamente.

   Asumí de buen grado la misión que me encomendó Laura y, a los dos días, conduje yo misma hasta su residencia con un pequeño equipaje en el maletero con el propósito de cuidar de mi primo, vigilar a mi abuela y atenderle a ella si se diera la circunstancia: todo lo que fuera preciso. Era la primera vez desde que tenía uso de razón que me alejaba de mi padre más de una jornada.
   En la semana y pocos días que se extendió mi estancia en el hogar de mi tía me propuse devolver parte de la ayuda que ella me había proporcionado durante lustros desinteresadamente. Constaté el cariño que exhibía Alberto hacia su mujer en las dos mañanas que coincidí con él (la de su marcha a Holanda y la de regreso del viaje), amén de su actitud siempre servicial conmigo. Con Laura hablé de los viejos tiempos, la puse al día sobre cómo marchaban las cosas por Calasparra, lugar al que ella todavía consideraba como su segunda casa. Le conté que Dani se había casado, que yo tenía un amigo con el que tonteaba —exagerando como siempre en mis relaciones personales—, que nos habían intentado robar, la salvajada que cometieron con Yako y la contundente respuesta de mi padre ante los malhechores que habían rajado el lienzo con la imagen de mi hermana y que este interpretaba como una provocación que impedía descansar a los muertos. También le dije, sondeando su reacción, que el cuadro estaba siendo restaurado por una atractiva mujer de la localidad, y que yo intuía que tal circunstancia había unido a mi padre con aquella dama en algo más que amistad. Percibí cierta incredulidad en los ojos de Laura.
   —¿Tu padre en serio con una mujer? —preguntó—, habrá que verlo, a lo mejor después de dos décadas ya ha superado lo de tu madre.
   —La verdad es que a mí no me importa. Dos beneficios se me ocurren a priori: el primero es que mi padre estará más feliz, y por tanto menos cascarrabias; y el segundo es que tendré algo más de libertad. Está demasiado pendiente de mí y no se acuesta hasta que yo llego a casa. Alega que se preocupa por si me sucede algo con el coche, pero tanto tú como yo sabemos que no es sólo por eso.
   —Tu padre siempre te ha sobreprotegido. No le culpo, no vive con nadie más.
   —Es todo un personaje —dije intentado rematar el diálogo.
   —Fíjate —apostilló mí tía hablando para ella misma—, que me pareció extraño ver a tu padre afeitado el otro día cuando estuvo en el hospital, y ahora todo cobra sentido. Estoy segura de que si Andrés se engalana y de nuevo comienza a cuidar de su aspecto es que hay una mujer en perspectivas. Mis sospechas al respecto no eran baldías.

   Sólo un par de fines de semana había permanecido fuera de casa y, cuando regresé, la hallé diferente, más limpia y ordenada, con algún toque exótico en cuanto a la decoración. No me encontré con nadie. El plan de sorprender a mi padre con mi llegada, anticipando unas horas mi venida, no salió como yo había previsto. Pensé que estaría con Marisa en el pueblo y preparé la comida.
   A las dos de la tarde escuché la aproximación de un vehículo, supuse que mi progenitor habría bajado al pueblo en la bicicleta cuyo uso compartíamos, ya que yo me había adueñado del automóvil en los últimos días. Pero no, él iba de copiloto en el Renault Megane que conducía Marisa. Algo sorprendido por mi adelantada vuelta a casa, no le dolieron prendas en informarme que él y su acompañante habían decidido vivir juntos los fines de semana y que lo estaban haciendo desde el día siguiente a mi partida hacia Cartagena.
   Tras la sobremesa, la nueva ocupante de la casa y del corazón de mi padre se marchó a su pequeña tienda de libros y antigüedades. Me aproveché de la ocasión para exigir una explicación.
   —Papá, sabes que me alegro de que te vaya muy bien con Marisa, pero creo que deberías consultarme este tipo de decisiones.
   —Lo siento, hija, pero la pregunta no hubiera cambiado mi deseo de que Marisa se instalara con nosotros los fines de semana, que es lo que hemos pactado porque ella está sola. Los días entre lunes y jueves, puede que se quede, pero sería raro, tiene a su hija pequeña en casa.
   —O sea, papá, que si yo te hubiera expresado mi malestar con esta medida, tú la hubieras dejado alojarse igualmente.
   Él afirmó con la cabeza. Me pareció advertir una sonrisa insolente, henchida de prepotencia, declarando sin despegar los labios que yo no tenía derecho a opinar sobre los asuntos relevantes de la casa. Aquello me encolerizó.
   —¿Te gustaría que me trajera a Antonio como inquilino sin darte explicación alguna? —pregunté llena de inquina.
   —Pero no es lo mismo, hija, sabes que no tendría problemas en ayudarte si quisieras buscarte la vida e independizarte. Los alquileres de Cartagena todavía nos permiten ciertas licencias, y fíjate que tenemos un coche para los dos que tiene veinte años.
   —Pues te hago saber —mentí—, que en ese coche he hecho cosas con Antonio porque no he querido venir a casa, por respeto a ti.
   —Violeta, ese comentario sobra. Además, sabes que por las mañanas la casa está a tu disposición, no querrás que ponga un cartel con lo que puedes hacer a mis espaldas. Seguro que Antonio tendrá otros sitios donde podréis tener intimidad, digo yo que no estarás enseñando tus vergüenzas al personal que transite por la calle.
   —Pues sí, por no hacerlo aquí en «nuestra» casa —insistí con mi patética farsa.
   Mi padre casi carcajea, lo evitó con cierto esfuerzo, sabía que, de hacerlo, habría lo­grado herir mis sentimientos. Con la certeza casi absoluta de que mi relación con Antonio no había llegado a esos términos, pretendió mostrar asombro ante mis singulares idilios sexuales que jamás se ha­bían producido.

   Debía aceptar la compañía de la buena de Marisa en mi vida. Comenzó alojándose durante los fines de semana, aunque poco a poco se convirtió en una habitante cotidiana de nuestra morada.