jueves, 23 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 18



17

   Me parecía verdaderamente un misterio descubrir qué tipo de virtudes pudo encontrar Marisa en mi padre, tan huraño, hermético, maniático y, mayormente, tan rudo; ¡qué contraste con ella!, excelente conversadora, con una escucha activa en la que jamás interrumpía, prudente en sus opiniones… Aunaba perspicacia y modestia como nadie, polifacética en cuanto al arte —en este aspecto sí comulgaban—, pintaba de maravilla exhibiendo algunos de sus cuadros en las viejas paredes de nuestro hogar, también se arrancaba a cantar con su espléndida voz mientras arpegiaba la guitarra siguiéndome a mí o a mi progenitor frente al piano.
   Dudo de que mi padre contase a Marisa que había sido capaz de matar a un ser humano, como una vez confesó a sus amigos, o incluso de amputar media mano a un delincuente con un hachazo, así como de haber atacado a su propio perro, a mi malogrado Yako. A veces yo pensaba que él, con sus acciones, se acercaba a la imagen que todos asumimos de un criminal que a la de una persona culta, amante de la ópera y la literatura como a él le gustaba definirse. Tenía, en cualquier caso, bien merecido su apodo de «el Loco», que, con toda seguridad, ya habría llegado a los oídos incrédulos de Marisa.
   Sólo albergaba mi padre algo que realmente le molestaba, el excesivo consumo de alcohol. Marisa padeció de un marido bebedor y agresivo, ella no permitiría nunca que su amado se convirtiese en aquello que una vez repudió hasta la consunción. De alguna manera, consiguió que mi padre moderase aquel mal hábito, aunque no descarto que este echase algún trago a escondidas a la mínima ocasión. Por suerte, él no solía perder la cabeza por muy ebrio que estuviese, en el peor de los casos le vencería el sueño prematuramente, justo después de la cena. Un argumento que por ahora le salvaba.

   Mi padre nos preparó un asado un sábado de junio, Marisa y yo, después de poner la vajilla y los cubiertos sobre la mesa, descorchamos un vino e hicimos tiempo echándonos una copa y charlando mientras fuimos contemplando uno a uno todos los cuadros colgados en el salón, la mayoría pinturas suyas. Ella se detuvo ante la gran foto familiar de 1981 y la observó con detenimiento.
   —¿Las echas de menos?
   —¿A quién, a mi madre y hermana?
   —Sí —indicó volviendo la vista hacia mis ojos para medir mi reacción.
   —Ellas se fueron cuando yo tenía seis meses. Dicen los científicos que nadie puede acordarse de nada anterior a los tres años, pero en ocasiones cierro los ojos, e intento recuperar de mi retina la grabación de sus imágenes, como si pudiera rescatarlas de la noche de los tiempos y que en algún lugar de mi cerebro pudiera haber quedado registrada su memoria.
   —¡Qué poética!
   —La verdad es que no tengo recuerdo alguno —proseguí regresando de mi abstracción—, por eso no las echo de menos. Lo que no ignoro es que mi padre quedó abatido, conmocionado para siempre. Muchas veces me han dicho de él que era una persona divertida y amable.
   —Hay personas peores —añadió Marisa insinuando la conducta de su anterior pareja y señalando con la vista hacia un cuadro con un rostro de lágrimas y un fondo oscuro que, al parecer, fue inspirado por aquel individuo.
   —Claro que sí. Y debo felicitarte, admito que mi padre ha mejorado mucho contigo.
   La pintora me lanzó una mirada alegre. Ella había restaurado el cuadro de mi hermana y el corazón de mi progenitor, yo no podía pagar de otra manera más que con una inefable gratitud por todos los cambios que la relación le estaba originando a este. Verle ahora lleno de vida y renovado me reemplazaba a un padre que nunca tuve, sumido profundamente en una sempiterna nostalgia.

