lunes, 6 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 5



4

   Aquel verano del noventa acabó, y una sorpresa me aguardaba como aperitivo al curso escolar: mi señorita, María Bermejo, había sido trasladada a otro colegio. Su lugar lo ocupaba ahora doña Catalina, una mujer al borde de la jubilación a la que conocía de vista por ser profesora de otras clases del centro. Transmitía respeto, incluso la temían los niños de la clase, de entre nueve y diez años, casi de su estatura. No parecía achantarse ni siquiera con el director, todo lo contrario a su antecesora.
   Para conocernos nos ordenó que durante el fin de semana escribiésemos una redacción con un tema común, que contáramos en un máximo de dos folios aquello que habíamos hecho en verano. El texto que más le gustase se leería en alto por el alumno ganador y recibiría un sonoro aplauso como premio. El lunes debía estar entregada, disponíamos de cuatro días para escribirla. No deposité demasiado entusiasmo en la redacción, tenía pavor a enfrentarme a una lectura en voz alta con todos los ojos de mi clase clavados en mí. Pero tal vez yo aventajaba a la mayoría de mis compañeros: mi afición a la lectura y las anotaciones en mi diario me proporcionaban cierta superioridad a la hora de plasmar por escrito un pensamiento, a las que había que sumar las larguísimas horas de hastío frente a la ventana de mi habitación, con vistas al pueblo, que ya a mi corta edad esgrimía cómo inspiración.
   El martes a las diez de la mañana la profesora anunció que la autora de la redacción ganadora respondía al nombre de Violeta Rosique. La carta que viene a continuación no ha tenido ningún retoque, fue escrita así hace catorce años:

¿Qué he hecho en verano?
Este verano ha sido especial para mí, las clases de piano y las óperas fueron sustituidas en parte por el televisor, un electrodoméstico que apenas usamos en casa. La excusa para encenderlo fue el Mundial de Italia, desde primeros de junio a primeros de julio estuvimos viendo los partidos de España, y cuando perdimos contra Yugoslavia vimos otros partidos importantes como la final: Alemania contra Argentina. Ni a mi tita ni a mí nos gusta el fútbol y, en verdad, a mi padre tampoco. Pero la oportunidad de ver la tele en el salón en vez de estar oyendo ópera y leyendo era única. Los tres animábamos a la selección, sobre todo los goles de Míchel, del que dice mi tita que es muy guapo. Mi tita viene todos los veranos a casa desde Cartagena, porque mi madre y mi hermana murieron cuando yo era bebé, y así me hace compañía.
Algunas veces en casa somos cuatro: mi padre, mi tita, Dani, que es mi profesor de piano, y yo.
A mí me gusta Dani, él se ha enamorado de mi tita, mi tita va detrás de mi padre y mi padre me quiere a mí. Es como un círculo incomprensible, pero es lo que es.
La última semana de agosto se fue mi tita y, como siempre, la echo de menos, ya no vendrá a casa hasta las vacaciones de Navidad, mi padre dice que es poco tiempo, pero entiende que a mí me parezca una eternidad. Me quedo de nuevo con la soledad de la casa, la música, los libros y sin amigos.
¡Ah!, se me olvidaba, en la puerta de casa dejaron un cachorro de pastor alemán, mi padre me dijo que si lo quería tener en el jardín tendría que ser responsable con él. Le doy de comer y, a veces, le doy juego, pero mi padre se enfada porque con sus patas raya el coche y se hace caca en la puerta de la casa. Le puse de nombre “Señor Perro”, pero mi tita lo bautizó como Yako, desde entonces yo también le llamo así.
Ha empezado el curso y me reencuentro con mis compañeras de clase que sueñan con ser princesas o modelos y casarse con un futbolista. Yo simplemente sueño con ser normal, que la gente no me mire con desprecio, ni que otros niños se rían de mí, echaré de menos este año a la señorita Bermejo, aunque creo que con doña Catalina estaré protegida.
Habría hecho más larga la redacción, pero es que no me ha pasado nada más este verano, me gustaría decir que he estado de viaje, que hemos ido a la playa, pero desde que termina el colegio, hasta que vuelve a empezar, no he salido del jardín de mi casa salvo cuando el coche de mi tita se va al final del verano por el camino de piedras y yo la sigo hasta que me canso.

   Miré de soslayo a la profesora indicando que ya había finalizado el texto, había leído con voz temblorosa y las mejillas ardiendo. Agaché la vista al suelo cuando recibí el aplauso de toda la clase y aprecié en la barbilla de doña Catalina que mantenía una lucha interna por no echar una lágrima frente a sus pupilos. Cuando terminó la clase me pidió que esperase, quería hablar a solas conmigo, algunos compañeros se extrañaron porque aquella petición siempre iba encadenada a una reprimenda del tutor al alumno. Dos minutos después de que sonara el timbre, y todos los estudiantes abandonaran el aula, comenzó la ensalada de preguntas.
   —Dime la verdad, Violeta Rosique, ¿quién te ha ayudado a la redacción?
   —Nadie, doña Catalina.
   —Si no pasa nada porque alguien te haya ayudado, pero es imposible que alguien de nueve años escriba así.
   —La he hecho yo sola, señorita, se lo prometo; mi padre no sabía que debía hacerla, y no hemos tenido a nadie más en casa —aduje.
   —Que no pasa nada, niña, si dices que la has hecho tú… me lo creo. Voy a tener que darle crédito a lo que me dijo María —refiriéndose a la señorita Bermejo—, que eras muy especial. ¿Lees muchos libros?
   Asentí.
   —¿Cuáles?
   —De los que me suele recomendar mi padre, dice que tienen que ser de los que pueda comprender, por ejemplo, El Principito. Aunque he leído libros mucho más largos y complejos como El ingenioso hidalgo don Quijote de la…
   —Sí, El Quijote —interrumpió.
   —Y… ¿es verdad que sabes tocar el piano?
   —Mi profesor dice que muy bien para la edad que tengo, que soy de sus mejores alumnos, mi padre cree que soy su única alumna.
   —Respecto a las óperas, ¿es cierto eso de que siempre estáis oyéndolas en casa?
   —Sí, señorita. A mí me gustan algunas, pero otras son un rollo.
   —¿Te deja escuchar otra cosa?
   —Una vez mi tita trajo una cinta de un grupo llamado Europe, la pusimos y me encantó, mi padre la sacó del equipo de música y casi la rompe a golpes, le dije que esa música me gustaba y él me explicó a gritos que no había que confundir una canción pegadiza con una obra de arte. Luego le dije que era un intolerante, y él me preguntó si aquella era una de esas palabras que había aprendido de La Maestra. Cuando mi padre dice «la maestra» se refiere a Laura, mi tía, que está estudiando para ser profesora, como usted.
   Doña Catalina reía a carcajadas.
   —Todo un personaje tu padre —añadió cuando recuperó la respiración.
   —Señorita, él tiene que estar esperando fuera del colegio, no le gusta que tarde.
   —Muy bien, hija, sal corriendo y dile que me gustaría hablar con él.
   Desde el interior de su vehículo aparcado frente al centro escolar aguardaba mi padre con gesto impaciente. Solo para llevarme y recogerme utilizaba el automóvil, una distancia que sumando la ida y la vuelta realizaba él con creces caminando todas las mañanas y, sin embargo, creía que era infinita para mí. Aquel fue el antepenúltimo día en acudir a por mí a la salida de clase.