   Aquella mujer no sólo transformó algunos aspectos de su amado, implantó novedades culinarias, de las comidas sencillas de exigua elaboración, pasaron a otras de mejor calidad y presentación. Tal vez, el mayor cambio que se produjo fue el de la liberalización de nuestro hogar de la hegemonía operística. A ella no le disgustaba la ópera, al contrario, era una gran apasionada de la música clásica. Aunque poco a poco se comenzó a escuchar bandas sonoras en casa, lo cual no molestó demasiado a mi padre dado que mayoritariamente era música orquestal. Después introdujo muy sutilmente a otros artistas como Secret Garden, Vangelis o Franco Batiatto. Reconozco que pronto me sentí muy influenciada por sus gustos musicales, no tanto para al otro inquilino de la casa.
   —No quiero escuchar música de nadie que esté vivo —manifestó.
   —Pero, cariño —replicó Marisa—, ¡con lo melómano que tú eres!
   —Bastante tengo ya con oír a «la deprimida» por las mañanas.
   Mi padre aludía a las melodías de Enya que servían como hilo musical en la tienda de antigüedades. Estoy totalmente convencida de que a él no le desagradaba aquella música, del mismo modo que sé que no le incomodaba escuchar a compositores como Hans Zimmer, Ennio Morricone, Trevor Jones, Howard Shore, John Barry… Autores de cuyas biografías comencé a interesarme, al igual que en su momento hice con los grandes maestros clásicos.
   Otra de las muchas ventajas que supuso la convivencia con la restauradora fue la de que ahuyentó a los amigos de mi padre. Acabaron definitivamente las maratonianas visitas nocturnas de humo, copas y risas que concluían cuando yo me levantaba. Juan desapareció completamente de nuestras vidas, y Pedro, en ocasiones puntuales comparecía en casa para pedir prestado algún libro u ópera.
   Cierta mañana, de compras por el casco urbano, me topé precisamente con Pedro; me propuso tomar una cerveza en El Cantero. Su insistencia y la cercanía con el bar —lo teníamos enfrente— me impidieron declinar la invitación.
   —¿Qué tal os va, encanto? —Siempre me llamaba así cuando iba «contento».
   —Perfectamente, ya imaginarás, con Marisa todo ha cambiado.
   —¿Quieres que te cuente un secreto, Violeta?, la amiga de tu padre era mi amor platónico cuando coincidí con ella en el colegio. ¿Tú sabes lo que te he querido decir con esto?
   —Claro que sí —dije mientras se proyectaba en mi cerebro la imagen de Dani, mi profesor de Piano.
   —Fíjate que ella, es siete años mayor que yo, y si las cuentas no me fallan, uno más que tu padre. Huelga decir, que Marisa no aparenta ni de lejos la edad que tiene. A lo que iba, el caso es que cuando yo iba a tercer o cuarto grado, que así se llamaban por aquel entonces los cursos, ella era ya toda una adolescente, y con mucha diferencia, la chica más atractiva que pasaba por el colegio. Toda la clase estábamos encaprichados de ella.
   —Sí, muy bien —articulé confusa—, pero ¿qué pretendes decirme con todo esto?
   —Pues que tu padre es un cabroncete —afirmó—, que mucho Leñador y todo eso, pero se ha llevado, tal vez por Providencia Divina, a una mujer que nos hemos disputado medio pueblo cuando se separó del hijo puta. Eso sí, su primogénita me recuerda mucho a ella, a lo mejor, con un poco de suerte la engatuso y quién sabe si tú y yo acabamos como «cuñados».
   Aprecié en sus ojos brillantes, en el polo azul claro con un tono más oscuro a la altura de las axilas y en los salivazos que expelía en su farfullo, que estaba achispado. Por eso resté importancia a sus inapropiados comentarios. Liquidé de un trago fulminante la cerveza y me levanté del taburete atropelladamente. Alcé la vista hacia los presentes, en su totalidad jubilados con pantalón gris, camisa de cuadros o rayas, boina y un palillo entre sus dientes (como si fuera el uniforme oficial de los asiduos del local). Me contemplaban sin apartar la mirada con ese descaro que parece que solo poseen los mayores. Yo era conocida por todo el pueblo, mi rostro es difícil de pasar inadvertido y por tanto de olvidarse. Podía leer en aquellos ojos sus pensamientos: «Míralos, Perico el listo está rondando a la hija del Leñador».

   Apaciguado fue el inicio de aquel verano de 2001, Marisa había cubierto nuestras vidas con el manto de la estabilidad. Los dejaba a menudo a solas para que mi padre y ella estuviesen solos disfrutando de una ópera, regalándose arrumacos a cada momento. Me serví de esta circunstancia para comenzar tareas que anhelaba llevar a cabo desde siempre, más por pereza que por falta de tiempo: como la de escribir. En ocasiones le daba rienda suelta a mi capacidad narratoria enviando extensos correos a Berta o Águeda, mis amigas de la Red. Les contaba cómo se estaba trastornando mi vida, depresiva y solitaria, con la ausencia de cariño de mi padre que ahora iba dirigido a otra persona. Con la única amistad en la localidad de Antonio, un simplón cuyo hito no era otro que el de haber corrido delante de unos novillos en los encierros del pueblo. Pero le apreciaba y, tal vez, le miraba con ojos de deseo a aquel infeliz que si no me consideraba apta como para cortejarme menos aún le despertaría el apetito sexual. Cómo ansiaba de vez en cuando tomarme un whisky como mi padre, evadir mis temores y dejarme vencer por el sueño hasta que la luz del día me despertara con un ligero dolor de cabeza y la boca reseca. Pero ni siquiera me gustaba. Aquel aislamiento auto inducido provocó que me refugiase también en la lectura, con la única compañía de la música, aletargada en mi habitación.
   Una noche descendí hacia la cocina a tomar un vaso de leche, llevaba todo el día en mi dormitorio y muy probablemente llevaría demasiadas horas sin ingerir alimento, no me costaba ningún esfuerzo realizar ese tipo de ayunos. Desconozco la verdadera razón de aquellos retos personales que, a lo mejor, pretendían llamar la atención de mi progenitor. Algo que resulta ridículo cuando se llevan dos décadas de vida a las espaldas.
   Escuchaba a mi padre cómo le relataba a Marisa el desarrollo del cuarto acto de Las Bodas de Fígaro con un entusiasmo que me rememoró a mi niñez, cuando él me narraba las escenas que podían escaparse a mi comprensión. Ella sostenía una copa de vino y exhalaba suavemente el humo de un cigarrillo. No fumaba ni bebía en abundancia, pero contemplar toda una ópera un viernes por la noche justificaban dichas licencias. Llegué a la cocina atravesando el salón sin que reparasen en mi aparición. El sonido de las cucharadas de cacao tocándose con el cristal del vaso y los treinta segundos del microondas me delatarían con toda seguridad. Pero no hicieron ningún comentario hacia mí, permanecían embelesados contemplando la representación: «…Ahora es cuando Susana se disfraza de la condesa de Almaviva…», «…Aquí, Fígaro se da cuenta del engaño…», «…Esta escena me encanta porque es cuando el conde suplica perdón a la condesa, y bueno, mejor me callo para que la escuches…».
   Es inenarrable la manera con la que mi padre sentía la música, se dejaba envolver por ella, cerrando los ojos y amoldando su respiración a los compases para que sus cinco sentidos entraran en contacto con un estado que podría considerarse como de experiencia mística. Yo creo que su pasión por la ópera obedece a un tributo hacia mi difunta madre que, por lo que me ha contado, le proporcionó los datos de la obra Turandot con un simple canturreo que él hizo cuando estos apenas se conocían. Así fue cómo «mi protagonista» se aficionó a este género musical.
   Posteriormente, tras el éxtasis llegaba la pasión, a mi padre le costaba mantener el tipo en según qué finales, la obra de Mozart que acababan de presenciar era una de las que más sentimiento le producían. Daba igual las numerosas veces que la hubiera visto o escuchado.
   —Andrés —susurró Marisa—, ¿te has conmovido?
   —Es por la bebida, que potencia las emociones.
   —Deberías beber menos.
   —Lo sé, pero no disfrutaría lo mismo de la ópera.
   —Anda, bésame —concluyó ella.
   Subí a mi alcoba con sigilo para no romper el silencio que repentinamente había inundado el salón y con la total convicción de que en toda manifestación de mi padre había un recuerdo implícito hacia mi progenitora que hasta él incluso desconocería. Tal vez aquella circunstancia revelase por qué, aun habiendo escuchado una ópera bufa, terminaba, como casi siempre, consternado.
   Desvelada, pude oírles minutos después cuando mutuamente se silenciaban retozones y risueños con la tonta creencia de que pasarían inadvertidos mientras subían las escaleras en dirección a su dormitorio. No fueron ellos nada cuidadosos más tarde en las manifestaciones que, en la intimidad de su cuarto, dejaron escapar. Con la curiosidad que me caracteriza, aguanté el aliento para poder escuchar con total claridad los gemidos de Marisa intercalados con algún «te quiero» al otro lado de la pared. Aquella pareja que rozaba el medio siglo me hizo sentir esa noche terriblemente desdichada y patética.