   El ruido de la lluvia me despertó temprano, eran las siete, las gotas impactaban abundantes en la ventana de mi dormitorio. Comenzaba cuarto curso y, por primera vez, asistiría a clase con entusiasmo gracias a que la redacción me hizo sentir valorada, percibía en la mirada de mis compañeros de clase cuando terminé la lectura, una mezcla de aprecio y admiración. Durante el desayuno recordé a mi padre que mi nueva profesora pretendía tener una charla con él al final de la jornada lectiva, él engullía un producto de repostería de los que traía Laura de Cartagena, levantando la vista del café asintió con gesto solícito.
   No salieron las cosas como esperaba aquella mañana lluviosa. Sin la protección de la señorita Bermejo, algunos escolares —la mayoría de otros cursos— volvieron a insultarme y a burlarse de mí. Destacaba entre ellos un tal Manuel, un chaval rubio, de voluminosa silueta y enormes mofletes, con aspecto chulesco, tres o cuatro años mayor que yo que ya exhibía una esvástica como tatuaje en un brazo. Él debía conocerme bien puesto que su hermana pequeña era compañera de mi misma clase.
   —Mofeta, ¿te crees muy lista por ganar un concurso? —preguntó Manuel—, ¿sabías que en los ataúdes de tu hermana y tu madre sólo pusieron ladrillos? Es lo que se hace cuando no hay cuerpo que enterrar.
   —Cállate, se lo voy a decir a doña Catalina.
   —Ya ves tú, empollona, el miedo que me da la vieja.
   —Se lo diré a mi padre.
   —Tampoco tengo miedo a «tu papá», aunque se parezca al hombre lobo.
   El corrillo de secuaces que constantemente acompañaba a Manuel no cesó de vitorear cada una de las proclamaciones del abusón. Algunos le daban coba por miedo a posibles represalias, una cabeza rebasaba al segundo de mayor tamaño del grupúsculo.
   Aterrada salí corriendo, levantando con mis botas el barro de aquel patio con el ansia de que mi padre estuviera puntual a la cita con la profesora en la puerta de entrada al colegio, al final de la recta.
   Él permanecía en el coche, y mi cara debía de ser un poema porque salió raudo a mi encuentro. Entonces comencé a llorar, liberando, sana y salva, todo el estrés acumulado por el pánico.
   —¿Qué te pasa, Violeta? —preguntó estrechándome en sus brazos.
   —Me han insultado y me han dicho cosas muy feas.
   —¿Quiénes? —Inquirió echando un vistazo de trescientos sesenta grados.
   —Unos niños muy malos que se han metido conmigo, con mamá y con Susana, sobre todo uno muy grande que se llama Manuel —confesé retrocediendo la mirada hacia atrás para avistarle a él y a su tropa que ya habían salido espantados temerosos a una probable reprimenda de mi progenitor.
   Me tomó en brazos enfurecido y se adentró al colegio exigiéndome que le guiara hacia mi clase donde le esperaba doña Catalina.
   —Usted debe ser el señor Rosique —dijo la voz de mi profesora cuando mi padre irrumpió en el aula, dejándome fuera con la puerta entornada.
   —Sí, y me gustaría saber por qué se consiente que los niños insulten a mi hija. Su anterior maestra me prometió que se haría cargo de que nadie atemorizase a Violeta.
   —Bueno, los niños son espontáneos y no se les puede vigilar todo el tiempo, pero el motivo de querer hablar con usted, no es otro que para comentar la enorme capacidad intelectual que parece que tiene su hija, se sale de lo normal, ¿ha leído su redacción?, si no ha tenido ayuda tenemos a una futura escritora.
   —¿Qué redacción? —gritó sorprendido por el cambio de tercio—, ¿ésa que ha estado haciendo este fin de semana? No me dejó leerla, le daba vergüenza. Pero eso que me quiere usted contar está muy bien, doña Catalina, pero alguien en este colegio tiene que vigilar que mi hija no sea objeto de burla por parte de los estudiantes.
   —Sabe usted que no se lo puedo garantizar, hablaré con el director y el resto de profesores, pero fuera de las clases no podemos hacer nada.
   —Si veo fuera de la clase a un niño asustando a mi hija lo va a lamentar toda su vida —amenazó mi padre, y, ante la ambigüedad de la frase por no tutear a doña Catalina, añadió—. Y no me refiero a usted, sino al niño.
   —Veo, don Andrés, que hoy no ha sido un buen día para quedar con usted. Sinceramente, después de lo que he oído de su hija acerca de usted me lo imaginaba menos temperamental, ¿ha pensado que, tal vez, usted sea la peor influencia que tiene su hija?
   Mi padre salió del aula airado sin añadir palabra, dio un portazo y me agarró de la mano.

   Los ladridos de Yako por el hambre me despertaron a la mañana siguiente. Mi padre acababa de prepararme el desayuno y todavía conservaba la misma expresión facial del día anterior, en cambio, atribulada y desconcertada por los últimos acontecimientos no probé bocado, salí en pijama al jardín a llenarle el cuenco de las sobras de la cena a mi perro. Era un día soleado, con algunas nubes blancas con formas de caras que aparecían en el sur, sobre el pueblo. Con un cielo así era imposible vaticinar lo que iba a acontecer más tarde.
   Ya en el automóvil, de camino al centro escolar, mi padre me dijo que si alguien se atrevía a incomodarme, que se lo hiciese saber, que lo buscaría para intimidarlo. No pudo haber elegido mejor día para comunicarme aquello.
   Otra vez, a la salida de clase, un grupo de dañinos escolares empezaron a intimidarme con sus estúpidas burlas e insultos, liderados de nuevo por Manuel López Ortuño que había heredado el mote de su padre: el Carnicero, aunque otros, a partes iguales, le llamaban el Nazi.
   Quiso el destino que aquel despiadado grandullón me llamase «huérfana» mientras me empujaba con furia sobre un charco y que aquello fuese presenciado en la distancia por mi padre. Me levanté embarrada y tan llena de odio como de humillación, advertí la llegada de mi progenitor que acudió en segundos, no para ayudarme a ponerme en pie, sino para propinarle un enérgico puñetazo a Manuel que caía justo en el mismo barrizal donde yo acababa de levantarme. Como palomas ante un pisotón en el suelo, todos sus seguidores se esparcían despavoridos. Mi padre lo levantó en peso con sus brazos, el chico, desorientado, escupía sangre con el pánico en los ojos y a merced de alguien cuya corpulencia con Manuel difería en la misma proporción que del propio chaval con la mía.
   —Si alguna vez te vuelvo a ver a menos de cien metros de mi hija: te mataré, puto gordo seboso, así que más vale que le huyas por si acaso, que yo iré a la cárcel, pero tú a la tumba, y en tu féretro no hará falta ladrillos, gordinflón, ¿me has entendido? ¡¿Me has entendido?!
   Lo zarandeó con violencia para, luego, apoyarse parte del cuerpo del grandullón sobre su hombro y agarrándole del abdomen lo arrojó a varios pasos de distancia como si de un enorme y flácido pedrusco se tratara, ostentando su poderío físico ante un público que, en la lejanía, era testigo de cómo maltrataban al abusón convertido, de repente, en un niño indefenso. Aquel tipo, orgulloso de tener el Nazi como sobrenombre, que había amilanado durante años a todos aquellos que no le reían las gracias, escupía trozos de dientes entre salivazos de sangre suplicándole a mi progenitor entre sollozos que no le matara.
   —¡Papá, por favor, vámonos a casa! —supliqué a varios metros de la escena con cierto tartamudeo provocado por el pavor. Dudo si mi padre le hubiera rematado con un pisotón en la cara, pero era la postura que estaba efectuando justo antes de oírme y paralizarse.
   Todavía confuso y con la ira reflejada en su semblante, aquel hombre, con el que dormía las frías noches de invierno, se acercó lentamente y me cogió en brazos, como siempre que intuía algún peligro para mí. Algunos profesores y padres corrían al lugar donde estaba tendido Manuel. Otros espectadores, como casi todos mis compañeros de clase, se iban replegando dándonos paso a mí y a mi padre conforme avanzábamos hacia la salida del colegio. Nadie dijo nada, pero me dio la impresión de complicidad en aquel silencio. Estoy convencida de que si alguien se hubiera arrancado a aplaudir, más de uno le habría seguido. Temblando por el miedo y por la humedad del barro que empapaba mi ropa, escondí mi cara en el cuello de mi progenitor, él sin embargo, advertía desafiante a los presentes qué podía ocurrirle a quien tuviera la imprudencia de intimidarme.

   Las nubes dibujaban líneas naranjas en el cielo, yo jugaba con Yako en aquel magnífico atardecer, era el único amigo que no me juzgaba por mi aspecto. Mi padre cortaba leña, una tarea que habitualmente realizaba por la mañana. Sonaba una ópera de Puccini que provenía de nuestro hogar y que se escucharía con creces fuera de los límites de nuestra finca. Un viejo Renault verde oliva se acercó a casa y aparcó en la puerta, acto seguido sonó una bocina. Nunca había visto al tipo que conducía aquel turismo, pero enseguida deduje que era el padre de Manuel, era una réplica de su hijo a doble escala, con una cara tan ancha que parecía un gigantesco emoticono enfadado reposando sobre el asiento. Hasta que abrió la puerta de su vehículo y aprecié que era más alto y corpulento incluso que mi padre. Él había sido matarife en una empresa cárnica del pueblo, decían que acabó perdiendo el empleo porque amenazó a su jefe con un cuchillo, también tenía fama de putero, alcohólico y de haber propinado multitud de palizas a su mujer e hijos; tal vez aquello explicase por qué Manuel era tan agresivo y por qué su hija, de nombre Isabel, tan asustadiza. Mi padre salió a recibirlo a la verja de la casa sin soltar el hacha, sabedor de quién podría ser el hombre que se acercaba, con el sigilo característico del que va a retarse en un duelo.
   —¿Es usted don Andrés? —preguntó con mucho más respeto de lo que a priori podría entreverse en un hombre con esa guisa.
   —Sí —respondió mi padre que con un rápido gesto de sus dedos quería hacer ostensible la firmeza con que sujetaba la empuñadura.
   El Carnicero le observó con detenimiento: su espesa barba negra y un hacha sostenida por su mano derecha… Comenzaba el dueto Vogliatemi bene, del final del primer acto de Madama Butterfly, ahogando el sonido de los pájaros que se mezclaba con el ululo de los árboles y el viento, manifestando, en todo su esplendor, el melancólico carácter de los atardeceres de septiembre. Echó un vistazo a todo el perímetro para detener la mirada en la casa de nuestros vecinos cuyas siluetas se recortaban tras la cortina. Debió pensar que aquél era un lugar verdaderamente siniestro.
   —¿Ha sido usted quién ha pegado a mi hijo esta mañana?
   —Yo he defendido a mi hija.
   —¿Cómo se atreve a pegarle a una criaturica de doce años?
   —Como si hubiera sido un perro o una persona con un cuchillo, él ha empujado a mi pequeña a un charco, es más, su «criatura» lleva una cruz gamada en el brazo y debe pesar el doble que mi hija, como un joven de veinte años. No creo que se atreva a decirme que era una pelea de niños.
   —¡Manuelín, sal del coche! —gritó el padre—. Don Andrés, dígale a mi hijo que lo siente y que no volverá a repetirse.
   La tensión se palpaba en la distancia, después de unos incómodos segundos de silencio, una de las puertas traseras del Renault se abrió. Con una venda en la cara y una especie de algodón dentro de su boca se asomó Manuel atemorizado. Corrí hacia casa nada más verle, bajé el volumen de la música para poder seguir escuchando la conversación y desde la ventana enrejada de la cocina espié lo que en la puerta de nuestra finca sucedía. Advertí que mi padre ya había abierto la verja y se dirigía al hijo levantando el hacha con gesto intimidante.
   —Mira, «Manuelín», la próxima vez que te vea cerca de mi hija te mato —gritó. Luego, sonrió irónicamente al carnicero padre y en tono sosegadamente cínico concluyó—: Ya está, don Manuel, ya me he disculpado.
   —¡Voy a llamar a la policía!, mejor aún, ¡voy a llamar a la Guardia Civil!        —conminó visiblemente exaltado.
   —Y ¿qué les va a decir, que han venido a mi casa para que yo les amenace?    —dijo mi padre—. Mejor vaya a un juzgado y denúncieme.
   —Vámonos, hijo, ya hemos perdido por hoy mucho tiempo y dinero con el dentista.
   —Espere un momento —dijo mi padre al ver que el Carnicero se intro­ducía en su automóvil como signo de retirada (su hijo, el Nazi, ya aguardaba dentro).
   Sacó de su bolsillo la cartera y le ofreció algunos billetes cuyo valor no pude distinguir en la distancia.
   —Tenga, para los gastos del dentista, y perdone por mi agresividad, pero mi hija está desprotegida ante monstruos como su hijo.
   —No, si mi hijo se merece muchas hostias, pero no aprende, y créame, le he pegado desde bien pequeño, pero no le he podido sacar punta.
   El vehículo maniobró parsimonioso por el angosto carril hasta cambiar el sentido de la marcha, mi padre quiso zanjar el incidente despidiéndose afablemente con la mano, hizo lo propio con nuestros vecinos que permanecían tras las cortinas como tácitos espectadores. Aquellas sombras nunca devolvían el saludo. Al entrar a casa, mi padre, pretendiendo disimular el peligro que aquella tarde se cernió sobre nosotros, compartió ésta reflexión: «¿Has visto la cara de pan amasao que tenía el tío ése?… Parece ese pan de campo que nos trae Domingo algunas veces».
   A los pocos minutos de que los carniceros se marcharan, mi padre descolgó una llamada de teléfono, respondía con monosílabos y con la mano libre se frotaba la nuca como queriendo disculparse. El director del colegio quería reunirse con él a primera hora del día siguiente.

   Entramos juntos al centro escolar, mi padre se dirigió al despacho de la máxima autoridad del colegio, dejándome a solas en el patio donde un rumor merodeaba ya desde primera hora, murmuraciones que relataban una encarnecida lucha «el Carnicero versus el Leñador», alias, éste último, con el que habían bautizado a mi progenitor. No me importaba en absoluto que le llamaran así, ya que había oído menciones anteriores como «la casa del loco» o «los de la senda de los monstruos» que hacían referencia a él, a mí o a ambos.
   Doña Catalina no me permitió el acceso al aula cuando el timbre que avisaba del comienzo de las clases repiqueteó, en sus ojos se entreveía tristeza y resignación, sus palabras fueron lacónicas y concisas: «Espera fuera». Unos minutos bastaron para cerciorarme de que algo grave pasaba con mi futuro estudiantil. Mi padre caminaba muy deprisa, visiblemente enojado, el largo pasillo que separaba el despacho del director de mi aula.
   —Vámonos, Violeta.
   Me habían expulsado.
   Recuerdo que aquel día mantuve la primera conversación de adultos con mi padre. Le convencí de que no me matriculase en otro centro educativo, no quería revivir el proceso adaptativo que sufrí en el Colegio Nuestra Señora de la Esperanza. La solución no podría serme más beneficiosa: mi tía Laura vendría los fines de semana a impartirme clases particulares, mi padre le pagaría el importe de las mismas —a lo que ella se negó aludiendo de que le servirían para entrenarse como futura docente— y los gastos de desplazamiento. La envidia que suscitaba hasta entonces la fijación que Dani tenía por ella se esfumó en el acto en comparación al cariño que desde siempre profesé hacia mi tía y del cambio que sus visitas podían suponerme.
   Algo insólito ocurrió en uno de aquellos fines de semana, a mediados de otoño de 1990, mi padre se afeitó la barba.

Andres II

   A finales de los sesenta Andrés formó un conjunto musical con sus viejos amigos de la infancia Antonio López y José Blázquez, circunstancia que le ayudaría a Andrés a olvidarse de Teresa, una amiga que fue novia de un amigo común y de la que se enamoró perdidamente en la adolescencia. Antonio era polifacético, sabía tocar cualquier instrumento de cuerda; José, sin embargo, era apto para la percusión. Años atrás, el joven Rosique había apren­dido a tocar la guitarra, más por la perseverancia de su amigo Antonio que por su propio interés personal.
   Por aquel entonces Andrés ya había aban­donado los estudios y trabajaba en una de las tiendas de su padre, en los puestos de menor responsabilidad y sueldo. Con dieciséis años, el tiempo que destinaba a su empleo apenas le concedía espacio para asuntos ociosos, dedicándole a los ensayos sólo los fines de semana.
   Una madrugada de mediados de marzo de 1970, tras uno de sus ensayos y de su correspondiente fiesta etílica en los locales del centro de la ciudad, llegó a casa y se encontró una hoja escrita por su padre en el suelo detrás la puerta de la entrada.