miércoles, 22 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 17



16

   Un domingo por la mañana me llamó mi tía para informarme de una fantástica noticia: ¡Estaba embarazada! Por fin iba a tener un primo, con una diferencia de edad, eso sí, de más de veinte años. Sus progenitores barajaron los nombres de Alejandro y María según el sexo del futuro bebé. Una ecografía anticipó semanas más tarde de que nacería varón.
   Por aquella época mi apego hacia Antonio se había acrecentado de tal manera que difícil era el día que no charlábamos en su supermercado e inaudito el fin de semana que no quedábamos coincidiendo con su peña que ya consideraba como propia. Comencé a descubrir cierto encanto en la personalidad de aquel tipo y no sé si ese sentimiento era por aquel entonces recíproco. Incluso lo aficioné un poco a la ópera, a veces la escuchábamos en casa y otras en el coche. En otras ocasiones, simplemente salíamos para comer pipas en la plaza del Ayuntamiento mientras criticábamos a cualquiera de las amistades que teníamos en común.
   Mi padre conoció a una mujer elegante que irradiaba cierto halo bohemio y que atendía al nombre de Marisa. Ella, que se estaba encargando de restaurar el cuadro de mi hermana, regentaba un comercio de venta de antigüedades, libros y obras de arte. Una auténtica artista polivalente que igual pintaba un cuadro que tocaba la guitarra. Con aquella cultura y educación que traslucía no me resultó extraño que mi padre se encandilase nada más verla. Frecuentó a partir de entonces su tienda en una mixtura de interés por la evolución de la restauración del lienzo y un ofrecimiento de apoyo en las tareas del negocio alegando poseer tiempo de sobra, apreciándose con ello un indisimulado cortejo.

   Una tarde vino Marisa a casa para ver una ópera. Mi padre eligió Tosca para la ocasión, me sugirió, días antes, que invitase a Antonio. Ahí comparecimos los cuatro, frente al televisor, deleitándonos con aquella grabación realizada en el Metropolitan Opera de Nueva York, con un par de fuentes de palomitas en sendas cabeceras de la mesita rectangular; una por cada pareja que ocupaba cada uno de los dos sofás. Pronto quedó patente que mi complicidad con Antonio poco se asemejaba a las muestras de afecto que se dispensaban mi progenitor y su partenaire de cabello rizado y oscuro. Noté cómo mi amigo y yo nos sonrojamos cuando mi padre apartó suavemente con sus dedos una diminuta cáscara de maíz que se confundía con un lunar próximo a la comisura labial de su acompañante.
   Se había divorciado hacía ya cinco años, por el pueblo se rumoreaba que su ex marido tenía tanta afición a las tragaperras como al alcohol. Las lenguas chismosas murmuraban que en alguna ocasión su cónyuge le había maltratado físicamente. Contaba con dos hijas de edades cercanas a la mía, la mayor residía en Murcia y la pequeña, de la cual decía que era totalmente independiente, vivía con ella en Calasparra.
   —Tienes que conocer a mis hijas, te llevarías bien con ellas.
   —Por supuesto, Marisa.
   Su trato hacia mí era cordial en todos los ámbitos, resultaba obvio que procuraba conquistarme y, con aquello, ganarse la simpatía de mi padre, el cual no tardó en afeitarse y acicalarse conforme iba creciendo el cariño entre ambos.

   Ángel se dignó a enviarme un correo tras un prolongado tiempo sin saber nada de él ni de Fran. En el mismo, hacía referencia a la noche que vinieron al pueblo, la única vez que les he visto en mi vida. A continuación transcribo el mensaje íntegramente:

Hola Violeta q tal? :)
T envio correo pidiendote disculpas x mi comportamiento d es­to­s ultimos meses.
Hace tiempo q he dejado d ser amigo d fran, y x eso ahora me he dado cuenta d q estaba manipulado por el. La noche q estuvimos alli nos fuimos a murcia despues, el no estaba malo, yo no podia hacer nada, pq dependia de su carro para q me trayera a casa.
Me estuvo diciendo x el camino q tanto tu como tu amigo erais gente d poco mundo, gente d pueblo q no aporta nada bueno. Me jode haberme dejado influenciar por el.
Espero q podamos retomar la amistad y si quieres x tren o auto­bus vuelvo a calasparra.
Un saludo angel ;)                     
    
   Leí varias veces el texto hasta descifrarlo, deseé responderle y manifestar mi indignación, pero no lo hice, respiré aire profundamente y decidí actuar como mi padre cuando él decía que antes de dar una respuesta en caliente había que darse un largo paseo. Anduve hasta el pueblo para luego volver a subir hasta casa en una caminata kilométrica. Nunca le he llegado a contestar. A partir de entonces, me prepuse conectarme con menos frecuencia a Internet. Aún mantengo contacto, aunque con escasa asiduidad, con mis verdaderas amistades virtuales: Berta, la argentina y Águeda, la catalana. Ellas nunca le han dado verdadera relevancia a lo de conocernos en persona, doy por sentado que si no me ven agradable a la vista no lo van a encontrar como un gran inconveniente. Sobre seguro sé que no abandonaré este mundo sin estrecharles un abrazo.

   La tarde del miércoles 30 de mayo de 2001 me llamó Alberto pletórico de alegría para comunicarme que, con tres kilos y medio, había nacido Alejandro. Acudimos de inmediato a Cartagena a conocer a la criatura y felicitar a sus orgullosos progenitores.
   —¡Qué grande es! —expresé nada más verlo.
   —Ya se va ampliando la familia —dijo mi padre—, ¿es el primer nieto de tus padres, verdad, Alberto?
   —Sí, aunque tanto mi hermano como mi hermana, con sus respectivas parejas, van a ser padres este mismo año —dijo triunfante.
   —Violeta —terció Laura postrada en la cama—, Alberto tiene un congreso en Holanda la semana que viene, me encantaría que, en cuanto me diesen el alta, te vinieras a mi casa y me echaras una mano. Unos días nada más, ya sabes, con la abuela… yo no podré con todo.
   —Eso está hecho —dije orgullosa.
   —Pues nada, pasado mañana te vienes para acá de nuevo—zanjó, refiriéndose con «acá» a la ciudad de Cartagena.
   Abandonamos la habitación donde el milagro de la vida había emergido de las entrañas de mi tía. Tras la puerta, una minúscula sala de espera donde aguardaban los progenitores de Alberto, de refinada apariencia incluso en un hospital. Mi abuela también estaba sentada allí, ausente del mundo y barboteando para sí, como si rezase frenéticamente.

   Asumí de buen grado la misión que me encomendó Laura y, a los dos días, conduje yo misma hasta su residencia con un pequeño equipaje en el maletero con el propósito de cuidar de mi primo, vigilar a mi abuela y atenderle a ella si se diera la circunstancia: todo lo que fuera preciso. Era la primera vez desde que tenía uso de razón que me alejaba de mi padre más de una jornada.
   En la semana y pocos días que se extendió mi estancia en el hogar de mi tía me propuse devolver parte de la ayuda que ella me había proporcionado durante lustros desinteresadamente. Constaté el cariño que exhibía Alberto hacia su mujer en las dos mañanas que coincidí con él (la de su marcha a Holanda y la de regreso del viaje), amén de su actitud siempre servicial conmigo. Con Laura hablé de los viejos tiempos, la puse al día sobre cómo marchaban las cosas por Calasparra, lugar al que ella todavía consideraba como su segunda casa. Le conté que Dani se había casado, que yo tenía un amigo con el que tonteaba —exagerando como siempre en mis relaciones personales—, que nos habían intentado robar, la salvajada que cometieron con Yako y la contundente respuesta de mi padre ante los malhechores que habían rajado el lienzo con la imagen de mi hermana y que este interpretaba como una provocación que impedía descansar a los muertos. También le dije, sondeando su reacción, que el cuadro estaba siendo restaurado por una atractiva mujer de la localidad, y que yo intuía que tal circunstancia había unido a mi padre con aquella dama en algo más que amistad. Percibí cierta incredulidad en los ojos de Laura.
   —¿Tu padre en serio con una mujer? —preguntó—, habrá que verlo, a lo mejor después de dos décadas ya ha superado lo de tu madre.
   —La verdad es que a mí no me importa. Dos beneficios se me ocurren a priori: el primero es que mi padre estará más feliz, y por tanto menos cascarrabias; y el segundo es que tendré algo más de libertad. Está demasiado pendiente de mí y no se acuesta hasta que yo llego a casa. Alega que se preocupa por si me sucede algo con el coche, pero tanto tú como yo sabemos que no es sólo por eso.
   —Tu padre siempre te ha sobreprotegido. No le culpo, no vive con nadie más.
   —Es todo un personaje —dije intentado rematar el diálogo.
   —Fíjate —apostilló mí tía hablando para ella misma—, que me pareció extraño ver a tu padre afeitado el otro día cuando estuvo en el hospital, y ahora todo cobra sentido. Estoy segura de que si Andrés se engalana y de nuevo comienza a cuidar de su aspecto es que hay una mujer en perspectivas. Mis sospechas al respecto no eran baldías.