«Tu abuela ha muerto, me he ido a Balsicas,
llama a casa de los tíos cuando te levantes»

   Pepe se refería a su suegra, la que estuvo al cuidado de su hijo du­rante unos años junto a su cuñada Caridad. Al día siguiente volvió temprano a Cartagena para recoger a Andrés con su flamante Seat 124.
   —Antes de que nos vayamos al pueblo voy a tumbarme un rato en el sofá y luego me aseo un poco —saludó Pepe.
   —¿De qué ha muerto? —dijo con voz ronca.
   —Pues se ha pasado toda la vida diciendo ¡qué ganas tengo de morirme!, y al final el Señor le ha hecho caso. La que me da pena es tu tía Cari, me ha dicho esta noche que hacía una semana que se había quitado el luto y, fíjate, otros cinco años más de negro.
   —Si te vas a tumbar en el sofá subo a acostarme de nuevo, llámame cuando tenga­mos que ir a Balsicas —dijo Andrés frotándose los ojos.
   —Ésa es otra, siempre estás cansado, no me extraña que los lunes no puedas ni con tu alma. Este jueves, como es mi santo y el día del padre, no quedes con nadie, que por la noche me gustaría ir a cenar para hablar con­tigo de padre a hijo. Ya está bien que, salvo en el trabajo, no pueda estar con el único familiar que tengo.
   —Tu familia son los jugadores del Madrid —masculló para sí.
   —¿Te parece bien que vayamos a Los Techos Bajos?
   —Pero tendrá que ser a mediodía, el jueves por la noche ensayamos.
   —¡Qué ganas tengo de que te centres y dejes todas esas tontunas! ¿Piensas acaso que puedes ganarte la vida con la música? Para eso hay que tener talento y tú no vales para cantar, ni para tocar la guitarra, ni para nada que no sea trabajar de verdad, ¡tienes casi dieciocho!
   Su hijo iba a contestarle preguntado cuántas veces le había visto cantar o tocar la guitarra, pero se calló clavándole una mirada llena de odio. Al poco entra­ron al coche y partieron rumbo al pueblo en silencio, como casi siempre.
   Esa tarde, después de la misa fúnebre, se dio sepultura al féretro de su abuela en el cementerio de Balsicas, contigua a la tumba de su abuelo Andrés, del que heredó el nombre. Junto a las lápidas de sus abuelos se hallaban las de su madre y hermano. Él no las veía desde niño:

ANTONIO ROSIQUE MARÍN
9 DE AGOSTO DE 1951 — 31 DE DICIEMBRE DE 1955
QUE DIOS ACOJA Y CUIDE DE NUESTRO HIJO

DOLORES MARÍN VIVANCOS
12 DE ENERO DE 1929 — 6 DE DICIEMBRE DE 1958
TU MARIDO NUNCA TE OLVIDARÁ

   Aquel momento supuso un punto de inflexión en la historia de Andrés, cayó en la cuenta de que sólo hay una oportunidad para vivir la vida, lo que quedara después sería mármol, algunas flores marchitas y una frase dedicada por quien ha sobrevivido que, vanamente, intenta resumir toda una existencia.
   De camino a casa tuvo un pensamiento amargo hacia su madre y a su hermano del que la­mentaba no tener recuerdo alguno.

   Pasó el tiempo, a las actividades laborales se le unieron el carné de conducir y el servicio militar en Cartagena, traumático por culpa de las caprichosas bromas de los que, por circunstancias del destino, entraron al cuartel unos meses antes que él. Aquello hizo insostenible el ritmo de los ensayos y poco a poco se fue diluyendo el grupo y la amistad entre sus componentes.
   Antonio López comenzó a tocar por su cuenta, al igual que Andrés, que pese al poco tiempo que podía dedicarle, ya manejaba la guitarra con más habilidad. Adquirió un piano de mesa de segunda mano del que de manera autodidacta iba aprendiendo. Sólo José Blázquez, el batería, dejó de interesarse por la música viéndose enseguida rodeado por malas compañías que a la larga le pasaron factura.
   Corría 1972 cuando el joven Rosique decidió probar como cantautor, sus letras carecían de toda reivindicación política, algo poco habitual por aquel entonces, por lo que no tendría problemas con la censura de la dictadura española. Ya tenía en aquel tiempo cierta devoción, también, a la música clásica, y aunque no poseía dis­cos con sinfonías de Beethoven o Mozart, se podía entrever su inclinación hacia las melodías que más elevaban sus sentidos. Cuando se encontraba con la ocasión de escuchar por la radio algo relacionado con los clásicos no la desaprovechaba y fantaseaba con la oportuni­dad de haber recibido la formación de aquel selecto grupo de músicos que formaban parte de la historia. No en vano, lo más parecido a un concierto en directo que había presenciado hasta entonces, fue cuando a la edad de diez años, su padre lo llevó a una de las primeras ediciones del Festival del Cante de las Minas de La Unión.

   Unos amigos cantautores insistieron en que interpretase sus canciones en público. Existía un bar, en la calle cartagenera de Ramón y Cajal, donde cualquier músico podría tocar a cambio de un porcentaje de la recaudación. Precisamente, fue el día de su vigésimo cumpleaños, el 22 de octubre de 1973, cuando empujado por su entorno decidió actuar en aquel local. Su amigo Antonio López ya lo había hecho meses antes con bastante éxito.
   Nunca sospecharía Andrés la mala jugada que le haría pasar el miedo escénico, fomentado posiblemente por una coincidencia, ya que su idolatrada Teresa estaba entre el público. Actuó con nerviosismo aparente, intentando no detener la mirada en la mesa donde se encontraba su vieja amiga de la adolescencia, perdió la concentración y cometió errores en algunos acordes, lo que derivó a que su voz titubease hasta acabar siendo ininteligible. Los espectadores, jóvenes ebrios con ganas de diversión, aprovecharon los fallos del músico para acompañar la actuación con abucheos. No llegó a terminar la primera canción de las tres que iba a interpretar, dejó la guitarra en la única silla del escenario mientras la sala le aplaudía y ovacionaba irónica. Aquellos segundos le sirvieron para advertir la mirada avergonzada de Teresa. Días más tarde regresó para recoger la guitarra que había abandonado en el escenario y no quiso recibir remunera­ción alguna por parte del propietario del local con el que se disculpó por tan lamenta­ble actuación. Nunca supo Andrés que entre los espectadores de tan funesto concierto se encontraba también su padre, de incógnito.

   La noche del miércoles 20 de febrero de 1974, el día en el que su tía —y cuidadora en su niñez— cumplía cuarenta años, fue arrollada en un camino de escasa iluminación por un vehículo que, al parecer, le faltaba la luz del faro derecho. Murió prácticamente en el acto, el conductor alegó que no pudo verla. Caridad Marín Vivancos falleció vis­tiendo de luto.