   Sólo un par de fines de semana había permanecido fuera de casa y, cuando regresé, la hallé diferente, más limpia y ordenada, con algún toque exótico en cuanto a la decoración. No me encontré con nadie. El plan de sorprender a mi padre con mi llegada, anticipando unas horas mi venida, no salió como yo había previsto. Pensé que estaría con Marisa en el pueblo y preparé la comida.
   A las dos de la tarde escuché la aproximación de un vehículo, supuse que mi progenitor habría bajado al pueblo en la bicicleta cuyo uso compartíamos, ya que yo me había adueñado del automóvil en los últimos días. Pero no, él iba de copiloto en el Renault Megane que conducía Marisa. Algo sorprendido por mi adelantada vuelta a casa, no le dolieron prendas en informarme que él y su acompañante habían decidido vivir juntos los fines de semana y que lo estaban haciendo desde el día siguiente a mi partida hacia Cartagena.
   Tras la sobremesa, la nueva ocupante de la casa y del corazón de mi padre se marchó a su pequeña tienda de libros y antigüedades. Me aproveché de la ocasión para exigir una explicación.
   —Papá, sabes que me alegro de que te vaya muy bien con Marisa, pero creo que deberías consultarme este tipo de decisiones.
   —Lo siento, hija, pero la pregunta no hubiera cambiado mi deseo de que Marisa se instalara con nosotros los fines de semana, que es lo que hemos pactado porque ella está sola. Los días entre lunes y jueves, puede que se quede, pero sería raro, tiene a su hija pequeña en casa.
   —O sea, papá, que si yo te hubiera expresado mi malestar con esta medida, tú la hubieras dejado alojarse igualmente.
   Él afirmó con la cabeza. Me pareció advertir una sonrisa insolente, henchida de prepotencia, declarando sin despegar los labios que yo no tenía derecho a opinar sobre los asuntos relevantes de la casa. Aquello me encolerizó.
   —¿Te gustaría que me trajera a Antonio como inquilino sin darte explicación alguna? —pregunté llena de inquina.
   —Pero no es lo mismo, hija, sabes que no tendría problemas en ayudarte si quisieras buscarte la vida e independizarte. Los alquileres de Cartagena todavía nos permiten ciertas licencias, y fíjate que tenemos un coche para los dos que tiene veinte años.
   —Pues te hago saber —mentí—, que en ese coche he hecho cosas con Antonio porque no he querido venir a casa, por respeto a ti.
   —Violeta, ese comentario sobra. Además, sabes que por las mañanas la casa está a tu disposición, no querrás que ponga un cartel con lo que puedes hacer a mis espaldas. Seguro que Antonio tendrá otros sitios donde podréis tener intimidad, digo yo que no estarás enseñando tus vergüenzas al personal que transite por la calle.
   —Pues sí, por no hacerlo aquí en «nuestra» casa —insistí con mi patética farsa.
   Mi padre casi carcajea, lo evitó con cierto esfuerzo, sabía que, de hacerlo, habría lo­grado herir mis sentimientos. Con la certeza casi absoluta de que mi relación con Antonio no había llegado a esos términos, pretendió mostrar asombro ante mis singulares idilios sexuales que jamás se ha­bían producido.

   Debía aceptar la compañía de la buena de Marisa en mi vida. Comenzó alojándose durante los fines de semana, aunque poco a poco se convirtió en una habitante cotidiana de nuestra morada.

martes, 21 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 16


15

   Me cité con Antonio, coincidiendo asiduamente con buena parte de sus amigos de la peña, durante todos los fines de semana de aquel verano. Salvo en el penúltimo de agosto, aquella fecha estaba reservada al casamiento de mi tía Laura con Alberto, mi padre y yo volvimos a pisar suelo cartagenero después de casi cuatro años para asistir al enlace.
   Tuvieron el acierto de ubicarnos en la mesa presidencial, ya que no conocíamos a ningún otro invitado excepto a mi abuela María que por aquel entonces ya estaba hecha un vegetal. Los padres del novio se encontraban al otro lado de los recién casados, irradiaban glamour por los cuatro costados, esclavizados por tontas frivolidades. Nuestro humilde aspecto y ademanes sencillos contrastaban con los del resto de comensales. Yo me había comprado un vestido que me iba largo, el cual me obligó a que caminase firme y cauta para evitar pisarlo con unos tacones a los que nunca estaré acostumbrada; mi padre estrenó traje para la ocasión, parecía no estar muy cómodo con él, a menudo se levantaba el cuello de la camisa con los dedos para permitir que pasara aire por su oprimida tráquea. Los novios estaban radiantes y los comensales  —casi todos, familiares de Alberto, compañeros de General Electric y profesores de Maristas— se dirigían a los protagonistas de la boda con una cercanía y confianza que mi padre y yo habíamos perdido por nuestra lejanía y extravagancias. Mi tía se convirtió de repente en casi una desconocida que poco tenía que ver con esa segunda madre que una vez fue.
   Recuerdo cómo mi padre me provocaba la risa cuando de reojo me miraba cómplice a cada sorbo de cerveza, vino o champán que daba Alberto.

   Con el permiso de conducir ya en mi poder, no dependía de nadie para bajar al pueblo. La última semana de agosto, justo la siguiente a la de la celebración del matrimonio de mis tíos, ocurrió algo extraño. Llegué a casa después de una de las muchas salidas nocturnas con Antonio y sus amigos, escuché el piano a pesar de que ya era la una de la madrugada. Mi padre sólo tocaba el piano si estaba acompañado de gente y rebosaba alegría; o por el contrario, en soledad cuando la tristeza le embargaba. No realicé mucho ruido al entrar, aunque sé que pudo advertir mi regreso por las luces del coche y los ladridos de bienvenida de Yako. Interpretaba una de esas canciones que me han acompañado durante toda mi existencia, esta concretamente la había compuesto para mi madre poco antes de que falleciese. Aprecié en sus ojos, rojos y ausentes, que había bebido más de lo habitual, y en sus mejillas coloradas descubrí alguna lágrima. Apartó su mirada de sus dedos para situarla en dirección a la ventana, tal vez, para comprobar que su viejo automóvil estaba bien aparcado, concluyendo la ejecución antes de tiempo.
   —¿Qué te ocurre, papá?
   —Estoy harto de estar solo —respondió levantando las manos del teclado, para apurar las últimas gotas de una copa vacía que por medio de un posavasos descansaba sobre el piano.
   —¿Es porque todas las noches quedo con Antonio y sus amigos?
   —No, cariño, eso me alegra. Es bueno que hagas tu vida y seas independiente. Mi soledad no es de ahora, sino de hace casi veinte años. Echo mucho de menos a tu madre y, por qué no decirlo, la compañía de una mujer.
   —Papá, ya sabes que yo no vería con malos ojos que encontraras a una mujer con quien convivir. Acuérdate que de pequeña te decía que te casaras con Laura.
   —Hija, eso que tú nos decías, aparte de la broma, era porque tenías celos de que Dani se encaprichase de la tía y querías el camino libre. Menuda manipuladora estabas hecha.
   Sonreí asintiendo mientras él se incorporaba poniendo rumbo a su dormitorio.
   —No sé, Violeta —prosiguió justificando su flaqueza—, se avecina un mes muy complicado para mí, ya lo sabes.
   Mi padre se detuvo, besó sus dedos y sopló en dirección a la fotografía familiar de 1981 que engalanaba el salón. El óleo con la imagen de mi hermana se había ubicado nuevamente en la antigua habitación prohibida, la cual se explotaba como despacho donde se emplazaba el ordenador que solía usar yo, también ofrecía una pequeña cama para invitados que nunca se utilizaba.