domingo, 5 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 4



3

   Tendría ocho años cuando ocurrió lo inimaginable. Era una mañana de sol radiante y cielo rabiosamente azul, embellecido por un enérgico viento que hacía silbar los grandes árboles de nuestro jardín. Un técnico acudió a casa a revisar el cableado, no recuerdo si del teléfono o de la electricidad. Mi padre tuvo que dejarle abierta la «habitación prohibida», que así era como denominaba a la sala sempiternamente cerrada del final del largo pasillo de cuya baranda asoma la escalera y colinda con el dormitorio principal. Sentí una indescriptible necesidad de curiosear en la habitación cuando vi entornada la puerta, permitía pasar un halo de luz blanca, resplandeciente. En la vida había visto que el interior de una sala fuese tan luminoso. Con la garantía de que la voz de mi padre, conversando con el técnico, resonaba desde la planta baja, aproveché el descuido y atravesé el umbral.
   Lo que me encontré en el interior nada tenía que ver con lo que siempre había oído. El cuarto parecía recién pintado, no como el resto de paredes de la casa, un par de grandes ventanas abiertas que exhibían unas vistas inigualables del pueblo y la montaña, y unas esplendorosas cortinas, confeccionadas con una tela fina casi transparente, que ondeaban con ímpetu. Me sentí molesta de que mi padre me mintiera y negara el acceso a la habitación más espaciosa, radiante y pulcra de nuestra residencia, cuya fragancia evocaba a flores, las que cada mañana, bien temprano, recolectaba en el jardín.
   Había una cantidad ingente de retratos, algunos colgados, otros sobre una mesa junto a un joyero. Un armario medio abierto en el que asomaba ropa de mujer. Aunque lo más espectacular era un marco que presidía uno de los tabiques con una pintura al óleo con la imagen de mi hermana Susana, aparentaba un año y medio de edad, era bellísima, sonreía sentada, llena de vida y futuro. En otra pared, una foto enorme donde aparecíamos los cuatro: mi padre, mi madre, mi hermana y yo; vestidos de blanco y con la piel morena. Me reconocí fácilmente a pesar de ser un bebé de pocos meses, mi mancha y facciones picassianas me delataban. Susana me sostenía ejercitando un gran esfuerzo con sus brazos; en cuclillas se mostraba mi madre, de rostro lindo y sereno, que nos mantenía en equilibro desde atrás; mi padre, joven y afeitado, totalmente irreconocible en la imagen, estaba de pie, con una mano apoyada sobre el hombro de mi madre. Brotaba la felicidad en aquel cuadro, incluso yo lucía una mueca sonriente, algo a lo que mis labios no están acostumbrados.
   Escuché que mi padre subía los escalones y por miedo a represalias huí deprisa. Por suerte, repasaba la nota entregada por el técnico y no advirtió que abandonaba la habitación prohibida hacia su dormitorio. Se apresuró cuando descubrió la puerta abierta de su vedado templo y al ir a cerrarla me sorprendió sentada sobre su cama.
   —¿Qué haces?
   —Nada —murmuré dirigiendo la mirada al techo.
   —Eso es imposible, y menos una niña como tú que no está quieta nunca. Miedo me da oírtelo decir, que no haces nada. Anda, sal de aquí y ponte a tocar el piano que hoy todavía no te has puesto. Dentro de poco tendrás un profesor que va a ser más exigente que yo que te dejo hacer todo lo que te da la gana.
   No comprendía muy bien por qué mi padre mantenía clausurada aquella sala, la cual sería adecentada durante las horas que yo estaba fuera en el colegio. Ha­bía creado un santuario de imágenes y recuerdos de toda su vida hasta la tragedia. ¿Aquellos objetos que atesoraba apartados del resto del hogar, obedecía a una especie de locura?, ¿los mantendría lejos de las estancias habituales para evitar que se removieran sus más dramáticas remembranzas?, ¿acaso quería impedir que me comparara con la apariencia de mi hermana? Con estas reflexiones y con la memoria imborrable de aquellos rostros, hasta entonces prácticamente desconocidos, fui creciendo. Por temor a la reacción de mi progenitor no hablé de lo que me encontré allí, tiempo después me atreví a contárselo a mi tía Laura, la única confidente de mi niñez.

   Mi padre soñaba con que me convirtiera en una gran pianista y él se veía limitado para seguir impartiéndome clases. Tras meses de búsqueda encontró al que, durante años, se convertiría en mi profesor de piano y más tarde, de la vida, transformándose en mi amor platónico. Su nombre: Daniel García Torrente.
   Dani era un chico de dieciocho años, músico de conservatorio, tremendamente culto e inteligente; en su frente, ya en aquella tempranera edad, galopaba una prematura calvicie, con sus eternas gafas de sol graduadas, redondas al estilo John Lennon, que incluso llevaba puestas en el interior de nuestra oscura casa con la excusa de que no le agradaba el diseño de la montura de sus gafas de ver, especialmente, por la cinta aislante que recubrían las patillas, según decía, como consecuencia de su torpeza o de las constantes agresiones a las que se veía sometido por la «chusma», que el mismo aclaró como envidiosos vecinos de su edad y ex compañeros de clase de instituto que verían, en aquel chico enjuto y falto de gallardía, el sumo de la pedantería. Las habladurías del pueblo decían que su padre, un músico frustrado, invirtió los escasos ahorros que le había dejado su adicción a los opiáceos para que estudiase violín o piano, suicidándose por ahorcamiento cuando su hijo era todavía un niño. Dani vivía con su madre gracias al dinero proveniente de las fábricas de conservas, propiedad de su familia materna.
   Su tarjeta de presentación fue memorable, y tal vez en ese primer instante, me enamoré de él. Ocurrió un sábado:
   —Hola, Violeta, me ha dicho tu padre que sabes tocar muy bien el piano, pero que debes aprender un poco más para que te conviertas en una célebre artista y, que, después, tienes que darle lecciones a él con lo que yo te enseñe. —Hizo una pausa mirándome con fijación el rostro—. ¡Caramba, tienes una mancha de vino en la cara! Eso te confiere un aspecto interesante… enigmático… Sabía que me iba a encontrar con alguien especial cuando una niña de ocho años quería aprender piano y, aun así, me he sorprendido gratamente, ¿me das un besito, preciosa?
   Negué con la cabeza, más por la mezcla de vergüenza e incredulidad que causaban aquellas cariñosas palabras que por desprecio. A excepción de la señorita Bermejo, nadie ajeno a mi familia era tan amable conmigo.
   —Bueno, os dejo solos —dijo mi padre—, que si tocas el piano igual que adulas… convertirás a mi hija en Chopin.
   —De acuerdo, don Andrés, por cierto, ¿puedo correr las cortinas? —preguntó abriendo una carpeta repleta de partituras—, es que con estas gafas necesito luz.
   —Puedes hacer lo que quieras, como si te quieres tomar un café o echarte una cerveza. La casa es tuya. Y no me hables de usted que, a pesar de ser viudo y tener esta apariencia, tengo treinta y seis años.
   —De acuerdo, y gracias. Mejor me tomaré un café que si tomo cerveza a estas horas de la mañana no atino con la clase, si ya soy torpe sin beber alcohol, imagínese, señor Andrés, si bebo —dijo Dani silenciando la casa con una entrecortada carcajada nasal que fue interrumpida cuando la mitad de las hojas que había dejado sobre el atril del piano cayeron al suelo en todas direcciones.
   Mi padre salió del salón con una mirada que fácilmente reconocía y con la que encadenaba una de sus frases: «a este chaval le falta un hervor» que, por suerte, renunció a compartir en ese instante. 
   Con el tiempo pensé que aquel tipo era una especie de Steve Urkel, venido de Chicago a Calasparra, con la salvedad de la decolorada piel, igual de enclenque, torpe e inteligente. Para mí: una persona absolutamente encantadora.
   Mi tía Laura, seguía visitándonos en aquella época con cierta frecuencia, sobre todo durante los fines de semana, siempre y cuando sus estudios y el miedo a conducir no se lo impidieran. También convivía en nuestro hogar largas temporadas en el verano. Recuerdo aquellos últimos domingos de agosto, nuestros adioses se convertían en una tragedia para mí, ante la resignación de mi padre que me miraba desde casa queriendo que comprendiera que no todo es posible en este mundo, corría llorando detrás del automóvil de mi tía hasta que yo alcanzaba exhausta el camino de asfalto, ella mantenía el saludo sacando la mano desde la ventanilla mientras yo observaba jadeando cómo el coche y la música de Bon Jovi, que tanto le gustaba, se disipaban lentamente junto al atardecer.