   Llegó septiembre y, con él, las Fiestas de Nuestra Señora de la Esperanza. Estas celebraciones traían consigo a los famosos encierros taurinos que, en muy poco tiempo, habían logrado una enorme popularidad en la comarca. Antonio era miembro de la peña llamada Glóbulos Rojos, muy activa durante los festejos. Todos los días de aquella semana frenética de feria se convocaban para comer, beber o llevar a cabo cualquier actividad de entretenimiento. Había quien corría delante de los novillos cada mañana, en ese grupo se encontraba Antonio. Aquella gente, de todas las edades y clases sociales, era verdaderamente amistosa conmigo, nunca me juzgaron por mi apariencia física.
   Reconozco que, en ocasiones, me suponía un enorme esfuerzo aguantar hasta el final de la noche. El encierro, con el cielo ya amanecido, era el colofón con el que se culminaba cada velada. Retornaba a casa tras comprobar que mi amigo y sus compañeros de peña concluían con éxito la carrera después de que les persiguieran peligrosos astados de casi quinientos kilogramos.

   Con el agotamiento derivado de una noche sin descanso llegué a mi domicilio cierta mañana, creo recordar que la penúltima de las fiestas de septiembre. Me desconcertó encontrarme con la verja abierta en vez de entornada. Preocupada por una posible escapada de Yako, introduje mi automóvil en la finca con toda la prudencia que me permitía mi estado de alarma que procuraba avistar a mi perro que no me recibía como de costumbre. Pisé un reguero de sangre que se dirigía hacia la puerta de la entrada de la vivienda que, para mayor angustia, se hallaba abierta. La franqueé corriendo mientras gritaba «papá» y mentaba a los santos. No le encontré en la primera estancia de nuestro hogar, nadie respondía a mi llamamiento, las cortinas ondeaban en el salón con arrebato rompiendo levemente el silencio con el zarandeo de la tela en la pared. Deseando que mi progenitor estuviera dormido, ascendí deprisa la escalera y accedí a su dormitorio. Estaba vacío. Escuché una voz que repetía en susurro: «Hijo de perra». No la identifiqué y un escalofrío me sobrevino, lentamente me aproximé hacia mi dormitorio, adentrándome —con un coraje que todavía hoy me asombra—, sin lograr descubrir nada de relevancia. Con sigilo, y a una distancia considerable para evitar ser sorprendida, me arrodillé para comprobar que debajo de mi cama no se encontraba nadie.
   —¿Papá? —gimoteé, atenazada por el pánico.
   —Ven, Violeta —contestó con la entonación recuperada.
   Percibí su voz desde la habitación de invitados, la que estuvo años cerrada con llave. Me acerqué, topándome con mi padre que me recibió cabizbajo sentado en la cama, con el rostro ensangrentado y el hacha, con la que tiempo atrás hirió a mi perro, sobre la colcha.
   —¿Qué te ha pasado, padre? —pregunté aterrorizada.
   —El muy hijo de puta se me ha escapado —atinó a contestar.
   Observé el lienzo de mi hermana tirado en el suelo, con el marco despegado y rajado en dos partes. Comprendí en aquel instante que alguien había asaltado nuestra casa y que mi padre lo cazó desprevenido.
   —¿Estás herido?
   —No, la sangre es del hombre al que he pillado in fraganti.
   —¿Qué ha ocurrido?
   —Han intentado robarnos, hija. Al menos, uno de ellos se ha llevado una lección de la que se acordará toda su vida.
   —¿Has llamado a la policía?
   —Mejor no la llames —contestó tajante mientras efectuaba con las palmas de las manos un movimiento que invitaba a la calma.
   —Papá, por favor, cuéntame sin ambages lo que ha sucedido aquí esta noche, por lo que más quieras.
   —Me quedé durmiendo en el sofá, escuché a Yako ladrar, pero no le di importancia, entonces noté un ruido en esta habitación, percibí cómo cerraba la puerta con tiento y, sin pensarlo, cogí el hacha y subí. Abrí la puerta, y antes de que pudiera darse la vuelta le sorprendí dándole un certero golpe en su mano cuando estaba abriendo este cajón.
   Advertí que el receptáculo que señalaba mi padre asomaba desencajado de la cómoda y se mostraba astillado por la parte superior.
   —Quiso hacerme frente al principio—continuó—, y creo que luego dudó en tirarse por la ventana, pero lo pensó mejor y se fue hacia la puerta. Aún tuve ocasión de encajarle un hachazo en la espalda. Ese delincuente huyó despavorido y, por sus chillidos, trató de advertir a su compinche: «el leñador me ha atacado».
   —¿Nos han quitado algo?
   —No han robado nada que yo sepa, he mirado abajo y está todo intacto, he visto que están todas las joyas de mamá. Pero han hecho algo peor.
   Creí que hacía referencia a la brecha en el cuadro de mi hermana y no pregunté para evitar indignarlo reconstruyendo de nuevo los acontecimientos. Me arrimé en silencio para comprobar la rotura del tercer cajón, el que tenía reservado para compilar las noticias del accidente de mi madre.
   —Ten cuidado, no te manches —advirtió a sabiendas de lo que me iba a encontrar dentro.
   Presa del pánico intenté cerrar sin éxito el cajón en cuanto contemplé el charco de sangre que teñía de rojo el amasijo de papeles, además de un dedo completo amputado y varias falanges que posaban sobre los viejos recortes de periódico.
   —¡Joder, papá! —exclamé horripilada—, ¿le has seccionado media mano?, te van a meter en la cárcel.
   —Ese quinqui no robará más, al menos en esta casa —sentenció mi padre.
   —¿Que no?, ¡posiblemente venga con una pistola y nos mate!
   —Ese tipo no podrá apretar un gatillo en su vida, a no ser que sea zurdo, cosa que dudo si se tiene en cuenta que rebuscaba con la diestra en el interior…
   —¡Déjate de gilipolleces!, nos va a salir muy caro que te hayas tomado la justicia por tu mano. Deberías haber llamado a la policía, pero nunca agredir a esa gentuza poniéndote a su altura. Ya no podré coger el sueño con tranquilidad en la vida.
   —No te preocupes, que ya estoy yo para defenderte con el hacha. Pienso dormir con ella en la cama.
   —¿Y qué te piensas, que eres mi perro guardián?
   —Violeta —dijo adoptando un tono severo, a sabiendas de que yo no estaba al tanto de la funesta noticia—. Esos tipos le han dado carne envenenada a Yako. Han matado a nuestro perro.
   Salí hacia el jardín vociferando el nombre de mi mascota hasta que lo encontré exánime en un escondrijo, en la parte trasera de la vivienda, donde acudía cuando enfermaba. Una chuleta mordisqueada junto a él delataba el modus operandi de aquellos ladrones.
   Siempre he creído que cuando los humanos o animales mamíferos perecían, lo hacían con los ojos abiertos. Contemplé a Yako y parecía estar durmiendo, meneé su cabeza y lo levanté en peso rogando a Dios que su ausencia de aliento se debiera a que se hallase bajo los efectos del tóxico, pero que conservase todavía con un atisbo de vida que mantuviera mi esperanza de recuperarlo. Expectación que se difuminó cuando mi padre me agarró de los brazos y me separó de mi fiel amigo al escuchar que yo decía con insistencia: «Levanta, Yako, hoy vas a entrar conmigo a casa, seguro que papá no nos dice nada, venga. Levanta, amigo, venga, Yako, venga…».