   Desde la llegada de Dani a mi vida las separaciones con mi tía fueron cada vez menos dramáticas. Un irrefrenable enamoramiento sentía hacia mi profesor, imposible de que fuera recíproco, entre otras cosas por aquello de los diez años de diferencia entre nosotros, todo un abismo cuando el de mayor edad apenas si es eso: «mayor de edad». Lo que si percibí en él fue un encaprichamiento hacia mi tía Laura que no se molestaba en disimular, claro, era su «Laura Winslow». Pretendía enseñarle a tocar el piano gratis, sus visitas se alargaban ostensiblemente cuando ella estaba en casa. En verano nos visitaba incluso los días en los que no debía impartirme clase. Pronto supo mi tía de sus intenciones, sabedora del poder que aquello le otorgaba seguía utilizando a Dani, no sé si por resarcirse de algún amor del pasado, para elevar su autoestima u otra finalidad más oscura.
   Sonaba muy suave la música de Wagner en una de las últimas noches del verano, con espectacular cielo estrellado, la brisa era tan leve que ni siquiera se escuchaba el habitual murmullo nocturno de los árboles. Mi padre y mi tía conversaban sentados en el jardín, estarían tomando lo de siempre: él un whisky, y ella un vaso de leche caliente con café que removía durante minutos. Yo llevaba horas acostada, la ventana abierta de mi dormitorio que asomaba a ese lado del jardín y el insomnio que me producía el sofocante calor, que puso en huelga a los grillos, posibilitaron que fuera audible su diálogo.
   —Laura, no es bueno que juegues con los sentimientos de Dani.
   —¿Acaso te molesta que alguien esté interesado en mí?
   —No me molestaría si no fuese porque al chaval le tengo aprecio, ¿sabes lo que me ha costado encontrar un profesor de piano aquí, en el pueblo? Además, a tus padres no creo que les guste mucho que estés en Calasparra flirteando con un canijo más joven que tú.
   —¿Y no será que ese fastidio que tú tienes responde a otra cosa? —preguntó ella con evidente tono de reproche.
   —Escucha, Laura, no sé muy bien qué has querido decir, pero me gustaría recordarte que eres la tía de Violeta, te llevo trece o catorce años y, para colmo, eres la hermana de la persona con quien me casé. No te podría mirar como mujer.
   Observé ante la oscuridad de mi habitación, que no me delataba, cómo mi tía se levantó visiblemente enojada, en dirección a casa.
   —Que sepas que si vine para acá desde Cartagena fue para evitarte —confesó mi padre con la mirada puesta en la hierba.
   Ella paró su marcha, lo miró un segundo y prosiguió su camino hasta mi dormitorio. De haber sido invierno habría dado un portazo al adentrarse en él, hubiera sido una excelente excusa para justificar que yo estaba despierta, pero no lo hizo, las puertas y las ventanas debían permanecer abiertas para dejar pasar todo el aire posible, por insignificante que fuese. Recurrí a mis grandes dotes de interpretación para hacerme la dormida, Laura siempre me besaba en la frente cuando accedía al dormitorio antes de irse a su cama, no lo hizo en esta ocasión.

   En el final de aquel verano no me despedí de mi tía llorando como en los anteriores, el viento y las nubes anunciaban tormenta aquella tarde de domingo, el camino de gravilla, que otrora corría persiguiendo el vehículo de Laura, lo anduve hasta la mitad. Ya disponía de Dani para mí sola. Alcé la vista a la única vivienda que se encontraba entre la carretera y nuestra casa, unos vecinos que, a pesar de los escasos cien metros que nos separaban, eran unos desconocidos a los que únicamente distinguíamos tras las cortinas de sus ventanas en las noches o días oscuros, en los cuales encendían las luces del interior que en ocasiones titilaban como si el resplandor fuera producido por velas. Aquella tarde descubrí la silueta de una mujer oronda, noté que me observaba, como si no supiera que su figura se recortase tras la ventana, procedí con lo que solía hacer mi padre cada vez que pasábamos por la puerta de su destartalada residencia: saludar con la mano. Tras el gesto, la sombra se apartó con brusquedad agitando la cortina, para volver segundos después.

sábado, 4 de agosto de 2018

MI HIJA Y LA ÓPERA — Volumen 3



2

   Todos los bienes de mi abuelo, el negocio, unos locales arrendados a otros comercios y dos viviendas —la del pueblo y la de la ciudad— cayeron en manos de mi padre. Debía reunirse con el asesor de la empresa, y con Paco, quién había acabado como mano derecha de mi abuelo tras la marcha de su hijo. Por ello tuvimos que permanecer unos días en Cartagena, lo cual fue un alivio para mí tras los primeros días de clase.
   —¿Quieres que nos quedemos a vivir aquí? —preguntó mi padre refiriéndose a la ciudad que le vio crecer.
   Asentí.
   —Ya sabes, Violeta, que tendrás que cambiar de colegio.
   —¿Podré ir con la tita?
   —Laura te podrá visitar más veces si vivimos en Cartagena, pero no será en la misma casa donde vivíamos hace tiempo.
   —¿Por qué?
   —Porque la casa la vendimos para comprar la de Calasparra. Ahora nos compraremos una mejor, pero durante un tiempo tendremos que quedarnos en la del abuelo Pepe, donde yo vivía cuando tenía tu edad.
   —Yo quiero vivir en la casa de la piscina, diles que se vayan a quienes la compraron.
   —No se puede, Violeta. No se puede.
   —¿Podrá estar Lily?
   —¿Cómo es que la recuerdas todavía? —preguntó sorprendido, y sin esperar mi respuesta añadió—. Si ella quiere, sí.
   Mi padre confiaba no estar más de una semana en la ciudad de la que soy oriunda para tomar las riendas de la empresa y conocer todos los entresijos patrimoniales. Me dejó en casa de mis abuelos maternos y me visitaba a la hora de comer. Por las noches, sin embargo, prefería pernoctar solo en el deshabitado hogar en el que vivió su infancia. Una de las numerosas pertenencias recién heredadas.
   Al tercer o cuarto día, sobre una mesa de camilla, en un pequeño salón sin uso de la casa de mis abuelos, vi una foto; eran una mujer y una niña, rubias y resplandecientes. Deduje que serían las añoradas personas que desaparecieron siendo yo bebé y cuyos rostros desconocía. Dada mi baja estatura intenté sujetar con los dedos el marco para aproximarlo hacia mí y poder observarlo con detenimiento, con tal mala suerte, o torpeza, que terminó cayéndose al suelo desmontándose la moldura que encerraba el cristal. Mi tía Laura estaba en la universidad, y mi abuelo había acudido muy temprano a sus partidas diarias de dominó con otros pensionistas. Mi abuela, que era la única compañía adulta que me ofrecía la casa en aquel momento, abandonó los fogones donde cocinaba el guiso que tocara aquel día y salió corriendo en mi búsqueda.
   —¿Qué has roto?, ¡inútil!
   —¡Nada! —exclamé aterrada al ver su cara.
   —¡Madre mía!, ¡has roto la foto!, ¡has roto la foto!
   —Ha sido sin querer —dije comenzando a llorar en un fútil intento de clemencia.
   —Mira, hija del demonio —gruñó mientras sujetaba el marco desmontado—, ¿ves a esta niña?, pues es tu hermana Susana, ella era guapa y no como tú, ¡destrozona!
   Coloqué mis brazos frente a mi cara para protegerme, como en otras muchas ocasiones en las que ella me amedrantaba finalizando su acusación con una bofetada que regalaba sin claro motivo, me agarró de la muñeca y, casi colgando, me arrastró hacia una habitación que contaba con la particularidad de tener un pestillo por el lado exterior de la puerta. Entró conmigo y una vez dentro me empujó saliendo deprisa, dejándome paralizada por el desconcierto, después cerró la puerta y echó el pasador que resonó con ímpetu. El cuarto estaba a oscuras salvo unos pequeños rayos de luz que provenían de una persiana bajada casi del todo. Presa del pánico comencé a sollozar.
   —¡Ahí te vas quedar hasta que dejes de llorar! Niñata de las narices…
   Me encontré con un golpe de suerte cuando mi padre, más temprano de lo habitual, llamó al timbre de la casa de mis abuelos. Ella, antes de abrirle la puerta, movió el pestillo dejando la posibilidad de que yo misma pudiera liberarme.
   —¿Es mi hija quién llora?
   —Sí, estará por ahí llorando por alguna tontuna. Los niños, Andrés, lloran por cualquier tontería, te lo digo yo que sé mucho de to’esto.
   —Mire, doña María, un niño que llora, por estúpido que sea el motivo, es un niño que sufre, y aunque usted siempre dice que los niños tienen que aprender con palos, no será con mi hija, y menos si estoy presente, ¿qué quiere, que me quede impasible viendo cómo Violeta llora desconsolada por un castigo que no comprende?
   —No me tires de la lengua, que bien sabe Dios que cuando os vengáis pa’cá y la niña tenga que quedarse en esta casa, la educaré como hice con mis hijas. Voy a llevarla más derecha que a una vela.
   Estuve a tientas mientras escuchaba su conversación, palpando distintos objetos, que ahora creo, que serían viejas mecedoras y otros enseres rotos cuyo uso final sería el de ocupar espacio más que el de otra utilidad, acerté con el picaporte y conseguí salir de la tenebrosa habitación, o como llamaba mi abuela: «El lugar de las niñas que no están bautizadas». Aquel tiempo me pareció una eternidad, y aunque el llanto paró en cuanto oí la voz grave de mi padre. Dos surcos de lágrimas, que marcaban la silueta de mis mejillas y el inevitable jadeo de a quién le ha faltado la respiración por el terror, delataron mi sufrimiento.
   —Hija, ¿qué ha pasado?
   Negué con la cabeza, y un suspiro se escapó cuando mi padre me abrazó, después me tomó en sus brazos.
   —Hoy he hecho lentejas, mi Emilio tiene que estar al llegar —dijo mi abuela haciendo caso omiso a la expresión de mi rostro.
   —No, no me voy a quedar doña María, y me llevo a mi hija, prepáreme la ropa de Violeta que nos vamos ahora mismo —ordenó con mirada idéntica a la del día que me llevó al colegio por segunda vez.
   Sé que él podría haber sido más contundente con mi abuela si le hubiera confesado lo ocurrido esa mañana, pero por miedo a futuras represalias o un lejano cariño de cuando me daba golosinas, callé. Después de echar con displicencia mi ropa en un bolso, se dirigió a recoger el marco y regresó con él en la mano.
   —¡Mira, Andrés!, mira lo que ha hecho tu hija con la foto de tu mujer y tu Susana, que en paz descansen, la ha tirao al suelo y la ha roto.
   —Ha roto el marco, la foto está intacta, no es para tanto. Tenga, mil pesetas, que seguro que tiene para unos cuantos marcos como este que le ha roto mi hija y pueda poner la foto de nuevo —sacó de la cartera un billete de color verde que dejó sobre una de las mesas del comedor.
   —¿Y pa’qué quiero yo el dinero?
   —Prefiero darle el dinero a que vuelva a castigar a mi hija.
   Angelico, si Violeta no sabía lo que hacía —dijo mi abuela sonriéndome con ojos desbordados de cinismo—, si es porque a los muertos hay que dejarlos descansar, y al ver las caras de mi hija y mi nieta, tan hermosas, en el suelo…
   —Adiós, doña María, ¡Violeta, dile adiós a la abuela!
   No abrí la boca, levanté la mano con evidente desgana, mi padre me sacaba de la casa tomada en brazos, apoyé mi cabeza en su hombro y vi cómo, a sus espaldas, mi abuela me contemplaba con el rostro lleno de ira situando su dedo índice frente a sus labios realizando el internacional gesto de «silencio».
   De camino a Calasparra mi padre me propuso un juego.
   —Solamente tienes que contestarme con la cabeza, así que no se podrá decir que te has chivado ni nada parecido, ¿vale?
   —Vale —contesté.
   —No, ya lo has hecho mal, tienes que responderme sin decir nada con la voz, sólo con la cabeza.
   Afirmé sin decir nada, dándole a entender que comprendía el juego, él me observaba desde el retrovisor.
   —¿Te ha pegado hoy la abuela?
   Negué.
   —¿Te ha metido miedo?
   Afirmé.
   —¿Se porta mal contigo?
   Aseveré de nuevo gestualmente.
   —Y ¿qué te ha dicho?
   Me paralicé no sabiendo bien qué muecas debía emplear para informarle.
   —Puedes hablarme Violeta, ya se ha acabado el juego, ¿qué te ha dicho la abuela?
   —Dice de mí que soy «una demonia», que no estoy bautizada, me ha encerrado en una habitación por tirar sin querer una foto y también ha dicho, señalando la cara de Susana, que ella era guapa.
   —Eso no es un insulto —musitó sosteniendo la vista desde el espejo.
   —Después ha dicho que yo no lo era.
   —¿Entonces has visto a la mamá y a la hermana?, y ¿qué te han parecido?
   —Que son rubias —la verdad es que no retuve nada más, salvo que mi madre sostenía en brazos a Susana, pero los rostros se difuminaron de mi memoria, puede que por el susto.
   Mi padre condujo con semblante serio y meditabundo durante el resto del trayecto que por fin nos traía a casa.

   Volvimos a la rutina: al colegio, que, tras los dos primeros días, me aterraba; a las óperas; a las clases de piano. Únicamente un cambio, el teléfono sonaba a cada momento. Mi padre hablaba todos los días por él, y cada viernes nos visitaba Paco, que de repente se había convertido en la persona en la cual mi padre había delegado la gerencia. Venía a comunicar las novedades y otros muchos pormenores del negocio que tenían a bien hablar directamente. Aprovechaba la estancia para que mi padre le firmara talones y otros documentos, y le pedía autorización o consejo para cualquier asunto que conllevara un gasto. Se quedaba a comer con nosotros en aquellas citas que con el tiempo denominaron como «El informe semanal». Supe con los meses que Paco y su mujer, Consuelo, fueron elegidos en su día a que fuesen mis padrinos en un bautizo que jamás llegó a celebrarse. Mi padre alegó que yo debía tomar dicha decisión libremente, y que yo sepa, no ha ejercido ninguna influencia al respecto. Jamás he pisado una iglesia desde que tengo uso de razón.
   Mi tía Laura vivió con nosotros durante los meses de julio y agosto de 1987, tras casi un año con el único contacto que el telefónico. La admiración, y sobre todo, la adoración que sentía hacia ella debía ser lo más parecido a la que se tiene a una madre. La calidad de las comidas y las cenas mejoraron notablemente. Ella dormía en la misma habitación que yo, y a pesar de disponer de dos camas, casi siempre se acostaba conmigo, como cuando nos visitaba en Cartagena. Aquello propició que mi padre descansara de mis frecuentes intromisiones a su dormitorio las noches en que las paredes crujían por el frío o cuando era embestida por alguna de mis habituales pesadillas.
   Laura decía en ocasiones que era una soberana estupidez disponer de tres habitaciones en la planta de arriba, para que sólo acabasen usándose dos como dormitorios, desaprovechando una de las estancias de la vivienda para guardar bajo llave herramientas y otros utensilios para el mantenimiento de la casa y el jardín y que, por ello, sus padres no pudieran pasar la noche cuando acudían a visitarnos.