   Con lágrimas en los ojos, e hipando, ayudé a mi progenitor en la limpieza de la habitación y de todo el goteo sanguinolento que abarcaba desde aquella sala hasta la verja de acceso a nuestra finca. «Tenías que haberle cortado el cuello» murmuraba mientras pasaba la fregona por la escalera.
   Haber estado toda la noche sin dormir pronto me pasó factura. Indiqué a mi padre que me iba a acostar. Él aprobó con la cabeza mi decisión mientras con la manguera procuraba limpiar la sangre incrustada en el diminuto enlosado intercalado y superpuesto sobre la tierra que comprendía la distancia de la entrada a la vivienda hasta el lugar donde solíamos aparcar el vehículo. No conseguí conciliar el sueño con tranquilidad, la muerte de mi perro y una posible represalia por parte de los delincuentes eran pensamientos que erraban por mi mente hasta azorarme, concediéndome toda una sesión de pesadillas que nublaron mi entendimiento durante un extenso periodo de tiempo.

   El sábado siguiente, ya acabadas las fiestas, acudí a la tienda de Maruja y su hijo para proveer de alimentos nuestra alacena. Antonio hizo eco de una noticia aparecida en la prensa local que aludía a un delincuente de Calasparra que había sido atendido en un hospital cercano por la amputación de varios dedos. En un quiosco próximo a su comercio adquirí un periódico regional que abordaba el suceso de la siguiente manera:

COMARCAL
Herido de arma blanca en los encierros de Calasparra
Según fuentes del Hospital del Noroeste de Caravaca, la mañana del miércoles 6 de septiembre, un hombre de 30 años de edad y con las iniciales de J.B.H., de etnia gitana y natural de la pedanía calasparreña de Valentín, fue atendido de urgencia tras la amputación de varios dedos de su mano derecha y una fractura en el omóplato derecho de consideración ocasionadas por arma blanca. El individuo, un toxicómano con numerosos antecedentes por robo, no pudo concretar el origen de las heridas, aunque el Jefe de la Policía Local de Calasparra apunta a una posible reyerta callejera producida durante las fiestas patronales de dicha localidad.

   Emulé a mis vecinos espiando tras las cortinas durante semanas. Aguardando con sospecha e incertidumbre una más que probable venganza.
   Días antes enterramos el cuerpo de Yako, unas pocas horas después de que lo mataran. Mi padre cavó una pequeña fosa junto a la higuera, era su árbol preferido para cobijarse del sol cuando buscaba descanso en las interminables tardes de verano.
   —Papá, ¿crees que vendrán? —pregunté sin haberme recuperado todavía de las pesadillas que padecí aquella mañana.
   —No, no creo hija, no te preocupes.
   —¿Por qué crees que hay gente que roba y se dedica a hacer el mal?
   —Algunos, Violeta, no viven en paz. Así como en las guerras no hay buenos ni malos, a ese tipo lo han educado codiciando lo ajeno porque, de algún modo, piensa que nosotros, somos los malos de su película. Que voluntariamente los hemos dejado apartados de la sociedad, marginados, etcétera. En su ignorancia, creen que somos el enemigo y que ellos se creen con el derecho de buscar la compensación de lo que a cada uno le pertenece; infringiendo unas reglas sociales que, en verdad, son injustas.
   —Justificas lo injustificable: mataron a Yako.
   Mi padre seguía echándole tierra en la cavidad donde yacía nuestro perro. Me contempló asintiendo y sé que comprendió perfectamente mi irritación. Su filosofía donde todo el mundo nace bueno y que las circunstancias de la vida son las que acaban convirtiendo a que alguien delinca no se podía sostener. Menos aún aquel día.