   Un sábado de diciembre, el ruido de un coche levantado los guijarros blancos del camino que accede a nuestra casa nos advertía de que alguien se acercaba a vernos. Observé al asomarme a la ventana y descorrer la cortina que aquella ventosa tarde de invierno traía a mis abuelos y a Laura que habían venido sin avisar. Mi tía se apeó del automóvil para abrir la verja, que mi padre solía dejar entornada, y que mi abuelo, que iba a los mandos del vehículo, lo introdujese en el jardín. El coche era de la misma marca y modelo que el de mi padre. Por lo visto, al heredarlo de mi abuelo Pepe, se encontró con dos automóviles idénticos y, sin ninguna necesidad de malvenderlo, se lo regaló a mi abuelo Emilio.
   —Andrés, ya que aquí no se celebra la Navidad, y dando por sentado de que no vas a querer ir a nuestra casa, podrías dejar que Violeta se viniera con nosotros    —solicitó mi abuelo mientras dejaba el abrigo en el perchero y se disponía a encenderse un puro dirigiéndose después en búsqueda de una copa para echarse coñac.
   —No, no se va a ir —contestó mi padre—, Violeta, ¿tú quieres irte a Cartagena en las vacaciones navideñas?
   Me encogí de hombros en vez de negarme por no herir los sentimientos de mi tía y, en parte, de mi abuelo.
   —Pero si es que le tienes el seso comío con tanta tontería sobre la religión y to’lo que tenga que ver con Dios, ¿por qué no fuisteis al cementerio el día de tos los Santos? —arremetió mi abuela—, a ver, niña, ¿es que no quieres bautizarte? ¿Quieres ser una atea como tu padre?
   Volví a mostrarme indiferente y muda, no por miedo a dar una respuesta que a mi abuela no satisficiera, sino porque me sentía abrumada por tanta pregunta y, en concreto, porque desconocía qué cambios iban a producir en mí ese bautismo que tanto mentaba.
   —Mira, Andrés —expuso mi abuelo—, nosotros vendríamos aquí para la Nochebuena si es que tuviésemos un sitio donde dormir luego, pero como tienes un dormitorio cerrado con llave para enredos… ¿No sería mejor que los trastos los dejaras en el patio y que esa habitación pudiera servir para las visitas?, ¡vamos, digo yo!
   —Si está cerrada es para que la niña no se haga daño con los utensilios, hay tijeras de podar, serruchos, martillos…
   —Pero vamos a ver, Andrés —interrumpió mi abuelo—, que tu hija toca el piano. No es una subnormal, no le va a pasar nada si dejas las herramientas guardadas en otro sitio, pero bueno, ésta es tu casa, no quiero yo…
   —Don Emilio, sabe que le respeto y su opinión me importa, pero por ahora, la habitación seguirá como está, cerrada. Respecto a estas Navidades mi pequeña estará conmigo.
   —Pero si para ti las Navidades no dejan de ser unos días cualquiera —replicó mi abuelo—, no celebras nada, seguirás oyendo ópera como siempre y me gustaría que tu hija viviese lo especial de estas fechas… el discurso del Rey en Nochebuena…, ver a los Martes y Trece en Nochevieja…
   —Como si mi hija entendiese algo de todo lo que usted ha mencionado. No tiene edad para reírse ni de los de Martes y Trece ni del Rey. Además, si no celebro las Navidades es porque en la Nochevieja de 1955 murió mi hermano; de acuerdo que apenas le conocí, pero el día de Navidad de 1978 nació Susana, nuestra Susana. No puedo celebrar nada en unas fechas coincidiendo con este recuerdo tan profundamente triste para mí. No es por aversión a una festividad religiosa como pensáis.
   —¿Y tu hija, qué tiene que ver con todo esto? —intervino mi tía—, ella no tiene por qué vivir en un estado de depresión permanente por el simple hecho de que su padre esté traumatizado.
   —Laurita, no te ofendas, pero no te inmiscuyas en este asunto, que sabes que te tengo mucho aprecio.
   —Por ahí no vayas, cuñado. Para empezar, tengo veinte años, por lo que deja de tratarme como si fuera una niña, y otra cosa te digo, a tu hija la quiero como si fuera mía, dormíamos juntas cuando ella estaba en Cartagena, y este verano igual, y eso que Violeta ¡desprende un calor con lo delgada que es…! Yo soy lo más parecido a una madre que ella conoce, porque tu hija, si fuera por ti, no sabría de otra cosa que de música clásica, de cómo se toca el piano, de cuáles son los mejores senderos para llegar al otro lado del monte y de cómo hay que cortar la leña, poco más.
   —No he querido ofenderte, Laura, y si lo he hecho, perdona; simplemente no pesaba que te fueras a poner en mi contra. Me he molestado porque dices que estoy depresivo, y yo opino que la depresión es la ausencia de motivaciones, yo ya las tengo: mi hija y la ópera. No intentéis quitarme por unos días a mi pequeña, que Violeta podrá estar perfectamente sin mí, pero yo no puedo estar sin ella.
   La conversación fue diluyéndose a otros asuntos que ya no recuerdo, y ni falta que hace. Quedé fascinada por aquellas palabras de mi padre. Una persona desaliñada, de aspecto rudo, de tez casi negra por tanto sol y una espesa barba que le hacía parecer un náufrago, que vestía incluso en invierno camisas de manga corta, algunas veces, desabotonadas —seguramente por las calorías que le aportarían sus enormes vasos de whisky—, pero que me había dicho que me necesitaba. Si alguna vez hizo algún gesto de queja o menosprecio hacia mí, si en alguna ocasión me gritó o me zarandeó se me olvidó para siempre aquella fría tarde.
   —Violeta, ¿me has dicho que encendiera la chimenea?
   Sacudí la cabeza afirmando. Mi padre únicamente la prendía si yo se lo solicitaba, de hecho, a él no le gustaba observar el fuego, le daba la espalda cuando comenzaba a llamear.
   —¿Se quedarán a cenar, no? —preguntó mi padre dirigiéndose a los adultos que nos acompañaban.
   Todos dijimos que sí. Estaba tan acostumbrada a contestar cada pregunta que escuchaba que me sentí estúpida afirmando que yo también me quedaría a cenar en mi propia casa, ante la afable sonrisa de mi tía Laura, la inexcusable risa de mi abuelo y la execrable carcajada de mi abuela.

Andrés I

   Podría empezar dándome a conocer, pero eso importa poco ahora, la historia que viene a continuación bien podría ser un extenso prólogo del manus­crito titulado: «La hija del leñador», escrito por Violeta Rosique, y que yo voy a intercalar dentro del mismo. Estas palabras no tienen otro objetivo que el de aclarar parte del pasado de su padre. Tal vez con ello puedan comprenderse algunos de sus actos.
   La familia de Andrés se instaló en Cartagena a finales de los años cincuenta del pasado siglo XX, eran agricultores de una pedanía del municipio murciano de Torre Pacheco. Pepe Rosique había convencido a su mujer para abandonar su pequeña localidad, no sólo en búsqueda de prosperidad sino como remedio para superar el fallecimiento de su hijo Antonio, nacido dos años antes que Andrés, al que una gripe se lo llevó a la edad de cuatro. La salud del mayor de sus retoños nunca fue buena, quizás tuvo marcado en su destino una defunción prematura, es posible que las cosas sucediesen porque así debiesen ocurrir. Dolores Marín Vivancos, su madre, enmudeció desde entonces, desatendiéndose para siempre. Murió tres años más tarde sin enfermedad aparente en su nueva casa de la calle Trafal­gar, un soleado día de diciembre de 1958, a un mes para alcanzar los treinta años, dejando a un niño de cinco y a un marido vaciado por las circunstancias y el tra­bajo.
   El hogar donde residía Andrés no poseía grandes lujos pero era espacioso, lejos quedaba aquella casa lóbrega de las afueras de Roldán que había sobrevivido varias generacio­nes. Tras la muerte de su mujer, Pepe se dedicó plenamente a sus verdulerías, las ocupacio­nes labo­rales propiciaron que acudieran al cuidado del pequeño una abuela y una tía de la fa­milia materna. Ambas, madre e hija, vestían uniformadas con vestidos negros y procedían de Balsicas, población donde había nacido Dolores y en la que se le había dado sepultura.
   No comprendía aquel niño, que jamás tuvo recuerdo de su her­mano, cómo la mujer que le dio la vida desapareció dando paso a aquellas decrépitas señoras     —aunque su tía Caridad no hubiese cumplido los veinticinco—, a las que apenas conocía y cuyos senti­mientos hacia él parecían ser una carga más que de la propia satisfacción que podría suponer el cuidado de un familiar desa­ten­dido.

   Cierto día, jugando al fútbol en el recreo, propinó un puntapié a la pelota con tan mala fortuna que vino a dar en los testículos de un contrincante de su misma clase. El compañero quedó encorvado por el dolor, y antes de que el causante del balonazo se acercara a disculparse, se incorporó maldiciendo: «Eres un hijoputa». El pequeño Andrés, al que a sus espaldas llamaban «el Huérfano», se lanzó contra el niño atizando patadas y puñetazos con furia hasta que varios estudiantes le redujeron. A la salida del colegio, un tal Lorenzo Ramírez, hermano mayor del agredido, co­nocido con el apodo de «el Funerario», esperó las instrucciones del pequeño escol­tado por media docena de chavales de su misma edad.
   —¡Este es Rosique! —acusó con el dedo el hermano menor.
   Nuestro protagonista no pudo hacer otra cosa que usar sus brazos como escudo, acuclillarse y esperar a que aquella tropa de adolescentes, dos cursos mayo­res que él, terminaran de pegarle ante un corro enorme de medio centenar de impasi­bles alumnos que observaron expectantes aquella paliza como postre a su aburrida jornada lectiva.
   Esperó despierto a que su padre llegara, cerca de las once, lacrimoso, trató de contarle lo sucedido implorando venganza ante aquella humillación sufrida. Pepe, lejos de consolarle, le interrumpió aludiendo que «las cosas de niños, se resuelven entre niños» concluyendo:
   —Hijo, la próxima vez te defiendes, no querrás que vaya a hablar con tus profesores con todo lo que tengo que hacer. Cuando hagas la mili no podré estar yo para defen­derte ni para hablar con tus superiores. La vida es dura, así que ve aprendiendo que yo a tu edad fumaba y me iba de putas.
   A sus diez años decidió que nunca más volvería a llorar delante de su padre.