Andrés, VIII

   La sala de espera del Hospital Virgen del Rosell se convirtió en una expectante reu­nión familiar la Nochebuena de 1978. Sentado junto a Andrés se hallaba su padre y algunos parientes de Patricia. La mañana del 25 de diciembre vino al mundo Su­sana, nombre elegido como recuerdo al personaje homónimo de Las Bodas de Fígaro, la ópera preferida de su padre por aquel entonces.

   Los negocios del padre de Andrés habían crecido en personal y número de estable­cimientos. A las antiguas tiendas cartageneras de Juan XXIII y Ramón y Cajal, se aña­dieron dos comercios, uno en Alameda de San Antón; y otro en Ronda Norte, éste último en la ciudad de Mur­cia. Los cincuenta kilómetros que separaban el establecimiento murciano del resto de los comercios de la empresa obligaron a que Pepe y su hijo delegaran en Paco para dirigirlo. El amigo de Andrés se había ganado la confianza de la regencia por su competencia y lealtad. Las verdulerías precursoras del pequeño imperio de los Rosique fueron cerradas años atrás, arrendando los locales a empresas de ali­mentación.
   Con el nacimiento de su hija pensó Andrés que sería adecuado realizar un cambio de domicilio y destinó todos sus ahorros a la adqui­sición de una nueva vivienda sin escatimar en el precio. Antes de que Susana cumpliera un año, la familia se había trasladado a El Rosalar, una zona residencial situada en Tentegorra, a cuatro kilóme­tros de la ciudad. La casa disponía de varias plantas y estaba cercada por una finca colmada de árboles y arbustos, salvo en la parte poste­rior de la vivienda, donde en una planicie de césped quedaba encuadrada una gran piscina. Andrés podría ser uno de los propietarios más jóvenes de aquel vecindario.
   Los quehaceres de la vivienda, sumados a los de la pequeña criatura, exigieron la contratación de Lily Mrowiec, una mujer de origen francés y padre polaco que ayudaría en las tareas del hogar cuando Susana no precisase de sus cuidados. La niñera llevaba dos décadas en España, era viuda de un militar de Cartagena. Prefirió permanecer en el país a pesar de no tener familia y apenas unas pocas amistades. Por beneficio de am­bas partes, convinieron al poco tiempo, que la estancia en la casa de aquella mujer fuese intensiva de lunes a viernes incluyendo la pernoctación, destinando uno de los muchos dormitorios de la planta superior para su uso personal. Rondaba la cincuentena, contaba con varios años de experiencia como cuidadora de niños. Vestía con ropas oscuras que contrastaban con su cabello canoso. El cariño entre los habitantes de la casa fue creciendo de tal manera que la em­pleada, fuera de lo pactado, acudía incluso algunos fines de semana a cocinar, cuidar de la pequeña o adecentar la casa. Había adoptado el rol de abuela que en ab­soluto molestaba al matrimonio.
 
   Era un tórrido sábado de verano de 1980, cuando Paco —que ya residía en la ba­rriada de El Infante, en Murcia—, invitado por su amigo Andrés, acudió a la casa de la familia Rosique Domínguez acompañado de Consuelo, su novia. Ella era de la pedanía murciana de Aljucer, vestía prendas anticuadas, impropias de una joven de veinte años.
   —Prohibido hablar de la empresa —propuso el anfitrión a Paco mientras saludaba a la pareja.
   —Sí, que para eso tenemos el resto de días de la semana.
    Andrés se encaminó hacia la cocina para ayudar a su mujer a preparar el aperitivo, dejando a sus invitados a solas con Susana que correteaba alegre alrededor de la pareja.
   —Menuda casa tienen, ¿eh, Consuelo? —susurró Paco.
   —Ya sabes, los ricos, se lo quedan todo, y por mucho que tú trabajes, ellos ganarán más. Estoy segura de que si te montaras por tu cuenta, podríamos en poco tiempo tener una casa igual. Por cada peseta que tú ganas, él se lleva cien. Puedes estar en­lomao para que funcione su tienda que le da igual.
   —No hables así de Andrés que gracias a él tengo un buen sueldo, dirijo una tienda, y tengo a mi cargo a un vendedor, un técnico, una dependienta… y ¡cállate que nos van a oír!
   —Si es que eres tonto de lo bueno que eres, pero tonto de remate —concluyó Con­suelo oyendo al matrimonio acercarse con el sonido de los platos y los vasos.
   Por la noche, cuando Paco y Consuelo se habían marchado a Murcia, Andrés se dirigió a su mujer.
   —¡Qué buenas personas son!
   —Ya lo creo que sí —dijo entre bostezos, sentán­dose junto a su hija que dormía en el sofá.
   —Ha sobrado algo de vino, ¿te apetece?
   —He bebido un vaso de cerveza en la cena y creo que ya es suficiente, no debo be­ber más y, ¿sabes por qué? —preguntó con un tono que suscitaba cierta intriga.
   Andrés no respondió, simplemente la miró con interés.
   —Creo que estoy embarazada.

   Y era cierto lo que decía, porque Violeta, la autora de La hija del Leñador, ya había sido engendrada.